CAPITULO 17
Elena se arrodilló en el heno. En la
oscuridad de la bodega del barco, la yegua gris parecía más un
espíritu que un ser de carne y hueso. Llevaban ya seis días en el
mar y el animal todavía estaba asustadizo y tímido. Elena le acercó
un trozo de manzana.
—Vamos, Mist.
Buena chica —la animó con voz suave.
La yegua no quería acercarse, ni tratándose
de Elena. La muchacha era consciente del motivo por el que a
Mist todavía le daba miedo aproximarse.
Elena había crecido mucho y su cuerpo había cambiado. Ya no era la
misma niña que había peinado y cuidado de la yegua desde que era
potra. El repentino cambio de aspecto de Elena y el entorno
desconocido del barco habían acentuado el carácter irritable del
pequeño animal. La yegua se asustaba cada vez que Elena se le
acercaba y se negaba incluso a olería.
En la cuadra cercana, el caballo de Er'ril,
el semental de las Estepas, un animal de manchas blancas, resoplaba
y piafaba sobre el heno. Aquel enorme animal, de una raza más
fuerte, se había adaptado rápidamente al balanceo y las sacudidas
del Caballo Pálido. Además, el enorme
animal era consciente de que toda manzana desdeñada por Mist terminaría en su cubo de comida. Por eso, el
semental se mostró más que contento al ver el fracaso de
Elena.
—Ya estoy harta de vosotros dos —exclamó
Elena con pesar, dirigiéndose al otro caballo.
Incluso su voz hizo que Mist se alejara de ella. Elena suspiró. Era ya la
sexta mañana que no lograba que la yegua se acercase a ella. Aunque
se hacía cargo del nerviosismo del caballo, aquella actitud le
hacía daño. Mist era un miembro de su
familia, y le dolía su rechazo. En sus momentos de dolor, la yegua
siempre había sido un consuelo para ella.
Y ahora, más que nunca, Elena necesitaba
consuelo. La pérdida de Er'ril era tan reciente como el día que
acababa de nacer a bordo del barco, un dolor sordo que hacía que la
luz del sol se desvaneciera y la comida le resultara insulsa y poco
apetitosa. Los demás intentaban animarla, pero nadie lo comprendía.
No había palabras que pudieran mitigar su pesar. Los demás veían en
Er'ril a un guardián, un caballero que era más espada que hombre.
Creían que ella sólo había perdido un protector y no a un hombre
por el que sentía alguna cosa más.
Por otra parte, los demás estaban demasiado
ocupados con sus propias actividades para ser una verdadera
compañía. Flint estaba constantemente pendiente del barco y de dar
órdenes a los marineros, los guerreros zo'ol de piel negra. Meric,
aunque no estaba ocupado, se mostraba muy ausente ante la presencia
del halcón del sol de su reina. Tenía siempre la vista clavada en
el horizonte, y si Elena lograba captar su atención, se mostraba
rígido y cortés con ella. Incluso Joach, su hermano, parecía más
interesado en hablar de la magia de su vara que en comprender su
dolor. Sólo Tol'chuk y Mama Freda le ofrecían afecto, pero ninguno
de ellos era su familia. Si tía Mycelle no hubiera tenido que
partir...
Elena se decía que los consejos prácticos de
su tía le serían de utilidad. Tía Mycelle siempre sabía lo que
decir. Por enésima vez, Elena se preguntó cómo estarían los demás:
Fardale, Mogweed, Kral. Ahora, tras la desaparición de Er'ril, le
parecía que todo se desvanecía a su lado.
Elena miró con tristeza a Mist.
El ruido de unos pasos en la madera llamó su
atención. Al otro lado de la puerta de la cuadra un hombre de corta
estatura la miraba atentamente. La mirada le brillaba bajo la luz
del único fanal que colgaba en el poste de la cuadra. Elena sintió
algo de temor, un estremecimiento. Era uno de los piratas zo'ol que
habían sido nombrados por el jefe de su gremio para llevar aquel
barco. El marinero, de piel oscura, iba con el pecho descubierto y
sólo llevaba unos pantalones bombachos que le llegaban hasta las
rodillas.
—¿Puedo ayudarte? —preguntó ella con voz
brusca y cortante, como si intentara esconder su nerviosismo.
Aparte de los dos caballos, Elena se encontraba a solas en la
bodega.
Sin que mediara invitación por parte de
ella, el pirata abrió la puerta, entró y cerró el establo tras él.
Elena oyó el chasquido del pasador. Se puso rápidamente de pie y se
limpió el heno de las rodillas. Tenía las dos manos renovadas de
poder, una por el sol, y otra por la luna, por lo que no tenía nada
que temer de aquel hombre. Invocó su magia y ésta le dio la fuerza
para enderezarse y encararse a aquel intruso.
—¿Has venido a cambiar la cama de los
caballos?
Elena torció el gesto al darse cuenta de que
la voz se le quebraba.
El marinero le mostró la palma abierta y
Elena retrocedió un paso. Mist resopló
al notar aquel gesto.
Elena escrutó al hombre. Los marineros zo'ol
comprendían su idioma pero hablaban muy pocas veces. El hombre
continuaba de pie con el brazo extendido. Llevaba la cabeza rapada
excepto una cola de pelo negro que le caía por la espalda desde la
coronilla y que adornaba con unas plumas de color azul celeste y
rosa. En su mirada, iluminada por la luz del fanal, brillaba el
color intenso del jade. Sin embargo, su característica más
destacada eran unas cicatrices pálidas que le atravesaban de un
lado a otro la frente oscura. Los cuatro marineros de piel negra
lucían un diseño diferente, y el significado de cada uno sólo lo
conocían ellos. El símbolo de aquel hombre parecía ser el sol
asomando por encima del horizonte. O, se dijo Elena, tal vez fuera
sólo un ojo a punto de abrirse. En cualquier caso, no podía apartar
la vista de ahí.
Un movimiento le hizo volver la mirada de
nuevo hacia el brazo elevado. Ahora, en la palma de la mano había
una manzana roja. Elena parpadeó con sorpresa. ¿De dónde había
salido?
El zo'ol, todavía impertérrito, se acercó a
Elena. La muchacha se hizo a un lado, pero él pasó a su lado sin
hacerle el menor caso. El marinero se acercó a la yegua nerviosa
silbando una tonada. Mist piafó en el
heno, claramente decidida a salir disparada. El hombre siguió
avanzando, con una actitud más precavida, pero todavía silbando.
Mist irguió las orejas al oír la música
y dobló levemente la cabeza, como si estuviera escuchando.
Al rato, el hombre se acercó a la yegua y le
ofreció la manzana. Mist la olisqueó y
luego encogió sus labios gruesos para mordisquear la fruta. Elena
estaba asombrada. Nadie había sido capaz de aproximarse al animal.
