Peña Lemona. Vizcaya

4 de junio de 1937

Serían las diez de la noche y estábamos terminando de cargar las cajas de medicamentos para los primeros auxilios de los heridos en combate cuando me enteré de que los depositarían precisamente en Amorebieta, a muy pocos kilómetros de San Pedro, en Durango. Aquel era el mismo sitio donde yo había clavado mi último alfiler en el mapa que me ayudaba a localizar la posición de Borja, según sus remites, y no desaprovecharía la ocasión para verlo. Sin pensarlo dos veces, decidí subirme al transporte ofreciéndome voluntaria para el reparto.

Llevaba en pie desde las seis de la mañana de aquel día, estaba molida y mi turno terminaba en dos horas, pero la gran cantidad de heridos que aquel día recibimos en el hospital de sangre, procedentes de ese punto, me impulsó a ello. Hubiera sido pecado no aprovechar esa oportunidad para ir a verle.

Tenía dos días de permiso en los que había pensado visitar a mi padre, ya convaleciente en San Sebastián, pero lo dejaría para otra ocasión. Al fin y al cabo, él tenía a mi madre y, en cambio, Borja estaba solo. Ellos lo entenderían. Lo cierto era que estábamos a principios de junio y desde que se fue de San Sebastián a mediados de abril no había podido verle.

Nada más llegar a la retaguardia, pregunté por él. El tiempo que un soldado tardaba en ubicar a la 4ª Compañía de Arapiles en las faldas de una peña llamada Lemona me sirvió para analizar sobre el detallado plano el riesgo que mi hermano podría estar corriendo. No pintaba bien en absoluto. Una brigada navarra de las fuerzas republicanas la defendía con uñas y dientes desde la cima, y sus trincheras estaban reforzadas con triple alambrada.

Casualmente, alcé la vista justo cuando Borja entraba en la cercana tienda de campaña de telégrafos. Barbudo, sucio y en los huesos, fumaba con ansiedad, como si aquel fuese a ser el último pitillo de su vida. Su cojera se había acentuado. Entré justo a tiempo para oírle dictar:

—Estoy bien. Sin novedad, Borja.

—¡Se quejará de lo escueto!

Me abrazó con tanta fuerza que se pinchó el pecho con mis condecoraciones.

—¡Otra más! Hermanita, ¿es que quieres superar al Toisón de oro de papá? Enhorabuena. ¡A ver cuándo yo consigo una de esas!

Le miré con cariño.

—Recuerda que te llevo diecisiete años. Casi podría ser tu madre. No quieras correr tanto que, a tus veinte, tiempo tendrás de ello. Pero… ¿por quién es este brazalete de luto?

Se acarició el paño negro.

—Podría llevarlo por cualquiera, pero ayer nos enteramos de la muerte del general Mola y fuimos muchos los que decidimos ponérnoslo. La muerte de Sanjurjo en accidente de avión al despegar de Estoril, camino de Burgos, apenas empezada la guerra, los desastres de Goded y Fanjul y ahora el accidente, también de avioneta, de Mola en Alcocero, camino de Vitoria, nos están dejando sin generales. Dichosos aviones. Espero sinceramente que nuestro hermano Jaime no se empeñe en pilotar cuando consiga huir de Madrid, porque esos aparatos tienen un peligro…

—No te quejes, que gracias a las bombas que arrojan podemos seguir avanzando. ¿Cómo andan las cosas?

—Ayer perdimos Peña Lemona. Un paso atrás que los altos mandos se niegan a aceptar por ser ese pedrusco de máximo valor estratégico para romper en parte el cinturón de hierro de Bilbao. Lo cierto es que un poco más allá hay una fábrica de dinamita aún en poder del enemigo y dicen que hay que recuperarla a cualquier precio.

Me señaló la peña. A simple vista no parecía ser tan estratégica como aseguraban, pero no éramos nadie para cuestionar las órdenes de los altos mandos.

—Es esa que se alza amenazante y como un pegote en medio de ese valle.

Desde abajo se veían las múltiples fogatas que los republicanos parapetados entre sus rocas habían encendido para calentarse.

