Palacio del Infantado. Madrid

Noche del 13 de abril de 1931

Éramos tan solo cinco los comensales que aquella noche nos sentamos a la mesa. Según el protocolo que nunca olvidábamos, al ser yo la única mujer en casa presidía la mesa con mi padre. A mi derecha estaba sentado nuestro primo el duque de Miranda, a mi izquierda, mi hermano Íñigo y junto a papá, Jaime.

Habíamos invitado a Luis María de Silva para que, como mayordomo mayor del rey, nos pusiese al tanto de qué iba a hacer exactamente su majestad después de saber que en las elecciones municipales del día anterior había triunfado la república gracias al voto de las grandes ciudades. Mi padre no podía creérselo aún.

—De qué poco ha servido el voto fiel al rey en los pueblos. Pero ¿qué podíamos esperar? Tal y como están las cosas, ya lo predije hace tiempo. Las diferencias que los monárquicos hemos tenido entre nosotros es lo que precisamente ha puesto a don Alfonso en la inestable balanza en la que se encuentra.

Luis María intervino:

—Agua pasada no mueve molino. El caso es que, en este momento, Romanones está reunido en casa de Marañón intentando garantizar la seguridad de su majestad. No es para menos, ya que sabemos que el general Sanjurjo ha llegado a un pacto con los republicanos y que con él están la mayoría del Ejército y la Guardia Civil.

Mis hermanos le respondieron al unísono:

—No seremos nosotros.

Sonrió.

—Nadie mejor que vosotros, los jóvenes oficiales, sabe que en el Ejército hoy hay tantos republicanos como monárquicos.

Bajaron la cabeza sin atreverse a negarlo. Intenté quitar quina al nerviosismo y la incertidumbre:

—¡Menos mal que la reina María Cristina no ha vivido lo suficiente para ver cómo el pueblo pone en entredicho a su hijo!

Íñigo me interrumpió:

—Lo cierto es que, desde que el general Miguel Primo de Rivera se desterró a París para morir, ya no han existido días tranquilos.

Nuestro invitado intervino:

—El rey lo intentó, pero los Gobiernos de Dámaso Berenguer y Aznar con su «dictablanda» también han demostrado ser un fiasco.

Mi padre se indignó:

—«¿Dictablanda?». Mejor haríamos en haber llamado a ese tipo de Gobierno blanda, sin dicta. Porque ¿cómo es que don Alfonso no ha podido evitar que a diario se publicasen semejantes artículos en su contra? La hostilidad hacia su persona ha crecido a pasos agigantados gracias a la prensa escrita. Solo los muertos no sienten el odio que mana de las trifulcas callejeras cada vez que alguien grita «¡Viva la República!» y otro le contesta «¡Viva el rey!».

Miranda, cabizbajo, le excusó:

—Lo intenta como mejor sabe, puede y se deja aconsejar. Quizá por eso no es más contundente en sus decisiones. Constantemente dice que lo último que quiere es que se vierta una gota de sangre española por su causa.

—Lo que diga, pero el resultado de estas elecciones tan solo corrobora que las brasas del frustrado alzamiento en armas en Jaca y poco después en el aeródromo de Cuatro Vientos aún vuelan incandescentes. Porque ¿cómo podemos admitir que Queipo de Llano, habiendo sido el líder de la rebeldía hace tan solo cuatro meses, esté ahora dialogando con los nuestros?

Nuestro primo le excusó de nuevo:

—Tampoco fue tan grave su delito. En el juicio juró que sus aviones despegaron de Cuatro Vientos con la sola intención de sembrar Madrid de octavillas republicanas.

Jaime sonrió sarcástico. Aquellos ojos azules se tornaron vidriosos y la vena de su cuello empezó a inflarse.

—Por favor, ¡quién cree eso a estas alturas! Ni que fuésemos idiotas. Se sabe de sobra que su compañero, el piloto Ramón Franco, no tenía otra intención que bombardear el Palacio Real. ¡Y pensar que llegó a ser gentilhombre de cámara en ejercicio del mismo rey al que intentaba matar! Algunos no saben lo que es la lealtad y hoy más que nunca hay que desconfiar de vanos juramentos. La palabra de algunos no vale un céntimo.

