CAPITULO 20
Rockingham contemplaba impertérrito la
batalla del lago desde la enramada de la copa de un árbol. Posado
en la rama vecina, su lugarteniente skal'tum no estaba tan
tranquilo. No dejaba de sisear y apretar las garras contra la
corteza del árbol, desgarrando su superficie áspera con una rabia
difícilmente disimulable. El monstruo se agitaba con rabia, pero
también tenía que obedecer las órdenes: Quédate junto al golem y sírvele.
Rockingham miró al monstruo y éste
retrocedió asustado. El hombre tenía el torso desnudo y de la
herida del pecho humeaban unas volutas de neblina negra. El Señor
de las Tinieblas había acudido y nadie osaría desobedecerle.
Rockingham, satisfecho, se volvió para
escrutar al ejército moribundo. No sintió ninguna emoción que
tuviera algo que ver con la aniquilación de la hueste de los
skal'tum. No le importaba ninguno de aquellos seres; en realidad,
deseaba verlos a todos muertos. Aun así, se dijo, aquella masacre
brutal debería haberle afectado; aquel lago ensangrentado y los
cuerpos fríos deberían haberlo repugnado. Sin embargo, la presencia
de su amo le embotaba cualquier emoción semejante que pudiera
sentir.
Con la entrada de piedra abierta en su
corazón, Rockingham, el hombre, se convertía en una chispa diminuta
perdida en la inmensidad del espíritu que se retorcía y salía de la
ebon'stone. El golem no tenía nada que decir frente a lo que había
ocurrido o iba a ocurrir. Todas las órdenes habían salido de la
oscuridad oculta en su pecho, de un ser que habitaba en zonas
remotas, en las grutas volcánicas de Blackhall.
De la herida cubierta de neblina asomó el
susurro de una voz.
Aquel sonido ya de por sí era como un veneno
ponzoñoso que amenazaba con acabar con su cordura.
—Llámales.
Rockingham asintió y levantó un brazo hacia
el aire. El Señor de las Tinieblas no podía ser desobedecido.
Alrededor del borde del lago se oían unos siseos procedentes de la
línea de los árboles. Un tercio completo del ejército de skal'tum
permanecía ileso del asalto anterior. El amo había enviado al
grueso principal de su hueste para hacerle sacar los colmillos al
enemigo; y lo había logrado. El verdadero ataque pillaría
desprevenidos a la bruja y a sus compañeros.
—¡Ya! —ordenó la voz del tórax.
Rockingham cerró el puño. Una fuerza
demoníaca salió del perímetro del lago y se elevó por los aires. El
lugarteniente de Rockingham se arrastró hacia él y cogió al hombre
por los brazos. Luego, con un batir de alas, el skal'tum emprendió
el vuelo llevando a Rockingham asido por las garras de los
pies.
Rockingham avanzaba suspendido por encima
del lago, flanqueado por su ejército, como una náusea que se
extendía por encima de las aguas hacia el barco solitario. Mientras
encabezaba aquel ataque final, Rockingham se dijo que debería
sentir un cierto sentimiento de victoria o de venganza. Sin
embargo, mientras los mer'ai y los dragones miraban pasar aquel
ejército con espanto y desazón, él no sintió nada.
El ataque fue tan repentino e inesperado que
no encontraron ninguna resistencia. Con los skal'tum de nuevo en
los cielos, los dragones y sus jinetes huyeron hacia las
profundidades del lago. Cuando Rockingham avanzó hacia la cubierta
del barco, observó que los hombres se apresuraban entre los
cadáveres amontonados, al parecer en busca de refugio en las
bodegas. Como si eso fuera realmente una verdadera
protección.
Aun así, Rockingham seguía impávido. Su
asistente se acercó al barco, abrió las alas para ralentizar su
caída y dejó a Rockingham sobre cubierta con cierta brusquedad. A
su alrededor, en cuanto su ejército se posó en los cabos de las
velas y las jarcias de entre los mástiles y la cubierta, todas se
vinieron abajo. Sólo quedó desocupada una pequeña parte de la
cubierta.
Rockingham conocía a la mayoría de los que
se encontraban agazapados delante de la escotilla que conducía a la
bodega del barco: el hermano de la bruja, que blandía la vara del
mago negro; el ogro, con un martillo ensangrentado, y el elfo de
mirada feroz, pero que ahora parecía abatido. Sin embargo, había
otros que Rockingham no conocía: una niña de pelos verdes y un
hombre enorme que estaba a su lado, de espaldas anchas, melena
larga y negra recogida en forma cola, un tatuaje e incluso una
espada bastante larga y, finalmente, unos hombres idénticos de piel
negra que le amenazaban tan sólo con unos remos rotos.
