Villa Santillana. Zarauz

Julio de 1931

Y por fin llegaron las vacaciones de verano. Contra todo pronóstico y por el deseo de mi madre de alejarnos de Madrid, sombrereras y baúles se hacinaban en el andén a la espera de ser cargados en un tren camino de Zarauz. ¡Cómo nos gustaba subirnos siempre al vagón de primera para disfrutar de su restaurante y cómodos asientos!

Villa Santillana nos esperaba tan majestuosa como siempre. Aquella casa era la cuna donde habíamos nacido varios de los hermanos, y eso se notaba apenas cruzábamos su umbral.

Abrí las ventanas de mi habitación para que la brisa marina la inundase. Olía a algas, peces, mar y libertad. Cerré los ojos. Sintiendo el sol en mis mejillas e inspirando profundamente, dejé que el viento llenase hasta el último de mis alvéolos. Aquel repentino éxtasis de paz me permitió inesperadamente recuperar la armonía que el transcurrir de los últimos meses había destrozado.

Todo acompañaba. Surcando las olas, un grupo de traineras ensayaban para las carreras mientras en la playa dos caballos galopaban ávidos de independencia. Me hubiese apetecido unirme a ellos, pero ya era tarde, y dado que Elisa llevaba media hora buscando pareja para jugar al bádminton, preferí darle el gusto.

A partir de aquella tarde todo fue un no parar. Programados ya un par de campeonatos de golf, varios almuerzos en el Real Club, baile en el casino, algunas excursiones a las carreras de caballos de San Sebastián, a Biarritz para ver a nuestra hermana Teresa, que veraneaba en casa de sus suegros, o a las fiestas de los pueblos del Goyerri, apenas nos quedaba un día para aburrirnos.

Solo nos faltaba Borja, que, muy a su pesar, seguía cumpliendo con los designios que nuestro padre le había marcado aquel verano mandándole a Inglaterra.

Tozudo y persistente como nadie, guardaba la secreta esperanza de que nuestro progenitor al menos le dejase pasar unos días con nosotros en los últimos coletazos del estío; ignoraba aún que en realidad pensaban mandarlo directamente a Burdeos para hacer el siguiente curso. Yo veía a Borja tan ilusionado que intenté convencer a papá sin demasiado éxito.

El interés que nuestro padre siempre había demostrado para que desde niños aprendiésemos idiomas con nurses y mademoiselles se acrecentó desde el advenimiento de la República, y con el pobre pequeño se estaba cebando. Supuse que podría deberse a ese temor fantasmagórico e impronunciable que todos teníamos al exilio. O quizá estuviese exagerando y simplemente lo hacía para contrarrestar los absurdos mimos de mi madre. O tal vez lo único que pretendía era mantenerle alejado de los disturbios madrileños, por simple precaución. Fuese por lo que fuese, no hablaba de ello, pero lo cierto era que, como sin querer la cosa, nos preparaba para vivir lejos de nuestra amada España, sabía Dios dónde y durante cuánto tiempo. Todos estábamos al tanto, pero, siguiendo el famoso dictamen anglófilo que asegura que «de lo que no se habla, no existe», nos abstuvimos de mentarlo siquiera durante aquellos dos meses.

En septiembre, con mucha pereza, regresamos a Madrid. El único que parecía estar deseándolo era Jaime, que ni siquiera en tiempo estival había conseguido apaciguar sus ánimos. Esperaba como agua de mayo la ocasión para salir a la calle a montarla, y esta surgió a principios de diciembre.

Yo estaba acabando de sacar los alfileres de un encaje de bolillos que había tejido para bordear el paño del altar de la capilla cuando entró mi padre sumamente enfadado. Me obligó a dejar la labor en el cesto y me pidió que le acompañase a la habitación de los chicos. Me quedé de piedra cuando se agachó y, tras levantar el faldón de la cama de Jaime, despegó de debajo del somier lo que parecían ser unas cargas de dinamita.

—Solo dime si sabes algo al respecto.

Mi expresión de espanto le bastó para saber que no tenía ni idea.

—Hoy se celebra la toma de posesión de Niceto Alcalá-Zamora como presidente de la República y se esperan disturbios. ¿Sabes si los hermanos piensan participar?

Negué rotundamente.

