Palacio de Lazcano. Guipúzcoa

Agosto de 1932

Con la mirada anclada en los montes que nos circundaban, pasábamos las horas pegados a la radio a la espera de que retransmitiesen nuevas noticias sobre los detenidos en Madrid y Sevilla. No podíamos hacer otra cosa que eso, y rezar para que el jurado fuese benevolente y las sentencias no resultasen demasiado duras para con los detenidos.

Papá, desesperado por la impotencia que sentía, calmaba su desasosiego paseando por el pueblo con la chapela calzada hasta las cejas.

Aquel 25 de agosto se nos erizaron los pelos al escuchar el parte en el que leían la primera sentencia. No podía ser para otro más que para el principal instigador.

«Fallamos que debemos condenar y condenamos al procesado teniente general don José Sanjurjo Sacanell a la pena de muerte, con las penas accesorias, en caso de indulto, de inhabilitación absoluta perpetua y pérdida de empleo como el máximo responsable de un delito consumado de rebelión militar, previsto en el artículo 237, número 1º del Código de Justicia Militar».

Al día siguiente se dieron a conocer las sentencias de todos los demás. Contuvimos la respiración mientras las leían, suspiramos aliviados al enterarnos de que a Íñigo no lo fusilarían, pero nos estremecimos al saber que la suerte de Jaime aún no estaba decidida y que podía llegar a ser ejecutado.

Por lo pronto, ¡serían deportados a Villa Cisneros! ¿Dónde estaba aquel lugar? Nos costó mucho encontrarlo en el atlas; justo en la costa y en el medio de la nada del Sahara Occidental.

Tardé un día en asimilar la noticia y una semana más en buscar una solución a nuestros problemas, segura de que así animaría a mis padres. Mientras ellos se reconcomían por dentro, yo hice unas llamadas, tracé un plan y, una vez convencida de su viabilidad, decidí transmitírselo, intentando antes disipar toda la negatividad que los perturbaba.

Empecé por convencer a mamá para que saliera al jardín a coger flores de los magnolios. Haríamos con ellas uno de esos centros que tanto le gustaban sobre su jarrón preferido de alabastro y bronce, y aquello la reconfortó.

En cambio, fue descorazonador comprobar que, al regresar, mi padre seguía en la misma postura en que lo habíamos dejado, escuchando el runrún de la radio y hojeando el libro sobre los presidios en las colonias que le había dado la noche anterior. Ante su apática actitud, mi madre se desmoronó de nuevo. Me inquieté porque no podía esperar más a que levantasen el ánimo.

—¡Así no podemos seguir! ¿Por qué no confiáis al menos en que esto sea provisional? La esperanza es lo último que se pierde. ¿No hablaba la sentencia de Sanjurjo de indulto? Quizá lo podamos conseguir para ellos. Quizá esa cárcel no sea tan mala como la pintan. Quizá Jaime esté disfrutando de su tan querido Marruecos mientras vosotros os preocupáis más de lo debido.

Aquello último no sonó demasiado convincente. Tomé una de sus fotos de la estantería. Nada más llegar a Lazcano, mi madre, ocupando las horas muertas, se había dedicado a quitar las de todos los demás para sustituirlas por las de Íñigo y Jaime, como si así los tuviésemos al lado.

—Miradle. Aquí está vestido con su uniforme de teniente de ingenieros. ¡Qué bien le sienta la gorra verde de oficial de Mehal-la Jalifiana! Quién sabe; quizá ahora hablar árabe y conocer tan bien sus costumbres les sirva para escapar.

Madre negó tristemente:

—¿Escapar? María, si lo que intentas es consolarnos con más ideas intrépidas, déjalo ya. Yo, de toda su absurda pasión por lo marroquí, tan solo me puedo acordar de los angustiosos meses que nos hizo pasar en Tetuán mientras se restablecía del accidente de moto que sufrió contra el carro de un morito amigo suyo. Hasta entonces era normal, pero siempre he pensado que el golpe que recibió en la cabeza debió de borrar la prudencia de su mente. Solo espero que Íñigo lo contenga en sus alocados impulsos.

La interrumpí:

—Dijo que era amigo para que no le encarcelasen al pobre.

Negó.

—Lo que tú digas, pero por mucho que lo intente no puedo quitarme de la cabeza las cosas tan peligrosas que se le ocurren. Es como si Jaime necesitase el riesgo para vivir intensamente. Preferiría que no supiese árabe para que ni siquiera se le pasase por la cabeza escapar. Solo le puedo imaginar tumbado en la arena del desierto con un tiro de los guardianes de la prisión en la espalda.

Suspiró.

