1. El retorno de los caballeros

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El retorno de los caballeros

Los reinos del gran continente de Enkidiev sólo conocieron la paz tras varios siglos de terribles guerras contra Amecareth, el emperador de los hombres insecto. Hombres, mujeres y niños perecieron bajo las lanzas de los guerreros y las dentelladas de sus temibles dragones, y los propios dioses tuvieron que intervenir para que los humanos no desaparecieran de la faz de la Tierra. Ordenaron a uno de sus servidores inmortales, el mago de Cristal, organizar un enorme ejército al que concedieron poderes mágicos. Estos extraordinarios soldados se convirtieron en los primeros caballeros de Esmeralda y arrojaron finalmente al invasor al océano de donde había venido.

Al cabo de los siglos, los hombres olvidaron poco a poco estos trágicos acontecimientos, y sólo los magos guardaron su memoria, pues las estrellas continuaban hablando de una amenaza persistente que provenía del oeste. El rey Esmeralda I, que reinaba en el reino del centro, al pie de la montaña de Cristal, y poseía una gran sabiduría, decidió fundar una nueva Orden de Caballería cuyo principal deber consistiría en proteger a todos los habitantes de Enkidiev. Pero no sería caballero simplemente quien lo deseara. El rey estableció una larga lista de cualidades que debía poseer un niño a edad temprana para que pudiera en el futuro pertenecer a la Orden de Esmeralda.

El aspirante podía ser hombre o mujer, siempre que tuviera un temperamento honesto y valeroso; debía poseer además aptitudes para comunicarse con el mundo invisible. El rey deseaba que sus caballeros pudieran estudiar bajo la tutela de su viejo camarada, el mago Elund, de manera que aprendieran a dominar su entorno, leer los signos celestes y combatir lealmente. De este modo comenzarían su vida caballeresca en las aulas del palacio que el rey pensaba legar a la Orden, dado que el destino no le había concedido un heredero. Los futuros defensores de la justicia estudiarían allí hasta los once años, momento en el cual se convertirían en escuderos y se consagrarían al arte de la guerra. Como serían los primeros miembros de la nueva Orden de los caballeros de Esmeralda, tendrían que aprender a combatir con los soldados del rey Más tarde, a la edad de veinte años, se convertirían en caballeros y tomarían un joven escudero a su servicio. Atendiendo los prudentes consejos de su mago, el rey decidió que un caballero de Esmeralda sólo pudiera formar un escudero al mismo tiempo. Tendría la obligación de mantenerlo junto a él durante los nueve años de aprendizaje, salvo que el escudero cometiera una falta grave contra la Orden.

Satisfecho con este programa, Esmeralda I hizo grabar todas estas normas en letras de oro sobre los muros del gran patio central de su palacio para que todos sus súbditos pudieran leerlas, y envió mensajeros para que las difundieran por todos los confines del continente.

Los primeros niños llegaron procedentes de los reinos vecinos y se sometieron a las pruebas de selección del mago Elund. Sólo siete de ellos consiguieron superarlas y comenzaron de inmediato sus estudios en palacio. Una vez admitidos, estos niños no podían ya volver con sus familias, a menos que el mago lo autorizara. La Orden se convertía desde entonces en su hogar y Esmeralda en su nombre de familia, en su apellido. Ya no pertenecían a una estirpe o un reino en particular, sino que se convertían en los herederos y protectores de todo el continente. En cualquier caso, como el rey no tenía intención de convertirlos en ermitaños o seres marginales, les concedió el derecho a casarse y a tener hijos, pero sólo cuando hubieran sido armados caballeros y durante un periodo de su vida en el que ningún escudero estuviera bajo su tutela. Quedaba claro que si la Orden necesitaba de ellos, por cualquier razón, los caballeros de Esmeralda tendrían que abandonar sus familias y ponerse a disposición del reino.

De los siete primeros niños, seis muchachos y una muchacha, cuatro eran de sangre real y tres procedían del pueblo llano. Todos habían manifestado talentos extraordinarios desde la cuna. Algunos habían hablado casi en el momento de nacer, otros habían sido capaces de desplazar objetos sin tocarlos o habían hecho predicciones sobre acontecimientos importantes en su país. No eran niños ordinarios y el destino los había elegido para que se convirtieran en los nuevos caballeros de Esmeralda.

