20. Hallazgos inesperados
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Hallazgos inesperados
A muchos kilómetros de allí, sentados ante el fuego que habían encendido en el extremo norte del reino de Diamante, junto a la frontera del reino de Ópalo, Wellan y Sento habían captado el terror de Jasson. Durante un instante temieron que hubiera caído en una emboscada, pero comprendieron pronto que su visión emanaba de otro lugar y de un tiempo anterior. Wellan advirtió las miradas preocupadas de sus jóvenes escuderos.
—Era Jasson —murmuró.
—Ha tenido una visión espantosa y, como estamos unidos mentalmente, la hemos captado también —añadió Sento—. Pero ya ha pasado, no debéis inquietaros.
—¿Estaremos unidos de la misma forma con vosotros cuando nos convirtamos en caballeros? —preguntó Bridgess, llena de esperanza.
—No lo sé —respondió Wellan—. No hemos sido escuderos, como vosotros, y nunca nos hemos separado como habéis tenido que hacer. Por esa razón es tan poderoso el vínculo entre nosotros. Ignoro si os pasará algo parecido.
A continuación recomendó a los aprendices que se envolvieran en sus mantas y se durmieran. Los dos caballeros hicieron lo mismo, acurrucándose junto al fuego y teniendo a la vista a sus escuderos.
A primera hora de la mañana, los caballeros y sus protegidos reemprendieron la ruta. Wellan había consultado los mapas del continente antes de su partida y sabía que debían bordear el río Amimilt, en el centro del reino de Ópalo, para alcanzar el palacio del rey Nathan.
Cabalgaron sin apresurarse, porque Wellan quería memorizar todos los detalles del paisaje, lo que les sería de gran utilidad si en alguna ocasión tenían que abandonar deprisa aquellos lugares. Era un país arbolado al que permanentemente barría un viento fresco. Abundaba la caza mayor, pero llevaban bastantes provisiones y no tenían necesidad de nada más.
—¿Cómo van las cosas, Bridgess? —se interesó Wellan al detectar su repentino cansancio.
—Os mentiría si respondiera que bien, maestro.
Wellan se giró sobre su montura y sondeó psíquicamente a los dos muchachos. Pronto se dio cuenta de que sus piernas estaban doloridas.
—Creo que debiéramos caminar un poco —sugirió Sento.
Los caballeros echaron pie a tierra y ayudaron a sus escuderos a bajar de los caballos. Desentumecieron sus músculos durante un buen rato, llevando de la brida a sus dóciles monturas, y la niña pareció agradecer el ejercicio.
—Tienes que ir endureciendo tus músculos —le dijo el caballero sin ningún tono de reproche.
—Lo conseguiré, maestro, os lo prometo.
La miró con aire divertido. A pesar de su poca edad, tenía una voluntad de hierro y mucha determinación. No tuvo ninguna duda de que se convertiría en una excelente guerrera con el paso de los años, e incluso en una gran jefa, como él mismo.
Al cabo de una hora, los caballeros hicieron que sus escuderos volvieran a montar a caballo. Afortunadamente, el palacio no estaba muy lejos. Podían ver ya sus torres detrás de un espeso bosque de coníferas. Era una fortaleza completamente blanca, de un estilo más simple que la de Esmeralda. Sus altos muros de piedra se extendían a lo largo de kilómetros y únicamente su fachada principal no estaba protegida por la vegetación.
—¿Qué es lo que sabes sobre este reino? —preguntó Sento a su jefe.
—El reino de Ópalo es el más independiente de todos. Su situación geográfica lo dejó al margen de la última gran guerra. Los dragones no consiguieron llegar hasta aquí porque fueron detenidos por los primeros caballeros antes de alcanzar el reino de Esmeralda. Pienso que no se van a sentir afectados por la nueva invasión. Tendrás que mostrarte muy persuasivo, hermano mío.
—Ellos son vecinos de tu antiguo reino, ¿no es así? —prosiguió Sento, pensando ya en su estrategia.
—Exacto. Los reinos de Ópalo y de Rubí comparten terrenos de caza en su frontera, pero aunque no existe rivalidad alguna entre los dos reyes, tampoco les une ningún lazo de amistad. Se respetan, sin más.
—Cuéntame algo del rey de Ópalo.
