Palacio del Infantado. Madrid

Navidades de 1934 - verano de 1935

Temí el castigo que nuestro padre impondría a Borja por su pésimo comportamiento. Me sorprendí al comprobar que no hubo más reprimenda que la de solicitar su ingreso en el internado del colegio de los agustinos de El Escorial para que preparase el examen de ingreso en la academia militar. ¿Y su brío de antaño? ¿Qué fue de su interés porque estudiase Derecho? Si alguno de los mayores hubiésemos sido expulsados de un colegio, habría sido durísimo.

La edad y las preocupaciones le estaban mellando. Ya solo le quedaban fuerzas para implorarnos templanza e indiferencia cada vez que algún follonero nos insultaba con ganas de pelea. Y es que aquellos desalmados, cargados de prejuicios y a sabiendas de la impunidad creciente, aprovechaban la mínima oportunidad para dar rienda suelta a sus peores instintos.

Fue ese temor precisamente el que nos tenía achantadas. Un miedo que terminó por restringir solapadamente nuestras salidas al centro. El mismo que nos obligó a quedar en casa de las amigas en vez de en el parque del Retiro, las verbenas o los paseos. El mismo que aquellas Navidades impulsó a mi madre a escatimar en adornos navideños en las fachadas por si llamábamos la atención. Como si aquel palacio mudéjar en pleno paseo del Prado número dieciocho fuese a pasar desapercibido por ello.

El día 24 cenamos temprano para poder escuchar de boca del reverendo Alegre la misa del gallo y comulgar. Por extraño que pudiese parecer, nos acostamos pronto porque queríamos estar descansados para al día siguiente celebrar el nacimiento de nuestro Señor en casa de los Alburquerque. La multitudinaria comida de Navidad que habían organizado en el campo para todos nuestros amigos monárquicos, alejados de la gran ciudad, nos daría un respiro para escuchar música, cantar y bailar sin temor a incomodar a nadie.

No faltaba un amigo, y desde un principio vimos claro el afán de muchas niñas por encontrar un buen partido entre los invitados. Nuestros mayores, sentados todos juntos a una mesa, vigilaban expectantes nuestros paseos al bufé y qué mesa elegíamos para tomar asiento.

Fueron varias las que, incapaces de disimular sus querencias, hicieron malabares para coincidir con Íñigo y Jaime mientras ellos, plato en mano, huían de cualquier compromiso demasiado serio. Fue entretenido comprobar su habilidad para zafarse del acoso al formar un corrillo de amigos en el que el monopolio sobre política, caza o milicia en las conversaciones terminó por hacerlas desistir.

Al contrario que ellos, Borja se esponjaba sentado entre cinco señoritas que le reían todas las gracias. Tonteaba con unas y otras sin dejar de vigilar la entrada. Esperaba a alguien que ya en los postres se retrasaba. El flirteo se eclipsó en el preciso instante en que vio entrar a las hermanas Revillagigedo al completo.

Rafa llevaba el mismo vestido de muselina blanca con topos que hacía muy poco yo había visto entre los patrones del libro El corte de París, de Lizarriturri, un discreto collar de perlas y, sobre los hombros, una capelina de color castaño. Llevaba recogido el pelo a ambos lados de las sienes y su rostro, despejado, era el de un verdadero ángel.

Borja, que ya estaba un poco piripi, no dudó un segundo en dejar a sus entusiastas compañeras de almuerzo para ir a saludarla. Pitillo en una mano y copa en la otra, le plantó un beso en cada mejilla. A lo que ella respondió con una tímida bajada de mirada. El viaje desde Madrid en un solo automóvil y embutida entre sus hermanas hizo que se le durmieran las piernas y necesitaba estirarlas. Encaminó sus pasos hacia el jardín mientras él, incapaz de contener su impulso, apenas esperó unos segundos para seguirla. No pude evitar salir a cotillear.