El rey siguió su evolución de cerca y el palacio pronto resonó con sus pasos entusiastas. No admitiría ningún otro niño hasta comprobar que estos siete primeros eran capaces de llevar a cabo su gran sueño de protección y de justicia. Cuando todos cumplieron quince años, Esmeralda I permitió a los habitantes de Enkidiev enviar otros niños de entre los cuales se seleccionó una decena. Tras ser armados caballeros los siete primeros, llegó una tercera tanda de estudiantes, pero muy pocos consiguieron superar las pruebas de acceso. El mago Elund recorría constantemente las diferentes clases de cada nivel, compuestas por niños de todas las procedencias. Algunos parecían más dotados y los separaba de los demás para asignarles ejercicios más difíciles. Nunca había visto el rey tan entusiasmado a Elund. Lo encontraba habitualmente en el patio central del palacio y escuchaba cómo se vanagloriaba del progreso de sus alumnos. A menudo citaba varios nombres en tono de alabanza, sobre todo el de Wellan.

Este joven había nacido en el reino de Rubí y era el menor de los hijos del rey Burge, del cual había heredado una estatura impresionante y una enorme fuerza muscular. Wellan les sacaba a todos sus compañeros de armas una cabeza. Blandía la más pesada de las espadas con facilidad. Su valor destacaba entre los caballeros de su promoción. Ninguno tomaba una decisión sin consultar antes con él. El rey tenía buenas razones para estar orgulloso de Wellan de Esmeralda y confiaba en verle en acción cuando se presentara una situación extraordinaria en la que fuera necesaria la intervención de la Orden.

No tuvo que esperar mucho tiempo, aunque la primera intervención brillante de Wellan no se produjo en un enfrentamiento con los enemigos del reino. En realidad, tuvo lugar en el propio patio del palacio de Esmeralda. Un día, mientras practicaban las artes marciales entre ellos, los siete jóvenes caballeros oyeron un gran clamor fuera de los muros fortificados. Las puertas del palacio estaban siempre abiertas al pueblo, de forma que los jóvenes guerreros descubrieron rápidamente el origen de aquel alboroto. Llegaban los campesinos acompañando a un grupo de peregrinos vestidos con amplias túnicas, que ocultaban su rostro bajo grandes capuchas a pesar de los ardientes rayos del sol de mediodía.

Wellan detuvo los ejercicios atléticos con un gesto seco de su mano y los caballeros se volvieron hacia la muchedumbre que entraba en el gran patio del palacio. Tratando de oír lo que decía aquella marea humana y abriendo su corazón al mismo tiempo, Wellan comprendió que los súbditos de Esmeralda I estaban dominados por la cólera y a punto de atacar a los peregrinos. Atendiendo a su primer impulso, blandió su espada y avanzó hacia los recién llegados, que aparentemente estaban desprovistos de armas. Sus compañeros le siguieron de inmediato y rodearon a los visitantes, espada en mano. Los campesinos se detuvieron, sorprendidos por aquel movimiento.

—¿Por qué amenazáis a esta gente? —gritó Wellan lanzando su fría mirada azul sobre la muchedumbre.

—¡No queremos que estén aquí! —respondió en tono airado un hombre.

—¡Son de Shola! —bramó otro, escupiendo al mismo tiempo en el suelo.

—¿Han hecho algún gesto agresivo contra vosotros? —preguntó Wellan volviéndose hacia ellos de forma amenazadora.

Nadie respondió. Los peregrinos se habían detenido en mitad del círculo formado por los caballeros vestidos con sus túnicas verdes y esperaban tranquilamente el desarrollo de los acontecimientos. No eran más que una decena y Wellan no percibió ninguna intención hostil en su corazón.

—Todos los ciudadanos de Enkidiev tienen derecho a pedir audiencia al rey de Esmeralda —continuó con voz autoritaria—, incluso los sholienos. Volved a vuestras ocupaciones; nosotros nos encargaremos de los peregrinos.

La muchedumbre comenzó a gruñir, después se oyeron algunos murmullos y finalmente todos abandonaron el recinto fortificado. Wellan esperó a que los campesinos salieran, antes de dirigirse a los extranjeros.

—Os lo agradecemos, caballero —dijo uno de ellos, con voz de mujer, que se ocultaba bajo una de las capuchas—. Venimos de lejos para ver al rey más sabio del continente.

—¿A quién debo anunciar a su majestad? —quiso saber Wellan en un tono más agradable, pero al mismo tiempo firme.

—A la reina Fan de Shola.

Los caballeros de Esmeralda intercambiaron miradas de inquietud al envainar sus espadas, pero no dijeron nada. La decisión de presentar los sholienos al rey dependía de Wellan. La reina adivinó sus pensamientos, puesto que incluso estos valerosos caballeros de corazón limpio no podían permanecer indiferentes ante los descendientes del único rey que había atacado al reino de Esmeralda. Draka, que había sido monarca del reino de Plata, su vecino del oeste, había intentado ampliar su territorio apoderándose del célebre palacio situado al pie de la montaña de Cristal. Había sido finalmente derrotado porque todos los reinos se habían aliado contra él, aunque después de haber sembrado la destrucción y la muerte a su paso.

