CAPITULO 21

Er'ril despertó en una celda oscura. Aquél era el último día de su vida. Aunque ninguna ventana se lo indicaba, Er'ril ya sabía que el amanecer había llegado. Al cabo de cinco siglos de vida conocía el transcurrir del sol sin tener que verlo.
Er'ril, desplomado en sus grilletes, levantó la cabeza. Cerca de él, unas ratas negras correteaban por el heno y se gritaban entre sí con furia, luchando por unos trozos de pan mohoso que habían sobrado de la cena. Tenía mordiscos en los pies desnudos. Las ratas habían estado hurgando en ellos mientras él dormía, probando su carne para cuando el cuerpo les perteneciera por completo.
Desde la celda cercana, alguna cosa aullaba y se debatía en sus grilletes. El grito ahogado de la locura resonó en toda la hilera de celdas.
Er'ril intentó no escuchar ese ruido, pero se le clavó en el cerebro. De repente, en algún lugar del pasillo, una puerta se abrió; el hierro chirrió contra el hierro al ceder el pestillo. Luego se oyeron los pasos pesados de unas botas. Er'ril aguzó el oído. Calculó que se acercaban cuatro hombres. Eran demasiados para llevar las gachas del desayuno.
Se enderezó en su lecho de heno y escuchó atentamente por si obtenía alguna pista de lo que pretendían. En la celda cercana, la criatura que aullaba se había callado. También ella sabía que era mejor no llamar la atención de nadie que se aventurara a pasar por allí. A través de la argamasa rota de las paredes sólo se oyó un lloriqueo suave, como un perro antes de recibir una azotaina.
Sin embargo, aquella criatura no tenía nada que temer porque el nudo de las botas se detuvo justo delante de la pequeña puerta de Er'ril.
El hombre de los llanos se palpó rápidamente el extremo de un trozo de madera astillada que llevaba detrás del cuello. Estaba en su sitio. Como sólo llevaba cubiertas sus partes, el mejor escondite para el regalo de Greshym no podía ser más que bajo la piel. Así, había introducido la astilla de la vara bajo ella, a la altura de la línea del pelo, hasta que fuera necesaria.
La pequeña puerta se abrió de golpe y entraron dos hombres vestidos con los colores negro y dorado de los soldados. Una antorcha chisporroteaba en la mano de uno de los hombres. Aquella luz tan intensa le molestó. Los hombres miraron a Er'ril con el ceño fruncido y arrugaron la nariz al entrar en el aposento miserable.
—Huele a letrina —comentó uno.
El otro dibujó una mueca. Sólo tenía un ojo; la única característica del otro era una cicatriz larga y espantosa.
—Tírale los grilletes para las piernas y salgamos de estas mazmorras antes de que se nos contagie algo.
Un juego de cadenas y esposas se desplomó en el suelo de la celda, alejando de este modo a las ratas, que regresaron a sus madrigueras oscuras. Sin embargo, aquellos bichos feroces no huyeron muy lejos. Sus ojos rojos brillaron hacia los centinelas mientras observaban detenidamente los restos que dejaban abandonados en el heno.
El centinela tuerto se acercó y propinó a Er'ril una patada en la espinilla.
—Levántate. Vamos a llevarte a tomar un baño. —Se inclinó y miró atentamente a Er'ril—. Parece que el Pretor tiene planes para ti. —Señaló con la cabeza al lado, donde aquella criatura continuaba lloriqueando—. Es posible que quiera convertirte en una hermosa mascota.
—Nock, ¡déjalo en paz y ayúdame con las cadenas! —dijo el otro.
Con un gruñido, Nock dio otra patada a Er'ril y luego se dispuso a coger un extremo de los grilletes para las piernas. Los dos hombres levantaron rápidamente las piernas de Er'ril y le pasaron una cadena alrededor de la cintura, luego le retiraron el brazo del soporte de la pared y lo ataron a un grillete que llevaba en la cadena de la cintura.
En cuanto estuvo bien atado, lo sacaron de la celda, vestido tan sólo con el taparrabos y con el rostro enrojecido a causa de la fiebre. El aire del pasillo le heló la piel y le puso la carne de gallina. En las muñecas y los tobillos, los otros grilletes le habían dejado señales en carne viva, que ahora adquirían tonos amoratados a causa de los golpes y la infección. Siguió pesadamente a los guardianes seguido por detrás por los dos centinelas pertrechados con lanzas con las que le pinchaban la espalda cuando el paso les resultaba demasiado lento.
Al poco llegaron a una habitación más cálida donde el vapor y el olor a desinfectante le provocó escozor en la nariz. En el centro de la sala vio una cuba de hierro. Los hombres le quitaron las cadenas y la ropa y fue llevado sin más preámbulos al agua humeante. Tuvo que reprimir un grito cuando el agua caliente le quemó las heridas.
—Límpiate y vístete —le ordenó Nock, tirándole jabón y un cepillo—. Y apresúrate. No tenemos toda la mañana. —Los guardias retrocedieron hasta la puerta de la habitación y se reunieron en el pasillo.
La habitación de piedra carecía de todo adorno excepto de un espejo empañado y una única silla con ropa limpia preparada. Er'ril se sumergió en el calor del agua para que aquello le hiciera bajar la fiebre. En cuanto dejó de oír martilleos en la cabeza, Er'ril tomó el jabón y se limpió primero las heridas. Apretó los dientes y con su única mano quitó toda la suciedad y el heno sucio de las heridas profundas. Cuando el agua quedó roja por la sangre y las heridas quedaron descubiertas, en carne viva y limpias, se aplicó el cepillo en el cuerpo.
Conforme el agua se iba enfriando, Er'ril pensó en Elena y los demás. Durante los días anteriores se había esforzado en no pensar en ninguno de ellos porque le provocaba una cierta desesperación. Se preguntó si sabrían que él todavía estaba con vida, si Sy-wen había logrado ganar a los dre'rendi para la causa. Aquella noche iba a ser de luna llena y, a medianoche, los magos negros iban a intentar destruir el Libro. Si lo lograban, de nada servirían todos los Jinetes Sangrientos y las brujas del mundo.
