Capítulo 16
CINCO AMANECERES
SÁBADO DE ASUNCIÓN DEL AÑO DE
NUESTRO SEÑOR DE 1631
El día de la Asunción, Isabel prefirió no acudir a la misa de las cinco de la tarde. No por falta de ganas, pues necesitaba la intercesión del rezo como nunca, sino para salvaguardar a Jerónimo de las lenguas viperinas. Sabía que si lo hacía su segura ausencia sería aún más notable, y temía represalias por parte del capitán.
En palacio reinaba la quietud más absoluta. La tristeza que la reina albergaba desde hacía días afligía incluso el canto pausado de los pájaros. Los muros de sus aposentos rezumaban lamentos secretos y contenidos desde que Luisa, en aquel mismo lugar, le confirmó lo que ya sospechaba respecto a las inclinaciones de Jerónimo. Las noticias no podían ser menos halagüeñas.
Las desconfianzas que hasta entonces mantuvo sobre su actitud se tornaron minucias ante la evidencia de su hierático proceder. Últimamente no le dirigía la palabra. La evitaba, y al amanecer o al ocaso se dirigía al cementerio donde descansaba su padre para rezar frente a aquel monolito tocado de un turbante en dirección a La Meca, según la costumbre musulmana.
Aquel atardecer, sumida en la desesperación, bordaba balanceándose sobre su mecedora implorando la ayuda necesaria para comprender y solventar tanto desatino. El balancín acunaba su desdicha.
¿Por qué Dios no había querido bendecir su unión con descendencia después de cuatro años de matrimonio? ¡Cómo le hubiese gustado tener en su regazo un pequeño en vez de un mantón de seda a medio bordar! Pero… si esa criatura a la que tanto echaba de menos existiera, probablemente su padre ya la hubiese circuncidado. Un día cualquiera, al bañarle, ella lo hubiese descubierto y… ¿cómo hubiese reaccionado? ¿Con espanto? ¿Con temor? ¿Con precaución? No sabría decirlo. En el fondo se encontraba en un pozo sin brocal y no sabía cómo salir de él.
Quizá la diferencia del color en sus pieles y costumbres fuese demasiado marcada como para lograr nada en común, y la naturaleza ahora los castigaba por haber osado intentarlo. Definitivamente, debía de estar enloqueciendo, ya que eran muchos los mestizos que corrían calle arriba por la ciudad. ¿Por qué no podría ser uno más de ellos su hijo y futuro rey?
Unos pasos acelerados por el jardín distrajeron su divagar. De inmediato reconoció a la portadora de aquella sombrilla pintada con motivos chinescos. Era Joana, la mujer del capitán don Pedro. A Isabel le molestó la intromisión.
—Todos fueron a misa. ¿Cómo no estáis vos?
—Tampoco lo está mi señora y no le pregunto el porqué.
Al ver el rostro de su dama, detuvo el mecer de la silla. Estaba tan nerviosa que el pulso le temblaba, y la confidencia guardada casi se leía en su rostro.
—Tomad asiento. Tranquilizaos y comenzad a vomitar lo que os reconcome las entrañas.
Azorada por haberse traicionado, Joana miró de reojo a su reina. Procurando disimular, cerró la sombrilla y la apoyó en el borde de la mesa. Sin esperar una invitación, como dama reconocida de Isabel, se sirvió un vaso de jugo de piña y tomó asiento junto a ella.
Su pecho, aún sobresaltado, se hinchaba y deshinchaba con cada jadeo moviendo la cruz que pendía sobre el escote. Antes de ahogarse separó el vaso de sus labios, posando la mano derecha sobre el cuello para recuperar el resuello.
Abrió la boca para decir algo, pero de inmediato se arrepintió y la cerró. Su señora decidió hacerle alguna confesión para animarla.
—No creo, doña Joana, que lo que me vayáis a contar supere en importancia a lo que yo os he de pedir.
—Empezad, vuestra majestad, porque lo que yo traigo traba las lenguas.
Isabel suspiró ante su fiel dama.
—Mi señor el rey últimamente se muestra extraño. Es como si el diablo hubiese dispuesto de su alma en su último viaje a Goa. Sólo os puedo decir que anda en tales refriegas que si vuestro marido llegase a enterarse no dudaría en enviarle de nuevo a la India para someterlo al juicio de un tribunal inquisitorial.
