Madrid

Otoño de 1933 - otoño de 1934

Hacía casi ocho meses que no pisábamos la capital. Nada había mejorado, a excepción de una cierta esperanza que muchos de nuestros amigos emanaban al estar a las puertas de las elecciones. Se nos presentaba la oportunidad de acabar con todas esas intenciones reformistas con las que el Verrugas nos había amenazado, y no la íbamos a desperdiciar.

Aquel otoño, los muros de los edificios más representativos de la ciudad desaparecieron bajo una costra de sucia propaganda electoral que, noche tras noche, se engrosaba, pues cada partido pegaba su proclama sobre la de sus opositores, y así sucesivamente. En una pared hoy se leía «Viva el rey»; mañana, «Viva la República»; pasado, «Votad a las derechas», y al otro, «Votad a las izquierdas». Un verdadero mareo de información que a nadie convencía, ya que todos teníamos muy claro de qué pie cojeábamos. Entre los papelotes y las otoñales hojas que alfombraban las calles, las aceras amanecían como verdaderos estercoleros.

La mañana del 19 de noviembre, las cinco mujeres de casa, incluida Teresa, que iba con la pequeña Imelda en su cochecito, nos dispusimos ufanas a ejercer ese derecho al voto que por primera vez en España se nos había concedido. Si no hubiera sido por la presencia de mi padre, aquello hubiese parecido un verdadero matriarcado. Echamos de menos a los tres chicos, pero sus condiciones de preso, fugado y menor de edad les imposibilitaban acompañarnos.

A nuestro favor teníamos que mientras los partidos de derechas estaban decididos a pactar, los de izquierdas andaban a palos entre ellos. Por otro lado, la CNT aconsejaba la abstención y eso, sin duda, nos ayudaría aún más.

Los meses anteriores los había pasado leyendo todo lo que en mis manos caía referente al sufragio universal. Aquello era un hito en la historia y no era para menos. Cuando en la Constitución del treinta y uno a las mujeres se nos reconoció el mermado derecho de poder ser votadas sin votar, dudé de que un solo hombre accediese a elegir a un miembro del sexo opuesto para gobernar, pero me equivoqué.

Fueron Clara Campoamor, Margarita Nelken y Victoria Kent las que consiguieron ocupar sus primeros escaños, abriendo una gloriosa fisura en la que tendríamos que seguir profundizando.

Ser votadas y poder votar no fue fácil. Tuvimos que escuchar cosas tan absurdas como que nosotras solo éramos el vivo reflejo de la pasión, la emoción y la sensibilidad; que desconocíamos lo que era la reflexión o, lo que es peor, que el histerismo no era para nosotras una enfermedad, sino algo inherente a nuestra naturaleza, y precisamente por ello recurriríamos a nuestros maridos, padres o confesores para saber qué elegir.

La verdad es que detrás de aquel telón de menosprecio hacia el sexo femenino solo se escondía un temor: que el consejo de la Iglesia inclinase la intención de sus feligresas hacia las tendencias más conservadoras. ¡Qué estupidez pensar así! ¿O es que los hombres de izquierdas no tenían mujeres a las que manipular?

La indignación que me provocaba el saber que de nuevo se ponía en entredicho nuestro libre albedrío me carcomía las entrañas. Y lo peor era que la abanderada de aquellas obsoletas ideas era una congénere. ¡Dichosa Victoria Kent! Muy a su pesar, aquel día, por primera vez en la historia, siete millones de españolas elegiríamos nuestro destino. Meter la papeleta en la urna fue una verdadera satisfacción.

Pegados a la radio, impacientes, escuchamos las noticias. Tardaron en hacer el recuento, pero por fin el triunfo estaba claro. ¡La coalición de derecha no republicana había arrasado con doscientos diputados, los centristas de Lerroux habían conseguido ciento setenta y la izquierda al completo apenas un centenar! Por fin la Iglesia católica quedaría protegida de las incineraciones a las que se había visto sometida, quedaría abolida la dichosa reforma agraria que pretendía dejarnos en la indigencia e Íñigo y Jaime podrían entrar en España con la cabeza bien alta, ya que en el programa electoral se habían comprometido a dar la amnistía por los delitos políticos.