Atardecía cuando entre los setos los oí charlar animadamente. La confidencialidad de sus cartas había conseguido mermar aquella timidez enfermiza que la caracterizaba en un principio.

—Ya verás, Rafa, en el monasterio de El Escorial estudiaré como nunca lo he hecho para ingresar en la academia militar. Estoy deseando vestirme de cadete de caballería, y cuando tenga mis cordones rojos, lo primero que haré será llamarte para pasear de tu brazo hecho un figurín.

—¿En caballería? ¿Puedes montar después de tu accidente?

Se agachó y se alzó la pernera del pantalón para alardear de cicatrices. La delgadísima canilla no pareció acomplejarle en absoluto. De pie, en equilibrio y a la pata coja, dio una vuelta alrededor de ella.

—¿Lo ves? Estoy prácticamente recuperado y amo todo lo que suene a equino, así que ¿por qué no hacerlo?

Tropezó y fue ella la que lo sujetó para que no se diera de bruces contra la fuente. Él aprovechó la oportunidad para abrazarse fuertemente a Rafa. De nuevo ella lo empujó suavemente para salvar las distancias. Contrariado y cabizbajo, se frotó la pierna.

—A ti no te puedo esconder que aún me duele a veces, pero guárdame el secreto o tendré problemas para pasar las pruebas médicas de acceso.

Al asentir, él aprovechó para mirarla fijamente a los ojos, besarla lentamente en la mejilla y susurrarle al oído:

—¿Habría alguna posibilidad de por fin quedar contigo a solas?

Pude percibir cómo ella, mirando sobre su hombro y sin atreverse a contestar, buscaba desesperadamente la aparición de una tercera persona que la liberase de tener que responder a Borja. Aquellos ojos azules rezumaban retraimiento.

¡El botarate se estaba precipitando de nuevo! Sin pensarlo dos veces, decidí ayudarla a pasar el mal trago saliendo de entre los parterres. Llevaba dos copas de champán en las manos y se las tendí.

—¡Me alegro de encontraros!

Aliviada por mi oportuna aparición, suspiró soltando todo el aire que en sus pulmones había almacenado por la tensión y tomó una para darle un sorbo. Cristina apareció por el otro lado de la fuente.

—¡Aquí estabais! Menos mal, porque la orquesta me estaba dando un dolor de cabeza… Llevo tanto tiempo enclaustrada en la paz del rezo y el silencio que me aturullo entre tanto gentío. Estos acontecimientos solo me sirven para reafirmarme en mi decisión de profesar.

Si los pensamientos se oyesen, el grito de Borja nos hubiese dejado sordas: «¡Inoportunas! ¡En mala hora venís a incordiar!».

Borja y yo nos conocíamos bien y mi sarcástica sonrisa le demostró que yo no acababa de llegar. Aunque enfadado, no pudo hacer otra cosa que disimular.

—Cristina, te presento a Rafaela. Te gustará porque es cristiana, muy devota y de comunión diaria. Rafaela, esta es mi hermana Cristina, que como te ha dicho aborrece las multitudes y no ve el momento de encontrar la paz de un claustro.

Rafaela le dio dos besos, e intentando ser afable metió la pata del todo:

—¿No estabas con las benedictinas francesas?

Cristina sonrió.

—Tú lo has dicho: estaba, pero por circunstancias que no vienen al caso tuve que regresar a casa.

Borja la interrumpió:

—Lo dices como si fuese un sacrificio. ¡Con las ganas que tenía yo de despedirme de una vez por todas de los gabachos! A ver si descansas y das con esa regla que cumpla tus exigentes expectativas y te permita ingresar. Porque, a este paso, lo tuyo acabará por convertirse en la vocación más abnegada.

Cristina le contestó crispada:

—Ya he dado con ella. No busco porque mis rezos han sido escuchados.

Recitó de memoria uno de sus poemas:

¡Hazlo tú todo en mí! Que yo te sienta

ser en mí dirección y disciplina.

