Madrid de los Austrias
19 de abril de 1993
Postrada en la cama, entornó los párpados. El esfuerzo de haber dedicado el día a rememorar el doloroso recuerdo de los que probablemente fueron los años más difíciles de su larga vida la tenía casi exhausta. Preocupada, Julia, la enfermera, insistió en que descansase, pero ella la ignoró por completo. Prometerle que regresaría al día siguiente tampoco sirvió de mucho, ya que si alguno de sus defectos se había acrecentado con la edad era la terquedad.
—Tú sabes que habrá un mañana. Yo, en cambio, vivo cada instante como un regalo de Dios. Así que, después de todo lo que has leído, me debes un poco más de tiempo. El final te lo contaré yo. Me preguntaste el porqué de mi elección al hacerte partícipe de esta parte de mi vida y ahora es el momento de explicártelo. Te prometo que no te robaré más de media hora.
Aunque el resuello le faltaba, no pude negárselo. Con la mirada vidriosa recordó la muerte de Borja.
—Por mucho que lo intentaba, aún no podía hacerme a la idea de que nunca más volvería a ver esa sonrisa tan alegre y abierta. Al menos eso es lo que pensé entonces. Algo de lo que me desdigo ahora porque, si es cierto que este parche me tiene medio ciega, no hace falta fijarse mucho para darse uno cuenta de que tú has heredado de él sus paletas separadas, esos sonrojados labios y una sonrisa imposible de eludir. ¡Si él hubiese sabido que tres décadas después de su muerte nacería una niña tan parecida a él!
Suspiró.
—Tú podrías haber sido esa hija que no tuvo tiempo de engendrar con Rafaela. Pensarás que definitivamente me he vuelto loca, pero lo cierto es que, al casarse tus padres, él, hijo de Íñigo, ella, de Rafaela, para mí eres como la sobrina nieta que con el tiempo ha materializado ese amor truncado. Necesitaba decírtelo antes de morir y ya siento que me puedo ir en paz.
—¿Por qué has tardado tanto en contármelo?
—Tenías que crecer y ser madre para comprenderlo. Además, no era un asunto fácil de comentar, ya que tu abuela Rafa, después de aquella guerra, rehízo su vida casándose con tu abuelo. Para ella, hoy ya viuda, su marido fue el hombre más importante de su vida. Para nosotros, en cambio, fue la única mujer a la que amó mi hermano. Pero eran jóvenes, demasiado jóvenes, y el tren de la vida no quiso subirlos al mismo vagón. ¿Crees que ella se acordará de aquello?
Dudé:
—¿Por qué no iba a hacerlo? Nada tiene que ver que ella siguiese con su vida después de perderlo. Un primer amor nunca se olvida.
Se posó el dedo sobre la boca para que me callase.
—Tú lo has dicho. Un primer amor, pero…
Tomó aire ligeramente contrariada.
—No estoy tan segura de que él fuese para ella lo mismo que lo que ella significó para todos nosotros.
—¿Qué fue de la segunda carta?
—No lo sé. A tiempo estás de preguntárselo a ella.
—¿Crees que la tendrá aún? Ha pasado más de medio siglo. Una eternidad. Tú mejor que nadie sabes que las guerras obligan a olvidar muchas cosas para cerrar heridas. ¿De verdad crees que la puede tener todavía?
Suspiró.
—No lo sé. Creo que ser la protagonista del pensamiento de un hombre poco antes de morir y que te lo diga no es algo susceptible de olvido. Pero todo puede ser.
La besé en la frente.
—Se lo preguntaré. Quién sabe. Si se muestra receptiva, lo mismo incluso me atrevo a pedirle la carta.
Sonrió.
—Si aún la guarda, dudo que te la dé después de haberla mantenido en secreto tantos años.
La enfermera entró con una bandeja y la sopa. Ya se había hecho de noche y me pidió que me retirara. Aquella tarde había pasado volando, y aunque ella ya parecía satisfecha con todo lo que me había transmitido, yo aún no lo estaba. Necesitaba un final. No hicieron falta palabras. Solo mi mirada de súplica le bastó para rogar a Julia que me dejase a mí darle la cena. La enfermera protestó ante la amenaza de que trasnochara. Eran tan solo las ocho de la tarde y tuvo que achantarse ante mi compromiso de marcharme apenas se terminase el postre.
Se retiró refunfuñando. Ya solas las dos, le coloqué su inmensa servilleta de hilo a modo de babero sujeto por una cadenita al cuello, y ella me ayudó incorporándose. A pesar de lo independiente y fuerte que siempre fue, hacía mucho tiempo que había aceptado sumisa las vejaciones a las que somete la senectud.
—Conseguiré la carta y te la traeré. Pero dime cómo terminó la guerra para vosotros.
—El alma partida que nos dejó Borja a menos de un año del inicio de la guerra fue solo el preámbulo de lo que sufriríamos los dos restantes. Pero eso a ti, querida sobrina, no te incumbe.