Observó entonces que la tensión en la cruz del animal se relajaba.
Incluso la cola, que Mist no había
dejado de agitar de un lado a otro, se tranquilizó y adoptó un
ritmo más satisfecho.
El pequeño marinero extendió una mano y
acarició la zona comprendida entre los ojos de la yegua. Aquél era
el lugar donde a Mist más le gustaba que
la acariciasen.
El zo'ol hizo un gesto a Elena para que se
acercara. Ella vaciló, no por temor hacia el hombre, sino por miedo
a asustar a Mist. El insistió con un
gesto de la cabeza para acentuar su exigencia.
Elena se acercó con cautela. La yegua vio
que se aproximaba, pero no hizo ningún ademán de querer huir. Elena
consiguió alcanzar el costado del animal.
El marinero le pasó la manzana a Elena.
Mist siguió con la vista la fruta a
medio comer mostrando a la vez los dientes. El hombre colocó la
manzana en la mano de Elena y Mist
prosiguió con su comida. Entonces, el marinero tomó la otra mano de
Elena y la levantó para que reemplazara la que acariciaba la frente
de la yegua.
En cuanto Elena logró adoptar por completo
aquella actitud, el hombre se marchó. Al poco rato la manzana había
desaparecido por completo. Mist olisqueó
los dedos enguantados de Elena como si quisiera más. La muchacha
miró al marinero. Y éste le indicó con un gesto que se quitara los
guantes.
Ella lo hizo y Mist le olisqueó la mano desnuda. Entonces la
yegua se tensó. Elena se preparó por si acaso la yegua se
desbocaba, pero Mist apretó con fuerza
la nariz contra la mano. El animal emitió un relincho de alegría.
Mist se acercó a Elena y le apoyó la
cabeza en el pecho entre olisqueos y caricias. Así era como le
pedía un abrazo.
Elena rió suavemente mientras las lágrimas
le acudían a los ojos. Abrazó a la yegua apretándole con fuerza el
cuello con los brazos. Elena hundió la cara en el caballo.
Mist por fin la había reconocido y se
acordaba de ella.
La muchacha se abrazó llorando al caballo,
sintiéndose demasiado débil incluso para permanecer de pie. Con la
nariz llena del olor a caballo y a heno, recordó el olor de su
hogar por un breve instante. Acarició y susurró tonterías a
Mist, a veces entre risas y otras entre
llantos. En su corazón estaban muy presentes las pérdidas que había
tenido que soportar recientemente, pero se dio cuenta de que
acababa de comenzar a recuperarse. Podía compartir aquel dolor con
el calor de la yegua, recuerdo de su familia, minúsculo soplo de su
antiguo hogar.
Elena se volvió por fin hacia el marinero
zo'ol para darle las gracias. Pero la cuadra estaba vacía. El
hombre se había marchado.
Tol'chuk estaba agachado junto a la proa del
barco mientras el sol se enfilaba hacia el mediodía. Las
salpicaduras saladas humedecían la proa mientras el Caballo Pálido surcaba las olas. Levantó de nuevo
la piedra del corazón hacia el horizonte. Bajo el sol intenso,
aquel trozo de cristal brillaba con intensidad, pero nada más.
Frunció el ceño, dejó entrever los colmillos con el gesto y levantó
uno de sus largos brazos. Dibujó entonces lentamente un círculo
completo con la piedra del corazón en la otra mano. Aun así, la
joya no hacía más que brillar en su esplendor bajo la luz del
sol.
Tol'chuk volvió a bajarla a la cubierta y
escrutó las facetas de la piedra. Desde que el Corazón lo había
conducido hasta Elena en el barco en llamas, éste se había
aquietado. De hecho, se dijo, no sólo estaba más tranquilo, parecía
muerto. Tol'chuk todavía percibía el poder elemental presente en
las facetas, como el temblor de la piedra junto a un río
subterráneo. En el pasado, la piedra siempre lo había guiado de
algún modo, le había dado alguna orientación. Pero ahora estaba
muda.
Mientras hacía girar la piedra entre las
garras, Tol'chuk rogó a sus antepasados para que le indicaran el
camino. Con tantos peligros como lo rodeaban, ¿por qué el Corazón
había dejado de hablar? Tol'chuk sacudió la cabeza con pesar.
Entonces abrió la bolsa que llevaba en el muslo y se dispuso a
introducir la piedra en él.
—¿Me dejas ver tu joya, por favor? —dijo una
voz detrás de él.
Tol'chuk volvió la cabeza atrás y vio a la
curandera de Port Rawl. La pequeña mujer de pelos grises se apoyaba
con fuerza en su bastón. La humedad del viaje por el océano no
parecía hacer ningún bien a las articulaciones de Mama Freda. La
mayoría del tiempo permanecía en el camarote arropada en mantas
calientes, y sólo salía a cubierta cuando el tiempo era bueno, como
ahora. Sin embargo, en realidad, su aislamiento no era tan completo
como parecía. Su tamarinco, Tikal, correteaba a menudo entre las
jarcias, molestando a los marineros con sus imitaciones constantes.
Tol'chuk sabía que Mama Freda escuchaba y veía a través de los ojos
y los oídos del animal.
—¿Podría ver esa piedra un momento? —volvió
a preguntar.
—No es más que una joya para tú —respondió
él con cierta irritación—. ¿Por qué quiere verla?
Mama Freda se volvió hacia Tol'chuk. La
ausencia de ojos en la cara le ponía de punta los pelos de la
espalda. Tol'chuk volvió la vista a los ojos verdaderos de la
mujer, los del tamarinco. Tikal estaba posado en su espalda, con la
espesa melena rodeándole sus bonitos ojos marrones. La mascota lo
estaba mirando a la vez que se asía con fuerza al cuello de la
mujer.
—¿Galletita? —gritó hacia él, hurgándose una
gran oreja.
—Calla, Tikal —le reprendió la anciana—. Ya
has comido. —La mujer volvió la atención hacia Tol'chuk—. Me
gustaría ver la piedra. Percibo corrupción en ella. Como curandera,
tengo la impresión que me está llamando.
Tol'chuk vaciló, pero luego le pasó la
piedra. Se dijo que tal vez la anciana supiera cómo librar a la
piedra del gusano oscuro que tenía en su interior. Le contó la
historia de la joya y le explicó que servía para conducir los
espíritus de su tribu al próximo mundo.
—Pero la piedra es corrompida por un ser
llamado Calamidad, que es una maldición. El gusano ha atrapado los
espíritus de la gente de mí y se alimenta para mantenerse con vida.