Se tapó la cara con la mano, no para protegerse de aquel destino temible, sino porque se sentía extrañamente desvinculado de todo sentimiento acerca del Libro o del destino de A'loa Glen. Le gustaría con toda el alma desbaratar los planes de los magos, pero en realidad sólo tenía una preocupación. Mientras se bañaba recordó a Elena. Tanto si el Diario Ensangrentado sobrevivía como si no, Elena tenía que vivir.
—Si habéis terminado vuestro baño, Excelencia... —se mofó Nock desde la puerta—, sacad ese culo esquelético de ahí y secaos.
Er'ril salió de la cuba ayudándose con su único brazo y puso los pies en las piedras gélidas del suelo. Se acercó al espejo, se secó con una toalla y se colocó con dificultad la ropa interior de lino y un pantalón de color gris que le llegaba hasta las rodillas, cuidando de taparse las heridas con unos vendajes limpios que le habían dejado junto a la cuba. En cuanto se hubo colocado una camisa blanca suelta se miró en el espejo.
Estaba demacrado, y tenía las mejillas y la barbilla cubiertas de una barba oscura, de forma que los ojos grises eran como orificios sombríos en el rostro. No estaba dispuesto a presentarse ante su hermano como un hombre vencido. Se pasó la mano por el cuello áspero y se peinó el pelo. Mientras lo hacía, la mirada se le endureció.
Nock entró acompañado de otro soldado. Tras dar una patada a la cadena y las esposas en dirección hacia Er'ril, Nock le ordenó maniatarse.
Er'ril apenas escuchó sus palabras, y continuó con la mirada clavada en el espejo. Pasó los dedos sobre el trozo de madera que llevaba en la nuca. Al tocar aquel trozo de la vara, Er'ril se permitió un momento de esperanza. La magia negra se combate con magia negra.
—¿Estás sordo? ¡Ponte estas cadenas!
Er'ril se volvió hacia Nock. El guardián vio algo en los ojos del hombre de los llanos que le hizo retroceder un paso y que provocó que la cicatriz palideciera repentinamente.
—Y... ya me... me... has oído —gritó, mirando a su compañero en busca de ayuda.
Er'ril sacudió la cabeza con cansancio, se inclinó, tomó los grilletes y se los colocó en los tobillos. Nock hizo un gesto con la cabeza a los otros centinelas para que colocaran en su sitio las cadenas y las esposas de Er'ril. El hombre de los llanos miró fijamente a Nock mientras los demás cumplían sus órdenes. El soldado intentó sostenerle la mirada, pero no lo consiguió, apartó los ojos y gruñó mientras llevaba a Er'ril hacia la puerta.
El camino hasta la torre más occidental de la gran ciudadela, la Lanza del Pretor, era largo. Er'ril mantenía erguida la espalda y el paso tranquilo. Ahora que iba limpio y aseado, los guardias no lo hostigaban con las lanzas como antes. Parecían haberse dado cuenta de que del vapor del baño había nacido un nuevo hombre, incapaz de consentir ese tipo de afrentas, aunque estuviera encadenado.
Al cabo de un buen rato, alcanzaron la escalera de caracol que llevaba a la torre. Er'ril tomó aire; después de tanto tiempo sin alimentarse de forma adecuada, ahora la ascensión le resultaría interminable. Incluso su antigua herida en la pierna, donde el goblin de la piedra lo había atacado hacía casi un invierno, se resintió ante el elevado número de escalones. Cuando el grupo alcanzó el descansillo superior, Er'ril tenía la respiración entrecortada.
Nock se acercó a los dos guardias apostados delante de un par de enormes puertas de roble chapadas con hierro. Antes de que él pudiera decir algo, las puertas se abrieron. Los centinelas de la torre no parecieron darse cuenta siquiera del movimiento y mantuvieron la vista clavada hacia adelante. Sin embargo, el único ojo de Nock se abrió con asombro. Se inclinó frente la presencia que parecía derramarse por las puertas que se abrían.
—Comunicad mi bienvenida a mi hermano —dijo una voz desde el interior.
La frialdad de esa voz empañó la calidez de la invitación.
Nock dio un paso al lado, se volvió hacia Er'ril y le ordenó entrar. El hombre de los llanos sintió incluso el pinchazo leve de una punta de lanza en la espalda. Le pareció que los guardianes estaban más que deseosos de librarse de él.
Er'ril no se mostró reacio a entrar. Si había de detener la destrucción del Libro, aquél era el lugar adecuado donde acudir. Pasó por delante de Nock con dificultad y acompañado del estrépito de sus cadenas, y entró en el aposento de la torre que era el hogar de Shorkan.
Al pisar las alfombras espesas del estudio, el ruido de las cadenas de Er'ril se amortiguó. Dentro encontró al niño mago de pelo rubio, Denal, sentado cómodamente en un diván bajo, golpeando con las botas en la madera de las patas, y a Greshym, sonriendo con la complacencia de un gato tras comerse una paloma; el anciano estaba sentado junto a una pequeña mesa de cerezo. Sólo Shorkan, todavía vestido con la túnica tradicional blanca del Pretor, tenía la espalda vuelta hacia Er'ril, signo inequívoco de lo poco que le impresionaba la presencia del hombre de los llanos.
Shorkan miraba a la ciudad hundida que se extendía más allá de la ventana mientras los primeros rayos del sol bañaban las torres caídas y destruidas. A lo lejos, Er'ril distinguió un brillo azul, el océano, e incluso los montículos de algunas islas. Shorkan habló como si prosiguiera una conversación que Er'ril hubiera interrumpido de forma inapropiada.
—Se acercan a toda vela. Los Jinetes Sangrientos y la bruja estarán en nuestras puertas antes de que caiga la noche.
Er'ril no pudo evitar sonreír al oír aquellas palabras. ¡Habían logrado convencer a los dre'rendi para que participaran en el ataque!