Jaime era visceral hasta la médula. Un atractivo idealista veinteañero al que le costaba razonar en muchas ocasiones. Íñigo, mucho más taimado en todo, intentó templar gaitas:

—Olvídalo y da gracias a Dios de que al menos un ápice de conciencia le asaltase al sobrevolar el terreno y comprobar que su plan sería del todo inviable sin causar bajas inocentes.

Le apoyé:

—Entre otras, la muerte de unos niños que yo misma vi jugando media hora antes en los cercanos Jardines de Sabatini.

Jaime insistió:

—¡Cobarde donde los haya! ¿O cómo se puede llamar a un hombre que, después de haber intentado un regicidio en toda regla, aterriza y le falta tiempo para coger otro avión cargado de combustible y alzar de nuevo el vuelo hacia Lisboa abandonando a su suerte a sus compañeros? ¡Cómo me hubiese gustado detenerlo!

Miranda le miraba de reojo preocupado. Quizá porque en él veía el reflejo del fervor que de un lado de España se estaba fraguando. Mi padre, en cambio, le escuchaba como sin querer oír. Íñigo, cansado del cariz que estaba tomando la conversación, dio un golpe en la mesa obligándole a callar.

—¿Es que no te bastó con que detuviésemos a Alcalá-Zamora, a Queipo de Llano y al resto de sus adláteres? Trata de calmarte, que lo tuyo más que valentía suena a osadía. Estoy harto de tener que sacarte las castañas del fuego.

Íñigo, al ser mayor, ya era oficial, y cada vez temía más por los lances de Jaime. Sin medir las consecuencias y como un perro trufero, parecía buscar líos hasta debajo de las piedras.

Jaime se levantó de la mesa tirando la silla para inclinarse desafiante hacia él.

—¡Dime de qué narices sirvió detenerlos! Nosotros arriesgamos nuestra vida en ello y ¿qué han hecho los jueces? ¡Condenarlos a seis míseros meses y un día de reclusión que al poco tiempo se ha conmutado por libertad condicional!

Papá, sin mediar palabra, se levantó, le pegó un pescozón y le obligó a sentarse. Hubiese sido violento si no fuese porque considerábamos a Miranda como uno más de la familia y no era la primera discusión familiar que presenciaba. Aquello bastó para que por fin se callasen. Tomando asiento de nuevo, suspiró:

—Estáis dando la noche a nuestro invitado, que ha venido a cenar para olvidarse por un instante de los problemas del rey. Dejemos el pasado a un lado y miremos al futuro. Ahora solo nos falta esperar a ver si es legítimo este recuento de votos y, lo que más nos importa, si, de serlo, su majestad se quedará.

Ingenua sonreí:

—No lo entiendo, padre. ¿No son acaso unas elecciones municipales? Si fueran generales, todavía, pero solo son municipales. ¿Por qué habría de irse el rey?

Masculló entre dientes:

—Porque, hija, lo que para nosotros era una simple elección de alcaldes, para los disidentes se ha convertido en un verdadero plebiscito.

Miranda apostilló:

—Un plebiscito que, de ignorarse, bien podría degenerar, tal y como están de caldeados los ánimos, en una cruenta guerra.

No hacía más de cinco minutos que habíamos oído sonar el teléfono cuando apareció un asistente de nuestro invitado con su sombrero y su gabán para susurrarle algo al oído. Su rostro, hasta entonces relajado, demudó. Le miramos expectantes un segundo hasta que, levantándose, dejó la servilleta lentamente junto al plato y cabizbajo dictaminó:

—Todo está perdido. Ya no vale la pena discutir. Lo siento, pero es cierto lo del desastre electoral. Quizá… si no nos hubiésemos confiado tanto… Ahora ya es tarde; lo más importante es poner a salvo al rey. Él mismo ha decidido marcharse provisionalmente para evitar más enfrentamientos. Pasado esto, veremos si…

El deseo de que fuese así me soltó la lengua:

—¿Vuelve?