Era tanta la alegría que incluso nos atrevimos a soñar con la posibilidad del regreso de la familia real, algo que se nos borró de la mente al saber que Lerroux y Gil Robles habían pactado y, como mi padre vaticinó, don Alejandro, al ser centrista y menos radical, sería el nuevo presidente.

Aquel era un faro de luz que, si no fulgurante, había que mantener encendido como fuese. Lo celebraríamos en cuanto estuviesen todos definitivamente en casa.

El 8 de diciembre, día de la Inmaculada Concepción, la apertura de las Cortes fue tranquila pese a los temores de muchos. La Virgen debió de ayudar a ello. Yo, como en otras ocasiones, fui la encargada de ir a recoger a Borja a la estación del Mediodía.

De camino a casa me contó mil y una cosas de nuestros amigos exiliados en París, a los que veía con frecuencia a pesar de la amenaza de expulsión de su rector si persistía en su afán de hacer novillos. Desde la cercana Versalles, la tentación de visitar la Ciudad de la Luz era grande y no se podía resistir. Allí se entretenía buscando novias para Íñigo y Jaime, y le preocupaba que, rezagados, llegasen tarde para cobrarse las mejores piezas, ya que las rondaban mil y un moscones. De vez en cuando, coincidía con las infantas, que nos mandaban recuerdos.

Cuando por fin se calló, pude hablarle de la sorpresa que le tenía preparada. Aquella misma tarde había quedado con Rafaela y su hermana Maruchi justo debajo del Nuevo Club, en el recién abierto café Ivory. Seríamos de los primeros clientes, ya que su dueño no pensaba hacer la inauguración oficial hasta finales de mes.

Sentados a la espera de que llegasen, no pudo disimular su impaciencia. No sabía si Rafa le había contestado a ese poema de amor que meses atrás le mandó mientras estaba convaleciente en el hospital, pero su aceptación a la invitación dejaba claro que alguna carta más entre los dos debían de haberse escrito.

Como Borja, ella también había cambiado mucho y, a pesar de ese dulce rostro aniñado, su cuerpo ya era el de una mujer. A sus dieciséis años, sus hermanas mayores la debían de haber aleccionado sobre cómo resaltar sus virtudes sin parecer osada. Su traje de chaqueta color ciruela se ceñía a su diminuto talle con un cinturón. Y, discreta en sus aderezos, solo llevaba en la solapa un broche con la medallita del Sagrado Corazón, dos pendientes de perlas, un tono suave de carmín en los labios, medias de seda con costura trasera y medio tacón en sus zapatos.

Los primeros instantes en que se vieron uno sentado frente al otro resultaron comprometidos, ya que ella, tímida por naturaleza, apenas musitaba una palabra ante las chanzas y bromas forzadas de Borja.

Mi hermano evitaba la posibilidad de un incómodo silencio con mil palabras huecas, mientras ella hacía todo lo posible para no encontrarse directamente con su mirada. Centró su atención en una reluciente placa que había colgada a la derecha de la puerta de entrada. La voz del dueño nos interrumpió.

—No sé si la señorita logra leerla desde aquí, pero en ella he querido rendir un homenaje a los arquitectos que hicieron la obra. ¿No cree que se lo merezcan?

Asintió mientras el hombre, orgulloso, quiso seguir vendiéndonos el moderno local.

—Ahora hace frío y lo tengo cerrado, pero aunque no lo crean, cuando mejore el tiempo, el escaparate entero desaparecerá.

Consiguió captar mi atención.

—¿Quiere decir que toda esta pesada fachada de mármol, cristal y metal es como una persiana?

Asintió satisfecho:

—Fue su padre el que precisamente me puso en contacto con los ingenieros que diseñaron esa compleja maquinaria de fornidas poleas.

Borja no pudo evitar alardear sobre ello.