La preocupación de Joana asomó de nuevo ante la noticia.
—No puede ser tan grave.
—Lo es, Joana, y en gran parte don Pedro, vuestro señor esposo, es el único que alimenta la mecha del odio entre los dos. Debéis hablar con el capitán, porque el rey está ya muy cansado de su altivo comportamiento. Se muestra tan déspota para con él que no creo que pueda soportar una humillación más sin saltar. ¡Ni siquiera se descubre ante él cuando se encuentran! ¡Con lo poco que costaría darle el tratamiento merecido para mantener la paz en la isla! Le conozco bien, y cuando el arrebato le abriga, sabe Dios cómo puede reaccionar.
El forzoso taconeo de la dama obligó a su señora a mirar al suelo. Joana seguía tan alterada que la punta de su pie no cesaba de levantar y bajar el talón. Sus enaguas de seda crujían al son de la pierna. Ante su nerviosismo, Isabel procuraba percibir el sosiego que la esencia del jazmín y el hibisco le transmitían con su aroma.
—Compartid con vuestra reina vuestra preocupación y así quizá logréis calmar vuestro evidente ajetreo.
Como si la hubiese liberado de un yugo, se deshizo de los temerosos cerrojos que la enmudecían.
—¿Recordáis aquella esclava persa que el rey se trajo de Goa?
La reina se puso de inmediato a la defensiva, porque no quería escuchar nada al respecto. Había intentado revenderla en más de una ocasión desde que llegó, pero Jerónimo se lo impedía siempre sin ni siquiera molestarse en inventar una excusa que disimulase la evidencia. Isabel hacía tiempo que había decidido olvidarlo. Sólo tenía que esperar a que se le pasase el capricho. Decidió quitar leña al fuego.
—No me digáis que es eso lo que os turba. Vaya descubrimiento. Ella sólo es un eslabón en la cadena de mujeres que Jerónimo utiliza para calmar sus instintos más bajos. Se desfogará con ella hasta que se aburra y cuando esto acontezca la venderá o permutará por otra.
»Ayer mismo le sorprendí obligándola a bañarse desnuda en el estanque, rodeada de nenúfares, sólo para deleite de su mirada. Son nimiedades que no han de distraer nuestra atención. Me es fiel en el alma y eso me basta. Recordad siempre que no hay mayor desprecio que el no hacer aprecio.
Tragó saliva con la esperanza de que su fingimiento hubiese sido verosímil. Pero su dama la conocía demasiado bien y negó sin temor a replicarla.
—No sólo es eso, mi señora. El problema no está en nuestros celos, sino en los de ellos. ¿Qué haría el rey si llegase a enterarse de que don Pedro también yace con ella?
¿Creéis que lo aceptaría sin más sabiendo que ella os pertenece como esclava, o quizá se conformara con la aceptación de un pequeño estipendio por su utilización?
Isabel no podía creérselo. Aquello sería, sin duda, la gota que colmaría el vaso de los desaires.
—¿Cómo decís?
—Lo que oye, mi señora. Ahora mismo la tal Fatanini yace en la alcoba de mi señor esposo. Como vuestra majestad, preferiría no darme por enterada, pero creo que en este caso no podemos cruzarnos de brazos.
El sonido de un estallido de pólvora detuvo de inmediato la conversación entre las dos mujeres. Provenía del puerto, y desde su posición pudieron apreciar un gran revuelo. El gentío se arremolinaba en torno a un navío. La muchedumbre gritaba desaforada.
Asustada y contrariada por tener que dejar a medias aquella conversación, Isabel se levantó dispuesta a poner orden.
—Vos lo habéis dicho. La esclava es nuestra y en este caso el hurto, que no la infidelidad, no puede pasar inadvertido. Dirigíos al fuerte Jesús a poner remedio al contubernio antes de que el rey se entere. Si fuese necesario, amenazad a vuestro esposo. Decidle que le denunciaré al virrey de la India si continúa por estos derroteros. Yo voy al puerto a enterarme de lo que sucede.
Doña Joana, confusa y aturdida por no haber encontrado en su señora otra solución más fácil, la reverenció antes de alejarse.
