Castillo de Requesens. Gerona
19 de julio de 1936
Una antigua leyenda aseguraba que en aquel castillo vivió el señor de todo el Pirineo con su familia, y que guardaba multitud de secretos, entre los cuales se encontraba un pasadizo subterráneo por el que solían salir sus moradores sin que nadie lo advirtiera. Un oscuro túnel que por mucho que buscamos nunca encontramos.
Llevábamos tan solo tres días viviendo prácticamente atrincheradas en aquel enclave medieval del Alto Ampurdán, sin tener otra cosa que hacer que rezar para que las cosas se calmasen, leer, pasear recogiendo flores por los bosques y luchar con el tramontano que azotaba los valles cercanos al monte Neulós, cuando empecé a agobiarme.
Aquella apatía no era por falta de ideas, sino porque mamá nos había pedido a Elisa y a mí que no hiciésemos demasiado evidente nuestra presencia en el pueblo hasta pasados unos días. Aunque no lo dijo, era obvio que temía que el alzamiento pudiese cogernos desprevenidas. Prueba de ello era que ella misma apenas había puesto un pie fuera de las murallas.
Sintiéndonos como debió de hacerlo la infanta Catalina junto a su madre, Juana la Loca, en Tordesillas, decidimos empezar a programar excursiones al Rosellón y otros pueblos del Ampurdán. Allí nadie nos reconocería y pasaríamos tan desapercibidas como mamá deseaba. Además, en cuanto llegase Borja, nos serviría de escolta.
El teléfono recién instalado en la entrada nos despertó. Corrí a cogerlo.
—Buenos días os dé Dios.
Era Cristina, que llamaba como si fuese mediodía. Sin duda, las monjas y nosotras no llevábamos el mismo horario.
—¿Sabes qué hora es?
—No llevo reloj, pero la intuyo, ya que nos preparamos todas para laudes, pero no sé si llegaremos a rezar juntas las vísperas. No tengo mucho tiempo. Escucha, porque ya son muchas las hermanas que han salido de sus celdas para ir a la capilla y precisamente hoy no quiero llegar tarde.
—¡Las tres de la mañana! Espero que sea importante porque mamá debe de haber sufrido un infarto al escuchar el teléfono.
—Lo es, hermana; si no, no te hubiera llamado.
Susurraba. Por cómo sonaba su voz daba la impresión de que estaba tapando el micrófono con la mano. No debía de querer que el resto de las monjas la oyesen, a pesar de que entre ellas no se permitían los secretos.
—La madre superiora me ha despertado a media noche para que os pidiese ayuda antes de hablar con el resto de las hermanas en el refectorio.
Acostumbrada como estaba a la calma del convento, se tomaba demasiado tiempo para todo. Al oír interferencias en el teléfono temí que se cortase antes de haberme enterado del porqué de su advertencia. La apremié:
—¡Por Dios, Cristina, ve al grano!
Suspiró.
—¡Qué impaciencia, hija mía! Déjame explicarme. El caso es que don Cipriano, nuestro capellán, nos ha ordenado que colguemos los hábitos y nos vistamos de calle. Supongo que tiraremos del montón de ropa que tenemos para caridad, pero dudo que sea suficiente.
La interrumpí indignada:
—¿Y me llamas a estas horas para eso? ¡Qué idiotez, Cristina! La humildad está bien, pero ¿por qué ahora pretende el capellán disfrazaros de pobres con lo bien que os sienta el hábito?
Me faltó tiempo para morderme la lengua al darme cuenta de la tontería que estaba diciendo. Me temí lo peor. Su voz sonó calmada:
—Olvídate de lo de la ropa. Necesito que pienses en las casas de nuestros amigos de confianza que podrían dar cobijo por un tiempo a alguna de mis hermanas. Al parecer, otra vez están entrando en iglesias y conventos con intenciones sacrílegas y el arzobispado teme por nuestra honra y vida.
Sin poderlo remediar se vino abajo.
—¡Por Dios, María! ¿Te das cuenta de que con esta precipitación dejamos en sus manos la iglesia, el convento y hasta el cadáver incorrupto de nuestra mentora, doña Beatriz Galindo? Temo por ella. Con lo que les gusta desenterrar a los cadáveres para mofarse de ellos…
Arrepentida por el odio que la embargaba, procuró calmarse.
