Hotel La Perla. Pamplona

25 de julio de 1936

Terminada la comida, continuamos el camino en el coche de los dos periodistas que se dirigían a Pamplona. El teniente de los carabineros les concedió sendos salvoconductos a cambio de que nos llevasen hasta el final del camino sin poner objeciones.

El inglés, vestido con unos pantalones nikers y una cámara colgada del cuello, al enterarse de que éramos monárquicos quiso saber algo más sobre las infidelidades de don Alfonso para con Victoria Eugenia de Battenberg. En Inglaterra corría el rumor de que Ena, cansada de sus diferencias, se planteaba una separación definitiva en toda regla.

Sin ningún tipo de reparo, evité mi respuesta pidiéndole perdón por haber pensado en un primer momento que era un corresponsal de guerra y no un mero cronista social. Una cosa era lo que dijésemos u opinásemos nosotros en privado de la familia real y otra muy diferente lo que diríamos en público. No insistió.

Aun así, este periodista resultaba mucho más elegante que el otro. El estadounidense era de esos que fumaban a todas horas en pipa a la vez que mascaba chicle con la boca abierta. Llevaba el sombrero calado hasta las cejas y hablaba con un tono extraño, parecido al que cualquiera podríamos tener al colocarnos una pinza en la nariz.

Este en particular se extrañó al ver que Borja llevaba en el macuto un ejemplar de Colmillo Blanco, de Jack London; y es que, como muchos extranjeros indocumentados, venía a España con la idea preconcebida de que todos los españoles éramos unos «analfabestias».

Teníamos un viaje entero por delante para demostrarle lo equivocado que estaba y de paso, en venganza por su desprecio, le haría ver con sarcasmo la pena que me daba que ellos, al contrario que nosotros, no tuviesen demasiada historia de la que tirar. Tan poca que procuraban adquirirla a golpe de talonario. Ejemplo claro de ello fue el intento de comprar el castillo de La Calahorra en Granada y que, gracias a que mi padre se les adelantó, no lo consiguieron. Me descompuso cuando alardeó del poderío de su país y me dijo que aquel no era el único y que, al no haberse podido hacer con La Calahorra, estaban tratando de comprar el patio entero del castillo de Vélez-Blanco para llevarlo al Museo Metropolitano de Arte de Nueva York. Aquel hombre era el despotismo en persona. ¡Y pensar que papá en más de una ocasión había pensado emigrar a Estados Unidos! Ya era tarde, pues estábamos metidos de hoz y coz en la guerra. Una guerra que, por primera vez desde su inicio, vivíamos en primera persona y no a través de las ondas de una radio o por lo que nos contaban por teléfono. A nuestro paso por los pueblos y aldeas, los civiles nos saludaban con el brazo en alto y enarbolando la bandera roja y gualda. Entre ellos y las ruinas del avance del ejército, deambulaban los soldados victoriosos dispuestos a continuar a las órdenes de lo que dispusiese el general Mola desde Aragón. El objetivo principal era llegar lo antes posible a Irún y así poder afianzar la frontera con Francia.

Entre un pueblo y otro, una procesión de gentes cargadas con muebles y enseres personales en carretas entorpecía el tránsito por la carretera. En cada parada, Borja intentaba averiguar algún dato más preguntándoles a los soldados rasos. Aquellos poco más sabían aparte de las órdenes que les tocaba cumplir. Por fin dimos con un oficial, y por él nos enteramos de que de África había llegado un contingente de 35.000 hombres, entre legionarios y tropas regulares marroquíes, para ayudarnos. Estos ya se encontraban en Sevilla, y el general Yagüe estaba organizando su avance inmediato hacia Extremadura y el valle del Tajo con la intención de liberar Toledo y así estar a tiro de piedra de Madrid.

Cada cosa nueva que averiguábamos se la transmitíamos a los periodistas para que tomasen buena nota de lo rápido que lograríamos vencer. Una vez terminamos de calmar la curiosidad del americano, Borja no hizo otra cosa que hablarme de Rafa. Estaba preocupado por ella, ya que San Sebastián, donde estaba veraneando, aún no había sido liberada. Estaba deseando verla, y si para ello tenía que ofrecerse voluntario para luchar en aquel frente, lo haría sin dudarlo.

