16. Una lección de humildad
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Una lección de humildad
Aquella mañana, cuando Armene quiso bañar a Kira en una gran artesa, la niñita malva volvió a revolucionar una vez más el palacio. Aullando de terror, se aferró a los vestidos de la sirvienta, que intentaba hacerla entrar en el agua caliente.
—Es posible que en Shola hiciera mucho frío, Kira, pero en este palacio la gente se lava.
La niña se resistía con empeño, gritando al mismo tiempo algunas palabras en una lengua incomprensible. Todos los sirvientes se habían amontonado en la puerta de la cocina y asistían pasmados al espectáculo. En medio de su desesperación, Kira saltó de los brazos de Armene al muro de piedra que escaló con ayuda de sus garras y fue a refugiarse sobre los armarios adosados a la pared. Ninguna artimaña sirvió para hacerla descender. Permaneció pegada al muro, temblando por todos los costados.
Primero se llamó al rey para que interviniera, y luego al mago. Se intentó nuevamente convencer a la niña, pero fue en vano. Se trajeron escaleras, pero Kira se refugió en una esquina y enseñó los dientes de forma amenazadora. Como último recurso, Esmeralda I envió un mensajero a Wellan. Su viva inteligencia y su espíritu de estratega le permitirían afrontar este incómodo problema doméstico.
Incómodo por la idea de tener que intervenir en un asunto que concernía a las mujeres, el caballero comenzó por calmar su irritación y luego se dirigió a la cocina. Todo el mundo se apartó a su paso, quedando la pequeña asamblea en silencio al llegar él. Bridgess se colocó detrás de él y observó la situación. Wellan recorrió con su mirada el recipiente con agua que se estaba enfriando, vio la pequeña túnica sobre la mesa y el cuerpecito que temblaba sobre el armario.
—¡Kira! —llamó a la niña con voz autoritaria.
Con gran sorpresa de todos, la aludida levantó la cabeza al reconocer la voz de caballero. Se acercó a la escalera y la observó silenciosamente. Wellan le tendió los brazos y ella saltó sin dudarlo. Se aferró a él, pero seguía temblando. «No es extraño que tenga miedo al agua», pensó. «Después de todo, los dragones también lo tienen y una parte de la sangre que circula por las venas de Kira proviene de la misma fuente». Wellan se acercó a la artesa y la niña se puso a gemir en su extraña lengua.
—No hay ningún peligro —le susurró el caballero—. Mira.
Metió su mano en el agua tibia y el rostro de la pequeña se estremeció, como si un monstruo fuera a devorarla. Wellan retiró entonces su mano y se la acercó. Ella la olfateó como si fuera un animal. Examinó él su perfil y le pareció que se asemejaba mucho al de Fan. Con lentitud, pero con firmeza, se desprendió de las garras de Kira y fue acercándola al agua. La niñita lanzó un grito desgarrador.
—¡Ya basta! —dijo el hombre con voz severa.
Ella abandonó toda resistencia y sus piececitos tocaron el agua. Su cuerpo se contrajo, pero la niña no se agitó más y el caballero consiguió introducirla en la artesa.
—Verás cómo esto no es malo —le dijo con voz dulce—. Ahora, deja que Armene se ocupe de ti.
—Mene —dijo Kira ahogando un suspiro.
La sirvienta se puso a la tarea, aprovechando el efecto mágico que ejercía Wellan sobre la niña. El caballero se apartó un poco, sintiendo cierta inquietud por aquella vinculación tan fuerte que parecía tener con él la hija de la reina de Shola.
Wellan no volvió a ver a sus compañeros hasta la hora de la cena. Se había reunido mucha gente en el salón y ello le animó. Bridgess se sentó a su lado y esperó a que el jefe se sirviera antes de llenar su propio plato. Los caballeros conversaban con sus protegidos y se respiraba un clima de compañerismo. Pasados los primeros momentos, pidió silencio para exponerles su plan.
—Dentro de dos días formaremos tres grupos y emprenderemos la ruta en dirección a los reinos de las Hadas, de Diamante y de Ópalo para supervisar la colocación de las trampas.
—¿Tendremos también que bañar a los niños? —dijo con sorna Jasson.
Todos advirtieron la cólera repentina que invadió a Wellan, y se hizo un gran silencio en la sala. Los ojos glaciales del caballero principal cayeron como dardos sobre su joven colega y para todos fue evidente que estaba haciendo grandes esfuerzos por dominarse antes de responder.
—Tú irás al reino de Diamante con Falcon y Bergeau —dijo Wellan en un tono oscuro—. Chloé, que ya conoce al rey de las hadas, irá a visitarlo en compañía de Dempsey. Sento y yo iremos al reino de Ópalo.
—¿Y el rey de los elfos? —preguntó Jasson, que parecía dispuesto a sacarle de sus casillas—. Su reino se encuentra también en la frontera, teniendo en cuenta el punto de acceso del enemigo.
