Paseo del Prado. Madrid

Primavera de 1932

Y pasaron los meses. Aunque toda la familia aparentaba tranquilidad, aquella primavera del treinta y dos deseaba más que nunca empezar las vacaciones para distanciarnos de la inseguridad que destilaba Madrid por sus cuatro costados. No veía el momento de alejar a mi madre de aquel angustioso estado en que se sumía cada vez que Íñigo y Jaime salían por la noche sin llevar, en el bolsillo del esmoquin o el frac, la arrugada invitación que les proporcionaba una coartada aceptable. No solo le preocupaba que pudieran verse envueltos en otra trifulca, también le molestaba que a su edad aún no estuviesen comprometidos con alguna de sus candidatas, y se desesperaba ante la posibilidad de que pudiesen caer en las redes de cualquier pelandusca.

Como ella no se atrevía a abordar el tema, me comprometí a hacerlo yo. Aproveché una noche en la que levemente indispuesta se había retirado a descansar con Elisa sin cenar. No me importaba que mi padre estuviese presente.

—Me han comentado que Perico Chicote ha dejado de trabajar en el hotel Ritz para abrir un bar de cócteles nuevo en la Gran Vía, muy cerca de la Gran Peña. ¿Es del estilo del café Maison Dorée, ese que está al lado del Nuevo Club? Me han dicho que está decorado muy diferente a los demás. ¿Por qué no me lleváis a conocerlo esta noche después de cenar?

A Íñigo se le atragantó la pularda. Comenzó a toser y tomó un vaso de vino para pasarla. Fue mi padre el que se adelantó en la respuesta.

—Con lo temprano que te acuestas, no te gustaría. Además, allí solo van los señores a tomar la penúltima copa y a jugar al póquer si se tercia.

Lo dudé.

—Pues me extraña el éxito que ha conseguido cuando tenéis lo mismo a tan solo dos portales, en la Gran Peña, de donde todos sois socios.

Jaime sonrió.

—¿Es que no sabes que el Gobierno también ha ordenado su cierre inminente, como el del casino de Alcalá? Espero que respeten al menos los clubes de Puerta de Hierro y el de Campo. Iríamos a ellos, pero están a las afueras y por la noche da mucha pereza alejarse del centro. Si siguen así, no sé dónde podremos reunirnos los monárquicos. De todos modos, la novedad siempre tira más.

¿Creía que era tonta? Les hice ver que a mí no me engañaban.

—Cerrada o no, la diferencia es que en la Gran Peña, al ser un club de hombres, a las señoras no nos dejan pasar sin acompañante. En Chicote, en cambio, no ponen impedimento alguno. Ya me conocéis. Iría sola, pero se me hace cuesta arriba.

Íñigo se sorprendió:

—¿Estás loca? ¡Ni que fueses una cualquiera!

—Llamaría a alguna amiga, pero la mayoría ya están casadas y entre las solteras, como yo, creo que no encontraría a ninguna con el valor suficiente como para acompañarme. Ya no soy ninguna jovencita. Los que me conocen saben que mi reputación es intachable y a estas alturas de mi vida me importa un bledo lo que puedan pensar los que no me conocen.

Jaime insistió:

—Nosotros no vamos a llevarte. Puedes intentarlo por tu cuenta, pero probablemente el portero no te dejará entrar.

Me hice la despistada.

—¿Por qué?

Íñigo se desesperó:

—Porque no es un sitio donde encajes. Desentonarás y no te sentirás cómoda.

Asentí.

—¿No será más bien porque quizá me pudiese encontrar a algún conocido? Con alguno de esos que llaman a sus mujeres catedral mientras al mínimo descuido picotean en mil capillitas.

Los tres hombres de la casa se miraron entre sí. Continué:

—Si hay una cosa en la que tienes razón, hermano, es en que me sentiría muy incómoda sentada cerca de esas señoritas que hay allí buscando prefiero no saber qué. Las he visto entrar teñidas de rubio, maquilladas como payasos y enfundadas en faldas tan prietas que apenas se pueden sentar sin estallarlas.

Cristina se santiguó mientras ellos me taladraban con la mirada. Mi padre tiró la servilleta con furia sobre el plato.

—¡Déjalo ya, María!

Me callé cuando la pausada voz de mi madre sonó en la puerta del comedor.