—¿Qué posición ocupas?

Sonrió.

—¿Lo dudas, hermanita?

—¿Vosotros abajo y ellos en posición dominante? Según lo veo, los de la primera línea estáis condenados a…

Me tragué la palabra mientras él ladeaba la cara mirándome de soslayo.

—¡No, Borja! Aún no te has repuesto por completo de lo de tu pierna. Hablaré con…

Me puso el dedo sobre los labios para susurrarme al oído:

—Hermanita, hazme un favor y no empieces como mamá. Si quieres, te recuerdo uno por uno los motivos que me impulsan a querer mantener esa posición, pero…

Suspiró.

—Estoy harto de repetirme.

Preferí cambiar de tema:

—¿Qué hacías antes de venir a poner el telegrama?

Incómodo por la pregunta, tiró el pitillo y aplastó la colilla de un pisotón.

—Escribía algo un poco más largo que ese telegrama.

Miró hacia atrás, donde dos de sus compañeros dormían envueltos en su saco al calor de las brasas de una fogata. Sobre una cercana piedra cubierta de musgo descansaba su macuto, y bajo él, para que no se volase, se podía entrever una carta a medio escribir. Aceleró el paso para cogerla y guardársela en el bolsillo. Al hacerlo, se le cayó una segunda misiva, ya guardada en un diminuto sobre cerrado. Me agaché a recogerlo con el tiempo suficiente para leer el nombre del destinatario: «Duquesa del Infantado. Se ruega llevarla en mano, si es posible, en caso de que yo muera».

Tenía la mirada acuosa, pero no se le despegó la sonrisa de los labios.

—No te preocupes, hermana. No le des más importancia de la que tiene. Es algo que siempre hago antes de entrar en combate por si…

Por primera vez en mi vida creí adivinar un atisbo de miedo en sus ojos. Sabía que no era cierto lo que me decía y solo pude abrazarle con todas mis fuerzas.

Tragó saliva.

—Si pasase lo peor, recuérdale a nuestra madre que me confesé y comulgué hace tan solo una semana. Hoy he buscado al páter para repetir, pero no le he encontrado. Debe de estar desbordado dando extremaunciones.

Miró el reloj.

—No sabes, María, cómo me alegro de haberte visto, pero por desgracia tengo que volver ya a la trinchera.

Dos aviones nos sobrevolaron y el inmediato sonido de sus bombas no se hizo esperar.

—¿Y la otra para quién es? ¿Quieres que te las guarde?

Se las metió en el bolsillo.

—¡Ni hablar, cotilla!

Consciente ya de que sabía perfectamente lo que le esperaba y que nada excepto la muerte podría impedirle cumplir con su deber, solo pude cogerle de ambas manos y besárselas con la secreta esperanza de que algo interrumpiese ese más que peligroso devenir; un milagro quizá. Él también besó las mías para sostener mi mirada en la suya.

—No te preocupes. Hoy nos tuvimos que retirar, pero mañana será otro día. Te prometo que no les daremos el placer de vernos retroceder otro paso. Piensa que cuanto más alto llegue trepando por esa colina, más cerca estaré de Dios. ¡Y deja de apretarme tan fuerte las manos, que me vas a romper los dedos y a ver cómo aprieto el gatillo!

En mi afán por retenerlo a mi lado, casi le había cortado la circulación.

—Templanza, hermano, y no confundas el valor con la osadía, por Dios.

Echándose el macuto al hombro, salió corriendo. A unos cincuenta metros se detuvo para lanzarme un beso al aire y limpiarse con la manga de la chaqueta una traicionera lágrima de la mejilla.

Serían las siete y media cuando, ya subida al camión de vuelta, esperaba a que nos pusiésemos en marcha. No íbamos de vacío, ya que el lugar de las cajas de medicamentos que había traído la noche anterior lo ocupaban ahora cinco camillas. Mientras atendía a sus ocupantes junto a otra de mis compañeras, los rayos del amanecer se filtraban entre las cortinillas de atrás. Me asomé un segundo para escuchar el cercano tronar de la guerra y pensé que no podía marcharme, que aún me quedaba un día de permiso y que, aunque no descansaría bien, merecía la pena gastarlo con Borja.