Muy pronto perdí la cuenta de los puestos de vigilancia que pasamos. En todos ellos los requetés, con sus boinas rojas y sus novísimos fusiles, nos pedían nuestra identificación. Borja aprovechaba para salir del coche el primero y desplegar sobre el capó el arsenal de documentación que llevaba en los bolsillos. Empezaba por su cartera militar, con fecha de expedición del 20 de enero en Alcalá de Henares, que lo identificaba como alumno de caballería; seguía con el talonario de cincuenta vales para viajar en ferrocarril emitido por el Ministerio de Guerra; añadía su pasaporte, tramitado en San Sebastián en agosto del año anterior, los salvoconductos y las estampas del Cristo de los Desamparados, del de las Batallas y de san Miguel. Eso terminaba por dejarles claro de qué lado estábamos y nos levantaban la barrera.

Nada más llegar a Pamplona, nos despedimos en la plaza del Castillo. Los periodistas se fueron en su coche, yo me dispuse a reservar en el hotel La Perla y Borja se fue corriendo a presentarse en la comandancia. Nos veríamos a la hora de la cena.

Me alegré de llegar a tiempo para reservar las últimas dos habitaciones que les quedaban con baño individual, algo extraño por aquel entonces.

El recepcionista fue el que me informó de que la Cruz Roja estaba impartiendo unos cursillos acelerados a las mujeres que, como yo, ansiaban formar parte del grupo de las Damas Auxiliares de Sanidad Militar. Cuanto antes comenzase, mejor.

Me dirigí al inmenso edificio que a las afueras, no muy lejos de la catedral, había sobre un promontorio. Si no fuese por la descomunal cruz que ornamentaba su fachada principal, hubiese parecido más una fábrica que otra cosa. Debajo de ella y sobre el soportal se podía leer «Hospital Alfonso Carlos».

Aquel sanatorio llevaba el nombre del candidato que los carlistas hubiesen querido como rey, siguiendo la línea hereditaria del hermano de Fernando VII en vez de la de Isabel II. Menos mal que el rey Alfonso XIII y su tío Alfonso Carlos habían firmado, hacía cuatro años, un acuerdo de paz entre los legitimistas y tradicionalistas, para que todos los monárquicos se uniesen en un solo bando contra el ateísmo de la República, con independencia de sus preferencias. Rodeada como estaba de sus boinas rojas, me sentí protegida.

Antes de entrar, me detuve frente a su inmensa portada para alzar la vista y observar el lugar que desde ese mismo momento me daría la oportunidad de colaborar en la contienda. Los cientos de ventanas dispuestas en una hilera delataban la verdadera función de aquel edificio que hasta hacía dos semanas había sido el seminario conciliar, y que el obispo había entregado a la causa describiéndolo como «un requeté más al servicio de Dios y de España».

Estaba novísimo. De hecho, se había inaugurado tan solo hacía tres meses y los seminaristas, al salir de vacaciones, nunca supusieron que sus celdas serían ocupadas por los heridos de guerra quince días después.

En el vestíbulo, me sorprendió la luminosidad que se filtraba por todos aquellos ventanales. Buscando el lugar para alistarme, pasé frente a una de las capillas y aproveché para pedir al Señor que intercediese para que todos encontrásemos pronto nuestro lugar en la contienda. Me alegré de ver a tantos hombres rezando fervorosamente el rosario y los acompañé durante la letanía que tocaba para luego seguir con mi propósito.

Al salir, topé con una de las mujeres de la confederación católica, que me ofreció la posibilidad de impartir alguna clase en los cursos de catecismo que estaban organizando. Con toda la amabilidad que me fue posible, le hice ver que mi intención principal no era otra que la de ayudar en enfermería y que, de todas maneras, alababa su iniciativa porque así los enfermos sanarían en cuerpo y alma de una sola vez. No insistió.

Después me dirigí a las oficinas donde debía dar mis datos. Allí tomó nota de mi nombre uno de los cuatro sacerdotes que quedaban, mientras otras muchas mecanógrafas elaboraban los ficheros de altas y bajas de aquel día. Frente a mí, había sentados en un banco varios jóvenes mutilados que, ante la frustración de haber sido declarados inútiles para luchar apenas iniciada la contienda, venían a ofrecer sus servicios como voluntarios. Fue precisamente uno de estos el que me fue asignado para guiarme por aquel laberinto de pasillos.

Estaba deseando empezar y se me hizo eterno el paseo de casi una hora que di junto a ese joven, que entusiasmado se detenía en cada cuarto, hasta terminar en las terrazas de arriba. Allí paseaban varios de los heridos que, levemente restablecidos, ya podían caminar por sí mismos o con muletas.