Pero nada de aquello tenía importancia
alguna. Su verdadero objetivo se encontraba detrás de ellos. De
hecho, Rockingham apenas reconoció a la mujer. ¿Qué magia extraña
había convertido a la niña en aquella mujer hermosa de cabello
ensortijado y espeso y expresión dura? Rockingham sintió
curiosidad, pero se dio cuenta de que ello se debía, en realidad, a
que el Señor de las Tinieblas la había sentido. Fue aquella rareza
la que contuvo a su amo.
—¡Sal de ahí! —gritó la oscuridad a la
bruja—. Aquí no puedes vencer. Entrégate sin resistencia y los
demás recuperarán su libertad.
—¡Preferimos morir! —gritó Joach.
Rockingham se encogió de hombros.
—Si mis animalitos tienen que sacar a la
bruja del barco, todos desearéis que la muerte os alcance. Soy
capaz de crear tormentos peores.
Mientras los skal'tum se relamían con esta
idea entre siseos, Rockingham observó que todas las miradas se
posaban en él. Él era el ejemplo de lo terrible que podía ser un
tormento del Corazón Oscuro. La herida del pecho de Rockingham se
abrió todavía más. Los rostros congregados allí palidecieron al
observar esa revelación.
Sin embargo, Elena se abrió paso con
valentía entre los demás mientras se zafaba de las manos que se lo
querían impedir.
—Te escondes detrás de esta bandada de
carroña alada —le espetó— y habitas en las profundidades de los
muertos. ¡Sal afuera y enfréntate a mí! ¡Acabemos de una vez con
esta guerra!
Aquel desafío fue respondido con un sonido
que se podría definir cruelmente como una risa. Un flujo de
energías oscuras salió del pecho roto de Rockingham y se vertió por
el suelo. Desde aquel pozo oscuro resonaron los gritos. Entonces
aquella voz volvió a hablar:
—¡Que así sea!
Elena dio un paso al frente, extendió los
brazos y unió las manos. Un torrente de llamas lacerantes y de
hielo se abalanzó hacia donde Rockingham permanecía de pie. Lo
normal hubiera sido que el hombre se encogiera y procurara
agacharse, pero incluso aquella reacción le era negada. En su
lugar, más rápido de lo que el ojo podía percibir, el charco
siniestro que tenía a los pies se levantó de repente, en forma de
escudo, bloqueando el paso de la magia de la bruja.
Rockingham, situado en el centro de aquella
conflagración observó cómo las llamas de las energías oscuras
enviadas por la bruja se precipitaban contra su protección. El
hielo y el fuego se agitaron como serpientes alrededor de aquella
barrera, en busca de un modo por el que penetrarla. Pero el
esfuerzo era en vano. El escudo negro era impenetrable.
La bruja profirió un grito de rabia y el
torrente de magia creció. Aquel esfuerzo renovado fue recibido con
una gran carcajada. Al otro lado del escudo, una voz áspera
intervino de repente, autoritaria y asustada.
—¡Elena! ¡Detén tu magia! Te está
agotando.
Tras aquellas palabras, las llamas se
apagaron al instante. A su vez, el escudo negro cayó. Rockingham
vio a un anciano de pelo gris y entrecano apoyado en una muleta,
con la pierna vendada desde el tobillo hasta el muslo. Un botón de
plata le adornaba una oreja, y en su rostro se reflejaba un gran
dolor, que Rockingham supuso que no se debía tan sólo a las
heridas. Elena estaba de pie frente a los demás. Tenía las manos en
alto pero ambas estaban pálidas.
—Es demasiado tarde —musitó.
Un frío inmenso recorrió a Rockingham, como
una caricia de escarcha y hielos antiguos. Aunque estaba bajo el
control de su amo, Rockingham se estremeció. Las energías negras a
sus pies se oscurecieron todavía más. Rockingham se dio cuenta de
que a través de la entrada de ebon'stone del pecho había penetrado
algo más de aquel ser repugnante, atraído por la desesperación de
los que se habían congregado ahí.
Elena miró la luna menguante que relucía en
el cielo. El Corazón Oscuro dejó oír su desdén malévolo.
—Renuévate, bruja. La magia de la luna no te
hará ningún daño.
Sin que fuera necesaria más insistencia,
Elena levantó el brazo izquierdo hacia el cielo nocturno. La mano,
bañada por la luz de la luna, desapareció. Cuando volvió a bajar el
brazo, blandió el puño, de nuevo repleto de sus energías de color
rubí. Elena miró a Rockingham y habló con rabia.
—Sea o no inútil, moriré luchando contra ti,
con todas las armas y la magia que tenga en la sangre.
En aquel pozo oscuro resonó un susurro de
diversión.
—Sométete, bruja, y les perdonaré la vida a
los demás.
