CAPITULO 15
Sy-wen oía voces y un acento, profundo y
rico, que le resultaba familiar. Kast. Se agitó por salir del vacío
oscuro en el que se encontraba y entrar en un mundo de vientos
fríos y lluvia. ¿Dónde estaba? Giró la cabeza y vio imágenes
acuosas, figuras oscuras que se movían a su alrededor. Un relámpago
partió en dos la noche, y los truenos rugieron, atrayéndole a la
mente todos sus recuerdos. Gimoteó al recordar el desgarro de los
aullidos de los vientos, y el vuelo del dragón entre torres de
nubarrones negros. Ella se apretaba cada vez con más fuerza a su
montura. El cielo se abrió sobre ella y la lluvia se precipitó con
fuerza. El calor del dragón era como un brasero encendido debajo de
ella.
Unidos, le hizo
llegar Ragnar'k. El hambre del dragón era una comezón en su propio
estómago. Ambos compartían de forma casi idéntica su sed de sangre
y comida.
Se irguió un poco, apretando los dedos
entumecidos en su asidero de la cresta de escamas. La lluvia se
desplomaba con fuerza contra la espalda desnuda, en ráfagas que
eran como mordiscos. La piel del dragón desprendía vapor a causa
del chaparrón, creando una fina y creciente niebla. Miró a su
alrededor y vio que estaban encima de un barco, en lo alto, una
vela bien sujeta se había desprendido y gualdrapeaba contra el
viento.
Sin embargo, toda la atención de Sy-wen se
centraba ahora en las siluetas que tenía a su alrededor. Unos
hombres y mujeres de piel curtida les rodeaban guardando una
distancia prudente con ella, algunos de rodillas y otros armados.
Los fanales que oscilaban en los penoles y las barandillas
iluminaban a esas gentes endurecidas por los mares. Todos los
hombres tenían una característica en común: lucían el tatuaje del
halcón marino saltando en las mejillas y el cuello.
—Jinetes Sangrientos —musitó. Miembros del
grupo de Kast.
Un hombre alto con la túnica azul empapada y
adherida al cuerpo, dio un paso al frente. Tenía el cabello tan
blanco como Edyll. Al mirarla, sus ojos no manifestaban miedo sino
respeto. Tendió una mano y una niña pequeña salió de debajo de
Ragnar'k con los ojos abiertos por la sorpresa.
—Éste es muy grande, papá —dijo mientras el
hombre la acercaba hacia él y la abrazaba.
El hombre de la túnica miró a Sy-wen.
—Eres mer'ai —afirmó más que preguntó.
Sy-wen asintió.
Hambre, se
lamentó Ragnar'k de forma totalmente inútil. Sy-wen sentía el
hambre del dragón. Ragnar'k se inclinó hacia el hombre y la niña
que estaban más cerca y los olisqueó. Mucho
hueso, pero tienen buen sabor.
No, le ordenó
Sy-wen con el pensamiento. Aquí no te comerás
a nadie. Son quienes buscábamos. Pueden ser amigos.
No necesitamos amigos.
Necesitamos la barriga llena.
Sy-wen, sin embargo, se dio cuenta de que el
animal estaba de acuerdo. Se aclaró la garganta e intentó imitar la
voz y los gestos autoritarios de su madre.
—He venido en busca de los dre'rendi
—proclamó en voz alta—. Apelamos a vuestro antiguo juramento para
que nos sirváis una última vez.
Su intento por demostrar algo de dignidad se
vino abajo cuando una ráfaga repentina de viento estuvo a punto de
hacerla caer de su asiento y se vio forzada a asirse con fuerza al
dragón. Se enderezó y se apartó unos mechones de pelo verde mojados
de la cara. Se sentía más como un pulpo empapado que heraldo de su
gente.
—Mi nombre es Pinorr, y soy el chamán de
este barco. Os doy la bienvenida al Espuela
de Dragón —contestó el anciano con una leve sonrisa en los
labios. Tal vez fuera únicamente el parecido con Edyll, pero el
caso es que Sy-wen sintió de inmediato simpatía por esa
persona.
Otros dos hombres dieron un paso al frente y
flanquearon al chamán.
—Éste es el primer oficial de a bordo, Jabib
—le presentó el anciano—. Y éste, nuestro capitán, Ulster.
Sy-wen contempló al segundo hombre. Tenía
una expresión impertérrita, pero en sus ojos brillaba la
desconfianza. Tenía la mano apoyada en la empuñadura de una espada
que llevaba al cinto.
—¿Por qué has acudido aquí? —preguntó con un
enfado evidente.
La pequeña, todavía acurrucada contra la
túnica del chamán, respondió en su lugar.
—Han venido a matarnos a todos —dijo con
alegría.
Sy-wen no comprendió aquella reacción.
Pinorr acarició la cabeza de la niña.
—Mis disculpas, señora de los mer'ai.
Sheeshon es de mente débil y no siempre sabe lo que dice.
Sy-wen asintió.
—Pero es posible que sepa más de lo que
sospecháis. De hecho, lo que he venido a pediros puede significar
vuestra muerte.
—¿Qué significa todo eso? —inquirió el
capitán.
De repente, un nuevo estallido de rayos y
truenos apagó toda voz humana.
—No sé si vuestro dragón puede soportar la
tormenta aquí, en cubierta, pero nosotros no podemos. La furia de
la tempestad está a punto de estallar. Recomiendo proseguir esta
conversación abajo.
Sy-wen se mordió el labio inferior. Montada
sobre Ragnar'k se sentía como una verdadera amenaza, y temía
quedarse a solas con ellos, aunque Kast se encontrara a su lado.
Aquella tripulación constaba de más de cincuenta personas.
Como si la tormenta misma quisiera que se
decidiera, un rayo se desplomó sobre el mastelero con un chasquido
explosivo. Ragnar'k bramó con rabia. Las jarcias se tiñeron de azul
por unos instantes y Sy-wen miró atentamente los cielos furiosos.
Ningún hombre, por muy fuerte que fuera, podía compararse al poder
que se les aproximaba desde el cielo.
Se volvió hacia los demás. Los ojos
entrecerrados del capitán casi la hicieron echarse atrás de nuevo.
Aquel hombre no le merecía ninguna confianza.
Sin embargo, el chamán volvió a llamarle la
atención.
—No debes temer nada de nosotros. Te ofrezco
libertad completa en el barco. En mi calidad de chamán estás bajo
mi protección. —Pinorr miró al capitán como si lo siguiente que iba
a decir, estuviera más dirigido a aquel hombre que a Sy-wen—. Nadie
te hará daño.
Ulster parpadeó, pero levantó la mano de la
espada y cruzó los brazos sobre el pecho.