Hazlo tú todo en mí. Que estoy sedienta

de ser canal de tu virtud divina.

Y añadió:

—Don Cipriano me ha guiado con sus sabios consejos y, si todo va bien, muy pronto ingresaré en el convento de las jerónimas de la calle Lista. Tengo la intención de tomar los hábitos en el mes de la Virgen.

Miró a Rafa.

—Puedes venir, si quieres, a mi ordenación.

Rafaela sonrió.

—No faltaré.

Borja supo entonces que, con solo dos palabras, la niña de sus ojos se la había ganado. Los cuatro regresamos al salón, donde él no perdió la oportunidad de presentársela a mis padres, a nuestra hermana Teresa y a Íñigo.

De regreso a casa, pensativo y callado, escuchó a Elisa comentar la buena impresión que Rafaela había causado a nuestros padres y que los mayores apenas habían sacado a una sola niña a bailar. No añadí nada al respecto, pero esperaba que con el tiempo Borja fuese correspondido por ella como se merecía.

Para sorpresa de todos, acostumbrados a sus suspensos desde no recordábamos cuándo, aprobó a la primera su ingreso en la academia en Salamanca. No sabía aún los resultados de sus exámenes cuando encargó el uniforme. Pendía de una percha fuera de su armario para poder tenerlo permanentemente a la vista.

El día que recibió los resultados le faltó tiempo para estrenarlo y salir a la calle a lucirlo. Íñigo le recordó la recomendación que recientemente les habían hecho, después de los altercados de Alcalá de Henares, de no salir uniformados si no era estrictamente necesario. Allí un grupo de exaltados amenazaron de muerte a los oficiales de caballería y a sus familias, pero a él aquello no le importó en absoluto. ¡Cómo poner cortapisas a todos aquellos sueños de juventud! Desde aquel día, el resto de sus trajes de chaqueta quedaron relegados al olvido más absoluto en un rincón del armario.

Y pasaron las estaciones. Una mañana de finales de septiembre, en uno de sus permisos, salí tras mi hermano pequeño con la esperanza de que hubiese quedado con Rafaela, pero nuestro cadete encaminó sus pasos hacia la calle Carretas para meterse en un oscuro local donde yo no me atreví ni a asomar la nariz.

Ingenua de mí, al principio pensé que quizá habría quedado con aquella pizpireta modistilla que le hacía de pareja en una academia de baile a la que me comentó que asistía. En el segundo piso podía leerse el cartel que la publicitaba.

Estaba a punto de regresar sobre mis pasos cuando me detuve en seco al comprobar que en el mismo portal entraba una mujer sospechosa de latrocinio. Esperé en silencio y a una distancia prudencial para verificar que no era la única. Muy tonta tenía que ser para no darme cuenta de que aquel cartel simplemente era una tapadera para ocultar otro tipo de negocio. Uno de aquellos en los que iniciaban a los jóvenes en todo tipo de artes amatorias para saciar sus apetitos más bajos.

Al principio no quise darle más importancia de la debida, pero no pude evitar preocuparme al comprobar que no había un fin de semana en que no las visitase. Por su asiduidad, debía de haberse convertido en uno de sus alumnos «de baile» más aventajados.

Sin saber muy bien cómo atajar el tema, recurrí a Íñigo para que le llamase al orden.

—Tienes que hacer algo. En cuanto llega de permiso, corre a ese antro que tan enganchado lo tiene. Una canita al aire tiene un pase, pero él está preso de la lujuria más absoluta. Tanto que hace más de cuatro meses que ni siquiera intenta ver a Rafaela.

Íñigo procuró tranquilizarme.

—Menos mal, hermanita, que cuando los mayores comenzamos con nuestras andanzas, tú nunca lo supiste. Ten en cuenta que todo esto es nuevo para él. Te puedo asegurar que en muy poco tiempo comenzará a buscar otras cosas diferentes.

Me indigné:

—¿Te refieres a otro lupanar de esos?

Sonrió de nuevo.