Isabel tomó la sombrilla que ésta se había olvidado, se echó una capa de seda sobre los hombros y subió a la silla de manos dispuesta a devolver la calma a la ciudad. Al salir le pareció que las cortinas de la ventana de los aposentos de Jerónimo se movían, pero no le dio importancia, puesto que probablemente sería alguna esclava limpiando.
Al atravesar el portón de salida del muro del jardín, creyó de nuevo ver la sombra de Jerónimo acechándola detrás de las columnas. ¿Qué le sucedía? Acaso doña Joana le había preocupado tanto que los sentidos la traicionaban. ¿Cómo iba Jerónimo a esconderse en su propia casa? No quería ni pensar qué hubiese ocurrido si por algún infortunio hubiese escuchado las revelaciones de la mujer del capitán. Sin pensárselo dos veces, miró al frente.
—¡Más aprisa!
Sobre la cubierta de la nao, cuatro marineros armados apuntaban a las bodegas.
—¡Salid inmediatamente o disparamos!
El coro de lamentos femeninos que replicaban en el interior del casco enmudeció momentáneamente ante el redoble de tambores que anunciaban la presencia de la reina. Ésta aprovechó el silencio que se hizo para interrogar al capitán del barco, que al oír su voz quedó paralizado de espaldas a su posición.
Isabel no se lo podía creer. Aquella coleta enlazada, aquellos aretes en el lóbulo de la oreja. Le recordaban tanto a…
—¿General Freiré? ¿Cómo he podido no reconocer la Santa Catalina?
Muy despacio se dio la vuelta sonriendo. Habían pasado cuatro años desde que ella desembarcó en aquella bahía, despidiéndose del hombre que la había llevado hasta allí, y sin embargo, viéndole de nuevo, parecía haberlo hecho esa misma mañana. Como siempre, el lazo que pendía de su barba hacía juego con el que asía su melena. Isabel, sin disimular su alegría al verle de nuevo, continuó preguntándole:
—¿Traéis a bordo al padre Lobo?
—Después de dejaros a vos en Mombasa, desembarcó en Goa para seguir con su misión y no lo he vuelto a ver.
Los gritos de las bodegas obligaron a Isabel a preguntar de inmediato:
—¿A qué se debe tanto alborozo?
El capitán contestó desesperado:
—Mi señora, estaba a punto de soltar amarras cuando descubrí cinco polizones a bordo.
Isabel recordaba las dotes de mando de Freiré.
—Conociéndoos como os conozco, me sorprende que no os hayáis librado ya de ellos. No puede ser tan difícil echarlos.
—Os aseguro que la empresa no es tan sencilla como puede parecer.
En ese preciso momento unos gemidos eminentemente femeninos quebraron el silencio. La reina, al suponer la situación, sonrió divertida.
—¿Me vais a decir que un general como vuestra merced no es capaz de hacerse con un puñado de mujeres? Sin duda estáis envejeciendo. Cuando yo navegaba a vuestro lado nadie hubiese osado contradeciros o incumplir lo que ordenaseis. ¿Qué fue lo que hizo Vasco de Gama cuando sus marineros escondieron a doscientos cafres en sus bodegas?
Recordando la historia, el marino frunció el ceño.
—No creo que podamos reaccionar igual.
Isabel insistió para enojarle más.
—¿Por qué no? Si mal no recuerdo, aquéllos querían convertirse al catolicismo.
Freiré saltó enfurecido.
—¡Por el amor de Dios! Aquello sucedió hace siglo y medio.
—Vuestra merced sabe como yo que la historia si no se repite se asemeja. Su recuerdo ayuda al hombre a tomar la decisión más acertada en circunstancias similares.
Freiré de Andrade, a sabiendas de su delicada posición ante la presencia de Isabel, farfulló entre dientes para no caer en desacato.
—Mi señora, en este caso no sirve el anterior. Cinco mujeres atraerían la indisciplina entre la tripulación.
Recordando su travesía, Isabel le contestó con picardía:
—¿Son éstas tan diferentes de las esclavas que acogía en tiempos pasados la Santa Catalina?
El capitán contuvo su furia como mejor pudo antes de contestar.
—¡A la vista está que no son tan sumisas! Gritan, patalean y amenazan con el suicidio. ¿Habéis pensado, mi señora, que si hoy nos rendimos a sus súplicas en muy poco tiempo los barcos se llenarán de indomables polizones?