—Que nuestros fogones y nuestra quilla te
guarden —dijo con un tono de voz frío y formal que debilitó
levemente el sentido de sus palabras.
Pinorr parecía satisfecho, y se volvió hacia
Sy-wen. El anciano no se dio cuenta del destello de rabia que
brillaba en los ojos del capitán. Era evidente que la tormenta que
había en los cielos no era la única que amenazaba al barco.
—Ven —dijo el chamán tendiéndole la mano—.
Acompáñanos abajo.
Sy-wen sabía que si tenía que obtener el
favor de esa gente para su causa, no lo podría lograr jamás montada
en un dragón. Por otra parte, estaba convencida de que si Kast
recuperaba su forma de persona ayudaría a ganar la confianza de los
Jinetes Sangrientos. Él era uno de ellos.
Tras descender por el cuello del dragón, se
deslizó hacia el suelo de madera. Estuvo a punto de perder el
equilibrio y caer a causa de la cubierta resbaladiza y, además,
tenía las piernas tan débiles que no la sostenían bien. Aun así,
logró mantenerse unida al dragón. No quería perder todavía el
contacto con él. Recorrió el cuello del dragón con la mano hasta
llegar a su enorme cabeza.
Ragnar'k le dio algunos resoplidos.
Unidos. Dulzura para
mi nariz.
Ella acarició la cresta que había entre los
dos orificios nasales acampanados de la bestia. El dragón le
acarició la palma de la mano y sacó la lengua para lamerla. Clavó
sus ojos brillantes en ella.
No quiero irme,
dijo Ragnar'k con tristeza, convirtiéndose casi en un gemido.
Sy-wen se sintió apenada por el enorme
animal. Aunque era un ser de placeres muy simples, su corazón no
tenía fondo. Lo abrazó con cariño.
—Muchas gracias por traerme hasta aquí sin
que me ocurriera nada —le susurró—. Pero de momento tienes que
irte. Necesito a Kast.
Un hombre débil
—afirmó Ragnar'k con una risa de escarnio—. Yo soy más fuerte.
—Ya lo sé, mi querido vínculo, pero hay
batallas que no pueden ganarse con dientes y garras. Pronto te
volveré a llamar e iremos de caza juntos por el mar.
Un sentimiento de confianza y de placer la
invadió. Eres mi vínculo. Vete. Yo soñaré
contigo... y con peces, con peces grandes, muchos peces
grandes.
La risa del dragón le resonó en la cabeza.
Ella le sonrió.
—Adiós, Ragnar'k. Duerme bien, mi
vínculo.
Entonces apartó la mano de las escamas
húmedas y retrocedió un par de pasos. A sus espaldas, la
tripulación emitió un grito de asombro y se apartó.
Como era de esperar, tras perder el contacto
con ella el dragón empezó a doblarse sobre sí mismo. Un remolino de
alas y escamas, garras y dientes se agitó hasta dejar ver a un
hombre desnudo sobre la cubierta. En su cuello descubierto brilló
por unos instantes el color rubí del tatuaje del dragón y,
finalmente, remitió.
El habitual ceño fruncido de Kast se agudizó
todavía más mientras tomaba conciencia de nuevo de sí mismo. Sy-wen
se acercó intentando mantener la vista apartada de su desnudez. El
Jinete Sangriento la tomó de la mano mientras miraba a su
alrededor.
—Has encontrado a los dre'rendi —musitó,
levemente asombrado.
Ella asintió.
—Nos ofrecen protección ante la tormenta que
se avecina.
Pinorr, sin habla, dio un paso adelante,
boquiabierto.
La niña, a su lado, estaba totalmente
lúcida.
—Este hombre no lleva ropa, papá —afirmó con
toda naturalidad.
—Silencio, Sheeshon. —Pinorr se detuvo
delante de los dos. Tenía los ojos clavados en el compañero de
Sy-wen.
—¿Cómo...?¿Cómo es... posible?
Sy-wen intentó explicar la historia de
Ragnar'k.
—En la isla de A'loa Glen encontramos
un...
Kast le apretó la mano para que callara. Los
dos hombres se miraron durante un instante, luego Kast habló:
—¿Cómo está mi padre, Pinorr?
Sy-wen, sorprendida, miró a Kast. Se
conocían.
—Tu padre murió hace tres inviernos. —La voz
de Pinorr parecía enojada—. Te llamó en su lecho de muerte.
Kast no dijo nada. Sy-wen notó que temblaba,
pero que luego se relajaba.
—No... no lo sabía.
—Jamás debiste marchar, Kast. Después de tu
huida con aquel chamán loco a la caza de sueños, algo en tu padre
murió.
—Pero ¿y mi hermano menor? Él era quien
tenía que atender al anciano.
Antes de que el chamán pudiera responder, el
capitán irrumpió con un paso al frente. El hombre se había apartado
hasta la borda cuando el dragón se transformó. Al acercarse, volvía
a tener la mano en la empuñadura de la espada. Miró sombrío a Kast
en actitud desafiante.
—¿Qué estás haciendo aquí, Kast?
Los truenos retumbaron en lo alto cuando,
por fin, el frente de la tormenta se les echó encima.
Mientras la lluvia le recorría los rasgos
severos del rostro, Kast miró atentamente al hombre más bajo.
—Ulster, ¿así recibes a tu hermano mayor
después de diez inviernos?
Pinorr estaba sentado en el borde de su cama
y sacudía la cabeza mientras oía la historia de Kast. El Jinete
Sangriento y su compañera, Sy-wen, se habían retirado al camarote
de Pinorr mientras Ulster y el resto de la tripulación reforzaban
el Espuela de Dragón contra la tormenta.
En un rincón, Sheeshon jugaba tranquilamente con las muñecas que
había hecho con huesos de ballena. Pinorr ladeó la cabeza y miró
atentamente el tatuaje de dragón.
—Así que éste... éste es Ragnar'k. ¿Y dices
que ahora forma parte de ti? ¿Y que Sy-wen puede invocarlo en
cualquier momento con una caricia?
Kast asintió mientras devoraba un guiso de
pescado y pan duro. Entre bocado y bocado fue hablando:
—Los mer'ai quieren unir su poder al de los
dre'rendi en el asalto sobre A'loa Glen. Si queremos que Gul'gotha
desaparezca de nuestros mares, tenemos que ayudar a la bruja a
llegar al castillo de los magos antiguos. —Kast limpió los últimos
restos de guiso que quedaban de su tercer cuenco con mendrugos de
pan—. ¿Queda más?
Sy-wen, que se encontraba sentada junto a él
y se había puesto ropa seca, le pasó su cuenco.
—Toma el mío.
