10. Unas manos mágicas

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Unas manos mágicas

Los cuatro compañeros de Chloé habían proseguido su camino por la playa de guijarros hasta llegar al reino de Plata. Los caballeros Sento y Falcon se apartaron entonces de sus hermanos de armas para dirigirse a la fortaleza del rey Cull, quedándose con uno de los caballos que transportaban las provisiones. Los caballeros Dempsey y Bergeau continuaron hacia el sur para cumplir su misión.

Sento y Falcon divisaron finalmente las fortificaciones del reino de Plata dibujándose en el horizonte y se quedaron impresionados. El palacio se alzaba sobre una colina, pero todo el territorio parecía rodeado de una alta muralla de piedra. Los dos caballeros se detuvieron un instante y observaron el panorama. Nunca habían oído hablar de aquellas fortificaciones en sus clases de historia del continente.

—Es una construcción reciente —aseguró Sento examinando la apariencia de los muros.

—Sin duda sirve para proteger al reino de los vientos huracanados o de las olas encrespadas durante las tormentas —aventuró Falcon.

—Sólo hay una manera de saberlo.

Cabalgaron a lo largo de la muralla durante varias horas sin dar con la entrada. El mar se encontraba relativamente lejos y se hallaban en la frontera entre el reino de Plata y el reino de Cristal, en una ruta que les conducía lenta pero inevitablemente hacia el territorio de Esmeralda I.

—¡Es ridículo! —exclamó por último Falcon—. ¿Cómo ha podido construir un rey tales fortificaciones sin dejar ni una salida?

—Posiblemente porque está al norte, o cerca del palacio —respondió Sento, que no aceptaba el desánimo.

Wellan les había confiado aquella misión y no regresarían sin cumplirla. Tomaron hacia el este utilizando sus sentidos mágicos para captar cualquier signo de vida. No detectaban nada. Fue al declinar de la tarde cuando hallaron unas enormes puertas de acero al inicio de un camino de tierra que conducía al reino de Cristal. Falcon se presentó al guardián con mucha cortesía. Había aparecido en lo alto de una almena con la cabeza cubierta por un yelmo. El hombre los examinó durante un momento y luego desapareció sin decir palabra.

—Me parece innecesario pedir a un rey que se proteja contra una invasión teniendo su territorio rodeado por una muralla de estas dimensiones —dijo Falcon a su compañero.

—De cualquier modo hay que prevenirle —insistió Sento.

Decenas de hombres protegidos por armaduras plateadas aparecieron entre los bloques de piedra y se quedaron observándoles.

—Seguid vuestro camino, extranjeros —dijo uno de ellos—. Tenemos orden de no dejar pasar a nadie.

—Somos los caballeros de Esmeralda —replicó Falcon, sin ocultar su desagrado ante aquella falta de cortesía.

—Ésa es la voluntad del rey Cull de Plata. Marchaos.

—Traemos un mensaje para el rey —insistió Sento afirmándose con altivez sobre su silla—. Sólo nos iremos después de haberlo entregado.

Los guardianes conversaron en voz baja y los caballeros sintieron que una rabia insana inundaba su corazón. Sabían perfectamente que los habitantes del reino de Plata habían sufrido las consecuencias del ataque de Draka, pero no era suficiente razón para tratar a los visitantes con tan poco respeto.

—Nuestro señor no tiene ningún interés en recibir un mensaje que provenga del reino de Esmeralda —espetó uno de los hombres con un gesto de desprecio.

—Decidle al rey Cull que los caballeros de Esmeralda no son sólo hombres de honor y guerreros valerosos, sino también magos —añadió Sento observando la reacción que causaban sus palabras.

Los soldados parecieron dudar, pero uno de ellos, con un movimiento rápido como un relámpago, lanzó su daga contra los caballeros. Sento levantó el brazo y el puñal se detuvo a varios centímetros de su mano. En las almenas se oyó un murmullo de inquietud.

—¿A quién he de devolverlo? —preguntó irónicamente el caballero.

Los soldados se pusieron a cubierto con rapidez. Moviendo lentamente los dedos, Sento atrajo el arma hasta su mano y la examinó con detenimiento.

—Es una hermosa pieza —dijo dirigiéndose a Falcon mientras agitaba la cabeza.

