Castillo Larose Trintaudon. Burdeos

Febrero de 1933

Al entrar en la inmensa sala del hospital preguntamos por monsieur Borja. La expresión de confusión de la jefa de enfermeras era evidente, pero antes de que pudiera contestarnos, oímos la sonora carcajada de nuestro hermano.

—Hace mucho que desistí de que pronunciasen la jota. Aquí me conocen por François.

Estaba recostado en una cama, al fondo de la habitación, leyendo algo que supuse un poco más secreto que los tebeos que compraba en la cuesta de Moyano. Según nos acercamos, lo escondió entre las sábanas.

Haciendo amago de incorporarse, tomó las muletas que estaban apoyadas en la mesilla. Al posar el pie en el suelo, no pudo evitar una mueca de dolor e impotencia. Malhumorado, se echó de nuevo.

Gruñó:

—Ya podéis decirles a nuestros padres que no tiren más el dinero; que estas malditas descargas eléctricas no sirven para nada. Mirad cómo tengo la pierna. El muslo es un pellejo y la pantorrilla parece gelatina.

Estaba delgadísimo y las hendiduras de sus pómulos resaltaban las ojeras de varias noches de insomnio. Cristina nos había dicho que el tratamiento eléctrico era tan doloroso que en cada descarga tenían que ponerle un palo entre los dientes porque se negaba a que le administrasen anestesia. «Sin sufrimiento, nada se consigue», solía decir el cabezota con esa alma de mártir que le caracterizaba. A pesar de todo, no había perdido la sonrisa.

—¡Jaime, cómo me alegro de verte! Estoy deseando que me cuentes cosas de la morería y de los peligros que pasaste en tu huida. Lord Byron a tu lado fue un advenedizo.

Ya estaba con sus sueños de juventud. Su enfado inicial aparentemente se había esfumado. Tras quitarme el alfiler del sombrero, le besé en la frente y tomé asiento en la silla. Procuré no mencionar a Íñigo.

—Sería más instructivo que te hablase de cómo hace años logró serenarse en Tetuán cuando, como tú, tuvo que permanecer durante meses tumbado en una cama con el cráneo partido por un accidente en sidecar. ¿Es que no podéis opositar a otra cosa que no sea jugaros la vida? Pensad en mamá. Si seguís así, un día la mataréis de un disgusto.

Como siempre hacía para escapar de mis reprimendas, me lanzó un beso al aire.

—¡Qué sería de ti sin unos hermanos tan aventureros de los que alardear! ¡Qué es la vida sin peligro! Es como la comida sin una salsa donde mojar pan.

Definitivamente, ya me había desarmado.

—Acabaré por resignarme ante vuestros despropósitos. No sé bien si a la fuerza o por agotamiento, porque ya empiezo a tener complejo de loro repitiéndoos una y otra vez lo mismo.

Borja, ignorándome por completo, guiñó el ojo a Jaime. Solamente me escuchaba por respeto. Sabía que aquellos consejos de prudencia caerían en saco roto porque él seguiría venerando a sus hermanos mayores.

Los apresurados pasos de nuestra madre se sintieron en el corredor y no tardó en cubrir de besos al enfermo. Los celos que, soterrados desde la infancia, acosaban a Jaime con respecto a su hermano pequeño emergieron.

—Cualquiera diría, mamá, que no te alegras de verme después de lo que he pasado.

No pude más que intervenir susurrándole al oído:

—No seas injusto. Desde que os detuvieron no ha hecho otra cosa que pensar en vosotros, en cómo estaríais, en cuándo volvería a veros. Y ahora sigue con la espina clavada en el corazón de qué pasará con Íñigo.

Nuestra madre, cabizbaja, le agarró de la mano.

—Dices que fue Íñigo el que te cubrió la retaguardia el día que huiste de aquel presidio saharaui, pero he estado pensando sobre ello y lo dudo. Alguna razón más debe de haber que se me escapa.