Era evidente que la amiga de Kast no
compartía el entusiasmo del Jinete Sangriento por aquella comida
pues se había limitado a mordisquear el pan. Sin embargo, el color
había regresado a sus mejillas al estar en un sitio seco y
caliente. Aun así, seca o no, era evidente que la joven se sentía
nerviosa y asustada. Se sobresaltaba con cada estruendo de truenos
o embate de olas.
Pinorr la miró y señaló hacia arriba con la
cabeza.
—Ulster es un hombre muy desagradable, pero
la tripulación es experta. Lograremos sobrevivir a esta tormenta
—aseguró.
Sy-wen apartó la vista y habló con voz
tímida.
—Bajo el mar, las tormentas no nos alcanzan.
A los leviatanes no les afecta nada de lo que ocurre arriba. Nos
limitamos a sumergirnos más profundamente y así las peores
tormentas nos pasan por encima.
—Es lo que los mer'ai habéis hecho siempre
—afirmó Pinorr—. Y no sólo con las tormentas que los cielos nos
envían con furia. Cuando el Señor de las Tinieblas llegó a Alasea,
también capearon el temporal de esta manera. Mientras os
protegíamos, más de la mitad de nuestra flota fue asolada por las
fuerzas del Corazón Oscuro. Miles murieron para que miles de mer'ai
pudieran escapar. Nuestras canciones y leyendas antiguas continúan
recordando nuestras muertes, y el recuerdo de tu gente, que nos
esclavizó, no es agradable para nosotros. Será difícil convencer a
los demás de que se unan a vuestra causa.
Kast, que se había atragantado con un poco
de pan, tosió y luego habló:
—No fueron los mer'ai quienes acabaron con
nuestra gente. Fue Gul'gotha. Y queremos luchar contra él. Esto es
lo que tenemos que recordar a los dre'rendi.
Pinorr se reclinó en la cama.
—El Corazón Oscuro lleva siglos sin molestar
a nuestra flota. Mientras nos ciñamos a los Arenales Malditos, su
fuerza nos dejará en paz. Pero ahora nos estáis pidiendo que
pongamos la garganta en las fauces de esos monstruos. ¿Para qué?
¿Para que una criaja pueda agarrar un librito? —Pinorr se quedó
mirando a Kast, que por fin había dejado su cuenco de comida—. Me
temo, Kast, que este viaje hasta aquí haya sido en vano. Dudo que
el almirante te conceda su ejército.
—¿Y si convenzo a Ulster? La posición de mi
hermano como capitán puede hacer que los demás capitanes estén de
su parte.
Pinorr apartó la vista con el ceño
fruncido.
—Ulster no es de ninguna ayuda. Ha dejado de
ser aquel niño que dejaste, Kast.
—¿Qué quieres decir?
—Después de tu partida, Ulster tuvo que
cargar con la ira de vuestro padre. Al ser el último hijo que le
quedaba y convertirse en heredero de vuestra familia, vuestro padre
lo educó con dureza. Tenía la cabeza llena de sueños de gloria.
Vuestro padre no aceptaba ningún error de él. Al final, algo en el
muchacho se rompió y se convirtió en un hombre duro, despiadado y
amante de crueldades innecesarias. Ya no es como un hermano para
ti, no lo olvides.
—No puedo creer lo que dices —dijo
Kast.
Pinorr se dio cuenta de que la muchacha
mer'ai deslizaba la mano en la de Kast para consolarle. Parecía que
aquella pareja estaba vinculada por algo más que la magia.
—Lo siento, Kast. He hecho cuanto ha estado
en mis manos para guiarlo después de la muerte de vuestro padre, y
le he enseñado cómo llevar un barco. Pero creo que las heridas que
sufrió jamás se curarán. Ahora mis consejos le molestan, y ha
vuelto contra mí el resentimiento que sintió por su padre.
Pinorr prosiguió explicando el ataque
reciente contra Sheeshon. Cuando finalizó la historia, Kast tenía
el rostro enrojecido de ira.
—¿Cómo es posible que mi hermano se haya
convertido en un cobarde como este?
Pinorr sacudió la cabeza con pesar.
—Déjalo, Kast. Ya ha pasado. Como Sheeshon
ha escogido como paladín a Ragnar'k, no creo que Ulster insista en
celebrar el duelo de sangre. Seguro que le encantará olvidarse de
esta amenaza.
—Bueno, por el momento —respondió Kast con
tono sombrío—. Pero ¿qué ocurrirá luego?
—Cruzaremos estos mares desapacibles cuando
los vientos nos lo permitan —respondió Pinorr, sin dar importancia
a la preocupación de Kast—. Sólo te lo digo para que comprendas. No
hay muchas posibilidades de que los dre'rendi atiendan vuestra
solicitud. Es posible incluso que sean pocos los que se dignen a
escucharos.
—Pero vuestra gente hizo un juramento
—arguyo Sy-wen, señalando el tatuaje descolorido en el cuello de
Pinorr—. Cuando lograsteis la libertad, prometisteis servirnos una
última vez. Ha llegado el momento. Podemos invocar esas deudas
arcaicas.
—Aquellos juramentos son antiguos y se
desvanecieron y olvidaron como la tinta de mi cuello anciano. Nadie
dará mucha importancia a esos juramentos.
Kast continuaba enrojecido de ira.
—Te equivocas, Pinorr. Los dre'rendi no
tienen otra opción. —Pasó entonces a contarle acerca de la magia de
la tinta de los tatuajes y cómo Sy-wen había logrado que él se
plegara a sus deseos—. Los tatuajes nos unen a los mer'ai. Si nos
necesitan, estaremos forzados a servirles. Hazme caso. Yo lo puedo
decir.
Pinorr se acarició el viejo tatuaje de
halcón marino en la mejilla con expresión de asombro.
—Eso significaría que nos volverán a tomar
como esclavos.
—Éste no es nuestro deseo —insistió Sy-wen—.
Ni siquiera es posible. Los mer'ai sólo se pueden vincular a un
Jinete Sangriento. Mientras esté vinculada a Kast no puedo someter
a ningún otro Jinete. Esta magia no nos permite dominaros a todos.
Vosotros sois muchos más que nosotros.
—Prefieren tener a los dre'rendi como
aliados más que como esclavos —apuntó Kast—. Los mer'ai tienen tan
poco interés en nosotros como nosotros en ellos. Lo único que piden
es que honremos los juramentos de nuestros antepasados y nos unamos
contra el enemigo común. Luego, nuestras gentes podrán proseguir
con su destino con todas las deudas saldadas.
—Siempre y cuando logremos sobrevivir
—replicó Pinorr en voz baja, recordando las palabras de condena de
Sheeshon.
Kast se acercó a Pinorr.
—Tiene que haber algún modo de convencer a
nuestra gente, por lo menos de conseguir que nos escuchen.
