23. Retorno al reino de Rubí

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Retorno al reino de Rubí

Wellan y Bridgess cabalgaron a través de los bosques y las llanuras del reino de Rubí durante más de una jornada completa antes de llegar a la primera aldea. Allí las faenas agrícolas tenían menos importancia que en el reino de Esmeralda, donde los cultivos se extendían hasta perderse de vista. Las gentes de Rubí eran sobre todo cazadores y los pocos campos de labranza se encontraban cerca del palacio, en el extremo este. El resto del territorio estaba cubierto de grandes bosques y de pequeños lagos donde abundaban la caza y la pesca.

«Es un país magnífico. Hace fresco y el aire es muy limpio», pensó Bridgess. En aquellos parajes no sentía ninguna animosidad, ninguna cólera, sólo un inmenso amor a la vida y a la naturaleza.

El caballero principal y su aprendiza establecieron su campamento en un claro del bosque, junto a un pequeño lago. Wellan puso los alimentos al fuego que había encendido Bridgess, y ambos comieron en silencio. Los momentos de las comidas tenían un significado especial entre un maestro y su escudero, porque se establecía una comunicación telepática entre ellos sin ninguna reserva. Aquella noche, Bridgess descubrió una sombra oscura y triste en el corazón del caballero, pero cuando quiso preguntarle al respecto, él se encerró en sí mismo como una ostra.

—Maestro, podéis decirme cualquier cosa —insistió ella—. Mi deber como escudera es apoyaros en todo y prestaros mi ayuda.

—Lo sé, Bridgess, pero eres aún una niña y la tristeza que has detectado en mí es una emoción de hombre adulto.

Se alejó del fuego y fue a sentarse cerca del agua. Llena de perplejidad, Bridgess le vio cruzar sus largas piernas y dejar su mirada vagando sobre los reflejos que producía la luna sobre el agua. Su conocimiento del mundo adulto se limitaba a los sirvientes de Esmeralda I y al mago Elund, lo cual la ayudaba bien poco a entender los estados de ánimo de su maestro. No era tampoco cuestión de sondear en su espíritu contra su voluntad. Era una falta grave para un escudero. De modo que se contentó con observarlo, asegurándose de que no corría ningún peligro. El caballero pasó más de una hora enfrascado en sus pensamientos. Luego, volvió junto al fuego y se envolvió en su manta. Advirtió la inquieta mirada de su aprendiza, que se había acostado a pocos pasos de él, pero no podía confiarle sus cuitas; era aún muy pronto para hacerlo.

Por la mañana, la tristeza de Wellan parecía haberse disipado. Se asearon junto al lago y emprendieron la ruta hacia el palacio de Rubí bordeando sus terrenos colindantes. La fortaleza apareció tras una zona arbolada. Se trataba de una construcción rectangular, de estructura muy simple, sin torreones. Sobre las almenas no se divisaba la silueta de ningún centinela. «¿No tendrá esta gente enemigos?», se preguntó Bridgess, con sorpresa. Franquearon las enormes puertas del palacio sin que nadie les exigiera identificarse. Por el contrario, toda la gente parecía conocer a Wellan y le sonreían amistosamente, aunque hubiera abandonado el país hacía quince años.

Se detuvieron ante el edificio central del palacio, el principal de todo el recinto fortificado, y unos palafreneros acudieron serviciales para hacerse cargo de los caballos.

—Soy el caballero Wellan de Esmeralda y ésta es Bridgess, mi escudera. Avisad al rey Burge de que deseo hablar con él.

Los rostros de los sirvientes se iluminaron de repente y uno de ellos echó a correr hacia el interior del palacio. El caballero sabía que su gran parecido físico con su padre les había sorprendido. El criado volvió a los pocos minutos para guiarles hasta el rey, aunque Wellan no necesitaba que nadie le condujera por aquellas estancias. Se acordaba de cada rincón, de cada piedra, de cada cuadro y de cada candelero como si nunca hubiera abandonado aquel lugar. Recorrieron interminables pasillos que hacían alusión a la caza, con pieles de animales colgadas de los muros y cabezas disecadas que adornaban la parte superior de las puertas. Bridgess disimuló su disgusto por aquella decoración a fin de no ofender a su maestro, que había nacido allí, y bajó los ojos para no tener que tropezarse con aquellas miradas vidriosas que parecían espiar sus pasos.