Rockingham observó que la muchacha vacilaba,
porque su mirada flaqueó. La voz continuó entre susurros,
intentando penetrar en el propio escudo de la bruja.
—No hay nadie que te pueda salvar.
Detrás de todos los demás, asomó una nueva
figura. Una mujer desnuda, con la mirada salvaje y el pelo
enredado, arremetió. La chica de pelos verdes quiso detener a la
mujer, que estaba notablemente alterada.
—¡No, madre!
La mujer se deshizo de ella y se acercó a
Rockingham con las manos levantadas como garras.
—¡Tú mataste a Conch, monstruo!
Rockingham quedó paralizado por la sorpresa.
Aquella imagen de la mujer salvaje con el rostro bañado en lágrimas
le atravesó la mente y le oscureció todo lo demás. Dio un respingo
y se apretó el pecho.
Algo se rompió en su interior. Y, como
respuesta, un aullido de rabia atronó en el pecho. Sin embargo,
Rockingham no quiso hacer caso al grito. Unos recuerdos antiguos lo
embargaron, amenazando con anegarlo. Las emociones le conmovieron
hasta lo más íntimo, borrando incluso las cadenas siniestras que lo
tenían prisionero. Una piedra negra del tamaño de un puño se
tambaleó desde el pecho abierto y cayó por la cubierta.
Rockingham quedó sorprendido ante aquel
hecho tan repentino. Levantó la cabeza y gimió el nombre que había
mantenido encerrado en su corazón durante demasiado tiempo, el
nombre de la mujer que había salido como una exhalación por la
puerta.
—¡Linora!
Tras pronunciarlo, Rockingham sintió que las
piernas no le sostenían y cayó de rodillas.
Aquel arrebato afectó de igual manera a la
mujer, que detuvo su arremetida y cayó con las manos en la
cubierta. Los ojos iban del pecho herido de Rockingham, al rostro
del hombre. Una mirada de reconocimiento la sacó de su locura. Dio
un paso hacia atrás mientras se tapaba la cara con las palmas de
las manos.
—¡No! ¡Es imposible!
La muchacha se acercó.
—¿Madre? ¿Conoces a este monstruo?
Linora habló con voz ronca y sin apenas
voz.
—Es tu padre.
Sy-wen dio un paso atrás, incrédula, con la
mano levantada en señal de horror.
—¡No! —Kast tomó a la consternada mer'ai
entre sus brazos. Ella se hundió, aliviada por aquel abrazo—. ¿Cómo
es posible? —gritó.
Durante mucho tiempo Sy-wen se había
imaginado a su padre.
Siempre era alto, como Kast, incluso más
corpulento de espalda, aunque sin ninguna de las cicatrices que
Kast tenía. Lo había imaginado siempre sonriente y con la mirada
alegre. No. Imposible. No podía ser ese monstruo de pesadilla
desenterrado de la corrupción más profunda de las mazmorras del
Señor de las Tinieblas.
El golem levantó un brazo en actitud de
súplica.
—¿Linora?
Antes de que pudiera pronunciar cualquier
súplica, un aullido agudo surgió de la piedra que el hombre tenía
junto a los pies. Aquel ruido hirió los oídos de Sy-wen y agitó las
velas rotas. Los skal'tum que permanecían apostados se dispersaron
por el cielo nocturno, como una bandada asustada de estorninos. Las
alas pálidas y membranosas se agitaron y abandonaron los dos
mástiles del barco.
En medio de aquel caos, Elena dio un paso al
frente con la vista clavada en aquellos seres que se batían en
retirada con el puño dispuesto para enviar el fuego helado. Flint
detuvo a la bruja y señaló abajo.
—Mira.
Sy-wen volvió la vista al punto que señalaba
el anciano hermano. Sobre la cubierta, el resto de energía negra
que había quedado alrededor de la piedra crepitaba entre chispazos
plateados semejantes al veteado fino que atravesaba la piedra. Era
como si el resto de magia negra estuviera fundiendo la ebon'stone.
Ante la mirada de todos, el pozo de oscuridad se replegó en el
interior de la piedra hasta que sólo quedó el trozo de ebon'stone.
Nadie se atrevió a acercarse.
—Al quedarse sin huésped, el Señor de las
Tinieblas ha huido.
Sy-wen volvió la vista hacia el golem y se
dio cuenta de que sólo Rockingham y su madre parecían no haber
advertido la transformación de la piedra. Aquella pareja no había
dejado de mirarse durante todo el rato.
—Lo siento —gimió Rockingham.
Elena hizo un ademán de intervenir, pero de
nuevo Flint la contuvo.
—Déjales. Aunque no tengo el poder de
tejedor de sueños como tu hermano, creo que en este caso es mejor
dejar que el destino siga su camino.