Greshym intervino:
—Con la pérdida de la legión de skal'tum en el Sargazo, ¿cómo estamos de defensas en la isla? —Er'ril captó la mirada del mago encorvado hacia él—. ¿Resistirán hasta la ceremonia de la salida de la luna?
Shorkan se volvió. Hermano contra hermano. Er'ril sintió la punzada momentánea de los recuerdos: las carreras por los campos, las peleas detrás de las cuadras, los refugios de nieve en las llanuras barridas por el viento. Pero, entonces, Er'ril contempló los ojos del hombre y todos los recuerdos de la infancia compartida se desvanecieron bajo una cortina de humo repugnante de sangre y tortura. Detrás de aquellos ojos grises no había rastro alguno del hombre que Er'ril había querido. En lugar de ello, en esa mirada se escondía una presencia que no tenía nada que ver con los hombres de carne y hueso y sí, en cambio, con los seres nacidos de la ponzoña y criados entre torturas. Por suerte, el Pretor apartó pronto su atención de él y se centró en Greshym.
—¿Que si podrán resistir? —se burló con un claro desdén—. Todavía nos quedan dos legiones más de skal'tum en la isla y una flota de más de cien barcos capitaneados por berserker y controlados por ul'jinns. Tenemos además mil esbirros apostados en las torres de la periferia pertrechados con arcos y brea encendida. No tienes que preocuparte. Tu pellejo está a salvo, Greshym.
—Ah... Pero, dime, si estamos tan seguros, ¿por qué hay doscientos guerreros enanos con hachas repartidos por todo el Edificio?
—Es una simple medida de precaución. No voy a permitir que nadie altere el ritual de esta noche en las catacumbas.
Greshym inclinó la cabeza, no sin antes mirar a los ojos de Er'ril. Había forzado la letanía de las defensas de la isla por parte del Pretor para ayudar al hombre de los llanos. El anciano mago quería que Er'ril estuviera al caso de la situación actual de la isla.
Denal habló con su voz aguda y sibilante de niño, pero también con el aburrimiento y la maldad acumulada por los muchos años vividos.
—¿Y qué hay del golem Rockingham?
—Ha desaparecido —respondió Greshym—. He sentido que su conjuro se ha desvanecido.
Denal hizo un mohín infantil.
—Pero yo quería jugar con él un rato más...
—No tiene importancia —comentó Shorkan—. Ahora que la guerra y el ejército están aquí, ya no nos sirve de nada. Ha logrado retenerla, lo suficiente para que nosotros hayamos podido preparar nuestras defensas. La bruja verá que la isla es impenetrable; mañana al amanecer su ejército no será más que carnaza para tiburones. Y ahora, basta ya de hablar de la llegada de la bruja. Nos tenemos que preparar para el ritual del atardecer.
Shorkan se volvió hacia Er'ril.
—Ha llegado el momento de intercambiar nuestros papeles, querido hermano. Hace mucho tiempo, nuestra sangre creó el Libro. Para destruirlo, el conjuro exige tu sangre, Er'ril. Por desgracia, la necesitaremos toda.
Er'ril se encogió de hombros.
—¿Cómo es eso, Er'ril? —preguntó Shorkan sorprendido—. ¿Acaso no te importa? ¿Tanto te ha abrumado el paso de los siglos que tienes ganas ya de poner fin a tu vida?
—A mí la muerte no me preocupa.
—¿Cómo es eso?
—Porque entre vosotros, querido hermano, hay un traidor.
Er'ril vio que Greshym daba un respingo. Sin embargo Shorkan no pareció darse cuenta de la sorpresa que aquella revelación había causado en el mago anciano.
—¿Un traidor? ¿Y quién puede ser?
Er'ril suspiró y volvió a encogerse de hombros.
—Si te lo dijera, todo esto no resultaría tan divertido.
Kast estaba junto a Pinorr a bordo del Espuela de Dragón mientras el chamán escrutaba el horizonte con los ojos entrecerrados. Kast aguardaba con paciencia, acariciándose el tatuaje de la mejilla. Sabía que era mejor no molestar al chamán de un barco cuando invocaba su rajor maga, esto es, su sentido del mar.
Miró a la popa del barco. La flota de los dre'rendi se extendía por todo el horizonte. Las velas de los cientos de barcos parecían los nubarrones hinchados de un frente de tormenta. Confundidos entre los barcos estaban también los supervivientes de las fuerzas mer'ai, varios cientos de dragones y jinetes. A pesar de que el ejército de los mer'ai había perdido un cuarto de sus fuerzas en el bosque del Sargazo, su presencia levantaba los ánimos de los Jinetes Sangrientos. La noche anterior, la victoria frente a los skal'tum había sido objeto de celebración en las cubiertas de muchos barcos.
Kast volvió la atención hacia su propio barco.
Elena y Flint estaban cerca de él. Flint tenía la cabeza inclinada, sumido en una tranquila conversación con el nuevo capitán del barco, Hunt, hijo del almirante, que había sido nombrado como tal después del motín que se había producido durante la noche de la tormenta. El hermano de Kast, Ulster, había sido hallado muerto, atravesado con la espada del primer oficial. Más tarde se hallaron también los cadáveres del primer y el segundo oficial; era evidente que los amotinados se habían enfrentado entre sí por algún motivo. La investigación posterior no había hallado más conspiradores. Aunque Ulster no había sido un verdadero hermano, Kast sentía un poco de rabia por la muerte de aquel hombre. Asió la empuñadura de la espada con fuerza. Si hubiera más implicados...
Pinorr, por fin, dirigió su mirada hacia la borda y carraspeó.
—Nada.
—¿No eres capaz de captar nada de lo que nos aguarda? —preguntó Kast, sorprendido.
Pinorr volvió los ojos negros sobre Kast y luego los apartó.
—Los mares se han vuelto negros para mí. —Tendió una mano hacia su nieta, Sheeshon, que se encontraba sentada en cubierta cerca de ellos. La pequeña, sin embargo, no hizo caso del gesto de su abuelo y prefirió juguetear con las membranas que tenía entre los dedos.