Me detuve un momento para mirar el paisaje. Serpenteaba a nuestros pies el río Arga, y mi guía, emocionado por la vista, empezó a señalar una por una las montañas: las cumbres de Dos Hermanas, la de San Miguel de Aralar, conocida por ser la senda del ángel que tantos soldados como Borja veneraban, y, más allá, los picos de Osquía, la sierra de Andía, las peñas de Echauri, la Higa de Monreal, Izaga y Mendillorri.

Después de aquella intensa lección de geografía, por fin me llevó a ver a la jefa de enfermeras. Estaba sentada en una mesita a la entrada de una de las inmensas salas de enfermos. Para mi sorpresa, había mucha más ocupación de lo que nunca hubiese creído. Y eso, recién comenzada la guerra. Estaba claro que en muy poco tiempo las duchas manos de las religiosas no bastarían. Altiva, me tendió la mano, a lo que yo respondí sumisa, entregándole la carpeta con mis datos personales.

—Buenas tardes, María. Soy María Isabel Baleztena. Veamos.

Callada, esperé a que leyese detenidamente la ficha que de mí habían elaborado en las oficinas. En ella constaba que sabía leer y escribir, mecanografía, francés e inglés, coser y bordar, montar a caballo y tirar. Ella sería la que decidiría, según mis aptitudes, si me destinaba a oficinas, cocina, ropería, limpieza, farmacia, sala de rayos X o enfermería. Humildemente, no quise hablar de mi procedencia para no tener un trato preferencial. Esperaba que no fuese demasiado exigente, pues yo no quería otra cosa que estar en las salas de enfermos o en los quirófanos.

La analicé para hacerme una idea de cómo abordarla y hacérselo saber. Doña María Isabel, sin duda, era una de esas mujeres serias, trabajadoras y responsables a las que todo el mundo respetaba y nadie, ni siquiera las monjas, se atrevía a contradecir. Una mujer afable que no se andaba por las ramas, quizá porque el tiempo allí no le sobraba a nadie. Cerrando la carpeta me miró fijamente a los ojos.

—Bien. Con estas cualidades solo podría destinarla a oficinas o a ropería. Pero… ¿qué es lo que le gustaría?

No lo dudé.

—Un lugar en esta sala u otra similar. No me asusta la sangre y aprenderé rápido.

Asintió.

—No lo dudo. Con lo que se avecina necesitamos enfermeras cualificadas, así que tendrá que esforzarse. Solo depende de usted demostrar lo que vale en el menor tiempo posible.

Miró a mi particular lazarillo.

—Llévala a la sala de primeras curas. Allí dará su primera lección.

Sonreí.

—No la defraudaré.

—Estoy segura de ello. Tome este vale y pase antes por ropería. Allí le entregarán su uniforme.

Al entrar en los sótanos donde debían facilitarme mis nuevas vestimentas me sorprendió la cantidad de mujeres que allí había. Monjas y seglares daban lo mejor de sí mismas con abnegación. No solo se afanaban planchando y lavando en unas máquinas industriales las sábanas y las vendas sucias, también zurcían y remendaban a mano o a máquina los uniformes ensangrentados, quemados y agujereados que de las salas de los enfermos les mandaban para poder darles un segundo uso. Se avecinaban tiempos de carestías y aquello era el mejor ejemplo de ello.

Me cambié en un pequeño cuarto que las enfermeras tenían reservado para descansar. Una estancia que en el futuro no volvería a ver más que de soslayo, dado que no había demasiado tiempo para el reposo.

Vestida por completo de blanco, con la toca de enfermera revoloteando al viento, colgué en el perchero de la entrada mi capa azul con su cruz de Borgoña y, arremangándome, me dispuse a comenzar.

Entraba en aquella estancia del dolor dispuesta a todo. No solo a ser la que los curara, sino también a ser su hermana si fuese necesario, su paño de lágrimas, su escritora de cartas, la lectora incansable de los insomnes, la oyente de sus desconsuelos y, sobre todo, su animosa muleta. Como una niña ávida de conocimientos, pensé que allí practicaría mejor que en ningún otro sitio. Soñaba con contener hemorragias, aliviar el dolor o ayudar a morir en paz a los soldados que no tuviesen remedio. Pero en ese momento la sala estaba vacía. A la espera de que sonase la campana anunciando la llegada de nuevos pacientes, decidí acercarme a la contigua. Allí mis compañeras atendían a heridos ya operados.