—No vale la pena ni mencionarlos. ¿Sabes que estoy pensando en escribir su biografía? La primera maestra de España. ¿Qué te parece?
Me enfadé:
—¡Que debes centrarte, Cristina! Que igual me hablas de la Latina que de un peligro inminente. ¡Qué capacidad para irte por las ramas! Dime, ¿dónde estás tú ahora?
—¡Qué pregunta! ¿Dónde voy a estar? ¿Te has olvidado acaso de que hice mis votos perpetuos hace tan solo tres meses? Sigo aquí, junto a mis hermanas, y me preocupan las dificultades a las que se enfrentan. Muchas son de fuera de Madrid y no tienen familia a quien recurrir. A ellas no les importaría sacrificarse, pero una orden es una orden y tenemos que acatarla. Un infierno que no entiende de respetos a Dios nos acecha.
Suspiró antes de continuar.
—¡Ayúdame, hermana! Despierta a mamá para que te dé la dirección de todos los que conocemos en el barrio de Salamanca. Tienen que ser almas lo suficientemente caritativas como para exponerse. Dile que, si es necesario, las podrían contratar como parte de su servicio: como doncellas, cocineras o sirvientas. Son humildes y eso a ellas no les importa. Yo he intentado hacer memoria, pero me temo que mi lista es anticuada por todo el tiempo que he pasado relegada de cualquier tipo de actos sociales.
Sonaba angustiada.
—¡Ahora mismo despierto a mamá y a Elisa y nos ponemos a ello! ¿Sabes algo del resto?
—Borja, recién llegado de Salamanca, almorzó ayer con Íñigo y Jaime, se fue a pollear al Club de Campo y a última hora de la tarde vino a despedirse de mí porque en dos horas pretendía coger el tren nocturno a Barcelona. Esta vez no ha traído a Rafaela; creo que porque se ha ido con su familia de veraneo a San Sebastián. Si no ha habido ningún imprevisto, llegará hoy a Requesens. ¡Qué edad! ¿Te has dado cuenta de que siempre me deja para el final?
—¿Y de papá sabes algo?
—Se ha ido a Granada a acompañar a la tía Fernanda al entierro de su marido. ¡Parece mentira que, estando tan preocupado como estaba, se haya ido justo en el peor momento!
Las interferencias comenzaron de nuevo.
—¿Me escuchas, Cristina? Cuídate, reza por todos nosotros y estate atenta al teléfono, que te llamaré en cuanto tenga la lista.
El pitido continuo me demostró que la llamada se había perdido. No hizo falta despertarlas porque al darme la vuelta me las encontré a las dos con los ojos tan abiertos como un búho. Les expliqué lo que pasaba y allí mismo sacamos agenda, papel y lápiz para apuntar todos los nombres, direcciones y teléfonos que se nos ocurrieron.
Media hora después llamé a Cristina para darle una lista de unas treinta personas, con la duda impronunciable de que cabía la posibilidad de que muchos de ellos ya ni siquiera estuviesen en sus casas.
Consciente de que todo se precipitaba y sin decir nada a mi madre para no angustiarla más, me dispuse a seguir las directrices que en secreto me dio mi padre la noche antes de despedirnos. Bajé a las cocheras para pedir a Jordi que llenase el depósito del automóvil y al mozo de cuadras que en todo momento tuviese ensillados dos mulos y un par de caballos, por si acaso el automóvil nos fallaba en el momento más inoportuno. Por último, subí a mi cuarto y metí en un bolsón todas las joyas y el dinero que teníamos.
El resto del día lo pasé en silencio, aterida por la impaciencia y atisbando desde las almenas a la espera de que Borja apareciese. Presa de la preocupación, intentaba disipar los mil y un pensamientos que me asaltaban. ¿Y si no llegaba a tiempo? ¿Y si los de la CNT o las FAI se le adelantaban? Por primera vez deseé que aquel rocoso aburrimiento perdurase por siempre.
Desde que llamó Cristina al amanecer, mamá y Elisa no se habían despegado del runrún de la radio. Cerrando los ojos, intenté acogerme al sosiego de la puesta de sol. Al abrirlos de nuevo, el rojizo tono del cielo me cuajó las entrañas de temerosos auspicios. ¿Por qué diantre no llegaba? Algo le debía de haber pasado.
Ya de noche cerrada oí el lejano motor de un coche acercándose. Distinguir a un taxi me tranquilizó relativamente, ya que nadie con malas intenciones vendría en este tipo de transporte.