—Permite que se exprese, Joaquín. Aunque os parezca extraño, yo también sé muchas cosas que me callo. Ella solo quiere advertir a los chicos del peligro que tienen esas mujeres. Siempre han existido, pero es preocupante cómo proliferan de un tiempo a esta parte con la relajación de la moral que nos amenaza. No sé, quizá será la necesidad la que las empuja a… Es igual. Aunque no lo apruebo, comprendo que a vuestra edad y aún solteros sintáis la inclinación de echar una canita al aire de vez en cuando. Lo único que espero es que sepáis diferenciar lo que es una fugaz pasión de un amor verdadero. Si hay que elegir entre vuestros desvaríos, prefiero eso a veros envueltos en otra refriega.

Como quien no quiere la cosa, ese día mi madre, con ese aire melancólico que traía envuelto en su bata de terciopelo color geranio, me enseñó que más vale esperar en silencio la oportunidad propicia para expresar una opinión que arrancar cual yegua desbocada.

Se sentó a nuestro lado sacando un sobre del bolsillo.

—Hablemos de otra cosa. Hoy he recibido carta de Borja. Estoy preocupada porque está enfermo. Al parecer son fiebres tísicas. Desde el colegio de Burdeos me preguntan si no nos importaría adelantar sus vacaciones de verano. El viaje es largo hasta Madrid. ¿Qué tal si nos encontramos en un punto intermedio? Encontrarnos en Zarauz le ahorraría más de la mitad del camino.

Papá quedó por un instante pensativo.

—Antes me gustaría que pasaseis al menos quince días en la finca que he comprado en La Junquera. Linda con la frontera francesa. Así Borja no tardará en llegar desde Burdeos. El Alto Ampurdán os gustará, y al estar a quinientos metros sobre el mar, sus salubres aires le ayudarán a mejorar.

Nuestras caras de extrañeza lo expresaron todo. Insistió:

—Solo será junio. Después, si queréis, podréis viajar a Guipúzcoa como siempre. Este año disfrutad todo lo que podáis de la costa cántabra el mes de julio porque en agosto os quiero de regreso en Madrid.

¿A qué venía romper nuestra rutina veraniega? Me salió del alma:

—¿Agosto en Madrid? ¡Nos coceremos!

Fue rotundo:

—Os quiero aquí cerca y no hay más que hablar. Yo tengo cosas que hacer en la ciudad, pero vosotros lo podréis pasar en Viñuelas.

¡Qué trasiego de verano! Todos a una le miramos sorprendidos esperando una explicación.

—No os lo he dicho antes porque no sabía si me iba a salir la operación, pero acabo de firmar la venta de una parte de El Goloso. El Ejército buscaba un nuevo campo de tiro y esas tierras camino de Colmenar les venían bien. He vendido una parte de la finca y por ser mis dos hijos militares he querido cederles gratuitamente otra para que construyan allí parte de sus cuarteles.

¿Padre donando tierras al Ejército de la República? No me cupo la menor duda de que aquel era el precio que había tenido que pagar en diciembre para sacar a los hermanos de los calabozos. Se lo podía haber ahorrado de saber que Alcalá-Zamora liberaría al día siguiente al resto de los detenidos, pero ¡era tan fácil juzgar a toro pasado! Me abstuve de hacer comentarios. Prosiguió:

—Con el beneficio obtenido, he decidido restaurar el castillo de Requesens que compré a los hermanos Rosellón hace cuatro años. Limpiaré de colonos sus campos y los pondré en producción.

Esta vez no pude callarme:

—Padre, con la que está cayendo no creo que sea el momento más idóneo. Muchos se opondrán a ello.

Fue tajante:

—Los mismos que eligieron este Gobierno. Yo los hubiese dejado estar, pero es precisamente la República la que me obliga a ello con su dichosa reforma agraria que me amenaza con la expropiación de las tierras si no están en explotación. He mandado un administrador para esta difícil tarea, pero me gustaría que alguien más de la familia estuviera allí.

Mi madre intentaba hacerse a la idea sin demasiada ilusión.

—¿Vendrás con nosotros?

Negó.

—Yo aún no puedo ausentarme de Madrid por trabajo, pero vosotras podéis ir adelantándoos. Siempre os ha gustado decorar casas y el castillo necesita una mano de mujer. Además, podréis pasear por los hermosos bosques de encinas, castaños, alcornoques y pinos circundantes, y ya verás, Isabel, como Borja se cura en un santiamén. Os encantará.