La expresión de desconcierto de Jaime fue elocuente. Mamá, después de aquel reproche a bocajarro, volvió a abrazar a Borja. Jaime salió arrastrando los pies, mordiéndose la lengua y con los puños cerrados. Él no sabía que mamá hacía tiempo que se había ganado el beneplácito de decir todo lo que se le pasaba por la cabeza sin que nadie se atreviese a reprochárselo. Quizá aquella era su peculiar forma de liberar la tensión acumulada durante los últimos meses.

Al rato regresó sobre sus pasos. Estaba mucho más calmado. Como si aquella conversación no hubiese tenido lugar, sacó cuatro entradas de teatro de su bolsillo y se las tendió a nuestra madre.

—Las vendía un hombre en la calle de enfrente. Me encantaría que me acompañaseis el jueves por la tarde a ver Britannicus, de Jean Racine.

Borja asintió.

—Yo la vi antes del accidente y os la recomiendo. Es una tragedia ambientada en la Roma clásica. Por mí no os preocupéis. Esa tarde, con que se quede uno me basta. Desgraciadamente, esto va para largo, y es mejor que os turnéis si no queréis acabar de mí hasta el gorro.

Mamá, arrepintiéndose de su actuación con Jaime, se acercó a él, le acarició la cara mirándole muy de cerca y como si aún no se creyese que lo tuviese a su lado le dio un sentido, silencioso y largo abrazo. Nunca había derrochado con nosotros demasiadas carantoñas y precisamente por eso aquel gasto representó para él mucho más que cualquier palabra que hubiese pronunciado; le hizo recuperar la sonrisa.

La tarde del teatro me tocó a mí el turno. No me importó, ya que por fin aprovecharía para hablar a solas con el enfermo. Como no llovía, salimos con una silla de ruedas a dar un paseo por el jardín y me senté en un banco a su lado. Ya cómodos, fui derecha al grano:

—Ahora que no está mamá, deja de fingir. ¿Qué tal estás?

Resopló.

—A ti no te lo voy a negar. Aburrido. Sé que os esforzáis para entretenerme y os lo agradezco, pero estoy deseando salir para poder conocer la nuit en Burdeos, algo impensable en el internado.

No hacía falta que me dijese quién se lo había contado, ya que Jaime se desquitaba de sus meses de cautiverio saliendo todas las noches de parranda para reunirse con un grupo de francesitas que, según él, andaban apasionadas por todo lo español.

—Aparte de eso, solo me entretienen las noticias que publican los periódicos de París. Pero dejando a un lado todo esto…

Sacó un papel del bolsillo de la bata dispuesto a leérmelo. Estaba claro que ya era un hombre, con todas y cada una de sus debilidades. El crujir de la hoja centró mi atención de nuevo en su mano. Tragó saliva y, mirándome fijamente a los ojos, me rogó discreción. Asentí al tiempo que desde lejos y por su estructura adiviné la esencia de lo escrito.

—Si es un poema, deberías leérselo a Cristina, que es la que sabe de estas cosas.

Recité de memoria una de sus estrofas:

—«Corazón de mujer / que no sabe querer, / que no sabe entender / toda el alma y el ser / de las ansias de amar, / no se puede llamar / corazón de mujer».

Su ceño fruncido lo decía todo. Ahora él quería ser el centro de atención sin compararse con nadie. Refunfuñó:

—Los míos son para una mujer, no para Cristo.

Sin perder un momento más, comenzó a leer:

—«No sé si serás algo en mi camino, / si en tu vida siquiera contaré, / si Dios separa nuestro destino. / No sé…».

Sonreí mirándole de reojo.

—¿Se puede saber a quién va dirigida?

—¡Curiosona! Lo sabrás con una condición: consigue convencer a papá de que me saque de este colegio de San José de Tívoli y me lleve de regreso a España.

—No creo que pueda. Aún no te lo ha dicho, pero, tal y como se encuentran las cosas, está pensando en pedirte plaza el año que viene en el colegio de Santa Genoveva de Versalles. Es lo lógico, ya que en cuanto Íñigo consiga escapar de Villa Cisneros, seréis cuatro los hermanos que viviréis en Francia. Después de eso, quién sabe. Él se resiste a que, como tantos, nos exiliemos, pero es evidente que las circunstancias nos están obligando a ello. Consuélate pensando en que estarás mucho más cerca de París y allí conocemos a mucha gente.

