San Sebastián

Principios de octubre de 1936

Muy a mi pesar, agoté el permiso. Aquella noche sería la última que pasaría junto a ellas antes de regresar al hospital, y aún no habíamos recibido noticias de Borja. Como cada tarde, llevamos a nuestra madre a misa de ocho para luego, ya anocheciendo, irnos a cenar al restaurante Nuri.

Mamá había pedido a Rafa que nos trajese a Ana Rosa Linares. Con el trasiego de la llegada, se le había olvidado por completo entregarle el pasaje que sus padres le dieron en Biarritz para que su niña embarcase lo antes posible rumbo a San Juan de Luz. Así como nosotros andábamos todos desperdigados, ella era la única de su familia a la que la guerra había sorprendido visitando a sus amigas, las Gómez Acebo, en San Sebastián.

La pobre andaba angustiada porque las circunstancias la habían obligado a ampliar su invitación de una semana a los ya casi tres meses que llevaba abusando de su hospitalidad. Además, con el reciente entierro de Lorenzo, el hermano de sus anfitrionas y amigo de Borja, ya se sentía como un estorbo en la casa. Agradeció infinitamente el poder al fin regresar con los suyos.

A los postres, le contábamos a Ana cómo su hermano Guigo servía de enlace al servicio secreto cuando, tras los cristales ahumados de la entrada, me pareció distinguir la sombra de una silueta conocida. ¡Era Borja!

Mamá abrazó a su hijo con lágrimas en los ojos. Le siguió Elisa, que, emocionada, después de un minuto achuchándole seguía sin querer soltarle. Le costó zafarse.

—Pelingo, déjame saludar a las demás, que pareces una boa constrictor.

Aunque aquel apodo a ella no le gustaba demasiado, sonrió. Borja siguió dando la vuelta a la mesa para saludar a Ana Rosa, a mí y, por último, a Rafa con un beso tan suave en la mejilla que me hizo intuir que su cercanía se debía de haber estrechado en su última visita.

Rafa tenía razón. Aun desaliñado, embarrado, ojeroso y con un corte de pelo atroz que le resaltaba aún más los prominentes pómulos, no había perdido la lozanía. ¡Se había dejado bigote! Un bigote estrecho que le hacía parecer mayor.

—Aquí me tenéis de esta guisa. Como podéis comprobar por mi aspecto, la guerra me ha hecho un hombre.

El uniforme nuevo que le había mandado le estaba holgado a pesar de habérselo encargado a medida tan solo hacía un mes; la canilla le bailaba en las botas y los correajes se bamboleaban sobre su pecho como las cuerdas de un columpio.

Al sentarse, se sacó un pequeño libro del bolsillo de la chaqueta para tendérselo a Ana Rosa. Eran el diario de guerra y el pasaporte militar de Lorenzo.

—Ana, te lo doy antes de que se me olvide, ya que sé que vives en su casa y a punto estás de marcharte. Yo aún necesito un tiempo de consuelo para poder ir a darles el pésame sin perder la compostura. Te agradecería que se lo dieses a su madre; les reconfortará tenerlo. Murió como un héroe. El resto de sus pertenencias las he dejado en el guardarropa del casino. Luego las recogemos.

Asintió guardándoselo en el bolso. De un tiempo a esta parte, todos, sin pretenderlo, nos habíamos convertido en los emisarios de cualquiera que a nuestro lado estuviese. Tal y como estaban las cosas, jamás nos cuestionábamos, por muy dolorosa que fuese, la entrega de una carta, un enser o un paquete. De entre los trescientos que cayeron en Escaltzu, Lorenzo fue su recuerdo más doloroso; su primer luto. Con él perdió al compañero de sus juegos de infancia, de juventud y de rauda madurez. Prueba de ello fue el papel de luto que utilizó para escribir durante todo el mes siguiente.

Sentado a la mesa, cogió un plato de pastas que nos habían traído con el café y empezó a devorarlas. Mamá hizo una seña al metre.

—Nosotras ya hemos terminado, pero pide lo que quieras.

Borja se hizo con la carta para recorrer sus líneas en un segundo. Con la boca hecha agua, musitó:

—¿Puedo pedir dos segundos?