Resoplé incómoda por lo que se hacía de rogar.
—Está bien. He pasado tanto tiempo intentando olvidar que ahora se me hace extraño recordar todo tan nítidamente y de golpe. No tenemos mucho tiempo, así que te lo resumiré. Bilbao cayó dos semanas después y tan solo un mes más tarde Íñigo y Jaime consiguieron por fin salir de Madrid. Nunca nos contaron cómo lo lograron y tampoco se lo preguntamos. Lo cierto es que lo debieron de hacer por separado. Tu abuelo optó por venir al frente norte y luchar como comandante del Estado Mayor en Navarra, en la campaña de Asturias, Santander y Oviedo, a las órdenes del general Solchaga.
»Mientras, Jaime prefirió tomar el camino del sur hasta Sevilla. Amante del riesgo como siempre lo fue, se alistó en el Ejército del Aire. Andaban tan escasos de pilotos que, nada más saber Vara del Rey que él ya tenía el título internacional reconocido en Alemania, le admitió en su escuadrilla. Nos extrañó que hubiese pasado los reconocimientos médicos, ya que la falta de los dos dedos de la mano derecha que se arrancó montando a caballo podría no ser nada comparado con la falta de reflejos que tenía por la fractura del cráneo que sufrió al caerse de la moto en Tetuán, y al recordárselo solo nos contestó con un «¿Qué me puede pasar?, ¿que me mate? Pues ya habré despegado al cielo; la Virgen de Loreto me recogerá en su regazo».
Suspiró melancólica.
—Hasta que un día llamó el general Queipo de Llano desde Sevilla. Jaime, trasladando un avión en escuadrilla desde Tablada a El Copero, se había chocado con Vara del Rey. Su superior, aunque herido, consiguió salvar la vida. Él no. A falta de parientes cercanos que acompañasen sus restos, algunos amigos y parientes lejanos, como Queipo de Llano, Santa Cruz y Medinaceli, le velaron toda la noche en la capilla ardiente del hospital militar, para luego enterrarlo en el cementerio de San Fernando en un nicho que nos prestaron los marqueses de Montilla, a la espera de que terminase aquella maldita guerra y lo pudiésemos trasladar. Vara del Rey, con una unidad de su aviación, le rindió honores e hizo salvas de ordenanza desde el cielo.
»Apenas se habían cumplido siete meses de la muerte de Borja, y nuestros padres, después de perder a otro de sus hijos, no levantaron cabeza. La guerra terminó y, como tantos que habían visto morir a sus seres queridos, buscamos el consuelo en la idea de que el sacrificio había, al menos, salvado a Dios y a España. La monarquía, en cambio, tardó aún muchos años en regresar. El resto ya lo sabes. Coge esta caja; es donde he guardado todos sus recuerdos y nadie mejor que tú sabrá custodiarla.
Dejando la cuchara sobre el plato, me disponía a abrirla cuando posó su mano sobre la tapa.
—No ahora. Estoy cansada y deseando terminar la cena. Hazlo al llegar a casa y ya me contarás.
Apenas terminó, hundió la cabeza en la almohada y cerró los párpados.
—¿Vendrás a visitarme otro día?
—No lo dudes, tía María. Para entonces espero traerte noticias de la segunda carta.
Asintió y tiró con pulso débil del embozo de la sábana para arriba. Le retiré la bandeja, apagué la luz de la mesilla de noche, tomé la caja a la que había hecho alusión y me fui. En su respiración lenta y acompasada y en su media sonrisa tuve la impresión de ver reflejada la verdadera paz.
Fue la última vez que la vi con vida. Al llegar a casa, abrí aquel tesoro que resumía una vida en apenas treinta centímetros cúbicos. Dentro había un gorrillo isabelino verde con el filete y el borlón rojo del uniforme, sus cordones de alférez, la cartera militar del Ejército, unos gemelos esmaltados en rojo y negro, un imperdible para colgar sus condecoraciones, el pequeño cuadernillo de donde, sin duda, arrancó las páginas para escribir sus últimas cartas y un montón de epístolas escritas desde el frente.
Tan solo tres días después me comunicaron que la tía María había muerto. Pensé que había esperado lo justo para saldar su última misión en la vida: hacer de mí la estela de sus recuerdos. Quizá fuese porque ella, como sus hermanos Borja y Jaime, tampoco dejaba sucesión en este mundo. Quizá porque en mí vio el germen de ese amor truncado. No eran delirios de senectud, sino la evidencia de su herencia en mi sangre. Me consolé de su pérdida pensando en el reencuentro con sus dos hermanos después de más de medio siglo separados.
Aquella mañana sonó el teléfono. Esperé a que ese pitido de enfisema tomase aire.
—¿Vas al entierro de tu tía María en la catedral de Toledo?