—No me extraña, ya que su pasión frustrada siempre ha sido la ingeniería industrial. ¡Si vieseis su despacho! Suele estar lleno de emborronados planos que solo él entiende.

Rafa por fin se atrevió a intervenir:

—¿Y tú has heredado las mismas inquietudes?

No pude más que reírme.

—No, Rafa, a él la vocación por la milicia casi no le deja tiempo para pensar en otra cosa.

A Borja no le sentó bien el menosprecio. El dueño se despidió de nosotros invitándonos a todo lo que tomásemos esa tarde. Apenas se alejó, Borja de nuevo monopolizó la conversación. Rafa, ante la imposibilidad de meter una cuñita, de nuevo alzaba la mirada hacia los artesonados de exótica madera rojiza que cubrían los techos.

La inseguridad los coartaba y pensé que quizá tendrían que madurar un par de años más antes de comprometerse. Nos despedíamos cuando la música ambiental de la radio cesó para dar paso a un comunicado. Desde detrás de la barra, el dueño subió el volumen. ¡Otra insurrección liderada por la FAI y la CNT en Aragón y La Rioja!

Me preocupé. La insurrección del Alto Llobregat, el drama de Casas Viejas y ahora esto. Estaba por ver cuántos huérfanos dejaban esta vez. ¡Algo había que hacer! O estaba claro que no cesarían hasta conseguir someternos a su temible comunismo libertario. ¿Qué libertad era esa que demandaban cuando el pueblo acababa de acudir a las urnas y ni siquiera les daban tiempo a constituir el nuevo Gobierno?

Nos despedimos de Rafa y de su hermana Maruchi. Esta última, sumamente alterada por la noticia, calmó su desasosiego zampándose en tan solo cinco minutos una caja entera de bombones.

Borja y Rafaela se despidieron fríamente aun sabiendo que probablemente no se verían de nuevo hasta el verano siguiente. Quizá entonces…

Pensaba distraída en cómo podría yo hacerles vencer esas inseguridades de juventud cuando a punto estuvo de atropellarme un coche oficial que salía disparado de las Cortes. No pudimos ver a su ocupante, pero, por lo fuertemente custodiado que iba, debía de tratarse del mismísimo presidente.

La llama del faro que prendimos en las pasadas elecciones empezaba inexorablemente a flamear. A la semana supimos que la terrorífica cifra de bajas se cerraba en ochenta y nueve muertos y más de ciento cincuenta heridos.

El día que aquella enfermiza niña llamada República cumplió tres años de vida nadie lo celebró con demasiado entusiasmo. Para intentar infundir ánimos, el presidente del Gobierno por fin se decidió a cumplir con su promesa electoral de otorgar la amnistía a todos los presos declarados enemigos de la República. Igual quedaban libres los alzados en armas en la «Sanjurjada» que los anarquistas y los comunistas. ¿Cómo podían comparar a nuestros hermanos con aquellos mequetrefes? El desconcierto fue tal que el presidente tuvo que dimitir.

Una semana después, allí estábamos la familia casi en pleno esperando expectantes a que la humareda de la locomotora del tren se disipase para localizar a los recién llegados. Aunque polvorientos, tostados por el sol, calzados con alpargatas y bastante desarrapados, los reconocimos de inmediato. Todos a una corrimos al encuentro de Íñigo.

Su aspecto no era tan preocupante como temíamos después de un año y nueve meses confinado en aquel desierto del Sahara. Jaime, que había vuelto nada más conocer la noticia de su amnistía, se fundió con él en un largo abrazo que apenas nos dejó espacio a los demás. Por fin liberaba ese cargo de conciencia que le había acompañado desde la noche que lo dejó atrás en la prisión.

Íñigo, ávido de noticias después de tanto tiempo aislado, se empeñó en ir a escuchar a Calvo Sotelo en la que sería su primera intervención como diputado del Congreso. Hacía una semana escasa que había regresado para ocupar su escaño, y todos suponíamos que tendría muchas cosas que decir a favor del rey.

