Balneario de Alzola. Elgóibar

2 de diciembre de 1936

Apenas llevábamos dos horas esperándole en la terraza, ojo avizor, cuando distinguimos, en lontananza, a un grupo de unos siete soldados cruzando por el puente de piedra que vadeaba el río Deba. Por sus andares y extremada delgadez, resultó inconfundible. Mamá no apaciguó su angustia hasta estar segura de que era él.

Importándole muy poco lo embarrado, sucio y demacrado que venía, le cubrió el rostro de besos. No hacía tanto que le habíamos visto por última vez, pero a ella se le hizo un siglo. Él se dejó achuchar, restando importancia a su entusiasmo. Cuando al fin consiguió zafarse de aquel apasionado recibimiento, vino a saludarnos a las demás, guiñando disimuladamente un ojo a Elisa para darle las gracias por haber conseguido traer a Rafaela. Después, nos pidió media hora para adecentarse.

Le esperamos en el café que daba a los baños. A lo lejos se escuchaban, entre una nube de vapor fantasmagórica, los chapoteos de los que tomaban las aguas termales. A pesar de ser diciembre, manaban a veintinueve grados de las entrañas de la tierra, así que los bañistas no debían de tener frío.

Borja no tardó en aparecer ufano, vestido con la ropa limpia que le había llevado y oliendo al agua de lavanda que Rafa le había regalado. Nada más sentarse, rebuscó en la chaqueta para sacar otra de esas cuartillas cuadriculadas.

—Rafa, te lo prometí la última vez que nos vimos y aquí lo tienes. Es un poema. Verás que nada tiene que ver con lo que le escribo a mi otra madrina.

Azarada, cogió la cuartilla y se la guardó en el manguito de piel donde se calentaba las manos.

Ligeramente contrariado, preguntó:

—¿No lo lees? Es bueno. No sé si tanto como los de mi hermana Cristina, pero yo también algo he debido de heredar de nuestro antepasado, Garcilaso de la Vega.

¡Ole la humildad! Mi mirada de indignación no le amedrentó en absoluto. Vaya donjuán estaba hecho. Sin percatarse de su reticencia, insistió:

—Me harías el hombre más feliz del mundo.

Ella, sin saber qué decir, bajó la mirada. Pero… ¡cómo podía ser tan patoso! Si aquello era una declaración de amor, podía haber esperado a un momento de mayor intimidad. De nuevo, intenté ayudarla:

—Deja que primero lo lea con detenimiento. Tú mejor que nadie deberías saber que la poesía es la mayor enemiga de la premura. Si, como has dicho, esos versos son un regalo, Rafa es su única dueña ahora y libre es de guardárselos para sí misma. Respecto a su calidad, sin leerlos siquiera, te digo lo mismo que Zorrilla le aconsejó a nuestra abuela después de leer los versos de papá. ¿Cómo era?

Hice memoria:

—«Anímale sin coartarle, pero tampoco dejes que se enorgullezca demasiado de las alas que tiene porque siendo paloma aún no ha llegado a águila».

Sonrió.

—En casa del herrero, cuchillo de palo. ¡Hay que ver qué poca confianza demuestras en las dotes de tu hermano pequeño! Pero, por una vez, te doy la razón. Es verdad que estas palabras son solo para Rafa.

La miró directamente a los ojos.

—Solo espero que después de leerlas me perdones por haber tonteado con otras. Me hubiese gustado habértelo dado a solas, pero ya ves que no nos dejan ni a sol ni a sombra.

La pobre Rafa ya no sabía dónde meterse. Sin levantar la vista del mantel, escondió aún más sus manos en el manguito de mouton. Reflejaba en silencio sus ganas de desaparecer. Corté por lo sano:

—Son confidencias entre vosotros dos que nada nos interesan a las demás. Déjalas para más tarde porque no eres tú el único que has traído un regalo.

Elisa, ansiosa por darle de una vez lo que le habíamos llevado, sacó un bolsón que tenía escondido debajo de la mesa.