Con gran sorpresa advirtió Wellan que le conducían a las habitaciones de la reina Mira. Era alta y delgada, con una piel que se asemejaba a la nieve. Su rostro autoritario estaba enmarcado por largos cabellos negros, y sus ojos azules expresaban irritación. Su madre le recibió con la misma frialdad que siempre había manifestado. Pero ya no era su travieso hijo pequeño, sino todo un hombre que no le iba a permitir alterarle. Se inclinó respetuosamente y esperó a que ella hablara.

—¿Por qué razón quieres ver a tu padre? —dijo finalmente la reina con cierta displicencia.

—Tengo que entregarle una solicitud de parte de los caballeros de Esmeralda, alteza —respondió el hombre con voz neutra.

La reina observó a su hijo durante un buen rato y luego dirigió su mirada a la muchachita que le acompañaba, y alzando las cejas le preguntó:

—¿Cuándo me he convertido en abuela?

—Bridgess no es mi hija, sino mi escudera.

—¿Esmeralda I se atreve a confiar estas niñas a hombres de tu edad? —replicó ella, visiblemente indignada.

—A caballeros, majestad. Unos hombres sensatos y honestos. ¿Me dais permiso para entrevistarme con el rey?

—Tu padre ha salido de caza. Volverá antes de la puesta del sol. Voy a mandar que preparen habitaciones para vosotros. Descansaréis allí mientras llega.

Movió la mano señalando a una sirvienta y luego les dio la espalda, dando así término a un encuentro glacial. Mira era bella, elegante e inteligente, pero nunca dejaba entrever sus emociones. Wellan ignoraba si se comportaba con su padre de la misma manera, pero sabía muy de cerca que no había sido una buena madre. Hizo que Bridgess le precediera y subieron al piso superior guiados por la sirvienta, que les condujo hasta las habitaciones de los invitados, que estaban provistas de grandes balcones que daban al río Sérida. La muchacha entró en la del caballero con sus pertenencias, a pesar de las protestas de la sirvienta. Wellan dejó sobre el lecho su zurrón y sus armas, y salió al balcón. Viendo que sus protestas dejaban indiferente a la muchachita rubia, la criada desistió de sus protestas y giró sobre sus talones, dispuesta a informar a su señora sobre aquella conducta escandalosa.

—¿Echáis de menos vuestro territorio? —quiso saber Bridgess.

—No —afirmó el caballero, con los ojos fijos en las montañas volcánicas que se alineaban al otro lado del río—. No he vivido aquí el tiempo suficiente como para haber dejado en esta tierra parte de mi corazón.

—Entonces no es eso lo que os entristece.

Wellan se dio media vuelta y le lanzó una mirada cargada de reproches. ¿No la había advertido con anterioridad de que no preguntara nada sobre ese particular? Ella le respondió con un sonrisa retadora. No le dio él importancia al recordar sus propias reacciones con Elund cuando tenía esa misma edad.

—¿Qué vamos a hacer hasta que regrese el rey? —preguntó Bridgess para aligerar la tensión.

—¿Sabes nadar?

—Me defiendo.

Wellan se despojó de su coraza y le pidió que le siguiera. Volvieron a pasar por aquellos pasillos llenos de horrores. Los sirvientes se inclinaron ante el caballero y le dirigieron palabras de bienvenida, pero él no se dio por enterado. Una vez más estaba abstraído en medio de sus pensamientos.

Abandonaron el recinto amurallado y se dirigieron al río. Tras detenerse junto a la orilla, Wellan se colocó las manos en jarras y examinó detalladamente los contornos. En aquel lugar la corriente del agua era tranquila y el remanso bastante amplio. Aunque hacía fresco, el caballero parecía decidido a bañarse. Se volvió hacia Bridgess. Ella había puesto una rodilla en tierra, pidiendo con ese gesto permiso para hablarle libremente. Wellan inclinó con lentitud la cabeza para concedérselo.

—Creo que es perjudicial que os encerréis de ese modo en vuestros pensamientos —le dijo la muchacha—. Podría atacaros por sorpresa cualquier persona.

—¿Crees que me aíslo del mundo exterior cuando me pongo a reflexionar? —respondió sonriente el caballero.

—Sí, eso es lo que creo.

Citó entonces los nombres de todas las personas con las que se había cruzado desde que salieron de la habitación hasta que llegaron al río y le repitió palabra por palabra lo que cada uno había dicho. Bridgess estaba alucinada, pero su maestro no quiso avergonzarla más.