—¡Si quieres perder el tiempo, acude tú y trata de persuadirle de que cave unas trampas que impidan a los dragones devorar a sus vecinos! —respondió Wellan conteniendo su irritación.
—¿No hemos aprendido durante nuestro entrenamiento que debemos proteger todo el continente y a todos sus moradores? —le recordó el joven caballero.
Antes de hacer algún gesto que luego pudiera lamentar, Wellan abandonó bruscamente la mesa. Bridgess quiso seguirle, pero Sento la disuadió.
—Quedaos aquí y comed —ordenó a su escudero y a la niña.
Los dos muchachos obedecieron y Sento se lanzó tras su jefe.
—Todos sabemos que tienes razón —dijo Bergeau dirigiéndose a Jasson—, pero hubiera sido preferible que hubieras esperado a estar solo con él para hablarle de los elfos.
—Los problemas del continente nos afectan a todos, Bergeau —respondió el aludido—. Y hemos jurado que nos llamaríamos al orden si nos desviábamos de las normas. Wellan no tiene derecho a abandonar a los elfos a su suerte, aunque el rey Hamil haya desatado su cólera.
—Estoy de cuerdo contigo —intervino Chloé—, pero la referencia al baño ha sido malévola y gratuita.
—¡Era sólo una broma! —se disculpó Jasson.
—De muy mal gusto… —le reprochó Falcon—. Sabes muy bien que Wellan no tiene ganas de fiestas tras nuestra expedición a Shola.
—Pues será bueno que las recupere —replicó.
—De nada nos sirve discutirlo ahora —cortó Dempsey—. Haremos mejor en preparar a nuestros escuderos para la misión que nos aguarda y dejarles claro que estas discusiones no suelen perturbar la armonía de sus maestros.
Dempsey se lanzó a continuación a un largo discurso sobre el papel de los caballeros y el espíritu fraternal que debía reinar entre ellos.
Al mismo tiempo, Sento alcanzaba a Wellan en el patio. El caballero principal estaba detenido junto a la puerta, con los brazos caídos y los puños cerrados, aspirando el aire fresco a pleno pulmón.
—Wellan, no ha sido más que una broma inocente —le aseguró su compañero de armas.
—No me gusta que se discutan mis decisiones delante de todo el mundo —dijo con gran tensión el caballero, sin volverse.
—Tienes razón, debiera haber esperado a estar a solas contigo para hablarte del rey de los elfos, pero ya conoces a Jasson…
Una rápida ojeada al corazón de Wellan hizo saber a Sento que su cólera no se había apaciguado todavía. Por ello le colocó una mano amistosa y tranquilizadora sobre la espalda.
—Estoy muy orgulloso de que me hayas elegido para acompañarte al reino de Ópalo —añadió.
Wellan giró ligeramente la cabeza hacia él y le miró al fondo de los ojos durante unos instantes. Luego, suspiró para ir aplacando su furia.
—Tu diplomacia me será de gran ayuda, Sento —declaró finalmente—. Sabes muy bien que no soy el más paciente de los hombres… y el rey Nathan no está aún convencido de la necesidad de restaurar nuestra Orden de caballería. Ópalo y Plata son los únicos reinos que no han enviado a ningún muchacho para realizar el aprendizaje de caballeros.
Wellan tendría que dejar a Sento hablar en su nombre, puesto que éste era mejor negociador.
—¿Vendrá de nuevo a visitarte tu reina? —le preguntó su compañero, intentando comprender su tristeza.
—Ella me dijo que sí —respondió Wellan esquivando su mirada—, pero no sé cuándo.
—Eres un hombre con suerte.
—Bueno, no lo sé, hermano —dijo en tono de duda el caballero principal—. Es muy difícil ser del todo feliz cuando no se pueden compartir todos los días con la mujer que uno ama.
—Puede ser, pero tú eres amado…
«Tiene mucha razón», pensó Wellan. Fan le había demostrado con todo su amor que compartía sus sentimientos más allá de la muerte.
Agradeció a Sento su interés y se dirigió a su habitación, encargando a su colega que vigilara para que su escudera comiera lo suficiente. Bridgess acudió enseguida y lo encontró sentado en la cama.
—¿Has cenado bien? —le preguntó Wellan alzando los párpados.
—Yo, sí —respondió la muchacha ofreciéndole al mismo tiempo un plato con pan caliente, legumbres, queso y un puñado de dátiles.
—No he leído en ningún sitio que los escuderos tengan la obligación de alimentar a sus maestros —le insinuó Wellan con una media sonrisa.
—Por supuesto, pero es una regla que acabo de inventar.
—Pienso que nos vamos a entender bien los dos —respondió él alzando suavemente la cabeza.
La muchacha se sentó en el suelo, con las piernas cruzadas, y le observó comer en silencio. Al examinar sus grandes y curiosos ojos, Wellan descubrió en sí un sentimiento de orgullo. Se preguntó si era lo que un padre experimentaba ante sus hijos. Cuando terminó de comer, Bridgess se le acercó para realizar una sesión de meditación.
