11. Un pueblo tenaz
11
Un pueblo tenaz
Los caballeros Dempsey y Bergeau se separaron en la playa a la entrada del reino de Cristal. El primero se dirigió hacia el interior del territorio mientras su compañero seguía su camino, llevando consigo el caballo que transportaba las provisiones.
Lo único que sabía Dempsey de este reino era que acababa de pasar a las manos de un joven rey que tendría aproximadamente la misma edad que él. El reino de Cristal consistía en una larga sucesión de valles cubiertos por algunos árboles, donde pastaban numerosos rebaños en plena libertad. Sus habitantes, fieros y combativos, se habían defendido con bravura cuando sobrevino la primera invasión de los hombres insecto. Aunque estaban rodeados por cuatro reinos diferentes, los hombres de Cristal nunca habían tratado de adoptar las costumbres o los modos de vida de sus vecinos. Estaban orgullosos de su independencia y no les gustaba que los extranjeros traspasasen sus fronteras sin necesidad. Dempsey esperaba que se produjera una reacción rápida ante su presencia, y no se equivocó.
En cuanto recorrió algunos kilómetros en dirección este, husmeó el peligro. Avanzaba con la mano puesta en la empuñadura de su espada, y decidió mantenerse alerta hasta que los espías se dejaran ver. Ignoraba dónde se encontraba el palacio del rey de aquel gran país, de modo que su ayuda resultaba imprescindible. Aparecieron los maestros del camuflaje en el momento en que Dempsey descendía hacia la ribera del río Mardall, que separaba el territorio del mar. Quedó rodeado de inmediato por una decena de hombres armados con espadas y revestidos de túnicas cuya tonalidad se confundía con la vegetación del entorno.
—¿Quién eres y qué haces en los dominios del rey de Cristal? —le preguntó el que parecía tener más edad de todos ellos.
—Soy el caballero Dempsey de Esmeralda —respondió con bravura— y traigo un mensaje para vuestro soberano.
Los hombres se consultaron con la mirada y Dempsey pudo captar su confusión. El reino de Cristal era un territorio de escasos recursos naturales y sus habitantes ocupaban casi todo su tiempo en atender a su subsistencia, sin poderse dedicar a leer libros de historia. No tenían ninguna idea de qué fuera un caballero de Esmeralda, ni antiguo ni moderno.
—Si eres de Esmeralda, creo que no habrá ningún problema en que hables con el rey —dijo el hombre, aún inseguro.
Todos admiraron su coraza verde adornada con piedras preciosas en forma de cruz, y el caballero comprendió que las gemas no eran algo habitual para ellos. Tomaron la delantera precediéndole, sin dejar por ello de vigilarle. Dempsey los veía pendientes de él y llegó a preguntarse si no habrían decidido alejarse del castillo cuando comprobó que estaban bordeando el río en dirección oeste. La corriente no era muy fuerte, pero sí profunda. En la orilla opuesta observó el caballero a unos niños que pescaban a la mosca. La mayoría se quedaba contemplando su paso. ¿Sería a causa de su caballo o de las piedras preciosas de su coraza que brillaban al sol?
Sus guías se detuvieron finalmente al borde del agua y uno de ellos hizo sonar un gran cuerno de color negro para prevenir a los habitantes de los contornos de que se acercaba un viajero. Era aquélla una sociedad bien organizada, de forma que al caballero no le cupo ninguna duda de que sabrían defenderse de manera eficaz contra el posible invasor. Si Wellan tenía razón, los dragones temían el agua y la aldea se hallaba al borde del río. Su posición era una excelente defensa natural contra aquellos monstruos. Los hombres se metieron en el agua hasta que les cubrió la cintura y Dempsey los siguió sin apearse del caballo, manteniéndose en extremo vigilante.
Prosiguieron el recorrido entre los valles sembrados de chabolas reunidas en pequeños grupos, entre las cuales podían verse cabras y niños. Cerca de las casas de piedra había mujeres preparando la comida o confeccionando vestidos.
—¿Dónde están los hombres? —quiso saber Dempsey, bastante extrañado por su ausencia.
—Un poco por todas partes, en los campos, en el molino —le respondió uno de los guías alzando los hombros—. Se ocupan de los animales y de la vigilancia. Nunca están muy lejos de sus familias.
Atravesaron bastantes aldeas, todas muy pequeñas, y más adelante Dempsey vio una enorme cabaña junto a un molino de viento. Los hombres la señalaron indicando que era la morada del rey Cal y de la reina Felicia. Era curioso, pensó el caballero, que algunos monarcas hubieran decidido vivir en lugares tan expuestos. Aquella enorme mansión no estaba fortificada y cualquiera hubiera podido penetrar en ella y sembrar la destrucción. No era muy prudente dejar sin protección a los personajes más importantes del reino.