Kast también volvió la vista hacia allí. Le resultaba difícil hacerse cargo de la transformación que había experimentado la niña. A pesar de que ahora sabía que su gente compartía su legado con los mer'ai, seguía resultándole muy arduo aceptarlo por completo.
Kast dirigió de nuevo su atención hacia Pinorr.
—Sólo estamos a medio día de viaje del Archipiélago. ¿Te parece que la maldad que se esconde en esas islas se resiste a tus habilidades?
Pinorr profirió un gruñido evasivo. Kast tomó por la manga al anciano chamán.
—Tranquilo. Si no eres capaz de captar nada en el oleaje, entonces nadie puede hacerlo. Tendremos que confiar en que los exploradores de la vanguardia de los mer'ai nos traigan información.
Por un momento, Kast pensó en Sy-wen. La muchacha había regresado con su madre al gran leviatán que seguía a la flota. Linora había acudido a consulta con los miembros del consejo respecto a la batalla que se aproximaba.
Pinorr miró a Kast, como si fuera a decir algo, pero luego se volvió. Entre ellos surgió una extraña incomodidad.
Antes de que ninguno de los dos pudiera hablar, Elena se acercó. La muchacha se arrodilló junto a Sheeshon y le dirigió una sonrisa rápida a Kast. Los demás compañeros de la bruja se habían quedado a bordo del Caballo Pálido mientras reparaban el mástil y las velas del barco dañado. En cuanto se alzaran ante ellos las siluetas de las islas sureñas de Maunsk y Montura de Raib, la bruja y Flint volverían al Caballo Pálido. En cuanto estallara la batalla, ella y los demás tomarían un balandro pequeño y se dirigirían hacia el oeste, hacia un punto donde Flint decía conocer una ruta secreta que conducía al interior de la isla. Entretanto, Kast y Sy-wen, junto con los Jinetes Sangrientos y los mer'ai, se encargarían de mantener ocupado al resto de las fuerzas de la isla.
Eso era, más o menos, lo que se había acordado. A Kast le habría gustado que Pinorr hubiera captado alguna información de lo que les aguardaba. El sol ya había llegado al punto del mediodía; pronto verían la isla y su ciudad hundida.
—¿No eres capaz de sentir nada del mar? —preguntó Elena a Pinorr.
Sheeshon, de repente, se puso de pie y agitó sus manos palmeadas por el aire.
—¡Mira, papá! ¡Mis manos parecen pájaros!
Pinorr sonrió con tristeza y le hizo bajar los brazos.
—Muy bien, pequeña. ¡Vamos a ver si Mader Geel tiene lista la comida!
La niña se zafó de la mano del hombre, liberó un brazo y señaló al norte, en dirección al mar vacío.
—La isla de allí tiene unos pajaritos muy grandes que vuelan a su alrededor. Son blancos y tienen dientes afilados, pero no son pajaritos bonitos.
Elena y Kast cruzaron la mirada.
—Más skal'tum —musitó Kast. Luego señaló con la cabeza a Sheeshon—. La nieta de Pinorr tiene la misma habilidad rajor maga que su abuelo, y es capaz de captar la magia y escuchar al mar. —Kast se inclinó hacia Sheeshon—. ¿Y ves algún otro monstruo alrededor de la isla?
Sheeshon hizo un mohín, como si acabara de comer algo ácido.
—No me gusta ese sitio. Huele a pescado podrido. —Luego volvió a concentrarse en las membranas de las manos.
Pinorr le acarició la cabeza.
—No comprende lo que ve.
—Por lo menos ella ve algo —repuso Kast con intención.
—El rajor maga es un don veleidoso, Jinete Sangriento.
Antes de que el chamán se marchara, Kast lo detuvo, asiéndolo por el hombro.
—Pinorr, ¿hay algo que no nos hayas contado? Desde la noche de la tormenta te has vuelto muy silencioso y retraído. ¿Acaso has visto algo que temes decir en voz alta? ¿Sabes lo que nos depara el día?
Pinorr se soltó de Kast y cogió a Sheeshon.
—Como ya te he dicho, el mar se ha oscurecido para mí.
—Pero ¿por qué? —insistió Kast.
—Hay respuestas que es mejor no dar —respondió Pinorr dándole la espalda a Kast.
Tras farfullar esas palabras, el anciano atravesó la cubierta. Kast lo vio partir, con la certeza de que algo más que el peso de su nieta le hacía doblar la espalda al hombre.
Elena habló desde la borda.
—Estas sombras en el horizonte, ¿son nubarrones de tormenta?
Kast se volvió y escrutó el cielo y el mar.
—No. No lo son —afirmó.
—Entonces, ¿qué son? —insistió Elena.
—Islas. Hemos llegado al borde sur del Archipiélago.
Elena apartó la mirada cuando Flint se acercó a ellos. También él tenía clavada la vista en el horizonte.
—Deberíamos regresar al Caballo Pálido, Elena. Ha llegado el momento de prepararnos para nuestra partida.
—¿Cuánto falta para llegar a A'loa Glen? —preguntó.
Flint señaló una de las sombras oscuras que se alzaban al nordeste.
—Ya hemos llegado.
Elena miraba la isla por un catalejo desde la borda del Caballo Pálido. Una brisa gélida le atravesó la bufanda de lana y la hizo estremecer. Tras casi un ciclo completo de estaciones tenía ante sí, por fin, su destino: A'loa Glen. Al verla, Elena no sintió ninguna alegría, sólo un temor gélido que le inundaba las entrañas. Se preguntó cómo un lugar tan apestado de oscuridad podía lucir tan resplandeciente bajo el sol del mediodía.