Como los demás escuderos, ella debía dormir en un pequeño lecho situado cerca de la cama del maestro. Pero al ser ella del otro sexo, los sirvientes habían instalado una cortina entre los dos cubículos, creando de este modo un espacio de intimidad. Aquella noche, una gran tempestad se abatió sobre el palacio, impidiendo dormir a Wellan. Sintió el terror que experimentaba su aprendiza y pronunció en voz baja su nombre. La muchacha descorrió de inmediato la cortina, saltó a su cama y se acurrucó a su espalda.
—No tienes nada que temer —le aseguró—. La tempestad está provocada por el choque de vientos cálidos contra vientos fríos.
—Lo sé, pero los rayos queman todo lo que alcanzan…
—A veces, pero no siempre, y lo que no queman son los palacios hechos de piedra.
—¿Y qué ocurrirá cuando salgamos a realizar nuestra misión y tengamos que dormir al aire libre en el campo?
—Encontraremos siempre un refugio donde no nos puedan alcanzar los rayos. Te lo prometo.
No quiso enviarla a su lecho mientras tronó la tormenta sobre la fortaleza y tampoco cerró los ojos hasta que no la vio profundamente dormida. Tendría ella que vencer su pánico a las tempestades antes de convertirse en caballera, pero para todo habría tiempo.
Al despertarse, Wellan vio a Bridgess de pie ante la ventana, con los ojos cerrados, dejando que el sol calentara su rostro. La observó durante unos instantes y luego la llamó por telepatía. Ella se giró de inmediato hacia él.
—Como probablemente ya sabes, los caballeros toman su baño cada mañana para purificar su cuerpo y su espíritu, pero por respeto dejamos a las damas la preferencia. A esta hora puedes ir cada mañana al encuentro de Chloé y de su joven aprendiza. Ve ahora con ellas y nos veremos en el desayuno.
La muchacha se inclinó ante él y abandonó apresuradamente la estancia. Wellan se estiró sobre la cama sorprendiéndose de la complacencia que le provocaba a cada momento la imagen de su joven aprendiza.
Cuando llegó a los baños, encontró a sus compañeros junto con sus escuderos. Wellan buscó el lado opuesto al que ocupaba Jasson y se introdujo en la pileta de agua caliente. Como cada mañana, oró en silencio a Theandras y le agradeció aquella vida repleta de satisfacciones. Luego, dejó que los servidores le secaran y le dieran los masajes acostumbrados, tras anudar sus cabellos en la nuca. Halló a Bridgess en el gran salón y le hizo gracia que ella también se hubiera atado el cabello de la misma forma.
—No hablaréis de la tormenta a los otros, ¿verdad, maestro? —murmuró la muchacha asegurándose de que ni Chloé ni Wanda pudieran oírle.
—¿Qué tormenta? —dijo Wellan guiñándole un ojo.
El resto del grupo llegó riendo a causa de una broma de Bergeau y el jefe sintió mucha satisfacción al verlos tan unidos. Pero Jasson, muy a su pesar, vino a sentarse a su lado. Wellan lanzó una mirada gélida a su joven colega.
—No tengo ganas de discutir contigo esta mañana —dijo precavido el caballero principal.
—Yo tampoco. Pero quiero que sepas que nuestras diferencias de criterio no me impiden tenerte un gran respeto.
Wellan sorprendió entonces una curiosa mirada en Nogait, el joven escudero de su colega, y le agradó que Jasson hubiera hecho aquel gesto de reconciliación que serviría de ejemplo al muchacho.
—Comprendo tus sentimientos hacia el rey de los elfos —añadió Jasson—, y es posible que en tu situación yo hubiera reaccionado del mismo modo. Pero, a pesar de todo, mi corazón me obliga a intentar convencerles para que preparen las trampas.
—¿Y si se niegan? —preguntó directamente Bridgess.
—No hay que dirigirse en ese tono a un caballero, niña —le reprendió Wellan con dureza.
Los demás escuderos se volvieron hacia ella observando su reacción, pero la muchacha sostuvo la mirada de su maestro.
—Os pido disculpas, caballero Jasson —murmuró por fin—. Me he dejado llevar por la impaciencia.
—Voy a disculpar tu conducta porque has comenzado el aprendizaje hace poco, pero la próxima vez tendré que actuar.
—Os agradezco de verdad vuestra clemencia, caballero Jasson.
Ella hurgó en su plato, con la cabeza baja. «Es necesario que aprendan el respeto cuanto antes», pensó Wellan. Jasson se inclinó entonces al oído de la niña rubia y le susurró:
—Si el rey de los elfos se niega, tendré que denunciarlo ante los demás monarcas.
—¡Eso es lo que hay que hacer, caballero! —exclamó entusiasmada, aunque pronto se dio cuenta de que más le hubiera valido permanecer callada.
Jasson se partía de risa y le dio una palmada amistosa a Wellan.
—¡Sois tal para cual, amigo!