—El rey Nathan ha heredado recientemente el trono tras la muerte de su padre, el rey Olum. Se dice que no es muy partidario del progreso. Y a la reina no la conozco.
Se adentraron por un camino de tierra que parecía conducir directamente al palacio y pronto fueron interceptados por un grupo de guerreros armados hasta los dientes. Llevaban corazas metálicas adornadas con un águila de alas abiertas, sobre túnicas y calzado de color negro. Todos montaban corceles de combate.
—¿Quiénes sois? ¿Qué hacéis en las tierras del rey Nathan de Ópalo? —gritó el jefe de la tropa en un tono agresivo.
—Somos caballeros de Esmeralda y solicitamos audiencia al rey —respondió Wellan tratando de sondear sus verdaderas intenciones.
Sabía que Sento estaba haciendo lo mismo. Aquellos hombres eran duros de roer. No se les había inculcado ninguna noción de respeto ni de civismo, y su rey debía ser del mismo tipo.
—Hemos recibido la orden de no dejar pasar a nadie —advirtió el soldado.
—Lo que hemos de decir al rey Nathan es de la mayor importancia —replicó con calma Wellan.
Algunos de los hombres se pusieron a reír. Los caballeros sintieron que sus jóvenes protegidos se rebelaban ante tal insolencia, y les enviaron una oleada de tranquilidad. No era el momento de provocar a aquellos insensatos.
—¿Quisierais llevar al rey un mensaje de nuestra parte? —insistió el caballero principal, que no quería seguirles el juego.
—Somos soldados, no mensajeros.
—En ese caso comprenderéis que vuestro rey debe estar cuanto antes al corriente de la guerra que se avecina —intervino Sento—. Y como parece que no sois capaces de descubrir al enemigo por vosotros mismos, antes de que sea tarde…
Wellan y Sento intercambiaron una mirada de complicidad e indicaron silenciosamente a sus escuderos que los imitaran.
—Decid también a vuestro rey que sus vecinos del reino de Diamante nos han recibido mucho mejor y que nos volvemos allí —dijo Wellan levantando orgullosamente la cabeza—. Si quiere saber algo más sobre el enemigo que se apresta a apoderarse de Enkidiev, que venga a preguntárnoslo.
Lo caballeros volvieron grupas dejando allí plantados a los soldados, que no salían de su asombro. Los escuderos no entendían la reacción que intentaban provocar sus maestros, pero les siguieron sin dudarlo. Wellan y Sento utilizaron sus facultades mágicas para conocer la reacción de los soldados, aunque sólo percibieron su confusión. Su jefe galopaba tras ellos, pero los caballeros no ralentizaron de ningún modo su marcha. No era cuestión de facilitarles las cosas después de un recibimiento tan agresivo.
—Somos los soldados de Ópalo —gritó el jefe, galopando detrás de Wellan—. Si tenéis información de importancia, debéis dárnosla.
—Los caballeros de Esmeralda sólo hablan con los reyes —replicó Wellan en un tono glacial.
El soldado espoleó su caballo y le hizo cruzarse en el camino. Aparentemente no había captado el tono del caballero.
—El rey sólo concede audiencia a los guerreros valerosos, no a los petimetres que se pasean luciendo corazas adornadas con piedras preciosas.
—No tenemos nada que probar a ese respecto —se impacientó Sento.
—En este reino, sólo los verdaderos hombres tienen derecho a la palabra —se burló el soldado—. Si queréis ver al rey, será necesario que uno de vosotros se enfrente a mí en combate. Luego, decidiré si os conduzco o no al palacio.
—En ese caso seré yo —decidió Wellan, con una sonrisa burlona que heló la sangre a los soldados.
En general, los extranjeros que osaban tomar aquella ruta y se topaban con el desafío, ponían pies en polvorosa, pero el caballero de la coraza verde no parecía tener ningún miedo. Por el contrario, daba la sensación de estar contento por haberse topado con la posibilidad de combatir.
Silenciosamente, los soldados de Ópalo formaron un gran círculo alrededor de ellos. El combate tendría lugar allí mismo, en medio del camino. Sento pidió mentalmente instrucciones a Wellan, quien le respondió del mismo modo. Si las cosas se tuercen, llévate los aprendices al reino de Esmeralda y sigue organizando la defensa del continente en mi lugar Pero no preveo tener problemas.