No fuimos los únicos que tuvimos esa idea. Temerosos de haber llegado demasiado tarde, nos pusimos a la cola que había formada en la escalinata de las Cortes. A nuestra derecha e izquierda, los pétreos leones que nos escoltaban imponían más que respeto.

Tal y como se presentaban las cosas, conseguir un asiento de los pocos que dejaban al público para asistir a sus sesiones parlamentarias sería una verdadera odisea. El ujier de la entrada anunciaba el completo y nos rogaba al resto que despejásemos la zona cuando por el rabillo del ojo vi cómo Íñigo se dirigía a un hombre que, cruzado de brazos, observaba impertérrito todo lo que estaba ocurriendo. Le susurró algo al oído, el individuo asintió y mi hermano Íñigo le metió solapadamente un par de billetes en el bolsillo.

Aquel hombre nos hizo una discretísima señal para que le siguiésemos. Lo hicimos sin preguntar más. Yo ni siquiera había reparado en él, ¿cómo entonces mi hermano supo que se trataba de un guardia de seguridad camuflado? ¿Qué le habría dicho para sobornarle con tanta facilidad? La dureza con la que la vida lo había tratado últimamente debía de haberle aguzado los sentidos.

Atrás quedaban una docena de personas protestando a grito limpio. Tras los pasos de nuestro guía, dimos la vuelta a la fachada. Tenía las llaves colgadas del cinturón. Entramos por una discreta puerta que utilizaban los funcionarios. Ya dentro, recorrimos varios pasillos de servicio hasta llegar a unas estrechas escaleras que daban a la parte noble. Abajo se oía aún el murmullo de los visitantes que estaban a la espera de ser guiados. Al ser los primeros en entrar, elegimos los mejores asientos del gallinero.

Los diputados empezaban a ocupar sus escaños. Impresionaba pensar que en aquel hemiciclo de terciopelo vino burdeos se dirigía la vida y el destino de todo el país. ¿De verdad eran conscientes de su gran responsabilidad? La voz de mi padre disipó mis pensamientos señalando a un lugar preciso.

—Ahí está el hombre en el que tenemos que confiar para la instauración de la monarquía.

El término me confundió:

—Dirás restauración.

Negó:

—La restauración avivará el recuerdo de un pasado que nadie quiere revivir. Para muchos, restauración es sinónimo de retroceso. Si queremos que don Alfonso vuelva, tendrá que ser instaurado. Hay que convencer a todos de que la monarquía no es tan mala como piensan si corregimos los errores pasados.

A decir verdad, no entendí muy bien la diferencia entre los dos términos, pero me callé al ver subir a Calvo Sotelo al estrado. Saludó con siete palabras repletas de contenido: «Señores diputados, todo llega en la vida».

Nos quedamos a todo el debate, que, como siempre, acabó por ser frustrante, dado lo desasistidos que estábamos los monárquicos de Renovación Española.

A excepción de la noticia de la muerte del infante don Gonzalo en agosto, desangrado por la dichosa hemofilia en un leve accidente de tráfico junto a su hermana Beatriz, el verano transcurrió tranquilo. Por fin, desde hacía dos años, todos pudimos pasarlo juntos entre Villa Santillana, Lazcano y San Sebastián.

Borja se unió a nosotros después de haber compartido unas veladas trapenses con sus amigos en la abadía de Cîteaux de Dijon. Según mamá, aquellos ejercicios espirituales le habían venido muy bien para pensar si verdaderamente, una vez terminados sus estudios, seguía deseando ser militar.

Aquellas vacaciones, el pequeño se ganó el apodo del Pupas al aparecer un día en el balneario de Elgorriaga con una aparatosa venda en la cabeza. Lo que al principio nos alarmó, luego solo resultó tapar una diminuta brecha que se hizo al frenar el tren de golpe para no atropellar a un incauto.

Nunca se había comportado así, pero intuí que lo que pretendía no era otra cosa que impresionar a Rafa con su desdicha. Otro torpe juego de seducción frustrado, pues ella, aunque lo vio, siguió plácidamente bañándose junto a Elisa, hasta que ya cansadas de nadar salieron de la piscina y, envueltas en un albornoz, se acercaron a saludarle.