Fan era la esposa de Shill, uno de los dos hijos de Draka. Profundamente humillado por la actuación de su padre, Shill se había refugiado con él en Shola, el reino más alejado, donde había tenido el valor de proseguir su vida, a cubierto de las miradas llenas de reproches de los demás habitantes del continente. Se había enamorado de Fan, la princesa del territorio, se había casado con ella y había accedido al trono tras la muerte del rey de Shola. Su hermano Cull, que tenía un carácter más despótico, había permanecido en el reino de Plata, sin dejarse intimidar por el pueblo, y allí pensaba gobernar hasta el fin de sus días.

—Deseo entrevistarme con el rey de Esmeralda —insistió la reina Fan—. Es muy urgente.

Wellan dudó, aunque no percibía intenciones agresivas en el ánimo de la joven ni entre su séquito. El primer deber de un caballero consistía en proteger a los reyes.

—¿Lleváis armas? —preguntó finalmente.

—Los sholienos no llevamos armas, caballero —respondió ella en un tono infinitamente dulce.

Retiró lentamente su capucha, despertando un murmullo de admiración entre los caballeros que la rodeaban. La madre de Fan era originaria del reino de los Elfos y su abuela del reino de las Hadas. La joven reina había heredado sus finos rasgos y sus cabellos casi transparentes. Pequeña y delicada, poseía una extraña belleza. Sus ojos plateados brillaban bajo los ardientes rayos del sol, a pesar de lo cual sostuvo valientemente la mirada del caballero. No llevaba corona, pero todo en ella respiraba nobleza. Su piel resplandecía, blanca y pura como su país de nieve, y sus labios sonrosados dejaban entrever unos dientes como perlas perfectamente regulares. Ninguna otra mujer se le parecía en el reino de Esmeralda, ninguna había tan atractiva, y Wellan se sorprendió pensando que si no hubiera sido la esposa del rey mago de Shola, la habría pedido en matrimonio inmediatamente. Falcon, uno de sus compañeros de armas, se le acercó para musitarle a la oreja:

—No te dejes embrujar, Wellan. Es un hada.

Falcon tenía razón. Los moradores de los países mágicos podían poner en fuga a todo un ejército con el poder de su mirada. Wellan bajó los ojos, manifestando de este modo el respeto que le producía la reina.

—Si queréis seguirme, señora… —dijo haciendo al mismo tiempo una breve reverencia—. Este sol debe de ser difícil de soportar para los habitantes de Shola.

El caballero Bergeau, un joven fogoso nacido en las tribus del Desierto, se aproximó rápidamente a Wellan sin ocultar su profunda inquietud.

—¡No te das cuenta de nada! —dijo con aire de protesta.

—Vete a avisar al rey de que han llegado unos visitantes muy especiales —indicó Wellan en un tono que no admitía réplica.

Bergeau dudó, manteniendo su mirada en los fríos ojos de Wellan, pero acabó inclinándose ante Fan y se dirigió a la entrada del palacio gruñendo. Wellan vio cómo se alejaba y ofreció su brazo a la reina. A continuación la condujo hacia las grandes puertas verdes del palacio de Esmeralda. Los demás peregrinos les siguieron en silencio. Cumpliendo las exigencias del protocolo, Wellan les ofreció una bebida en cuanto penetraron en el amplio y fresco vestíbulo. Cuando los acompañantes de la reina retiraron sus grandes capuchas, Wellan observó que tenían la piel tan blanca como la nieve que coronaba la montaña de Cristal.

El mago Elund le había contado que el sol no brillaba casi nunca sobre Shola y que el aire era allí más denso que en los restantes reinos del continente. Este territorio inhóspito, formado por tierras ásperas que estaban casi siempre cubiertas de nieve, se hallaba situado en el extremo norte de Enkidiev, sobre una altiplanicie que dominaba el verde país de los elfos. Nadie viajaba a Shola y ningún animal se atrevía a aventurarse por su territorio, salvo los legendarios dragones marinos que a menudo venían a descansar en sus playas cubiertas de hielo. Por los libros de historia se sabía que su clima había sido anteriormente más benigno, pero que los seísmos y los cambios climáticos habían transformado radicalmente este territorio. ¿Por qué una mujer tan hermosa como Fan había optado por aislarse en este vasto desierto ártico?