Elena apretó el puño y retrocedió. Sy-wen
casi podía sentir el odio de la bruja. Conocía la historia de
Elena. Aquel hombre, su padre, había tenido un papel destacado en
el asesinato de la familia de Elena.
Linora y Rockingham, ajenos a cuanto les
rodeaba, se arrodillaron uno junto al otro.
—¿Qué te ocurrió? —gimió la madre de Sy-wen.
Quiso acariciar el rostro de aquel hombre, pero la mano le
flaqueaba.
Él apartó la mirada.
—Deberíais haberme matado como a los demás.
No... no... merecía tu perdón.
—No podría haber vivido con eso —dijo Linora
acariciándole la mejilla, indecisa—. Apenas logré sobrevivir a tu
destierro. De no haber sido por Conch y por la niña... tu
hija.
Sy-wen se dio cuenta de que hablaban de ella
y se sintió embargada por emociones ambiguas. El espanto y el
temor, además de la incredulidad, le impedían pensar correctamente
en aquella confusión de sentimientos.
—Él no puede ser mi padre...
Aquel hombre había matado a Conch. ¿Cómo su
madre era capaz de acariciar con afecto a aquel monstruo?
Kast se inclinó y le habló al oído.
—No podemos escoger nuestra familia. Ulster
era mi hermano de sangre, pero nuestro corazón era bien distinto.
Recuérdalo. Aunque esa persona sea tu padre, tú no tienes por qué
amarle.
Las palabras de Kast dieron valor a Sy-wen
para deshacerse de sus brazos y acercarse a las dos figuras
agachadas. Merecía conocer la verdad.
—No comprendo nada. ¿Qué ocurrió, madre?
—preguntó con tono sombrío.
Su madre no quería apartar la vista de
Rockingham.
—Nos casamos la víspera del solsticio
estival y prometimos compartir juntos el resto de nuestra vida.
Pero un invierno, cuando faltaba poco para que nacieras, él intentó
forjar un pacto con los habitantes de la tierra firme y rompió el
código de silencio de los mer'ai.
—No pude evitarlo —se explicó Rockingham en
voz baja—. Estaba harto de nuestro aislamiento. El mundo que había
detrás de las olas era tan inmenso y variado... Quería devolver
aquellos dones a los mer'ai y a mi hija recién nacida.
Sy-wen atendió a sus palabras, y su corazón
le respondió. Aquella explicación se parecía mucho a su búsqueda de
nuevos horizontes y experiencias. Recordó la silenciosa atracción
que había sentido por la costa, cuando ella y Conch se escapaban a
explorar el Archipiélago. ¿Acaso había adquirido aquella inquietud
de su padre?
—¿Y qué ocurrió? —preguntó.
Rockingham bajó la vista y no dijo nada. Su
madre respondió:
—La sangre de dragón resultó un bien muy
codiciado por los habitantes de tierra firme y muchos dragones
fueron sacrificados. Ante esos crímenes, la ley era muy clara. Como
castigo, tu padre tenía que ser ejecutado. —De repente, la voz de
su madre se quebró y las lágrimas le acudieron a los ojos.
—No podía tolerar aquello. En mi calidad de
miembro del consejo, rogué para que le fuera aplicado otro castigo
en su lugar: el destierro del Profundo.
Rockingham tomó la mano de su madre y la
retuvo entre las suyas.
—Pero aquel don fue tremendo. —El hombre
levantó la vista hacia Linora—. Al principio, intenté conformarme
con el castigo. Vagué por las costas y las islas hasta que las
membranas de los dedos se me secaron y las perdí. Al poco tiempo ya
andaba como cualquier otro habitante de la tierra firme. Con el
tiempo aprendí a sobrevivir sin los mer'ai. —Se volvió hacia la
mujer y la besó en los labios—. Pero no pude vivir sin ti. Eras una
gran pena en mi corazón. Las olas del océano me susurraban tu
nombre cada noche, y la lluvia sobre las aguas tintineaba con tu
risa. Debí haber abandonado las costas, pero mi corazón me tenía
atado a ellas.
Bajó las manos de Linora hasta el regazo, y
su voz se ensombreció.
—Un día en que estaba mirando las olas desde
un enorme acantilado, el dolor resultó insoportable. No podía
aguantarlo más y puse fin a mi destierro. —Miró a Linora con las
mejillas bañadas en lágrimas—. Y me desplomé por aquel
acantilado.
—¿Intentaste acabar con tu vida? —preguntó
Sy-wen, asombrada.
La madre, sin decir nada, abrazó a
Rockingham, mientras él se deshacía en sollozos. Lo meció
suavemente. Linora lo consoló hasta que se tranquilizó. Rockingham
prosiguió con la respiración entrecortada.
