7. La masacre de Shola

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La masacre de Shola

Cuando amaneció, percibieron a lo lejos los escarpados picos de la cordillera en todo su esplendor. Densas columnas de humo negro se elevaban hacia el firmamento helado, para sorpresa de los caballeros. Aún quedaban restos del camino practicado en los acantilados cuando Shola mantenía aún relaciones comerciales con los restantes reinos del continente. Serían mucho más vulnerables en aquella ruta al descubierto, pero era aparentemente la vía de acceso más directa hacia el país de la nieve.

Wellan ordenó a sus compañeros que se detuvieran y les indicó que dieran de beber a sus caballos antes de emprender la peligrosa escalada. Les sugirió también que comieran algo ellos mismos. A continuación tomó la cálida capa con la que cubría la grupa de su caballo, y se la echó sobre los hombros. Rebuscó en el saco de las provisiones y encontró pan y dátiles que comió mientras observaba el panorama del muro rocoso. Sus agudos sentidos no le indicaban nada en particular. Si hubieran pasado por allí las criaturas maléficas, se hubiera dado cuenta, pero no percibía ningún rastro de su presencia. Seguramente se encontraban en las alturas del territorio.

Unos minutos después, todos subieron a sus cabalgaduras e iniciaron el acercamiento al roquedal. El río Mardall se precipitaba en una violenta cascada desde la plataforma rocosa y producía un ruido ensordecedor. Los caballos remontaron el acantilado con mucha dificultad y Wellan confió en que no fuera la presencia de depredadores lo que originaba aquella reticencia.

La ascensión duró más de una hora. Wellan iba a la cabeza, con la atención acrecentada, aunque sabía que de nada le serviría prever un ataque. Cabalgando por aquel sendero a plena vista, eran tan vulnerables como unas crías en su nido. Se sintió mejor cuando consiguieron alcanzar la meseta nevada, pero el espectáculo que se abrió ante su vista le desgarró el corazón. A lo lejos, la fortaleza real de Shola humeaba como un horno de fundición. El enemigo había incendiado el palacio y sus dependencias a fin de acabar con sus moradores.

Los caballos avanzaban con dificultad en la nieve. Wellan iba tan absorto observando el territorio que apenas sentía el frío que atería su piel. Sobre aquel reino completamente blanco reinaba una atmósfera extraña. Los caballeros no identificaron el origen de su malestar hasta que descubrieron los primeros cadáveres tendidos sobre la nieve. Detuvieron sus caballos y contemplaron los cuerpos en medio de un silencio presidido por el horror. Cada una de las víctimas tenía un orificio abierto en mitad del pecho que parecía haber sido hecho por un hocico gigante.

Wellan hizo girar lentamente a su caballo sobre sí mismo, para poder divisar el panorama en toda su extensión, y descubrió que había miles de cadáveres cubriendo la llanura. La idea de que pudiera tratarse de toda la población del reino le hizo temblar.

—¿Cómo han podido hacer esto? —musitó Dempsey, intentando sacudirse el espanto que les paralizaba a todos.

Espoleó su caballo y cabalgó alrededor de los cuerpos exánimes intentando comprender lo que había pasado. Todos estaban mutilados de la misma forma, sin que estuvieran a la vista las partes extirpadas de su anatomía.

—¿Quién ha podido hacer semejante atrocidad? —estalló Bergeau, incrédulo aún ante lo que estaba contemplando.

—Las mismas criaturas que hace siglos combatieron contra los primeros caballeros de Esmeralda —murmuró Falcon al borde del pánico.

Wellan giró la cabeza hacia la fortaleza que se divisaba a lo lejos. Las huellas impresas en la nieve dejaban bien a las claras que toda aquella pobre gente había intentado huir. Con el cuerpo agarrotado y la garganta oprimida, espoleó su caballo en dirección al palacio. Fan… Sus compañeros le siguieron al instante.

Los caballeros franquearon las puertas de la fortaleza de Shola con un pesar inmenso dentro de sus corazones. Aún ardían las construcciones de madera y el fuego había alcanzado los edificios auxiliares, lo que haría hundirse en breve espacio de tiempo el palacio de hielo que se hallaba en el centro del recinto. Había tantos cadáveres en el interior del palacio como en la llanura circundante, todos mutilados del mismo modo. Tenían los ojos abiertos y había en ellos una expresión de pánico indescriptible.

—No creo que haya supervivientes —dijo Sento.

No era aquello lo que Wellan deseaba oír, aunque todos sus sentidos mágicos le indicasen que su compañero tenía razón. Saltó a la nieve y ordenó a los demás registrar todos los edificios que no eran aún pasto de las llamas. Pudiera haber algún pasadizo secreto u otro lugar oculto donde se hubiera refugiado la familia real. Antes de que sus compañeros echaran pie a tierra, el propio jefe se precipitó al interior del palacio.