Interceptó entonces una mirada inquieta en Bridgess y le hizo un guiño, echando acto seguido pie a tierra. Le entregó las riendas de su caballo y se dirigió luego a su compañero de armas y a los dos muchachos. Pase lo que pase, no intervengáis. A continuación se aproximó al soldado, que pisoteaba el suelo con impaciencia. Si los hombres de Ópalo estaban tan deseosos de combatir como parecía demostrar aquel sujeto, era explicable que el mago Elund quisiera incorporarlos a su Orden.
—¡Mostradme lo que lleváis dentro, caballero de Esmeralda! —gritó con voz desafiante el soldado, blandiendo al mismo tiempo su espada.
No parecía impresionarle la enorme estatura de Wellan ni su mano poderosa que se dirigía a la empuñadura de su arma para sacarla de su vaina. Sin duda desconocía la historia de los caballeros de Esmeralda y sus poderes mágicos.
El soldado atacó primero, y durante algunos minutos Wellan se contentó con parar sus golpes, mientras calculaba las fuerzas de su contrincante. Aunque no quería humillarle ante sus subordinados, debía hacerle comprender que los caballeros de Esmeralda eran una raza especial de guerreros.
Viendo que el hombre repetía siempre el mismo esquema de ataque, compuesto de golpes directos, sin matices, y de paradas mecánicas, Wellan decidió complacerle y mostrarle lo que llevaba dentro. Sus musculosos brazos manejaban la espada con facilidad, de manera que la hizo girar sobre su cabeza antes de atacar a su adversario por todas partes. El hombre retrocedió ante aquella avalancha de golpes, con los ojos como platos. Jamás había combatido con alguien tan potente y veloz. Wellan reunió toda su energía y asestó un golpe tremendo que desequilibró a su contrincante. Un segundo golpe a gran velocidad lo desarmó. Dio luego una violenta patada a su enemigo en el pecho, y el hombre retrocedió pesadamente hasta caer al suelo. El caballero le puso entonces la punta de su espada en la garganta y le ofreció su sonrisa más sádica.
—¡Soy el caballero Wellan de Esmeralda! —rugió en plan triunfal.
Lo soldados que les rodeaban echaron mano de sus espadas, pero Wellan levantó su mano libre y una fuerza invisible les arrebató las armas, que se apilaron en el suelo ante el caballero.
—¡Es un brujo! —exclamó uno de los soldados.
—¡Antes de desafiar a un caballero de Esmeralda, debierais informaros bien, soldados de Ópalo! —les reconvino Wellan—. ¡No sólo somos los guerreros más poderosos del continente, sino también unos grandes magos!
Wellan dio un paso atrás y envainó su espada. Su adversario se fue incorporando apoyándose en los codos, mientras en su mirada podía leerse un respeto de nuevo cuño. El caballero, consciente de que había atraído la atención de la concurrencia, elevó sus dos brazos hacia el cielo y las espadas se levantaron en el aire bajo la mirada petrificada de los soldados. Reprimiendo una sonrisa de satisfacción, Wellan bajó repentinamente los brazos y las armas fueron a clavarse en los árboles que bordeaban la ruta. El vencido se levantó y hundió una rodilla en tierra ante el caballero de los sorprendentes poderes.
—Soy Kardey de Ópalo, jefe de los soldados de su majestad el rey Nathan. Os conduciré hasta él.
Wellan le saludó con una ligera inclinación de cabeza y retrocedió hasta llegar a la altura de su caballo. Bridgess seguía sus movimientos con una renovada admiración. No era solamente su maestro, sino que se había convertido en su héroe.
—Has dado un buen espectáculo —murmuró Sento con una sonrisa divertida.
—Gracias —respondió Wellan subiendo a la silla y mostrándose muy satisfecho de sí mismo.
Tras haber recuperado sus espadas, los soldados, que se habían vuelto repentinamente dóciles, les escoltaron hasta el palacio. Al penetrar en su recinto comprendió Wellan por qué la fortaleza era tan extensa. Los campesinos no vivían en la zona exterior, sino dentro de la muralla. A ambos lados de una avenida poblada de álamos se alineaban las pequeñas casas, cada una con su jardín. El camino conducía a un palacio de dos plantas construido en piedra de color arenoso. Tenía varios balcones en la fachada, y las balaustradas estaban adornadas con estandartes negros en los que se habían bordado animales plateados. Al oeste de los pabellones había grandes extensiones de terreno cultivadas por los campesinos y, más al norte, inmensas praderas que proporcionaban pasto a los animales.