—Te aseguro que no lo sé. Yo hoy tenía pensado acercarme a la estación del Mediodía para recoger a Borja, que llega para las vacaciones de Navidad. El viaje ha debido de ser largo desde Burdeos a Bayona con transbordo hasta Madrid, y estará rendido.

Sin añadir nada más, cogió el paquete y se dispuso a salir. Ya de espaldas, se detuvo.

—De esto, ni palabra a tu madre. Borja estará deseando, después de tanto tiempo fuera, patearse Madrid entero. Evita, si puedes, que pase por las calles por donde irá la comitiva.

No se me ocurrió rechistar. Salió pegando un portazo y allí me quedé yo a solas. ¿No acercarme a los aledaños? Sería sumamente difícil, ya que apenas vivíamos a quinientos metros del Congreso. ¡Menos mal que el camino a la estación estaba justo en dirección contraria! Pero ¿qué era lo que se proponían los hermanos ahora? Siempre me había adelantado a sus intenciones, pero aquello me había cogido totalmente desprevenida. Sin duda, habían agudizado el talento para mentirnos. Ojalá estuviese equivocada en mis presentimientos.

La mosca me rondó tras la oreja hasta que el tren se detuvo en el apeadero. Era una estación maravillosa, aquella a la que acudíamos a llorar de alegría o tristeza según se fuese o llegase el ser querido. Hoy tocaba reír.

Me abracé a él como un koala. Al sentir el achuchón de aquellos fornidos brazos, supe que apenas quedaba nada del niño, ya más alto que yo, del que nos habíamos despedido seis meses antes. ¡Estaba tan cambiado! Había pegado el estirón, los pómulos y la nuez también le habían crecido, le había cambiado la voz y la sombra de aquella pelusilla incipiente que se dibujaba sobre su labio superior ahora era casi un bigote. ¡Si hasta su pelo, antes cuajado de indomables remolinos, estaba ahora liso y perfectamente peinado!

Separándole un poco más de mí, le di un repaso de arriba abajo. Los pantalones cortos habían pasado a la historia y ahora venía perfectamente trajeado, con sombrero y chaleco incluidos. Del bolsillo de su chaqueta asomaba una cajetilla de Bisonte a la que preferí no hacer alusión hasta que se encendiese el primer pitillo frente a mí.

—¡Qué, hermanita! ¿Estoy pulcro y limpio como a ti te gusta? ¿Qué vas a hacer ahora que no puedes recolocarme el nudo de la corbata, remeterme la camisa por el pantalón o subirme los calcetines?

No me di por vencida:

—Estarías perfecto si además te hubieses afeitado.

Sonrió de nuevo.

—Se me había olvidado lo tiquismiquis que eres. Anda, vamos, que estoy deseando ver a todos. ¿Está Alberto esperándonos fuera?

Negué.

—Hoy es imposible llegar en coche a la estación. Medio Madrid está cortado. He venido andando desde casa. Si te parece, podemos dejar el equipaje en consigna y mandar luego a recogerlo.

Se metió la mano en el bolsillo para hacer recuento del dinero que llevaba.

—Ciento ocho pesetas del tren desde Irún, un duro de propina al acomodador del coche cama, dos pesetas del desayuno, tres con veinte de los pitillos, ocho del almuerzo. Pensaba coger un taxi, pero definitivamente solo tengo una peseta para los dos billetes de tranvía. ¿Tú no llevas algo para un taxi?

—Olvídalo. Hoy tampoco hay un transporte público que funcione como debería.

Asintió.

—Estoy cansado, pero pensándolo bien, tengo las piernas entumecidas, así que no me vendrá mal un paseo. Por cierto…, ¿qué sucede?

—Niceto Alcalá-Zamora toma posesión de su cargo como presidente de la República. Se ha preparado un desfile en el que no faltarán la Guardia Civil, los militares bajo el mando de Sanjurjo y el transitar de otras tantas calesas y coches de caballos.

—¡Ni que fuese Fernando VII al regresar a España! ¿Sabes el itinerario?

Saqué del bolsillo un recorte del periódico y se lo indiqué.

—Saldrán del Congreso para pasar por Alcalá, Sol y la carrera de San Jerónimo hasta el Palacio Real. Allí se asomará al balcón para saludar a miles de personas que le esperan desde ayer.