Yo va a este viaje para encontrar un modo de librarnos de esta
maldición, y que la piedra deje de sufrir la Calamidad. Antes de
rescatar a Elena, los espíritus de la piedra me llevó, me decía
adonde yo tenía que ir, pero ahora... — Tol'chuk se
interrumpió.
Mama Freda escuchó aquella historia en
silencio mientras contemplaba la piedra por todos lados. Tikal se
inclinaba desde su hombro y olisqueaba y miraba el cristal.
—Pero ahora, ¿qué? —preguntó con ganas de
que prosiguiera.
—Pues que ahora la piedra está callada. Ya
no me guía.
La anciana asintió y le devolvió la
piedra.
—No es de extrañar.
Él levantó la vista, asombrado.
—¿Qué quiere tú decir?
Ella le dio una palmadita en el muslo y se
quedó en silencio por un instante.
—Percibo todavía trazos de poder vital en la
piedra, pero son muy débiles. La corrupción, esa... Calamidad, ha
engullido casi por completo la piedra. —Sacudió la cabeza—. Temo
que... que esos espíritus estén a punto de desaparecer.
Tol'chuk, temblando, apretó la piedra contra
el corazón. De repente, se quedó sin poder respirar. Levantó la
piedra con desconfianza, pero en el fondo de su corazón sabía que
lo que ella decía era cierto. En algún rincón de su mente, él ya lo
sabía. Aquello era lo que le había llevado a la cubierta para ver
cómo estaba la piedra. Las palabras de la curandera forzaban a
Tol'chuk a admitir que la fuerza de la piedra había ido agotándose
de forma gradual durante la última luna, desde los sufrimientos de
Shadowbrook. Ya no podía negárselo por más tiempo: La Calamidad se
estaba fortaleciendo.
Tol'chuk miró fijamente la piedra. El
espíritu de su padre era uno de los que estaban atrapados en el
cristal. Si la anciana decía la verdad, el padre de Tol'chuk, junto
con el resto de los espíritus de su gente, se estaba desvaneciendo,
consumido por el gusano.
Mama Freda se volvió hacia él con expresión
de pesar y voz susurrante.
—No pretendía darte unas noticias tan
funestas.
Tikal levantó una pata y acarició la mejilla
de Tol'chuk.
—Galletita —dijo el animal, apesadumbrado—.
Galletila mala.
Tikal retiró la pata y pasó a chuparse el
pulgar, apoyándose con fuerza contra el cuello de Mama Freda.
La curandera extendió un brazo para consolar
a Tol'chuk, pero algo en su rostro seguramente la advirtió de que
no había nada que pudiera aliviarle aquel dolor.
—Lo siento —dijo ella, y se marchó.
Tol'chuk se quedó en cubierta, encorvado
sobre la piedra mientras el sol brillaba con fuerza. Si los
espíritus se desvanecían, ¿quién lo guiaría ahora? Miró hacia el
horizonte. ¿Había algún motivo por el que proseguir aquel camino?
Con la Calamidad a punto de cantar victoria, ¿había alguna otra
razón para seguir?
Levantó la vista hacia el sol despiadado con
lágrimas en los ojos. Sentía el corazón tan vacío como la piedra.
Maldijo en silencio al trío de ogros ancianos, la Tríada, que lo
había enviado a esa misión fútil. ¿Acaso no había sufrido ya lo
suficiente? Su sangre no era pura y además había caído sobre él la
maldición de su antepasado, el Perjuro. ¿Tenía ahora que soportar
también la pérdida de los espíritus de su gente?
Tol'chuk alzó la piedra, la colocó entre él
y el sol y miró fijamente en el interior oscuro de la misma. Detrás
de las facetas brillantes contempló el auténtico origen de todas
sus angustias, la agitación lenta del gusano negro.
Con un gruñido profundo, Tol'chuk apretó la
piedra hasta que las facetas afiladas le cortaron. La sangre se le
derramó por las garras y le recorrió los brazos hasta caer sobre la
cubierta húmeda.
A pesar de no estar guiado por la fuerza de
la piedra, Tol'chuk decidió no abandonar su viaje. Aunque no
lograra rescatar los espíritus de sus antepasados, se prometió una
cosa: ¡Destruiría a la Calamidad antes de morir!
Lo prometió sobre su propia sangre.
—Llegaremos a los Doldrums mañana —anunció
Flint.
Miró a su alrededor en la mesa de la pequeña
cocina mientras escrutaba las caras de sus compañeros de viaje.
Cada noche se reunían todos para planificar y discutir lo que había
que hacer al día siguiente.
—Esperaba haber oído alguna cosa ya de
Sy-wen y Kast; sólo podemos confiar en que estén de camino hacia el
encuentro con los barcos de los dre'rendi.
Joach miró a su hermana, que estaba sentada
a su derecha, y luego a Flint.
—¿Que haremos si los Jinetes Sangrientos no
acuden?
—Entonces proseguiremos nuestro camino hacia
A'loa Glen sólo con los mer'ai. —Flint apoyó los puños en la mesa—.
No podemos esperar. El Diario Ensangrentado tiene que ser
recuperado antes de que el Señor de las Tinieblas haga acopio de
más fuerzas.
—Pero sólo Er'ril sabe... bueno,... sabía
dónde estaba oculto el libro.
—No es del todo cierto —respondió Flint—. Se
sabe que el libro está oculto en las catacumbas que hay debajo de
la Gran Cripta, pero está protegido por un hechizo de hielo negro
que no puede romperse sin emplear la llave adecuada. Y ésta es la
llave que Er'ril había mantenido en secreto.
Flint clavó la vista en el puño de hierro
que había sobre la mesa.
—Pero creo adivinar el secreto de Er'ril. Él
le daba mucha importancia a recuperar la guarda de hierro. Creo que
su magia es la clave para deshacer el conjuro que mantiene a salvo
el libro.
—Pero eso sólo son suposiciones —repuso
Meric desde el otro lado de la mesa, con un tono de voz
despectivo—. Para mí, sería mejor esperar a que la armada de mi
reina llegue de Stormhaven. Con los barcos de guerra de los
elfos...
—Tu reina llegará tarde —afirmó Flint,
interrumpiéndole—. Nuestra mejor baza para ganar es un asalto
rápido. No podemos permitirnos que pase otra luna; si lo hacemos,
el enemigo estará muy bien organizado. —Flint dio un golpe en la
mesa con el puño—. Con o sin la ayuda de los Jinetes Sangrientos,
tenemos que atacar ahora. De lo contrario, perderemos cualquier
opción de éxito.
El ogro, que estaba sentado en el lado
opuesto a Elena y Joach, gruñó en señal de aprobación. Aquélla era
la primera intervención de Tol'chuk en la reunión nocturna.
