San Sebastián

24 de diciembre de 1936

Fue frustrante ver cómo mamá pasó el día entero pegada a la recepción del hotel María Cristina esperando a que el teléfono de la centralita sonara. Cada vez que lo hacía, pegaba un respingo. Esperaba ansiosa una mirada de la telefonista, y al no recibirla, se sumía de nuevo en un sepulcral silencio.

Habíamos pensado esperar a Borja para inmediatamente salir con él a cenar a Lazcano, pero no llegaba. Anochecía cuando el resto de los huéspedes empezaron a aparecer vestidos de fiesta para celebrar la Nochebuena en una cena de gala que había organizado el hotel. Decidí tomar cartas en el asunto y, botella en mano, le tendí una copa de vino. Se la bebió de golpe y, sin mediar palabra, me la tendió para que se la rellenase. Lo hice una, dos y tres veces, y esperé a que surtiera efecto. Ella apenas bebía, así que no tardaría. A los veinte minutos, parpadeó un par de veces y, por primera vez, me sonrió. Era el momento. La cogí de la mano.

—Madre, déjalo ya. No esperes un milagro. Hace dos meses que no sabemos nada de los de Madrid. Las comunicaciones están cortadas y no llamarán.

Negó cabizbaja.

—Lo sé. Pero ¿y Borja? Nos prometió que vendría.

Se puso el sol y las lámparas de todo el hotel se encendieron de golpe.

—No depende de él. Te aseguro que si no está aquí es porque no ha podido, pero no te preocupes, porque yo misma me he encargado de que celebren la Nochebuena y la Navidad como Dios manda.

Me miró sorprendida.

—Previniendo que no pudiese venir, anteayer les mandé capones, turrones, armañac y champaña suficiente como para emborrachar a todo su batallón.

Me apretó la mano.

—¿Estás loca? Eso solo logrará relajar su guardia. ¡Y si los ateos de nuestros enemigos aprovechan el día de Navidad para atacarlos por sorpresa! Ellos no celebran el nacimiento de nuestro Señor.

Le rellené la copa de nuevo.

—Una cosa es en lo que crean y otra muy diferente que dejen de apuntarse a las celebraciones cristianas. Como todos, y con lo que puedan, brindarán esta noche y mañana descansarán.

Ya con la lengua un poco pastosa, negó de nuevo.

—Yo así no quiero celebrar nada.

¡Qué terquedad!

—¿Y nosotras? Mira a Elisa.

Asomada a la ventana, miraba en silencio la calle ya oscura.

—¿Crees que no está tan preocupada como tú? Igual o más, pero no por eso dejará hoy de cenar e ir a la misa del gallo. Además, ¿qué pasará con Miguel Altolaguirre? No necesito recordarte que es tu ahijado y por eso profesó como fraile benedictino en el convento de Lazcano. Te comprometiste con él a no faltar a su primera misa del gallo y ese momento ha llegado. ¿Le vas a defraudar a él también? Ya verás cómo te reconforta escuchar su sermón y los cantos gregorianos.

Apelar a su sentido del deber surtió efecto. Sin mediar palabra, asintió y se levantó para de inmediato tambalearse un poco por los efluvios del alcohol. Me tomó del brazo y nos dirigimos hacia donde estaba Elisa, en la que también se apoyó. Así, escoltada por las dos hijas que a su lado quedábamos, por fin conseguimos sacarla del hotel. El chófer sonrió al vernos. Llevaba todo el día esperándonos y debía de estar deseando llegar a casa.

A todo lo que daba el automóvil, recorrimos los cuarenta y dos kilómetros que separaban Lazcano de San Sebastián. A eso de las diez, llegamos. La mesa ya estaba dispuesta. Cenamos rápidamente y nos dirigimos a misa. Rezar la animó, y creo que nunca en la vida escuchamos una misa del gallo con más devoción. Al regresar a casa, nos acostamos, pero ninguna durmió. En el silencio de la noche, sus discretos sollozos y el crujir de la madera bajo nuestros pies al deambular por los pasillos se hicieron más evidentes que nunca. Apenas desayunamos, hicimos el camino de regreso. La mujer que estaba a cargo de la centralita, al vernos llegar, salió de detrás del mostrador para venir a darnos la noticia.

—Señora duquesa, su hijo llamó anoche a eso de las doce menos cuarto. Esta mañana ha mandado un telefonema, pero le hemos comunicado que estaban ausentes.

Me agarró tan fuertemente del brazo que pude sentir sus uñas clavárseme sobre la manga.