Gruñó:

—Ya le estoy viendo vestido con su frac y una chistera que le caerá como un saco de patatas. Con razón le llaman el Botas. Ya podía ser más discretito, porque para lo que va a durar…

Chisté mirando a un lado y a otro. Nadie parecía haberle oído entre la multitud de la estación.

—Baja el tono de voz y tengamos la fiesta en paz, Borja. Aquí no hay día en que no haya altercados entre los monárquicos y los de la asociación republicana, y lo peor es que los hermanos no se pierden una. No vengas tú también a emponzoñar aún más las cosas.

Sonrió cuadrándose como si yo fuese su general.

En silencio, Borja observaba el trasiego de la calle. Los atestados tranvías, el correr de las gentes, el vendedor de barquillos en la esquina del parque del Retiro y la de los periódicos en la contraria.

—Vamos por la cuesta de Moyano para acortar.

—De acuerdo. ¿Sabes que los libreros le han pedido al alcalde que traslade la feria permanente del libro al paseo del Prado, entre el Banco de España y el museo? Si lo logran, los tendremos a un tiro de piedra de casa.

Estábamos parados arriba cuando la gran rueda de un coche de bebé de mimbre blanco con su capota de piel negra le pasó por la punta del pie. Del pequeño, enterrado entre colchas de raso, toquillas, encajes y lazos, solo se distinguían los ojos.

Excusez-moi.

La joven mademoiselle, azarada, no supo dónde meterse al comprobar que Borja, simulando más dolor del que aquel atropello le había causado, le sostenía la mirada. Indignada por el descaro, tuve que pegarle un codazo para arrancarlo de su repentino flirteo.

—Parece que no solo has aprendido idiomas en Francia.

Suspiró como evocando recuerdos no demasiado castos.

—Eso es algo, hermanita, que a ti no te incumbe. Pero ¿decías que los libreros se marchan de aquí? Dirás que ya lo han hecho. ¡Si solo quedan diez casetas abiertas de las treinta que había! Deben de ser los últimos de Filipinas. Claro que no me extraña con tanto ir y venir de gentes… Acostumbrado al aburrimiento del internado, necesitaré unos días para aclimatarme a este frenético transitar. ¡Qué trasiego! Mírala, es como si llevase un petardo pegado en el trasero.

La pobre niñera, esquivando a unos y otros, desapareció entre el gentío. Preferí seguir hablando de libreros:

—Los que han cerrado probablemente estarán en la plaza de Oriente. Hazme un favor, deja de tontear con todas las faldas que te cruzas y acompáñame a esa caseta que sí está abierta. Hace tiempo que busco desesperadamente la tesis doctoral que don Gaspar Muro escribió hace ochenta años sobre la princesa de Éboli. Sé que la edición fue muy limitada y será cara, pero aquel librero me dijo hace semanas que creía saber dónde podría conseguirme una. Quizá haya suerte.

Por su expresión al vernos supe que lo tenía y me alegré enormemente. Era un ejemplar encuadernado en piel azul grabada en oro. En su interior había varios facsímiles de sus cartas protegidos entre pliegos de seda, y un grabado del retrato que le hiciera Sánchez Coello, cuyo original teníamos en casa.

—Me ha costado mucho encontrarlo. Tanto que al final se lo he tenido que comprar a una viuda que vendía toda la biblioteca de su fallecido marido muy consciente de la joya de la que se desprendía.

Di por supuesto que no me lo iba a dejar barato, pero sin duda merecería la pena.

Borja dedujo que el regateo para lograr una rebaja iba para largo, así que se dirigió al extremo opuesto del expositor para ojear varios TBO, Pulgarcito y un ejemplar del recientemente publicado Pocholo.

—¿Te importa esperar?

Pasando las páginas, negó.

—Si no hay más remedio, mataré el tiempo hasta que llegues a un acuerdo.

Mirando al librero le preguntó:

—¿No tendrá por casualidad algún número de Le Petit Vingtième Siècle? Es el suplemento del diario donde Hergé publica las viñetas de un joven detective llamado Tintín.

La cara de sorpresa del hombre lo dijo todo.

—¿Tintín? No me suena, pero si quiere una lectura para niños, le puedo ofrecer las aventuras y los cuentos de Periquín.

Ofendido, le corrigió de inmediato:

—Tintín no es para niños, sino para adultos. Es el protagonista de un tebeo que resuelve enigmas viajando por todo el mundo.