La isla constaba de tres picos y tenía forma de herradura, con los dos brazos extendidos hacia ella, como si le fuera a dar la bienvenida con un abrazo. A través del catalejo, Elena vio también la ciudad, un amasijo de torres y chapiteles que se elevaban desde el mar y se extendían hasta la orilla del pico central. En lo alto de aquella cumbre central, dispuesto como la corona de un rey, se levantaba un gran castillo. Elena observó atentamente las torres del edificio mientras se decía que en algún lugar detrás de sus muros se ocultaba el Diario Ensangrentado y, con él, el destino de Alasea.
Sin embargo, conforme Elena recorría las almenas y las torres desmoronadas con la vista, su pensamiento vagó hacia otro tesoro oculto detrás de las paredes rotas: Er'ril. Si Rockingham había dicho la verdad, el hombre de los llanos se encontraba preso en las mazmorras del castillo; con la caída de la noche, con la luna llena, él sería sacrificado a fin de destruir el Libro.
Elena dejó de mirar por el catalejo. No podía permitir que eso ocurriera.
Delante de ella, los enormes barcos de los dre'rendi hacían que el Caballo Pálido pareciera minúsculo. La flota llenaba los mares de velas y proas con dragones esculpidos. Con el sol en lo alto, las islas de alrededor habían dejado de ser sombras nebulosas para convertirse en acantilados rojos verticales y enormes montanas verdes.
—¿Me dejas mirar? —preguntó Joach, señalando el catalejo.
Elena le pasó el objeto sin más. Alrededor, en cubierta, estaban sus compañeros. Mientras la flota se dirigía hacia la isla, el Caballo Pálido cambiaría de rumbo. Se desplazaría tras el último barco de los Jinetes Sangrientos y, cuando la flota doblara la isla Montura de Raib, tomaría rumbo hacia la isla de Maunsk. Flint conocía un modo furtivo para entrar en A'loa Glen, una puerta mágica parecida al Arco del Archipiélago, si bien no quería desvelar los detalles de aquel misterio.
La voz de Joach la sacó de su ensimismamiento.
—Veo fuegos de vigía en muchas de las torres anegadas que bordean la isla. Por lo menos hay cien. Nos están esperando.
Flint tomó el catalejo y lo acercó a su ojo.
—Tienen noticia de todos nuestros movimientos desde el momento en que entramos en estas aguas. Hoy nos aprovecharemos de esta ventaja. La flota y los mer'ai los distraerán. Mientras nuestra fuerza les deslumbre, nosotros entraremos por la puerta trasera. Con algo de suerte lograremos entrar y salir sin que se den cuenta.
—Los ogros no confía en suerte. Es tan mala como buena —gruñó Tol'chuk.
Flint dio una palmadita en el brazo del ogro.
—Por eso vamos con Elena. Confío en el destino tan poco como tú, amigote.
Meric se acercó apoyándose en un bastón y acompañado por Mama Freda, que se agarraba a su codo. Después de las heridas que había sufrido, el uso de la magia lo había agotado, pero, por lo menos, había recuperado sus ojos azules.
—Maldito sea el destino. Estamos poniendo en peligro a Elena. Deberíamos dejarla bajo la protección de la flota y buscar el Libro por nuestra cuenta —dijo cuando se reunió con los otros.
Flint negó con la cabeza.
—El Libro está unido a un conjuro de hielo negro. Me temo que será necesario emplear la magia de la guarda y el poder de Elena para obtenerlo.
Elena asintió.
—Tengo que ir yo. Si el Diario Ensangrentado realmente es para mí, soy yo la que tengo que sacarlo de ahí.
Meric frunció el ceño pero dejó de insistir en el asunto, consciente de que no lograría convencerla.
La diminuta mascota peluda de la curandera se asía al hombro de Mama Freda
—Si ya habéis terminado de mirar la isla y hacer planes... —dijo ella mientras rascaba una oreja al animal—. He preparado una pócima que elimina el cansancio y aguza los sentidos. Deberíamos descansar y estar preparados.
Flint asintió.
—Tienes razón. Que los zo'ol se encarguen de las velas y el timón. Pronto estaremos en marcha y...
De repente, a estribor del barco se oyó un zumbido de aire expulsado y, a continuación, se levantó una columna de agua. Todas las miradas se volvieron hacia el enorme dragón negro y su jinete de pelo verde. Sy-wen escupió agua por el tubo de aire para respirar y levantó una mano para saludarlos.
—¡Traigo noticias de los exploradores mer'ai! —exclamó. Señaló entonces hacia A'loa Glen—. Una flota enorme se encuentra emboscada a sotavento de la isla y unas bandadas de extraños animales con tentáculos acechan en las aguas profundas que rodean la ciudad hundida. Los Jinetes Sangrientos avanzan para flanquear los dos bordes de la isla, mientras que los mer'ai han recibido órdenes de atacar en las profundidades a esos otros monstruos.
—¡Mirad! —exclamó Joach, mientras señalaba hacia la isla.
Los pequeños y elegantes barcos de los Jinetes Sangrientos, que recibían el apelativo de cazatiburones, se habían avanzado ya a la flota principal. Conforme avanzaban navegando junto a la ciudad a toda vela, una cascada de proyectiles en llamas salió despedida de las torres semihundidas y se precipitó sobre los pequeños barcos. Unas pocas velas se incendiaron. Antes de que los cazatiburones empezaran a apagar el incendio les vino encima una descarga de piedras seguida de la estela de unas flechas feroces lanzadas desde unas catapultas situadas en lo alto de las torres. Incluso a aquella distancia, el crujido de la madera rota y el golpe de las rocas al caer causó un estrépito impresionante sobre las aguas.
Elena dio un respingo al ver esa carnicería. No fue la única en reaccionar.
Delante de ellos, los barcos más grandes de los Jinetes Sangrientos avanzaron y se dividieron en dos flancos. Eran una verdadera tempestad de velas sobre el mar.
De repente, desde los dos brazos de la isla, unos barcos desconocidos de distinta forma y tamaño surgieron, dispuestos a enfrentarse a los Jinetes Sangrientos.
Sy-wen gritó desde el lomo del enorme dragón negro mientras éste se deslizaba sobre las olas junto al barco.