Justo delante de nosotros, los artilleros cargaban una hilera entera de armamento pesado. Últimamente, en la retaguardia había aprendido bastante sobre esos armatostes. Un poco más abajo había visto apostados varios morteros del cincuenta, del ochenta y uno y, a nuestro lado, algunos cañones del quince y medio. Solo un antiguo cañón desentonaba con el resto de la batería. Apenas reparé en él cuando el proyectil de su interior saltó en mil pedazos antes de ser disparado. No eran extraños este tipo de accidentes, dado el obsoleto estado de algunas de las piezas que nos habían mandado de Italia provenientes de la vieja guerra franco-prusiana. Sin freno ni recuperador, estaban siendo utilizadas como todas las demás. Quizá hubiese fallado la espoleta. No importaba. El caso es que, sin pensarlo dos veces, me despedí de mi compañera y salté del camión ya en marcha dispuesta a socorrer a los sietes artilleros que la manejaban. Apenas se posó el polvo, comprobé que no había nada que hacer. Aquellos valientes pasaron a engrosar las listas de los caídos aquel día.

A lo lejos, la tierra saltaba en mil pedazos y yo no podía dejar de imaginar a Borja caminando a ciegas entre esa tenebrosa nube de polvo, sangre y humo. Ya de día, los aviones habían comenzado a bombardear, y recordé sin querer cómo Borja en alguna ocasión nos había descrito los diferentes capítulos de un ataque en toda regla. Uno a uno se iban cumpliendo. Después de los tres cuartos de hora que duró el tronar de la artillería, hubo un sepulcral silencio. Gritos de un lado y otro de la trinchera e inmediatamente después el traqueteo de las ráfagas de las ametralladoras que, posicionadas en la cúspide de Peña Lemona, no dejaban un centímetro sin cubrir. Miles de tiros que, como un chirimiri de balas, nadie podría esquivar. Alzando la vista a la peña, ya solo pude rezar y esperar a la orden de alto el fuego.

Cuando se ordenó, corrí hacia el lugar donde los camilleros iban depositando los cadáveres de los caídos para identificarlos. Aquella maldita huerta de un caserío de Amorebieta habilitada como puesto de socorro más parecía un insepulto cementerio.

La tenaza que sentí entre los pulmones y el estómago según iba enfrentándome a sus miradas inertes a punto estaba de ahogarme cuando, bajo la sombra de un árbol, reconocí el capote que mamá le había regalado a Borja.

Me acerqué muy despacio, con tembloroso pulso y los ojos cerrados, rogando a Dios para que no fuese él. Armándome de valor, finalmente tiré del paño para, inmediatamente, romper a llorar. Allí estaba, con los ojos aún abiertos. Le besé en la frente y se los cerré.

Viéndole así, dormido, procuré buscar una brizna de consuelo en su serenidad. Rezumaba paz por los cuatro costados. Quise adivinar esa medio sonrisa tan suya que parecía reflejarse en la comisura de sus labios. Sería porque Dios, agradecido por su entrega a él y a España, ya lo acogía en su seno. No pude más que dedicarle la que fue mi última reprimenda:

—Tozudo. Mira que te lo dijo mamá… Tanto buscaste a la muerte que al final fue ella la que te encontró.

Me santigüé, pedí a uno de los soldados que por allí andaban que me dejase un lápiz y escribí su identificación en la sencilla caja de pino lavado que me trajeron: «Borja de Arteaga. Alférez del Batallón de Montaña de Arapiles nº 7, 4ª Compañía, 2ª Sección. Llevar al Hospital del Generalísimo en San Sebastián».

Más que un ataúd, parecía uno de esos cajones donde antaño, y en tiempos mejores, guardábamos los mazos y aros del juego de croquet, pero todo menos que mis padres lo encontrasen en medio de aquel sembrado de muerte.