—Sin embargo, cerca había un ser maligno que
acechaba en silencio toda la costa. Sintió mi desesperación y se
acercó, atraído por ella. Como había renunciado a la vida, estaba
expuesto a la corrupción. Me... me hizo cosas, cosas horribles. Su
única merced fue unir mis antiguos recuerdos a ti, en la piedra. El
dolor finalmente desapareció, pero también lo hizo el hombre que tú
amaste. Yo fui sólo medio hombre. Lo que luego hice... —Se apartó
levemente del abrazo de Linora y la miró directamente—. Conch...
los demás. ¿Podrás perdonármelo alguna vez?
Ella se apretó contra él.
—Sólo puedo amarte. Tú no eres el culpable
de nada, fue ese ser maligno. —Le besó los labios y luego se retiró
un poco—. Ahora que te he vuelto a encontrar, jamás permitiré que
te apartes de mi lado.
Aquellas palabras causaron un dolor tremendo
al hombre.
—Amor-le dijo—, no puede ser. Estoy muerto.
Lo sé. Lo siento en la piel. —Señaló con la cabeza el lugar de la
cubierta en que se encontraba la piedra—. Sólo la magia de la
ebon'stone me retiene aquí.
—Entonces guardaremos en lugar seguro esa
piedra repugnante.
Rockingham negó lentamente con la
cabeza.
—No. La piedra también me tiene unido al
mal. Esta ráfaga de recuerdos ha interrumpido su maldito poder
sobre mí, pero mientras exista me puede recuperar y esclavizarme.
De algún modo tiene que ser destruida. Sólo entonces seré
libre.
—¡No! ¡No puedo permitirlo!
Rockingham sonrió con tristeza y le acarició
la mejilla.
—¿Todavía intentas mantenerme con vida sin
atender al precio que hayas de pagar, como ya hiciste
entonces?
Sy-wen se dio cuenta de que su madre se
venía abajo. Se acercó a ella y la abrazó. Linora temblaba.
—Madre, tranquila, sabes que tiene
razón.
La decisión no era tan dura para Sy-wen. Era
incapaz de imaginarse que aquel hombre fuera su padre. Kast tenía
razón. Para ella, él era un desconocido. Sy-wen miró al
hombre.
—¿Cómo se destruye eso?
—No lo sé —respondió él, desesperado.
—¡Yo sí!
Todos se volvieron al oír la voz sombría de
Elena. Sy-wen podía ver el odio bailándole en los ojos. Igual que a
Sy-wen, las recientes revelaciones no habían ablandado el corazón
de la bruja. Elena sólo era capaz de ver en Rockingham al asesino
de su familia. La bruja no tenía ningún reparo en cortar los
vínculos de aquel hombre con el mundo. Elena señaló con la cabeza a
Tol'chuk y al arma grabada con letras rúnicas que éste
llevaba.
—El Martillo de Try'sil puede destrozar la
ebon'stone.
Rockingham se puso de pie. Esperanzado, se
encaró con la ira de la bruja.
—No sé cómo puedo modificar la idea que
tienes de mí, pero te ruego, que si puedes, me liberes.
Sy-wen vio que Elena vacilaba y se preguntó
si acaso la ira de la bruja era tan profunda que se negaría incluso
a concederle la súplica final de su muerte.
Flint habló detrás de ella.
—Tenemos que irnos rápidamente. Los skal'tum
se han marchado sólo porque han dejado de notar la presencia del
Señor de las Tinieblas. Pero se están volviendo a agrupar en el
cielo. Creo que pretenden atacar.
Rockingham miraba todavía a Elena con una
esperanza forzada y con una mirada de súplica.
—Hazlo... y, si puedo, encontraré un modo de
ayudaros.
—¿Cómo? ¿Traicionándonos? —preguntó Elena
con frialdad.
Rockingham, dolido, no dijo nada y clavó la
vista en el suelo.
Sy-wen se volvió desde el sitio donde estaba
arrodillada junto a su madre.
—Elena, permite que mi padre se vaya. Por
favor. —Sy-wen se volvió y encontró la mirada agradecida de
Rockingham—. No conozco mejor que tú el corazón auténtico de este
hombre, pero sí conozco el de mi madre. Deja morir en paz al hombre
con el que mi madre se casó durante la víspera de un solsticio de
verano.
Elena vaciló y la miró fijamente; luego
relajó los hombros. Sin decir una palabra, hizo que Tol'chuk
avanzara.
—Hazlo.
Rockingham pareció estremecerse de alivio.
Linora se soltó del abrazo de su hija y se puso de pie. Entre
sollozos, abrazó a su amado.
—Deja que te sostenga. Quiero que estés
conmigo hasta el último suspiro.
Él la abrazó con fuerza.
Sy-wen miró a su padre, que la miraba por
encima del hombro de su madre. Él le sonrió con pesar. Padre e
hija. Dos extraños. Las lágrimas acudieron a los ojos de Sy-wen y,
de repente, le pareció que las piernas no la sostenían.