—Claro, abuela. La incineraremos para enterrarla junto a sus hermanos solteros. Así todos descansarán en el mismo columbario.
—¿Borja y Jaime?
—Sí, los trasladaron hace años desde Lazcano y Sevilla para que estuviesen al lado de sus padres. Bajar a la cripta de la capilla de Santiago es como viajar en el tiempo y recordarlos en paz.
Me interrumpió:
—Me gustaría acompañarte.
—¿Estás segura, abuela? Recuerda que llegar al casco antiguo de Toledo es complicado y la catedral se encuentra en el centro. El aparcamiento está lejos, las calles son empinadas y hay adoquines por doquier donde tropezar. Además, dentro hay escaleras y te faltará el resuello. ¿Te sientes con fuerzas?
—Todas las del mundo para recordar.
No pude negárselo. El viaje de Madrid a Toledo lo hicimos las dos sumidas en nuestros pensamientos. Ella, si alguna vez había mencionado la guerra y lo que perdieron en ella, siempre lo había hecho de soslayo, como la mayoría de los de su generación, así que entendí que si se iba a presentar una ocasión propicia para preguntarle sobre su relación con Borja era aquella.
Apoyada en mi brazo, llegamos a la capilla. Rodeamos los hermosos sarcófagos de don Álvaro de Luna y su mujer, Juana de Pimentel, y accedimos a las escaleras de nuestro mausoleo dispuestas a bajarlas con cuidado. La cripta estaba en penumbra. Se rezaba el responso y no había una sola flor por expresa petición de mi tía María, que las consideraba un derroche innecesario. Mi abuelo Íñigo y la tía Elisa, los únicos hermanos que quedaban vivos de aquella generación, depositaron la pequeña urna junto a las otras dos. La abuela tomó asiento enfrente y pude ver cómo centraba la vista en la losa que habían quitado para abrir el nicho.
Al terminar, salieron todos menos ella. Pasaba las cuentas del rosario con la mirada fija en la lápida donde los nombres de Borja y Jaime figuraban con las fechas de sus nacimientos y defunciones. La cruz de Santiago los coronaba. Aún no habían tenido tiempo para cincelar el de mi tía María.
Aquellos ojos azules brillaban como una ventana abierta al pasado. Intentando adivinar qué era lo que pasaba por su cabeza, la cogí de la mano.
—¿Sabes que cuando murió Borja me sentaron en el funeral en el primer banco, junto a sus hermanas y su madre?
No pude mentirle.
—La tía María me lo contó hace solo unos días. No sabía que habías sido su madrina de guerra.
Comprendiendo que sabía mucho más de lo que aparentaba, se explicó:
—Sí. Él, además de otras cosas, era mi ahijado, como tú también eres mi ahijada de bautismo, y por eso hoy he querido traerte una cosa.
Abrió el bolso y sacó un pequeño sobre amarillento, forrado de papel de seda azul, y me lo tendió. Estaba abierto. Al tomarlo entre mis manos, pude leer: «Se ruega llevarla en mano, si es posible, en caso de que yo muera. Srta. Rafaela Armada. Villa Itoca. Ondarreta (San Sebastián)».
—La última vez que lo vi discutimos, y eso es algo que siempre he llevado clavado en el corazón. Aquello que para mí no fue más que un flirteo de juventud, para él y toda su familia supuso un apasionado amor que jamás me atreví a desmentir por no herir a nadie y por haber demostrado él tantos destellos de grandeza. Después de la guerra, todos los que sobrevivimos seguimos adelante. Me casé con tu abuelo, al que ya conocía antes de empezar la contienda y a quien, como sabes, quise con toda mi alma. Tuve mis propios hijos, y quiso el destino que tu madre se enamorase de un sobrino de Borja, tu padre. De esta manera las dos familias definitivamente emparentamos.
Acariciando la carta, me salió del alma:
—No me digas más, abuela. El tiempo pasa difuminando los contornos de aquello que queremos olvidar, y es mejor no pensar en lo que pudo ser y no fue, pero esta carta demuestra que tú nunca quisiste borrar aquello de tu memoria. ¡La has guardado todos estos años!
Abriéndola nerviosa, carraspeé antes de comenzar a leerla con la solemnidad que debía ante todos los que allí yacían:
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Queridísima Rafa:
Solo quiero escribirte unas líneas de despedida, ya que seguramente hoy me iré allá arriba con Dios. No puedo ahora entrar en detalles de los que ya te enterarás. Solo te pido que te acuerdes de mí en tus oraciones y me perdones todo lo que te haya podido hacer rabiar. No necesito referirte lo mucho que te he querido en este mundo, y quiera Dios que allá pueda seguir queriéndote. Te prometo pedir a Dios mucho por ti para que seas siempre buena y feliz en esta tierra y puedas reunirte conmigo en la eternidad.
Recibe un abrazo muy fuerte del que hasta hoy era tuyo,
F. Borja