Solo me quedaba llamar a San Sebastián para darles la noticia. Sabía que no cabrían atajos ni medias tintas, y rogué a Dios que, habiéndome elegido a mí como pájaro de mal agüero, al menos me concediese el favor de que fuese papá el que me cogiese el teléfono. Me escuchó, y en tan solo dos horas, las que invertí en adecentarlo, aparecieron.

La impotencia que sentí al ver deshecha a mamá, sin poder hacer otra cosa que en silencio acariciarla, no se puede describir. Dios sabe que, de haber podido ocupar su lugar, lo hubiese hecho sin dudar. ¡Si aún no había cumplido los veintiuno! Pero de sobra sabíamos que sus caminos son inescrutables, y por grande que fuese la tentación de dudar de su benevolencia en esos momentos, ninguno de la familia nos lo permitiríamos. Así fue cuando perdimos a Sofía con solo quince años y así sería ahora. Ya más sosegada, recé a la Virgen María para que diese fuerzas a mamá y di gracias a Dios por habernos bendecido con su fe.

De camino, mamá pidió que el séquito funerario parase antes en Zarauz para recordar, por última vez a su lado, nuestra infancia feliz y abrazar a todos los que allí nos esperaban.

Apenas llegamos a la puerta principal del Hospital del Generalísimo en San Sebastián, los coches se separaron. Nosotros paramos en la puerta principal y el féretro lo llevaron a los sótanos para adecentar su cadáver y cambiarlo de ataúd.

En la escalinata principal nos esperaban su comandante, algunos de sus compañeros, que aun heridos habían hecho un ímprobo esfuerzo por levantarse, y multitud de amigos para darnos el pésame. ¡Cómo corrían las malas noticias! Busqué entre todas esas caras amigas la de Rafaela, pero no la encontré, por lo que decidí bajar a preguntar a la sala de enfermeras por si acaso estuviese trabajando en ese momento.

Caminando por entre los corredores, recordé las cartas que la noche anterior había estado escribiendo y aceleré el paso. Tenía que hacerme con ellas antes de que los servicios funerarios procediesen a cambiarlo de ropa, no fuesen a perderlas. Apenas entré en el cuartucho, me encontré a Rafa leyendo una de ellas con las manos temblorosas. Solo me tendió la que iba dirigida a nuestra madre. Saber que le dedicaba sus últimos pensamientos, con la cantidad de veces que ella le había rechazado, me hizo sentirme un poco celosa.

Dos silenciosas lágrimas corrieron por sus mejillas. Doblándola con mucho cuidado, la guardó en el bolsillo del delantal de su uniforme sin llegar a leérmela, y me abrazó desconsolada. Así estuvimos un largo rato hasta que, ya más tranquilas, le pedí que me acompañase a donde todos aguardaban para el velatorio. Mamá, al saber que también le había escrito a ella, quiso darle un lugar preferencial en todos los actos funerarios y, como si de una hermana más se tratase, la sentó a nuestro lado. Ella esta vez no supo negarse.

Así como Rafa quiso guardarse para sí misma las últimas palabras de Borja, mamá quiso que las suyas se leyesen en voz alta para estremecimiento de todos los presentes.

+

Queridísima mamá:

Quisiera escribirte una larguísima carta, pero no puedo ni me siento capaz de hacerlo. Esta carta es una despedida, pues creo que esta tarde Dios me llamará. No entro en detalles de los que ya te enterarás. Lo único que quiero es decirte que tengas valor y que no llores por mí, pues estaré mucho mejor que en esta tierra.

Es duro el sacrificio, pero Dios y España nos lo exigen y no podemos regateárselo.

Dale un abrazo muy fuerte a papá. Dile que quisiera evitarle este nuevo disgusto, pero no puede ser.

Te abraza fuertemente tu hijo, que te espera allá arriba.

Adiós y ¡viva España!

F. Borja

Las solemnes palabras de mi padre destacaron entre los sollozos:

—No podemos llorar la muerte de Borja sin sentir un orgullo inmenso por lo que ha hecho. Su muerte no es para sentirla, sino para envidiarla. Ahora solo podemos esperar nuestro reencuentro eterno.

