Madrid de los Austrias
19 de abril de 1993
Llegar al corazón de Madrid desde las afueras de la ciudad a hora punta fue una verdadera odisea. Esa exasperante sensación de angustia que produce el estar nuevamente perdiendo el tiempo en pleno atasco y el problema del aparcamiento se me olvidaron apenas me encontré frente a aquel palacio en la calle Don Pedro, número 1.
Los rayos de sol que conmigo se colaron en el oscuro zaguán iluminaron la gran arcada renacentista de mármol que había encastrada en el muro de enfrente. Aquella escultura había sido transportada hacía años desde el castillo de La Calahorra, en las faldas de Sierra Nevada, para evitar que los estadounidenses, que ya tenían numeradas sus piedras, se la llevaran al otro lado del Atlántico. Mi bisabuelo salvó así de otro expolio el patrimonio español. Aquella obra de arte solo era una pieza más de las tantas que coleccionó a lo largo de su vida y que, por los dictámenes de su noble moral, sus sucesores tendríamos la obligación de conservar.
Apenas se encendieron las luces, saludé a Andrés desacelerando el desbocado paso que llevaba. Al cerrar el portón, el bullicio de la cercana plaza de los Carros se silenció. En la penumbra procuré tomar conciencia de cómo allí el tiempo se ralentizaba. Inspiré llenando mis pulmones de aquel almizcle a cera, a polvo y a los frutos secos que tostaba una pipera a la que por caridad le habían dejado utilizar el diminuto local que daba a la plaza en los sótanos de la casa. La voz del portero sonó a mi espalda:
—Hace ya más de media hora que la espera.
Acostumbrada como estaba desde niña, subí los peldaños de dos en dos. Apenas reparé en la silla de manos del siglo XVII que había bajo el hueco de la escalera, en la grandiosa vidriera con el escudo familiar de la ventana, en los tapices flamencos de las paredes o en la descomunal lámpara de araña de La Granja que todo aquello iluminaba.
Arriba Julia me esperaba para guiarme a la habitación de la mujer a la que cuidaba desde hacía más de quince años. Con el tiempo, ella se había convertido, además de en su enfermera, en su más fiel confidente, y solo por eso la saludé, como a un miembro más de la familia, con dos sonoros besos.
Segura de a dónde nos dirigíamos, me extrañó el cambio de rumbo que tomamos en el pasillo. Antes de girar el picaporte me susurró:
—Hará un mes nos pidió insistentemente que la cambiásemos de cuarto.
Arqueé las cejas sorprendida. Me leyó el pensamiento.
—Sí, conociendo lo celosa que es de sus cosas, a mí también me extrañó su repentino cambio de criterio. A pesar de parecer una locura, su insistencia sonaba tan angustiosa que no pude negárselo. Me costó sonsacarle, pero al final me confesó sus motivos.
Circunspecta, miró a un lado y otro del pasillo para asegurarse de que nadie del servicio rondaba por los aledaños.
—En todas partes veía enanos. Espeluznantes hombres que igual salían de debajo de su cama, del armario o de entre las cortinas para sentarse a los pies de su cama y mirarla durante horas con descaro. Aseguraba que eran los fantasmas de su pasado.
¿Enanos? Con lo cabal que siempre había sido, me dolió el escarnio que la edad podía llegar a hacer en la mente de cualquiera. Julia continuó:
—Desaparecieron en cuanto se mudó a este cuarto. Ahora, cuando desvaría, solo dice que siente las caricias y llamadas de aquellos que un día perdió. Por algún motivo que desconozco, se ha empeñado en dejar escritas sus memorias de lo vivido junto a ellos, y me he ofrecido voluntaria para transcribirlas.
Alzó la mano para mostrarme su entintado dedo medio.
—Mira, lo tengo encallecido de escribir. Apenas la tumbé en su nueva cama, empezó a dictarme, y hasta ayer no cesó.
Aquel dedo me recordaba al mío cuando en la facultad tomábamos apuntes a todas horas.
—Mucho has debido de escribir. Y ¿cómo te has prestado a ello? ¿No serán sinsentidos del tipo del de los enanos?
Negó rotundamente.