Unos palafreneros se apresuraron a hacerse cargo de los caballos mientras el jefe de los soldados introducía a los visitantes en un gran salón donde ardía la leña en medio del hogar. Los sirvientes les ofrecieron bebidas al tiempo que les miraban sorprendidos. Era evidente que no estaban acostumbrados a ver extranjeros en su reino.
Bridgess bebió el vino caliente sin apartar su mirada de Wellan. Cuando se dio cuenta de ello, el gran jefe fue a sentarse a su lado. Sento estaba delante del fuego y respondía a las preguntas de su propio escudero.
—¿Por qué me miras como si temieses que fuera a desaparecer? —preguntó Wellan a su aprendiza.
—Oh, no, maestro —respondió la muchacha—, estoy segura de que no desapareceréis jamás.
Wellan sonrió y colocó su mano sobre el brazo de su protegida con mucho afecto.
—Nadie es eterno, jovencita.
—Pero vos sois muy fuerte para que nadie os venza fácilmente.
—No soy fuerte, Bridgess —replicó Wellan—, soy sobre todo astuto. Conozco mis virtudes y mis defectos, y sé cómo servirme de ellos para obtener los mejores resultados posibles. Soy un buen espadachín porque mis brazos son sólidos, pero no tengo demasiada resistencia. Por eso tengo que acabar rápidamente mis combates si quiero ganarlos. En cuanto a los recursos de magia que he utilizado, tú puedes hacer lo mismo. Sólo hay que saber aplicarlos bien, es todo.
—¿Me enseñaréis a utilizar los míos?
—Para eso te han confiado a mí.
Cuando el rey Nathan supo que los caballeros procedían de Esmeralda y habían derrotado a sus mejores guerreros, se quedó muy impresionado. Kardey, el jefe de su guardia, le describió su combate contra Wellan con todo detalle. Cuando se refirió a la magia que había utilizado, el rey se levantó lentamente de su trono. Le habían informado de que estos nuevos caballeros eran superiores a los de antaño, porque los preparaban desde la infancia, pero creía que era una simple jactancia de Esmeralda I.
—¡Que se prepare una fiesta en su honor! —ordenó el rey a sus sirvientes.
En la gran sala que habían puesto a su disposición, Wellan se tendió en el suelo, cerca del fuego, relajó todos sus músculos y dejó que su conciencia se eclipsara. En el corazón de cada caballero había un rincón de calma donde les gustaba refugiarse de vez en cuando para centrarse. No era necesario que permanecieran allí mucho tiempo, pero debían acudir a menudo. El santuario de Wellan era la imagen de una gruta a la que le gustaba ir siendo niño, cuando vivía en el reino de Rubí. Era una formación natural de gran belleza, que había descubierto por azar junto a su hermano Stem. Sólo se podía acceder a ella a través del río Sérida, que discurría cerca del palacio.
Wellan había quedado impresionado por los muros cubiertos de cristales que brillaban a los rayos de un sol difuso. La luz dorada se reflejaba en las aguas del río y se refractaba luego sobre la entrada medio sumergida de la gruta. Era casi un lugar irreal, como en los sueños, donde se podía escuchar el sonido del silencio. Había elegido como referencia ese espacio para situarlo dentro de él y retirarse allí cuando tuviera necesidad de recuperar las fuerzas.
Cuando volvió a abrir los ojos, era casi de noche. Bridgess velaba a su lado y le observaba con atención.
—El rey acaba de llamarnos —le dijo.
Wellan se incorporó al instante. Los sirvientes les condujeron hasta la sala del banquete donde se había reunido toda la corte. El rumor de la derrota de Kardey a manos de un gigante llegado de un país extranjero se había extendido como el viento y todos esperaban con ansia conocer a tal campeón.
Un murmullo corrió entre los asistentes cuando vieron entrar al caballero vestido de verde que les sacaba a todos una cabeza. Consciente del efecto que provocaba, y lleno de orgullo, Wellan aún se estiró más. Si el pueblo de Ópalo amaba a los grandes guerreros, allí estaba él. Se detuvo ante Nathan de Ópalo y se inclinó respetuosamente, imitándole Sento y los escuderos.