—¿Qué plan tú tiene, hermano?
—Es fácil. Los mer'ai y sus dragones
sitiarán la isla para distraer a los magos oscuros, mientras que un
pequeño grupo atravesará las defensas de la isla. Conozco un camino
secreto en las catacumbas, un pasillo que sólo es conocido por los
de mi secta. Que los dioses quieran que no esté guardado. —Flint
miró a los demás—. Sin embargo, esta noche tenemos que ponernos de
acuerdo en quiénes nos acompañarán a Elena y a mí a la isla.
—No veo ningún motivo por el que necesitemos
a alguien más. Flint me guiará y mi magia nos protegerá a ambos.
Cuantos menos seamos, mejor.
—Yo vengo —afirmó Joach de forma brusca. Se
volvió hacia su hermana—. Padre me dijo que te cuidara y no voy a
permitir que entres en aquel nido de víboras sin que mi vara de
mago oscuro te proteja.
Elena negó con la cabeza.
—Es una vara de magia negra. Él puede sentir
tu presencia, sobre todo si invocas esa magia. Atraerías a los
magos hacia nosotros como un imán al hierro.
—Le puedo dar mi sangre, transformarla en
una vara de sangre antes de partir. Tu magia de bruja mantendrá
oculta la oscuridad de la vara.
Flint observó que Elena buscaba otros modos
de sortear el problema.
—Joach debería acompañarnos —convino,
poniendo fin a las dudas de la muchacha—. Su magia nos podría
ayudar a abrirnos paso hasta el libro o a huir. No nos podemos
arriesgar a limitar nuestra protección.
—Por este motivo, yo también tengo que
acompañar a Elena —declaró Meric—. No voy a permitir que el linaje
de nuestro rey termine aquí. Mi habilidad con el viento contribuirá
a que ella esté segura.
—Igual que la fuerza de mis brazos —agregó
Tol'chuk.
Elena se puso de pie, negando con la
cabeza.
—No. Somos demasiados. Llamaremos la
atención.
—Cuatro no son muchos para protegerte
—intervino suavemente Flint.
Se había dado cuenta de que aquella joven no
tenía miedo por su propia vida, sino por la de los demás. Advirtió
la expresión de desesperanza en los ojos de la muchacha. La muerte
de Er'ril la había abatido profundamente. Flint se frotó los ojos y
maldijo al hombre por haber debilitado a la bruja cuando más
precisas resultaban todas su fuerzas. ¿Por qué había querido
enfrentarse a aquella estatua siniestra él solo? Flint suspiró,
bajó las manos y se dirigió hacia la esquina de la mesa. Se
arrodilló junto a Elena.
—No ofrecemos nuestras vidas por ti, sino
por Alasea. No tienes derecho a ordenarnos que no blandamos
nuestras espadas mientras otros se esfuerzan por sacudirse el yugo
de Gul'gotha del cuello. Cuatro no es demasiado.
—Ni tampoco cinco —anunció una quinta voz en
la mesa. Todos los ojos se volvieron hacia Mama Freda, que
permanecía erguida en su asiento.
—Mi habilidad para curar puede resultar de
más valor que el filo agudo de una espada.
Flint sonrió y se acercó para acariciar la
mano arrugada de la mujer.
—Te agradezco la oferta, pero te he visto
andar por la cubierta con el bastón. Creo que en esta aventura, la
rapidez será vital.
Los labios de Mama Freda se volvieron duros
y finos.
—No me menosprecies, anciano. En este barco,
apenas conservo mis fuerzas. Pero entre mis pócimas tengo un
brebaje que emplean los guerreros de mi jungla natal para aumentar
sus reflejos y su resistencia, un elixir combinado de raíz de
corazón y cicuta con un pellizco de veneno de ortiga. No temáis. Su
poder me mantendrá a vuestro nivel, pase lo que pase.
Flint asintió tras escuchar sus palabras. Se
volvió hacia Elena.
—La curandera podría resultar útil. Podría
salvar a cualquiera de nosotros.
Elena movió el brazo para mostrar su
asentimiento, pero era evidente que no se sentía contenta.
—Muy bien. Entonces que venga.
Flint volvió a tomar asiento.
—Con esto arreglado, ya podemos irnos a
dormir. Mañana será decisivo.
—Ojalá Sy-wen y Kast hayan tenido suerte y
hayan encontrado a los Jinetes Sangrientos —apuntó Joach mientras
echaba atrás la silla.
Flint observó que el resto murmuraba entre
sí y se marchaba. Sólo Elena había permanecido en su sitio en la
mesa. Flint la miró en silencio. Finalmente, Elena levantó la
cabeza.
—¿Ya hemos perdido?
—¿Qué quieres decir?
—Las profecías decían que Er'ril sería quien
llevaría a la bruja hasta el libro, pero él no está. ¿Cómo lo
lograremos si incluso el destino está contra nosotros?
Flint se acercó a ella deslizándose sobre el
asiento desocupado que los separaba.
—Sólo los irresponsables confían en las
profecías.
Elena se asombró.
—Ya sé —dijo él, sonriendo—. Esas palabras
parecen muy raras viniendo de la boca de un hermano de la orden
profética de los hi'fai, pero son ciertas. La mayoría de las
profecías no están grabadas en la roca. A menudo, sólo son como
sombras reflejadas en las paredes de las cuevas, destellos vagos de
futuros posibles. El futuro es como el hielo: puede parecer sólido
e inalterable, pero al mínimo calor se funde y se vierte en nuevos
y extraños canales. —Tendió la mano y apretó la de Elena—. No nos
hemos quedado sin opciones. Nuestras acciones forjarán el futuro,
no las palabras de algún profeta muerto hace tiempo. Sólo los
irresponsables inclinan la cabeza al destino y abandonan la lucha,
y tú, Elena Morin'stal, no eres una irresponsable.
—Pero, ¿Er'ril...?
—Ya lo sé, muchacha. También era un buen
amigo mío. Pero también él tomó una decisión cuando fue a
investigar la estatua de ebon'stone. No permitas que este error
suyo te aleje de tu destino. Eres suficientemente fuerte como para
forjar tu propio camino.
—Yo no me siento tan fuerte —musitó.
Él le hizo volver la cabeza hasta que ella
lo miró.
—Elena, hay aspectos de tu corazón que no
ves, pero que otros pueden percibir. Por eso Er'ril te cuidaba
tanto. Para él tú eras más que su protegida. —El asombro en el
rostro de ella hizo asomar una sonrisa triste en Flint—. Para
quienes sabíamos ver, su corazón era puro y te pertenecía,
muchacha.
—No se qué...