—Es sorprendente la memoria que tiene para recordar hasta los detalles más nimios. Aquí las horas se hacen eternas y, ayudándola a reflejarlos en un papel, por primera vez en mucho tiempo se me han pasado volando. Además, ¿cómo negárselo? Por fin, después de décadas de recelos, ha decidido rememorar todos aquellos acontecimientos que yacían amordazados en su memoria, y yo no seré la que le ponga trabas.
Giró el picaporte y entornó la puerta. Antes de dejarme pasar susurró de nuevo:
—A pesar de la perspicacia que ha demostrado estos últimos días, el médico ha comentado que, con la cantidad de pequeños infartos cerebrales que sufre, es normal que de vez en cuando se le vaya la cabeza. Todo puede ser. Si sucediese, por favor, disimula y síguele la corriente.
No hacía falta que me lo aclarase. Llevarle la contraria o reírme de cualquier improperio que pudiese mencionar desataría ese enérgico carácter que, a pesar de estar amainado por la edad, conservaba.
Allí estaba ella, levemente incorporada sobre un par de grandes cuadrantes y concentrada en su música. Al vislumbrar mi sombra se quitó los cascos del walkman, que tenía a todo volumen con lo que me pareció el nocturno de Madrid de Boccherini, y tomó las gafas que sobre el embozo había dejado. Las pobladas cejas le asomaban por encima del parche que tenía pegado sobre el cristal del ojo izquierdo. Así, tuerta y con su pelo canoso perfectamente peinado en un moño alto, bien podría haberse parecido a nuestra antepasada la princesa de Éboli.
Mi tía abuela era la primera persona de toda una generación a la que yo veía marchitarse. Nonagenaria, prácticamente sorda y casi ciega desde ya no recordaba cuándo, había superado con dignidad la desesperanza de las limitaciones a las que la vejez la sometía. Era admirable cómo arrinconaba su vitalidad y rebeldía de antaño para asirse con fuerza a la única función del cuerpo que no le fallaba: la memoria.
—Me llamaste y aquí estoy. ¡Qué cara, tía María! Ni una arruga.
La besé en la frente y tomé asiento en el escabel que tenía al lado de la cama. El crujir del periódico, que sin duda le habían leído esa mañana, sonó bajo mi peso. Lo aparté.
—Eso me pareció al mirarme al espejo esta mañana, pero lo achaqué a esta ceguera que todo lo difumina. No sé, quizá sea por la alimentación tan sana a base de purés de verduras y pescaditos cocidos a la que estoy sometida. ¡Con lo que disfrutaba comiendo como Dios manda! Pero… hasta de ese placer se empeñan en privarme. Solo espero que lo insípido de esta vida no acabe por devorarme. Hoy, todo lo aburrido lo disfrazan de salubre.
Suspiró.
—Si me diesen a elegir, preferiría morir hoy mismo de una pesada indigestión que a saber cuándo de esta sana agonía.
Acariciándose el rostro prosiguió:
—Dios tenía que haberme recogido hace tiempo. Se lo he pedido un millón de veces, pero por alguna razón que ignoro parece haberse olvidado de mi existencia. Qué se le va a hacer. Siempre he aceptado sus designios con resignación y no voy a dejar de hacerlo ahora.
Estaba claro que no temía a la muerte. Envidiaba esa fe que la amparaba. Sonrió sin perder el sentido del humor.
—Miremos la parte positiva. Tu tía María es un despojo humano con piel de bebé. ¿Recuerdas cuando de niña una vez me aconsejaste que me la planchase? Bendita ingenuidad infantil.
Asentí consciente de que necesitaba hablar con alguien que no fuesen sus asistentes.
—Te he traído un regalo.
Lo sopesó y, alargando la mano sin abrirlo siquiera, se lo entregó a Julia. Ella, sin pronunciar palabra, me miró como pidiendo excusas por su falta de delicadeza.
—Gracias por la bata. Mañana la estrenaré para mi matinal paseo de esta cama al cuarto de baño. Perdona mi sarcasmo, pero ya nadie me regala otra cosa que zapatillas, batas y camisones.
Intenté excusar mi falta de originalidad como fuese.
—Lo siento. La próxima vez te traeré una casete con las grabaciones que la Fundación ONCE está haciendo de las novelas clásicas. Así no tendrás que depender de nadie para que te lea. Dicen que están muy bien.