Entre pestañeos y forzados galanteos, los dos jóvenes pasaron el resto del verano aprovechando cualquier ocasión para hacerse los encontradizos en el tenis, en las carreras de caballos por la playa, en los partidos de pelota vasca o jaleando a las traineras.

Al despedirse al final del verano, entre bromas y risas, Borja le prometió regresar pronto para cortejarla, y no admitiría un no por respuesta. Ante la pública propuesta, Rafa se limitó a sonreír. Aquel otoño del treinta y cuatro sería el último en que Borja nos dejara para volver a Francia y terminar, por fin, sus estudios.

Y no hacía ni dos meses de su partida cuando Rafaela, alarmada, le escribió para contarle entre otras muchas cosas cómo en su Asturias natal los mineros se habían alzado en armas invadiendo el palacio de su familia en Gijón. Apenas lo supo, Borja llamó a casa preocupado por si algunas de las cuerdas del endeble columpio en el que nos balanceábamos se hubiesen roto. Fui yo misma la que cogió el teléfono.

—¡El Alto Llobregat, Casas Viejas, La Rioja, Aragón y ahora Asturias! ¿Qué ha ocurrido en Oviedo, María? Dime la verdad.

Me extrañó que ni siquiera saludase. Procuré sintetizar para que la conferencia no le costase un ojo de la cara.

—Es curioso lo que te inquieta la política últimamente. ¿Te refieres a la huelga general convocada el pasado octubre? Tranquilo, no ha tenido el éxito que esperaban y, aparte de en Asturias, solo ha habido algún altercado en Barcelona.

Procuré evitarle los escabrosos detalles de lo acontecido en la costa cántabra.

—¡Figúrate que Companys llegó incluso a proclamar el Estado catalán en una república federal! Y has oído bien. He dicho federal, y es que aquí cada uno apellida a las cosas como le viene en gana. El caso es que las aguas se han amansado y España sigue tan unida como antes. Si no te dije nada fue por no preocuparte.

Insistió:

—Bien, bien. Pero… ¿y en Asturias?

La niña de sus ojos le tenía en vilo.

—Allí no faltó un prenda entre los insurrectos. Anarquistas, comunistas, sindicalistas y socialistas a una la montaron bien montada. Dicen que Largo Caballero fue en la sombra el verdadero artífice de esta conjunción de almas, porque no acepta que la derecha haya triunfado en las urnas.

Su voz sonó un poco más pausada:

—Sé que arrancó el 5 de octubre, pero ¿tienes más detalles?

Intenté simplificarlo al máximo:

—Mientras los mineros se hacían con más de veinte cuarteles de la Guardia Civil, los de las milicias obreras se encargaron de los guardias de asalto que protegían Oviedo. Durante cuatro días, y como Atila en sus mejores tiempos, no dejaron títere con cabeza. Redujeron la ciudad a cenizas, quemaron la universidad, la biblioteca, el teatro Campoamor, y dinamitaron el tesoro catedralicio. No podía faltar un ataque a la Iglesia en toda regla. El caso es que en solo tres días consiguieron hacerse con casi toda Asturias y, lo más temible, con el dominio de las fábricas de armas de Trubia y La Vega. Diez días después de haber prendido la llama, el devastador incendio contaba con más de treinta mil obreros y mineros que bailaban al son de aquellas huestes endemoniadas.

—¿Y el Ejército?

Suspiré.

—Los pocos que allí están destacados intentaron aplacarlo, pero fue tan sorpresivo el ataque y tan grande el desbarajuste que pronto se replegaron para esperar refuerzos.

—¿Sabes algo de lo que pasó en Gijón?

Sonreí a sabiendas del porqué de su preocupación.

—Los de allí no tenían tantas armas como los de Oviedo, así que tuvieron que conformarse con hacer alguna que otra barricada, paqueos aislados y, eso sí, allanar algunas casas notables como la de los Revillagigedo. Poco más, ya que a los dos días atracó en su puerto el crucero Libertad y con solo un batallón los amedrentaron. Si es lo que te preocupa, te puedo decir que la madre de Rafaela ya ha recuperado su palacio. Oviedo, en cambio, fue harina de otro costal.