Pinorr suspiró y meditó aquellas palabras.
Kast, con los ojos encendidos y su aspecto fiero, le hizo pensar en
el padre de aquel joven, su antiguo amigo. La llama del almirante
todavía brillaba en el corazón de su hijo mayor. Pinorr jamás había
podido negarle nada a su superior, sobre todo cuando el hombre
tenía la sangre encendida.
Pinorr se frotó la barbilla y dijo en voz
baja:
—Es posible que haya un modo. —Tuvo la
sensación de que estaba a punto de traicionar a su gente y
dirigirla hacia su propia condena, pero su corazón le decía que
debía confiar en Kast.
—¿Cómo?
—Necesitaréis al dragón, a Ragnar'k. ¿Estás
dispuesto a renunciar a ti mismo de nuevo?
Kast asintió.
—Si es preciso.
Luego Pinorr se volvió a Sy-wen.
—Lo que te voy a pedir a ti todavía es peor.
—Él le contó lo que tenía que lograr—. Está en tu mano.
La muchacha puso una mirada de espanto, pero
asintió, comprendiendo.
—Es preciso que lleguéis al barco del
almirante antes de que sea de día —finalizó Pinorr—. De lo
contrario, si la flota se reagrupa después de la tormenta, os
tendréis que enfrentar a todo el consejo de capitanes, y hay
demasiados como Ulster para lograr que os escuchen. En cambio, el
almirante es un buen hombre. Si os podéis reunir a solas con él
durante la tormenta, os escuchará. Si lo convencéis, la batalla
estará ganada. Él tiene que comprender la verdad de las historias
que comparten nuestros dos pueblos.
—Pero, ¿qué hay del embate de la tormenta?
—preguntó Kast, cuando un trueno retumbó entre la madera del barco
sacudiendo los cuencos que había sobre la mesa.
—Tendremos que confiar en los dioses de los
mares —dijo Pinorr.
Era evidente que Sy-wen no estaba convencida
de aquello, y su mirada estaba llena de dudas.
—Confías demasiado en los dioses y en las
antiguas historias de dragones.
Dirigió una mirada rápida a la pequeña niña
que jugaba con sus muñecas. La saliva le caía por el lado flojo de
los labios.
—Si algo va mal...
Pinorr se puso de pie.
—Soy consciente del riesgo. —Se acercó a
Sheeshon y tomó a su nieta en brazos.
—Papá, ¿adonde vamos?
—Vamos a volar, corazón. Vamos a volar en un
dragón.
Ulster se encontraba sentado, con las
espaldas hundidas, en la cocina del barco con Jabib y Gylt. La
tempestad agitaba los fanales en sus soportes y arrojaba sombras
largas contra las paredes. Los truenos retumbaban de forma
interminable por el barco, estallando de vez en cuando en
estrépitos que agitaban las tazas de kaffeé.
Cada uno de aquellos estruendos hacía que
Gylt volviera la cabeza y mirara hacia arriba con nerviosismo, como
si estuviera a punto de sufrir un golpe.
—Tal vez los dioses nos protejan —rezó,
mientras esperaba que aquellos ecos se fueran apagando.
Ulster rechazó aquellos temores.
—Los dioses no protegen a los
irresponsables. Sólo un barco bien conducido puede resistir esta
tormenta. —Se volvió hacia el primer oficial—. ¿A quién has
nombrado para pilotar, Jabib?
—A Biggin, señor. Ya está atado al timón. Es
muy bueno en tempestades.
—¿Y qué hay de Hrendal?
Jabib negó con la cabeza.
—Hrendal es un buen navegante, pero no tiene
el sentido marino de Biggin.
Ulster asintió, satisfecho por el buen
juicio de su primer oficial. Jabib conocía mejor que él los puntos
buenos y malos de toda su tripulación.
—Bien. Pues si tenemos las jarcias
afianzadas y las cubiertas despejadas, lograremos atravesar la
tormenta.
La expresión de Jabib no era tan
confiada.
—¿Qué ocurre?
—La tripulación, señor. He oído rumores.
Dicen que vuestro altercado con Pinorr ha arrojado la tormenta
sobre la flota. Creen que el dragón nació del cielo para castigar
al barco y que lo guía el espíritu de vuestro hermano muerto.
Ulster lanzó un bufido.
—Esto es ridículo. Kast no murió nunca.
Escapó, sin más. El dragón y la niña sólo son un truco suyo para
recuperar la flota. Ya nos encargaremos de él y de su putita de
pelos verdes después de la tormenta.
Jabib se encogió de hombros.
—Es lo que se dice. Los hombres están
asustados por la tempestad y por los extraños sucesos de la
cubierta. Y los rumores son cada vez mayores. He llegado a oír que
algunos de la tripulación planean arrojar al chamán al mar para
aplacar la...
—Bueno, esa idea no está mal —gruñó
Ulster.
—Pero también dicen lo mismo sobre vos y
vuestro hermano.
Ulster golpeó la mesa con el puño
enguantado.
—¿Qué estás diciendo? ¿Acaso están
preparando un motín?
—Sólo son habladurías, señor. Tal vez una
muestra de fuerza por vuestra parte, señor...
Ulster reflexionó ante esas palabras.
—¿Qué propones?
—Una demostración de vuestro amor por los
dioses. —Jabib escrutó la habitación y luego se acercó—. Un
sacrificio... hecho con vuestra propia mano.
—¿Crees que la sangre de cabra tranquilizará
las lenguas?
—No, pero sí tal vez algo más fuerte. Esa
hija del chamán, con esa cara tan rara y sus divagaciones... pone
nerviosa a la tripulación. Mader Geel es la única que cuida de la
niña. —Jabib miró a Ulster con intención—. Nadie la echará de
menos.
Gylt intervino en el silencio que surgió con
la voz rota de miedo.
—Está maldita. Todos lo saben, pero nadie se
ha atrevido a enfrentarse al chamán Pinorr. Se dice que la niña
nació del vientre de una mujer muerta. Basta con mirarle el rostro
medio paralizado para saber que los dioses la han abandonado.
Jabib asintió.
—Si libráis al barco de la niña, la
tripulación sabrá de vuestra fuerza y, además, honrará a los
dioses. Esto hará callar las habladurías de amotinamientos.
—Pero, ¿y Pinorr?
Jabib se acercó todavía más y con un suspiro
dijo:
—En las tormentas siempre se pueden producir
accidentes.
Kast avanzaba penosamente por el pasillo. La
cubierta se movía bajo los pies, como si quisiera derribarlo. Iba
descalzo y tenía que guardar el equilibrio mientras se aproximaba a
hurtadillas al guardia apostado cerca de la escotilla que llevaba a
la cubierta superior. Los inviernos pasados en el mar cerca de los
asesinos de Port Rawl le habían enseñado a matar. La víctima no iba
a ser ningún problema porque mantenía la vista clavada en el ojo de
buey de la puerta mientras contemplaba cómo la tormenta embestía
contra el barco.