—Soy el caballero Wellan de Esmeralda. Éste es mi compañero de armas, el caballero Sento de Esmeralda, y ellos nuestros escuderos, Bridgess y Kerns.
—¿Hay muchachas entre vosotros? —preguntó con extrañeza el rey.
—Así es, alteza. Los caballeros pueden ser hombres o mujeres. Es el valor lo que cuenta, no el sexo.
Wellan constató entonces que en la sala sólo había hombres, a excepción de una mujer y de una niña pequeña en el extremo opuesto de la mesa real, seguramente la reina y la princesa. El monarca les presentó a su corte de dignatarios y luego los invitó a cenar con él. Wellan dejó que Sento se sentara junto al rey para que pusiera en marcha su poder de persuasión, y prefirió sentarse entre los dos aprendices. Vio a Kardey en otra mesa y lo saludó, haciendo con la cabeza una señal de respeto. El soldado, sorprendido, le devolvió el saludo. Era importante para un caballero tener aliados en todas partes, explicó Wellan a los muchachos. Lástima que no hubiera seguido sus propios consejos en el reino de los Elfos…
Cuando Sento describió los dragones invasores al rey, toda la sala quedó en silencio y los asistentes le escucharon con atención. El caballero era un buen orador, de modo que supo hallar las palabras oportunas para grabar de manera indeleble la imagen de los monstruos en la memoria de los oyentes. A continuación les refirió los horrores sufridos por los sholienos. Mientras Sento se dirigía con elocuencia a la corte de Ópalo, Wellan observaba a la niña, que permanecía inmóvil junto a la reina.
¿Cómo te llamas?, le preguntó el caballero utilizando su fuerza mental. Swan, respondió ella por el mismo procedimiento. Aquella niña tenía posibilidades de convertirse en una caballera de Esmeralda, dedujo Wellan. Yo también puedo hacer volar las espadas por los aires, pero mi madre me lo impide. Dice que las mujeres no deben llamar nunca la atención. Wellan continuó dialogando con la niña sin que nadie lo advirtiera. Le explicó que las cosas eran distintas en el reino de Esmeralda, donde las niñas sí podían soñar con llegar a pertenecer a la Orden de los caballeros. Le habló de Chloé y de Bridgess, quienes tenían facultades que los hombres no poseían.
La mano de Bridgess le tocó la pierna y le hizo retornar a la conversación que mantenían el rey y Sento. Wellan volvió hacia ellos la cabeza, como si no se hubiera perdido ni una palabra.
—Creo que las trampas podrían ser una buena solución para detener el avance de esas criaturas, si estáis seguros de que no pueden ser cazadas y muertas como los grandes animales que conocemos —admitió Nathan.
Sento dirigió a Wellan una insistente mirada y dio a la corte las explicaciones complementarias sobre los dragones y los hombres insecto que cabalgaban sobre ellos. Abrió a continuación el cilindro colgado de su cintura y extendió los planos ante el rey, que los examinó arrugando la frente.
—¿Dónde preferiríais cavar las fosas? —preguntó finalmente a Wellan.
—En la frontera entre vuestro territorio y el de los elfos. Mis hermanos están de viaje hacia los restantes reinos para persuadir a sus soberanos de que hagan lo mismo.
—Es una tarea difícil la que habéis emprendido, caballeros —murmuró el rey alzando suavemente la cabeza.
—Nuestro deber es proteger Enkidiev, alteza —aseguró Wellan.
Un murmullo se apoderó de la sala, donde los hombres discutían a la vez sobre la posibilidad de un enfrentamiento con los sanguinarios monstruos y sobre la mejor forma de construir las trampas. Wellan aprovechó el alboroto para acercarse a la dama y a la niña que se encontraban en el otro extremo de la mesa, hasta donde le siguió Bridgess. El caballero principal se sentó junto a la niña.
—Temo que no nos hayan presentado —dijo con cortesía, dirigiéndose a la mujer de largos cabellos negros—. Soy el caballero Wellan de Esmeralda y ésta es mi escudera, Bridgess.