—¿Dejamos pacer a los caballos hasta que llegue la respuesta del rey? —comentó Falcon.

Sento colocó el puñal en su cinto y echó pie a tierra. Los dos caballeros llevaron sus caballos aparte.

En el interior del recinto fortificado, los soldados habían designado a uno de ellos para que llevara urgentemente el mensaje al rey Cull. No había ningún mago en el reino de Plata tras la partida del rey Shill, el hijo mayor de Draka, y sabían que el rey lo buscaba desesperadamente. El mensajero llevó su caballo a galope tendido hasta el palacio que se alzaba sobre la colina e hizo sonar con estrépito los cascos del animal sobre el empedrado del patio. Deteniéndose ante las magníficas puertas de plata del pabellón principal, el hombre saltó a tierra, confió su montura a uno de los guardianes y se precipitó dentro del recinto.

Era un enorme edificio de piedra blanca, tanto por el interior como por el exterior, pero el palacio de Plata no era un lugar acogedor. Las paredes tenían una decoración más bien austera y las estancias estaban iluminadas por escasas antorchas. Únicamente la sala del tesoro contenía hermosas obras de arte, así como la armadura y los efectos personales del rey Hadrian, que en su tiempo mandó a los caballeros de Esmeralda.

Los sucesos de los últimos años habían agriado el carácter de los habitantes de Plata, de modo que en el interior del palacio reinaba un silencio sepulcral. El rey Cull era también un ser sombrío. No concedía ninguna audiencia a sus súbditos, porque estaba muy ocupado especulando con los escasos recursos de su gente.

Al no mantener intercambios comerciales ni culturales con nadie, el reino de Plata debía bastarse a sí mismo, producir suficientes alimentos para sus pobladores y tratar de educar a sus niños, que cada vez eran menos numerosos. Pero de lo que carecía el rey fundamentalmente era de un mago o de un buen curandero, pues su hijo estaba gravemente enfermo y nada ni nadie conseguía sanarlo. La reina Olivi y él ya habían visto morir a dos de sus hijos en plena infancia y temían que en cualquier momento el tercero siguiera el mismo camino.

Cuando el vigilante de sus aposentos privados se acercó a decirle que un soldado deseaba verle, Cull estuvo tentado de hacerle volver a su puesto sin escucharle. Estaba completamente agotado, tras haber pasado muchas noches a la cabecera del príncipe enfermo sin poder remediar su mal. Lanzó un profundo suspiro y con un movimiento de cabeza le indicó que lo dejara entrar. Se sentó a continuación en un sillón, haciendo grandes esfuerzos para mantener los ojos abiertos. El soldado sudoroso puso rodilla en tierra y saludó a su soberano.

—Hay dos extranjeros en la puerta sur, señor —dijo.

—Mis órdenes al respecto son claras, soldado —replicó Cull irritado.

—Uno de ellos es mago, majestad.

El rey se enderezó en su asiento. ¿Sería ésa la respuesta a las plegarias que había dirigido a los dioses del mar que su pueblo veneraba?

—¿Te han dicho quiénes son?

—Sí, caballeros de Esmeralda.

¿Cómo era posible? Aquellos guerreros habían desaparecido hacía varios siglos, víctimas de su codicia.

—Os traen un mensaje —añadió el soldado.

—En tal caso, condúcelos a la torre sur. Sé cortés con ellos, pero no les permitas entrar en contacto con nadie.

—Así se hará, majestad.

Cull se dirigió a la habitación principal, donde guardaba sus ropas de ceremonia, y llamó a sus sirvientes. Iba a recibir a sus visitantes como debía hacerlo un hombre de su rango, aunque su familia fuera rechazada por el resto del continente.

Durante aquel rato, los dos caballeros habían encendido fuego al borde del camino, en un espacio limitado por extraños menhires. Sento preparó té mientras Falcon se ocupaba de los caballos. Estaba oscureciendo y al supersticioso caballero no le gustaba estar en un lugar tan desprotegido. Fue a sentarse junto a Sento y aceptó agradecido la taza de té que le ofrecía.

—No tienes nada que temer, hermano mío. He explorado la región con mi mente y no hay nadie, excepto nuestros amigos los soldados y nosotros.

—¿Crees que nuestros poderes nos permiten detectar la presencia de dragones o de hombres insecto? —preguntó Falcon tembloroso.