Aquella pregunta quedó sin respuesta, ya que mi padre y mis hermanos se levantaron ipso facto para seguirle. Ya en la puerta del comedor, mi padre se dio la vuelta un instante:

—María, no se te ocurra salir de casa pase lo que pase.

Todo fue tan precipitado que ni siquiera se despidieron. Allí quedé yo sola, con un bocado de merluza a la papillote aún sin tragar, guardado en el carrillo derecho de la boca. Me había quedado tan paralizada que ni siquiera los músculos de mi mandíbula se atrevían a masticar.

Permanecí un rato más sentada a la mesa. Mis pensamientos se agolpaban sin orden ni concierto, lo que me impedía tomar una sola decisión; y es que mi padre había estado en el pasado muy unido a don Alfonso, a pesar de no haber comulgado con muchas de sus últimas decisiones. Ahora, como monárquico acérrimo, estaba dispuesto a hacer por él lo que estuviese en su mano.

A mi mente acudió la conversación que los hermanos habían mantenido esa misma tarde, conjeturando y decidiendo a quién defender en el caso de que la familia real se viese alguna vez en peligro. Íñigo, tan solo dos años mayor que el príncipe de Asturias, velaría por su seguridad, protegiéndole hasta de cualquier rasguño, para él mortal por su hemofilia. Mientras que Jaime intentaría viajar a San Fernando para sacar al infante don Juan de la academia de la Armada y ponerlo a buen recaudo. Como siempre, soñador donde los hubiese, se olvidaba de sus limitaciones. ¿Cómo un oficial tan joven podría actuar así por sí solo? Qué locura; otra más de sus locuras.

La soledad en la que me dejaron me sobrecogió. Si al menos ellos se hubiesen quedado conmigo… Con la vista fija en la mesa intenté tranquilizarme. La seguridad que siempre sentí estando encerrada en casa revoloteaba por entre sus muros como intentando escapar. ¿Y si la monarquía caía aquella noche? ¿Y si, como en tiempos de la Revolución francesa, después de guillotinar al rey venían a por los nobles? ¡Por qué diantres no me habría ido con mamá y mi hermana Elisa a Viñuelas!

Asomada a la ventana de la biblioteca, observé el paseo del Prado. Los faroles que iluminaban el museo justo enfrente de casa parpadeaban como las llamas de las velas a punto de extinguirse a merced de una ráfaga. Quizá fuese el primer indicio de que aquel tranquilo paseo en muy poco tiempo dejaría de estarlo. De confirmarse tal sospecha, sería mejor pasar desapercibida y nada mejor para ello que apagar todas las luces de casa. Bajé a las cocinas a ordenárselo al servicio, paseé de cuarto en cuarto para comprobarlas yo misma y regresé a la biblioteca. Desde sus ventanas podía vigilar sin ser vista. Tan solo dejé prendido un pequeño candil sobre el suelo para no tropezar con las mil y una antigüedades que la decoraban. Aquella noche, lo verdaderamente temeroso no eran las flameantes sombras de los bustos reflejados sobre los cantos de los libros de las estanterías, sino el arrebato que poco a poco se iba adueñando del paseo.

Agazapada entre los cortinajes del balconcillo, pude entrever cómo pasaban los obreros, alegres, aclamando la victoria de la república con una botella en una mano y la bandera tricolor en la otra.

«Soldados, la patria nos llama a la lid; juremos por ella vencer o morir».

Como una nube amenazando tormenta, pude distinguir el estribillo del himno de Riego, el mismo que Azaña había querido instaurar como himno nacional sin conseguirlo. Los remolques de aquella eterna procesión de camiones iban a rebosar. ¿De dónde habían salido tantos? Eran cientos, miles, que salían a raudales de no se sabía dónde. Todos venían a celebrar la transformación de su país en lo que creían una España mejor.