Ante su negativa, la reina recapacitó en silencio.
—¿Han obtenido el permiso de sus maridos?
—¿Por qué pensáis que lloran? Están aterradas. Fueron repudiadas por ellos mismos al pretender el catolicismo. Todas han sido amenazadas. Si regresan a sus casas o intentan recuperar a sus hijos, serán apedreadas y linchadas por sus propias familias.
Isabel se detuvo un segundo a pensar. Al parecer, no sólo Jerónimo parecía estar renegando del catolicismo. Como rey predicaba con el ejemplo y muchos debían de estar imitándole en la herejía. Lo cierto era que aquellas mujeres no tenían muchas alternativas.
El capitán esperaba impaciente la decisión de la reina, que al fin se pronunció en cuanto vio a fray Domingo, que, alertado por el revuelo, acababa de llegar al lugar.
El buen hombre asintió, suponiendo su muda petición. En señal de agradecimiento, Isabel le sonrió alegre de haber encontrado albergue a las desdichadas gracias a su infinita caridad.
—Quizá tengáis razón. Desembarcadlas por la fuerza si es preciso y llevadlas al convento de San Antonio para que los padres agustinos les den cobijo y oficio.
Con un gesto, el capitán Freiré de Andrade ordenó a sus hombres la expulsión. Las cinco mujeres gritaban y se retorcían como poseídas por el diablo. Chillaban como cochinos en un matadero. Se desgañitaban repitiendo siempre lo mismo. La reina no las entendía, pero se preocupó al ver el rostro de fray Domingo.
—¿Qué dicen, padre?
Tradujo muy despacio lo que aquéllas repetían.
—¡Cuidado, mi reina, que no veis la oscura niebla que se cierne sobre Mombasa! Sandeces sin sentido. Sólo tienen miedo a lo desconocido. Son tan tercas que creen que no seremos capaces de protegerlas y persisten en querer fugarse.
Negó dubitativa.
—Por los alaridos, es pavor lo que sienten. Espero que se calmen pronto porque, aunque os parezca extraño, yo también siento como si esta espesa humedad se tornase escarcha. ¿No la presiente vuestra eminencia?
El fraile posó su mano sobre el hombro de Isabel para sincerarse.
—Vigilad al rey Jerónimo muy de cerca, pues hace mucho que no se confiesa. No pende de sus ropas crucifijo alguno y por la capilla no se le ha visto últimamente.
Isabel sólo pudo bajar la mirada. La evidencia era demasiado clara como para continuar disimulando. Pero… ¿cómo iba a aceptar ante todos que Alá desplazaba a Dios en la mente de Jerónimo? Lo negaría. Mentiría si fuese preciso. Aún estaba a tiempo de convencerle de su error. Se irguió, respondiéndole con todo el convencimiento y aplomo que supo.
—¿Cómo osáis ni siquiera sospecharlo? Absurdo, es totalmente absurdo. Ayer mismo escribimos juntos otra carta al Santo Padre. Me decepcionáis. Si no cumple con los preceptos, será otro el motivo y estará bien fundamentado. Olvidadlo, padre, y no deis tres cuartos al pregonero.
Incapaz de seguir la farsa mirándole a los ojos, observó en lontananza. Anochecía. El barco del capitán Freiré desaparecía en el horizonte. El fuego verde de san Telmo parecía iluminar los mástiles de la Santa Catalina.
Unas palabras apresuradas sonaron a sus espaldas.
—¡Corra, mi señora, corra e interceda por mi familia, que no hay tiempo que perder!
Joana lloraba nerviosa. Le tiró irrespetuosamente de la bocamanga hasta que la rasgó. Tan fuera de sí se mostraba que Isabel tuvo que apartarla bruscamente para que no la dejase desnuda. ¡Siempre se mostraba tan acelerada!
—Explicaos.
Tragó saliva.
—Como me indicasteis, fui a poner remedio a nuestro problema. Andaba yo pegando a la persa delante de mi señor marido, que aún empiltrado junto a ella se había enrollado en las sábanas, cuando oímos la voz de alarma.
»Como un fantasma endemoniado, vuestro esposo formaba a su guardia de muzungulos a las puertas de palacio.