—¡Tenemos que marcharnos! Ragnar'k y yo coordinaremos el ataque desde el aire. —Tras decir aquello, Sy-wen hizo dar la vuelta al dragón—. ¡Os tenéis que marchar! ¡Ya!
—¡Ya nos vamos! ¡Vigilad! ¡Controlad nuestra señal de fuego en una de las torres al atardecer! —gritó Flint—. ¡Si conseguimos el Libro, necesitaremos que nos rescatéis de la isla!
Tras levantar un brazo, Sy-wen hizo una señal de asentimiento.
—¡De acuerdo! ¡Estaremos muy pendientes de vosotros!
Tras esas palabras, la gran bestia se levantó alzando a ambos lados las alas del agua. Estas, tras varios aleteos, levantaron a dragón y jinete del mar. Ragnar'k se alzó con un rugido de guerra y con el agua de mar bañándole todas las escamas. Viró encima del barco, pasando muy cerca de los extremos de los mástiles y todos sintieron el batir de sus enormes alas. Partió a toda velocidad, dejando el destello de la luz del sol en sus escamas nacaradas.
Flint le devolvió el catalejo a Elena.
—No debemos quedar atrapados en esta batalla.
Hizo una señal a Tol'chuk para que se acercara y se dirigió hacia el timón de popa.
Elena levantó el catalejo, incapaz de apartar la vista de lo que tenían delante. Siguió el trayecto del dragón por el cielo azul mientras los cuernos de guerra resonaban en todos los barcos de los Jinetes Sangrientos. El mar que se extendía frente a ellos se cubrió con la espuma de los barcos que lo surcaban. Cerca de la ciudad, el humo de los barcos quemados empañó el cielo claro, mientras unos pálidos tentáculos se levantaron de las profundidades y asiéndolos por la borda, hicieron zozobrar a hombres y barcos.
Los dragones surgieron también desde las aguas para atacar a las bestias sanguinarias. Algunos dragones de mar se agarraron a la borda de los barcos para proteger a sus compañeros, mientras que sus jinetes atacaban con sus espadas a enemigos y monstruos por igual. Por primera vez en mucho tiempo, los mer'ai y los dre'rendi luchaban unidos en la batalla.
De repente, cerca de la isla, un enorme leviatán se elevó por encima de la superficie. Procedentes del estómago de aquel ser enorme, los mer'ai salieron por múltiples aberturas. Pertrechados con puñales y espadas, se unieron a la batalla en el extremo de la ciudad, trepando por las torres para atacar a los soldados que había en el interior. Algunos mer'ai cayeron al mar empalados en sus lanzas, pero otros reemplazaron a los caídos de inmediato.
Elena, horrorizada, se cubrió la boca mientras las lágrimas le empañaban la vista. Allí hacia donde dirigía el catalejo veía morir a hombres y dragones. Le pareció como si los mer'ai y los dre'rendi fueran una ola feroz que se precipitaba hacia la muerte contra unas rocas afiladas.
De repente, el catalejo le desapareció de las manos. No se resistió; ya había visto suficiente. Sin la ayuda de las lentes, la batalla parecía distante, como una pesadilla. El sonido, sin embargo, llegaba por las aguas de formas diversas. Gritos, cuernos, aullidos de dragones heridos... todo cuanto oía proclamaba la violencia de la guerra.
Joach, a su lado, tiró de ella y le pasó el catalejo a uno de los zo'ol.
—Xin, toma esto. Controla la batalla y mantenednos informados.
—Hay tantos muertos —musitó ella—. Todo por un maldito libro.
Joach intentó consolarla.
—No es por un libro, Elena. También mueren por la libertad, no sólo por la suya, sino también la de sus hijos. Están vertiendo la sangre para un amanecer futuro, un amanecer que sólo tú puedes otorgarles.
Elena miró a su hermano.
—Dime, ¿y si el precio, incluso por la libertad, resulta demasiado alto?
—No eres tú quien tiene que juzgar eso, Elena. El precio lo fija cada persona en su corazón.
Elena contempló la batalla por la isla solitaria y escuchó a su corazón. ¿Qué precio estaba dispuesta a pagar por la libertad de alguien? Recordó el rostro adusto y los ojos grises de Er'ril y supo la respuesta.
Entonces dio la espalda a la muerte que se producía en las olas.
Algunas libertades no tenían precio.
Meric abrió la puerta que daba a su camarote y recibió el saludo de un alboroto de plumas procedente del soporte que había a un lado. Aquel movimiento rápido hizo brillar con más intensidad el plumaje níveo del halcón del sol. Los ojos negros del animal escrutaron sin parpadear al elfo mientras entraba en la habitación. Sin embargo, el animal no emitió ninguna señal de alarma. El pájaro conocía a Meric. De hecho, había permanecido junto al trono de la madre del elfo en Stormhaven durante los últimos dieciséis inviernos.
Meric, tras sacar un poco de ternera seca del bolsillo, se acercó al animal y le ofreció la exquisitez. El halcón volvió un ojo hacia el trozo de carne y luego sacudió las plumas, rechazando la oferta con un golpe de su pico ganchudo. Aquel desprecio molestó a Meric. Ya debería saberlo: al pájaro le gustaba la carne fresca y sangrante, y no seca y con sal. Mientras él mordisqueaba el trozo de carne se acercó al pequeño arcón que había a los pies de la cama.
Necesitaba estar a solas un momento para prepararse para la batalla que estaba por venir. Se acarició las cicatrices de la cara. El recuerdo de las torturas pasadas amenazó con hacerle perder los nervios, pero intentó dejar de lado aquellos sentimientos y sobreponerse.
No le iba a fallar a su reina. Había sido enviado para encontrar al último descendiente del rey de los elfos y tenía que conseguirlo. Protegería a Elena con su sangre si fuera preciso. Meric recordó a la muchacha. Después de su transformación en mujer por virtud de la magia, Meric le veía unas leves características élficas: el cuerpo esbelto y delgado; la leve curva de los oídos; los extremos marcados de los ojos. Era imposible negar su parentesco.
