Epílogo

Con pulso tembloroso, arrastraba mi pluma sobre la segunda página en blanco de la novela. De soslayo intuía la mirada calificativa de aquella mujer ante mi pésima caligrafía. Cuanto más procuraba compensar la falta de estética de aquellas letras con una original dedicatoria, más se me anquilosaban las ideas.

Al finalizar sonreí y le tendí el libro. Esperaba no defraudarla, porque ella, sin saberlo, formaba parte del fluido goteo de personas que me levantaban la autoestima acudiendo a la caseta. La niebla de inseguridad que me cubría desde que di por terminada la novela se disipaba poco a poco.

Hacía cinco meses que aquel libro salió del horno para ver los estantes de las librerías, y en vez de caer en el olvido de una frenética publicación de novedades por parte de las editoriales, se había afianzado en el mercado, despertando la atención de todos al reeditarse una y otra vez.

De nuevo me esmeré en escribir algo escueto y cariñoso para otro joven desconocido que quería regalar la novela a su abuela por su cumpleaños. Lo leyó, me lo agradeció y se alejó ufano perdiéndose entre la multitud.

El precipitado transcurso de los últimos tiempos, el maravilloso y cansado ajetreo que la educación de Analía implicaba, la última lectura de las galeradas y la subsiguiente publicación del libro convirtieron aquellos meses en fugaces días.

A la espera de otro lector, recordé el día de la presentación, en el que por primera vez tuve que enfrentarme a una sala repleta de miradas expectantes. El agotamiento de todo el estrés acumulado decidió angustiarme de golpe en ese mismo instante. Sentí como si todos aquellos ojos violaran mi tan ansiada discreción, robándome el resuello. ¡Me desvanecí! No sin antes ver como mi pequeña Analía, temerosa de perder de nuevo a una madre, acudía corriendo hacia el estrado. La rápida recuperación de la consciencia me evitó un paseo en ambulancia, y lo que mi editor interpretó como un mal presagio para la novela resultó una catapulta hacia el éxito.

Aburrida, tomé un marcapáginas con forma de abanico para refrescarme. El calor era tan insoportable que el asfalto parecía derretirse bajo las suelas de los paseantes.

Los días que siguieron a la presentación anduve tan preocupada con el motivo de mi desvanecimiento que no supe saborear despacio la fantástica acogida de la novela entre críticos, lectores y medios de comunicación. Nunca había sido hipocondríaca, pero llevaba mucho tiempo sin hacerme una revisión ginecológica y mi hermana se encargó de recordarme que cabía la posibilidad de que aquello fuese un tumor como el que se llevó a mi madre por no haberlo localizado a tiempo. Cuando por fin el tocólogo dio con la causa de mi desmayo, me quedé tan sorprendida como alegre. ¡Cómo pueden cambiar las cosas sin esperarlo! El susto al final se quedó en agua de borrajas.

Me acaricié la tripa. Otra mujer se acercó tendiéndome la mano. Simplemente, me quería dar la enhorabuena. Como a la anterior, la observé detenidamente al alejarse. Di un trago al insípido vaso de agua. Hubiese dado cualquier cosa por sustituirlo por una cerveza fresca, pero el médico me lo había prohibido.

¡Mi vida había cambiado tanto! Hacía casi siete meses, desde nuestra llegada de Kenia, que sumida en la pereza seguía planteándome la reincorporación para el curso siguiente en la universidad. ¿Me habría afectado el mal de África? ¿Y si regresaba? Analía superaría los pequeños problemas de adaptación que tenía y yo sería feliz. Quizá pudiese hacer de la escritura una profesión. Así tendría más tiempo libre para la crianza de los míos sin la necesidad de acoplarme al estricto horario de un monótono trabajo.

Sacudiendo la cabeza, procuré desprender aquellos pensamientos descabellados de mi mente. La muchedumbre continuaba nadando entre los ríos de masas mientras yo divagaba sobre mi futuro entre la parsimonia de un calor tan soporífero que en vez de oasis me hacía imaginar la ilusión de un encuentro imposible. ¡Qué absurdo!

Entre todas esas cabezas acababa de fijarme en un sombrero que venía hacia mí. A pesar de que la sombra dibujada bajo el ala escondía su rostro, el nombre de Richard me vino inmediatamente a la mente. Hacía ya casi cinco meses que le escribí un correo electrónico, y al no recibir respuesta, lo reenvié a su apartado de correos con la esperanza de una respuesta. Pero nada.

Sentí la presencia de aquel fantasma a escasamente un metro. En vez de alzar la vista y defraudarme ante el desconocido, decidí agachar la cabeza y abrir uno de mis libros para disimular. Justo en ese momento, un rollito de papel anudado cayó entre sus páginas. Lo miré atónita; sus tonos negros y amarillos delataban su procedencia. ¡Sin duda, era la etiqueta de una cerveza Tusker!

La certeza de la inesperada presencia de Richard en Madrid arrancó una patada al morador de mis entrañas. Sujetándome los riñones, me levanté. Le miré fijamente a los ojos y tomé su mano para posarla sobre el abultado vientre.

—Sólo te escribí pensando que era algo importante que contarte.

Ajeno a la multitud, se apoyó sobre el mostrador para besarme.

—He comprado a tus amigos misioneros la casa de la playa. ¿Podrías escribir en cualquier lugar del mundo?

Abrazándole con toda la fuerza que el embarazo me permitía, asentí.

Madrid, 14 de febrero de 2005