Le oí resoplar al otro lado del hilo telefónico.

—¿Es que no se ha acabado? ¿Es que no se dan cuenta de que muy pronto saldrán de allí para tomar el resto de España? Tengo que regresar, María.

—En todo caso, seríamos nosotros los que nos iríamos contigo.

—Eso es cobardía. ¿Qué dice Íñigo?

—Espera órdenes de sus superiores. Tranquilízate. Al parecer el Gobierno está resuelto a adoptar medidas enérgicas. Por ahora, han llamado a los generales Goded y Franco para que terminen con ellos desde el Estado Mayor. Dicen que ambos conocen el terreno y tienen experiencia en este tipo de revueltas. Por lo poco que Íñigo me cuenta, se están planteando traer a la Legión y los Regulares desde Marruecos como refuerzo. Espera a ver cómo termina todo esto y ya te diremos.

Se indignó:

—No sé si podré esperar aquí cruzado de brazos. ¿Es que no ven que esta huelga no es más que un golpe de Estado camuflado? Un sangriento atentado contra esa democracia por la que todos piaban. Y pensar que el rey se fue para evitar el derramamiento de sangre de cualquier español.

Suspiré.

—Confiemos en que todo termine pronto.

Gruñó:

—Muy confiada te veo cuando solo se necesita una leve brisa para que las ascuas, con el descontento general, enrojezcan y vomiten llamas. Me temo muy mucho que este fuego no se podrá extinguir tan fácilmente como los anteriores. Ya verás como las lenguas de fuego de esta insurrección terminarán por calcinar España.

Intenté calmarle:

—Cualquiera diría que estás leyendo el Apocalipsis. No será para tanto cuando papá, con lo precavido que es, nos sigue teniendo aquí. Te mantendré informado si pasa algo nuevo.

Comenzamos a tener interferencias y aceleré la despedida.

—¿Tienes pensado venir pronto?

Le oía entrecortado:

—¡Mucho antes de lo que te puedas imaginar! ¡Ya he conseguido la segunda bola negra del rector! No digas que he llamado, que luego me regañan por todo lo que gast…

Se cortó. Con el auricular aún en la oreja pensé en sus últimas palabras. ¿Segunda bola negra? ¿Significaba eso que le habían echado del colegio? Si era así, mis padres aún no estaban enterados. La voz de la telefonista me comunicó que, si quería seguir con la conversación, tendría que esperar debido a la demora. Lo dejé, segura de que, si era así, muy pronto lo tendríamos de regreso.

Versalles, noviembre de 1934

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Querida Rafa:

Otra vez la distancia me consume, y más cuando leí tu carta al llegar de París y me enteré de la revolución de tu Asturias natal. Sé por experiencia cómo os debisteis de sentir ante la posibilidad de que os arrebatasen el palacio de Gijón porque, aunque no lo creas, desde el advenimiento de la República nuestro padre parece estar preparándose para que la calamidad no le coja desprevenido y, aun sin quererlo, a veces nos contagia sus temores.

Estaba preocupadísimo por ti y antes de sentarme a contestarte he llamado a María. Es ella la que me ha tranquilizado al decirme que este terrible maremoto ya ha pasado. ¡Qué barbaridad! ¡Creo que se ha llevado por delante la vida de casi dos mil personas! Y yo me pregunto… ¿Por qué se empeñan en cambiar de nombre a las cosas si por su magnitud aquello fue un golpe de Estado en toda regla? Lo siento por los cuatrocientos guardias civiles, por los de Asalto y por los martirizados sacerdotes que murieron intentando calmar las aguas. ¡Solo espero que los tribunales juzguen como es debido a los veinte mil detenidos que tienen en los calabozos! Aunque dice María que ya han soltado a muchos de ellos sin apenas interrogarlos por lo desbordados que están. Parece que impunidad y anarquía andan de la mano, y así nunca podremos salvar a España de esta debacle.