Iba a reprenderle por su petulancia cuando la algarabía de varias jóvenes hablando todas a la vez y sin escucharse las unas a las otras nos obligó a callar. Eran las siete hijas del fallecido conde de Revillagigedo. Borja, apabullado entre tanta mujer, prefirió ser precavido y analizarlas de reojo.

Tendrían entre los dieciocho y los doce y las había para todos los gustos. Altas, bajas, rellenitas, delgadas, rubias y morenas. A excepción de tres que se parecían un poco, eran muy distintas entre sí y, si no las conocías, era difícil imaginar que fuesen hermanas.

Borja no tardó en centrar la atención en una de ellas. Sería un par de años más joven que mi hermano, rubia ceniza y con los ojos azules, tal y como a él le gustaban. Entre todo aquel aquelarre, ella parecía ser la más tímida.

Conocía bien a Pepa, la mayor de ellas, y al venir a saludarme aproveché para presentarle a Borja como mi hermano recién llegado de su colegio en Francia. Ella se encargó de lo demás.

—De mayor a menor, estas son Teresa, Concha, Vicky, Rafa, que aunque suene a chico viene de Rafaela, Maruchi y Charo.

Borja saludó a todas deteniéndose en Rafa un fugaz segundo, instante que bastó para que ella se sonrojase. Las demás, celosas, intentaron captar su atención avasallándole con mil y una preguntas.

—Nuestros padres también nos mandan internas a un colegio de monjas en Belmont cuando terminamos en el Sagrado Corazón de Chamartín. El año que viene será el turno de Rafa.

Aprovechó la alusión para mirarla de nuevo. Ella, incapaz de repetir la hazaña de hacía un momento para disimular, había cogido un taco de postales con figurines que pasaba a toda velocidad. Borja musitó:

—¡Qué casualidad! Yo, antes de que me mandaran a Inglaterra y Francia, estuve estudiando en el colegio de los jesuitas de al lado del vuestro, pero… no me suena haberos visto nunca. Os aseguro que, de haberlo hecho, no lo habría olvidado. Claro que no es extraño, ya que a ninguno nos dejaban salir demasiado. Curas y monjas nunca han sido amigos de que compartamos nada. Por eso deben de haber rodeado los recreos con tanto muro.

De nuevo flirteaba. ¡Nada menos que con seis a la vez! Todas rieron menos Rafa, que cada vez parecía más abstraída en la lectura.

—Y aparte del inglés y el francés, ¿hablas algún otro idioma?

—Chapurreo vascuence con mi profesor de esgrima.

La voz de Rafaela apenas se hizo audible entre las de sus hermanas. Alzando una postal de trajes típicos nos la enseñó.

—¡Qué casualidad!

En ella aparecía un chapelgorri con la representación de la peseta que cobraban a sus pies.

—Lo mismo quieres imitarlos y defender a nuestro rey igual que ellos hicieron con su abuela Isabel en tiempos difíciles.

Se hinchó de orgullo.

—Hoy es muy diferente. No tenemos a isabelinos y carlistas luchando por una misma corona, sino dos ideologías sumamente diferentes pujando por el Gobierno de nuestra España.

Señaló la moneda.

—¿Ves la peseta? ¿Sabes lo que significa?

—¿Qué peseta? —interrumpió una hermana.

Apenas tenía Borja tiempo para contestar a una pregunta, cuando le formulaban otra. Él, inconsciente de que casi no le escuchaban, se esforzaba por agradarlas al tiempo que intentaba recuperar la atención de Rafa.

Ella, demasiado joven todavía para escarceos, se concentraba en esconder la cara entre El capricho de la marquesa, escrito por Álvaro Retana, y un ejemplar de la revista antigua Rosa y Azul.

Harto de intentar captar su atención en vano, Borja decidió quitarle repentinamente la revista de las manos.

—No vale la pena que la compres. De estas hay muchas encuadernadas en casa. Creo que mi madre las guardó a principios de siglo para las hermanas. ¿No es verdad, María? Si quieres, te invito a merendar un día y las hojeas. Y si alguna te interesa en particular, no creo que nadie ponga reparos en prestártela.

Sorprendida por la inesperada invitación, solicitó con la mirada una respuesta de las demás.

—Si quieres volver a ver a Rafa, pluraliza, porque nunca va sola a ninguna parte.