Aun así, Meric tenía que admitir que su preocupación por Elena se había convertido en algo más que el mero deseo de que la línea dinástica del rey prosiguiera. De nuevo se acarició las cicatrices que lucía en la mejilla. Se había enfrentado al horror que pululaba en aquellas tierras, y sabía que ella y los demás luchaban por una causa justa y noble. En aquel largo viaje hasta allí, Elena había demostrado que su corazón era tan noble como su sangre, y Meric no sentía ningún deseo de fallarle a ella. Por suerte, por el momento, su papel como protector de Elena servía a las dos mujeres de su vida: la reina y la bruja. Elena tenía que ser protegida, no sólo para preservar la dinastía monárquica sino también para que esta tierra tuviera alguna esperanza.
Sin embargo, mientras Meric contemplaba aquel impertérrito halcón del sol, el símbolo de su reina, se preguntó cuánto tiempo más los objetivos de aquellas dos mujeres seguirían el mismo camino. Y, cuando ambos divergieran, ¿qué haría Meric?
Meric aplazó la respuesta con un suspiro. Sacó una piedra pequeña del arcón y, tras frotar la superficie fría, Meric la levantó hasta los labios y sopló sobre ella. Un destello brillante se elevó desde su interior. Satisfecho, colocó la piedra de viento sobre la cama y sacó otro objeto de las profundidades del arcón. Era un arma larga y fina. Pasó un dedo por la cara de la hoja y, al acariciarla, se produjo en ella un crepitar de energías plateadas. Al igual que el halcón del sol, el puñal de hielo era un legado de su familia. Aunque se trataba de un recuerdo más que de una verdadera arma, le sería de mucha utilidad en el trayecto que le quedaba por delante. Colocó el puñal de hielo junto a la piedra y sacó cuidadosamente con las dos manos un último objeto del arcón. Aquél era el verdadero motivo por el que había regresado a su camarote para tener un momento de descanso.
Sacó del arcón el laúd de Nee'lahn y se lo colocó en el regazo. Observó entonces atentamente los remolinos del veteado en la madera.
El instrumento se había hecho con el corazón del árbol de la ninfa cuando este murió. Acarició suavemente las cuerdas del laúd. El sonido fue como el de un suspiro suave, una exhalación de alivio por poder hablar de nuevo. Meric se dejó llevar por su encanto mientras rasgueaba unos pocos acordes. Tocó muy lentamente para preparar su corazón ante la batalla que se avecinaba.
Mientras el son del laúd lo arrullaba, su mente regresó al dilema de Elena. ¿Para qué luchaban? ¿Era realmente por la libertad, tal como decía Joach? ¿O se trataba acaso de algo más tangible? Bajo la música de aquel instrumento de madera noble, acudieron a la mente de Meric imágenes de su propio hogar, del castillo nublado de Stormhaven. Aquellos recuerdos tan preciados apartaron a Meric de la batalla y de la guerra, por lo menos durante un breve instante.
De repente, una pisada sigilosa en el suelo de madera lo sacó de su ensimismamiento. Había alguien justo delante de la puerta. Dejó de tocar, se levantó sigilosamente de la cama con el laúd en la mano, como si fuera un arma, y se acercó a la puerta. Meric aguzó el oído durante un momento. No oyó nada más, pero supo que todavía había alguien agazapado en el umbral.
Meric asió el pestillo y abrió rápidamente la puerta; entonces vio a un niño pequeño en el pasillo. Meric bajó el laúd. Necesitó unos instantes para reconocer la figura horrorizada de Tok.
—Muchacho, ¿por qué te ocultas delante de mi puerta? ¿No tenías que estar en uno de los leviatanes?
—Me... escondí —contestó avergonzado—. Con los caballos.
Meric miró al muchacho con el ceño fruncido.
—No ha sido una elección muy inteligente, muchacho. Estarías mucho más seguro con los mer'ai, debajo del mar.
—No quería ir con ésos, señor. Vosotros sois... toda la gente que conozco en el mundo.
Meric sacudió la cabeza.
—Bueno, aparte de hacer de polizón, dime, ¿por qué merodeabas por el pasillo?
—Es... la música. —Señaló el laúd que Meric sostenía—. Quise oír mejor. Me hace sentir bien.
Meric recordó que Tok siempre estaba junto a él cuando tocaba el laúd. Parecía como si el muchacho estuviera constantemente encantado por su sonido. Meric volvió a sentarse en la cama con el laúd sobre el regazo.
—¿Acaso la música te recuerda tu hogar?
Tok se encogió de hombros.
—Yo no tengo hogar, señor.
—¿Qué quieres decir con que no tienes hogar? —preguntó Meric, intrigado.
Tok se movía nervioso en la entrada; era evidente que no sabía si podía entrar o no.
—Me dejaron huérfano en las calles de Port Rawl, señor. Tuve que ganarme la vida en los barcos. El mar ha sido mi único hogar.
Meric comparó aquella historia con la suya. Le resultaba imposible imaginar qué era no conocer su propio pasado, ni saber dónde estaba su hogar. Por fin, hizo una señal para que el niño se sentara en el arcón junto a la estrecha cama.
—Siéntate.
Tok se sintió aliviado. Se acercó apresuradamente hasta el arcón y se sentó sin decir nada. Al ver al halcón del sol en su percha abrió los ojos con sorpresa. Sin embargo, rápidamente volvió a mirar el laúd con una expresión de ruego para que Meric tocara.
—Cuéntame, ¿qué percibes en la música del laúd? ¿Qué te atrae de ella?
El niño se sintió avergonzado. Cuando finalmente contestó, su voz era un susurro.
—Es muy... cálida. —Señaló al pecho—. La siento aquí. Parece... parece como si me llevara a un lugar en donde nadie se ríe de mí, ni intenta pegarme. Cierro los ojos y siento... siento que por fin pertenezco a algún sitio.
El niño tenía los ojos anegados en lágrimas.