—Si están vivos, sí, por supuesto.

—¿Y si su sangre fuera diferente a la nuestra?

—¡Falcon, por favor! Nos han adiestrado para reconocer todo lo que nos rodea y te aseguro que no hay aquí ningún peligro. Cálmate y sondea también este rincón para asegurarte.

Falcon dejó la taza y ralentizó su respiración, lo cual no le resultaba fácil cuando la oscuridad se apoderaba de Enkidiev. Cerró sus ojos azul turquesa y dejó entrar en él todas las vibraciones de la tierra y del cielo. Una sensación de calor relajante recorrió su cuerpo. Escuchó con atención todo lo que estaba ocurriendo en los alrededores y constató que Sento tenía razón. No apreció ningún peligro… hasta que un golpe seco le hizo abrir los ojos súbitamente. Las grandes puertas de metal giraban lentamente sobre sus goznes. Sento, que estaba de pie, se concentró para examinar la nueva situación.

—No percibo ninguna intención hostil —afirmó.

Una decena de soldados protegidos por armaduras plateadas avanzó hacia ellos, con la mano en la empuñadura de sus espadas, pero Sento estimó que se trataba tan sólo de una precaución. Estaba seguro de que no habían salido de su fortaleza para capturarles. Los hombres se detuvieron delante de ellos y los caballeros captaron su reticencia, pero habían recibido órdenes.

—Su majestad el rey Cull de Plata ha sido informado de vuestra presencia y desea entrevistarse con vosotros —dijo uno de ellos mirando la parte superior de sus cabezas.

Mientras Sento se inclinaba ligeramente ante el soldado en señal de sumisión, Falcon hizo una prospección mental de sus intenciones. Aquellos hombres eran unos niños cuando el rey Draka se refugió en Shola y desde entonces se habían sentido profundamente humillados.

Sento y Falcon recogieron sus cosas, recuperaron sus monturas y siguieron luego a los hombres de Plata hasta el otro lado de la muralla. Allí le aguardaban otros soldados a caballo, portando antorchas en las manos para iluminar el camino.

Los caballeros observaron discretamente lo que les rodeaba. Todo el reino se extendía entre murallas como si estuviera en el interior de una gran concha. Mientras cabalgaban hacia el palacio, vieron a lo lejos miles de puntos luminosos que indicaban las arracimadas casas de los habitantes del territorio, situadas todas el borde del mar formando pequeñas aldeas.

Pronto apareció la fortaleza real ante ellos. Aunque no era tan alta como la del reino de Esmeralda, cubría una mayor extensión. No tenía puente levadizo, sino unas enormes puertas de plata. Acudieron los sirvientes para ocuparse de sus caballos y otros soldados tomaron el relevo para conducirles a la torre donde moraba el rey.

Falcon no dejó de notar la reacción hostil de quienes se cruzaban con ellos y se percataban de su coraza verde adornada con piedras preciosas, que les recordaba crudamente la derrota del rey Draka. A su lado, Sento mantenía la cabeza alta, pero debían tener la misma sensación. Los soldados se detuvieron ante una puerta, la abrieron y se alinearon a ambos lados para dejar pasar a los extranjeros.

Los dos caballeros entraron en una gran pieza circular, en el centro de la cual había un trono de plata maciza que ocupaba un hombre cuyos rasgos daban claras muestras de fatiga. Estaba vestido con una túnica de color blanco inmaculado y sólo llevaba un cinturón de plata y una sencilla corona hecha del mismo metal precioso. Los caballeros se inclinaron ante él.

—Soy el rey Cull del reino de Plata —declaró con una voz oscura que dejaba traslucir su cansancio—. Mi mensajero me ha dicho que sois caballeros de Esmeralda.

—Así es, majestad —respondió Sento.

—Es extraño, porque tales caballeros desaparecieron hace mucho tiempo.

—Hace quince años, el rey Esmeralda I decidió restaurar esta Orden de caballería con muchachos de todo el continente que mostraran facultades excepcionales, a los que reunió y educó. Nosotros pertenecemos al primer grupo que fue seleccionado.

Cull los observó detenidamente y los caballeros se percataron de su profunda tristeza, pues había permanecido al margen de las decisiones y de la trayectoria del continente desde el comienzo de su reinado.