Nada más verlo desde la ventana del fuerte dejé el castigo de la esclava Fatanini para bajar al puerto a avisaros.
Jadeando, señaló a lo alto con lágrimas en los ojos.
—¡Miradlo! Sube por el camino al frente de su ejército. Va lento y sin miedo al son de sus fúnebres tambores. ¡Éstos tocan a hostilidad! ¡Dicen que está dispuesto a matar a mi señor esposo y a todo el que se le ponga delante! Nuestros temores se han hecho realidad. ¡Sólo vuestra majestad puede calmar a la fiera!
Desde las atarazanas Isabel miró incrédula hacia el fuerte. Una hilera de antorchas sostenidas por una guardia real de sesenta cafres y una docena de moros subía hacia la puerta del foso. Vestidos y pintados como guerreros, cantaban furiosamente en su lengua materna delatando su intención.
Isabel palideció. De nada servía ya negar, mentir o excusar a Jerónimo. La infidelidad de Fatanini había sido descubierta para liberar a la fiera que hacía tanto tiempo el rey mantenía encadenada en su interior.
Fray Domingo, horrorizado, se alzó el hábito para correr. Ellas le imitaron de inmediato, ya que no había tiempo para sillas de manos. Cuando llegaron al fuerte Jesús, sin resuello, encontraron junto al rastrillo alzado a los dos guardianes de la entrada degollados. Fueron los primeros de otros tantos hombres vestidos con uniformes portugueses. Todos yacían diseminados por corredores y almenas. Los sobrecogedores alaridos del capitán don Pedro Leitao de Gamboa guiaron sus pasos.
Al verle, las dos mujeres y el fraile se quedaron petrificados. Don Pedro, en medio del patio de la fortaleza, se retorcía como una serpiente. Atado de pies y manos, intentaba desesperadamente liberarse de las ataduras que le asían a una gruesa pica. Su punto de anclaje espantó aún más a su mujer. Clavada en la punta de la pica, de la cabeza de la bella Fatanini manaba una cascada de sangre que duchaba la tortura del maniatado. A sus pies, el despojo de la esclava decapitada le forzaba a alzar la vista suplicando clemencia.
Mientras un cafre se afanaba en arrancarle las pestañas y los bigotes, otro le mojaba las barbas en un cuenco de cera. Doña Joana se abrazó a Isabel, hundiendo la frente entre sus brazos para borrar la imagen de sus pupilas.
—Decidme que no es lo que parece. Que son sólo imaginaciones mías y que como mi reina que sois detendréis esta locura. ¡Juradme que vivirá!
No supo qué contestar; se sentía tan asustada como ella desesperada. El padre Antonio, intuyendo el peligro que las acechaba, tiró de ellas hacia un soportal sombrío.
—¡Shhh! ¡Callad, señoras! La saña que los cafres ponen en la tortura nos ayudará a pasar inadvertidos sólo hasta que don Pedro deje de gemir. Cuando esto suceda, hemos de estar muy lejos, ya que después de probar el inicial bocado que estimula su asesino apetito no pararán hasta saciarlo. ¡Vos, doña Joana, pensad en vuestra hija!
¡Hasta el soplo de la brisa parecía querer traicionarles! Las lágrimas contenidas de la mujer de aquel desgraciado se derramaron a boca jarro cuando el olor a carne asada llegó a ellas. Temblaba paralizada y parecía incapaz de dar un paso.
Al mirar de reojo a la plaza, su señora la arrastró con todo el ímpetu que pudo. Tenía que evitar como fuese que aquella mujer viese de nuevo a su ya irreconocible esposo.
Don Pedro ya no podría gritar, aunque hubiese tenido fuerzas para ello. Sus verdugos le acallaron metiéndole en la boca el fruto de su propia castración, al tiempo que sus luengas barbas ardían tornando negros los surcos ensangrentados que los latigazos le habían dibujado en su rostro. El destino quiso que en ese breve instante la reina viese a Jerónimo atravesarle el torso con una lanza envenenada. Su voz grave resonó en el patio, repitiéndose en un eco infinito que golpeó el alma de Isabel como ansiando desmenuzarla en mil pedazos. El rey rezumaba venganza por los cuatro costados.
—¡Colgadlo de un caballo y arrastradlo por Mombasa!