Tenía tantos frentes abiertos que era normal que no nos informase de todo lo que hacía. Pero Requesens…; otro incómodo caserón medio en ruinas con sus almenas, corredores, mamposterías y su soberano aburrimiento.

Elisa protestó:

—Sigo sin comprender qué se nos ha perdido allí. ¡Si apenas conocemos a nadie!

Chasqueó la lengua antes de proseguir:

—Pues ya podéis ir haciendo amistades por la zona. Solo os diré que, al estar a tiro de piedra de la frontera francesa, es el mejor lugar para poder huir de España evitando controles de carretera o trenes vigilados.

La voz de mi madre sonó temerosa:

—Siempre la misma cantinela, Joaquín. ¿Acaso sabes algo más que no nos dices?

Negó y le besó la mano:

—No. Solo es precaución. Si las cosas vienen mal, no quiero que nos cojan desprevenidos.

Tan solo cuatro días después llegamos a Barcelona para hacer transbordo a otro tren a La Junquera. Al llegar, nos encontramos a Borja repanchingado en una chaise longue de la biblioteca. Debía de guardar reposo, pero aun enfermo era incapaz de pasar un día entero en la cama. Al ir a abrazarle, la enfermera que tenía a su lado me lo impidió. Ante el temor al contagio, el médico había ordenado su aislamiento durante al menos diez días más. Le saludé desde la otra punta de la habitación. Nada más verme, me preguntó por Rafaela. Me alegró que aquella niña le hubiese calado hondo, pero al ser mucho más joven que yo, apenas había coincidido con ella y fue Elisa la que le puso al día.

Como papá predijo, al fin dejó de toser, desapareció la fiebre, el color regresó a sus mejillas y recibió el alta médica, lo que nos permitió a todos alejarnos de aquel rocoso aburrimiento. Ansiosos, partimos rumbo a nuestra Guipúzcoa natal. Con una castañuela en cada mano, incluida mamá, cruzamos la frontera, paramos en Perpiñán, de allí a Fuenterrabía y por fin de nuevo en España. Fue un viaje placentero el que hicimos, ignorando entonces que pasado el tiempo lo repetiríamos con bastantes más escollos.

Aquel verano, ya en villa Santillana, apenas tuvimos tiempo para evocar los alegres veranos de nuestra infancia en Zarauz. Albergábamos la secreta esperanza de que nuestro padre al final no nos obligase a regresar en agosto a Madrid, pero por alguna extraña razón que ninguno llegábamos a comprender no hubo suerte. Una vez en la calle del Prado, donde el asfalto se derretía, sin deshacer ni siquiera las maletas, mamá dijo que ella se iba a Viñuelas y los demás la seguimos.

Ese 9 de agosto el calor fue tan soporífero que decidimos bañarnos en la templada alberca que proporcionaba agua al resto de los estanques del jardín, con peces de colores, fango en el fondo y nenúfares incluidos. ¡Qué diferencia con la arena fina de la playa y la gélida agua de nuestra costa cántabra! Tampoco aquello consiguió refrescarnos y, mal que nos pesara, tuvimos que atrincherarnos en casa hasta la puesta de sol.

Esperaba a que nos avisasen para la cena cuando oí farfullar detrás de un seto a Íñigo y Jaime. Intenté averiguar qué era lo que decían, pero estaban demasiado lejos. Se comportaban de un modo extraño. No se habían bañado y tampoco habían cabalgado. Ni siquiera habían querido unirse a nosotras al atardecer para jugar una partida de croquet. Tan solo se habían pasado el día cuchicheando como circunspectas viejas.

La campana avisó para que acudiésemos al cenador del jardín. La cena estaba dispuesta bajo su cúpula y los candelabros prendidos. Sobraban las luces con la luna llena a punto de estallar. El perfume del jazmín lo inundaba todo, y el croar de las ranas y el cantar de los grillos se oían más nítidos que nunca. Pensé que era una noche de esas mágicas en las que solíamos organizar una cena con amigos, pero prácticamente todos estaban en la costa veraneando.

La animada música del gramófono que Elisa había sacado momentos antes al balcón para ensayar a la fresca los nuevos pasos de un foxtrot tocaba a su fin cuando nos sentamos. Aquellos bailes que nos llegaban de Estados Unidos eran lo último y estaba deseando aprendérselos sin importarle en absoluto que los mayores los tachasen de libertinos.