En cada uno de sus compartimientos había una cama con cabeceros de barrotes blancos. Me acerqué a la primera. Su ocupante, con la cabeza entera vendada, no se percató de mi cercanía. A los pies de su cama había una ficha colgada con su nombre, procedencia y el mal que padecía. Las sábanas impolutas envolvían con su embozo unas rasposas mantas con tres franjas azules en los costados. Como todo mobiliario tenían una pequeña mesilla de noche para compartir cada dos y un humilde crucifijo colgado en la pared para velar por sus almas. Sobre una balda esquinera, las monjas habían colocado una pequeña Virgen con el niño en brazos a modo de altarcillo, con un reclinatorio enfrente y varios jarroncitos donde muchos enfermos que ya podían pasear colocaban las flores silvestres que traían del campo.

Hasta el fondo de la sala, la misma escena se repetía muchas veces, como si estuviese reflejada en dos espejos enfrentados.

A la espera de que alguna de mis compañeras viniese a darme una ocupación, busqué a un enfermo en particular con el que hablar. La mayoría eran jovencísimos, y el que no tenía la cabeza o el torso vendados tenía amputado algún miembro. No necesité demasiado tiempo para darme cuenta de cómo cada uno tenía su peculiar manera de afrontar el quebranto. Estaban desde los que orgullosos enarbolaban sus muñones alardeando de haber sido de los primeros en ofrecer su sacrificio a España hasta los que, mucho menos maltrechos, seguían sin pronunciar palabra, con la mirada perdida y casi en estado catatónico. Pavor me daba imaginar qué escena era la que tenían anclada en la mente.

La paz de aquella estancia se vio truncada repentinamente por el tintineo de la campana que anunciaba la llegada de nuevos pacientes. Recordé los dictámenes de doña María Isabel y corrí a la entrada.

Si mi primer contacto con los enfermos fue duro, aquello resultó sobrecogedor. No sabía por dónde empezar ni a quién atender primero, pues todos venían destrozados. Después de un momento de pánico silencioso, el sentirme como un estorbo en medio de aquella agonía me impulsó a moverme con rapidez. Con un ojo en el enfermo y otro en mis compañeras, elegí a los menos malos para estrenarme. Podría haber tenido miedo a dar un paso en falso, pero no lo tuve porque comprendí que no intentarlo aceleraría la muerte de cualquiera. Aquel tortazo de trágica realidad me enseñó en apenas un segundo a endurecer mi alma lo suficiente como para mantener el pulso firme sobre aquellos maltrechos cuerpos.

El trabajo y mis ansias por aprenderlo todo el primer día fueron tan fuertes que no pude regresar al hotel hasta bien entrado el atardecer. Allí, en la cafetería, estaba Borja esperándome. Fumaba contento un cigarrillo tras otro y, como yo, ya se había despojado de las ropas de civil. Sonrió al verme.

—Ya veo que a ti también te han vestido para la ocasión. Estás guapísima con ese uniforme impoluto, y veo que no has tenido que cosértelo tú misma. Esa blancura de la ropa refleja la caridad, el sacrificio, la lealtad, la prudencia y la vigilancia que se os demanda a todas las enfermeras. Mira, en cambio, yo. ¡No sabes la rabia que me da el haberme dejado mi flamante uniforme en Requesens! Este es el único que me han podido proporcionar en el cuartel del Batallón de Sicilia. ¡De dónde lo habrán sacado!

Se puso de pie para que lo pudiese ver mejor. Descolorido, polvoriento y remendado en varias partes, realmente daba la impresión de haber sido pisoteado por un tanque. Lo complementaba con un cinturón anudado y sin hebilla que apenas le ceñía la guerrera y unas cuarteadas botas.

A pesar de todo, sonrió.

—Mira. El pantalón es de dos tallas más que la mía, al gorro le faltaba el borlón y las polainas están comidas por las polillas.

Dándole un repaso de arriba abajo, solo pude bromear:

—¡Con lo pollo pera que a ti te gusta ir! Espero al menos que esa pistola del nueve largo esté puesta a punto. ¿Cómo vas a empezar la guerra hecho un desarrapado? Sinceramente, creo que un uniforme nuevo te infundirá más ánimo aún del que traes. A mí no me importa que te gastes el dinero que nos ha sobrado del viaje a Pamplona para encargarte un uniforme en condiciones.

Apagó el cigarro, dio un sorbo al café.