—Yo soy el caballero Sento de Esmeralda, y este que me acompaña, el caballero Falcon de Esmeralda —prosiguió el joven guerrero intentando desviar su atención de los pensamientos melancólicos que le atenazaban.

—¿Por qué habéis venido a verme?

Ambos caballeros intercambiaron sus miradas y convinieron telepáticamente en que Sento hablaría en nombre de los dos. Con una voz teñida de dolor y compasión, le refirieron lo que habían visto en el país de Shola.

—¿Habéis encontrado el cuerpo de mi hermano, el rey Shill? —quiso saber Cull, cuyo rostro había palidecido ostensiblemente.

—Sí, majestad —respondió Sento bajando los ojos—. Fue apuñalado por sus enemigos.

A Cull le costaba creer que un mago tan hábil como Shill no hubiera podido defenderse de semejantes monstruos. Permaneció silencioso durante un buen rato intentando imaginar los últimos momentos de la vida de su hermano.

—¿Qué ha pasado con la reina de Shola? —preguntó por último.

—También ha perecido, señor —informó Sento—, pero ella había ya confiado anteriormente su hija al rey Esmeralda I.

—Ignoraba que mi hermano tuviera una heredera —dijo extrañado Cull—. Yo pensaba que…

El rey no terminó su frase. Se levantó hasta la tronera que se abría sobre el paisaje y desde la que se divisaba a lo lejos el mar. Los caballeros no comprendieron la extraña emoción que invadía su corazón. Debiera haberse alegrado de que un heredero de su misma sangre hubiera sobrevivido a la masacre, pero por el contrario todo daba a entender que era presa de una gran envidia. Cull había estado enamorado de Fan y le contrariaba la idea de que hubiera dado un hijo a su hermano. «La reina ha debido hechizarle también a él», pensó Falcon. Sento dio un ligero codazo a su compañero de armas para llamarle al orden.

—¿Va a permanecer la niña en el reino de Esmeralda? —preguntó Cull, volviéndose hacia los jóvenes guerreros.

—La voluntad de su madre era que se convirtiera en caballera, majestad —respondió Sento.

—¿Se parece a Fan? —se interesó el rey acercándose a ellos con los ojos arrasados en lágrimas que trataba de disimular.

—En cierto modo sí —respondió el caballero tratando de eludir la pregunta.

Cull volvió a sentarse y suspiró con una sensación de cansancio que no era ficticio.

—Mis soldados me dicen que uno de vosotros es mago —dijo frunciendo el entrecejo.

—Todos los caballeros de Esmeralda lo somos, alteza —le aseguró Sento.

—¿Tenéis entonces poderes curativos?

—Algunos de nosotros los tienen más desarrollados que otros.

—Mi hijo está gravemente enfermo y ninguno de los remedios tradicionales consigue sanarle. ¿Aceptaríais cuidarlo?

—Sería un honor, señor.

A pesar de su enorme fatiga, Cull saltó de su asiento, abrió la puerta de la torre y echó a correr por los estrechos pasillos y las angostas escaleras sin preocuparse de ser atendido por su guardia personal. Los caballeros siguieron sus pasos en silencio, dándose por fin cuenta de cuál era su verdadero papel en el continente. Eran los protectores y los servidores de todos los habitantes de Enkidiev, incluso de los jóvenes príncipes enfermos.

Entraron en una amplia habitación de mármol blanco, iluminada por multitud de candelas, que sin duda era la cámara real. En la pared frontal se hallaba, entre dos grandes ventanales, un gran lecho cubierto por un dosel. Los velos opalescentes que lo cubrían flotaban dulcemente en la brisa del anochecer. Había armarios y lujosas cómodas adosadas a los restantes muros, así como un espejo incrustado en un soberbio marco de plata en forma de gaviota. La reina Olivi estaba sentada junto a una cuna del mismo metal que movía con dulzura. Era una mujer de rostro sereno y perfilado, con una larga cabellera dorada, cuyos bellos rasgos estaban marcados por las numerosas noches que había pasado velando a la cabecera de su hijo. Lanzó una mirada apagada a los dos extraños que acompañaban a su esposo.

—Son caballeros de Esmeralda —le anunció el rey— y son magos.

