28

En aquellos días fuimos felices. Parecía que el destino, que siempre había jugado con ventaja, se detenía a nuestros pies, reverenciando nuestro derecho a elegir. Así fue durante meses, casi un año. Cuando el silencio se hacía un hueco en nuestras conversaciones, el miedo a que sucediera algo que rompiese aquel equilibrio, nos sorprendía más de una noche frente al licor de bellota mirándonos fijamente a los ojos. Ninguna hablamos de aquella extraña sensación de inseguridad que asalta a todo ser humano cuando las cosas parecen ir demasiado bien. No hablamos sobre ello porque, incluso el hecho de comentarlo en voz alta, nos asustaba. Las tres éramos conscientes de que algo iba a suceder. Un suceso terrible que dejaría nuestras vidas marcadas para siempre. Sobre todo lo sabía ella, Sheela.

Días después de recibir la primera paliza nos citó en la terraza de una cafetería a las afueras del pueblo. A pesar del calor de aquel agosto, Sheela, llevaba un jersey de cuello alto. Se había maquillado tanto los pómulos y los ojos, que las pecas no se veían. Apenas podía abrir el ojo derecho y su labio superior estaba tan hinchado que la impedía hablar con normalidad.

—¡Hijo puta! —Exclamé limpiando sus lágrimas, despacio, con las yemas de mis dedos—. Ha sido él, ¿verdad?

—¡Dios mío! ¿Cómo ha podido hacerte algo así? ¿Cómo se atreve? —gritaba Remedios horrorizada.

—No, no, Remedios, no me toques ahí —dijo Sheela abortando el abrazo de esta—, creo que tengo dos costillas rotas.

No quiso denunciarlo. Buscó mil excusas para convencernos de que la agresión había sido involuntaria, para convencerse a sí misma de que no se había enamorado de un maltratador. Pero desgraciadamente, así era.

Él notó que yo percibía sus intenciones, que sabía quién era y lo que pretendía. Por ello, desde nuestro primer encuentro, esquivaba mi mirada como hacen los delincuentes con los rastreadores telefónicos de la policía: solo me mantenía la vista unos segundos. El tiempo que él creía podía permitirse para que yo no alcanzara a ver más allá, a introducirme en su alma. Pero lo hice. Lo hice y le advertí:

—Si le vuelves a poner la mano encima, te mato —le dije bajito la noche en que Sheela se empeñó que le acercásemos a la estación del tren después de la cena de cumpleaños de ella.

—Te mataremos. Lo haremos —apuntó Remedios alzando el tono de voz. Lo que provocó que los viandantes miraran hacia el coche.

Él no respondió. Se bajó del automóvil dando un portazo seco. Nos miró desafiante, escupió sobre la acera y con expresión viciada, desde lejos, dijo:

—Ella no os dejará hacerlo. Me quiere —apostilló riendo a carcajadas.

Unos días antes de la última paliza, Sheela, me regaló su paraguas rojo:

—Es para ti.

—No puedo aceptarlo —respondí negándome a cogerlo—, te lo regaló tu madre. Es tu talismán. Siempre te ha protegido.

—Ya no lo necesito. Nadie mejor que una mujer de agua para llevarlo a partir de ahora…

Sabía lo que estaba diciendo sin decir, y lo peor es que yo no podía hacer nada para evitarlo.

—Le has denunciado. Tiene una orden de alejamiento. No creo que se atreva a volver por aquí —dije intentado salir de aquel dolor. Intentado que callara. Que dejara de hacerse daño, de hacerme daño.

—Le he comprado este a Remedios. Quería que fuese lo más parecido al mío. ¿Ves? Mango de madera, rojo sangre —respondió sin contestar a mi pregunta—. Quiero que se lo des tú, no creo que yo tenga valor para hacerlo.

—Sheela, no va a sucederte nada —dije apretando sus manos.

—Sé que me matará. A pesar de la orden de alejamiento, a pesar de vuestra protección, lo hará. Cuando suceda debes llevarme contigo a Egipto, porque irás a Egipto, es tu destino. Cuando estés allí, recuerda que no puedes volver. Nunca, bajo ningún concepto, suceda lo que suceda, debes regresar a España. Hazme caso, las runas daban instrucciones concretas sobre ello.

—No sigas, no quiero que sigas diciendo barbaridades. No te va a suceder nada, ¡nada!, ¿entiendes? —le inquirí levantando su barbilla para que me mirase de frente.

—Debes esparcir mis cenizas en Sinaí. Luego cántame la canción de Alfonsina y el mar. ¿Me lo prometes? ¡Prométemelo!

Yo lloraba, lloraba como nunca lo hice. Lloré como debí llorar aquel día, cuando padre murió. Lloré por los siglos, por los espacios infinitos de tiempo, de eras que faltan por venir. Lloré para no tener que volver a llorar nunca más por lo mismo; por lo de siempre.

Ella, me miraba en silencio, dejándome estar. Después, tras secar mis lágrimas con un pañuelo de papel, sonrió y dijo:

—¡Recuerda!, debes asegurarte que no sea un lugar con posibilidad de recalificar. No soportaría que me construyeran encima un adosadito…

Hoy, el ruido del agua golpeando el casco de este barco con forma de milhojas que recorre el Nilo, me produce nostalgia, tristeza, me hace sentir el vacío que su falta, su ausencia, ha dejado en mí. Las plañideras de mi alma, de mi corazón, lloran la pena.

Bajo su paraguas rojo me oculto; me cobijo. Intento aminorar el daño que aún me causa su adiós.