Me agarró de la mano.
—Qué difícil es regalar a una impedida, ¿verdad? Anda, deja que sea yo la que esta vez te dé algo a ti.
Julia se acercó con lo que parecía ser un cuaderno.
—Es parte de nuestra historia. Esta vieja solterona quiere que cada uno de sus sobrinos tenga algo de ella cuando falte, y nadie mejor que tú para quedarse con este pedazo de mi vida. Espero que entiendas la letra.
Acariciando las tapas me lo tendió.
Consciente de que había muchas probabilidades de que fuese lo que Julia había escrito, sonreí sin comprender muy bien el porqué de su elección.
—Esas paletas tan separadas que tienes las has heredado de él. ¡Si hasta tienes su misma sonrisa! ¡Debe de ser uno de esos milagros de la genética! Tú eres la estela de estos recuerdos.
Posó la mano sobre el cuaderno y supe entonces que era así como había bautizado aquellas humildes memorias. La estela de un recuerdo. Pero… ¿a qué venía lo de los parecidos? No conocía a nadie de la familia con mi defecto. Ese que esperaba solucionar pronto con un buen aparato de ortodoncia. ¿Sería porque, como temió Julia, sus desvaríos se entremezclaban con la realidad? Si era así, lo sentiría porque, habiendo nacido con el siglo, no había nadie mejor para esclarecerme algunos puntos oscuros de su historia, hasta entonces casi imposibles de escrutar. Ella, al ser soltera y la mayor de toda una generación, siempre se había sentido la madre de todos sus hermanos, la de sus sobrinos e incluso la madre de su propia madre. Carente de todo egoísmo, siempre pensaba en los demás y quizá por eso empatizaba con las alegrías y tristezas de toda la familia. Si quería saber un poco más de ellos, ella sería mi mejor referencia.
Pero… ¿podría fiarme realmente de lo que le hubiese dictado a Julia? Si definitivamente estaba perdiendo la cabeza, todo lo que me contase corría el riesgo de quedar en agua de borrajas. No quise darme por vencida. Nada mejor, para ver si aún era capaz de recordar, que profundizar en aquellas palabras que acababa de pronunciar.
Grité para que me oyese:
—¡A quién me parezco!
Inmersa en sus recuerdos, parecía no escucharme.
—Definitivamente, tienes los ojos de ella y los labios de él. Es increíble cómo Dios endereza con el tiempo lo que el destino retuerce.
Él y ella. Sonaba a una historia de amor. Sus palabras eran como pinceladas diluidas en un lienzo en blanco. El esbozo de un cuadro que corría el riesgo de quedar inconcluso con su muerte. Un pedazo de su vida que, a pesar de su reconocida valentía, había silenciado por un pavor exacerbado a ahondar en antiguas heridas. Dolorosas lesiones que, producidas hacía más de medio siglo, seguían sin cicatrizar del todo.
—La república vino y nos quedamos sin rey. Tendría yo por aquel entonces treinta y un años.
Balbuceó algo de lo que solo alcancé a entender palabras sueltas como anarquía, huida, miedo, cárceles, ruina, muerte y amor. Estaba nerviosa. La dejé trabarse en un par de ocasiones hasta que, desesperada y con pulso tembloroso, consiguió alcanzar la aldaba que colgaba del lado de la librería que tenía junto a la cama. Era una clásica mano de finos dedos, forjada en hierro, que cogía una pelota. La había heredado de su madre y recurría a ella siempre que la memoria le fallaba o se le atragantaba una palabra entre la garganta y el pensamiento. La golpeó tres veces y por fin la ininteligible verborrea empezó a encajar.
—¡Es mi llamador de ideas!; mi avisador de ángeles. A él apelo para poder contarte todo lo que ansío sin ahogarme en las lagunas del olvido.
Sus palabras manaron cual nítido torrente de efemérides. Eran vivencias que, aprisionadas en las grutas del subconsciente, se despegaban de su farragoso fondo para desembocar en un acantilado de congruencia. Una catarata de amordazados recuerdos que me salpicaban ya libres de sus ataduras. Justo un minuto antes de que se callara, conseguí entenderla a medias.