—No niegues lo que tu corazón proclama. Para
recuperarte de su pérdida tienes que admitirlo todo. Sólo entonces
podrás salir adelante. —Él le acarició la mano y se puso de pie—.
Es tarde. Piensa en mis palabras. Ha llegado el momento de admitir
toda la pérdida de forma sincera. Sólo entonces tu corazón se
salvará por completo y tú estarás lista para ir hacia adelante.
Para forjar el futuro, tienes que mirar adelante, no atrás.
Ella lo miró con los ojos anegados de
lágrimas.
—Lo intentaré.
—Sé que lo conseguirás. Yo, como Er'ril,
también siento el poder profundo de tu espíritu. Lo lograrás.
Y tras decir aquello, Flint se marchó y la
dejó a solas con su tristeza.
Elena se sentía fuera de sí, como si el
cuerpo no le perteneciera. Las palabras de Flint ardían en su
pensamiento. ¿Qué había significado realmente Er'ril para
ella?
Antes no había querido reconocer estos
sentimientos. Aun cuando su presencia le había encendido la sangre
—la caricia de sus manos, el aliento en la mejilla, su sonrisa
torcida—, Elena pensaba que esas reacciones no tenían importancia,
que eran algo infantil. ¿Cómo podía considerarse digna de un hombre
que había vivido más de cinco siglos?
Pero Flint la había juzgado correctamente;
no podía negar su corazón. En el pasado había explicado sus
sentimientos hacia él como amor familiar, como el que se tiene a un
padre o a un hermano. Pero, en realidad, Elena tenía que admitir
que Er'ril había significado mucho más para ella.
Elena se enfrentó por vez primera a su
corazón en aquella sala vacía.
—Yo te amé, Er'ril.
Al decir su nombre, la voz se le quebró;
algo en Elena se rompió al pronunciar en voz alta aquellas
palabras. Las lágrimas empezaron a rodarle por las mejillas y la
muchacha estalló en sollozos. Se derrumbó sobre la mesa,
sosteniendo la cara entre sus manos enguantadas.
Sentía como si en su corazón hubiera
explotado una presa. Las emociones que la embargaban la inundaron:
ahora lamentaba no haber pronunciado jamás esas palabras mientras
Er'ril estaba vivo; la avergonzaba haber sido tan cobarde; estaba
furiosa contra Er'ril por haberla abandonado tan pronto. Y, sobre
todo, se sintió embargada por un sentimiento profundo de pérdida.
Por fin admitía que Er'ril no era lo único que había desaparecido a
bordo del barco de los piratas, sino también los sueños secretos de
su corazón.
Tras comprender por fin el tipo de dolor que
le había estrangulado el corazón, Elena se permitió llorar, no sólo
por Er'ril, sino por ella. Se abrazó el pecho con los brazos y se
meció lentamente sobre el asiento. Los sollozos y las lágrimas la
anegaron. No intentó retenerlos. En aquel momento se permitió esa
debilidad.
El tiempo perdió sentido para ella conforme
el dolor la iba embargando. Se palpó un bolsillo y extrajo de él
una cinta de cuero. Era el trozo de cuero teñido que Er'ril
utilizaba para atarse el pelo. Se lo acercó a los labios. Todavía
conservaba el olor a humo y fuego, pero, aparte de aquellos
recuerdos de muerte, se podían percibir también restos de tierra de
Standi y la sal del sudor del hombre de los llanos. Ató lentamente
la cinta de cuero roja en sus cabellos largos, y, en silencio, se
despidió de él.
Había llegado el momento de despedir al
fantasma que la había habitado. Elena, con el corazón herido pero
ya sanando, se secó la última lágrima. Había perdido por completo
el sentido del tiempo y se dijo que posiblemente el amanecer estaba
cerca. Se dio cuenta entonces de que una música suave penetraba por
la puerta abierta detrás de ella, procedente de algún punto de la
cubierta superior. Aquellos acordes tristes la atrajeron. Parecía
que la música hablaba de su propia pérdida.
Elena se enderezó mientras la música la
envolvía. Conocía el instrumento que emitía aquel son tan afligido.
Era el laúd de Nee'lahn, hecho con la madera del último de los
árboles moribundos de las ninfas. Aquellas notas le recordaron a
los otros compañeros que no estaban allí: Mycelle, Kral, Mogweed,
Fardale. Sin ser consciente de lo que hacía, Elena se puso de pie,
atraída por la música como una polilla por la luz.
Detrás del rasgueo de las cuerdas y del eco
de la madera, Elena oyó el susurro de su amiga fallecida. Nee'lahn
había dado su vida, igual que muchos otros, por devolver la luz a
Alasea; sin embargo, aquella voz fantasmal no lamentaba la muerte.
En realidad, evocaba dulcemente las maravillas de la vida, el ciclo
de la muerte y el renacimiento. En aquellos acordes se
entremezclaban la tristeza y la alegría.
Salió al fresco de aquella noche de fines de
verano. Las estrellas brillaban con intensidad y las velas
ondulaban lentamente cuando recogían una brisa ocasional. La luz de
la luna teñía de plata la cubierta mojada. Meric estaba sentado
cerca de proa, apoyado contra la barandilla, con el laúd en la
mano. Parecía estar sumido en la luz de la noche mientras tocaba. A
sus pies estaba sentado el pequeño Tok, cautivado por la música del
elfo.
Bajo las estrellas, el poder de los acordes
y la madera aumentó. Elena se ensimismó en la maravilla de aquella
canción. Aunque el recuerdo de la muerte de Nee'lahn debería haber
hecho aumentar su dolor, ocurrió lo contrario. La muchacha cerró
los ojos y dejó que la música le tranquilizara el corazón doliente.
La muerte no era un final, decía la canción, sino un comienzo.
Imaginó entonces la imagen de un brote verde sobresaliendo en una
semilla.
La música la condujo hacia la popa del
barco. Tok murmuró algo mientras se acercaba, pero aquella voz no
logró deshacer el hechizo. Luego, Elena se encontró en la borda,
mirando hacia el mar. A lo lejos, unos árboles fantasmagóricos
parecían surgir por encima de las olas, como si la música hubiera
conjurado la presencia de un bosque.
Elena sonrió al verlo.
De repente, bajo sus pies, la cubierta
tembló y el barco dio un bandazo seco. Elena estuvo a punto de
salir despedida por la borda cuando el movimiento del barco se
frenó de repente. Se cogió a la barandilla con un grito de
sobresalto.
El encanto del laúd se hizo añicos. Meric se
puso en pie de inmediato y se apresuró hacia Elena. Luego ambos se
quedaron mirando las aguas. El elfo asía el laúd por su cuello
frágil y ahora lo agitaba como si fuera un arma. Tok se acercó a
Elena por el otro lado.