Al otro lado de la escotilla, los vientos
aullaban como espíritus torturados a la vez que amortiguaban los
pasos de Kast hacia el hombre vuelto de espaldas. Sin vacilar, Kast
le propinó un golpe breve en el cuello con los nudillos de la mano.
El hombre se desplomó sobre el suelo. Kast le quitó la espada,
retrocedió rápidamente unos cinco pasos, e hizo un gesto con el
brazo a los demás para que se acercaran.
Sy-wen, asustada, se apresuró hacia Kast.
Pinorr, con el rostro congestionado por el nerviosismo y el
esfuerzo, sostenía a Sheeshon en los brazos.
—No tenemos mucho tiempo —comentó Pinorr—.
Tendréis que apresuraros.
Kast asintió.
—La tempestad es feroz. Permaneced
juntos.
Se volvió hacia la escotilla y corrió el
pestillo; la puerta salió despedida, arrancada por la galena
ululante. La ventada amenazaba con llevárselos a todos por la
cubierta, pero Kast se debatía contra el empuje del viento con las
piernas extendidas y las manos apretadas contra el marco de la
puerta. Sólo la fuerza del Jinete Sangriento mantenía a los demás
protegidos en aquella abertura.
Detrás de él, Sy-wen estaba colgada de su
brazo derecho, con la mejilla apoyada en el hombro mientras miraba
de reojo la tormenta. Él sentía en el cuello el aliento cálido de
la mujer.
—No... no... creo que pueda hacerlo. La
lluvia..., el viento...
—Es preciso —le espetó Pinorr.
De repente, una ola inmensa, un monstruo de
espuma y remolinos, se desplomó contra la borda. El golpe liberó un
grupo de barriles atados y los dejó sueltos por la cubierta. A Kast
estos malos inicios no le gustaron.
Aguardó a que las aguas se apartaran y el
barco se enderezara.
—¡Ahora! —gritó, y saltó asiendo con fuerza
la mano de Sy-wen. La lluvia, convertida por el viento en aguanieve
hiriente, intentaba abatirlo contra la cubierta. Protegió a Sy-wen
debajo de él. Ante la furia de aquella tormenta, la pequeña mer'ai
era como una hoja.
Pinorr se había quedado en la puerta con
Sheeshon en los brazos.
—¡Rápido! —les urgió.
En cuanto estuvo suficientemente alejado de
la cubierta, Kast se volvió con Sy-wen entre los brazos.
—Llama al dragón —ordenó mientras el viento
le arrancaba las palabras.
Sy-wen parecía paralizada ante la fuerza del
cielo tempestuoso. Los rayos eran como lanzas recortadas que
jugueteaban bajo los vientres de los nubarrones negros que los
truenos estremecían retumbando en su interior.
—Es imposible que volemos con esta...
Como se resistía, Kast le acercó los dedos
al tatuaje.
—Ragnar'k puede —dijo—. El dragón y yo somos
uno. No te fallaremos. Confía en mí. Confía en el corazón de un
dragón.
Ella tenía los ojos húmedos por algo más que
la lluvia.
—Confiaré en mi vínculo —dijo con la voz
convertida en un susurro frente a aquel viento—. En ambos.
Lo miró a los ojos, y por un momento el
aullido de la tormenta desapareció; en aquel instante les pareció
que se encontraban solos en cubierta.
En el silencio que hubo entre dos estruendos
de truenos, ella le posó la palma de la mano en la mejilla y se
inclinó hacia él mientras le acariciaba los oídos con los
labios.
—Te necesito.
Y con aquellas palabras propias del vínculo,
el mundo a su alrededor se desvaneció.
Sy-wen ya estaba sentada en el cuello del
dragón cuando Ragnar'k se despertó en medio del temporal. La enorme
bestia lanzó un bramido contra los cielos con las garras de plata
profundamente clavadas en las tablas de madera del barco. Sy-wen
sabía que ningún viento u ola lograrían desplazar a aquel enorme
dragón.
Volvió la cabeza hacia ella. Los ojos rojos
le brillaban.
¿Volamos de
nuevo?, quiso saber.
Sí —contestó ella
en aquel idioma sin palabras—. Tenemos que
alcanzar al barco más grande.
Ragnar'k le hizo saber que estaba preparado
y dejó que ella sintiera la calidez de su lealtad. Aquella
sensación disipó el frío de la tormenta. El dragón desplegó las
alas.
¡Aguarda! —le
urgió ella—. Tenemos que llevar a alguien con
nosotros.
La irritación de la bestia la
recorrió.
Eres mi vínculo. Sólo
aquellos que tienen vínculo comparten los vientos.
Lo sé, mi dragón, pero
lo necesito mucho y será sólo una distancia corta.
Un gruñido, algo así como un suspiro
resignado de dragón, resonó en el pecho de la bestia. Volvió a
plegar las alas.
Sy-wen levantó la mano hacia la abertura que
daba a la bodega donde Pinorr y Sheeshon estaban todavía
resguardados e hizo que se acercaran.
Pinorr no se amedrentó al recorrer el
espacio que separaba la puerta del dragón. Como las olas abatían el
barco, estuvo a punto de resbalar por la cubierta. Al poco se
encontraba ya a sotavento del animal, resguardado de lo peor de la
tormenta.
—¿Puedes? —gritó a Sy-wen.
Ella asintió.
—¡Ragnar'k nos protegerá!
Sy-wen se inclinó y tomó a la pequeña de los
brazos extendidos de Pinorr. Sheeshon se movía y sollozaba
asustada, aunque no del dragón, sino de los cielos. Tenía los ojos
abiertos por el espanto y clavados en los rayos.
Sy-wen colocó a Sheeshon en el espacio que
quedaba delante de ella y la rodeó con ambos brazos.
—Tranquila. Estás a salvo —la calmó. Sin
embargo, Sy-wen no estaba del todo tranquila. Como estaba bien
asida por los tobillos en los pliegues de la piel del dragón, tenía
que confiar en la fuerza de sus brazos para mantener a la niña
sobre el animal.
Sheeshon levantó la vista hacia Sy-wen. La
niña intentó ser valiente ante la tempestad.
—Tu dragón tiene un nombre muy raro.
—Sí.
—Me comerá —dijo la niña con
tranquilidad.
Sy-wen se asustó y miró cómo Sheeshon se
volvía y acariciaba contenta el cuello escamoso del dragón, con un
gesto incongruente con sus palabras.
No me la comeré
—replicó Ragnar'k con enfado—. Es demasiado
pequeña.