—Padre. —Pronunció aquella palabra tan bajo
que sólo la oyó su corazón. Se deslizó por la cubierta con gran
pesar, pero Kast estaba ahí para abrazarla. Los brazos de él
siempre estaban ahí.
Antes incluso de que ella sintiera el calor
del Jinete Sangriento, un estruendo repentino explotó cerca. Sy-wen
se sobresaltó y miró hacia donde el ogro se había inclinado con el
martillo. Tol'chuk blandió de nuevo el arma y el trozo de
ebon'stone se deshizo en polvo gracias al martillo mágico.
Sy-wen volvió los ojos hacia su madre.
Linora todavía abrazaba a Rockingham, pero por el modo en que éste
reposaba la cabeza en su hombro, ya no estaba ahí.
—¿Madre...?
De repente, Linora se estremeció. Una niebla
brillante salió de Rockingham y atravesó el cuerpo de la mujer.
Esta dejó que el fallecido se le escurriera de los brazos y luego
se volvió. Aquella neblina resplandeciente se hizo más densa y
adoptó un leve parecido con el golem, levantó una mano hacia
Linora, pero los dedos le atravesaron la mejilla.
—Adiós, amor mío —susurró ella al espíritu.
Aquella forma espectral se la quedó mirando todavía un instante y
luego se volvió para mirar a la bruja.
Elena miraba con el ceño fruncido a la
sombra que se agitaba delante de ella. La mera visión de la silueta
de aquel asesino le encendía la sangre. Tenía el puño recién
renovado cubierto de fuego helado. Ahora, la marca de la Rosa
estaba totalmente oculta por los destellos de la llama azul. Los
hombros le temblaban mientras los ojos fantasmagóricos del hombre
se posaron en ella.
El espíritu habló con palabras carentes de
sustancia, como él mismo, en susurros procedentes del más
allá.
—Gracias —dijo él—. No tengo palabras para
implorar tu perdón y ningún acto podrá eliminar las atrocidades que
he cometido, pero tal como te he prometido, buscaré un aliado que
pueda ayudarte en la batalla que está por venir.
—No te he pedido ayuda —repuso ella en tono
gélido—. Lo único que querría es que desaparecieras por fin de este
mundo, y no regresaras jamás.
La sombra inclinó la cabeza.
—Así sea. Pero mientras me marcho, buscaré
al fantasma de este bosque acuoso e intentaré despertarlo de su
sueño eterno.
Elena no comprendía aquellas palabras.
Dirigió el puño de fuego helado hacia la sombra, pero la atravesó
sin más efecto.
—Pues lárgate y no ensucies por más tiempo
esta cubierta con tu presencia.
La sombra inclinó la cabeza espectral y
empezó a desvanecerse, los contornos se empezaron a desdibujar con
remolinos de niebla y jirones agitados de vapor brillante. Sin
embargo, de repente, el fantasma del asesino de los padres de Elena
adquirió durante unos instantes más solidez.
—Una última cosa, Elena.
Ella se estremeció. Le producía una
sensación profundamente desagradable ver que aquella lengua
pronunciaba su nombre.
—¡Largo, demonio!
Pero el fantasma insistió con una voz que
era sólo un susurro remoto.
—Tienes que saber... que el hombre de los
llanos... Er'ril... está vivo.
Elena dio un respingo. Las llamas azules se
encendieron más y luego se apagaron. Una parte de ella estaba
atemorizada. La muerte de Er'ril estuvo a punto de partirla en dos
y le había costado un gran esfuerzo aceptar aquella pérdida... y
ahora tenía que creer que él estaba vivo. No podría enfrentarse dos
veces a una pérdida como aquélla. Elena extendió una mano y
acarició el trozo de cuero rojo chamuscado que llevaba trenzado en
el pelo.
—¿Vive?
La figura se agitó delante de ella mientras
iba desapareciendo.
—Los magos negros de A'loa Glen lo han
tomado preso. De aquí a dos noches, con la luna llena, emplearán su
sangre para destruir el Libro. Tienes que apresurarte.
De nuevo la sombra empezó a perderse en la
nada. Elena acercó las dos manos hacia aquel espíritu que se
desvanecía, en un intento por devolver a aquellos restos brillantes
su apariencia humana. No podía marcharse así.
Cuando las manos atravesaron el cuerpo
fantasmagórico, la mano derecha desapareció al penetrar en la
pequeña nube de neblina brillante. Elena retiró rápidamente el
brazo, como si se hubiera pinchado, convencida de que aquello no
podía ser sino el último resquicio de maldad por parte de aquel
ser. Sin embargo, cuando retiró el brazo observó que ahora la mano
refulgía con su habitual tono rosado.