Wellan quedó sorprendido por el gran confort que reinaba en el interior del edificio de hielo. Los muros brillaban como el cristal pulido en el gran vestíbulo. Los tapices que los decoraban habían sido arrancados durante el asalto. Cubrían ahora el suelo, entre las manos crispadas de las numerosas mujeres muertas por el enemigo. Unos candelabros de plata sujetos por cadenas a los artesonados de la enorme estancia, proyectaban una luz tenue en medio de aquella soledad. El pavimento refulgente estaba cubierto por un tapiz de vivos colores que conducía a una escalinata realizada con bloques de hielo superpuestos. No había balaustrada ni ornamento alguno. Todo tenía el mismo aspecto que el que podía ofrecer cualquier molino. «Qué curioso lugar para servir de morada a una reina tan delicada como Fan», pensó Wellan.

El caballero principal subió los escalones de cuatro en cuatro y registró todas las dependencias. El humo extendía su velo grisáceo por doquier y los cadáveres yacían en el pavimento, sobre todo los de los sirvientes que parecían haber sido sorprendidos en sus labores cotidianas. Cerca de sus cuerpos se podían ver bandejas llenas de alimentos y montones de ropa que acababan sin duda de lavar. El ataque había sido feroz y rapidísimo, dedujo el guerrero, pero no quedaba ningún rastro de los agresores.

Abrió una puerta que había al final del pasillo y quedó paralizado. Ante él, medio sepultado en el suelo, con la espalda apoyada en la ventana, estaba la reina Fan intentando extraer el puñal clavado en su pecho, con su vestimenta blanca manchada de sangre. Wellan se lanzó hacia ella y cayó de rodillas. Le dirigió la reina su mirada plateada, aunque se hallaba al borde de la extenuación.

—No, no os lo arranquéis —dijo colocando su mano sobre la de la reina—. Vamos a ayudaros ahora.

—Ya no podéis hacer nada por mí —murmuró ella.

—No somos sólo guerreros, majestad. Tenemos poderes mágicos y podemos curaros.

—Ningún poder podrá salvarme, caballero. Escuchadme, por favor. Me queda podo tiempo de vida.

—¡No! —gimió Wellan, llevando la mano de la reina a sus labios y besándola con ternura—. Nos ha educado un mago poderoso. Dejadnos curar esa herida y conduciros al reino de Esmeralda, donde estaréis a salvo.

Fan acarició dulcemente la mejilla del caballero y el contacto con su piel pareció calmarla. Hundió su mirada en los ojos irreales de la reina y descubrió en ellos una curiosa mezcla de temor y confianza.

—Este puñal está envenenado —murmuró ella con tristeza—. He intentado arrancármelo para morir más rápidamente, pero, ya que estáis aquí, debo hablaros antes de abandonar este mundo.

—No os dejaré morir.

—No podéis cambiar mi destino, Wellan de Esmeralda, pero todavía podéis salvar a la especie humana.

—¿La especie humana? —repitió el joven alzando los párpados—. El peligro acecha también…

La reina puso la mano sobre sus labios, obligándole al silencio, y Wellan no trató de apartarla. Era extremadamente bella, una criatura perfecta, incluso en la agonía. No, no la dejaría morir así. La llevaría a su país, la cuidaría y se casaría con ella.

—El brujo desea que os hable —dijo ella en tono de revelación.

Wellan tomó la mano que silenciaba sus labios y la estrechó entre las suyas. Estaba profundamente enamorado de ella, pero su espíritu era en primer lugar y ante todo el de un guerrero.

—¿Conocéis a los agresores? —preguntó.

—Shola está aislado del resto del continente. No es la primera vez que sufrimos este tipo de ataques. El brujo nos vino a visitar con su dueño, el Emperador Negro, hace ya algunos años —murmuró la reina.

Wellan, que había leído casi todos los pergaminos de la biblioteca de Esmeralda, no había oído hablar jamás del Emperador Negro.

—En aquella ocasión, yo fui la única víctima —prosiguió Fan—. El emperador quería concebir un hijo conmigo.

—No… —murmuró Wellan comprendiendo lo que había pasado.

—Mi esposo fue obligado a asistir a este horrible espectáculo —confesó la reina bajando pudorosamente los ojos—. Cuando partió, el Emperador nos advirtió de que volvería un día a buscar a su retoño…

—Entonces, esta masacre, ¿tenía por objeto recuperar…?

—El brujo montó en cólera porque el bebé no estaba aquí y porque, contrariamente a sus planes, no traje al mundo un niño, sino una niña.

—Kira —suspiró el caballero.

—Sí, Kira —sonrió la madre con ternura—. Cuando llegó, no quería ni siquiera verla. Luego, me acerqué a su cuna. Era diminuta y lloraba de una forma que se le partía a una el alma porque tenía hambre. La tomé en mis brazos y supe que no era un insecto frío y horrible como su padre. Era cálida como un gatito y tenía emociones, como yo, aunque fuera de color malva. La protegí contra muchos sholienos que querían matarla, incluido mi esposo, porque supe que ella iba a realizar grandes hazañas.

—¡Pero es la hija de un monstruo! —protestó Wellan.

—Por su sangre, sí, pero su corazón es humano. Tiene unos poderes increíbles, caballero, y quiero que los utilice para ayudaros a combatir a su padre.