Borja entró jadeando.
—Lo siento. Me enteré del alzamiento en el tren hacia Barcelona y, al llegar a la Ciudad Condal, en vez de hacer el transbordo preferí presentarme en el cuartel por si me necesitaban.
¡Quise matarlo! Mamá le miraba horrorizada. La pobre aún no había tenido tiempo de asimilar que, de haber guerra, todos sus hijos varones se verían involucrados en ella. Después de beberse de un trago un vaso de agua, continuó:
—El más próximo era el cuartel de Montesa. Es el que está muy cerca de la plaza de toros Monumental. Me cayó como un jarro de agua fría que el coronel me contestara que no eran necesarios mis servicios porque tenía el cuadro completo. Me ofreció aposentamiento, pero ¿de qué me serviría quedarme allí cruzado de brazos? El siguiente tren a Figueras no salía hasta las dos, así que aproveché para acercarme a La Cala y tomarme un arroz caldoso que estaba para chuparse los dedos. ¡Y aquí estoy!
Me salió del alma:
—¡Y nosotras aquí en vilo! Podías haber llamado. Pero mira qué hora es. ¡En algo más te has tenido que entretener!
Sonriendo me dio un sonoro beso en la mejilla.
—Querida María, eres como un sabueso. ¡Qué rectitud! Si sigues así, solo te faltará un moño en el pelo para convertirte en la loca de la torre de Jane Eyre.
Sonrió ligeramente de lado, como siempre hacía, antes de reconocer que se había despistado un poco más.
—La verdad es que, de camino aquí, no se habló de otra cosa en mi departamento que de los rumores que corrían sobre los movimientos del Ejército en África, así que al llegar a Figueras le pedí al taxista que antes de traerme a casa hiciese otra parada en el cuartel. Para vuestra tranquilidad os diré que me dijeron lo mismo que en Barcelona.
Mamá se indignó:
—¡Así que nos tienes como tu última opción! ¡Mira que tu padre te dio órdenes claras!
—Las cosas eran diferentes cuando me mandó venir. No me malinterpretes, mamá, pero primero tengo que cumplir con mi deber como el cadete que soy.
Cabizbaja, estalló como en pocas ocasiones lo hacía.
—¡Tu obligación ahora no es otra que protegernos de cualquier peligro, y ese momento, desgraciadamente, ha llegado! Lo siento, pero dado que eres el único hombre de la casa, te ha tocado ejercer como tal. ¡Esto ya no es un juego, Borja!
Borró la sonrisa de su boca, chasqueó la lengua y, comprendiendo por primera vez cuál era el orden de las cosas, la abrazó.
—Te prometo que cuidaré de vosotras hasta poneros a salvo. Pero después no me pidas que me quede.
Mamá se desesperó.
—Solo te pido precaución. ¿Y si los de este cuartel son del otro lado? Esto, mal que nos pese, tiene todos los visos de ser una guerra fratricida.
Pensativo asintió:
—¿Sabes lo que me dijo el coronel al que me he presentado en Figueras?
Cambió el tono de voz imitando la del aludido:
—«En este momento no sé si soy faccioso o no lo soy, pues yo he declarado el estado de guerra por orden de Barcelona».
Suspiró.
—Vengo de la academia, madre, y sé lo que se cuece. Yo, como ha de ser, estaré del lado de los que nos prometen salvaguardar a Dios y poner orden en España. Ha llegado el momento de luchar por nuestros intereses y no me voy a quedar cruzado de brazos a la espera del devenir de las cosas.
Subí el volumen de la emisión de Radio Barcelona. El general Goded se confesaba derrotado y aconsejaba a los suyos la rendición inmediata. Borja se abalanzó sobre ella protestando:
—¡Tiene que ser mentira! Cómo podéis tener sintonizada esta bazofia. Hoy más que nunca debemos cotejar la información. Dejadme buscar Unión Radio Sevilla y ya veréis cómo cambian las noticias.
Por fin, después de unos minutos exasperantes, dio con el dial. La señal era muy deficiente y apenas se entendían algunas palabras sueltas entre un sinfín de interferencias. A punto estaba de desistir cuando oímos una voz limpia y clara repitiendo la proclama. Era la del general Queipo de Llano jaleando la conquista de aquella ciudad.
Dudé.