—¿Qué ha ocurrido?
A lo lejos, Elena observó que aquel bosque
fantasmagórico no había desaparecido con la música del laúd. Bajo
la luz de la luna resultó evidente que lo que fuera que tuvieran
delante era tan real como ellos mismos. Elena contempló las ramas
que sobresalían por encima del agua. Sus copas frondosas se
agitaban bajo la luz plateada. Cientos de árboles ocupaban el
horizonte. Era como si estuvieran a punto de navegar a través de un
bosque sumergido.
Para entonces, Tok ya se había deslizado
hasta la barandilla más baja y permanecía inclinado por encima de
la borda para mirar las aguas que había debajo del barco.
—¡Mirad esto! —dijo señalando hacia
abajo.
Elena y Meric se le acercaron.
—¿Qué es eso? —preguntó Meric.
Elena sacudió la cabeza. A ambos lados del
barco, las aguas estaban cubiertas de una vegetación verde que
parecía ocultar todas las aguas oscuras que los rodeaban.
De pronto, Flint asomó detrás de
ellos.
—Es sargazo —contestó con un tono de voz
para nada temeroso y extrañamente excitado—. Es muy común en esta
región y atrapa a muchos barcos. Por eso hemos venido por aquí. Hay
que conocer los canales seguros entre las hierbas, o bien perderse
para siempre.
—Pero, ¿por qué estamos aquí? —quiso saber
Meric.
Elena se volvió por encima del hombro y
observó que Flint contemplaba atentamente aquel bosque fantasmal.
Parecía no atender a las palabras del elfo.
—Delante de nosotros se extiende el bosque
de los sargazos. Sólo los imprudentes se adentran en él —respondió
con voz ensimismada el marino.
Elena frunció el ceño.
—¿Dónde estamos?
Flint señaló los árboles.
—En los Doldrums.
Mientras descansaba en un pasillo oscuro,
Greshym maldijo por enésima vez esa noche haber perdido su antigua
vara. Se apoyó pesadamente en la superficie pegajosa de su nueva
vara de madera de poi. La vara ahora todavía tenía un poder muy
débil. Le había ocupado mucho tiempo bañar la madera en la sangre
de una virgen para poderla dedicar a las artes más oscuras. Por el
momento sólo la podía emplear para los hechizos más débiles. La
vara original, que ahora estaba perdida en algún lugar de las
entrañas sumergidas de A'loa Glen, había sido forjada hacía tres
siglos como herramienta siniestra de la magia negra y, con el
tiempo, se había convertido en una extensión de su propio cuerpo.
Aquella pérdida le dolía profundamente, como si alguna de sus
extremidades le hubiera sido arrebatada.
El mago encorvado maldijo su destino y
prosiguió su camino por el corazón desmoronado de la ciudad de
A'loa Glen. Prosiguió el avance indirecto hacia los niveles más
bajos. No le importaba que alguien espiara sus idas y venidas de
aquella mañana. Lo importante era ser precavido y mantener oculto
su verdadero propósito. Por otra parte, estaba más que acostumbrado
a esas farsas. Apenas hacía un mes que él y Shorkan se habían
disfrazado con la túnica blanca y habían fingido su pertenencia a
la Hermandad, que se ocultaba allí. Se dijo que tantos siglos de
subterfugios entre túnicas blancas le iban a venir muy bien para
circular esa mañana entre túnicas negras. Antes de que amaneciera
por completo tenía que encontrarse con dos aliados: uno al que ya
había ganado para su causa, y otro que todavía necesitaba ser
convencido.
Greshym, aquejado de dolores en las
articulaciones y con el corazón latiéndole con fuerza por el
esfuerzo, llegó por fin a las puertas dobles con barrotes que
conducían a la hilera de celdas frías y húmedas del Edificio. Se
detuvo para descansar y miró atentamente la puerta de hierro.
Mientras la Hermandad había tenido el
control de la isla, las celdas se habían empleado muy pocas veces:
sólo se había encerrado a algún cocinero borracho para que se
tranquilizara. Pero después de que el Pretor tomara el control, las
mazmorras habían vuelto a emplearse con todo su esplendor
sangriento. Shorkan había reunido a todos los hermanos de túnica
blanca y los había encerrado en las celdas. Luego se empleó con
ellos. Sus gritos resonaron en esos pasillos tenebrosos durante
casi una luna entera. Los que no lograron ser convertidos en
guardias infames, o no se doblegaron a la voluntad del Corazón
Oscuro, se convirtieron en pasto para los demonios recién creados,
o bien se emplearon como materia prima para la creación de hechizos
negros. Al parecer, nunca había suficientes corazones para todos
los hechizos que Shorkan quería crear.
Con un suspiro, Greshym propinó un golpe en
la puerta de las mazmorras. Una mirilla se abrió y unos ojos lo
escrutaron. Greshym no se molestó en hablar. Todos los esbirros
encargados de los puestos clave de la torre lo conocían. Greshym se
había asegurado de aquello. Oyó entonces el ruido de una llave en
la cerradura y cómo se descorría la tranca. Luego, la puerta se
abrió.
Al pasar hizo un gesto con la mano ante el
guardián, que llevaba la cara cubierta por un yelmo.
—Olvida a quien pase por este camino. Hoy
por la noche no ha entrado nadie en las mazmorras.
—No ha entrado nadie... —repitió débilmente
el guardián.
Aquel rápido hechizo de influencia haría que
el guardián se olvidara de todos sus movimientos. Aquel era un
hechizo muy cruel, pero Greshym ya había preparado y trabajado
previamente a los guardias principales, por lo que aquel pequeño
empujón era todo lo que necesitaba para que los centinelas
cumplieran con sus órdenes.
Greshym prosiguió y bajó por la escalera. Se
dijo que era bueno dejar a Shorkan ocupado con sus grandes planes;
mejor que agrupara fuerzas oscuras y utilizara magia negra mientras
se preparaba para la llegada de la bruja. Con el Pretor distraído,
Greshym podía idear su propia magia.
Dentro de cuatro días, la luna volvería a
ser llena y el plan para destruir el Diario Ensangrentado daría
comienzo. Antes de que todo aquello sucediera, Greshym tenía que
conseguir sus propósitos. Siempre que estaba con Shorkan o aquel
niño perverso, Denal, Greshym seguía proclamando su voluntad de
destruir el libro, se humedecía los labios y tramaba planes con los
demás. Pero, en los rincones más siniestros de su alma, Greshym
sabía que tenía que frustrarlos. El libro no tenía que ser
destruido, por lo menos no hasta que él volviera a recuperar su
juventud.