—Sígueme —le ordenó quitándose sus botas y su túnica.

Se adentró en el río, vestido únicamente con su calzón. Bridgess se quitó también las botas y le siguió, comprobando que el agua estaba menos fría de lo que había temido. Con un gracioso movimiento, el caballero desapareció bajo la superficie del agua. La muchacha inspiró profundamente y se lanzó tras él. El agua estaba tan clara que no tuvo ninguna dificultad en seguirle. Wellan nadó entre las algas, asustando a los pequeños peces plateados que huían en bandadas, y se dirigió hacia una oquedad en la ribera opuesta. Ella le imitó, aunque empezaba a sofocarse. Con un solo impulso se remontó él hasta la superficie, y la muchacha hizo lo mismo agitando los pies con todas sus fuerzas. Cuando sacó la cabeza fuera del agua, pudo llenar de aire fresco sus pulmones exhaustos.

El caballero la esperaba sentado en una roca plana, dentro de una magnífica gruta de cristal. Mirando maravillada a su alrededor, Bridgess se colocó a su lado. Los rayos difusos del sol iluminaban la orilla del río y se reflejaban en la gruta, despidiendo miríadas de reflejos brillantes sobre las paredes vidriadas.

—Es absolutamente mágico… —murmuró la niña, sentada junto a su maestro.

—Es mi refugio secreto —le confesó Wellan—, el lugar a donde yo voy mentalmente cuando tengo necesidad de calma y de quietud.

—Me hacéis un gran honor compartiéndolo conmigo, maestro.

Meditaron juntos durante un rato en aquel paraíso subterráneo y luego volvieron al palacio, donde los sirvientes les envolvieron en mantas y pusieron a secar sus vestidos. Habían encendido fuego en su habitación, de forma que pudieron reponerse durante mucho tiempo ante las reconfortantes llamas. Cuando hubieron descansado, Wellan dejó que Bridgess le ajustara la coraza, le colocara la capa sobre las espaldas y le anudara los cabellos sobre la nuca; esta última tarea le producía a la niña una especial complacencia. El caballero quería que su familia lo viera en su mayor esplendor. Se colocó el cinturón de cuero alrededor del talle y se aseguró de que su espada y su daga pendieran adecuadamente de sus caderas.

Los sirvientes les escoltaron hasta el gran salón del palacio. El rey Burge, que volvía a ver a su hijo por primera vez después de quince años, su esposa y toda la corte se habían puesto las vestimentas de gala. La princesa Christa lucía su vestido más hermoso de satén azul, pero no llevaba ninguna joya, para que Wellan advirtiera que había crecido en belleza y en sabiduría durante su larga ausencia. Quería darle a entender que se había convertido en una mujer sencilla y honesta. Su hermano Stem, el primogénito, no sabía a qué carta quedarse ante tan inesperada agitación. Nunca habían hecho algo semejante por él. Mientras fueron niños se habían llevado bien, pero Stem envidiaba a Wellan desde que lo escogieron a él para convertirlo en caballero de Esmeralda.

Los servidores abrieron ante Wellan las puertas del salón, que le pareció no haber cambiado nada en todos aquellos años. Los muebles estaban exactamente en el mismo sitio, así como las tapicerías, los paneles con animales disecados y las antorchas. Se detuvo delante del rey, no sin advertir la sorpresa y la admiración que se reflejaron sucesivamente en su rostro.

—Cuando me dijeron que estabas aquí, al principio me resistí a creerlo —declaró Burge con una voz contenida—. Pero es verdad, estás delante de mí, y estoy orgulloso de acogerte en mi mesa. Sé bienvenido a casa, hijo mío. Acércate, ven a sentarte aquí.

Wellan empujó suavemente a Bridgess para que se colocara delante de él y la hizo sentarse a su lado. El rey quiso saber de inmediato quién era aquella niña y el caballero le explicó el papel de los escuderos en la Orden de Esmeralda. Impresionada por hallarse en medio de la familia de su maestro, la muchacha no dijo una sola palabra durante toda la cena y se contentó con observar a los presentes mientras Wellan les explicaba el objeto de su visita, comenzando por la masacre de Shola y refiriéndose a la guerra anterior que había asolado el reino de Zenor.