Sentada sobre la alfombra, le pedí a Dios para que ese júbilo no se mudara en odio. Me encendí un cigarro e, intentando disipar mis temores, tomé un libro de los que había apilados sobre la mesa del despacho. Eran las obras completas de Emilia Pardo Bazán que la autora, ya fallecida hacía una década, había dedicado a mi madre. El azar quiso que abriese en el principio de Un viaje de novios. Recordé que en mi infancia corría el rumor de cómo aquella insigne escritora se había carteado desde su pazo en Galicia con Pérez Galdós. Que, medio en broma medio en serio, le escribía apasionadas epístolas de amor a las que él contestaba sin pudor. ¿Cómo mamá, siendo tan tradicional, pudo haber sido amiga de una intelectual tan sumamente libertina? Aseguraban que su defensa a ultranza del naturalismo la llevó a separarse de su marido para luego convertirse en la concubina de Benito, y no debían de andar descaminados porque aquella impúdica relación duró la friolera de dos décadas. Veinte años en los que ella disfrutó empalagando de escándalos a las lenguas más viperinas de la alta sociedad.

Algo de cierto debía de haber, dado que mamá, siempre escéptica de este tipo de cotilleos, llegó a comentar que la lascivia de la escritora no tenía límites. Tiempo después supe que, al parecer, el académico escritor no había sido su único amante. Entre otros, el nombre de Lázaro Galdiano, mucho más joven que ella, salió a relucir, algo que mi hermana Cristina, por su amistad con él, se encargó de desmentir. Pero ¿qué me iba a decir ella? Desde que la vocación la llamó, todo aquello no eran más que fútiles comentarios de mal gusto.

Apenas había leído la primera línea, pegué un respingo. El estallido de lo que me pareció un disparo sonó a no más de cien metros de casa. Los cristales de la pesada lámpara de La Granja que pendía del techo tintinearon. Procuré tranquilizarme y convencerme de que aquello no sería más que un petardo para seguir con la lectura, pero no pude. Sin remedio alguno, mis cinco sentidos se centraron de nuevo en la calle.

Aferrada a la esperanza, deseaba que todas aquellas gentes no hubiesen reparado en nuestra casa. ¿Pero cómo no iban a hacerlo? Aquella obra del arquitecto Viollet-le-Duc resaltaba de entre el resto de los palacios clásicos del paseo del Prado precisamente por su aire arabesco. ¡Menuda ocurrencia la de mi padre al comprar una casa tan poco discreta!

Cerrando los ojos, los imaginé irrumpiendo en el palacio de Xifré con ansias de destrucción. Probablemente pensaban que no había nada mejor que hacer para celebrar el derrocamiento del rey que arrasar cualquier vestigio de su Gobierno y nobleza, y resultaba que mi padre había sido durante veinticuatro años diputado por Zumaya, senador, y era varias veces grande de España. ¿Quién mejor que él para seguir ciscándose en la ya desterrada monarquía? Las coronas de sus señoríos, almirantazgos, ducados, marquesados y condados ahora le pesarían más que nunca. En mala hora le apodaron en el pasado el Paladín del Rey.

Lo que no sabían es que, a pesar de haberse ido separando poco a poco de todas esas funciones por la edad, seguía siendo un luchador nato. El duque del Infantado, aun a riesgo de perder la vida en el trance, jamás renegaría de su condición. Hacerlo sería como pegar una patada en las nalgas a más de cinco siglos de historia de España, a la entrega de nuestros antepasados por ella y a todos y cada uno de los reyes que fueron honrándolos con aquellas gracias.

Sí, definitivamente nuestra familia no podía ser otra cosa que monárquica y tendríamos que atenernos a las consecuencias. Me consolé pensando que, si era cierto que el rey había dejado España, no sería ni la primera ni la última vez que aquello pasaba. Solo hacía falta echar la mirada atrás y recordar a Carlos IV, a Fernando VII o a Isabel II y aceptar que la monarquía siempre regresaba en un rey u otro.