—Quiero que sepas que la boda de tu padre y de tu madre era inevitable. ¿Sabes que las sangres de las dos familias también se atrajeron en la generación anterior? Truncada esa unión entonces, el destino la forzó en el futuro. En ti y tus hermanos se hizo carne aquel amor imposible.
No pude más que repetir:
—¿Se hizo carne el amor? ¿Qué amor?
Aquello sonaba más a rezo que a otra cosa. Mi expresión de desconcierto debió de ser todo un poema.
—Pobre niña que no sabes nada. Ahora me doy cuenta. Creo que ya entiendo por qué Dios no me recoge a pesar de mis súplicas. Aún me queda algo por terminar. Tengo que hacerte partícipe de aquello antes de permitirme un descanso eterno y en paz. Para ello necesitamos tiempo. Ese mismo que a mí ya no me sobra y que a ti, con esa vida tan ajetreada que llevas, también te debe de faltar. ¿Te quedarás a comer o, como siempre, será una visita rápida?
Sonaron los campanillones de todos los relojes de la casa al unísono. Arqueó las canosas cejas.
—¿Lo oyes? Son las doce. Yo dispongo de todo el día para escuchar cómo lees lo que en el pasado callé por el sufrimiento padecido. Regálame un poco más de tiempo. Si te quedas, tu voz será la mía y juntas repasaremos siete años de mi vida que apenas conoces.
La tentación era enorme y nunca me había pedido nada. Tenía mil cosas que hacer, pero ninguna inaplazable. No pude negárselo.
—Si me dejas realizar un par de llamadas, me quedo a comer e incluso, si se tercia, a cenar.
Asintió contenta mientras yo salía al pasillo a llamar. Solucionado el problema, entré de nuevo dispuesta a comenzar. Antes de poder abrir el cuaderno, me detuvo para ponerme en antecedentes.
—Por aquel tiempo, todos los de casa vivimos entregados a tres causas principales. Dimos lo mejor de nosotros mismos para devolver el arrebatado respeto a Dios, la integridad a España y su trono al rey. Ser pío, patriota o monárquico hoy en día es una opción que yo nunca llegaré a entender porque para nosotros era la vida misma.
Tan apasionada estaba que tuvo que callarse un segundo por falta de resuello. Tomó una bocanada de aire y continuó melancólica:
—Siete hermanos éramos los que componíamos esa particular milicia fraternal. Dejando a un lado a Teresa, que ya casada pasó aquellos años pariendo y cuidando a su prole, contaríamos entre nuestras filas con tres oficiales del Ejército para esgrimir las armas, una monja para sanar espíritus y dos futuras enfermeras para hacer lo mismo con los cuerpos.
De nuevo se detuvo. Su respiración se había acelerado a causa de la emoción. Tomé la jarra de agua que tenía sobre la mesilla y le tendí un vaso para que bebiese a pequeños sorbos.
—Ahórrate el esfuerzo y no me cuentes más. Tengo tu cuaderno y lo leeré yo misma.
Satisfecha sonrió.
—Ten cuidado al cogerlo porque hay algunas cartas familiares guardadas entre sus páginas, no vayan a caerse.
Lo abrí con delicadeza.
—Así como hace un segundo te he dicho que solo le pido a Dios una pronta muerte, ahora solo le pido que me dé el tiempo y la cordura necesarios para hacerte partícipe de un pedazo de mi vida.
—¿Por qué a mí?
Suspiró.
—Ya te lo he dicho. Porque eres la más parecida a él. Un joven que, haciéndose un hombre a la fuerza, apenas tuvo tiempo de serlo. Y, sobre todo, porque así me iré al otro mundo con la sensación de haber podido plantar la semilla de su recuerdo en ti. Tengo sus cosas allí.
Incapaz de estarse quieta, de nuevo se incorporó para intentar llegar a una pequeña caja que guardaba en la estantería junto a la aldaba. Al levantarme para ayudarla, me detuvo.
—Pensándolo mejor, déjalo por ahora. Esperaremos hasta el final porque, si no, habrá cosas que no entenderás. Lee.
Alzó la vista al techo y por fin se recostó entrecerrando los ojos. La caligrafía de Julia, redondeada y perfecta, no dejaba lugar al titubeo en una sola palabra. Procuré adoptar cierto aire de solemnidad.
—Veamos…