A lo largo de la cena y a pesar de que todos los elementos se conjugaban para crear una velada inolvidable en familia, nuestro padre, sumido en sus pensamientos, apenas abrió la boca. Había algo que le preocupaba, pero como tantas otras veces prefería guardárselo para sí mismo.

Al terminar, y dado lo poco comunicativos que estaban todos, me retiré a leer a mi habitación. Justo antes de apagar la lámpara de noche oí los pasos inconfundibles de nuestro progenitor por el pasillo, rumbo al cuarto de los chicos. Discutieron y al momento salió pegando un portazo.

De poco les sirvió la reprimenda, porque a eso de las doce el azar quiso que los viera desde mi ventana desaparecer perfectamente uniformados entre las sombras del jardín y en dirección a las cocheras. No habían pasado dos minutos cuando reaparecieron empujando el automóvil cuesta abajo y sin arrancar. ¿Qué escondían? Supuse que se disponían a hacer otra de las suyas y les chisté con la esperanza de que nadie más me oyese. Jaime alzó la vista, corrió a los pies de mi ventana y susurró:

—Si te preguntan mañana, di que salimos muy temprano a tirar liebres; que probablemente no lleguemos hasta la hora de almorzar.

Sin darme tiempo a una respuesta se dio la vuelta y salió corriendo. A los pocos minutos oí el rugir del motor a lo lejos.

A eso de las seis de la mañana, e incapaz de conciliar el sueño, me levanté, desayuné antes de que nadie más lo hiciese y me fui a montar. Quería evitar como fuese mentir a mis padres y la mejor manera de lograrlo era desaparecer antes de verlos.

Galopaba siguiendo a una manada de gamos cuando a lo lejos distinguí el coche de Paco Moreno, el marido de mi hermana Teresa. Me extrañó que estuviese en Madrid, pues le ubicaba veraneando en Biarritz con ella. Le llamé, pero a pesar de llevar la ventanilla abierta no me oyó. Espoleando a Epona regresé de inmediato para saber qué era lo que le traía tan de sorpresa. Até las riendas a una anilla que había clavada entre el esgrafiado de la fachada principal del castillo, aunque teníamos terminantemente prohibido dejar los caballos en la entrada, y entré justo a tiempo para verlos salir despavoridos del comedor donde aún estaban desayunando. En silencio los seguí hasta el cuarto de los hermanos. Paco tropezó en un escalón. Estaba tan cansado que casi no se tenía en pie.

Tan solo esperaba que no me preguntasen por ellos. ¡Si al menos hubiesen deshecho las camas! ¿Cómo pretendía Jaime que les dijese que se habían ido a cazar temprano si era evidente que ni siquiera habían dormido allí? Unos correajes y uniformes reglamentarios tirados por el suelo hicieron a mi padre sospechar algo que le empujó a abrir el armario. Los uniformes monárquicos, prohibidos desde el advenimiento de la República, no pendían de sus perchas. Todo hacía intuir que se habían vestido con ellos para sabía Dios hacer qué. Lo peor era que yo ni me había percatado de ello al verlos salir la noche anterior. Si lo hubiese hecho…

Bajo la almohada de Jaime asomaba una cuartilla doblada en cuatro. Mi padre, apenas leyó la primera línea, la arrugó en su puño para arrojarla al suelo con indignación.

—¡Es un manifiesto de Sanjurjo en Sevilla! ¿Sabes algo, María?

Podría haber mentido, pero me sentí incapaz.

—Salieron anoche en coche.

Papá, como si supiese dónde estaban, se encolerizó.

—¡Hace semanas que el Gobierno estaba alerta ante un posible golpe de Estado! Sabían de buena tinta que el objetivo principal de los sublevados sería tomar en primer lugar los centros oficiales más significativos, y por eso el Palacio de Buenavista, la Dirección General de Seguridad y el Palacio de Comunicaciones están desde hace días fuertemente custodiados por los guardias de asalto. ¡No hay nada más ingrato que advertir a un sordo! Les dije que no se les ocurriese participar, que estaban abocados al fracaso más absoluto y que tiempo tendrían de organizarlo con más calma y sin necesidad de meterse de bruces en una ratonera, pero nada. ¡Pues ahora que se las apañen como puedan, que yo ya estoy cansado de sacarles las castañas del fuego!