Pepa le puso inmediatamente en su lugar mientras Rafa daba un paso atrás para esconderse del todo entre las postales, cromos y calendarios que pendían de unas pinzas cual colada en el alerón del tejado de la caseta.

¿Cómo se le ocurría invitar a una niña de trece años sin su chaperona? Estaba claro que nadie le había enseñado a diferenciar entre cortejar a una señorita y seducir a otro tipo de mujeres. Me gustaría habérselo explicado, pero, siendo un tema tan delicado, opté por dejárselo a los hermanos.

Caminábamos ya por el paseo del Prado rumbo hacia casa cuando, cabizbajo, me preguntó entre dientes:

—¿Las conoces mucho?

Sonreí dándole un pescozón.

—No, si va a ser verdad que ahora te interesan más las mujeres que los tebeos. Deberías haber sido más comedido. Aún falta casi un mes, pero si quieres las invitamos al roscón de Reyes. Antes has de saber que esas niñas nada tienen que ver con esas frescas francesitas con que jugueteas.

Tuve que explicarme.

—Lo sé porque a Jaime se le escapó el otro día.

—Pues podría ser un poco más discreto con mis confidencias. La próxima vez no le cuento nada en mis cartas. ¿Dónde están? ¿Cómo es que no te han acompañado?

En ese mismo instante oímos multitud de sirenas en las calles circundantes.

—¿Qué sucede?

Musité:

—No hagas caso. Esto ya se ha convertido en un habitual en Madrid. Si no es en la universidad, es en los bares de alrededor del Ateneo o en cualquier lugar público donde se celebre algún acto con tiznes políticos de un color u otro. Y es que las facciones más exacerbadas no dan su brazo a torcer.

Me bufó:

—María, ¿qué es eso de exacerbados? O se es republicano o se es monárquico; no caben medias tintas. Sea lo que se sea, hay que defender a ultranza nuestros principios por muy minoritarios que seamos. Si hay que pegarse un poquito, adelante y con la conciencia tranquila.

Me detuve en medio del paseo y le cogí de los hombros.

—¡Estás como los hermanos! ¿Es que no tuvimos bastante con el follón del día de la inauguración del Círculo Monárquico? ¡Con tanta agresividad solo vais a conseguir matar a nuestro padre de un infarto!

Suspiré.

—Solo espero que papá los haya sacado de allí antes de que pasara nada.

—¿Sacado de dónde?

—¿De dónde va a ser? De cualquier sitio donde se grite «¡Viva la República!» o «¡Muera el rey!». Y eso, en un día como hoy, es un eco que rebota sin fin en las paredes de esta ciudad. Ahora abraza a mamá y no le digas nada de lo que te he dicho.

Entramos en casa. Al comprobar que papá aún no había llegado, me temí lo peor. Probablemente nos esperaba otra noche de insomnio e incertidumbre. Ya anocheciendo, llegaron Íñigo y Jaime con la cabeza gacha.

Jaime esperó a la cena para contarnos. Aquel hermano mío seguía sin diferenciar la locura de la bizarría.

—Seguimos el lento avanzar de la comitiva desde el Congreso hasta que llegamos a la plaza de Oriente. Allí, cuando vi al Botas allanar la regia morada, se me revolvieron las tripas.

Le corregí:

—Alcalá-Zamora no hizo otra cosa que tomar posesión de su nueva casa. Allanamiento sería si el rey aún la considerase su casa, pero recuerda que la abandonó libremente.

Me atravesó con la mirada antes de continuar.

—Íñigo quería que regresáramos, pero yo, al ver que la muchedumbre no se disipaba, insistí en esperar un poco más. Os aseguro que sin otro afán que el de ver lo que se cocía.

No pude evitar abrir mucho los ojos para expresarle mi incredulidad. Sentada a la derecha de mi padre, noté su patada bajo la mesa. Jaime debía de estar cansado del largo día en comisaría y ya solo buscaba tranquilidad. Aquello me hizo recular, y solo por no alterarle más, decidí dejarle hablar.

—Mi arranque de ira vino cuando el hombre de mi lado gritó: «¡Muera el rey!». Comprendedlo, me partió el alma de tal manera que ya no pude dominarme. Le tuve que pegar un puñetazo en esa inmensa bocaza, y siento deciros que no me arrepiento.