—Gracias, hermanita. ¿Qué tal te ha ido a ti? Yo he tenido la inmensa suerte de encontrarme con el comandante Malcampo. Es uno de los que estuvieron presos en Villa Cisneros con Jaime e Íñigo, y he apelado a él para que me manden lo más cerca posible de San Sebastián. Espero que me hagan caso. Así podré entrar victorioso en casa de los Revillagigedo para ver a Rafa el día que caiga en nuestras manos.

Después de haber descubierto en el hospital lo que nos llegaba de la contienda, me asustaban las ganas que tenía de irse a primera línea de fuego, pero no le dije nada. Desde la plaza del Castillo oímos el repicar de las campanas de la catedral que llamaban a misa y decidimos acudir.

A la salida topamos con un soldado que nos tendió un sobre. Lo abrió nervioso. Lo leyó, sonrió y asintió.

—Querida María, hoy nos vamos a dar un homenaje. Te invito a cenar antes de acudir al frente.

La voz me tembló:

—¿Ya?

—Malcampo me ordena incorporarme a una compañía que sale a las cinco de la tarde de mañana en un tren rumbo a Beasain. Por lo que muy a mi pesar, cuando llegue el príncipe de Asturias a Pamplona, no estaré. Espero que le des mis recuerdos a don Juan.

—¿A Beasain? Ya es casualidad que vayas a ser tú el que liberes Lazcano. Estarás tan cerca…

Asintió contento, quizá porque, al contrario que yo, aún no había tomado un contacto tan directo con la realidad de la guerra.

Al día siguiente fui al hospital, pedí permiso para salir a mediodía y le acompañé a encargarse un uniforme nuevo para cuando regresase y a despedirle en la estación. Por todo potaje llevaba un morral con varios botes de leche condensada, una manta blanca, algunas chocolatinas y una barra de pan.

No pude más que reírme.

—¡Qué nutritivo! Han debido de verte tan delgaducho que te quieren engordar con azúcar. Procura comer fruta y verdura si no quieres terminar mal.

Gruñó. Desde niño siempre le había costado comer. Aquel placer era como si le aburriese. Ignoraba que muy pronto sabría lo que es padecer hambre.

Me despedí.

—Intentaré hablar con mamá para decirle que estamos bien. ¿A qué hora crees que llegarás?

Dudó.

—Por la última vez que hice este viaje, sobre las ocho de la tarde, pero ya sabes cómo han cambiado las cosas.

Le abracé con fuerza.

—Ojo avizor, hermano.

Sonó el pitido de partida y, tras echarse el macuto a la espalda, me besó en la mejilla.

La primera semana solo pisé el hotel para dar un breve descanso a mis huesos, pues, al no estar Borja, apenas nada me retenía allí y prefería acelerar mi aprendizaje en el hospital echando horas.

Mi preocupación fue en aumento cuando comenzaron a llegarnos heridos del frente donde él estaba. Por muy halagüeñas que fuesen las noticias, el goteo no cesaba. El director del hospital, don Andrés Martínez, había reclutado a otros muchos médicos que, como nosotras, trabajaban a destajo.

Por aquel entonces, los armarios estaban llenos de medicamentos, el poderoso azul de metileno con el que desinfectábamos las heridas antes de operar no faltaba y no teníamos problemas para alojar a nadie, pero aquel hospital de sangre, que a finales de julio era como un palacio de salud, se fue transformando con los días, y lo que en principio fue amplitud se estrechó.

Entregada en cuerpo y alma a la causa, no tardé demasiado en obtener mi título oficial de medicinas, inyecciones, curas, asepsias y vendajes, y la especialización de ayudante de quirófano. Confiaba en que en un futuro no muy lejano me diesen la dirección de una de las salas, a pesar de no pertenecer al selecto grupo de las veteranas Margaritas de Navarra, las dueñas y señoras del hospital. Aquellas carlistas de pro a las que admiraba no podían esconder su predilección por los requetés, a los que colmaban de cuidados en detrimento, a veces, de los pobres regulares. Una pequeña injusticia que, si yo conseguía tener un poco más de poder, intentaría remediar.

Las Margaritas hacían de todo. Trabajaban como cantineras en el reparto de alimentos de la intendencia, como enfermeras administrando las medicinas y como ángeles de la caridad con libre albedrío para elegir al que recibía la donación. Las tomé como un ejemplo desde el primer momento porque, dejando a un lado a tradicionalistas y a liberales, o a don Carlos y a don Alfonso, éramos todas cristianas monárquicas y ahora estábamos unidas. No merecía la pena recordar viejas rencillas, al menos hasta que llegase el momento de, terminada la guerra, instaurar la monarquía.