Bergeau apareció por el gran pasillo y Wellan observó un gesto de contrariedad en su rostro. Al llegar junto a ellos, se inclinó ostensiblemente ante los visitantes.

—El rey se siente muy honrado con vuestra visita y os pide que os reunáis con él en la sala del trono —dijo con un tono lleno de suavidad, pero sin conseguir ocultar su descontento.

Wellan pensó que hubiera sido mejor enviar al caballero Sento a comunicar la noticia al rey, porque sus maneras eran más dulces y hubieran sido más convenientes en aquella circunstancia. Pero la reina no parecía estar ofendida por la falta de tacto del caballero Bergeau. Sus grandes ojos plateados se volvieron hacia Wellan, que nuevamente le ofreció su brazo. El contacto de sus largos dedos con su piel le hizo estremecer y una extraña sonrisa iluminó su rostro bronceado por el sol. Lentamente se dirigió al encuentro del rey de Esmeralda, aunque debió acomodar su paso al lento desplazamiento de la reina. Bergeau y los demás caballeros cerraban la marcha manteniéndose a una respetuosa distancia.

—Estoy seguro de que le ha hecho un encantamiento —declaró Falcon a su colega Bergeau, que estaba junto a él.

—Un rostro tan bello no puede dejar indiferente a un hombre, Falcon —replicó Jasson, tratando de no levantar la voz.

—Pero esta mujer es de Shola —recordó el caballero Dempsey que marchaba tras ellos.

—¿Desde cuándo los caballeros son racistas? —les reprochó la caballera Chloé, la única mujer del grupo.

Se sintieron avergonzados, no respondieron y siguieron a los sholienos hasta el inmenso salón de mármol blanco adornado con tapices verdes. Esmeralda I se levantó lentamente del trono engastado en piedras preciosas y avanzó hacia la reina tendiéndole la mano. Fan le ofreció la suya y se inclinó ante él. El rey de Esmeralda era el más anciano de todos los monarcas de Enkidiev, y también el más sabio. Grande y corpulento, sus blancos cabellos desparramados sobre la espalda enmarcaban una hermosa barba puntiaguda. Sus ojos gris perla reflejaban franqueza y honradez, aunque no era propicio a la sonrisa fácil. Pero la reina de Shola parecía haber operado sobre él el mismo encantamiento que sobre el jefe de sus caballeros.

—Levantaos, os lo ruego —dijo el rey maravillado.

Pocos pasos detrás de ellos, Wellan comprobó que la belleza de Fan había hechizado también al rey.

—Venís de muy lejos para hacerme esta visita —dijo el monarca retirando su mano bien a su pesar.

—He venido sobre todo para restablecer las relaciones entre mi reino y el vuestro, majestad —respondió ella con su melodiosa voz—. Hace tiempo que debiéramos haberlo hecho.

—Estoy perfectamente de acuerdo con vos —admitió el rey—. Venid a sentaros junto a mí.

—Me temo que eso sea imposible, majestad. He pasado ya demasiado tiempo lejos de mi pueblo, y debo apresurarme para volver a Shola. Pero antes de regresar, quiero dejaros una prueba de nuestra buena voluntad.

Una sholiena se acercó y buscó algo bajo su gran túnica. Wellan colocó discretamente la mano sobre la empuñadura de su espada, pero la mujer sacó de entre los pliegues de su vestido algo que parecía un niño. La pequeña criatura tenía la piel malva y las orejas puntiagudas como las de un gato. Sus cabellos violáceos mostraban de vez en cuando mechas más pálidas. Toda la corte hizo un movimiento de sorpresa, sobre todo el supersticioso caballero Falcon. Bergeau puso rápidamente una mano sobre su brazo para tranquilizarle.

—Ésta es mi hija Kira —explicó la reina—. Hemos oído decir que buscáis niños para convertirlos en valientes guerreros que se parezcan al caballero Wellan.

Ella le lanzó una mirada tierna, y él no pudo evitar sonreírle. La sangre le hirvió en las venas y supo que se había enamorado de aquella maravillosa mujer.

—No abro mis puertas a los aspirantes más que una vez cada seis o siete años, señora —explicó el rey—, y no son aceptados todos los que se presentan.

—Kira es una criatura única —aseguró Fan—. Es importante para el rey Shill y para mí misma que olvidemos los estragos de Draka, su abuelo, que fue el anterior monarca del reino de Plata. Hemos pensado que los habitantes de este continente se inclinarían a concedernos su perdón si una nieta suya llegara a convertirse en una caballera de Esmeralda.

La sholiena dejó la niña sobre el pavimento de mármol. Kira no debía tener más de dos años y parecía estar mal alimentada. Mantenía la cabeza baja y contemplaba sus pies sin emitir ningún sonido. El rey comenzó a desplazarse a su alrededor.