La voz de Íñigo sonó pausada mientras negaba cabizbajo:

—Fuiste el detonante de la batalla campal que se montó, y en vez de salir corriendo, decidiste arremeter tú solo contra todos. ¡Si serían unos cuatrocientos! Y yo, como siempre, embarcándome sin quererlo en tus locuras. Al principio, cuando eran pocos, intenté apaciguarlos con palabras, pero no necesito deciros que no tuve demasiado éxito, como se ha visto.

Mamá lo interrumpió:

—Joaquín, ¿qué prometiste para que los soltasen antes que a ninguno?

Papá masculló entre dientes:

—Nada importante. Solo espero que el haber estado presos en un calabozo os sirva de lección para no seguir metiéndoos en fregados. Nos guste o no, Niceto Alcalá-Zamora es el presidente de la República y, mal que nos pese, habrá que aceptarlo hasta que don Alfonso nos ordene lo contrario.

Íñigo escuchaba sumiso a nuestro padre mientras Jaime, con una media sonrisa inaceptable, asentía sin demasiada convicción. Sabía lo que le estaba rondando la cabeza y fui incapaz de contener mi particular represalia.

—Mírate en el espejo, Jaime. Otra vez el labio partido y el ojo a la virulé. Bastante bien parado has salido. A saber qué es lo que tú les has hecho a ellos. ¡Qué ejemplo para Borja!

El aludido le guiñó el ojo demostrándome su complicidad.

—¡Borja, creerás que no te he visto!

Jaime sonrió.

—Hermanito, cuando terminemos, jugamos una partida de mus y te enseño a pasar señas como es debido.

Era desesperante ver cómo, cumplida la veintena de largo, seguía frivolizando con temas tan serios. Aunque los hubiesen dejado libres, ¿tendrían que ir a juicio? Indignada, no pude evitar soltar los cubiertos sobre el plato con gran estruendo. A punto estaba de despacharme a gusto con él cuando el suspiro desesperado de mi madre, echándose las manos a las sienes, me redujo. ¿Cuándo maduraría aquel hermano mío?

A la mañana siguiente, supimos que el presidente de la República, como Jaime, había decidido olvidar los últimos altercados y comenzar así un mandato en paz, y había ordenado la liberación del resto de los detenidos. Pensé entonces que mi padre podría haberse ahorrado la molestia de liberarlos. Así al menos hubiesen aprendido la lección pasando una noche entre rejas. No podía imaginar entonces que mi deseo de que escarmentaran iba a cumplirse poco después de forma mucho más dolorosa…

Aquel 6 de enero entré en la habitación de Borja dispuesta a meterle prisa. Como le había prometido hacía un mes, organizamos una merienda con roscón de Reyes para despedirle antes de que regresara a Francia. Entre los invitados estaban sus mejores amigotes y las hermanas Revillagigedo, y me interesaba mucho que causase buena impresión a aquellas niñas.

Me alegré al comprobar que se me había adelantado. El montón de ropa esparcida por el suelo demostraba que debía de haberse cambiado unas diez veces antes de sentirse cómodo.

Sumamente concentrado en el remolino de su pelo, se afanaba en disimularlo frente al espejo de cuerpo entero que tenía en la esquina. Me acerqué silenciosamente por su espalda para sentarme en un pequeño descalzador y mirarle a través del reflejo. Inmerso en la desesperanza de sus juveniles inseguridades, tiró el peine al suelo al oír la campanilla de la entrada. El murmullo de todas esas voces en el vestíbulo lo puso aún más nervioso. Optó por aplastarse el pelo con la mano y salió sin darse cuenta siquiera de que yo le había estado observando en silencio. Le seguí a cierta distancia para contemplar desde arriba de las escaleras cómo se desenvolvía entre tanta jovencita. A todas les plantó dos besos menos a Rafa, a la que, dubitativo, solo le dio uno. Dejaba así clara su tendencia.

Me uní a ellos cuando Elisa los guiaba al comedor. Estaban alterados en extremo. Como no sabían muy bien de qué hablar en un principio, empezaron comentando sus temores ante la reciente noticia de la disolución de nuestra querida Compañía de Jesús, especulando sobre qué harían los estudiantes de sus colegios si, como amenazaba el decreto, acababan por confiscarles sus bienes. ¿Un colegio laico? ¿Dependencias del Gobierno en sus edificios? ¿Juzgados para divorciarse, si aprobaban la ley definitivamente? Dos de las niñas se santiguaron al oír la última suposición. La verdad es que con los tiempos que corrían todo podía ser, pero preferí escucharlos a intervenir.