Aunque el rey Burge atendía todas sus palabras con interés, la reina comía sin prestarle la menor atención. Christa parecía no escucharle tampoco, pero le observaba con mucha admiración. El único que parecía contrariado por su regreso era Stem, el príncipe heredero. Bridgess le sondeó mentalmente y halló unos enormes celos en su corazón. Stem envidiaba el parecido de su hermano con su padre, su estatura y la sólida complexión de sus músculos.

Wellan colocó directamente su amplia mano sobre la de su aprendiza, indicándole que debía cesar de inmediato en su investigación telepática.

—Enviaré hombres a Zenor —decidió Burge tras haber escuchado las explicaciones de su hijo.

—¿Y quién protegerá nuestro reino? —se opuso violentamente Stem.

—No enviaré soldados, sino obreros, evidentemente —precisó el rey.

—¿Y si esas bestias monstruosas toman una ruta diferente?

—Sólo pueden llegar por el océano —aseguró Wellan con calma.

—Entonces, ahora que te has convertido en un gran caballero, ¿sabes lo que pasa por la cabeza de nuestros enemigos? ¿Puedes predecir incluso en qué lugar nos atacarán? —bramó el príncipe heredero.

—No —admitió Wellan, que no deseaba discutir con su hermano—. Me sirvo de mis facultades de deducción, como todo buen guerrero. Me he convertido en un experto en muchos campos, Stem. Los caballeros de Esmeralda somos educados de ese modo.

—Quieres decir que se os prepara para apoderaros de otros reinos y destronar a sus reyes —se encrespó el príncipe.

—¡Ya basta, Stem! —tronó Burge con el rostro alterado.

—Ésa es una historia antigua —indicó Wellan conservando la calma—. Somos diferentes de los primeros caballeros de Esmeralda. No tienes ningún motivo para sentirte amenazado.

El príncipe abandonó la mesa lleno de rabia. El rey Burge, muy enfadado, le rogó que volviera, pero Stem, tan testarudo como los demás miembros de la familia real de Rubí, hizo oídos sordos.

—Yo hablaré con él más tarde —aseguró Wellan sin inquina—. Stem es un hombre inteligente y me escuchará.

Su padre le dirigió una mirada incrédula que el caballero prefirió ignorar. Ya no quedaba nada del niño rebelde que había criado, pensó el rey, observando silenciosamente a Wellan. Aquél no era el muchacho turbulento que corría gritando por el palacio, negándose a calzar las botas, el niño rubio que siempre quería acompañarle en las partidas de caza pero que se oponía violentamente a que se despiezaran los animales cazados por él.

—A tu viejo padre le sorprende verte tan disciplinado de golpe —declaró finalmente—. No pensaba que el mago pudiera conseguir dominarte. Estaba convencido de que te devolverían al reino de Rubí con una larga lista de quejas.

Una leve sonrisa apareció en los labios del caballero al recordar sus primeros meses en el palacio de Esmeralda. Elund le había corregido con mucha mayor frecuencia que a sus compañeros, por supuesto.

Cuando acabó la cena, Wellan indicó a su escudera que le esperara en la habitación y salió en busca de su hermano por los pasillos del palacio, pero a la primera que encontró fue a su hermana. Ella le salió al paso cuando cruzaba por delante de su alcoba. El recuerdo que guardaba de Christa era el de una hermana mayor razonable, que recibía siempre con agrado y gratitud todos los cumplidos de la familia, mientras que él se llevaba todos los reproches.

—No te entretendré mucho —dijo la princesa con voz dulce—. Sólo quería comunicarte que pronto me casaré con el príncipe Patsko de Fal.

—Me alegro mucho de saberlo.

—Y también quiero decirte que estoy muy orgullosa de cómo has mejorado, Wellan. Es una pena que sea Stem quien herede este magnífico país.

—Yo sé que será un buen rey —salió en su defensa el caballero—. Además nadie me podía asegurar que yo sería el mismo si hubiera crecido aquí, Christa. ¿Sabes dónde puedo encontrar a Stem?

—Cuando se le contraría, se esconde en la cabaña que tú construiste a orillas del río. Es una prueba de gran madurez, ¿no te parece?

—¿Todavía cabe dentro? —dijo Wellan con extrañeza.

Ella alzó los hombros y volvió a su alcoba. Wellan caminó rápidamente hasta el extremo del pasillo y lanzó una mirada por la ventana. En la penumbra podían observarse los contornos de su cabaña de madera hecha de forma rústica y colocada a horcajadas entre las ramas de un viejo castaño. Algunos sirvientes les habían ayudado a Stem y a él a construirla, pero Wellan apenas había podido disfrutar de ese refugio, porque el destino le llevó muy pronto a Esmeralda.