—¿Te das cuenta, María? Ha pasado la noche solo. Buscando nuestro consuelo, probablemente se las ha visto y deseado para llamarnos, y al hacerlo… no estábamos. ¿Y si no volvemos a verle? ¿Y si…?

La abracé.

—Mamá, no te culpes por nada. Ya verás como hoy llama otra vez.

No lo hizo, y ella ni siquiera se despidió de mí. Yo me tuve que ir a Vitoria a trabajar con el dolor de su silencio anclado en el alma, pero al llamar esa noche a Elisa, me dijo que mamá andaba mucho más tranquila. Habían recibido una carta muy animada de Borja contándole que, al amparo de las trincheras, se habían comido y bebido todo lo que yo les mandé.

Me la resumió. Después de cenar, y escuchando a lo lejos las celebraciones del enemigo, pensaron que, como ellos, también estarían entretenidos, así que subieron a escuchar misa en un caserío destrozado a cañonazos que había en retaguardia. El páter decidió dejar el rezo del rosario para el día siguiente, plegó el altar de campaña y les dejó bailar a los unos con los otros al son del acordeón del médico. Él tuvo que regresar a la trinchera a las tres, porque le tocó guardia de cuatro a cinco de la madrugada, y fue entonces cuando aprovechó para escribirnos metido en su saco y a la luz de una vela casi consumida, sin posibilidad de recambio. La mañana del veinticinco fue muy tranquila; pudo dormir como un bendito. Finalizaba la misiva con su lema preferido: «Una madre: España; una novia: la muerte; un amigo: el fusil».

—¿Cuánto calcula que tardará en venir? Te lo digo para coincidir con él.

—No menos de veinte días. Así que tampoco pasará Fin de Año a nuestro lado. Quizá tampoco Reyes. En la posdata, por si acaso, nos felicita a Teresa y a mí por nuestros cumpleaños, y a mí me aconseja que no estudie más anatomía, que con una hermana enfermera, se refiere a ti, ya vamos sobrados. No sé si leerte el final.

—Dime.

—«Dios nos libre de las balas y de las hermanas enfermeras».

Estaba claro que no perdía el humor. Sonreí.

—¿Le harás caso?

—¡Ni loca! Se tendría que acabar la guerra para que yo ceje en el intento.

Colgué pensando en cómo, inconscientemente, Borja había regalado a mi madre un día de sosiego. Ni siquiera la guerra había conseguido robarle ese carisma innato.

Y pasaron dos meses sin que pudiese ir a verlas, a razón de cuatro cartas por semana desde el frente. A mamá le parecían pocas. A él le hubiese gustado cumplir con su promesa de escribirle a diario, pero desgraciadamente no podía. Lo supe el día que al fin me trasladaron del hospital de Vitoria a la retaguardia del combate. Allí, nadie mejor que las enfermeras podíamos tomar la temperatura al frente. Intenté por todos los medios acercarme al lugar donde Borja se encontraba, pero solo conseguí quedarme a mitad de camino.

A mediados de febrero, Elisa me llamó para decirme que por fin le habían dado permiso para ir a San Sebastián. Yo lo conseguí esa misma tarde y cogí el primer tren para estar con ellas. Tenían una sorpresa guardada para nosotros que no quisieron revelarnos por teléfono.

Cuando llegué, Elisa y mamá me esperaban en la estación. Salimos corriendo a la puerta principal, donde los camiones con los soldados de permiso estaban aparcando. Al contrario que la última vez, nos preocupamos al verle bajar del remolque. No le hizo falta nada más que posar un pie en el suelo para que nos diésemos cuenta de su cojera. Mamá le cubrió la cara de besos.

—¿Cuánto te quedarás esta vez?

Venía de un humor de perros y, al no ver a Rafaela con nosotras, su enfado se acentuó.

—No lo sé. La pierna que me lesioné montando a caballo en Francia se está resintiendo. He intentado disimularlo, pero los dolores son tan insoportables que mis superiores, al darse cuenta, me han obligado a pedir la baja.

Una voz detrás de nosotros nos sorprendió:

—Anímate, que ya verás como en nada estás de nuevo corriendo.

¡Era Cristina! Corrimos los dos a abrazarla. Borja se entusiasmó:

—¿Y papá y los hermanos?

Ella negó cabizbaja.

—¡Cómo habéis podido escondérmelo! Se me hace tan raro verte sin hábito… ¡Pero si ya te ha crecido el pelo y todo! ¿Cuándo has llegado?