Fue una mañana de finales de julio cuando mis temores más profundos se hicieron realidad. Allí, en una esquina, había un soldado que por su propio pie había bajado del camión sin necesidad de camilla. Apoyado en una esquina y con el brazo izquierdo vendado, reconocí aquella afilada nuca por las orejas de soplillo que asomaban. ¡Era Borja, que en menos de una semana de contienda regresaba herido! Corrí a auxiliarlo, pero me rechazó:

—Déjalo, María, atiende antes a todos los que están peor que yo; puedo esperar.

Era como si en una semana hubiese envejecido tres años. La lozanía de su juventud le había abandonado, los pómulos se le habían marcado aún más y el pantalón que hacía una semana parecía dos tallas más grandes ahora pendía como de una percha. Hasta su sonrisa abierta de siempre me resultaba diferente. ¡Qué había sido de esas paletas separadas! Al ver que me fijaba en su boca, sonrió.

—Un compañero de trinchera, en pleno fragor de la batalla, me arreó un culatazo que me juntó los dientes. Aún me duele la mandíbula, pero eso no es nada. Por Dios, atiende a los demás, que ya tendremos tiempo de comentarlo.

Sin advertirle, tiré fuerte de la venda, arrancándole la costra seca. Una leve mueca le hizo aparentar dolor. Inmediatamente, empezó a sangrar de nuevo. La bala le había atravesado el brazo limpiamente, con una trayectoria de entrada y salida, pero no parecía haberle afectado demasiado a la movilidad de ningún músculo. Le pedí que esperase para atender a los más graves y, cuando terminé, yo misma le guie a la sala de curas para desinfectarle la herida. Apenas se sentó, empezó a contarme:

—Desde que me despedí de ti han pasado mil cosas. Al contrario de lo que pensamos en un primer momento, no fuimos directos a Beasain. El tren nos dejó cerca de Echarri y desde allí nos llevaron en camiones a unas casas abandonadas por los migueletes en el alto de Lizarrusti. Allí dormimos para empezar a andar al día siguiente hasta llegar a Ataun. Atrás dejábamos Navarra para entrar en nuestra querida Guipúzcoa y casi tocar nuestra casa cuna en Lazcano. No me preguntes por qué, pero al anochecer, caminando entre los inseguros bosques, me vino a la mente aquella canción que tú me enseñaste de niño, y tararearla me calmó.

Hice memoria.

¿Para engañar al miedo?

Asintió.

—Solo la tarareaba sin letra por el temor a que alguien me pudiese acusar de cobarde. Y eso que la letra era precisamente la que me infundía valor, pero cómo explicárselo a los demás. El día de Santiago Apóstol, paramos en una posada del camino, donde había un grupo de Margaritas que nos dieron una especie de escapulario de hierro con la imagen del Sagrado Corazón, que prometimos proteger con nuestra vida. Los llaman detentes porque, según ellas, son como talismanes que nos protegen al entrar en combate. Todos los requetés llevan uno y pensé que a mí no me sobraría. Había muchas mujeres jóvenes entre ellas.

Suspiró.

—Entre tantas, esperé verla, pero no la encontré. ¿Sabes algo de ella?

Me hice la despistada.

—¿De Rafa?

Asintió.

—Debe de seguir en San Sebastián y, como bien sabes, aún no ha caído, aunque no tardará mucho. Poco más; de papá, Cristina y los hermanos, que siguen escondidos en Madrid. Pero… deja de preocuparte por los demás y dime cómo te han herido.

Adquirió un aire de lo más circunspecto.

—Prefiero no entrar en detalles, querida hermana, para no herir tu sensibilidad. Es mi manera de quitar hierro al asunto. Tan solo te diré que en las trincheras, si no eres tú el que quitas la vida, te la quitan. Eso es lo que nos impulsa a disparar sin más. Llámalo legítima defensa si quieres. Es como un juego en el que la fortuna tiene mucha más relevancia que el ser un buen tirador. Si nos detuviésemos a pensar que las dianas son hombres, enloqueceríamos.