—Veamos. Esta vez no teníamos tu lista, así que, como sabemos que cada vez que os trasladan tenéis que cargar con todos vuestros enseres a la espalda, hemos intentado ser lo más prácticas posible. Aquí tienes un maletín de aseo nuevo. El primero que te llevaste debe de estar despeluzado del todo. Otro jersey sin mangas que mamá te ha tejido y un crucifijo con todo tipo de bendiciones.

Sonrió.

—¿En diciembre? Mamá, me voy a pelar de frío.

Ella misma se levantó para sacar un amplísimo capote que aireó al viento como si el de un torero se tratase.

Borja la abrazó fuerte:

—¿Cómo sabías que me lo habían robado? No sé dónde ni cuándo porque solo me di cuenta de ello la primera noche gélida que lo busqué. Intenté comprar uno de segunda mano a un chamarilero que anda de estraperlo ofreciendo todo tipo de cosas a los combatientes, y el muy ladrón me pidió nada menos que ochenta pesetas. ¡Por ese precio me compro yo cuatro para estrenar!

Levantándose, se lo puso sobre los hombros.

—Gracias, mamá. No es el reglamentario, pero me servirá.

Mamá le miró con ternura.

—Me alegro de que te guste, porque según se prolonga esta guerra, no sabes lo difícil que se está poniendo conseguir según qué cosas. Lo importante es que es oscuro, como tú siempre pides, para pasar desapercibido, y de un paño tan grueso que ni siquiera deja pasar una gota de agua. Ni te imaginas lo que pienso en ti cada día que amanece lloviendo.

Elisa, nerviosísima, la interrumpió:

—Déjame, mamá, que le dé lo mío. ¡Esto sí que te va a hacer ilusión! Las tenía guardadas en Zarauz y de camino hacia aquí hemos parado a recogerlas.

Sobre la mesa puso dos cajas, una pequeña y otra de mayores dimensiones.

—Alguien me dijo que allí arriba matas el tiempo escribiendo en La voz de Arapiles alguna que otra cosa para tus compañeros. Con esta multicopista y mi réflex SLR tus reportajes no tendrán parangón.

Borja la besó en la mejilla.

—¿No es esa máquina de fotos la que te regalaron en tu último cumpleaños? Te lo agradezco, pero no puedo aceptarlo, Pelingo.

Se indignó:

—Pues a ver qué hacemos, porque en nuestro cuarto del hotel en San Sebastián ya no cabe un alfiler y no pienso regresar con ellas. A ti te van a servir más que a mí. Además, que yo ahora con mis estudios de anatomía apenas tengo tiempo de hacer más cosas.

Borja la abrazó.

—Esto no es una cosa práctica ni de primera necesidad, pero lo acepto porque me servirá para entretenerme en horas calmas. Gracias a esta multicopista, la gacetilla tendrá una mayor tirada. ¡No sabes cómo queda de manoseado el ejemplar que escribo a mano después de haberlo leído medio batallón!

Elisa bromeó:

—Prefiero no imaginarlo siquiera. ¿Te harás una foto con tus compañeros de batalla? Si traes el carrete la próxima vez, te lo podría mandar a revelar. Así, cuando nos hables de ellos podremos ponerles cara.

Asintió sin querer comentarles lo mucho que, desgraciadamente, cambiaban.

Pasamos el resto del día pegadas a él y disfrutando al ver cómo gozaba de nimiedades como comer, charlar o bañarse. Y es que la contienda le había enseñado a valorar multitud de cosas en las que antes ni siquiera reparaba. Aquella vez, la secreta intención de no mencionar la palabra guerra se cumplió, a pesar de que esta se empeñaba en recordarnos su presencia con alguna que otra explosión.

Sabiendo que al amanecer Borja nos dejaría de nuevo, esperé a que todos durmiesen para ir a su habitación. Quería decirle que Rafa, a pesar de haber accedido a venir, seguía recelosa, y deseaba regañarle por tener una tercera madrina de guerra, una tal Teresa; él mismo me lo había confesado. De la primera sospecha había salido airoso, pero… ¿qué pasaría si Rafa descubría aquello?