Madre sonrió.

—Y dos primeros si quieres, pero luego no te quejes de una indigestión.

Importándole muy poco las consecuencias, no se contuvo. Solo cuando terminó, Borja se vio en la obligación de dar una explicación para no quedar como un muerto de hambre ante Rafa.

—Comprendedlo. El racionamiento al que estamos sometidos nos obliga a acumular reservas en los días de permiso.

¡Y pensar que de niño había que perseguirle para que comiese! Mamá le miraba con ternura.

—Aparte de hambriento, ¿qué tal en el frente?

Dudó por un segundo.

—Bien, si olvidamos que, aparte de comer como pajaritos, solemos dormir casi todas las noches a cielo raso.

Calló un segundo.

—La última vez que dormí a cubierto fue en una venta de Iturrioz. Compartir el colchón con un millón de voraces chinches, iluminarme con una vela que pinché en un clavo del muro y utilizar de bacinilla un bote de tomates en conserva vacío fue un verdadero lujo. A los que se quejan, yo siempre les digo que de buena educación es amoldarse a cualquier situación. Lo que llevo peor es el frío.

Mamá le acarició la mano.

—En el hotel tenemos preparado todo lo que nos pediste.

Se la asió fuerte.

—Mis compañeros de lidias te lo agradecerán.

Mamá suplicó:

—¿Y en el frente?

Suspiró.

—No es algo de lo que me guste hablar, pero, si insistes, te contaré, por ejemplo, lo que nos pasó ayer mismo. Así quizá te hagas una idea de lo que es un día cualquiera de ofensiva y no me vuelves a preguntar.

Bebió un trago de vino y, sin demasiadas ganas, continuó:

—Primero, y como casi siempre, nos atacaron durante aproximadamente una hora con la artillería de cañones a morterada limpia. Nosotros respondimos como se merecían. Luego se hizo un silencio que el enemigo aprovechó para gritar desde su trinchera blasfemias y sandeces que el pudor me impide repetir, y, finalmente, terminamos la ofensiva a tiros indiscriminados de fusiles y ametralladoras para cubrir el cielo de una mortífera lluvia de balas. A ojo de buen cubero, calculamos que entre los suyos y los nuestros serían unos 56.000 disparos los que efectuamos, y… ¡fíjate, madre, que de todos me libré!

Mamá se santiguó y él bajó el tono de voz:

—Después de seis horas de esa guisa, quisimos celebrar el triunfo con una buena botella de coñac y quince días de permiso, pero nos tuvimos que conformar con un chato de vino y estos dos días que voy a disfrutar a vuestro lado antes de regresar.

Ante la cara de espanto de mamá, Borja no pudo más que levantarse para cogerla y darle un beso en la mejilla.

Elisa le increpó:

—Supongo que siempre vas cubierto.

Bromeó:

—Desgraciadamente, soy testigo de que las balas son mucho más incómodas que el casco, así que en primera línea de fuego jamás me lo quito.

Insistió:

—¿Sabes que dicen que al hermano mayor de doña María le mataron por no llevarlo?

Asintió.

—Aún le estoy viendo despidiendo a don Juan en Pamplona. Estaba en los montes de Éibar. Su generosidad al prestarle el casco a un compañero que lo había perdido le costó la vida. No, hermanita. No tengo ni una pizca de ganas de morirme. ¡Amo la vida y aún me quedan muchas chicas bonitas por conocer!

Miró a Rafa de reojo. Trajeron los platos y, mientras engullía la cena, nosotras aprovechamos para hablar de otras cosas más triviales. Nos hubiese gustado prolongar la velada hasta altas horas de la noche, pero estaba agotado y tuvimos que retirarnos a dormir.

Al día siguiente, no le dejamos ni a sol ni a sombra, conscientes de que cada hora, cada minuto y cada segundo a su lado era como un precioso tesoro que había que disfrutar, no fuesen a arrebatárnoslo. Ya impecable y con el uniforme lustroso, nos acompañó a misa. Él no perdía la oportunidad de asistir para confesarse, desahogar el alma, fortalecer el cuerpo y así poder subir de nuevo al monte en paz con Dios.