La faz de Jerónimo se había transformado en aterradora. Era como si el diablo le hubiese poseído. Yusuf bin Hasán resurgía de entre las cenizas como el ave fénix y ella no había sido capaz de detenerle a tiempo.
Los acongojados espectadores, agazapados tras una buganvilla junto al camino, vieron como un hermoso corcel árabe galopaba mostrando orgulloso su botín. Atado a su cola, remolcaba el cuerpo carbonizado de un hombre vestido con el uniforme portugués. Si no fuese por los galones de su bocamanga, hubiese sido irreconocible. Tras de sí, la huella roja y negra de su muerte surcaba el camino del puerto.
Los portugueses y cafres salían avizores al rellano de sus casas, chozas, posadas y tabernas aún sin comprender. Aquel macabro espectáculo invocaba con su señal al resto del ejército enemigo a continuar ahondando en el ejemplo mostrado. Aquel asesinato era un disparo de salida.
Centenares de ellos surgieron como hormigas de los recovecos más recónditos de la ciudad. Armados con saetas y antorchas, vitoreaban al sultán Yusuf bin Hasán mientras prendían fuego a todas las casas de los cristianos que encontraban a su paso. Asomado a una de las almenas, Jerónimo, como Nerón lo hizo en Roma, divisaba y supervisaba satisfecho la quema de su propio reino.
No fue necesario que diesen la voz de alarma. Los afectados salían despavoridos de sus hogares en busca de refugio hacia el convento de San Antonio. Para entonces, fray Domingo junto a Isabel y Joana ya habían llegado para acogerles.
Todos se arremolinaban alrededor del brocal del pozo del patio cargados con cubos, pero esta vez la marea estaba alta y el pozo seco. La desesperación e impotencia aumentaron al comprobar que no podrían apagar el fuego que devoraba sus viviendas. Muchos ni siquiera llegaban al brocal, ya que caían víctimas de las saetas emponzoñadas que los muzungulos les disparaban.
La huida de la ciudad se convirtió en una emboscada difícil de eludir. Los que optaron por esconderse desde el primer momento en el convento agustino sólo pudieron rezar, implorando a Dios un milagro. La incertidumbre más absoluta se dibujaba en sus rostros. Algunos católicos nativos incluso dudaron de que aquella sinrazón tuviese que ver con su propio rey don Jerónimo de Chilingulia.
—No es posible —decían—. Esto sólo puede ser otro ataque pirata.
Sus miradas buscaban en la bahía, pero no había barcos ni caras desconocidas en la isla. Pasadas las primeras horas, se convencieron de lo que en un principio no creyeron. Los que no tenían a los suyos consigo, por haberlos perdido en el caos de la tarde anterior, decidieron aprovechar la aparente tregua nocturna para salir a escondidas en pos de sus familias. El temor a encontrarlos sin vida hacía sus pasos temerosos y cautos. Aun así necesitaban saber de ellos vivos o muertos.
DOMINGO 17. SANTA BEATRIZ
Al amanecer, molidos por las dos últimas noches en vilo, los amenazados abrieron la gran puerta del convento con cierto recelo, ya que la ciudad aún permanecía envuelta en un áurea de color rojizo. Las brasas incandescentes recordaban la dolorosa voracidad recién apagada de las llamas. Con los primeros rayos de luz regresaron las sombras de los buscadores de supervivientes.
Los primeros envolvían a sus hijos y mujeres en mantas. Los más tardíos aparecían cabizbajos. Destrozados por el dolor, traían la piel tiznada de haber estado levantando madera quemada en busca de algún pariente, y las uñas encarnadas de enterrar después a hurtadillas sus cadáveres con la esperanza de que no fuesen exhumados o profanados.
Los que permanecieron dentro durante toda la noche no preguntaron a los recién llegados por los que no regresaban. Todos les echaban de menos, pero nadie se atrevía a mentarlos, no fuesen a alertar con sus preguntas a los ingenuos engrosando aún más su dolorosa soledad. El día despuntaba cuando entró el último, antes de que cerrasen de nuevo a cal y canto el portón principal. Resultó ser fray Domingo, y por la expresión que trajo todos supieron que el ermitaño de Las Mercedes no podría ya permutar su clausura en la pequeña iglesia por la del convento de San Antonio.