—Soy la reina Ardere de Ópalo, y ésta es la princesa Swan, mi hija —respondió la joven reina con una amplia sonrisa.
El nombre de la reina le pareció familiar, pero no llegó a recordar dónde lo había oído. A continuación le habló de las aptitudes especiales que daba a entender su hija.
—Los caballeros podemos ver cosas que permanecen invisibles a los hombres ordinarios —comenzó diciendo con voz dulce, para no asustarla—. Estoy adivinando en la princesa un cierto talento para la magia. Podría convertirse en un regalo para el continente si confiarais su educación al mago Elund.
—Las mujeres no somos importantes en este reino, señor Wellan —respondió con tristeza la reina.
—Pero lo son fuera de aquí, señora —afirmó él—. Si la niña no tiene sitio en este territorio, lo tendrá con seguridad en el palacio de Esmeralda.
El caballero y la reina se observaron detenidamente y sus ojos en forma de almendra, tan oscuros como la noche, despertaron una emoción imprecisa y lejana en él. Antes de que pudiera hacer ninguna otra pregunta, el rey Nathan lo tomó del brazo y lo condujo hacia un grupo de hombres que querían hablar de la estrategia que había que seguir.
Wellan y Sento respondieron lo mejor que supieron a las preguntas que les hicieron los consejeros del rey Sus escuderos les observaban en silencio, escuchando con atención todo lo que se decía alrededor de ellos. Cuando se retiraron a descansar, los aprendices estaban agotados, pero una gran satisfacción inundaba el espíritu de los caballeros. A la mañana siguiente se dirigirían a las fronteras del reino con una tropa de voluntarios dispuestos a cavar las fosas. Sento supervisaría el grupo que iba a trabajar en los límites con el reino de Diamante, y Wellan lo haría en la frontera con el reino de las Sombras.
Cuando amaneció, los caballeros tuvieron que despertar a sus aprendices y enviarlos al baño. Bridgess no se quejaba, pero era evidente que sus piernas le hacían sufrir. Una vez terminado su aseo, Wellan sacó un pequeño frasco de una de sus alforjas y friccionó las piernas de la muchacha, calmando su dolor. Cuando ella quiso saber qué contenía aquel pomo, le respondió su maestro con un guiño que aquél era su secreto.
Bridgess le siguió hasta el salón, donde desayunaron en silencio. Luego, se dirigieron al patio central. Allí les esperaban los palafreneros con sus caballos. Sento y Kerns partieron con el primer grupo de voluntarios. El caballero de los ojos negros apretó afectuosamente el brazo de Wellan y éste le prometió estar en contacto con él. A continuación montó en su cabalgadura, y Bridgess le imitó. El propio Kardey les guió hacia las tierras del noroeste. El rey les había proporcionado un centenar de hombres para cavar las fosas, un grupo de cazadores para conseguir alimento y varios cocineros para preparar las comidas.
Cabalgaron observando las altiplanicies del reino de las Sombras y las inmensas cascadas que partían de allí y que formaban los ríos de aguas heladas que serpenteaban luego por el resto del continente. Kardey les indicó los límites del reino, en los bordes de un bosque de árboles gigantescos, donde comenzaba precisamente el territorio de los elfos. Era una vasta llanura donde escaseaba la vegetación. Habría que cavar un número considerable de fosas para detener a los dragones, si éstos conseguían atravesar los bosques de los elfos, pero las terminarían a tiempo. Tenían que conseguirlo si deseaban sobrevivir.
Wellan recorrió la frontera en compañía del jefe de los soldados, situando piquetas que delimitaban el emplazamiento de las tres hileras de fosos. Los obreros se pusieron de inmediato en marcha, interrumpiendo su tarea sólo a la puesta del sol. Reunidos en torno al fuego, devoraron los alimentos de la cena con gran apetito. Wellan se aisló durante unos momentos y contactó con Sento. Supo que también su grupo había comenzado a cavar. Se comunicó igualmente con cada uno de sus compañeros de armas y se alegró al saber que también habían conseguido convencer a los monarcas, con quienes se habían entrevistado, de la necesidad de contribuir a establecer medidas defensivas a lo largo del continente.