Aferrada al pasado, divagaba intentando disipar mis temores cuando el crujir de un millón de cristales, proveniente de uno de los faroles que iluminaban la fachada, me sobresaltó de nuevo. ¡Qué estupidez! Además de haber apagado las luces de dentro tenía que haber aflojado las bombillas de afuera. Demasiado tarde. Miré el reloj. Eran las seis de la mañana cuando un grupo de unos diez hombres se acercaron a la verja gritando desaforados.

—¡Muera el rey! ¡Viva la República!

Los siguientes minutos se me hicieron eternos, sobre todo cuando los asaltantes, al ver que nadie se asomaba, optaron por emprender una batalla campal a patadas contra la puerta principal. La voz cascada de un borracho sonó entre los árboles del otro lado del paseo.

—¡Dejad a esos y acompañadnos, que parece que el rey por fin ha salido de palacio con el rabo entre las piernas! ¡Vayamos a despedirle como se merece!

Recé a Dios para que aquello no fuese cierto.

Se alejaban las voces calle abajo cuando sonó la tímida campanilla de la puerta de servicio. Al no abrir nadie, insistieron. ¿Se habrían ido todos de casa sin despedirse siquiera? Hasta la tímida luz del amanecer, filtrándose por entre las cristaleras, parecía precavida.

Bajé descalza y a tientas por la escalera. Temía que alguno de los asaltantes hubiese conseguido entrar. Iba despacio, pegada a la pared y de puntillas por el temor a que el parqué de sus peldaños crujiese. Mis dedos acariciaban el esgrafiado mudéjar de los azulejos que decoraban el zócalo. Al amparo de los soportales del patio, bordeé la fuente de los leones, copia de la de la Alhambra, y con el máximo sigilo me metí en el corredor de servicio que daba a las cocinas.

En camisón, encorvadas y abrigadas por una toquilla al calor de la estufa, estaban sentadas las dos pinches del cocinero. Me alegré al comprobar que no estaba sola. Se levantaron al verme. Susurré:

—¿Y los demás?

No me contestaron, pero pude oírles arrastrar la duda del qué hacer a lo largo del pasillo que daba a sus habitaciones. En ese momento chirrió la puerta y apareció Alberto corriendo y sudoroso. No esperó a que le preguntase.

—Señorita María, el señor duque dice que suba al coche de inmediato. Nos vamos a Viñuelas. Definitivamente, el rey se marcha.

Así que era cierto lo que se vociferaba en las calles. Pensé en los de casa, y todas las inseguridades de la pasada noche en vela me asaltaron de golpe y porrazo.

—¿Qué hará él? ¿Siguen Íñigo y Jaime también en palacio? ¿Ha pensado mi padre en Borja? ¡Está en el colegio de los padres jesuitas y tenemos que sacarlo inmediatamente de allí! ¿O es que no se le ha ocurrido que después de terminar con el rey irán a por la Iglesia? ¡No pienso abandonar Madrid dejando a mi hermano pequeño a su suerte! ¿Y Cristina?

El pobre hombre se asió a la única buena noticia que tenía:

—Tranquilícese, que ella ya está con su madre.

Suspiré pensando en aquella hermana mía. Monja relegada por imposición. Hacía ya tres años que nos la habían devuelto de su convento de Santa Cecilia de Solesmes, en Francia. Según el abad, había tenido un acceso de enajenación transitoria y debía replantearse, junto a nuestra familia, su verdadera vocación. ¡Qué estupidez! Locura llamaba ese hombre al misticismo más puro sin reconocerlo.

Otro petardo me hizo pegar un respingo. La piel se me puso de gallina solo al imaginar a aquellos borrachos de triunfo abusando de las monjas más jóvenes. Sabiendo ya que Cristina estaba segura, mi mente trazaba una trayectoria por las calles de Madrid para recoger al más pequeño. Mamá nunca me perdonaría que apareciera en Viñuelas sin él.

—Ya ha amanecido. ¡Antes de tomar la carretera de Colmenar pasaremos por el colegio a recoger a Borja! Será difícil convencer a los jesuitas de que le dejen salir, pero no imposible. Conociéndolos, solo habrá que disfrazar de un poco más de gravedad la enfermedad de mamá.