Se apoderó de una de las antorchas que ardían en el muro y salió del palacio. Al pie del árbol vio las piernas de su hermano que colgaban en el vacío.

—¡Stem! —gritó el caballero intentando conservar un tono amigable en sus palabras.

—Vuelve a tu país de caballeros —gruñó el otro—. Aquí no te necesitamos.

—Mañana por la mañana partiré.

El príncipe de Rubí siguió manteniendo un incómodo silencio.

—Los caballeros de Esmeralda no son educados para que puedan ocupar un trono real —señaló Wellan—. Somos guerreros, soldados mágicos. Nuestro papel consiste en proteger todo el continente, no un solo país.

Todo daba igual.

Wellan no recordaba que su hermano fuera anteriormente tan testarudo. Incluso durante una época de su infancia había sido su héroe, siendo siempre el que tenía las mejores ideas para escabullirse de sus padres.

—He vuelto a la gruta de cristal esta tarde —dijo el caballero en un último intento.

La cabeza de Stem apareció en la pequeña abertura de la puerta enmarcada por sus rizos negros.

—¿Te acordabas de ella? —murmuró sorprendido.

Wellan movió lentamente la cabeza. De repente, a pesar de la coraza adornada de piedras preciosas, a Stem le pareció que recuperaba a su hermanito de cinco años.

—¡Pero si eras sólo un enano cuando la descubrimos!

—Un enano dotado de una excelente memoria —rectificó Wellan—. Me acuerdo de todo lo que hacíamos aquí.

Los dos hermanos se observaron durante un buen rato con detenimiento, y luego Stem saltó al suelo con agilidad. El caballero sondeó su espíritu y captó en el fondo de su corazón una tristeza que se parecía mucho a la suya. Fueron a sentarse a la orilla del río y Wellan colocó la antorcha cerca de ellos, de forma que proyectaban un aura de intimidad.

—No es fácil para mí ser como tú, ya lo sabes —se lamentó Stem.

—¿Ser como yo? —repitió el caballero estupefacto.

—A ti te quería ver nuestro padre en el trono, no a mí. Pero nuestra madre decidió lo contrario y te envió a aprender la magia en otro sitio. Él me repite constantemente que mostrabas ya las cualidades de un rey a los cinco años y que seguramente te habrás convertido en un conductor de hombres. Para que me deje un poco tranquilo, trato siempre de parecerme a ti, pero eso me está trastornando. Ahora que te ha visto vestido de caballero, va a hacerme la vida imposible.

—Lo más importante que se nos enseña en el palacio de Esmeralda, es ser nosotros mismos. Se concentra la atención en nuestras cualidades y nuestras fuerzas, al mismo tiempo que se nos indican los defectos para que los corrijamos.

—¿Tú tienes defectos? —se sorprendió Stem.

—Soy muy colérico y me cuesta dominar mis impulsos. Por eso en general prefiero no expresar mis estados de ánimo. El mago de Esmeralda, que es capaz de leer en los corazones, me ha ayudado a aceptar mis debilidades y me ha animado a superarlas. Somos los protectores del continente, Stem, pero también somos seres humanos.

Wellan pasó un brazo alrededor de la espalda de su hermano y le apretó contra él con afecto. Sondeando de nuevo su alma, fue feliz al comprobar que se había apaciguado. Los dos hombres volvieron juntos al palacio y se separaron ante la alcoba del caballero. Bridgess se había dormido sobre un blando sillón colocado cerca de la ventana. La cogió en brazos y la llevó a la habitación que habían preparado para ella. No era cuestión de despertar las suspicacias de la servidumbre manteniéndola a su lado. La depositó sobre el lecho, la tapó y la besó en la frente. Dejó las botas en el vestíbulo antes de cerrar suavemente la puerta.

Se detuvo ante el umbral de su propia habitación al descubrir a la hechicera Fan de Shola sentada sobre su cama. Llevaba una túnica blanca que brillaba como si hubiera sido tejida por la luz, y sus cabellos plateados caían en cascada sobre sus espaldas. Wellan cerró la puerta trasera, sintiendo que todas las heridas de su corazón se curaban repentinamente.