Al mirarla más atentamente se dio cuenta de
que su sustancia y los dedos eran tan leves como la presencia de
Rockingham. A través de la mano podía ver a sus compañeros. Elena
había olvidado la lección de tía Fila. ¡Era luz espectral! La
última vez que estuvo con Fila, Elena había invocado aquella misma
magia al aventurarse dentro del mundo de los espíritus.
—Fuego espectral —musitó Elena.
Así llamaba a la magia con que ahora tenía
imbuida la mano derecha. Levantó la izquierda, en la que todavía se
agitaba la mancha de color rubí del fuego frío, y apretó los dos
puños.
—El espíritu y la piedra —dijo uniendo las
dos manos, la espiritual y la sólida. Tanto si la sombra de
Rockingham decía o no la verdad, Elena sabía que si Er'ril
continuaba con vida ella lograría echar abajo las torres de A'loa
Glen y lo liberaría.
Una voz ahogada le devolvió la atención a la
cubierta del barco.
—¿Elena?
Bajó las manos y vio a Joach que la miraba
boquiabierto. Tol'chuk y Meric estaban junto a él, también
impresionados. Elena miró a su alrededor. Podas las miradas estaban
clavadas en ella.
—¿Qué?
Joach se acercó con torpeza.
—Has... desaparecido. Veo tu ropa, pero tu
cuerpo ha desaparecido.
Elena se miró. Y se acordó de la última
ocasión en que había utilizado la luz espectral. Se había vuelto
transparente a los ojos de los demás. Sólo se le veía la
ropa.
Flint se acercó, dio una vuelta a su
alrededor y la miró atentamente. Aun así, no dejaba de escrutar el
cielo con precaución. La bandada de skal'tum se había agrupado
junto al borde del lago, pero ahora la nube pálida volvía a
acercarse lentamente hacia el barco, dibujando una espiral cerrada
alrededor de la nave.
—Tal vez sería mejor que te quitaras la
ropa, Elena. Tal vez, si permaneces invisible puedas sobrevivir al
ataque que se nos viene encima. —Su voz se quebró con un deje de
desesperación—. Luego tal vez puedas reunirte con la flota de los
dre'rendi que se encuentra al sur de aquí.
—¡No! No pienso sentarme y no hacer nada
mientras el resto lucháis y morís —insistió.
Elena levantó la mano y examinó su puño
transparente. Desde la primera vez que había empleado la magia
espectral, Elena había aprendido a ocultar el puñal en la palma
haciendo salir su magia al exterior. Pero, ¿y si también pudiera
hacerlo al revés? Elena deseó que el brillo rosado se replegara
hacia el interior en lugar de hacia el exterior. Redujo la magia de
su fuego espectral hasta convertirlo en una pequeña ascua brillante
situada en el centro de la palma de la mano, y lo retiró de toda su
sangre y su cuerpo. Conforme hacía aquello, el cuerpo recuperó su
solidez y dejó de poder ver a través de los dedos de la mano.
—¡Elena, ahora te vuelvo a ver! —exclamó
Joach, asombrado.
Elena no hizo caso de su hermano. No podía
romper su concentración, de momento. Con los dientes apretados,
contenía el flujo de fuego espectral en su sitio; no estaba
dispuesta a permitir que la fuente de su poder estallara hasta que
estuviera preparada para liberarla. En cuanto lo hubo hecho, Elena
levantó el rostro hacia los demás. Sabía que ahora todos la podían
ver. Les devolvió la mirada. Si aquel espectro había dicho la
verdad, eso es, si Er'ril estaba vivo, no permitiría que nada se
interpusiera entre ella y el hombre de los llanos.
De repente, el batir de los tambores de
hueso se convirtió en una cacofonía estrepitosa.
—¡Los skal'tum atacan! —gritó Flint desde la
borda de estribor—. ¡Preparaos!
Una oleada de actividad se desplegó por la
cubierta. Tol'chuk se colocó el martillo de los enanos en el hombro
y se unió a Flint en la borda. Joach y Meric se apostaron en la
borda opuesta. Incluso Mama Freda abandonó la cocina y dejó al
cuidado de sus elixires al pequeño Tok. Llevaba en las manos un
arma extraña: un tubo fino en el que introdujo un dardo con
plumas.
—Es un veneno de la selva de Yrendl
—explicó—. Si consigo atravesarles el pellejo puede matar incluso a
esas bestias.
Elena no tenía nada en contra de que incluso
aquella mujer se preparara para defenderse. Esa noche necesitaban
todos los modos posibles de matar. Tenían que sobrevivir hasta el
amanecer, cuando la luz del sol debilitara las protecciones oscuras
de esos demonios.
Alguien carraspeó para llamarle la atención.