Lo sé, mi vínculo. No
le hagas caso. Tiene la mente débil. Aun así, Sy-wen se
estremeció al notar la certeza con que la niña había afirmado
aquello.
De pronto, los nubarrones desataron de nuevo
su furia y una cortina de granizo se precipitó con fuerza desde el
cielo oscuro martilleando la cubierta con estrépito.
Sy-wen, encogida ante los golpes del
granizo, se inclinó hacia el lado y vio que Pinorr la miraba.
—No temas, chamán. Pondremos a salvo a la
niña en el Corazón de Dragón. Kast y yo
convenceremos al almirante de esa necesidad.
Aun así, el rostro del anciano reflejaba
preocupación.
—Ya sabéis lo que tenéis que hacer.
Sy-wen asintió, se enderezó, y frunció los
labios apretándose con más fuerza contra la niña.
Que la Madre Dulcísima
me perdone. Lo sé.
Pinorr retrocedió y se inclinó para
protegerse del granizo. Luego se acercó rápidamente hacia la
entrada y movió un brazo para despedirlos.
Sy-wen se volvió hacia el oleaje
embravecido.
Vuela, ordenó
mentalmente al dragón.
Ragnar'k obedeció desplegando las alas
contra aquel fuerte temporal para tomar impulso. El dragón soltó
las garras del suelo y la corriente se lo llevó. Ragnar'k se elevó
por encima de la borda. Ya lejos del barco, unos fuertes golpes de
mar se levantaron de entre el oleaje, como si intentaran abatirlos.
Algunas olas eran como acantilados poderosos. Sin embargo, el
dragón volaba por encima de su alcance.
Los relámpagos les acechaban encima de las
aguas.
Sy-wen pensó en ordenar al dragón que se
sumergiera bajo aquellas aguas embravecidas para escapar de la
cólera de la tormenta, pero la velocidad era crucial. Volar era más
rápido y temía que la niña se asustara si avanzaban por debajo de
las olas. Sheeshon podía ahogarse fácilmente y aquello no debía
ocurrir. El éxito de su plan dependía de la niña.
Sy-wen asía con firmeza a la pequeña que
temblaba. Sheeshon musitaba una cosa, una y otra vez. Parecía casi
una canción infantil, rítmica y repetitiva. El viento se llevaba
casi la mayor parte de las palabras, pero le llegaron algunos
fragmentos a los oídos. Sy-wen los ordenó mentalmente:
Corazón de dragón, hueso de dragón,
sólo la sangre romperá la piedra.
Dragón oscuro, dragón brillante,
sólo el dolor ganará este combate.
Sy-wen se echó hacia atrás mientras pensaba
en la rima de la niña. ¿Qué podría significar? Esas palabras le
provocaban escalofríos. Al igual que le había pasado con el tatuaje
de Kast, creyó percibir una magia ancestral en el canto de la niña.
Sy-wen acarició la mejilla de la niña para llamarle la
atención.
—¿Que estás...?
De repente, el mundo estalló en pedazos. El
tiempo se detuvo. Un dolor inmenso laceró un costado de Sy-wen. La
muchacha, ciega por un período de tiempo desconocido, volvió al
mundo cuando un grito le penetró en los oídos. Tuvieron que
transcurrir unos instantes hasta que se dio cuenta de que aquel
grito era suyo. Vio con horror cómo el mar embravecido se
desplegaba bajo ellos.
Entre sus piernas, el dragón se desplomaba
en espiral, con la cabeza colgándole sobre el cuello. Ella tenía
todavía a Sheeshon bien apretada entre los brazos. La niña sacó una
mano y señaló hacia la izquierda. Sy-wen miró y vio un desgarro
humeante en el ala. ¡Un rayo había alcanzado a Ragnar'k! Mientras
miraba, otros rayos en forma de lanzas recortadas perseguían a su
montura.
Sy-wen se concentró en el dragón.
¡Ragnar'k, vuelve en
ti! ¡Te necesito!
En algún lugar lejano sintió un leve
estremecimiento. Ella empleó todos sus poderes para comunicar su
urgencia.
¡Despierta!
¡Ayúdanos!
Le llegó una voz desmayada.
¿Sy-wen?
Ella se dio cuenta de que aquél no era el
dragón. Sin embargo, no tenía tiempo para pensar en aquel
milagro.
¡Kast! ¡Despierta a
Ragnar'k!
El cuerpo del dragón se desplomaba entre
enormes muros de agua y espuma. El instinto le hacía mantener al
animal las alas extendidas, lo cual les permitió deslizarse por
aquel valle de olas montañosas. Sin embargo, faltaban sólo unos
instantes para que el dragón chocara contra el agua.
Kast se debatía. No sé
cómo...
¡Haz lo que tengas que
hacer! ¡Si no, la niña y yo moriremos!
De repente, el dragón se sacudió de forma
tan repentina que ella casi salió despedida de su lomo. La gran
bestia se tambaleó por culpa del ala herida. Pero, por fin,
extendió el cuello, y las escamas le brillaron con la sal del mar.
El dragón volvió la cabeza a un lado mientras analizaba su
situación.
Una columna de agua amenazaba con
desplomarse sobre ellos con su cresta cubierta de blanco a causa de
los vientos. El dragón arqueó el lomo, se volvió sobre su ala
buena, y probó a elevarse antes de que aquella ola cayera.
¡Rápido!, le
urgió Sy-wen al ver cómo la cresta de la ola se empezaba a dirigir
contra ellos.
La muchacha sentía cómo los músculos del
dragón se agitaban y las alas se debatían contra el viento y la
lluvia. El dragón emitió un rugido de ira y rabia mientras se
elevaba. Sy-wen volvió el cuello y se dio cuenta de que la ola les
daba alcance, enredándose y rechinando en la cola del dragón.
Luego, todo terminó.
Una última arremetida y el dragón pasó por
encima de aquella ola monstruosa. El agua cayó con estrépito hacia
abajo, entre gemidos de rabia, y sin alcanzar la cola del dragón
por sólo un palmo.
Sy-wen, llorando aliviada, cayó sobre la
niña.
—Lo hemos logrado —sollozó.
Sy-wen acarició con cariño el largo cuello
del dragón.
Muchas gracias,
Ragnar'k.
No ha sido sólo el
dragón.
¿Kast?
No logré despertar a
Ragnar'k. Sy-wen percibía el cansancio y el esfuerzo que
estaba haciendo el Jinete Sangriento. El
terror y el dolor han agotado a Ragnar'k. Sólo soy capaz de captar
sus pensamientos más viles, sus instintos simples y los reflejos.
Pero creo que ha bastado. Mi voluntad fue la que guió y definió el
objetivo, y los instintos y reflejos del dragón hicieron mover su
cuerpo.