Incrédulo, el chófer arqueó las cejas.

—Señorita, llegar aquí desde palacio sin sufrir ningún altercado ha sido un milagro. ¿Cómo cree que cruzaremos la ciudad sin ser abordados? Mis órdenes son que la lleve a Viñuelas directamente y eso es lo que haré. No se preocupe por los demás, que seguro que el señor duque habrá dispuesto algo para salvaguardarlos.

Desesperada, le miré sin estar demasiado de acuerdo con él, pero segura de que no podía contravenir las órdenes recibidas. El escalafón de importancia estaba muy claro en mi casa y él nunca desobedecía al paterfamilias por complacerme.

Al salir precipitadamente por la puerta que daba a la cochera, tropecé con la mesa de la entrada y un marco cayó estrepitosamente y se rompió en mil pedazos. Al recogerlo pude ver la fotografía de mi hermana Teresa saliendo recién casada de los Jerónimos del brazo de su marido. Paco Moreno, conde de los Andes, iba vestido de maestrante de Sevilla, con casco y plumas incluidas. Era como si aquello hubiese pasado hacía un siglo y, sin embargo, no hacía ni dos meses. Recordé que, ya entonces, mis padres, dudando de la seguridad de los caminos, les pusieron un coche de escolta para ir a pasar la noche de bodas a Viñuelas. Me dirigí a ella como si estuviera presente:

—Qué suerte tienes, hermanita. Tú de viaje de novios en El Cairo, surcando las aguas del Nilo, mientras nosotros aquí…

Alberto, con suma delicadeza, me quitó el marco de las manos para guiarme a las cocheras. Al lado estaba la bandeja del correo. De soslayo comprobé que la primera carta del montón iba dirigida a mí. Era la caligrafía inconfundible y apresurada de mi hermano pequeño, Borja. La cogí y me la metí en el bolsillo.

—Vamos, que el tiempo apremia.

Aprovechando que Alberto me sujetaba la puerta del automóvil, le interrogué de nuevo:

—El rey se va; ¿y el resto de la familia real? ¿Qué será de los hermanos, que tanto aman la milicia? ¿Tendrán que desertar antes de dar su vida por un Gobierno en el que no creen?

Agobiado por el avasallamiento, bajó la cabeza rehuyendo mi mirada.

—De camino le contaré lo que sé, pero, por Dios, suba de una vez al coche que hoy no contamos con más seguridad que la de las brumas del amanecer y la borrachera en que andan sumidos nuestros persecutores.

Un escalofrío repentino me recorrió todo el cuerpo. Alicia, mi doncella, esperaba detrás de mí para ponerme el abrigo y el sombrero. Mientras metía los brazos por una y otra manga, noté su temblor. Al darme la vuelta los vi. Tras ella, una veintena de sirvientes, los mismos que hacía un instante andaban a hurtadillas por los corredores, esperaban alguna orden. Por sus semblantes de preocupación supe que a ellos aquel cambio tan brusco también los había cogido por sorpresa y tampoco sabían muy bien a qué atenerse. Procuré calmarlos con vanas palabras en las que ni yo misma creía.

—No se preocupen; en cuanto todo se calme, regresaremos de inmediato.

La trémula voz de mi dulce asistente replicó haciendo de los temores comunes palabras:

—Aquí nos quedamos solos. ¿Y si no se calma? ¿Y si los de anoche regresan y tiran la puerta abajo? Mire que yo me crie en esta casa y no tengo otros parientes en Madrid. ¿Qué haremos entonces?

No lo dudé.

—Poneos a salvo en donde podáis, que esta casa no vale una vida y sé que muchos de vosotros por ella la daríais.

Su mirada se tornó acuosa. Me hubiese gustado tener un autobús para salir con todo el que quisiese acompañarme; prometerles que iríamos a recogerlos a la mayor brevedad posible… Pero ¿cómo podía hacerlo sin saber ni siquiera qué sería de nosotros? ¿Cómo iba a comprometerme con nada? Les hubiera mentido. Salí de allí con el corazón en un puño.