—Eso estaría bien siempre y cuando la educación de los jesuitas no fuese tan estricta. Si al menos me firmasen un permiso para salir los fines de semana… Además, ¿por qué papá no quiere que siga los pasos de los hermanos en la milicia?

—Creo que no necesito aclarártelo.

—Es igual. Suspenderé y no conseguiré la media necesaria para ser admitido.

No pude callarme:

—Es una pena que con lo inteligente que eres te empeñes en perder el tiempo. Papá quiere empezar a comercializar el armañac de sus viñedos y podrías ayudarle practicando aquí para ser un futuro empresario. Entiéndelo. Teme como a la lepra la ley de expropiación de tierras que están a punto de aprobar en España y busca otras salidas.

No se resignaba en absoluto.

—¡Soy español y viviré y lucharé por España hasta la muerte! Qué tontería lo de la expropiación. Por lo que he leído de esa ley promulgada en septiembre del año pasado, él no está inmerso en ninguno de los requisitos por los que pueden proceder. Sus jornaleros no se quejan de sus salarios. Tienen casa propia en la misma finca para vivir junto a sus familias, cantina, capilla y hasta una escuela con maestro para que sus hijos puedan aprender a leer, escribir y contar como Dios manda. ¿Dónde pueden estar mejor? ¿El Estado acaso les promete todo eso? Está claro que no, pero muchos se dejan engañar por la falacia que les asegura que la tierra será para quien la trabaje sin explicarles que, aparte de labrarla, plantarla y cosecharla, hay que invertir en ella para poder sacarle un rédito.

Le interrumpí:

—Papá representa todo lo que ellos odian. ¿Sabes que se están planteando la posibilidad de aprobar la expropiación a los grandes de España sin ningún requisito ni indemnización posible? Esa es la medida populista que más rédito electoral les da y las consecuencias no les importan en absoluto. Cuanto antes te hagas a la idea, mejor. Si el Gobierno de la República sigue en sus trece, emigrar a Francia será nuestra única opción. Amén de que estaríamos mucho más cerca del rey.

Torció el gesto. Su reconocida valentía no le eximía de ese temor que todo hombre tiene a lo nuevo. Aquello significaría hacer las maletas para siempre sin mirar atrás. Supondría dejar definitivamente todo y a todos los que hasta entonces conocíamos. Un billete hacia el exilio sin fecha de regreso. Incapaz de aceptar lo que le explicaba, me cogió de la mano.

—Ya verás como todo se soluciona y en menos de lo que piensas estamos de nuevo en casa. Además, ¡de qué sirve preocuparse antes de tiempo!

Era demasiado joven para entender muchas cosas, y ante su juvenil terquedad preferí mudar mi gesto de preocupación por un semblante un poco más esperanzador.

—¿Qué hay de ese poema? Aún no me has dicho a quién va dirigido.

Intentó de nuevo levantarse. Le empujé.

—Espera a que vengan los de rehabilitación y prométeme que no lo intentarás solo, o vamos a tener un disgusto.

Negó alzando el papel:

—No puedo esperar tanto. Si lo hago, la señorita a la que va dedicada este verso me verá cojo, y me niego en absoluto. ¡Con entrega, tesón y constancia todo se consigue!

Le corregí:

—Son buenas virtudes en su justa mesura y tiempo. ¿No será por ventura la afortunada destinataria de tus versos una jovencita rubia de ojos azules? ¿No se llamará Rafaela por casualidad?

Su sonrisa dejó al aire las paletas separadas que tanto le caracterizaban.

—¿Es lo que te gustaría para mí?

—No es a mí a quien le tiene que gustar.

Bromeó:

—Pues, hermanita, te quedas con las ganas de saberlo.

Le pegué un pescozón, sin insistir más.

A la semana de aquello y ya recuperado el pasaporte, nuestro padre apareció de improviso. Fue él quien decidió que sería mejor que Borja dejase el hospital, nosotros el hotel y todos juntos nos fuésemos a vivir al château Larose Trintaudon. Era uno de los viñedos que recientemente había comprado cerca de Burdeos y, según él, merecía la pena inaugurarlo con la familia casi en pleno. Borja, desde allí, siempre podría acercarse a Burdeos para sus sesiones de tratamiento eléctrico.