Pero ¿cómo
es...?
El dragón se precipitó hacia abajo, pero
luego se volvió a recuperar.
Es... es demasiado
difícil hablar así y... y controlar al dragón. Cuida de la
niña.
Sy-wen le dio las gracias en silencio a
Kast.
A su alrededor, los truenos estallaban
mientras la furia de aquella tempestad iba en aumento. El viento
arreciaba y obligaba a Sy-wen a doblarse más cerca del dragón y
proteger así a la niña que tenía debajo.
De repente, en la oscuridad barrida por la
lluvia, surgió un barco. Era de tres mástiles, en la proa ostentaba
un dragón, y luchaba contra las olas con tal furia que parecía
estar vivo. Sy-wen reconoció el barco por la descripción de Pinorr.
Era el mayor de la flota, el Corazón de
Dragón.
Seguramente su montura lo distinguió de
forma simultánea a ella. El dragón dobló el cuello hacia abajo y su
cuerpo le siguió, precipitándose hacia la nave. Sy-wen se apretó
contra la niña mientras el barco iba tomando forma a medida que se
acercaban a él. La caída contra la cubierta del barco no iba a ser
el gracioso deslizamiento propio de Ragnar'k. Sy-wen notaba que
Kast se estaba esforzando mucho para hacer volar aquel gigante. El
dragón agitó las alas tanto para disminuir la velocidad de la
bajada como para acertar en su objetivo. Aquella batalla era
difícil y el resultado, incierto.
El barco, que se agitaba sobre las enormes
olas, no ofrecía una bienvenida amigable. La cubierta se tambaleaba
y los tres mástiles se erguían contra ellos como lanzas
hostiles.
El dragón rugió contra los constantes ladeos
y giros del barco cuando cruzaba las olas. Cuando la cubierta del
barco se precipitó hacia ellos, Sy-wen cerró los ojos. Todo aquello
tenía muy mal aspecto. Con el corazón encogido, Sy-wen se inclinó y
se apretó contra la niña que tenía debajo abrazándose con fuerza al
dragón.
Kast, no me
falles.
Un estrépito estremecedor fue la única
respuesta que obtuvo. Sy-wen intentó no desasirse, pero el golpe
fue demasiado grande. Los pies se soltaron de donde se apoyaban y
ella y la niña se deslizaron por el cuello del dragón. Sy-wen,
asustada, se asía con todo lo posible. El chirrido de las garras
sobre la madera se prolongó de forma interminable mientras el
dragón se iba deslizando por la cubierta húmeda. Sy-wen esperó oír
el chasquido contra la borda y la caída final al mar
rugiente.
Nada de eso ocurrió.
El dragón se quedó quieto y temblando debajo
de ella.
Sy-wen seguía con los ojos cerrados mientras
enviaba una plegaria silenciosa a todos los dioses del mundo.
Lentamente abrió los ojos. La punta del hocico del dragón tocaba la
borda. Habían estado a punto, muy a punto. La gran bestia yacía en
la cubierta, demasiado cansada para levantarse. El pecho se le
levantaba al inspirar grandes bocanadas de aire, emitiendo vapor
contra la lluvia fría. A su espalda, Sy-wen observó las profundas
marcas que surcaban la cubierta. Unos pedazos de uñas rotas de
plata yacían desparramados por ella.
Sheeshon también miró su alrededor.
—Este no es el barco de papá —dijo con
temor.
Sy-wen le acarició la mejilla.
—Tranquila, Sheeshon. Aquí estarás a salvo
hasta que tu papá venga.
Se oyó un chasquido de madera a la izquierda
cuando una escotilla se abrió repentinamente. Sy-wen vio que unos
hombres se apresuraban afuera, a la cubierta bañada por la
tempestad, equipados con lanzas y espadas. Lo que vieron estaba más
allá de lo que podían imaginar y se detuvieron con expresiones de
temor y sobrecogimiento.
Sy-wen se dio cuenta de que ahora tenía que
ser Kast el que llevara el peso de la conversación. Dejó a Sheeshon
sobre la cubierta.
—Quédate junto al dragón —le dijo a la
niña.
A continuación, Sy-wen, consciente de que
todas las miradas se posaban en ella, descendió de su montura sin
dejar de tocar a Ragnar'k. En cuanto notó los pies en el suelo,
Sy-wen tomó a Sheeshon de la mano y se volvió para mirar a quienes
los observaban.
Ni siquiera esa terrible tormenta lograba
distraer a la tripulación de aquel espectáculo. Entre ellos
destacaba el hombre más alto que Sy-wen había visto en toda su
vida. Aunque algo entrado en años, el hombre era tan musculoso y
tan ancho de espaldas como alto. Ella oyó algunos comentarios de la
gente que se había arremolinado a su alrededor. Un nombre se oía
con más frecuencia que los demás: almirante. El hombre se detuvo y
contempló a las dos muchachas y al dragón caído. Tenía el ceño
fruncido y sus rasgos no mostraban el menor signo de bienvenida. En
sus ojos negros brillaba el recelo.
Sy-wen tragó saliva. Sin duda, Kast era el
único que podría aplacar a aquel hombre.
La mer'ai dio un paso al frente y apartó la
mano del dragón para deshacerse del conjuro. Se encogió para
apartarse del remolino que se iba a producir... pero no ocurrió
nada.
Sy-wen miró por encima del hombro y vio que
el dragón permanecía todavía en la cubierta. Sólo los resoplidos
humeantes indicaban que todavía estaba con vida.
—¿Kast? —exclamó.
Una voz dura la hizo volverse. Era el
almirante. Su mirada era muy severa.
—¿Qué especie de demonio de las tormentas
sois?
Cuando Pinorr regresó a su camarote, la
preocupación le carcomía el estómago. Ahora que el plan ya estaba
en marcha, empezó a ser acosado por las dudas. Tal vez, se
recriminó, todo dependía demasiado de las antiguas historias. Si él
erraba, eso no sólo significaría el fin de la esperanza de Kast y
Sy-wen sino también la muerte de Sheeshon.
Fue a asir el pasador de la puerta mientras
los truenos le resonaban cu los oídos y los faroles lanzaban
sombras distorsionadas contra la pared. La calma repentina de la
tormenta le salvó la vida. Cuando el rugido del trueno desapareció
por unos breves instantes, Pinorr oyó el leve crujido de unas
pisadas en la madera. Levantó la vista.
Agazapado a pocos pasos en aquel pasillo
estaba el musculoso Gylt con un arma manchada en la mano. La
extraña posición del hombre y el arrepentimiento repentino que se
le reflejó en los ojos hicieron sospechar al chamán que el hombre
le quería hacer daño. Tras comprobar el pasillo, Pinorr se volvió
por completo hacia el hombre.