La reina se levantó y caminó a su encuentro, con su túnica luminosa flotando alrededor de ella. Wellan la tomó entre sus brazos, apasionado, y sus labios se fundieron. No había dejado de soñar con este beso después de su primera noche juntos. Fan le ayudó a soltar las correas de su coraza y a quitársela, dejándola sobre el pavimento, y luego soltó su cinturón. La espada y el puñal cayeron al lado de la coraza y Wellan se apresuró a quitarse la túnica.

Los largos dedos de Fan recorrieron su piel; cerró él los ojos, presa de un vértigo, rogando a la diosa de Rubí que aquel instante no tuviera fin. Sabía que Fan era sólo un fantasma, pero la amaba, tenía necesidad de ella. Con gran ardor, la reina le arrojó sobre el lecho. Escuchando únicamente su pasión, hicieron el amor sin intercambiar palabra alguna, sin que se oyera un solo sonido. Con todos los sentidos alterados, Wellan la estrechó entre sus brazos para que nunca pudiera escapar. La reina frotó la punta de su nariz en su oreja y él se estremeció con aquella caricia furtiva, mientras su piel era recorrida por espasmos electrizantes.

Los soldados del Emperador Negro han vuelto reforzados y su jefe está furioso —murmuró ella.

Wellan salió súbitamente de su sopor, golpeado por la importancia de aquella información. ¿Estaba a punto de estallar otra vez la guerra?

Está organizando una nueva expedición para encontrar a Kira —añadió Fan, confirmando sus temores.

—¿Cuándo llegarán? —preguntó con inquietud el caballero.

Dentro de algunas semanas de vuestro mundo.

—¿Dónde desembarcarán?

Aún no lo sé, pero volveré para informarte.

—Volved cuando queráis, incluso si no tenéis nada que decirme. Yo os amo, Fan.

Buscó sus labios y los besó con devoción; luego se durmió acunado por el dulce perfume de su reina. Por la mañana, cuando los rayos del sol iluminaron su rostro y le despertaron, estaba solo. Se sentó bruscamente en el lecho y exploró con la mirada todos los rincones. Nada. Ni siquiera un rastro del perfume embriagador. ¿Cuánto tiempo transcurriría antes de que regresara aquella mujer que hacía vibrar todas las fibras de su cuerpo? ¿Durante cuánto tiempo podría vivir un amor tan intangible? Unas lágrimas ardientes resbalaron por sus mejillas sin que pudiera contenerlas y tuvo que ocultar su rostro entre sus manos. No había advertido la llegada de Bridgess hasta que ella saltó a su lecho.

—¡Maestro! —dijo alarmada—, ¿estáis herido?

—Más de lo que nadie lo estará nunca… —murmuró el caballero con un gemido.

La muchacha consiguió separarle las manos del rostro y secó sus lágrimas al mismo tiempo que le sondeaba, volviendo a contrariar las reglas. La emoción que descubrió en el corazón de Wellan le era desconocida y le sorprendió por su enorme potencia.

—Eres muy joven para comprender lo que siento, Bridgess —musitó él conteniendo sus lágrimas.

—¿Es una mujer la que os causa tanto sufrimiento?

—¿Por qué lo dices?

—Porque siento su presencia en vos. Se diría que ella está aquí, pero al mismo tiempo que no está. Es difícil de explicar. ¿Estáis enamorado, maestro?

Wellan observó a la muchacha sin saber qué responder. Nunca había abierto su corazón a nadie, ni siquiera a sus compañeros de armas, pero aquella niña estaba allí, junto a su gran secreto, sin que él consiguiera apartarla.

—Sí —musitó con un suspiro— pero la mujer que yo amo ha muerto…

Los ojos de Bridgess se llenaron de lágrimas y rodeó con su brazo al caballero de manera maternal, enviándole una oleada de sosiego que le hizo mucho bien.

—Un día encontraréis otra mujer a la que amar —le dijo ella al oído, sin abandonar su abrazo—. Sois muy guapo y muy fuerte. Nadie os podría resistir mucho tiempo.

Wellan dejó que la niña le acunara durante unos momentos, pero luego recuperó poco a poco el dominio de sus emociones, lo cual significaba para él esconderlas con doble llave en lo más profundo de su corazón.

Inspiró profundamente y anunció a su escudero que debían partir sin tardanza, camuflando las informaciones dadas por Fan bajo la apariencia de una visión mística recibida durante la noche. Bridgess hubiera deseado mantener la unión que habían tenido durante algunos minutos todavía, pero el caballero se había parapetado una vez más en su habitual frialdad.