—¡Qué palabra tan rebuscada! Ya es mayorcito y tú no deberías espiarle. ¿O es que crees que en Salamanca no hay lugares parecidos?

—¡Allí no le dejan salir del cuartel con tan poco control!

Suspiró.

—Déjalo estar. Es lógico que le tiente la novedad. Se cobrará todas las piezas que se le pongan a tiro hasta cansarse, y entonces se relajará. Hazme caso. Siempre es mejor que un hombre pruebe todo tipo de néctares antes de matrimoniar que echarlos en falta después de casado.

Me irrité ante tanta relajación:

—¡Como si eso fuese una garantía! Si sigue así, perderá la oportunidad de encontrar a una buena mujer. Pero claro…, es más fácil pagar que dedicarse a conquistar a una niña de las que nos gustan.

Íñigo sonrió ante mi ingenuidad.

—Te sorprendería la cantidad de conocidas que, jugando a virtuosas señoritas, son tiernas de ingle. Tranquilízate, que todos hemos pasado por esto y sabemos muy bien diferenciar a las mujeres dignas de las que no lo son.

Negué:

—La entrepierna os puede. Borja es tremendamente impulsivo y el mundo está cuajado de desafortunados enlaces.

Los pasos del aludido acercándose por el pasillo nos obligaron a callarnos. Al verle entrar, Íñigo arqueó las cejas y musitó:

—No quieras ser nuestra madre, María.

Le contesté rápido:

—¡Pues no pienso quedarme cruzada de brazos!

—No voy a seguir discutiendo porque a terca no hay quien te gane, hermanita.

Cansada de su comportamiento, que no cambiaba, una tarde de finales de octubre cogí por banda a Borja para que me acompañase a un anticuario. Quería que me diese su opinión sobre una espada que había localizado y que quizá pudiésemos regalar a nuestro padre en su próximo cumpleaños. No era fácil regalar a quien prácticamente todo lo tenía, pero aquello le gustaría para engrosar su importante colección de armaduras. Por otro lado, y en secreto, Elisa recogería a Rafa y a alguna de sus hermanas para simular un encuentro fortuito. Quizás verla de nuevo le haría olvidar sus perniciosos quehaceres.

Nada más sonar la campanilla anunciando nuestra entrada, el anticuario, que estaba sentado al fondo, levantó la mirada por encima de sus gafas. Sobre la mesa isabelina tras la que estaba había mil objetos a la remanguillé, pendientes de etiquetar. Cerró el libro antiguo en el que se concentraba como si fuese un espécimen de mariposa en extinción, y se levantó despacio.

—Este incunable me tiene absorto desde hace varias horas. ¿Qué los trae por aquí?

Apoyándose en un precioso bastón de caoba se acercó a nosotros.

—Venía a ver la espada que me enseñó hará dos semanas.

Haciendo memoria asintió y encaminó sus arrastrados pasos hacia una vitrina. Con mucho cuidado para no tirar la colección de cajitas de porcelana que cubría las dos coquetas a ambos lados del estrecho pasillo, le seguimos. Abrió, no sin dificultad, la herrumbrosa cerradura, desenfundó la espada y nos la mostró.

—De estos y otros vestigios que venden los arruinados para subsistir nos abastecemos los anticuarios.

Tomó la ficha que había debajo de la vitrina.

—Esta en particular viene de la quiebra de los duques de Osuna. Como ven, es un hermoso estoque de plata con motivos vegetales. Pertenece a la escuela italiana y está catalogado como el que el papa Inocencio VIII le regaló al II conde de Tendilla cuando acudió a Roma como embajador de Fernando el Católico. Data de 1486.

Borja la acarició.

—¡Por cierto! Ahora que lo pienso, si no se la quedan, llamaré al duque del Infantado. Don Joaquín seguro que estará interesado, ya que suele comprar todo lo que haya pertenecido a sus antepasados.