—¿Acaso vienes a matarme en lugar de
Ulster?
EI marino se quedó quieto, sin saber qué
hacer.
—Observo que atraes la ira de los dioses
sobre tus hombros al defender a Ulster. Has sido muy valiente
condenando tu propio espíritu. —Pinorr frunció el ceño. Ahora
empezaba a comprender las intenciones del capitán en aquel asunto—.
Aunque logres engañar a la tripulación y echar la culpa de mi
desaparición a la furia de la tormenta, no creas que los dioses de
los mares no sabrán qué mano blandía la espada. Incluso ahora te
están observando a través de mis ojos. Te miran el corazón.
El estallido repentino de un trueno hizo
temblar la cubierta a sus pies.
Gylt se sobresaltó y retrocedió. Pinorr
sabía que era fácil asustar al hombre, especialmente cuando se
sentía amenazado. Se acercó.
—Escucha cómo los dioses reclaman ya tu
sangre.
Gylt estaba horrorizado y la espada le
temblaba en la mano.
—Yo... yo no tenía que matarte, chamán. De
verdad, no. S... sólo tenía que... que... asegurarme de que habías
regresado a tu camarote.
Pinorr dirigió a Gylt una mirada sombría y
percibió entonces que el hombre decía la verdad.
De repente, detrás de Pinorr, la puerta que
daba a su camarote se abrió. Sabía que había dejado la habitación
vacía. Acababa de caer en la trampa. Jamás pensó que Ulster pudiera
ser tan cobarde, por lo menos, no tan pronto.
Delante de Pinorr una sombra provocada por
las luces de la habitación se levantó en la pared opuesta del
pasillo. Había un hombre con la espada en alto. Pinorr se dio
cuenta de que la sombra armada con la espada iba a atacarlo por la
espalda.
El chamán no tenía tiempo para volverse,
sólo logró echarse a un lado y levantar una mano para defenderse.
El filo pasó por debajo de su brazo sin darle en el pecho y sólo
cortó el borde de la túnica. Pinorr vio cómo la punta de la espada
pasaba por debajo de su brazo levantado. En aquel momento, los
reflejos de otros tiempos regresaron a Pinorr, pues debajo de su
túnica de chamán latía todavía el corazón de un Jinete Sangriento.
Aunque hacía tiempo que se había desatado la trenza de guerrero,
una parte de él todavía estaba presente.
Con un grito de batalla, Pinorr bajó el
brazo y atrapó contra el pecho la parte plana del arma. Apretó
fuerte y se dio la vuelta. Como era de esperar, al no haber dado en
el blanco, el atacante perdió levemente el equilibrio y soltó la
espada. Pinorr no se detuvo ahí. Mientras seguía dando la vuelta,
asió el arma que había arrebatado. Después de cuarenta inviernos,
de nuevo volvía a ceñir un arma.
Con un amplio movimiento del brazo hacia
adelante, se volvió hacia su atacante desarmado. Pinorr estaba
embargado por una furia intensa.
Entonces oyó el grito sobresaltado de Gylt a
la izquierda.
—¡No puedes blandir una espada! ¡No puedes
provocar ningún baño de sangre! ¡Eres un chamán!
Pinorr no atendió a los gritos del hombre y
miró a quien había intentado matarlo. No le sorprendió encontrarse
delante a Jabib, el eterno perrito faldero de Ulster. El primer
oficial buscaba su puñal, pero Pinorr fue más rápido.
La espada se clavó en el pecho del primer
oficial. Pinorr la hundió profundamente mientras avanzaba hacia
Jabib y quedaba frente a frente con el marinero; sólo les separaba
la empuñadura de la espada. La sangre caliente bañó la mano fría de
Pinorr. El chamán temblaba de rabia mientras miraba fijamente a
Jabib.
—Que los dioses de los mares conviertan tu
espíritu en la comida de sus gusanos —espetó, mientras retrocedía
haciendo girar la espada al retirarla.
Jabib dio un grito sobresaltado y cayó de
rodillas. La sangre le brotó de los labios y se le desparramó por
el pecho. Antes de que el hombre cayera de bruces, Pinorr lo asió
por la trenza y lo sostuvo en lo alto por el pelo. El primer
oficial levantó la mirada con horror.
—Te enviaré a los dioses desposeído de
cualquier honor —declaró Pinorr con frialdad. Entonces le cortó la
trenza con un simple envite de espada. Jabib, ya sin estar sujeto,
cayó pesadamente contra el suelo de madera mientras la sangre se le
derramaba. Pinorr se volvió con la espada en una mano y la trenza
de Jabib en la otra.
Gylt dejó caer la espada con los ojos
blancos de terror.
—¡Has arrojado una maldición contra
nosotros! —gritó—. ¡Te has manchado de sangre!
—¡Vosotros mismos os habéis condenado!
—replicó Pinorr—. Los dioses de los mares me advirtieron de vuestra
traición y me han protegido. Han hecho acallar la tormenta para que
yo oyera vuestra amenaza. Han arrojado la sombra de Jabib contra la
pared para permitir que viera ese ataque tan cobarde. —Pinorr se
acercó más a Gylt—. Me han bendecido en esta noche tempestuosa para
que pudiera vengarme de aquellos que traman contra ellos.
Gylt negó con la cabeza con violencia,
rechazando las afirmaciones de Pinorr. Luego se arrodilló.
—No... no —gemía.
Pinorr se irguió frente al hombre que
sollozaba.
—Sí —repuso con una voz áspera como la
tormenta que se cernía sobre sus cabezas.
Seguramente, Gylt presintió las intenciones
de Pinorr y se abalanzó sobre su espada. Pero era demasiado
tarde...
Pinorr blandió su arma con toda la rabia
contenida en su cuerpo. La sangre le manchó los antebrazos. Pinorr
pasó por encima del cuerpo de Gylt mientras la cabeza del hombre
todavía rodaba por el pasillo delante de él.
Con la trenza de Jabib en una mano, Pinorr
prosiguió su camino por las entrañas del barco. Sabía que había
dejado pasar demasiado tiempo permitiendo que se pudriera tanta
maldad en aquel barco. El temor por Sheeshon y por sí mismo le
había frenado la mano. Ahora que la niña estaba a salvo, Pinorr
sabía que había llegado el momento de actuar. Aquella noche, las
profecías congregaban a todos los que intervenían en ellas y nadie
lograría escapar de su destino.
Por la mañana, los dre'rendi decidirían por
fin su razón de ser, es decir: se convertirían en un arma contra
Gul'gotha, o bien naufragarían y desaparecerían bajo las
aguas.
El destino final de su gente dependería de
la espada maldita de un chamán y del corazón de una niña.