—Salí de Madrid con documentación falsa. En el salvoconducto aparecía como hija de los Pérez Quesada. Han sido mis benefactores durante estos meses y les debo todo. ¡Y pensar que antes de la guerra casi no los conocíamos! Cada vez que me acuerdo de todos aquellos amigos que nos negaron su refugio la noche que tuvimos que abandonar el convento amenazadas de muerte…

Agarrada al rosario, cerró los ojos concentrándose en disipar esos recuerdos. Suspirando prosiguió:

—Dios los tenga en su pensamiento. Como una familia de las más unidas, hicimos el trayecto de Madrid a Alicante en un autobús para embarcar después en la torpedera Tucumán, que nos llevó a Marsella. Pudimos hacerlo gracias a que la Embajada argentina tiene un acuerdo secreto con su capitán para sacar a sus ciudadanos de esta guerra, y yo me colé entre ellos. No he podido venir antes porque las plazas son contadas. El resto ya lo podéis suponer. Me faltó tiempo para vadear la frontera por la parte francesa y entrar de nuevo.

—¿Por qué papá y los hermanos no han aprovechado la oportunidad?

No quise preguntarle delante de mamá si por casualidad en su huida había tenido algo que ver el enlace al que le facilité el viaje en la ambulancia. Su frustración fue clara.

—Demasiado riesgo. Los milicianos saben que en las embajadas hay muchos refugiados y las vigilan noche y día para detener a todo el que intente huir. Pero no os preocupéis, porque sé de buena tinta que lo están intentando y aprovecharán la mínima oportunidad para venir.

Disimuladamente me guiñó un ojo. Supe entonces que aquel joven debía de haberse puesto en contacto con ella y que debía de estar haciendo lo imposible por traerlos, pero mi hermana, como yo, tampoco quería anticipar buenas noticias que pudiesen truncarse por el camino. A pesar de que mamá se estaba poniendo nerviosa, Borja siguió indagando.

—¡Qué alegría tener por fin noticias de primera mano! Dime, ¿tenemos aún casa a la que regresar algún día?

Cristina dudó un segundo antes de continuar. No pude evitar hacerle una señal disimulada para que tamizara lo peor, no fuese a darle un síncope a nuestra madre.

—En pie sigue. En parte gracias a Carmen, Concepción y Vicente, que, haciéndose pasar, como el resto de la servidumbre, por adeptos al Frente Popular, me han ido informando.

El salvador inicial de papá y los hermanos me vino a la mente.

—¿Y qué ha sido de Antonio Ballesteros? Cuando esto termine, es otro al que le deberemos gratitud eterna.

Cristina suspiró. Si quería que fuese suave en la narración, sobraban las preguntas. No se anduvo por las ramas.

—Lo seremos con su familia, porque a él lo mataron aquel mismo día al regresar a su casa. Alguien debió de verlo ayudándoles a escapar.

Regresó al tema principal:

—Si queréis saber algo más, solo os diré que Madrid ya no tiene nada que ver con lo que dejasteis atrás. Las barricadas cortan las calles y las casas de los barrios principales se han tornado lúgubres y destartaladas. Por poneros un ejemplo, os diré que mi convento es ahora una checa; Viñuelas, un cuartel, y nuestro palacio del paseo del Prado, la capilla ardiente, valga el sarcasmo, de varios personajes socialistas.

No pude reprimirme:

—¿Qué han hecho con nuestras cosas?

—Han robado lo más personal. De las obras de arte que había dentro y no quemaron al principio, se ha hecho cargo la Junta del Tesoro Artístico. Según dicen, las ha incautado para salvaguardarlas de los bombardeos y otros expolios. Las tienen guardadas entre el museo del Prado y el Arqueológico.

Borja trató de limar asperezas.

—Bueno, mamá, seamos positivos; piensa que allí, al menos, estarán bien custodiadas y que, si alguna vez tenemos posibilidad de recuperarlas, solo tendremos que demostrar que son nuestras.

A mamá se le saltaron las lágrimas.

—No quiero saber más, hijos míos. ¿Cómo podéis pensar en recuperar cuadros, tallas, tapices y alfombras si aún no hemos podido salvar a papá y los hermanos? Todo lo regalaría por tenerlos a nuestro lado.

Le tendí un pañuelo para que se limpiase la lágrima que rodaba por su mejilla.

—No nos malinterpretes, madre, que no es por banalidad, sino más bien por querer ocupar nuestros torturados pensamientos en otras cosas.

Suspiró.

—La verdad es que no sé qué haremos si algún día conseguimos regresar a Madrid.