He sentido muchísimo no haberlo sabido antes para haberte podido animar durante esos largos días de angustia. De todas maneras, no hay mal que por bien no venga, y sin ser consciente me has hecho un inmenso regalo. Saber que al menos en los momentos de desasosiego piensas en mí me halaga, pero… ya sabes que soy ambicioso. Quiero más y no me conformaré con ser para ti un mero confidente epistolar.

Sé que una vez más me vas a contestar que corro demasiado, que aún somos jóvenes y que tenemos mucho tiempo para conocernos mejor, pero yo, por mucho que lo intento, no puedo poner freno a esta desazón a la que me sometes. Desde el primer día que te vi allí, agazapada entre tebeos y libros en la cuesta de Moyano, supe que eras diferente a todas las mujeres que antes había conocido, y cada carta que me escribes me lo corrobora.

En el trayecto en tren de París a Versalles suelo mirar al campo y regodearme en estos paisajes pensando en ti, sin tener aún muy claras tus verdaderas inclinaciones hacia mí.

El último día que nos vimos apenas pude esperar a que te quitases los guantes para tenderte la mano, y en esa décima de segundo que duró nuestro casto saludo disfruté acariciándote con mi pulgar. Cerrando los ojos, aún hoy imagino el tacto de tu piel en la mía y un extraño cosquilleo me atraviesa el estómago. No veo el momento de volverlo a experimentar, y, sin embargo, cada vez que sueño con que algún día esa efímera caricia se prolongará, me asalta el recuerdo de nuestra última despedida. Fui todo lo respetuoso que pude al rozarte, pero a ti te bastó un segundo para poner distancia entre los dos. Sin duda fue por esa timidez que te caracteriza y que a mí me enloquece. Sonrojada, disimulaste, y con suma delicadeza para no despeinarte, te quitaste las peinas que te sujetaban el sombrerito. Una ráfaga de viento te despeinó y yo me permití la licencia de apartarte un mechón de la frente. Aún guardo el tacto de tu melena entre mis dedos. Como ves, evocar tus recuerdos me da fuerzas para seguir adelante en este exilio educacional al que mi padre me tiene sometido.

He pensado mucho en ese día. Quizá hablé demasiado de banalidades, de deporte, de la política y otras muchas cosas que tal vez a ti no te interesen demasiado. Perdóname si te incomodé, pero es que no sabía muy bien cómo hacerte ver lo que sentía sin pronunciar una sola palabra ante la exasperante expectación de nuestras hermanas. ¡Dichosas chaperonas! Si nos hubiesen dejado a solas tan solo un segundo, te hubiese susurrado al oído las mil cosas que no me atrevo a escribir. Esas que sin tenerte frente a mí soy incapaz de pronunciar. Podría habértelo demostrado si me hubieses sostenido la mirada un instante, pero tampoco lo hiciste. Supongo que fue más por evitar una situación incómoda que nos comprometiese que por tu propia voluntad, pero ahora más que nunca necesito que me lo aclares. Sobre todo después de habernos despedido como simples amigos.

Rafa, dame una esperanza para seguir atizando este fuego. Una brasa incandescente que me ilusione lo suficiente como para seguir soplando y poder encender por fin esta llama contenida que me arde en las entrañas, sobre todo ahora que vuelvo a Madrid para siempre. Sí, Rafaela. No me siento orgulloso de cómo lo he logrado, pero no me han dejado otra opción. Si tú confías en mí para escribirme sobre tus desvelos, yo también quiero hacerte partícipe de mis secretos. Mi última escapada a París sin permiso del rector me ha costado otra bola negra. Es la segunda y la que, según las ineludibles normas del colegio, los obliga a mi expulsión. No sé cómo se lo tomarán en mi casa, pero a mí me basta para hacer ver a mi padre, por fin, que no sirvo para estudiar Derecho, como le hubiese gustado. Quizá ahora me permita seguir los pasos de mis hermanos en la milicia. Ya veremos…

Espérame hasta entonces. Otro casto beso.

F. Borja