El sonido del despertar de Mombasa a un nuevo día desde el otro lado de los muros les hacía cautivos de un miedo indescriptible. Los frailes agustinos no descansarían hasta pasado el mediodía, pues no hubo cristiano allí cobijado que no acudiese a los confesionarios a limpiar su alma de pecados. Ellos mismos recurrieron los unos a los otros para cumplir con este menester y poder comulgar a posteriori.
La misa de aquel domingo hizo las veces de funeral y todos rezaron devotamente. Los más optimistas, para que Dios hiciese de San Antonio un refugio milagroso, y los pesimistas, para que les preparase, en el caso contrario, infundiéndoles el valor necesario para no negarle nunca.
Al atardecer, la pequeña Bárbara, angustiada por aquella clausura que su ingenua mente no alcanzaba a entender, comenzó a patear el portón para que lo abriesen. Echaba de menos a su padre, el capitán don Pedro, y el silencio de su progenitura de algún modo le hacía intuir el verdadero motivo de su ausencia.
Doña Joana, desesperada ante su insistencia, procuraba sosegarla, pero no hacía caso. Quería salir a toda costa. Como viuda y madre, no pudo fingir más y se derrumbó, sentándose a falta de silla sobre sus talones para derramar todos los sollozos contenidos.
Bárbara, al verlo, se calmó ante la posibilidad de haber provocado con su rabieta el llanto de su madre, e Isabel la sentó en su regazo.
—No sois vos la causante de las lágrimas de vuestra madre.
La niña la miró confundida y escondió su rostro avergonzado contra su pecho.
—Al pasar por las islas afortunadas, me contaron una bonita historia sobre una de ellas. ¿Queréis conocerla?
Al asentir la niña, la reina se sintió útil entre tanta impotencia. Procuraría al menos distraer a la pequeña hasta que su madre consiguiese recuperar la compostura. Lo haría con aquella historia. Peinándola, sintió como las lágrimas de Bárbara le empapaban la tela del corsé. Sus profundos suspiros le indicaban que se estaba calmando.
—Esas islas son volcánicas. Sus habitantes saben que una erupción inesperada se cierne sobre los cráteres de sus montañas mochas, que suelen temblar y escupir fuego a voluntad sin previo aviso. Pero a pesar de ello no huyen, ni tampoco dejan de construir sus moradas en sus faldas. El riesgo existe, pero ellos nacieron en aquellas tierras y no están dispuestos a abandonarlas por la intimidación, desde hace siglos, de un puñado de adormecidos volcanes que quizá nunca piensen despertar.
»Los más ancianos aún recuerdan aquel día luminoso en el que el cielo se nubló repentinamente. El cráter del mayor de ellos había decidido despabilar del letargo en el que se hallaba para vomitar toda la rabia que escondía en su interior.
»Aterrados, todos los que allí vivían alzaron sus ojos hacia la humareda para ver cómo los ríos ardientes de lava bajaban por la ladera engullendo a su paso casas, silos y cosechas, sin respetar absolutamente nada. Todos corrieron despavoridos a refugiarse en la pequeña ermita del pueblo. Arrodillados frente al altar, oraron con todo su fervor y corazón implorando un milagro que les salvase la vida. La alta temperatura de los muros estaba convirtiendo su cobijo en un horno, y la certeza de que la lava ya les rodeaba retuvo cualquier tentación de asomarse.
»La mayoría sólo pedía a Dios que la agonía fuese corta. Vencidos por el cansancio y el sopor que padecían, fueron durmiéndose hincados de rodillas como estaban frente al altarcillo. ¿Sabéis lo que ocurrió entonces?
Bárbara y todos los pequeños que habían ido formando un círculo en torno a la reina negaron boquiabiertos. Tras hacer un silencio, Isabel prosiguió pausadamente, satisfecha ante la expectación.
—En vez de morir, como os hubieseis podido imaginar, pasadas las horas de sueño fueron despertándose poco a poco. Al hacerlo se miraron y tocaron los unos a los otros para comprobar si aquello era real o un simple sueño, sin comprender muy bien por qué aún seguían allí.