Cristina la tranquilizó:

—Dios dirá. Además, piensa en que papá, a sus sesenta y seis años, de cabeza está hecho un chaval. Me han dicho que no deja de barruntar; según él, para matar las horas de encierro sin enloquecer. Pasa el rato escribiendo su testamento, haciendo cuentas, proyectos de todo tipo e inventarios. ¡Si hasta planea el ensanche de Madrid aprovechando todo lo que habrá de demolerse después de los bombardeos!

—Altruista hasta la médula, pero ¿cómo puede testar sin saber ni siquiera qué le queda?

—Dice que algún día esto terminará. No quiere que entonces la memoria le traicione y piensa dedicar lo que le quede de vida a recuperar todo lo que le han arrebatado. Siempre ha sido un hombre de retos, y esta guerra solo es un escollo más en su camino.

—Dios te oiga, hija mía.

Cristina asintió.

—Démosle las gracias porque, a pesar de las dificultades, aquí estás, madre, sentada junto a cuatro de tus siete hijos, y eso sin contar a Teresa, que no tiene más que cruzar la frontera para reunirse con nosotros. Ya verás como dentro de nada tienes a los dos que te faltan contigo.

La miré con cierto aire de reproche, ya que intuía que ella no tardaría mucho en buscar un convento en la parte liberada para enclaustrarse y abandonarnos de nuevo. Leyéndome el pensamiento y temerosa de que sacase el tema a colación, quiso desviar la atención.

—Yo ya os he contado todo lo que allí pasa y, por lo que he visto, aquí en el frente norte no os va tan mal. Teresa cuida de los peques, como es de rigor. María ya luce en su pechera, entre la cruceta de la capa, la Medalla Militar Colectiva de Huesca, y la Cruz Roja al Mérito Militar. ¡Qué bien nos repartimos, hermanita, tú ocupada en sanar cuerpos y yo entregada al rezo por la salvación de almas! Elisa, dejándose el pellejo en el sanatorio. Pero… ¿y tú, Borja? Cuéntale a tu hermana la monja cómo te has hecho hombre. Un pajarito me ha dicho que tu bautismo de sangre fue entre Lazcano y Beasain. ¡Ya es casualidad!

Le faltó tiempo para quitarle la palabra y contarnos una vez más, con pelos y señales, cómo reconquistó el palacio.

De repente, se quedó absorto y, como sin pensarlo, pronunció aquellas palabras que un tiempo después todas recordaríamos:

—Tú, que sabes de estas cosas, hermana… Hace tiempo que quería preguntarte algo; a ver si puedes ayudarme. Cristina, ¿crees que, si me dejo la vida en estos montes por Dios y por España, al llegar arriba el Señor me pondrá en la lista de los mártires, aunque la Iglesia no nos meta en ese catálogo?

Ella sonrió.

—Tenlo por cierto, hermanito, pero eres demasiado joven para pensar en la muerte.

—¡Cómo no he de hacerlo si casi a diario me salpica!

Viendo que mamá a punto estaba de desmoronarse de nuevo, le pegué un pescozón para que se callase. Repentinamente, recordó algo y se metió la mano en el bolsillo para sacar un papel arrugado y cambiar de tercio.

—Esclarecida mi duda, os voy a leer algo. Es la letra de un himno para la 4ª Compañía. Lo adaptaré a una música de la marcha de Los voluntarios. ¿Os la tarareo?

Ansiosas por olvidar el tema muerte de una vez, asentimos al unísono. No pudo ni leerla, pues al levantarse con el ímpetu que le caracterizaba, una mueca de dolor se dibujó en la comisura de sus labios y tuvo que sentarse de nuevo.

—¿De verdad te duele tanto?

—He aguantado hasta más no poder porque por nada del mundo he querido que me mandasen a retaguardia, y ahora que estoy aquí, solo pienso en cómo recuperarme lo más rápido posible. ¡Me niego a que me declaren incapaz para el Ejército ahora que tan cerca estamos de Bilbao! Mamá, apelo a ti para ello. Me han dicho que en San Sebastián hay un médico. El doctor Martín Santos, creo que se llama. Da tratamientos eléctricos parecidos a los que me curaron la última vez. Acudiré a él. Aprovecharé la estancia en su hospital para revisarme las muelas. La calidad del rancho está haciendo estragos en mi boca. Estoy deseando empezar, así que, si os parece, vámonos ya al hotel. No hay mal que por bien no venga, y estoy deseando ver a…

Iba a decir su nombre, pero al reparar en mamá rectificó.

—A todos nuestros amigos.

Sonreímos las tres hermanas a sabiendas de que el nombre no era otro que el de Rafaela.