Mamá, a sabiendas de que la fuerza se le iba por la boca, le ignoró por completo.

—Paco, dime todo lo que sepas.

Tomó aire.

—A la vista de lo que se cocía, llegué ayer por la noche a Madrid. Al no haberos avisado y debido a la intempestiva hora, preferí hospedarme en el hotel Palace con la intención de venir a veros hoy mismo. El viaje fue largo y caí a plomo en la cama hasta que a eso de las cuatro de la mañana una sirena en la calle me despertó. Incapaz de conciliar el sueño de nuevo, pedí un café al servicio de habitaciones. El mayordomo que me lo trajo me dijo que habían detenido a tres abogados del Estado, a un juez de instrucción y a un pintor acusados de tramar una conjura contra el Gobierno.

»Me vestía cuando comenzaron los estampidos. No eran otra cosa que tiros. Cuando quise salir, un control en la misma puerta del hotel me lo impidió.

»En la cercana plaza de Cibeles habían entrado en el Palacio de Comunicaciones unos militares armados dispuestos a tomar el edificio por la fuerza.

»Incapaz de hacer nada más que obedecer, me quedé allí intentando descubrir algo más según lo que comentaban los guardias de asalto entre sí. La confusión era total. Unos decían que los disparos provenían de Recoletos; otros, que del palacio de los condes de Villapadierna, y los de un furgón que pasó a toda velocidad, que de la calle de Conde de Xiquena. Apenas media hora después cesó el fuego cruzado. Llegó el comandante de los que custodiaban la puerta del hotel y les dijo que en un cuarto de hora podían dejarnos salir a los civiles, ya que todo estaba controlado y los sublevados detenidos. Azaña no tardaría en salir al balcón del Ministerio de Guerra para tranquilizar a la población.

Suspiró.

—Podéis imaginar mi impotencia. No quise esperar. Conseguí escapar por la puerta de servicio del hotel justo a tiempo para ver a unos veinte oficiales desarmados, maniatados y fuertemente custodiados sobre un camión. La decena de periodistas que se agolpaban a su alrededor no me dejaron acercarme lo suficiente como para distinguirlos. Fue deprimente ver cómo un guardia de asalto posaba para un fotógrafo junto al cadáver aún caliente del alférez de complemento al que había atravesado la sien de un tiro.

Mamá se estremeció. Paco la tomó de las manos arrepentido por la crudeza con que había descrito los hechos.

—No llores, suegra, y perdóname porque quizá he sido demasiado brusco narrándote las cosas tal cual han sido.

Ella alzó la mirada acuosa.

—¿Hay más muertos?

—Por eso puedes estar tranquila. Solo otro hombre al que alcanzó una bala perdida. Creo que es un picador de caballería.

La voz de mamá apenas fue audible:

—¿Y heridos? ¿Hay alguno?

Paco la tranquilizó de inmediato:

—Pocos. Antes de venir he visitado una a una las casas de socorro a donde los llevaron y no están ingresados en ninguna.

Papá pensó en alto:

—Entonces estarán entre los detenidos. Dentro de lo malo es lo mejor. ¿Sabes a dónde los han llevado?

Paco asintió:

—Están en los calabozos de la Dirección General de Seguridad a la espera de ser repartidos entre las cárceles de Madrid y Guadalajara.

Papá suspiró.

—Contrataré al mejor penalista. Solo nos queda esperar al juicio.

Mamá derramó su angustia en lágrimas.

—¿Solo? A ver lo que tardan en ajusticiarlos. El presidente esta vez no será tan benevolente.

Padre se ponía el abrigo y el sombrero cuando Paco le detuvo.

—¿A dónde vas?

—A verlos.

—Joaquín, ya lo he intentado y los presos están incomunicados por un periodo de ocho días. Además, sería como meterte en la boca del lobo, ya que se ha cursado una orden inmediata de detención domiciliaria para los familiares más directos de los arrestados hasta que se cierre la investigación. Creo, sinceramente, que es el momento de que regreséis al norte. En pleno verano nadie se extrañará de que este golpe os haya sorprendido al resto de la familia en Zarauz.

Pensé en alto:

—En Zarauz habrá demasiada gente preguntando. Tendremos que dar mil explicaciones.