Le tembló la voz y se sumió en un repentino silencio. Aproveché para pegarle el último tirón de la venda que le quedaba pegada a la herida. No sería yo la que le preguntase si ya había matado a alguien. Como testigo directo de lo que a diario recibíamos en el hospital, tampoco le preguntaría por las bajas. Refranes como «ojos que no ven, corazón que no siente» o «lo que no se menciona no existe» se convertirían en mi particular divisa para subsistir. Por ello, intentaba eludir de un modo u otro a todo el que se empeñaba en narrarme con pelos y señales lo recientemente vivido. El silencio de un herido o su profunda mirada acuosa bastaban para imaginarlo, y no necesitaba escucharlo.

Echando mano del azul de metileno, comencé a desinfectarle la herida antes de ponerle una venda nueva.

—No sabes lo que voy a disfrutar contándoles a papá y a los hermanos cómo tomé el palacio y el pueblo de Lazcano. En cuanto termines, me siento a escribirles.

Suspiré sin querer decirle que los de Madrid jamás recibirían esa carta que se disponía a redactar porque no tendría manera de mandársela. Parecía disfrutar evocando el recuerdo.

—Que quede entre nosotros: si te he de ser sincero, no nos costó demasiado, y si esta guerra es siempre así, la tenemos ganada. La mayoría de las mujeres del pueblo vinieron a preguntarme por cuándo vendrían nuestros padres. Están ansiosas por tener trabajo de nuevo.

Sentí contradecirle.

—Lo que no saben las infelices es que, después del expolio que hemos sufrido, casi no tendrán para pagar los sueldos de la mitad de las que contrataban antes.

Con el brazo sano me pegó un pellizco.

—¡Agorera! Deja ya las lamentaciones y piensa que esto terminará mucho antes de lo que creemos. Por el avance de las tropas nacionales ya hemos recuperado lo que tenemos en Andalucía y nuestro querido Lazcano. El resto no tardarán en devolvérnoslo.

—No seas tan optimista y ándate con cuidado. Mira a tu alrededor, Borja. Escuchándote, cualquiera diría que disfrutas jugando a los soldados. Si todo es tan fácil, no sé qué haces aquí herido. Hoy has tenido suerte, pero…

—No sigas por ahí, hermana. Las guerras no se ganan con pesimismo.

—Eres un loco.

Sonrió.

—Deja de refunfuñar. Por cierto, al bajar del camión he topado con Pilar Martínez Campos y María Rosa San Rafael. ¡Qué maravilla todo lo bueno que hay en este hospital! No sabes cómo alardeé ante ellas de mi primera herida de guerra, de mi bautismo de sangre y de mi redención.

Tanta pasión me dolía y enorgullecía a pesar de sonar a suicidio, pero eso es lo que tiene la juventud. Una osadía sin medida. Curado, desinfectado y con su brazo en cabestrillo, le despedí.

—Ahora, Borja, deberías cambiarte esa camisa manchada de sangre. Tengo guardia esta noche, así que te veo en La Perla a la hora de desayunar.

—¿Y el alta?

—Aún no estás para eso. Anda, vete a descansar.

—Escribiré a Elisa para contarle todo y que ella se lo diga a mamá.

—Edulcora lo que puedas y evita lo escabroso, por favor.

Sonrió.

Pamplona, 30 de julio de 1936

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Queridos Íñigo y Jaime:

Os escribo porque necesito compartir esto con vosotros y que os sintáis orgullosos de una vez por todas del enano de la casa. Nadie mejor que vosotros para entender mi euforia y valentía.

¡Me he bautizado de sangre! ¡Quién iba a pensar que, después de todo lo que anduvimos por los montes, sería justo en Lazcano! Casualidades de la vida, supongo. Los días anteriores habíamos oído en la lejanía algún que otro tiro aislado, pero yo aún no había tenido la oportunidad de probar mi pistola del nueve o apuntar con mi fusil.

Como supondréis, estaba deseando entrar en el pueblo y ver qué había sido de nuestra casa y de los monasterios que la escoltan. Pensé que lo primero que haría al hacerlo sería ir a las tumbas de nuestros antepasados para rezar al almirante Oquendo y pedirle el valor necesario para participar en la contienda.

A las puertas de la villa, dispararon varios francotiradores que, apostados estratégicamente en los campanarios, intentaban impedirnos el paso. No duró demasiado la lucha, ya que, al comprobar que éramos muchos más, optaron por la retirada. Solo pudimos apresar a un miembro de la Guardia Roja que corría despavorido a esconderse en el bosque. Atrás dejaban dos coches repletos de fusiles, ametralladoras, pistolas y munición. Fue nuestro primer trofeo de guerra sin tener que lamentar una sola baja.