Al volver de su trance, observó los ojos inquietos de Bridgess dirigidos hacia los acantilados y le colocó una mano tranquilizadora en la espalda, diciéndole que no tenía nada que temer. Se durmió la niña a su lado, envuelta en una manta, pero tuvo un sueño agitado. Wellan extendió entonces sus sentidos invisibles sobre toda la región, pero no halló la causa de su malestar. A la mañana siguiente, después de lavarse en el río Amimilt, Wellan le preguntó por lo que había perturbado su sueño. Ella respondió lanzando una mirada temerosa a la barrera de rocas que separaba el reino de Ópalo del de las Sombras.
—Se cuentan muchas cosas sobre ese lugar —balbució, esperando que él no la riñera, porque se trataba sobre todo de supersticiones.
—¿Quién las cuenta? —preguntó el caballero mientras iba caminando a su lado en dirección a las fosas.
—Los demás alumnos… Hablan de una raza de gente extraña que vive en el reino de las Sombras y en el reino de los Espíritus.
—¿Y qué dicen sobre eso?
—Que son esqueletos, almas condenadas que no tienen piel sobre los huesos y que intentan apoderarse de los viajeros para quitarles la suya.
—Por eso has dormido mal —comprendió el caballero—. Tienes miedo de que te arrebaten la tuya.
—Sé que probablemente son falsedades, maestro, pero he sido incapaz de no pensar en ellas.
—En ese caso déjame que te proteja para que recuperes el sueño, porque aún estaremos aquí durante varias semanas.
Bridgess no se atrevió a replicar, pero Wellan sintió su temor ante la perspectiva de pasar todo aquel tiempo cerca del reino de las Sombras. El caballero se acordaba también de haber oído historias espantosas sobre los territorios lejanos, pero su insaciable curiosidad le había empujado a informarse mejor sobre los países del norte. Sabía, de ese modo, que eran tierras volcánicas aprisionadas bajo una espesa capa de hielo donde no podía sobrevivir ninguna criatura. En cuanto a las almas de los condenados, Wellan creía firmemente que iban a parar al reino de los muertos, como todas las demás, aunque eran tratadas de forma distinta.
—Nadie vive en esas llanuras, Bridgess —le aseguró—. El clima y la composición del terreno no lo permiten.
—Pero Shola está tan alta como esas tierras, y allí sí hay gente —protestó la escudera.
—Shola no forma parte de la cadena de montañas volcánicas que se extienden hacia el este, y su terreno es mucho más estable. Por lo demás, está cubierta de nieve, no de hielo en perpetuo movimiento. Cree lo que te digo, porque lo he comprobado personalmente.
—Eso me tranquiliza —murmuró la niña, manifestando, sin embargo, cierto temor.
Wellan reprimió una sonrisa divertida, tratando de no dar la sensación de que se burlaba de ella. Sabía que no tardaría en llegar a las mismas conclusiones por sí misma.
Llegaron a la zona donde unos hombres cavaban la tierra mientras otros la transportaban lejos en pequeñas carretillas de madera. Con gran sorpresa de Bridgess, Wellan se quitó el cinturón, la coraza y la túnica verde. Cogió una pala y se puso a cavar como los demás. La muchacha pensaba que un caballero no debiera mezclarse con los simples obreros, pero luego recordó que aquellos nobles guerreros eran también los servidores del continente a todos los efectos. Le causaron mucha admiración los brazos musculosos y el pecho fornido de su maestro. Seguramente los había desarrollado de aquel modo gracias a trabajos de ese tipo. Con la piel brillante por el sudor, Wellan se volvió hacia ella.
—Busca una pala y ven a ayudarme —le dijo.
—¿Yo? —respondió extrañada Bridgess.
—Sí, tú —confirmó Wellan en un tono que denotaba seriedad—. Es un buen momento para que comiences a desarrollar tus músculos.
Algo confusa, la muchacha obedeció, cogió una pala que encontró allí cerca en el suelo y se acercó al borde de la fosa, por encima del caballero.
—Voy a cavar, maestro, pero no me quitaré la túnica —le dijo apretando los labios.
Saltó dentro de la fosa y Wellan tuvo que hacer grandes esfuerzos para no estallar de risa. Estuvo toda la jornada sacando tierra a paletadas. No iba a ser capaz de hacerlo cuando aumentara la profundidad de la trampa, pero de momento le venía muy bien aquel ejercicio para fortalecer sus brazos, aún muy delgados, que en un próximo futuro debían ser capaces de manejar una pesada espada.