Paco insistió:

—Pues marchaos a Lazcano. Allí nadie os importunará. Es la única manera de evitar la vejación de un arresto aunque sea en casa. Más no podéis hacer por ahora. Sobre todo teniendo en cuenta que ellos no son los únicos hijos de grandes de España que están detenidos. Joaquín, tú estarás en el punto de mira al tener a dos hijos entre ellos. Yo, en cambio, pasaré desapercibido. Nadie me ubica en Madrid y todos piensan que estoy en el exilio junto a mi padre y otros tantos monárquicos.

La escena de mi madre desconsolada, abrazada a una de las almohadas de los hermanos, le hizo rendirse.

—De acuerdo. Confío en ti. En cuanto sepas algo, házmelo saber.

Rezagada en el cuarto, dejé a todos salir de la habitación para leer tranquila aquel manifiesto que, hecho un gurruño, había quedado tirado en el suelo:

«Españoles: Surge de las entrañas sociales un profundo clamor popular que demanda justicia y nos mueve a procurarla. No hay atentado que no se haya cometido, abuso que no se haya perpetrado ni inmoralidad que no haya descendido a todos los órdenes de la Administración pública, para provecho o para el despilfarro escandaloso. La fuerza ha sustituido al derecho, la arbitrariedad a la ley, la licencia a la disciplina. La violencia se ha erigido en autoridad y la obediencia se ha rebajado a la sumisión. La incapacidad se impone donde la competencia se exhibía. El despotismo hace veces de valor y de honor de la desvergüenza. Ni los braceros del campo, ni los propietarios, ni los patronos, ni los obreros, ni los capitalistas que trabajan, ni los trabajadores ocupados o en huelga forzosa, ni el productor, ni el artesano, ni el empleado, ni los militares, ni los eclesiásticos, nadie siente la interior satisfacción de la tranquilidad de una vida pública jurídicamente ordenada, la seguridad de un patrimonio legítimamente adquirido, la inviolabilidad del hogar sagrado, la plenitud de vivir en el seno de una nación civilizada. De todo este desastre brota espontáneamente la rebelión de las almas que viven sin esperanza».

Su descripción de la anarquía en la que estábamos metidos era de lo más acertada. Parecía mentira que el militar que había escrito aquello fuese el mismo que tan solo ocho meses antes desfiló ufano ante Alcalá-Zamora el día de su toma de posesión. Qué poco tardó en desencantarse.

Aquellas palabras me bastaron para sentirme orgullosa de mis hermanos a pesar de su osadía.

Desde algún punto perdido de Sierra Morena

Querido padre:

Ante todo, perdón por haberte defraudado de esta manera. Puedo imaginarme vuestros desvelos y solo por eso he decidido arriesgarme a pesar de que permanecemos incomunicados. En una parada de media hora que el tren ha hecho por avería en Despeñaperros, he conseguido despistarme cinco minutos. El tiempo suficiente para entregarle esta carta a hurtadillas a un pastor para que os la mande. No parecía mal hombre y le prometí que, si cumplía, recibiría de vuestra parte una buena recompensa. Espero que la franquee y envíe. El peligro no me importa porque ya estamos condenados y poco más se puede hacer, excepto rezar para que nos indulten. Dile a Cristina que se esmere en el intento.

El que más me preocupa es Jaime porque le detuvieron armado y eso es lo que le ha agravado la pena. A pesar de todo, quiero que sepáis que no estamos arrepentidos en absoluto. Nos consolamos con la seguridad de haber cumplido con nuestro deber como españoles, monárquicos y cristianos que somos, y eso nos basta.

No os inquietéis por nosotros. Estamos bien y son muchos los que a escondidas nos ayudan de un modo u otro. Aún no sabemos exactamente a qué presidio nos llevan y nuestros compañeros ya traman una fuga en tandas. Como veis, no nos aburrimos. Supongo que, si se han publicado las listas de los detenidos, habréis comprobado que muchos de nuestros amigos de toda la vida nos acompañan. Por lo demás, nada nuevo. Procuraré haceros llegar otra misiva en cuanto pueda, pero te adelanto que no será fácil, puesto que estamos fuertemente custodiados.

Solo te pido que procures suavizar el mal trago a mamá. Dile que cuidaré de Jaime, que estamos muy tranquilos de conciencia y que no nos sentimos más privados de libertad aquí que paseando por esa España defenestrada que, desgraciadamente, intentamos enderezar sin demasiado atino.

Un fuerte abrazo de tu hijo

Íñigo