Al anochecer, los dos nos despediríamos en la estación para dirigirnos a nuestros destinos; él, con rumbo al frente, y yo, hacia el Hospital Militar de Vitoria, donde me habían destinado desde el de Alfonso Carlos. Rafaela fue la única que quiso acompañarnos, porque mamá dijo que no quería pasar otro mal trago y evitaba las despedidas con cualquier excusa.

La casualidad quiso que ambos trenes nos esperasen a cada lado del mismo andén. El de él saldría un poco antes que el mío. Le di un fuerte abrazo y, mirando el reloj, busqué una excusa para dejarle despedirse de ella a solas.

—Rafa, voy a buscar mi departamento. Dejo la maleta y salgo. Aún falta media hora para que parta, así que todavía tenemos tiempo para charlar un poco más.

Me alejé rebuscando en mi bolso. Me encendí un pitillo, di un rodeo y aproveché para parapetarme disimuladamente tras una carretilla repleta de maletas con la esperanza de que me dieran una pista de cómo iba realmente su relación.

Borja miró a derecha e izquierda y, al no verme, intentó besarla en los labios apresuradamente. Ella no solo le rechazó, sino que además lo empujó para salvar las distancias. Su ceño ligeramente fruncido, su sonrojo y su mirada vidriosa no dejaban lugar a la duda. Estaba enfadada, pero… ¿cuál sería el motivo? A todas luces, me había perdido algo por el camino. Ingenua de mí, por un segundo pensé que su silencio se debía a no haber podido disfrutar ni de un segundo de intimidad con él, y ahora apenas les quedaba tiempo. Pero descarté definitivamente aquella romántica idea cuando la vi sacar un sobre arrugado de su bolsito para, indignada, metérselo con desdén en el bolsillo de la pechera.

Sonó el aviso de la marcha del tren. Borja, a falta de tiempo para leer aquel mensaje que ella le dejaba, insistió de nuevo en su afán, pero ella ladeó la cara. Fue un beso rápido, un leve roce de labios en su mejilla que a él le bastó para pegar un saltito de alegría y a ella para sonreír disimuladamente antes de que subiese al vagón. Ya en marcha, Rafa le gritó:

—¡Lee lo que te dejo! ¡Dame una explicación convincente de eso y ya veremos! ¡Si quieres algo más de mí, esta vez no solo vas a tener que luchar en el frente!

El chirriar de las ruedas del tren sobre la vía hizo crujir nuestros dientes. Entre la humareda, distinguimos a Borja, asomado a la ventanilla del último vagón, negando y señalándose el oído. Sonreía tan alegre y ufano como antes de que aquel culatazo en el frente le uniese las paletas.

Ella, incapaz de mantener la ofuscación en pie, borró el entrecejo fruncido de su frente, suspiró y musitó:

—Cuídate, Borja.

Me acompañó la media hora que tardó en salir el mío. Evité preguntarle sus últimas palabras a mi hermano porque esperaba que ella me lo aclarase, pero no lo hizo. Se le notaba un viso pausado de melancolía en el tono de voz. Al despedirse, no pudo evitar mirar a la vía por donde el tren de Borja había desaparecido. Era como si su desasosiego se hubiese quedado anclado en el último vagón.

7 de octubre de 1936

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Querida Rafa:

Apenas te dejé en la estación de San Sebastián, leí tu carta y no di crédito. Y pensar que, ingenuo de mí, eran palabras de amor. ¡Cómo esperaste hasta el último momento para entregarme aquel poema y la foto de esa mujer sin darme tiempo a explicaciones! No sabes cómo siento haberlos dejado olvidados en el bolsillo de mi pantalón cuando lo entregué en tu casa para lavar. Supongo que no sirve de nada decirte que los iba a tirar, pero que las ganas de verte nada más llegar me nublaron la mente y se me olvidó por completo. Es como si buscases una excusa lo suficientemente importante para olvidarme y así poder presentar tu renuncia como mi madrina que eres.

Me gustaría decirte todas estas cosas mirándote a los ojos, pero no puedo aguantar hasta verte. No me dejes, Rafa, porque aquí, cuando la muerte me ronda, tú eres mi único sostén. Mi ángel de la guarda, aquella que me infunde valor cuando lo necesito, precaución cuando el peligro me acecha, e ilusión cuando la tristeza intenta devorarme. Eres mi madrina, mi única madrina de guerra, la de verdad, la que llevo siempre junto a mi detente y la estampa de Cristo pegada a mi corazón.