Sin embargo, lo encontré tan abatido que preferí no sacar el tema a colación. Ya habría otra oportunidad. Ante todo y antes de despedirle, quería que me recitase de viva voz los versos que le había dedicado a Rafa. Me hizo prometerle que no los repetiría. Su voz sonó grave y sincera:

Quise coger tus manos en las mías, pero fue tu ademán duro y severo.

Me retiraste tú las manos frías, pero espero.

Busqué ansioso el cariño en tu mirada como avaro en sus arcas el dinero.

En tus ojos azules no hallé nada, pero espero.

Busqué el contacto ardiente de tu boca como busca el caminante su sendero.

Erré el camino, tropecé en la roca, pero espero.

Quise escuchar palabras de cariño y tembló de pesar mi cuerpo entero

cuando tú me dijiste: «No seas niño». Pero espero.

Fue muy larga la espera, fue muy triste, pero tu juramento fue sincero

cuando al fin aquel día me dijiste: «Te quiero».

Envidiosa, deseé en secreto que alguien alguna vez en mi vida me hubiese dedicado palabras semejantes. Nunca se lo reconocería.

—Es precioso, Borja. Si es verdad que en algún momento te ha dicho que te quiere, seguro que ahora está sentada en la cama leyéndolo una y otra vez. Respecto a la rima…, qué te voy a decir.

Se sinceró:

—No me lo ha dicho. Se me resiste como gato panza arriba. ¿Crees que después de leer el poema accederá a ser algo más que mi madrina?

—Sinceramente, creo que, si quieres que te tome en serio, no puedes poner palabras como esas en su boca. ¡Sobre todo si nunca las pronunció! Quizá si le prometes que no escribirás más a las otras madrinas…

Sonrió.

—Pero ¿cómo voy a defraudar a las otras? Además, ella es mucho más para mí y, aunque no lo demuestre, lo sabe.

Mirando al cielo como un niño juguetón, sonrió.

—Estás muy seguro de ti mismo. Así no vas a llegar a ninguna parte. Mira que me gusta esa niña, pero la vas a fastidiar.

Me acarició el dorso de la mano.

—Déjame a mí, hermana, que yo sé más que tú de estas cosas.

Asentí reconociendo a regañadientes mi poca experiencia en amores.

—Si tú lo dices… ¿Cuándo volveremos a verte?

—Procuraré pasar las Navidades con vosotras, pero aún no se lo digas a mamá, no vaya a hacerse ilusiones y luego resulte que no nos dan permiso.

—Si quieres, hago un par de llamadas a los altos cargos. No te lo pueden negar estando nosotras tan cerca.

Rechazó taxativamente mi propuesta.

—No apareceré en San Sebastián si no nos lo dan a todo el batallón, porque sería como hacer de menos a los demás y por nada del mundo quiero que me tachen de privilegiado. Si ellos no pueden celebrar el nacimiento del Señor con sus familias, será mejor que no lo hagamos ninguno.

Preferí no discutir.

—Si es así, ¿qué te gustaría que te mandásemos?

Ante mi oferta, se desperezó levemente.

—Con capones, champaña y armañac de nuestros viñedos cenaremos como reyes. ¡Ah! Y recuerda que los paquetes, como las cartas, tienen que venir abiertos para que los cursen.

Cerró los ojos para abrazarse a la almohada y mascullar:

—Ahora déjame disfrutar de esta mullida cama, que no sé cuándo volveré a catar otra parecida.

Apenas habría pasado un minuto cuando ya roncaba a pierna suelta. Le besé en la mejilla, le dibujé la señal de la cruz en su frente tal y como mi padre lo hubiese hecho, cerré el libro que estaba leyendo cuando entré en su habitación y apagué su lamparita de noche.

A las seis de la mañana, le vi salir de nuevo junto a sus compañeros.