Los siguientes meses, incapaz de estarse quieto, papá se dedicó a mejorar y experimentar con las cepas y a introducir a Jaime en el negocio de sus vinos. Por un momento temí que estuviese preparando el terreno para nuestra definitiva mudanza.

Los días que Borja tenía tratamiento solíamos salir en dos coches. En el primero lo acompañábamos papá y yo por ser los más madrugadores. Le dejábamos en el sanatorio, comprábamos la prensa y nos íbamos a desayunar a un conocido café que había en Burdeos muy cerca de la casa donde murió Goya.

Allí, esperando a los más dormilones, que venían en el segundo automóvil, los dos aprovechábamos para leer todo tipo de periódicos. Conociéndole, no solía dirigirle la palabra hasta que se tomaba el primer café, no fuese a recibir un gruñido por respuesta.

Los primeros que ojeaba solían ser El Debate y el Abc, para luego contrastar sus noticias con las internacionales de los principales periódicos franceses. Después de una visión general y ya en el segundo café, se tomaba su tiempo para regodearse en el artículo de Gil Robles en particular. Según él, era el único que sabía poner el negro sobre el blanco sin temores de ningún tipo.

Apenas se nos unían los demás, la apacible lectura terminaba. Mi madre, antes incluso de sentarse, se hacía con los diarios para pasar las primeras hojas de golpe, detenerse brevemente en las esquelas y terminar devorando los ecos de sociedad. Era extraño comprobar cómo de un tiempo a esta parte había cambiado tanto. Tan amante como había sido de los asuntos de gobierno mientras nuestro padre fue senador, ahora demostraba su aborrecimiento refugiándose en noticias más livianas que le hiciesen olvidar, entre otras muchas cosas, que Íñigo aún seguía preso.

A sus espaldas le escribíamos con frecuencia. Tenían que ser cartas en clave que no hablasen de temas conflictivos porque sabíamos que antes de entregárselas pasaban por la censura de sus carceleros y, dependiendo del contenido, llegaban o no a su destinatario. Así, Jaime, por ejemplo, le escribía como si fuese Borja, confiando en que los vigilantes, al ver el remite de un colegio, no le diesen demasiada importancia. Íñigo reconocería su caligrafía. Aquello entrañaba un riesgo, ya que podía dar una pista de su ubicación a las autoridades que aún buscaban a los prófugos de Villa Cisneros, pero no pudimos negárselo. Era su manera de amainar el cargo de conciencia que tenía por haberle dejado atrás en la fuga.

Todos los desayunos eran de ese corte. A pesar de no andar demasiado lejos de nuestra querida España, después de varios meses en Francia la echábamos de menos. Fue a finales de junio, terminado el curso de Borja y medianamente restablecido, cuando por fin decidimos regresar. No sabíamos entonces que, a pesar de su fortaleza y juventud, las secuelas de aquella caída se harían notar en un futuro de lo más inoportuno. Solo Jaime, por su condición de prófugo, se quedaba en el exilio y desde Alemania solía mandarnos cartas para que se las reenviásemos camufladas a Íñigo.

Viñuelas, 5 de septiembre de 1933

Querido Íñigo:

Estoy mucho mejor y ya camino como una gacela a la espera de empezar otra vez el colegio en Francia. Esta vez, y muy a mi pesar, me mandan a Versalles. Espero que estas Navidades pueda abrazarte a mi regreso, ya que son muchos los que hablan de una posible amnistía para vosotros. La fecha no se sabe, pero descuida, que estamos a la expectativa.