—Hija, sé que intentas consolarnos, pero seamos realistas. El protectorado ya no es igual que años atrás cuando, por ejemplo, tu hermano Íñigo fue enviado allí a hacer sus prácticas en la escuela de Estado Mayor poco antes de su licenciatura. Entonces el recuerdo de la victoria de Primo de Rivera en Alhucemas aún se celebraba. Después de aquello, el general fue destituido, murió al poco tiempo en el exilio, el rey se marchó, vino la República y las cosas que se celebran hoy son otras muy diferentes a las de entonces.

Agudizando el oído, mi padre alzó la mano pidiéndonos silencio para escuchar el parte. Solo oímos el final, pero él se encargó de radiárnoslo.

—La de los chicos no es hoy la única mala noticia. ¡También han admitido a debate el decreto por el cual definitivamente podrán confiscarnos todo! ¡Esa es su manera de acabar con la Iglesia y los grandes de España!

Pegó un puñetazo sobre la mesa.

—¡Amenazaban con ello desde hacía tiempo y la «Sanjurjada» se lo ha servido en bandeja al haber participado en ella nuestros hijos! Maldito Azaña. ¡Pues yo a la ruina no me resigno! A mis sesenta y dos años aún me siento con fuerza para emigrar. ¡Volver a empezar no me da miedo! No haré como la nobleza rusa en la Revolución. No me quedaré para ver la debacle de mi país.

Todo el odio contenido estalló de golpe. Intenté calmarle:

—Piensa que, al fin y al cabo, solo es un proyecto. Estoy segura de que no se atreverán. Esas cosas solo las dicen para arañar votos entre los más humildes, jugando a falsos Robin Hood. Olvídalo, dejémonos de lamentaciones y actuemos de una vez. He pensado en cómo liberar a los chicos, y no me digas que me calle, madre, antes de escucharme.

Sorprendentemente y pese al caldeado ambiente, los dos centraron su atención en mí. Aceleré por si se arrepentían.

—Me he estado informando y Villa Cisneros no es tan segura como creíamos. Apenas está vallada porque el desierto, a un lado, y una bahía donde solo recalan algunos barcos para su abastecimiento, al otro, aíslan la prisión del resto del mundo.

Saqué un plano que había dibujado para que se hiciesen una idea y, apartando las flores, lo puse sobre la mesa.

—He conseguido hablar por teléfono con el hermano de una amiga, uno de los oficiales que los llevaron a bordo del buque España nº 5 el pasado 28 de agosto.

Mi padre a punto estuvo de reprenderme por no habérselo dicho antes, pero se contuvo.

—Perdonadme, pero quería tener toda la información antes de nada. El oficial de la Armada me contó que les costó cumplir con la orden de trasladar a los doscientos doce detenidos porque muchos de ellos eran afines a la monarquía, pero que las órdenes eran claras y no se pudieron negar. Estaban preocupados por si tenían que compartir celdas con los ciento cincuenta libertarios y mineros que cumplían condena en Villa Cisneros por la huelga revolucionaria del Llobregat del pasado enero.

Mi madre se santiguó.

—¡Anarquistas y monárquicos juntos! Se matarán los unos a los otros.

Negué:

—Tranquilízate. Me dijo que al llegar se encontraron con la grata sorpresa de que el director, que prefería a los nuevos presos, había conseguido trasladar a los huelguistas a Fuerteventura. ¡Figuraos lo que hubiese sido aquello si no lo hubiesen hecho!

Mi padre asintió:

—Y que lo digas, hija, porque a excepción de su aversión por la República nada tienen en común.

Proseguí:

—Aparte de eso, no están tan mal. Por lo que he podido averiguar, salvo Sanjurjo, están todos juntos.

Fui punteando sobre el mapa.

—Como veis, el pueblo de Villa Cisneros está compuesto por unos caseríos destartalados, propiedad de pesquerías canarias. Aquí está la barraca de salazón del pescado desde donde se ven los restos del naufragio del transatlántico Cataluña en punta Durnford. Aquí, el depósito del agua que traen de Canarias, el cuartel de la guarnición, el fuerte Justo, las viviendas de oficiales, las despensas, la estación de radiotelegrafía, una capilla, un casino y una central eléctrica. A las afueras está el barracón de aviación, justo al lado del aeródromo. Ellos viven aquí. Por la escala del mapa, el edificio tan solo medirá unos cuarenta metros y, como veis, únicamente está cercado por este muro almenado de ruinosa mampostería. La artillería que tienen apostada hacia el mar está tan obsoleta que ni el artillero más loco se atrevería a dispararla.

Mamá suspiró.

—Según lo cuentas…, ¡qué tentación para huir! Jaime, si le dejaran, capaz sería de hacerse con un avión.