Dempsey descendió del caballo ante el extraño palacio cuyo tejado estaba cubierto de paja. Uno de los guías lo condujo al interior mientras los otros se ocupaban del animal. La austeridad del lugar asombró al caballero. Numerosas habitaciones se sucedían alrededor de un gran vestíbulo, siendo sus paredes simples pieles colgadas de las vigas que sostenían el techo. Un enorme hogar de piedra ocupaba el centro de la casa.
A pocos pasos del fuego, un hombre vestido con una túnica amarillenta jugaba con un niño al que hacía saltar sobre sus rodillas. Llevaba una larga melena de color castaño sujeta por una diadema dorada que rodeaba su frente. Al observar que se acercaba aquel extranjero, detuvo su juego.
—Cal, este hombre quiere hablar contigo —le dijo el guía señalando a Dempsey.
El rey de Cristal dejó al niño en el suelo y murmuró algo en su oído. El pequeño se fue riendo y el soberano avanzó hacia el guerrero vestido de verde, tendiéndole amistosamente la mano. Dempsey le ofreció la suya y, con gran sorpresa por su parte, el rey le tomó por el antebrazo a la manera de los caballeros. Los ojos grises del hombre estaban llenos de sabiduría y de experiencia, a pesar del aspecto juvenil de su rostro.
—Soy el rey Cal —declaró sin más formalidades.
—Y yo el caballero Dempsey de Esmeralda, majestad —se presentó el joven, haciendo una inclinación.
—¡Es lo que pensaba! Venid por favor, sentaos.
Lo condujo cerca del hogar y le hizo sentarse en un sillón de madera. Cuando comprendió que el rey se encontraba seguro en compañía del hombre adornado con piedras preciosas, el guía los dejó solos para retornar a su puesto de vigilancia. Al observar la decoración artesanal que había en torno suyo, Dempsey comprendió que aquellos hombres eran diferentes de los demás. Estaban instalados en la costa y eran los vecinos del reino de Zenor, donde se había desarrollado la batalla decisiva contra el invasor varios siglos antes, por lo que habían sufrido pocas pérdidas.
—Estoy orgulloso de encontrar un auténtico caballero de Esmeralda —confesó cándidamente el rey—. Uno de nuestros muchachos está estudiando ahora con el mago Elund. Esa vestimenta le caerá bien.
—Hemos elegido vestirnos como los caballeros de antaño, majestad, pero nuestros valores tienen mayor nobleza.
—No eres el único que ha sido formado hasta ahora, ¿verdad? ¿Dónde están los demás?
—Nos hemos separado para prevenir a los reinos costeros del peligro que nos acecha a todos. Temo que el enemigo rechazado por nuestros antepasados esté de vuelta. Ya ha devastado el reino de Shola, sin dejar supervivientes.
—¿Ninguno? —exclamó alarmado el rey—. ¿Han aniquilado un pueblo entero?
—En una sola noche, majestad.
El rey se puso a recorrer a grandes pasos la amplia estancia, con la mirada en el suelo; luego, se detuvo y lanzó una mirada valerosa al caballero.
—¿Dónde ha ido el enemigo? —preguntó hinchando el pecho como un dios de la guerra.
—Se han retirado por el mar, y no sabemos dónde desembarcarán la próxima vez. Por eso estamos alertando a todos los reinos costeros.
—¿Qué estrategia nos sugieren los caballeros?
—No debéis enfrentaros al enemigo en solitario. Nos matarán a todos si actuamos independientemente. De momento debéis adoptar precauciones defensivas.
—Estoy de acuerdo. Si las leyendas no mienten, estas criaturas son difíciles de eliminar. Acataremos vuestras instrucciones.
Dempsey le pidió que le hablara de aquellas leyendas que conocía Wellan, pero ninguno de los demás caballeros. El rey Cal le explicó que el pueblo de Cristal no conservaba ningún texto escrito, y que los sucesos del pasado eran transmitidos de generación en generación por los narradores. Éstos eran elegidos en función de su memoria y de su elocuencia. Dempsey se mostró inmediatamente interesado en conocerlos y en escuchar lo que pudieran decirle sobre el misterioso adversario. El rey prometió reunirlos en la comida de la tarde y lo condujo al exterior.
Se instalaron en una gran barcaza plana en la orilla de un lago cercano al palacio, y Cal fue describiendo al caballero de Esmeralda los diferentes sistemas de defensa de su pueblo.