Aquí no se habla de otra cosa que de la última decisión del príncipe de Asturias. ¡Don Alfonso ha decidido abdicar para casarse con una señora cubana que conoció en Suiza mientras se recuperaba de su última recaída! Como supondrás, estamos indignados. Allá él. Don Alfonso, aparte de estar enfermo de cuerpo, parece cojear en muchos asuntos de los que al espíritu conciernen. ¿Es que no se da cuenta de que actuar así es tirarse piedras sobre el propio tejado? Más ahora, tal y como están las cosas. Supongo que los reyes tampoco estarán demasiado contentos con la decisión de su primogénito. Son muchos los que le excusan diciendo que al tener la espada de Damocles de la hemofilia en su sangre es mejor así, ya que podría engendrar hijos aún más frágiles que él, pero yo no lo creo. Eso solo es una manera más de disfrazar el temor al sacrificio con bondades. Creo que su afán de superación deja mucho que desear. Siempre es más fácil tirar la toalla, y él parece ser un verdadero artista en ello. La artífice de semejante improperio se llama Edelmira Sampedro. ¡Si al menos la susodicha fuese más jovencita! Pero es un año mayor que él. Mamá dice que, si de verdad esa mujer le quisiese, se habría quitado de en medio voluntariamente. Como ha renunciado a su título de príncipe, los reyes le han dado el de conde de Covadonga. El caso es que esa ambiciosa cubana no tenía nada que perder. Se debe de estar frotando las manos ahora que ya es condesa consorte. Algo que probablemente jamás se atrevió ni siquiera a soñar. Lo cierto es que esto en nada ayuda a la familia real a consolidarse entre los que somos tradicionalmente monárquicos. Si ellos no cumplen con los sacrificios que una corona demanda, ¿cómo esperan que los demás apenquemos con lo que se espera de nosotros?

Papá dice que con toda seguridad don Jaime también renunciará por ser sordomudo, así que solo nos queda el refugio de don Juan. Te aseguro que él sí sabrá cumplir como príncipe de Asturias. No podemos olvidar que la milicia le ha formado en el sacrificio, y ya lo demostró cuando supo que no podía seguir sus estudios en la Armada española e ingresó sin demora en la Royal Navy.

Y hablando de otras cosas en general y nuestra gran empresa en particular… Me refiero a esa de la que, desgraciadamente, solo somos accionistas minoritarios. Esa que nos trae de cráneo desde que nació hace dos años y que después de cuatro intentos diferentes de gobierno por parte de sus consejeros no termina de funcionar. ¿La localizas? Bien, pues te diré que a principios de junio amenazó el Verrugas con dimitir de su cargo de presidente. Esperábamos entonces poder elegir a otro gestor con más capacidad, pero aquella efímera esperanza se esfumó a los tres días, cuando el Botas decidió ratificarle en su cargo. ¡No sabemos en qué piensa, porque es la cuarta oportunidad que le da! Si el Verrugas tuviese un ápice de dignidad, hubiese presentado entonces su incondicional dimisión para que todos pudiésemos elegir a otro en su lugar. No lo hizo, pero el tiempo pone todo en su lugar y los desmanes a los que la empresa está sometida al final han obligado al Botas a disolver el consejo y convocar unas elecciones en las que todos los accionistas tendremos voto. Todos, incluidas mamá y las hermanas, porque será la primera vez que dejarán a las mujeres decidir también sobre el destino de la empresa.

Como puedes suponer, están ilusionadísimas, sobre todo María, con ese afán de madre que la caracteriza. Ni Elisa ni yo podremos votar por nuestra minoría de edad, pero todo se andará. Cristina, tan mística como siempre, dice que, si su voto sirve para terminar con los sacrilegios y liberar al mochuelo perdido de entre las ramas del olivo, lo ejercerá con gusto.

¡Quizá ahora y aunque seamos minoría consigamos por fin una renovación total en la cúpula dirigente! Papá lo tilda de utopía, pero yo no desisto. El articulista del Abc preferido de nuestro padre se postula como nuestro candidato preferido. ¿Te lo imaginas de presidente? Es nuestra mejor opción, dado que sabe muy bien lo que se cuece en la industria parisina y seguirá los dictámenes que desde allí sus sabios consejeros le manden.

Esperaré a noviembre, hermano, y te contaré más detalladamente si por fin conseguimos enderezar las cosas. Mientras, cuídate y escríbeme cuando puedas.

Un abrazo muy fuerte de tu hermano, que te echa de menos,

F. Borja