Sintió enojo. Tanto el niño como el Pretor
habían sido dotados con el vigor y la vitalidad eternas. A
diferencia de él, ninguno de los dos estaba afectado por el paso de
los siglos. Aunque no podía morir, como la gente normal, su cuerpo
seguía envejeciendo. Greshym rehuía los espejos para no ver su
cuerpo arrugado y encorvado. No era más que un cadáver
andante.
El anciano mago estaba convencido de que
sólo el Diario Ensangrentado lograría corregir aquella injusticia.
Con el maldito libro en la mano y con el conjuro que había
encontrado en los manuscritos antiguos estaba seguro de que
devolvería la vitalidad a su cuerpo maltrecho. Pero si el libro se
estropeaba antes, si se abría, todo estaría perdido para él.
No podía permitir que aquello ocurriera, y
si eso significaba traicionar a los demás, lo haría. Quería
recuperar su juventud.
Por fin llegó al final de la escalera y vio
a la primera presa de la noche. La silueta delgada estaba de pie,
nerviosa, bajo la única luz que había en la vacía sala de guardias
de la mazmorra. Conocía la figura de pelo castaño y lacio y bigote
recortado, si bien los ojos reflejaban un vacío que no siempre
había habido. Aquel golem desgraciado había sufrido mucho en los
últimos tiempos.
Greshym entró con dificultad en la
habitación.
—Rockingham, ¿has tenido algún problema para
venir aquí sin ser visto?
—No.
Rockingham se balanceó. Tenía los brazos
abrazados al cuerpo, como si ellos bastaran para evitar que el
Señor de las Tinieblas descubriera la traición que se estaba
tramando allí. Greshym sabía que aquel hombre era un canal
siniestro con el señor de Blackhall. Hubo un tiempo en que aquel
golem había llevado bajo la piel seres corruptos, pero ahora había
sufrido el contagio funesto de un mal todavía peor. Dentro de su
torso hueco, el corazón del hombre había sido reemplazado por un
trozo de ebon'stone bendecido por la magia del Dique. Aquella
diminuta puerta hacia el Dique era demasiado estrecha incluso para
que el Señor de las Tinieblas se pudiera introducir, pero era lo
suficientemente amplia como para que su espíritu siniestro
penetrara en el hombre y pudiera observar a través de las costillas
destrozadas de Rockingham.
—¿Estamos solos? —preguntó Greshym,
señalando con la cabeza al pecho de Rockingham.
—Por el momento, él no está conmigo.
—Bien. Dime qué noticias has traído a
Shorkan.
El rostro de Rockingham, ya de por sí
pálido, se volvió todavía más blanco.
—Me... me dijiste que me traerías una prueba
de lo que me prometiste.
—Después de que me digas lo que sabes
—contestó Greshym, acercándose. Había conseguido la lealtad de
aquel hombre con algo muy simple—. ¿Qué sabes?
—Los pocos goblins de mar que no huyeron
tras la muerte de su reina han perseguido el barco de la bruja. Ha
estado navegando al sur de las islas del Archipiélago.
—¿Pretenden huir?
—No lo sé. En cuando rodearon los Arenales
Malditos, el barco penetró por unas aguas en las que incluso los
drak'il temen entrar. Son unos mares cubiertos por una vegetación
flotante.
—Sí, los Doldrums —comentó Greshym—. Una
buena táctica. Será difícil seguirles el rastro por el bosque de
sargazos. Dime, ¿qué hay de los mer'ai y sus dragones?
—Nada.
—Si la bruja atacara antes de la luna llena
—gruñó—, cualquier distracción sería fabulosa para mis planes. —Se
volvió hacia Rockingham—. ¿Hay algo más?
—Sólo una cosa... algo que te alegrará
saber.
Greshym frunció el ceño.
—¿Qué es?
Rockingham tiró de su bigote con
nerviosismo, pero sacudió la cabeza.
—Primero lo que me prometiste.
Greshym apretó la vara con enojo. Necesitaba
un oído que escuchara a quienes tramaban planes contra la bruja.
Tras haber perdido al hermano de Elena, Shorkan le había retirado
el flujo principal de información. Sin embargo, Rockingham, su
antiguo compañero, se encargaba de ello. Al principio se había
negado a compartir lo que sabía, pero todos los hombres tienen un
precio, y el de Rockingham era muy barato. Greshym le daba
información a cambio de información, un trato justo. El mago quería
estar al corriente del paradero de la bruja, y Rockingham quería
recuperar las lagunas de su memoria. Quería saber quién había sido
antes.
—Por favor, cuéntame —le rogó.
—Te daré un poco más de tu pasado, pero no
sabrás toda tu historia hasta que yo tenga el Diario Ensangrentado
en las manos. Sírveme bien y te prometo que lo sabrás todo.
—Cualquier cosa... dime cualquier
cosa.
Greshym tuvo que reprimir la risa al
observar la desesperación del hombre.
—Te diré esto, Rockingham. No fue mérito
tuyo que el Señor de las Tinieblas te enviara como emisario a los
goblins del mar. En cierto modo, tú no eres muy distinto a
ellos.
—¿Qué tontería es ésta? —preguntó Rockingham
con una mueca—. Siempre que pregunto me contestas con
acertijos.
—Es todo lo que conseguirás. Tráeme
información que me coloque el Diario Ensangrentado en la mano, y
nos sentaremos, y te contaré toda tu historia. Si me traes pedazos
de información, sólo te puedo pagar con lo mismo. —Greshym señaló a
Rockingham con la vara—. Y ahora, dime lo que has sabido.
Rockingham parecía dudoso, pero Greshym lo
miró fijamente.
—¿No quieres saber el misterio de... Linora?
—le incitó el mago negro.
La mención de aquel nombre de mujer surtió
el efecto habitual. Rockingham se estremecía con sólo oírlo. Los
ojos se le llenaban de angustia y apretaba los puños con rabia.
Greshym aguardó. Sabía que esa mujer siempre tendría una gran
importancia en el corazón de aquel hombre. Realmente, se dijo, el
amor cegaba al hombre. Aunque los recuerdos físicos se hubieran
borrado, la emoción continuaba envolviendo el corazón con sus
espinas. El dolor de Rockingham le provocó una sonrisa.
Por fin, el golem se dio por vencido.
—Dime, ¿qué más sabes? —repitió Greshym—. No
lo preguntaré de nuevo.
—Shorkan ha cambiado a un día antes la fecha
de la apertura del libro —respondió Rockingham con la voz
apagada.
—¿Qué? —Greshym apenas podía reprimir el
espanto en su voz.
Rockingham se encogió de hombros.
—Ha examinado algunos textos antiguos y ha
decidido que las estrellas estarán mejor alineadas en el primer día
de luna llena que en el segundo.