Sólo al atardecer, cuando estaban alrededor de una gran fogata cuyas llamas crepitaban alegremente, pudo Dempsey averiguar algo más sobre los temibles dragones. Los narradores más ancianos habían respondido a la llamada del rey e hicieron un retrato muy inquietante del invasor. Uno de los oradores, de largo cabello blanco, dirigió al caballero una mirada tan clara como el cielo de verano.
—Cuando aquellas temibles bestias asolaron por primera vez el territorio de Enkidiev, llegaron atravesando las tierras desérticas del sur, porque detestan el agua.
La asamblea que congregaba a hombres, mujeres y niños permanecía silenciosa, porque no era frecuente que los narradores quisieran hablar de aquel periodo tan sombrío de la historia.
—¡Pues hemos visto las huellas de esas bestias en la nieve! —indicó sorprendido el caballero.
—Existen seguramente otras clases de dragones —dijo el rey—, lo cual complicará nuestra estrategia defensiva porque contábamos con nuestros lagos y nuestras riberas para detenerlos.
—También habrá otras formas de matarlos —apuntó Dempsey—. Decidme lo que sepáis de los antiguos dragones.
Todas las miradas se dirigieron al caballero de los cabellos rubios y el rostro pálido, pero Dempsey no se dio por aludido porque tenía focalizada su atención en el narrador.
—Son animales dos veces mayores que un caballo —prosiguió el anciano—. Sus patas terminan en dedos en lugar de pezuñas, como los lagartos. Tienen un largo cuello y una cola erizada de espinas cortantes. Su cabeza es triangular y su hocico puntiagudo termina en una boca provista de dientes acerados.
—¿Son muy rápidos?
—Tan rápidos como un caballo, pero más difíciles de manejar. Sus dueños no siempre acertaban a dominarlos, lo que permitió a nuestro pueblo matar a muchos de ellos.
—¿De qué manera?
—Atrayéndolos a unas trampas como las que se preparan para la caza mayor, lo mismo que hacen los pueblos salvajes de las grandes selvas, y después quemándolos vivos. Algunos murieron ahogados en las marismas y en las aguas pantanosas, pero fueron los menos.
Dempsey se hallaba perdido en medio de sus pensamientos. «Esos monstruos no parecen invencibles, pero ¿cómo puedo estar seguro de que son los mismos que han atacado el reino de Shola?», se preguntaba. Sólo había una forma de saberlo, pero el caballero dudaba a la hora de interrogar al narrador en presencia de tantos jóvenes inocentes.
—¿De qué se alimentaban esas bestias? —preguntó finalmente.
—No lo sabemos —confesó el narrador.
Dempsey pensaba que si habían devorado el corazón de los humanos en el pasado, alguien habría que se acordara. Podría no tratarse del mismo animal. El rey observó la decepción del caballero y se inclinó hacia él preguntándole al oído qué era lo que verdaderamente quería saber. Dempsey contempló al montón de niños que le rodeaban y se mordió los labios en medio de la duda. El rey Cal comprendió entonces lo que le impedía hablar. Sin dejar traslucir su inquietud, dijo jovialmente que era ya la hora de llevar a los niños a la cama. Las mujeres los reunieron a pesar de sus protestas y se dirigieron hacia las cabañas, llevando antorchas en las manos.
El caballero esperó a que no hubiera más que hombres y ancianos alrededor del fuego para revelarles la horrible suerte que había correspondido a los habitantes de Shola, lo cual causó a todos los presentes un gran espanto. Los propios narradores no habían oído nunca hablar de un dragón que devorara de aquel modo el corazón de los humanos.
—Habrá que estar preparados para enfrentarse esta vez a monstruos distintos —suspiró el monarca—. Decid al rey de Esmeralda que estamos dispuestos a unirnos a sus caballeros para proteger Enkidiev.
Dempsey pasó la noche en la cabaña del rey y descubrió que muchas familias compartían el espacio con la pareja real. Por la mañana le despertaron las risas de los niños que jugaban alrededor de sus camastros. Se enderezó sobre su cobija y cogió a uno que no cesaba de reír.
El caballero desayunó con los acompañantes del rey. Eran gente sencilla que se divertía contando historias y chistes. Les oyó también hablar de sus preocupaciones cotidianas, lo cual le proporcionó una mejor comprensión de su mundo. Dejó que los niños tocaran las piedras preciosas de su coraza y luego montó en su silla. El rey Cal le abrazó amistosamente y la reina Felicia, tan sencilla como su esposo, le ofreció un cesto con provisiones. Dempsey les agradeció su hospitalidad y les recomendó que pusieran todos los centinelas posibles a la orilla del mar. Luego, se dirigió hacia el este, tomando el camino del reino de Esmeralda.