No pudimos evitar mirarnos en silencio, sabiendo que si le revelábamos que éramos sus hijos, con toda seguridad nos subiría el precio. Sin darle tiempo a más divagaciones, cerramos el trato rápidamente.

Andaba ya empaquetándolo cuando de nuevo sonó la campanilla. A nuestra espalda oímos un batiburrillo de voces. Eran Elisa y tres de las hermanas Revillagigedo, que como por sorpresa paraban en el mismo anticuario. Rafaela, sin reparar en nuestra presencia, corrió a una mesa camilla.

—Mirad este mantón. ¡Cómo se parece al de mamá! Si no fuese porque ayer mismo lo llevaba sobre el brazo al salir a cenar, diría que es el suyo.

El anticuario, entregándonos la espada ya empapelada, se dispuso a atender a las recién llegadas.

—Pues está claro que no lo es, ya que este lleva aquí más de dos años. ¿Quiere que le diga de dónde procede exactamente?

Bajo el tapete encontró la ficha.

—Aquí está todo perfectamente inventariado porque yo, señorita, nunca compro nada de dudosa procedencia.

Rafa, azorada, se explicó:

—No me malinterprete. Es uno de los que más me gustan y me ha extrañado encontrar otro tan exacto.

Borja la miraba, medio escondido entre dos estanterías. Con su despiste de los últimos meses, cayó en la cuenta de que ella aún no le había visto uniformado. Y se dejó ver, como si entrara en escena.

—¡Qué casualidad, Rafa! Si te gusta, te lo regalo.

Su hermana Maruchi pegó un brinco.

—¡Cómo estás de guapo de uniforme!

Borja, alzando la cabeza, se pavoneó:

—Solo me falta lucirlo por el paseo del Prado del brazo idóneo. Rafaela, ¿quieres acompañarme? Me lo prometiste la última vez que nos vimos.

Ella se puso a la defensiva.

—¿Con las hermanas?

Borja torció el gesto.

—No era mi idea, pero si no hay más remedio…

Rafa, ahora sentada sobre una mecedora, se fijó en un extraño cartel que anunciaba una exposición ya pasada del museo Moma de Nueva York. El cuadro que lo ilustraba nada tenía que ver con los bodegones y escenas clásicas que pendían de las paredes de su casa.

El anticuario se ilusionó al comprobar que reparaba en él.

—¿Qué le parece?

Ladeó la cabeza concentrándose. Contestó sin miedo a pecar de poco entendida:

—Sinceramente, no le encuentro sentido. Esos relojes derretidos, la mosca, las hormigas y el mar. Es como si el pintor quisiese plasmar extraños sueños. Dicen que la depresión mundial en la que estamos estimula a los artistas para reflejar sus sentimientos, pero no tengo ni idea de lo que este puede querer plasmar en el lienzo.

El marchante lo explicó:

—El autor lo tituló La persistencia de la memoria. Tan solo pretende desafiar el paso del tiempo. ¿Sabe algo del surrealismo? Es de un joven catalán llamado Salvador Dalí. Promete. No hace mucho que tuve la oportunidad de conocerle en la Residencia de Estudiantes. Muy al contrario que muchos de sus amigos, que basan su producción artística en una determinada ideología política, él no trata de convencer a nadie de nada.

Borja le interrumpió:

—¡Como deberían hacer todos los artistas de verdad! El arte es una cosa y la política, otra muy diferente. A Dalí le conocí en un café de París y es tremendamente excéntrico.

Rafa asintió sin separar la mirada del cartel. Los pensamientos se le escaparon en forma de un susurro demasiado audible.

—Pues para mí que debería ir al oculista.

El anticuario se rio a carcajadas.

No pude evitar intervenir:

—Todo va por modas, y supongo que a esta también nos acostumbraremos. ¿Os acordáis de la Belle Époque? Vosotros erais aún niños, pero yo todavía recuerdo cómo, a pesar de que al principio le costó subirse a ese carro, mamá terminó por vestirse como las mujeres del resto de Europa, peinarse como ellas e incluso bailar a su ritmo.