Alberto aceleró poniendo el coche a todo lo que daba. Aquellas calles, antes tan transitadas, ahora aparentaban desiertas. Todos debían de estar en la plaza de Oriente vociferando frente al Palacio Real.

Diez minutos más tarde, al fin pudimos respirar tranquilos en plena carretera de Colmenar. El sol acariciaba los cristales de la ventanilla. Apoyé la frente en ella para sentir su calidez. El crujido del sobre de mi bolsillo me llamó la atención. Lo saqué y me dispuse a leer. En lontananza divisaba las apacibles cumbres aún nevadas de la sierra de Guadarrama.

Colegio de Nuestra Señora del Recuerdo.

Chamartín de la Rosa. Madrid

10 de abril de 1931

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Querida María:

¿Sabes que no estoy a más de ocho kilómetros de casa y me siento como si estuviese en Australia? Desde las vacaciones de Semana Santa no sé nada de ninguno de vosotros. Ya sé que solo han pasado cinco días, pero a mí se me han hecho una eternidad. ¿Os acordáis de mí? He llegado a pensar que los muertos no hablan y tampoco escriben. ¿Estáis muertos? Tengo la impresión de que precisamente por estar tan cerca es por lo que no me echáis de menos. ¡Pues no me resigno!

Diles a todos que yo a ellos los añoro como si estuviese en Pernambuco y que me duele que este sentimiento no sea recíproco. Revuélveles la conciencia insistiendo en mi abandono. ¿Es que no les importa en absoluto lo que sufro con las estrictas reglas de este internado?

Podría haber salido hace dos tardes, pero no me dejaron, y lo extraño fue que nadie de casa se dignó a llamarme por teléfono, claro que… quizá sea mejor así, dadas las circunstancias. A ti te digo que estuve castigado, pero guárdame el secreto. Aquí cada suspenso tiene su sanción y cada sobresaliente su mención de honor, y yo, como sabes, soy más de lo primero. Los jesuitas son así, siguen a pies juntillas las reglas de san Ignacio de Loyola, se exigen mucho a sí mismos y no esperan menos de sus alumnos. Sin entrar en más detalles, de los que ya te enterarás, solo te digo que hice bacará en los últimos exámenes. ¡Creo que nunca he conseguido sacar más ceros! Vistos todos sobre el papel, son hasta decorativos. Me estoy imaginando tu ceño fruncido según lees estas líneas. No te enfades, hermana. Te prometo que lo enmendaré siempre y cuando tú, a cambio, me hagas un favor. Un día de estos llegarán las calificaciones a casa y no quiero que papá las vea hasta haber recuperado alguna de las asignaturas. ¿Serás mi cómplice y me ayudarás escondiéndolas hasta entonces? Solo tienes que estar atenta a la bandeja de plata de la entrada donde depositan el correo, y cuando veas un sobre con el escudo y membrete de Nuestra Señora del Recuerdo quémalos. Papá está tan sumido en su trabajo que no creo que lo eche en falta. En el caso de que lo haga, siempre podremos decir que no sabemos nada y que probablemente se perdió en correos. Solo es para ganar tiempo. Tú sabes mejor que nadie que mi rebeldía se amansa más con premios que con penas y me gustaría poder ir a veros el fin de semana que viene. Si me quedo en el colegio, en venganza haré lo que sea para no estudiar. Ya sabes que por las malas soy capaz de matar las horas de cautiverio atando moscas por las patas con un pelo antes que abrir un libro. Estoy a punto de explotar y, si no salgo pronto, creo que se me van a borrar las ideas y la poca capacidad de concentración que ya de por sí me queda.