—Tendría que superar unas pruebas que ni siquiera está en edad de comprender —protestó.

—No la subestiméis —replicó Fan con voz dulce.

La niña parecía intimidada por todos aquellos seres extraños, pero no intentaba acercarse a su madre ni al resto de los peregrinos. Al cabo de un rato levantó la cabeza y Esmeralda I pudo comprobar que su rostro, a pesar de tener una pigmentación poco habitual, era absolutamente humano. Tenía los rasgos finos de su madre, su nariz apenas era visible en medio de un rostro triangular y sus labios violáceos marcaban una fina línea por encima del mentón. Sin embargo, sus ojos no eran de este mundo. Tenían el mismo color que sus cabellos, se alargaban extrañamente sobre sus sienes, y las pupilas verticales, tan negras como la noche, hendían su iris fosforescente por el centro.

—¿Me concederéis algunos días para que mi mago evalúe sus talentos?

—No me puedo quedar todo ese tiempo, señor. Si fracasa, convertidla en vuestra sierva.

Tras esta sorprendente declaración, Fan realizó una graciosa reverencia y abandonó el salón con su séquito. La pequeña Kira permaneció quieta, curiosamente resignada a su suerte. El rey llamó de inmediato a sus sirvientes y les pidió que se ocuparan de la niña.

—¡Y comenzad por alimentarla! —exclamó.

Después se volvió hacia sus caballeros y les ordenó escoltar a los forasteros hasta los confines del reino. Wellan tomó la delantera y los otros seis caballeros le siguieron a lo largo del gran pasillo donde resonaron sus pasos. Cuando salieron al soleado patio del palacio, no quedaba ningún rastro de los visitantes. Preguntaron a los mozos de cuadra, a los artesanos y a los obreros, y se enteraron de que los peregrinos ya habían abandonado la fortaleza.

Totalmente sorprendido, Wellan mandó a buscar los caballos y los siete caballeros montaron a toda velocidad. Se lanzaron al galope dejando atrás el enorme portón del recinto fortificado y se dirigieron hacia el norte, pero sus pesquisas resultaron en vano. Interrogaron a los campesinos en sus aldeas. Todos habían visto pasar a los visitantes, pero en direcciones diferentes.

—¡Eso es imposible! ¿Cómo pueden haber ido en todas las direcciones? —preguntó Jasson, el más joven de los caballeros.

—¡Ya os lo he dicho! —gritó Falcon—. ¡Son capaces de hacer encantamientos!

—¿Es posible que hayan sido enviados por el Gran Maestre del reino de las Sombras para hacerle uno a nuestro rey? —sugirió Bergeau con inquietud.

—¡O para impedir el funcionamiento de la Orden de Esmeralda! —añadió Dempsey.

El caballero Wellan, muy irritado, levantó bruscamente el brazo, imponiendo silencio.

—Si todos los habitantes del continente os detestasen —dijo en un tono severo—, ¿no intentaríais serviros de la magia y desaparecer de inmediato para no ser lapidados antes de llegar a vuestro destino?

—Wellan tiene razón —apuntó Chloé—. Nunca hubieran podido llegar hasta nosotros de otra manera.

—¿Por qué la hija de la reina es tan fea? —dijo Bergeau visiblemente enfadado.

—Los elfos y las hadas son sus antepasados —suspiró Wellan, que hubiera deseado mayor tolerancia por parte de sus colegas—. Todos ellos son seres extraños.

—Lo que no entiendo es cómo una madre puede abandonar a su única hija sin saber lo que le va a ocurrir —declaró Sento frunciendo el ceño.

—No es difícil de comprender —respondió Wellan—. Los sholienos no han dejado de sufrir tras el exilio de Draka en sus colinas nevadas. Muchos reinos que les habían proporcionado los bastimentos necesarios para sobrevivir, a cambio de las extraordinarias piedras preciosas que extraían de sus montañas, les han vuelto la espalda. Pienso que la reina se ha separado de su hija para que se convierta en una brava caballera y de esta forma puedan restablecerse las relaciones diplomáticas entre Shola y el resto del continente.

—¿Y crees que su plan funcionará? —preguntó Falcon.

—Sólo tienes que mirar a Wellan para comprender que sí —dijo Jasson en tono de burla.

Wellan se irguió sobre su silla. Comprendieron todos que no aceptaría ninguna broma sobre sus sentimientos hacia la reina. No teniendo más que hacer, volvió grupas en dirección al palacio. Sus compañeros de armas intercambiaron miradas de entendimiento y le siguieron.