Borja, ya en la puerta, nos acució.

—Vamos, niñas, que tengo prisa y no creo que este sea el mejor lugar para estar de charleta.

Nos despedimos del anticuario, cogimos el paquete y nos dispusimos a salir dejándole con ganas de más conversación. Elisa nos animó:

—¿Nos tomamos algo en el café Gijón? ¿Qué mejor lugar para tanta asturianina? Quién sabe, lo mismo incluso vemos a Celia Gámez. Allí podemos comentar una revista italiana que llevo en el bolso donde hablan de todos los pormenores de la boda de don Juan en Roma.

Las Revillagigedo asintieron entusiasmadas. Las bodas de la familia real últimamente daban para mucho cotilleo. Aquella sería la tercera que celebraban ese año después de la de doña Beatriz con Alessandro Torlonia, ese mismo enero, y la de don Jaime con María Emanuela de Dampierre, dos meses después.

Borja, ante el cariz que tomaban las cosas, debió de cambiar de idea y, dándose un golpe en la frente con la palma de la mano, me interrumpió.

—Mañana me lo cuentas, hermanita. Me voy al gimnasio. Perdona, Rafa, pero acabo de recordar que había quedado con un amigo. Lo siento de verdad, ya quedaremos otro fin de semana que venga a Madrid. Me hubiese gustado mucho acompañaros, pero me esperan para un combate de boxeo y no puedo dejar plantado a mi contrincante. Es un deporte que me ayuda a desfogarme de la tensión que tenemos en la academia.

Inclinando la cabeza se despidió de todas en general, sin dar un mínimo trato de preferencia a Rafa como en tantas otras ocasiones. Al no llevar la bolsa de deporte no pude evitar taladrarle con la mirada. De sobra sabía que no sería pegando puñetazos como se disponía a relajarse. Aún cascabeleaba la puerta cuando se dio la vuelta.

—Rafaela, en mi próximo permiso te llamo sin falta.

Ella se limitó a asentir, mientras que yo contuve el impulso de pegarle un buen pescozón. En fin, como Íñigo había dicho, sería cuestión de esperar a que el inconsciente sentase la cabeza. Al fin y al cabo, los cotilleos de la sociedad no eran lo que más le podía importar.

Salamanca, 9 de noviembre de 1935

Querido Jaime:

¿Cómo van las cosas por Alemania? Me han dicho que has comprado varios edificios de pisos en Berlín para alquilar y que ahora estás pensando en invertir en una fábrica de maquinaria. Solo te digo que papá está entusiasmado con la idea. Tiene la mesa del despacho llena de planos de antiguos inventos de los suyos que desea patentar y empezar a construir. No sé cómo se hizo abogado pudiendo haber sido ingeniero industrial. ¿Y tus clases de piloto? ¿Tienes ya el título? No sabes cómo chuleo con las salmantinas cuando les cuento que muy pronto tendré un hermano aviador. Cuando les digo que tu instructor fue alumno del mismísimo Barón Rojo, caen rendidas a mis encantos.

Y hablando de encantos, ¿qué tal las germanas? Supongo que se dejarán un poco más que las españolas. Estoy deseando que vengas y me cuentes todo sobre sus complacencias, porque aquí, en casa, con tanta hermanita acechando, es complicado despistarse. Sobre todo cuando se empeñan en ennoviarme con una niña muy especial que por extraño que te parezca sigue haciendo lo imposible por mantener las distancias. Es lo que tienen las niñas bien. Hablaría con Íñigo de estas cosas, pero María anda dándole la lata para que me guíe por el buen camino y no quiero comprometerle. A ver cuándo te dignas a venir a vernos y me asesoras sobre cómo conquistar a una señorita en particular que me tiene loco, porque a las otras ya las tengo dominadas.

Lo dicho, hermano, ven pronto, que te echo de menos. Un fuerte abrazo.

F. Borja