Mientras hablaban, los compañeros de Wellan entraron en los aposentos reales y quedaron petrificados al ver a su jefe arrodillado ante la reina herida.

—No hemos encontrado ningún… —comenzó a decir Chloé.

—¡Ayúdame, Sento! —le cortó Wellan en tono suplicante.

El caballero que poseía manos y poderes de curandero se acercó y se arrodilló a su lado. Echó una mirada rápida al puñal y se volvió hacia Wellan.

—No podemos sacarla de aquí porque la mataremos —dijo Wellan—, ya que el puñal está envenenado. ¿Puedes anular los efectos de esta poción maldita?

—Ha sido fabricada por el propio brujo —murmuró Fan mientras sus ojos se cerraban por el cansancio—. No podéis hacer nada. Os ruego que me dejéis a solas con el caballero Wellan. Permitid que muera con dignidad.

Sento observó la reacción de su jefe, que tenía el rostro desfigurado por el dolor y las dudas. Wellan hizo finalmente un gesto con la cabeza y Sento se puso en pie. Se dirigió hacia sus compañeros y les obligó a abandonar la habitación cerrando las puertas tras de sí. Debían quemar los cuerpos de las víctimas a fin de liberar sus almas. Cuando se alejaron, la reina sujetó débilmente las manos de Wellan al tiempo que le miraba de forma suplicante.

—Quiero que me hagáis una promesa por vuestro honor como caballero de Esmeralda —dijo.

—Os prometeré todo lo que deseéis, majestad.

—Quiero que protejáis a mi hija y que no reveléis a nadie que su padre no era humano. Incluso Kira debe ignorarlo hasta que tenga suficiente edad para asumir las consecuencias de esta terrible situación.

Wellan se mordió nerviosamente el labio inferior. ¿Cómo podría permitir que la semilla del mal creciera en el interior de la morada del bien, sin poner en guardia al rey y al mago?

—Si sentís algún afecto hacia mí, Wellan, os ruego que veléis por la supervivencia de Kira.

—Vos conocéis mis sentimientos, majestad.

—Admito vuestra inquietud y la comprendo, pero esa niña no representa ningún peligro para vuestro reino. Por el contrario, es posible que sea el único caballero capaz de derrotar al Emperador Negro. Yo os suplico…

—Os juro por mi honor que Kira vivirá segura en el reino de Esmeralda —terminó diciendo Wellan.

—Me haréis infinitamente feliz —respondió la reina.

—Hubiera deseado haceros infinitamente más feliz, majestad.

—Tomad la cadena que cuelga de mi cuello. Se la entregaréis a Kira cuando se haga mayor. Deberá llevarla con honor.

Fan cerró lentamente los ojos y sus dedos se deslizaron suavemente de las manos del caballero. Éste intentó retenerlos en un gesto de esperanza, pero la vida había ya abandonado a aquel ser maravilloso. Lanzó el caballero un grito de dolor tan profundo que temblaron los mismísimos cimientos del palacio de hielo. Sus compañeros, que quemaban en el patio los cadáveres de los sholienos fallecidos, se detuvieron en seco espantados por aquel grito desesperado. No llegaban a entender que amara tanto a una mujer a la que sólo había visto unos minutos en el palacio de Esmeralda, pero sintieron una inmensa pena por él. Cualquier pérdida de vidas humanas afectaba profundamente a estos guerreros tan sensibles a la energía sutil de sus semejantes.

—Al menos Wellan no es ya prisionero del hechizo que le provocó esa mujer —suspiró Falcon con alivio—. Nuestro hermano ha quedado liberado.

Los demás prefirieron no decir nada. Bergeau tomó de la mano el cuerpo de otro de los fallecidos. Surgió de él un resplandor brillante y lo abrazó.

Jasson, por su parte, no se había detenido para dar de beber a su caballo. Cuando galopaba por el territorio del reino de Diamante vio venir en dirección contraria un mensajero que enarbolaba los colores del reino de Esmeralda. Detuvo su caballo y el hombre reconoció su coraza adornada de piedras preciosas en forma de cruz.

—Traigo un mensaje del rey, caballero —dijo solemnemente, reteniendo a su caballo, que piafaba de impaciencia.

—¡Habla! —le ordenó Jasson con brusquedad.

—Nuestro rey teme que se haya producido la invasión de Shola y exige que sus caballeros no corran ningún riesgo inútil.

—Regresa junto a nuestro soberano y dile que es demasiado tarde, porque mis colegas están ya en Shola. Me han encargado avisar a Esmeralda I de que el ataque ya ha tenido lugar, aunque no puedo darle detalles todavía. Ve a decirles esto a Esmeralda I y a Elund, de parte del caballero Jasson de Esmeralda.

El mensajero le saludó respetuosamente y dio media vuelta. El joven caballero lo vio marchar y volvió grupas con su montura. Se apoderó una gran desolación de su espíritu y llegó a creer que uno de sus compañeros de armas había perdido la vida. No le gustaba combatir, pero no podía cerrar los ojos mientras estaban masacrando a sus colegas. Sin dudarlo más, espoleó a su caballo y se lanzó al galope en dirección norte.