Al llegar la noche, Bridgess estaba tan cansada que apenas cenó, y se durmió mientras Kardey contaba historias de caza. «Al menos no ha tenido tiempo de cavilar sobre las almas atormentadas que habitan el reino de las Sombras», pensó Wellan.
Por la mañana tuvo que friccionarle los brazos con su loción mágica para que pudiera moverlos un poco. Al verla en ese estado, no la obligó a cavar. La dejó cuidando sus pertenencias y ayudó a los hombres en su labor.
Cuando regresó allí, le sorprendió encontrar a la reina y a la princesa con su escudera. ¿Qué hacían tan lejos del palacio?
—Majestad —dijo aproximándose a ellas—, debierais haberme anunciado…
—No es la primera vez que os veo el torso desnudo, caballero —le interrumpió la reina, bastante divertida al verle tan apurado.
Wellan hurgó en su memoria a toda velocidad. Ardere…, la reina de Rubí…, la princesa del reino de Jade…
—¡Sois la hermana del rey Lang! —exclamó finalmente.
Bridgess trataba desesperadamente de recomponer sus conocimientos de historia, pero tales asociaciones no le decían nada.
—¡Creía que nunca me reconoceríais! —bromeó la reina—. Venid conmigo, señor Wellan.
Confió la pequeña princesa a los cuidados de la escudera y siguió a Wellan a través de la zona donde los hombres seguían afanándose en su trabajo.
—Mi recuerdo de vos es confuso, majestad, y me disculpo por ello —dijo tras ponerse su túnica.
—¿Cómo podría ser de otro modo, Wellan de Rubí? Erais muy joven entonces. Cuando mi padre me comunicó que nuestro matrimonio no sería posible, porque el rey Burge había decidido convertiros en un caballero de Esmeralda, mi corazón quedó destrozado.
Wellan no supo qué decir para reconfortarla.
—Sólo al veros el otro día comprendí que mi reacción había sido puramente egoísta. Hacéis un gran servicio al continente a través de vuestra Orden.
Caminaron en silencio durante unos instantes, pensando cada uno cómo habría sido la vida que pudieran haber compartido.
—Me pregunto a veces a quién se hubieran parecido nuestros hijos, señor —dejó caer la reina en un suspiro lleno de nostalgia.
Cogido por sorpresa, el caballero permaneció en silencio. Recordaba haber sido prometido a la princesa de Jade al nacer. En aquel momento, ella tenía seis años. No era raro, entre la realeza, que los futuros esposos no tuvieran la misma edad. Muy pronto Wellan manifestó poderes mágicos que inquietaron en el palacio de Rubí. Desplazaba objetos sin tocarlos, así como a las personas que encontraba en su camino. Todos los sirvientes se habían quejado al rey Burge, su padre, pero éste perdonaba a su benjamín sus errores infantiles porque se le parecía mucho. Fue su madre, la reina Mira, quien decidió enviarlo al reino de Esmeralda.
—Lo siento mucho —murmuró finalmente Wellan.
—No fue decisión vuestra la de abandonar el reino, sino de vuestros padres —replicó Ardere tomando con la suya una de sus manos—. Al veros hoy he reconocido que fue la adecuada. Dais muy buena imagen con vuestra coraza cubierta de piedras preciosas.
Wellan continuó caminando a su lado sin preocuparse de las miradas que atraían los dos. Si ese paseo llegaba a oídos del rey Nathan, él comprendería que se trataba de unos viejos amigos que se reencontraban por primera vez desde su infancia.
—Luego, he dado a luz a una niña con poderes mágicos, sin vuestra ayuda —dijo la reina bromeando.
—Confiadla al mago de Esmeralda; no lo lamentaréis —le sugirió Wellan.
—Lo haré… por vos.
Se detuvo y le miró directamente a los ojos. Wellan tomó su mano, la llevó a sus labios y la besó cortésmente.
—Si alguna vez deseáis casaros —dijo ella—, sólo tenéis que llevarme con vos.
La sorpresa que se dibujó en el rostro del caballero hizo reír a la reina de buena gana. Volvieron al lugar donde estaba la princesa y le agradeció sus buenos consejos. Sin concederle una última mirada, se alejó con la pequeña Swan.