Se volvió y vio a Sy-wen y Kast preparados. Kast habló:
—¿Te parece que invoquemos al dragón?
—Cuando os lo indique.
Elena levantó el brazo y miró al enjambre de
skal'tum. Ahora ya rodeaban el barco procedentes de todas las
direcciones, y se mantenían a una distancia baja respecto al agua,
aunque no lo suficiente como para que los dragones de mar
supervivientes los pudieran alcanzar.
Todos los ocupantes del barco permanecían en
silencio alrededor de Elena. Nadie decía nada. Sólo el batir de los
tambores rompía la noche. Elena aguardaba. Quería que la aparición
súbita de Ragnar'k asustara a la primera línea de la legión a fin
de, tal vez, apartarlos desordenadamente durante unos pocos
instantes críticos.
Con el aliento contenido y un brazo en alto,
el corazón de Elena se estremeció al ver el inmenso número de
skal'tum al que se iban a enfrentar. Esos monstruos estaban en
todas partes, agitaban las alas y se deslizaban hacia su barco
solitario. Su situación era desesperada por mucho que se esforzara
por no verlo así. Si ella lograba sobrevivir, ¿cuántos morirían a
bordo?
De repente, un grito estremecedor de rabia
estalló en las gargantas de aquellas criaturas espeluznantes.
Elena no podía retrasarse más. ¡Que empezara
la batalla! Empezó a bajar el brazo, pero uno de los zo'ol la
detuvo.
—¡Espera! —espetó. Señaló con la cabeza
hacia el agua—. Algo se acerca.
Elena se zafó del hombre. ¿Cuántas
pesadillas más podían ocurrir aquella noche? Miró la primera fila
del asalto de los skal'tum. Se encontraban sólo a un tiro de piedra
del barco.
Y entonces, de repente, el mundo estalló a
su alrededor.
Por todo el lago, un amasijo de hierbas se
levantó del agua contra el cielo, a una longitud dos veces la de
los árboles más altos del bosque. Unas lianas onduladas y ramas
retorcidas atraparon a los skal'tum en el aire, arrastrando luego a
los animales consigo hacia las profundidades del lago. Las raíces y
las hojas, más a mano, salieron con estruendo y devastaron aquella
bandada que se acercaba. Sólo unos pocos monstruos lograron zafarse
y llegar hasta la borda, pero incluso éstos pronto fueron agarrados
por los chasquidos de las lianas.
Elena contemplaba la masacre. Era como si el
Caballo Pálido hubiera sido atrapado en
un remolino de alas pálidas y hierbas espumajosas.
—¡Es el Sargazo! —exclamó Flint por encima
de los gritos de los skal'tum.
La batalla arreciaba alrededor del barco. Un
skal'tum, loco de miedo, fue a parar contra una vela desplegada y
quedó atrapado en las jarcias y la lona. Aquel golpe soltó la vela
y la bestia fue a caer al mar, en un amasijo tejido con su propia
gente. Fue el skal'tum que más cerca llegó del barco.
Todo terminó con la misma rapidez con que
empezó.
Bajo la luz de la luna, la red roja
ondulante decreció lentamente, volviendo a hundirse en el mar y
arrastrando al último de los demonios consigo. Ninguno de los
skal'tum escapó a su furia. Al poco rato, el lago quedó despejado.
Incluso los dragones muertos fueron apartados.
Nadie habló. Todos estaban demasiado
asombrados para decir algo.
Al otro lado del lago, un grupo de dragones
de mar vivos y sus jinetes asomaron perplejos de las profundidades
de donde se habían replegado anteriormente. Bajo el brillo intenso
de la luna y las estrellas, Elena podía ver fácilmente el asombro
en los rostros de los jinetes de los dragones.
Alrededor del barco, no quedaba rastro
alguno de la carnicería que había tenido lugar por la noche. Las
aguas estaban quietas y prístinas.
—Ha terminado —dijo Elena con alivio.
Flint se acercó renqueando hacia ella.
—Pero ¿por qué ha intervenido el
Sargazo?
Elena adivinó la respuesta. Miró a sus
compañeros. Todos vivirían para ver el amanecer. Elena se volvió y
miró al lago, apoyando las manos sobre la borda. Unas lágrimas de
alivio le acudieron a los ojos. Entonces susurró unas palabras que
jamás creyó que dijera al asesino de sus padres.
—Te perdono.
Con aquellas palabras, unos remolinos
luminosos se levantaron en espiral de las profundidades de aquel
mar oscuro, igual que luciérnagas en una tarde de verano. Elena
sintió a alguien a su lado. Era Linora. La mujer posó una mano en
Elena.
—Gracias —murmuró la mer'ai.
En el mar, los destellos luminosos de luz
espectral se extendieron y desaparecieron hasta que la luna y las
estrellas se reflejaron en la superficie del lago.