La visión de Greshym se oscureció. Todos los
planes que había tejido tan cuidadosamente habrían fracasado de no
haber sabido aquel dato de importancia vital. Se preguntó por un
instante si acaso Shorkan sospechaba de su traición. Pero luego se
tranquilizó. Era imposible. Shorkan estaba demasiado enfrascado en
sus cosas para prestar atención al anciano encorvado. No. Aquel
desaire de no informar a Greshym era un ejemplo más de la falta de
interés del Pretor en el viejo mago.
Algún día, se dijo, enseñaría a aquel
desgraciado cómo la ceguera puede matar. Se volvió hacia Rockingham
y le hizo un gesto para que se marchase. Con un día menos, no tenía
tiempo que perder con aquel golem.
—Mantén los ojos y los oídos bien abiertos
—le advirtió—. Si tienes más información, ya sabes cómo contactar
conmigo.
Rockingham se quedó de pie un instante más,
retorciéndose las manos, claramente a la espera de respuestas más
sustanciosas. Sin embargo, al final, asintió en silencio, se volvió
y desapareció por la escalera oscura que llevaba arriba.
Greshym aguardó hasta que la puerta de
hierro se cerró con estrépito y se volvió hacia la puerta que daba
a las celdas de los prisioneros. Tenía todavía una cita esa mañana
para lograr otro aliado. De todos modos, eso no le preocupaba
demasiado porque, como en el caso de Rockingham, sabía el precio
que tenía que pagar por ello.
Atravesó la habitación y abrió la gran
puerta de roble. El hedor a desechos humanos y a sangre seca le
asaltó el olfato. Necesitó un momento para evitar que la bilis le
subiera por la garganta. En cuanto estuvo preparado, entró en la
verdadera mazmorra.
Mientras avanzaba pasó junto a una hilera de
puertas pequeñas que quedaban a la izquierda; eran tan bajas que
había que inclinarse para entrar. Por detrás de alguna de las
puertas se oían gemidos y sollozos apagados. En aquellas celdas
nadie dormía porque el terror mantenía abiertos los ojos. Al pasar
junto a una de las puertas, algo inmenso aporreó la puerta; la
bestia emitió un lloriqueo inhumano. Le había olido la sangre. Las
garras rasgaron la madera. Costaba de creer que lo que se agazapaba
detrás de la puerta había sido un hombre. Greshym sacudió la
cabeza. Shorkan trabajaba cada vez mejor.
Greshym se detuvo delante de la puerta
contigua. Allí estaba su objetivo.
Con un leve gemido, el mago se inclinó y
colocó la vara bajo el brazo que tenía tullido, de forma que la
única mano que tenía le quedó desocupada. Colocó un dedo en la
cerradura y giró la muñeca. El pestillo se abrió y Greshym sonrió.
Él también tenía sus habilidades. Tras acabar de abrir la puerta
con la vara, Greshym entró pesadamente en la celda.
—¿Qué estás haciendo aquí? —gruñó una voz en
el interior.
Greshym se enderezó y apartó de una patada a
una rata.
—¡Qué mal se porta tu hermano contigo,
Er'ril!
El hombre de los llanos escupió contra
Greshym, pero no podía hacer mucho más. Aparte de una mínima prenda
que le cubría sus partes, Er'ril estaba desnudo y atado con cadenas
a la pared. Shorkan no podía matar a su hermano; Er'ril era parte
importante en el conjuro para la apertura del Diario. Sin embargo,
no le importaba que su hermano sufriera. El otrora altivo hombre de
los llanos, ahora, manchado con su propia suciedad, lleno de
moretones causados por golpes y apestando a enfermedad allí donde
los grilletes de hierro le habían herido las muñecas y los
tobillos, parecía un hombre verdaderamente acabado.
Shorkan había ordenado que Er'ril fuera
atado con cadenas principalmente para evitar que el hombre se
suicidara. El Pretor no podía permitir que ocurriera algo así, por
lo menos hasta haber abierto el Libro.
Greshym apoyó la vara contra la pared y sacó
una daga de la túnica. Él no tenía esos escrúpulos. La muerte de
Er'ril significaría que el Libro quedaría libre para siempre del
hechizo de Shorkan. Greshym observó que el hombre de los llanos
miraba el arma de un modo casi ansioso; no quiso darle
esperanzas.
—No es para ti, Er'ril. Muerto no me
servirías de nada.
—Me puedes matar ahora mismo —repuso Er'ril
con voz ronca—. Jamás te ayudaré a abrir el Libro.
—¿Quién ha dicho que yo pretenda tal cosa?
—preguntó Greshym con sorpresa—. Tengo menos deseos de ver el Libro
destruido que tú. De hecho, he venido a proponerle una cosa.
—Y, ¿qué quieres, traidor? —preguntó Er'ril
con hosquedad.
—Te ofrezco la libertad —afirmó Greshym
mientras agitaba el puñal en aquella celda fétida—, a no ser, claro
está, que te sientas cómodo en tus nuevos aposentos.
—No juegues conmigo, bicho repugnante.
—No es una oferta en vano, Er'ril. Quiero el
Diario Ensangrentado para mí y tú eres el único que conoce el
secreto para abrir el hechizo que protege el Libro. Es así de
sencillo. Libera el Libro, dámelo y te daré la libertad.
—¿Por qué debería confiar en un
traidor?
—Porque yo soy tu única esperanza. Dentro de
tres noches Shorkan abrirá el Diario Ensangrentado y después te
matará. Seguro. Así que, ¿qué tienes que perder? Aunque yo te
traicione, tú no perderás nada. Pero si te digo la verdad, tú
habrás conseguido tu libertad, si bien el Libro estará lejos de
Elena. Así podrás regresar a los brazos de tu brujita. ¿Quién sabe?
Tal vez algún día yo me canse del Libro y se lo regale a ella. No
siento ningún aprecio por el Corazón Oscuro. Le permitiré que
ataque Gul'gotha. ¿Qué me importa?
La mirada de Er'ril se ensombreció. Greshym
era consciente de que al hombre de los llanos le repugnaba hacer
pactos con el enemigo, pero tampoco era tonto. Con o sin peligro,
aquélla era una oportunidad para hacer algo. Había sido un guerrero
toda su vida. ¿Cómo declinar la oportunidad de liberarse de
aquellas cadenas y, por lo menos, luchar a favor de su causa?
Greshym adivinó la decisión de Er'ril antes incluso de que la
mirada del hombre de los llanos la confirmara.
—¿Qué propones? —preguntó con los ojos
encendidos.
Greshym sonrió. Todos los hombres tienen su
precio. Tomó la nueva vara y cortó una astilla pequeña con el
puñal.
—Ahora te lo enseño.