Era cierto que últimamente mi hermano no pensaba en otra cosa más que en convertirse en piloto. Prueba evidente de ello era la colección de maquetas de aviones de la I Guerra Mundial que decoraba la estantería de su cuarto. Mi padre, incómodo por la interrupción y consciente de que había hecho mis deberes a conciencia, me apremió:

—Continúa.

—Solo podrían intentarlo en avión o en barco, porque hacerlo a pie sería como opositar a una muerte segura por deshidratación en el desierto o ahogamiento en el mar. Por eso, el director, en vez de tenerlos dando vueltas en un patio cerrado, los deja pasear libremente por los aledaños. Solo tienen que presentarse al toque de diana y retreta, que es cuando pasan lista. Además, no olvidemos que el director del presidio es un compañero de promoción de Íñigo, por lo que supongo que alguna ventaja tendrán…

Mi madre, al imaginar a sus hijos en mejores condiciones de las que suponía, sonrió por primera vez en mucho tiempo.

—¿Crees que les facilitaría eso las cosas en el caso de poder huir?

Negué rotundamente:

—No, madre. Sé que los trata como amigos, pero de ahí a dejarlos escapar hay un trecho. Ten en cuenta que para él ayudarlos significaría su destitución, y nunca se le puede pedir a un amigo semejante favor. Conociendo a Íñigo, será el primero que se niegue a ponerle en semejante aprieto.

Mi padre pensaba en voz alta.

—Desde diana a retreta pueden perderse. Es una pena que hayamos dejado atrás el solsticio de verano y los días se acorten. Cuanto más tiempo pase, más difícil será.

Asentí contenta de que me ayudase a planearlo analizando uno por uno los inconvenientes que pudiesen surgir.

—Hija mía, no sé de dónde has sacado tanta información, pero la verdad es que pareces Miss Marple en una de las novelas de Agatha Christie.

Henchida de orgullo por haber conseguido aportarles una brizna de esperanza, proseguí:

—Descartada una huida por tierra al resguardo de una lenta caravana de camellos, y los aviones, dado que no saben volar, nos quedaríamos con el mar. Solo la presencia esporádica del cañonero Canalejas en el fondeadero podría truncar su huida. Así que tendríamos que hacernos con la información de su derrota e intentarlo alguno de los días en que leva anclas para irse a Canarias o Guinea, cosa que ocurre con frecuencia.

Miré a mi padre con seriedad.

—Dicho esto, me siento incapaz de permanecer un día más aquí cruzada de brazos. Así que solicito tu permiso para viajar a Cádiz. Allí intentaré enterarme de algún pesquero que tenga previsto echar las redes por esas costas.

Padre fue tajante.

—No puedes ir sola.

—Me encantaría que me acompañases, pero recuerda que aún estás vigilado.

Pensé rápido.

—Quizá Paco Andes podría hacerlo. ¿No nos llegó un teletipo de Teresa que nos decía que pronto vendría con Alvarito a pasar unos días con nosotros; que aprovecharía el viaje que Paco tenía previsto hacer a Jerez para ver en qué condiciones estaba la casa de su padre, cerrada desde que se exilió para bajarse aquí? Podría yo entonces subirme a su coche. Así mamá, que tanto se queja de no ver casi a su primer nieto, disfrutará de lo lindo.

La cara de felicidad de madre ante la expectativa terminó por convencerle. Mi padre asintió mientras sus pensamientos sobrepasaban el momento de la huida.

—Paco conoce a mucha gente en el sur y sin duda sabrá qué teclas tocar. Si lo logran, serán declarados prófugos y no podrán regresar a España. Lo mejor sería que el barco los dejase en algún lugar de la costa portuguesa, donde tantos amigos exiliados tenemos. O… si, por el contrario, decidiese desembarcarlos más allá del sur de África, al pasar por Guinea podría dejarlos en Santa Isabel. Allí podrían vivir en nuestra plantación de cacao hasta que fuera viable su regreso.

Se levantó asintiendo.

—Entonces está todo decidido. María, te dejo a ti hablar con tu cuñado para que te acompañe mientras yo voy a conseguir liquidez. No será barato, pero prefiero que te sobre a que te falte.

Se alejó con ese paso ufano de antaño que dábamos por perdido. Sinceramente, esperaba muchos más impedimentos por su parte. Quizá fue el ahogo y la desesperación lo que le empujó a dar su brazo a torcer con tanta facilidad.

Por primera vez en la vida me daban alas para demostrar en casa que, a pesar de ser mujer, era capaz de solucionar uno de los problemas más graves a los que nos habíamos enfrentado. No podía fallar.