—Quizá esté anticipando la victoria. ¿Por qué hemos de creerle a él y no a Goded? Ese hombre siempre ha estado metido en líos. Primero fue relegado a la reserva al enfrentarse abiertamente con el Gobierno de Primo de Rivera. Luego, exiliado por su participación en la cuartelada de Cuatro Vientos al intentar bombardear el Palacio Real, y cuando pudo regresar, ¿qué hizo?: ser nada menos que el jefe del Cuarto Militar del Verrugas. ¿Y ahora se alza contra todo lo que hace tan poco defendía con su propia vida? No me fío de él, Borja. Ayer, republicano. Hoy, a nuestro lado. ¿Qué hará mañana?
Borja me corrigió:
—No es el único republicano defraudado. ¿O es que olvidas que Sanjurjo también lo fue? Mola, que no es dudoso, se fía de él, así que no desconfíes tú. Y no hay más que hablar. ¡Como el único hombre que soy en esta casa os prohíbo terminantemente que oigáis emisiones enemigas! ¿Para qué? Si solo ensalzan sus victorias acallando las nuestras. Lo he estudiado en la academia y lo llaman guerra psicológica. Sus tiros son el desaliento del enemigo y se ha demostrado en la historia que puede acabar con cualquiera. No os dejéis influenciar por esas patrañas. ¡Si han llegado incluso a asegurar la disolución del Ejército, y aquí estoy yo! A partir de ahora, no nos fiaremos de nadie ni de nada.
Mamá, en su ingenuidad, le interrumpió:
—Quizá podemos enterarnos de algo leyendo nuestros periódicos.
No pude más que defraudarla.
—Tampoco, mamá. No te lo quise decir, pero después de la incautación del Ya y El Debate, el Abc y El Siglo Futuro han seguido su misma suerte. Sus rotativas ahora lo único que deben de estar imprimiendo son panfletos para los rojos.
Borja quiso animarla.
—No te preocupes, ya verás como esto termina pronto. Además, ahora nos queda la edición del Abc de Sevilla, ya liberada. En cuanto lleguemos a Francia buscaré la manera de que nos lo manden aunque sea con retraso.
Suspiró.
—¿Cómo nos enteraremos entonces de lo que pasa con tu padre y tus hermanos? ¿Y con Cristina? A estas horas deben de haber dejado el convento y no tengo un teléfono donde llamarla. ¿Habrá podido reubicar a todas sus hermanas?
Precisamente fue el timbre del teléfono lo que la interrumpió. Corrí a cogerlo.
—Van a por ustedes. ¡Salgan ya! ¡Eviten como al diablo la carretera porque el paso por la frontera está fuertemente custodiado por la Guardia Civil y la Guardia de Asalto! ¡Huyan o quizá no vivan para contarlo!
De fondo se oía claramente el bullicio de una taberna. Me sonaba a la voz de Frígola, la guardesa. Iba a preguntarle si era ella cuando colgó. Al darme la vuelta, todos me miraban expectantes. Intentando mantener la compostura sin demasiado éxito, grité:
—¡Rápido, Borja, asómate a ver si viene alguien!
Se guardó la cajetilla de cerillas de a diez en el bolsillo, apagó en el cenicero el Bisonte que tenía en la comisura de los labios, cogió unos prismáticos y subió las escaleras a la almena de dos en dos. El pueblo tan solo estaba a siete kilómetros del castillo y desde allí se divisaba. Apenas tardó dos minutos en bajar.
—¡Se acercan dos camionetas de las descubiertas! Por la cantidad de teas que se ven encendidas deben de venir unos veinte hombres.
El viento nos trajo el lejano murmullo de su apasionado cantar. Por un segundo nos miramos los unos a los otros en silencio. El temido momento había llegado. Susurré:
—¡Olvidaos del coche! Tenemos que intentar ser lo más discretos posible, no vaya cualquiera del servicio a delatarnos. Todo está dispuesto en las cuadras. Borja, llévatelas, que yo bajaré ahora mismo.
Con el corazón en la boca corrí a mi cuarto a por la bolsa de las joyas y el dinero, y sin nada más que lo puesto bajé corriendo. Al llegar, mamá y Elisa ya estaban subidas en sendas mulas y Borja me esperaba en uno de los caballos con las dos riendas de ellas entre las manos. Me crucé la bolsa a modo de bandolera, monté y espoleé a mi yegua.