Un brillo de esperanza animó los ojos fatigados de la reina. Aquellos hombres habían venido para salvar a su hijo. Cull tomó con mucho cuidado al niño de la cuna y lo acercó a los caballeros. El bebé estaba pálido como la muerte y el sudor empapaba sus escasos cabellos negros. Con los meses que tenía, debiera estar rebosante de vida, pero permanecía inerte en brazos de su padre. Sento era el caballero de Esmeralda que más habilidades tenía para la sanación. Tendió sus manos y el rey Cull le entregó el príncipe sin dudarlo. Inquieta por su hijo, la reina se aferró a su esposo para observar al mago. El caballero colocó al infante sobre su brazo izquierdo y pasó lentamente su mano derecha por encima de su frágil cuerpo.

—¿Dónde puedo dejarlo? —preguntó al rey.

Cull se precipitó hacia una gran cómoda de madera clara y con un golpe brusco despejó la superficie de todo lo que contenía. Sento tendió allí al príncipe y le pasó la otra mano por encima.

—¿Podéis salvarle? —musitó el rey con voz suplicante.

—Su mal es profundo, majestad —respondió Sento—; sin embargo, creo que puedo ayudarle. Cuando le haya transmitido mi fuerza vital, auscultaré probablemente en su inconsciente y entonces habrá que hacer todo lo que el caballero Falcon os diga.

—Le obedeceremos a ojos cerrados —aseguró Cull.

Sento giró ligeramente la cabeza hacia Falcon y durante algunos segundos sus ojos intercambiaron información. Sí, eran verdaderos magos, comprendió la pareja real al sentir que entre ambos se establecía una curiosa comunicación energética fría e invisible. Sento se concentró seguidamente sobre el niño enfermo. Levantó las manos por encima de él y dijo algo en un lenguaje desconocido. Repentinamente se iluminaron sus manos y la reina Olivi llevó las suyas a la boca, ahogando un grito de sorpresa. El joven de la coraza verde colocó a continuación sus manos luminosas sobre el pecho del bebé, y luego sobre su cabeza. Al cabo de un momento, el caballero comenzó a temblar de manera incontrolable y la luz desapareció de sus palmas. Vaciló y Falcon tuvo que sujetarle de un brazo.

—¿Puede descansar en algún lugar apartado? —preguntó al rey disimulando la inquietud que le producía el desmayo de su compañero.

La reina le indicó rápidamente un lecho en una alcoba próxima. Falcon transportó a Sento hasta el lugar y lo tendió sobre las mantas. Pasó rápidamente la mano sobre su cuerpo y constató que su fuerza vital era muy débil.

—Ya sabes lo que hay que hacer —murmuró Sento con los ojos semicerrados.

Falcon sacudió vivamente la cabeza y le sujetó el antebrazo de la manera que sabían hacer los caballeros; luego, retrocedió. El cuerpo de Sento apareció rodeado entonces de un halo de luz blanca y Falcon se dispuso a montar guardia junto a él. La recuperación de la energía, tras un tratamiento terapéutico tan profundo, era un momento de extrema vulnerabilidad para un caballero. Uno de los compañeros de armas debía quedarse vigilando junto a él para que nadie pudiera tocarlo.

Sobre la cómoda, el infante se fue animando poco a poco bajo la incrédula mirada de sus padres. Nunca había manifestado tanta vitalidad desde que nació. Sus pequeños brazos se agitaron en todos los sentidos y, finalmente, se puso a llorar.

—Lo ha conseguido…, lo ha conseguido, esposo mío —murmuró Olivi, que aún dudaba de lo que estaba viendo.

Tomó tiernamente a su hijo en brazos y lo estrechó contra su seno con enorme alegría. Observándolos a ambos, Cull disfrutaba de aquel momento que significaba un golpe de suerte. El destino reservaba a veces esas sorpresas a los hombres. Acarició las mejillas de la reina y la cabeza del bebé y se dirigió a la alcoba donde Falcon velaba a su colega.

—¿Cómo está? —preguntó el rey con inquietud.

—Está recuperando sus fuerzas, majestad —respondió el caballero—. Dentro de algunas horas se habrá repuesto.

—Voy a dar órdenes para que os preparen una habitación más adecuada a fin de que los dos podáis descansar a gusto.

—Me temo que mi compañero no pueda desplazarse hasta que la luz del día retorne y le reconforte.

—En ese caso, pondré algunos criados a vuestra disposición. No dudéis en pedirles todo lo que necesitéis.