Sé que eres buena y que no me abandonarás, pero no puedo evitar que la inseguridad después de aquella despedida me carcoma robándome las pocas horas de sueño que nos permiten. Necesito urgentemente que me escribas para disipar esta duda y no dejarme llevar por la desesperación.

Respecto a esa foto y ese poema, te doy una explicación que espero que te satisfaga, y te prometo que seré sincero en cada una de mis respuestas.

A tu pregunta de si me he anunciado en algún periódico para buscar otra madrina de guerra, te contesto que sí. Sé que es algo absurdo teniendo en cuenta que ya poseo la mejor madrina de guerra con que nadie pudiese soñar. Lo hice un día de borrachera con los amigos en que nos dirigimos todos a una al diario para anunciarnos. Era una broma, un pasar el tiempo entre risas y absurdas elucubraciones de hombres. Ten en cuenta que tengo muchos compañeros que están lejos de sus casas y sin tanta suerte como yo, y sueñan con una mujer con la que compartir sus desvelos, por lo que se agarran a un clavo ardiendo. Te juro que mi intención no fue otra que la de empatizar con ellos. Jamás pensé que alguna chica me contestaría, pero pasó y me resultó tan gracioso su primer poema que no quise defraudarla. ¿Has visto la foto que me mandó? Está junto a su madre en un jardín y aparece tan pequeña que apenas se puede ver su cara si no es con una lupa. Esa no es una foto que mande una mujer con ganas de flirteo, te lo aseguro.

Transcribo su poema para que lo leas detenidamente. Borra todo el enojo en tu corazón y luego me dices si en sus palabras ves una segunda intención que no sea infundirme ánimos para enfrentarme a la guerra.

Soy chiquita, morenita y muy chatita.

Ligeramente gibosa, ¡pero garbosa!

Ojos que son dos luceros,

pequeños y traicioneros.

Los dos son separatistas,

con bastante poca vista.

Tengo una boca preciosa,

pero le falta una cosa…

Una muela y cuatro dientes;

¡bah!, pequeños accidentes.

Espero tus noticias desde Vigo y te tuteo porque, aunque aún no nos conozcamos, el usted aumenta la distancia y me asusta muchísimo.

Conchita

Yo en sus palabras solo vislumbro sus ganas de hacerme sonreír. ¿Qué hay de malo en ello? Ni siquiera sé si su nombre es verdadero o si su foto es la de una prima. Las cosas son así en tiempos de guerra y cualquier cosa que nos haga olvidar el drama que estamos viviendo está aceptada. Por favor, no seas tú la que me ponga cortapisas.

Tú eres mi única madrina de guerra. Dices que si hay algo que detestas en un hombre es la mentira, y te aseguro que no te miento. Que te creías hasta ahora mi única confidente, y te prometo que solo a ti te cuento ciertas cosas. A ti solo te hago partícipe de mis glorias, miedos, inquietudes y morriñas. Podrías estar celosa de mi amor a Dios, a la patria o al rey, pero nunca de mi inclinación hacia otras mujeres, porque no las hay. ¡Cómo puedes ni siquiera compararte!

¿Quieres saber lo que le contesté a Conchita? Te lo diré, aunque eso no me lo hayas preguntado. Le dije que soy más feo que Azaña y que en Madrid estuve escondido en Leganés hasta que pude salir de la zona roja. Son mentiras inocentes que no llevan a ninguna parte. Te divertirá saber que, en vez de mi foto, le he mandado una caricatura de un hombre de unos setenta años con los pies enormes, de pobladas barbas, prominente barbilla, gafas y con una nariz inmensa. Y puedes estar tranquila porque ni siquiera sabe mi nombre, ya que me anuncié con el seudónimo de Un Hombre.

Déjame, para compensarte de este sinsabor, escribirte solo a ti un poema que surja de mi corazón y no del chiste. Si después de leerlo sigues enfadada, te dejo que presentes tu dimisión como mi madrina de guerra. Un beso.

F. Borja