Los pocos que se atrevieron a salir a la calle nos miraban con cierta desconfianza. El recelo desapareció cuando don Salvador gritó mi nombre. A pesar de mi aspecto infecto después de algunos días de caminata, el párroco me reconoció y vino corriendo a la fila para abrazarme. Tras él, apareció Feliciana, la hija de Francisco Altolaguirre, el administrador del palacio, que entre balbuceos desesperados trataba de explicarme que a su padre se lo habían llevado detenido los republicanos a Beasain por haber tratado de impedir que entraran a saco en nuestra casa. Imaginaos su cara. Las lágrimas se le escapaban. La tranquilicé con la promesa de que al día siguiente iríamos a liberarlo para traerlo de regreso sano y salvo. Mientras tanto, le pedí que procurase ocupar sus pensamientos en otras cosas, como, por ejemplo, en hacer todas las camas del palacio para dormir esa noche a cubierto con mis compañeros de lidias. Lo celebraron todos porque aún teníamos los huesos calados del relente de la noche anterior, cuando nos vimos obligados a dormir en un destartalado caserío perdido en el monte. ¡Si la hubieseis visto! Su impulso la llevó a cubrirme la cara de besos mientras el resto de las gentes del pueblo no sabían muy bien si llamarla al orden o sonreír. Al ver que yo la abrazaba, se relajaron.

Esta guerra, si algo ha hecho, es acercarnos a todos. ¡Estaban felices de que hubiésemos llegado a liberarlos! Sus vivas nos regocijaron. Apenas tardé cinco minutos en cambiar las banderas que ondeaban en el ayuntamiento y nuestra casa por la roja y gualda.

Serían las seis de la mañana cuando, después de un buen descanso, nos pusimos en marcha hacia Beasain. Le había prometido a Feliciana que liberaría a su padre y así lo haría. Amanecía. Don Salvador subió a la torre de la iglesia, oteó y con un gesto nos advirtió del paso libre.

La estrategia estaba trazada. Nuestro primer objetivo sería tomar los hotelitos de ingenieros de la fábrica donde el enemigo había montado su cuartel. Avanzábamos poco a poco por los maizales cuando comenzó el fuego cruzado.

Siento deciros que el comandante Malcampo, vuestro compañero en el presidio de Villa Cisneros y el que me ayudó, por ser vuestro hermano, a entrar a sus órdenes, fue el primero que cayó justo después de abatir al jefe de los enemigos. Martínez Irujo tomó el relevo.

A excepción del endeble parapeto que nos ofrecía el sembrado, poco más nos salvaguardaba del silbido amenazador de aquella ráfaga de balas. Ellos, en cambio, nos disparaban desde los tejados de las edificaciones. Como reptiles, íbamos arrastrándonos cuando de reojo vi a mi compañero pegar un brinco. Ni siquiera tuvo tiempo de musitar un gemido. Había caído fulminado por un tiro en el cráneo a tan solo un metro de distancia de mi posición. A lo lejos oí la orden de frenada. Por un momento cesaron los tiros. El latir de mi corazón desbocado casi se hizo audible. Tumbado junto al cadáver de mi compañero, me encontré con su mirada inerte. Mi propia respiración le levantó el flequillo. No pude más que cerrarle los ojos. Pensé que, si algún día me toca el turno, me gustaría morir de la misma manera. Lo arrastré hacia un agujero que me serviría de trinchera natural y lo tapé con mi manta, y tuve que dejar para un momento de más calma mis rezos por él. A la espera de la orden de avance, cargué de nuevo los cinco cartuchos del mosquetón y me encendí un pitillo. A la orden de avance, lo tiré y me puse de pie entre los maizales para comenzar a disparar.

Diréis que estoy loco, pero mis compañeros necesitaban un aguijón que los estimulase y decidí ser yo su acicate, encomendándome a Dios. Solo el tiro que me dieron en el brazo izquierdo consiguió que me agachase de nuevo entre las altas plantas. Herido y todo, continué adelante la siguiente media hora que tardamos en tomar la plaza, y por mi mismo pie entré en el dispensario que las hermanas bernardas improvisaron en su convento.

Como podéis comprobar, estoy bien, cuidado por nuestra hermana María en el hospital de Pamplona y deseando que me den el alta para seguir luchando hasta que podáis venir a ayudarme. Mientras, dadle un abrazo a papá de mi parte y cuidaos.

Vuestro hermano, que os quiere,

F. Borja