Falcon agradeció las atenciones y el rey se retiró en compañía de su esposa y de su hijo. El caballero colocó una silla a la cabecera de Sento y se quedó allí a velarlo. No debía dormirse antes de que su compañero de armas saliera de peligro, y nadie debía tocar el halo de luz blanca que rodeaba su cuerpo. Las instrucciones de Elund habían sido muy claras al respecto. Contempló el rostro apacible de su compañero esperando que la curación del príncipe heredero les permitiera persuadir al reino de Plata para que restablecieran sus relaciones con el resto del continente.

Sento recuperó la conciencia varias horas antes del alba. Las energías del cielo y de la tierra habían restablecido por completo sus fuerzas, de forma que cedió su plaza al compañero para que éste pudiera descansar un rato antes de la salida del sol. Bebió un poco de agua y colocó la silla junto a la ventana. Como era originario del reino de Fal, en los límites del Desierto, y había crecido en el reino de Esmeralda, en pleno centro de Enkidiev, Sento no conocía realmente el océano. Permaneció, pues, apoyado en la ventana admirando su inmensidad y viendo los primeros rayos del sol teñir el firmamento de rosa y gris. Sabía que existían otras tierras más al oeste, al otro lado del mar, pero estaban tan alejadas que no podían divisarse ni siquiera desde la cima de la montaña de Cristal. En aquellas tierras lejanas vivían los dragones que devoraban el corazón de los seres de sangre caliente.

Falcon se despertó cuando llegó un mensajero del rey para invitarles a compartir con él la primera comida del día. Ambos caballeros se asearon rápidamente, dedicaron unos minutos a la meditación y siguieron a los sirvientes. Llegaron a una enorme sala de mármol blanco adornada con tapices bordados en azul y plata que representaban a criaturas marinas desconocidas para ellos. Una de ellas era un inmenso pez con el dorso negro y el vientre blanco, provisto de una hilera de dientes afilados. La otra era aún más extraña: tenía una cabeza redonda que estaba provista de un solo ojo y de una multitud de largas patas. Wellan habría sabido identificarlas, porque había leído todos los libros de la biblioteca de Esmeralda, pero para Sento y Falcon eran bestias tan espantosas como los dragones devoradores de hombres.

Los dos caballeros se sentaron a la mesa con el rey. Cull y su esposa mostraban un rostro radiante.

—Habéis salvado la vida a mi hijo, caballeros —declaró el rey con una amplia sonrisa—. Pedidme lo que queráis, que os lo daré.

—Os quiero pedir, señor, que si uno de los niños de vuestro reino muestra poseer talento para la magia, le permitáis convertirse en un caballero de Esmeralda —contestó Sento.

—Os doy mi palabra de que así será —concedió el monarca.

Los sirvientes pusieron sobre la mesa pan, miel, huevos y fruta, y los dos viajeros comieron con apetito.

—¿De modo que vuestra misión consistía en anunciarnos el trágico destino del reino de mi hermano? —preguntó con rostro serio el rey Cull.

—Hemos venido a pediros que preparéis a vuestro pueblo para una posible invasión proveniente del mar —informó Falcon—, pero cuando hemos visto la muralla que rodea vuestro reino, nos hemos dado cuenta de que ya estáis seguros.

—Al menos queríamos entrevistarnos con vos y haceros saber que los caballeros de Esmeralda han sido recuperados —añadió Sento.

—Es una novedad interesante —reconoció el soberano—. En cuanto a la muralla, ordené que se construyera al inicio de mi reinado para proteger a mi pueblo de posibles represalias de otros reinos tras el exilio de mi padre.

—Lo cual, finalmente, os salvará a vos y a vuestros súbditos —señaló Sento.

El rey los observó en silencio durante un momento, lo mismo que hacía Esmeralda I cuando estaba a punto de tomar una decisión importante.

—Decid a vuestro rey que acogeremos a todos aquellos que pidan asilo si se declara esta guerra —añadió por último—. Pero antes de que regreséis a vuestro territorio, me gustaría que asistierais al ritual funerario que vamos a celebrar en memoria de mi hermano y de su mujer.

—Será un honor para nosotros —aseguró Falcon.

Satisfechos por el éxito de su primera misión, los dos caballeros brindaron por la salvación del reino de Plata.