¡Si papá me hubiese dejado seguir en el cole de Areneros con el padre Castillo! Él sí que me entendía. Pero, claro…, habiendo pertenecido a la primera promoción de Nuestra Señora del Recuerdo, en cuanto ha podido me ha cambiado. Está claro que no quiere borrar su huella y tengo pesadillas por las noches por cómo la estoy embarrando con tanto cate. Entre la penumbra del dormitorio, imagino el retrato de san Ignacio de Loyola que nuestros padres tienen en su dormitorio y me parece oír su voz susurrándome junto a la almohada. Repica como las campanas, una y otra vez, los siete premios de honor que papá obtuvo al licenciarse. Premio a la buena conducta, a la retórica, poética, latín, prosa castellana, aritmética, álgebra y accésit a la lengua inglesa. Es una pesadilla que me atormenta de tal modo que no duermo en toda la noche.

Él tuvo la inmensa suerte de contar con profesores de la talla del padre Julio Alarcón, Julio Mendía o el padre Gonzalo Coloma, que le ayudaron; pero ¡si conocieses a los míos…! ¡El padre Marcos, por alguna causa que ignoro, me abomina! Y yo aunque lo intento, mal que le pese a nuestro padre, ni estrujándome los sesos puedo soñar con rozarle la suela de los zapatos.

Qué ambición. ¿Es que no tiene suficiente con el apodo de Rey de los Hunos que se ha ganado gracias a los hermanos? Íñigo y Jaime han cumplido más que de sobra con sus expectativas licenciándose los primeros de su promoción en la Academia de Ingenieros Militares. Por no hablar de nuestra hermana Cristina, que, no conforme con quedarse en bachiller como las demás mujeres, tenía que licenciarse con grandes honores en la Facultad de Filosofía y Letras. ¿Qué más quiere?

Yo no estoy dispuesto a desgraciarme la vida intentando imposibles. Con aprobar dignamente me basta. Por eso te imploro que me allanes el terreno. Papá alguna vez tendrá que aceptar que yo, al contrario de los hermanos, nunca llegaré a destacar hincando los codos. Pero tengo otras cualidades, sabes, y conseguiré que algún día se sienta orgulloso de ellas. ¡Con lo divertido que es tener hijos de lo más variopintos! Deshazte de las calificaciones, por favor; no me defraudes y yo no te defraudaré.

Hablando de otras cosas, ¿qué tal mamá, Cristina y Pelingo? Perdón, Elisa, que siempre se me olvida que no le gusta nada su apodo. Me quedé en que mamá no se encontraba muy bien y se había ido a Viñuelas a recuperarse de una neumonía. Dile a Elisa que un amigo me ha regalado un disco de gramófono que la divertirá porque es de esos que se bailan. Espero que Cristina, entre rezos, estudios, escrituras y lecturas, nos deje escucharlo a nuestras anchas cuando pueda ir a veros. Dile que aún tengo pendiente de lectura su tesis doctoral. Ella me insiste, pero si te soy sincero, aunque corona mi pila de tebeos y novelas, todavía no he sido capaz de hincarle el diente. Supongo que porque aún no estoy preparado para entender la santidad de don Juan de Palafox y Mendoza, pero todo llegará.

¿Y los hermanos? ¿Han recibido alguna condecoración digna de mención? No sabes cómo fardo de ellos con mis compañeros de clase. ¿Y papá? ¿Lo veis o sigue como siempre encerrado en su despacho entre montones de papelotes? ¡A él sí que le vendrían bien unas buenas vacaciones! El otro día nos explicaron lo que es la jubilación. ¿Tú crees que él la conocerá algún día? No me contestes. Ya sé que de hacerlo se moriría de un ataque de monotonía. Él es así y a su edad supongo que no hay quien lo cambie. Lo único que me duele es que no acepte que todos no somos iguales y que yo no pienso torturarme intentando ser lo que nunca seré.

En fin, hermana, se me encallece el dedo, y se me acaban la tinta del tintero y las ideas. Aquí la vida es aplastantemente aburrida y cualquier anécdota acontecida más allá de estos muros es para nosotros como un espectáculo de circo. Lo dicho: ¡diles que me escriban! ¡Con dos líneas me conformo, que no os podéis ni imaginar la ilusión que hace escuchar tu nombre por la mañana cuando reparten el correo!

Cuento los días para veros. No me falles. Un beso de tu hermano, que te quiere,

F. Borja