Mamá y Elisa, presas de un paralizador pánico, se dejaron llevar como marionetas incapaces de protestar.
Aquella noche de luna nueva, galopamos a ciegas por entre grandes rocas y matojos hasta llegar al pilón de la frontera. Ni la luna parecía querer iluminar nuestros pasos. Allí Borja, repentinamente, tiró de sus riendas para frenar en seco. Cuando me paré a su lado me tendió las de la mula de mamá.
—Aquí os dejo. He cumplido con la promesa que le he hecho a papá. Ahora me dispongo a presentarme en el primer cuartel que encuentre.
—¡Estás loco! No serás capaz. ¿No has oído por la radio que esta zona es roja? ¿Acaso quieres perder la vida el primer día de contienda? Ven con nosotras, y con más calma, ya en Francia, decidimos según estén las cosas. Desde allí siempre podrás coger un barco e irte a Andalucía para unirte a los sublevados. Quedarte aquí sería un suicidio.
El hipido de mamá llorando nos hizo separarnos un poco de ellas.
—Mírala, Borja. ¿No se te parte el corazón? Ponte en su lugar. Bastante se sacrifica dejando a papá, a Cristina y a los hermanos aquí, sin saber qué suerte les espera en Madrid, para que tú ahora vengas con estas. Entiendo tus razones. Yo me iría sola con las dos, pero mamá no querrá salir de España sin ti.
Las voces de nuestros asediadores sonaban un poco más allá de los matorrales. Susurré sumamente enojada:
—¡Con tu tozudez nos estás poniendo en peligro de muerte! ¡Por Dios! Déjate ya de sandeces, que tenemos que irnos.
De nuevo la miró. Su elegante figura de siempre, ahora encorvada, a punto estaba de desmoronarse sobre la mula. Repentinamente, y como si un rayo de compasión le hubiese recorrido el cuerpo, se puso recto al tiempo que sentenciaba:
—De acuerdo. Al otro lado de la frontera dejo mis ilusiones, un uniforme de cadete casi sin estrenar, mis insignias de caballería y mis cordones rojos, pero me llevo lo principal, y es el espíritu que hace honor a esos ropajes. Regresaré a por ellos después de haberos puesto a buen recaudo.
Aquel fue el primer panegírico de los muchos que Borja pronunciaría en tiempos venideros. Una amalgama de buenos principios con forma de daga que forjaban su sentido del honor. Soltando todo el aire que tenía estancado en los pulmones ante la incertidumbre, espoleé a la yegua.
—Sabias palabras, hermano. Te prometo que la próxima vez no seré yo la que te impida cumplir con tu deber.
Después de aquello no nos atrevimos a parar de nuevo hasta culminar la primera colina francesa. Allí, por fin, miramos atrás para despedirnos de nuestra patria con un nudo en el estómago. No sabíamos a ciencia cierta cuándo regresaríamos.
El amanecer podría haberme traído ese pensamiento positivo que animase a mi familia, pero no lo encontré, así que permanecí callada con la vista anclada en lontananza. Solo le pude dar gracias a Dios por el cálido clima, sin querer imaginar siquiera cómo lo hubiésemos pasado haciendo lo mismo en pleno invierno. Aun así, las lágrimas humedecieron nuestros ojos.
Una vez reiniciada la marcha, solo el sonido del crujir de los cascos de los animales al chocar contra las piedras del sendero de bajada nos acompañaron la siguiente media hora, hasta que al fin distinguimos una luz. A ojo de buen cubero estaríamos a una media hora de Le Boulou, pero los caballos jadeaban y teníamos que descansar. Miré a mi madre. Tambaleante a lomos de su mula, casi no se mantenía erguida sobre el animal. Fue en ese instante cuando decidí pedir asilo a los propietarios de aquella casita perdida en el campo.
Los hospitalarios señores Benzome nos acogieron con gusto. Se sorprendieron de que todos hablásemos a la perfección su idioma y, al contrario que otros de sus compatriotas con los que topamos más adelante, no quisieron hacer negocio con la angustia del exiliado. Las noticias de la guerra española habían cruzado la frontera y sabían que muy probablemente no seríamos los únicos en pedirles una habitación en los próximos días. Eran ancianos, habían vivido la Gran Guerra y por eso habían decidido ofrecer asilo a todo el que se lo solicitase, independientemente de la ideología que albergase.