Conmovió tanto la carta que todas las radios y la prensa de las zonas liberadas nos pidieron retransmitirla como ejemplo de los valores que todo soldado debe reflejar ante una muerte segura. Papá aceptó. Con su permiso concedido, La Voz de España y el Heraldo de Aragón la publicaron en un lugar preeminente. Habla España también se hizo eco en la radio.

Sus palabras, como una ráfaga de luz, esperanza y ejemplo, sobrevolaron la península entre las ondas de todas las radios de la zona liberada. Íñigo y Jaime, aún escondidos en Madrid, lo supieron por la RNE que, recién fundada, emitía desde Salamanca.

Cristina, en Sevilla, se enteró por mi fatídico telegrama y, como era de esperar, puso a todas sus monjitas de Santa Paula a rezar por su alma.

Al día siguiente salimos a la calle para acompañarle en el que sería su último paseo a Lazcano. Una multitud se hacinaba en la puerta para rendirle un homenaje. Entre los más destacados estaban nuestra amiga la emperatriz Zita, el gobernador civil, el gobernador militar y el presidente de la Diputación de Donosti.

El capitán de caballería Trino de Fontcuberta, el teniente Antonio Mutandas, su capitán Cortázar, ya levemente restablecido, y otros cinco oficiales mutilados, que habían sido compañeros suyos de lidias, quisieron cargarle en sus hombros para depositarlo en la carroza estufa funeraria.

Detrás salimos los demás, temerosos de que nuestra madre, con paso tambaleante, fuese a caerse redonda en cualquier momento. La bandera de España que cubría el féretro relucía mucho más que ninguna de las que ondeaban en los edificios de alrededor, y el desfile que le ofrecieron una sección de regulares, requetés, guardias civiles, flechas, pelayos y falangistas, y los ¡Viva a España! continuos nos consolaron.

Ya en Lazcano, y según la costumbre arraigada en casa de que las mujeres no asistiesen a los entierros, nos fuimos para dejar a los hombres darle sepultura. Desde la ventana atisbábamos, enjugándonos las lágrimas, cómo los niños del pueblo se acercaron para depositar varias coronas de flores junto a su féretro. En sus fajas se leían los nombres de los que nos mandaron la ofrenda junto a su pésame. La banda de música municipal tocaba la marcha fúnebre mientras los alcaldes de Lazcano, Beasain y Ataun le acompañaron hasta el convento.

A sus puertas varios monjes rezaban un responso. Lo dejamos de ver cuando cruzaron el umbral. A una, el doblar de las campanas de los conventos de los benedictinos, las bernardas y la parroquia de San Miguel cubrió el pueblo de un manto de sosiego. Tanto que la tenaza que me estrangulaba las entrañas desde hacía dos días dejó de dolerme y suspiré tranquila al saber que mi hermano por fin descansaba en paz. Ahora nos quedaba a los vivos el deber de cuidar de nuestros desconsolados padres hasta el día en que pudiesen reunirse con él.

Incapaz de conciliar el sueño, me senté aquella noche a responder a los primeros pésames. Con una pluma en una mano y el periódico en la otra, quise leer de nuevo un artículo del Heraldo de Aragón que me reconfortaba en particular:

Ahora que España vuelve a ser cantera de capitanes esforzados, nos parece otra vez como arca de grandes virtudes. Volvemos a escuchar otra vez el lenguaje de nuestros tiempos áureos, cuando la fe y el heroísmo cubrieron en la historia del mundo las mejores páginas, el español. En este lenguaje único acaba de hablar la raza. El sábado último, ha muerto en el frente de Vizcaya un hijo de los duques del Infantado. Ha muerto como un valiente, poniendo una vez más en evidencia la compenetración social entre la aristocracia y el pueblo; compenetración en el riesgo, en el sacrificio y en la fe. El glorioso alférez presintió su próximo fin. Precisamente, la víspera escribió, de su puño y letra, una impresionante carta a su madre. Del fondo de los siglos parece que hablamos desde ella, la España inmortal de los tiempos imperiales.