—Por favor, toca algo para mí —pidió Tok con desazón—. Sólo un momento.
Meric se quedó quieto durante unos instantes. Finalmente entregó el laúd al muchacho.
—Ya va siendo hora de que la toques tú, Tok.
El muchacho, con expresión horrorizada, sostuvo el instrumento lejos del cuerpo, como si agarrara una serpiente que se retorciera.
—¡No... no sería capaz!
—Colócate el laúd en el regazo. Me lo has visto hacer millones de veces.
Tok se sobrepuso e hizo lo que Meric le decía.
—Y ahora pon la mano izquierda en el cuello del instrumento. No te preocupes en dónde colocas los dedos. Usa la otra mano para rasguear las cuerdas.
Aunque los dedos le temblaban, Tok atendió y obedeció. Trataba el laúd con un respeto que rayaba la adoración. Cuando por fin acarició las cuerdas con los dedos, el sonido lo dejó paralizado. El acorde quedó sostenido en el aire como una flecha detenida. El laúd de Nee'lahn entonaba más por sí mismo que por la habilidad del ejecutante. Tok, maravillado, alzó la mirada hacia Meric con una actitud de alegría.
—Ahora toca, Tok. Escucha a tu corazón y deja que la música mueva tus dedos.
—No sé que...
—Confía en mí. Y, por primera vez en la vida, confía en ti mismo.
El muchacho se mordió el labio y rasgueó de nuevo el laúd. Primero lo hizo de un modo leve, casi temeroso, pero luego cerró los ojos y dejó que la música lo embargara. Meric observó que el muchacho pasaba de ser un pillo humilde a un ser lleno de gracia. La música fluía del laúd a través del niño y para el mundo.
Meric se reclinó hacia atrás y escuchó. El niño sabía tocar: todo en él era corazón, pasión y soledad doliente. Aquél era el último susurro del bosque asolado de Nee'lahn, y el cántico de un niño que añoraba un pasado que le había sido arrebatado.
Meric contempló el plumaje del halcón del sol que se erguía en su percha. Se vio reflejado en aquel ademán rígido y la mirada implacable o, por lo menos, vio al Meric altivo y brusco que había llegado a aquellas tierras. Se preguntó si todavía era el mismo. Desde su llegada, Meric había vivido momentos valerosos y otros cobardes. Había visto brillar con majestad a gentes de baja cuna, y había sido testigo de cómo gentes de noble linaje se arrastraban a través del barro para dar satisfacción a sus más bajas pasiones.
Cuando volvió a mirar al niño, Meric se dio cuenta de que el muchacho tenía la cara surcada de lágrimas mientras conjuraba un hogar que no conocería jamás. De repente, el elfo comprendió la música del laúd. Ahí estaba el motivo por el que tenían que luchar: no por el honor antiguo de los proscritos o de los descendientes perdidos de un rey desaparecido, sino, simplemente, por la paz.
Meric dejó tocar al muchacho y le permitió un instante de hogar y esperanza. Y, en aquella música, encontró la tranquilidad de espíritu.
Aquí había algo por lo que merecía la pena luchar.
De repente, el halcón del sol emitió un grito penetrante. Meric se incorporó en la cama mientras el delicado laúd estuvo a punto de deslizarse de las manos sorprendidas de Tok. Los dos miraron al pájaro.
El halcón se irguió en su percha con las alas extendidas e inmóviles. El plumaje de color blanco brillaba ahora con una claridad hiriente.
—¿Qué ocurre? —preguntó Tok.
Meric se había levantado de la cama y acercó la mano al pájaro.
—No estoy seguro.
El animal saltó a la muñeca del elfo y le clavó las garras hasta atravesarle la piel. Meric perdió el sentido mientras unas imágenes acudieron a él. Vio unos barcos que navegaban sobre vientos de tempestad, y quillas que se elevaban por encima de las nubes. ¡Oh, no, Madre Dulcísima, no! ¡Creía que todavía le quedaba tiempo!
Meric se precipitó fuera de su habitación con el ave en la muñeca. Tok le siguió. Subió precipitadamente hacia cubierta donde estaban sólo Joach, Flint y los zo'ol de piel negra. Todos quedaron boquiabiertos al ver a Meric y al enorme halcón.
El elfo levantó la muñeca y el ave salió despedida hacia arriba, a través de las velas hinchadas. Luego Meric bajó el brazo y miró al mar. El Caballo Pálido ya había pasado las islas que bordeaban el Archipiélago. La flota de los dre'rendi y la batalla encarnizada ya no se veían, excepto por la mancha de oscuridad que se extendía al este y el eco de cuernos a lo lejos.
Flint se acercó a Meric.
—¿Qué haces? El brillo de este maldito pájaro podría llamar la atención sobre nuestra posición.
Meric miró cómo el halcón desaparecía en dirección al sol.
—Ha sido llamado a regresar. Al parecer, hay otros que también han sido atraídos hacia esta batalla, como las polillas a la luz.
—¿Qué quieres decir?
Meric miró Flint.
—Si queréis el Diario Ensangrentado, tenemos que apresurarnos. Esta batalla por la isla va a resultar mucho más encarnizada. Mi madre, la reina Tratal se acerca.
En los ojos de Flint brilló la esperanza.
—Tener más aliados será bueno. Deberíamos enviar un mensaje a Sy-wen y coordinar...
Meric apretó el brazo de Flint.
—¡No me has escuchado! No viene a ayudar a nuestra causa. ¡Quiere ponerle fin! Viene dispuesta a arrasar A'loa Glen y a destruir todo cuanto hay en esta maldita isla.
Flint se quedó muy sorprendido.
—Y... y ¿tiene tanto poder como para lograrlo?
Meric se limitó a mirar a Flint. El silencio del elfo fue suficiente.
—Pero, ¿y el Diario Ensangrentado? Es para Elena. ¿Por qué tu madre quiere que fracasemos? —preguntó Flint con preocupación.
—Porque yo se lo he pedido —respondió Meric, ceñudo, mientras se alejaba.