Ya sentados a la mesa ante una buena taza de chocolate caliente, se relajaron, y el tema de conversación cambió radicalmente en cuanto Elisa les propuso un divertido juego a la hora de cortar los roscones. Había dos, y dividiríamos uno para las niñas y el otro para los chicos. Así, el chico al que le tocase el haba tendría que besar a la niña agraciada.

No habían pasado ni cinco minutos cuando Borja pegó un brinco sobre su silla sacándose el haba de la boca. Se hizo el silencio a la espera de saber quién le robaría el beso, pero, a pesar de la expectación, la segunda haba de la suerte nunca apareció y el beso quedó sin dueña. La frustración de Borja no pasó desapercibida.

Aquella misma tarde, al terminar la merienda, todos los presentes le acompañamos a la estación del Mediodía para despedirle. Me hizo gracia ver que sacaba una libretita del bolsillo con su dirección en Burdeos apuntada en cada página y que al despedirse de cada una de las niñas les entregaba una copia. Puso mirada lánguida y les rogó que hiciesen el favor de escribirle. Rafaela se guardó la dirección en un bolsillo, y así fue como, sutilmente, consiguió empezar a cartearse con la que desde entonces sería su niña preferida.

Burdeos, 10 de febrero de 1932

Querida Rafa:

¿Te puedo llamar querida? Es una costumbre que tengo adquirida al escribir a mis hermanas y me gustaría que no me lo negases.

¡No sabes la ilusión que me hizo recibir tu carta! Ninguna de tus hermanas me escribió antes, y me alegro porque en aquella estación repartí mi dirección a destajo únicamente para camuflar mis verdaderas intenciones. Anhelaba que fueses tú la única que me escribiese y este deseo se ha hecho realidad. Sin duda, es un designio del destino que no podemos eludir. Hacerlo sería poner cortapisas a esta incipiente amistad que ansío duradera y, si se tercia, un poco más cercana. ¡No te asustes! Ya me conocerás. Yo soy así de impulsivo y no voy a cambiar. Poco sé de ti, pero después de lo que me escribiste, corroboro la intuición de que eres tímida hasta un punto casi enfermizo.

¡Cómo pudiste tragarte el haba del roscón sin pestañear siquiera! ¡No sabes la que montó Elisa en la cocina porque se les había olvidado meter la sorpresa en la masa del segundo roscón!

¿Sabes que aquel día te vigilaba de reojo ansiando que fueses tú la afortunada? Me pareció verte en un momento dado arquear las cejas, jugueteabas con algo en la boca y tuviste que tomarte un sorbo de chocolate para tragártelo. Ahora entiendo el porqué. ¡Qué loca! ¿Y si llegas a atragantarte y tenemos que llevarte a la casa de socorro? Hoy sé por tus palabras que preferirías eso mil veces antes que sentirte el punto de atención de la merienda.

Eso dice mucho en tu favor. Sonrío con solo imaginarme tu sonrojo leyendo estas palabras tan directas. Pero no te preocupes, porque si algo tiene de bueno escribir es que te permite transmitir sentimientos sin necesidad de pronunciarlos. Así la vergüenza y el azoramiento se aplacan, y los sueños vuelan silenciosos hacia lugares lejanos libres del temor a que sean escuchados por oídos inapropiados. Porque… ¿no leeréis las hermanas todas juntitas la correspondencia privada de cada una, verdad? Espero que no sea así, porque estas palabras que hoy te escribo las considero secretas entre los dos, y si se leyesen en voz alta, dejarían de tener esa mágica y casi imposible virtud.

Recuerda siempre que solo son nuestras. Dicho esto, espero que intuyas mis quereres y que esa carta que me escribiste solo sea la primera de un millón. No tengo miedo al rechazo, así que, si tuvieses la más mínima tentación de insinuarlo, erradícalo de tu mente.

Contéstame apenas recibas estas letras y sabré que este esfuerzo de sinceridad ha merecido la pena.

A falta de ese beso, que ahora me debes, te mando un abrazo muy fuerte.

F. Borja