»Sorprendidos, se dirigieron al portón de entrada. Ya no existía. Los goznes y cerrojos se habían deformado y la madera aún humeaba chamuscada. Los hombres más fornidos fueron los primeros en asomarse tímidamente. Su sorpresa se hizo alegría de inmediato. ¡El río de lava, al topar con la pequeña ermita, se había bifurcado cual lengua viperina!
La pequeña Bárbara, ya más tranquila, preguntó entre hipidos:
—¿San Antonio puede ser como aquella ermita?
—Seguro —aseveró Isabel, acariciándole la cabeza—. El rezo es tan poderoso que puede obrar milagros y ayudarnos. Si oráis con el mismo fervor que aquellos niños, conseguiréis lo que os propongáis.
Ni siquiera Isabel estaba segura de lo que decía, pero se sentía incapaz de idear un consuelo más piadoso. Aquellas almas puras nunca podrían asimilar, sin una explicación razonable, la injusticia que habían presenciado, y ella lo sabía. No podía ser tan malo intentar darles algo a lo que asirse.
Bárbara frunció el ceño a punto de desmoronarse de nuevo.
—Si este lugar es igual, ¿por qué no está mi padre en él para salvarse?
Desesperada ante tanta incredulidad, la apretó contra sí, envidiando la capacidad de los infantes para advertir la hiriente verdad. A falta de hijos propios, durante aquellos días Isabel cuidó maternalmente a más de uno mientras sus padres salían a buscar a sus hermanos.
A su memoria acudió entonces la confidencia que un día Jerónimo le hizo sobre la elección de su nombre. Chilingulia se parece a kiungulia, que en suahili significa «corazón en erupción».
LUNES 18. SANTA ELENA
Durante la noche siguiente sólo sonaron dos veces las llamadas al portón. Eran cafres cristianos que pedían resguardo. Fray Antonio de la Pasión y fray Domingo de la Natividad velaron por turnos haciendo guardias hasta el amanecer.
Isabel tampoco pudo conciliar el sueño. Le daba vueltas a la cabeza intentando urdir un plan para la salvación de todos, pero su sesera se obcecaba en permanecer embotada. Envuelta en su mantón, fue a parlamentar con ellos. La eterna noche de insomnio por fin le había hecho tomar una decisión. No podía seguir así. Era la reina y como tal no podía resignarse a permanecer cruzada de brazos.
Entre susurros hacía partícipes a los frailes de su intención, mientras fray Antonio, al oír su propuesta, negaba con la cabeza.
—No os abriré, mi señora. ¿Cómo podéis pensar que el rey no os ha echado en falta en estos dos días? Dejaros marchar sería como firmar vuestra sentencia de muerte.
Sacando el arrojo de lo más recóndito de su alma, Isabel procuró ser autoritaria en el tono.
—¿Cómo osáis negarle la salida a vuestra reina, cuando vuestras mercedes pretenden acudir hoy mismo al fuerte Jesús a proponer una tregua? ¡Ni siquiera sabéis si el rey os escuchará! Cuando vea que sólo vais a pedirle un camino libre para huir sin renegar de Dios, se erigirá vencedor de una cuasi rendición. Sólo quiero adelantarme para allanaros el terreno.
Fray Antonio levantó una ceja.
—Una rendición implicaría nuestra negación de Jesucristo y eso no sucederá nunca. ¿Nos espiabais?
Ligeramente azorada, Isabel, como enemiga de los espías y correveidiles, se sintió en la obligación de darle explicaciones, pasando de la autoridad a la súplica.
—El silencio de la noche amplificó vuestros susurros a cualquier oído avizor. Dejadme partir. Así podré enterarme de sus planes para avisaros de cualquier desmán que se le ocurra, y, mejor precavida, ayudar a huir a los que pueda en el caso de que vuestra reunión fracase.
Por un momento permaneció en silencio para continuar luego dando por sentado su inminente salida del convento.
—Sabré inventar una excusa razonable a mi prolongada ausencia. No será difícil, ya que últimamente mi señor no me tiene muy en cuenta.
Los agustinos asintieron resignados. Con los ojos cerrados y sin pensarlo dos veces, tiraron del gran cerrojo que aseguraba el portón para entornarlo.
—Id con Dios.
Isabel se coló por la ranura entreabierta y corrió calle arriba decidida a apaciguar a la bestia o morir. Atrás quedaban aquellos valientes con hábito dispuestos a lo imposible.
Al llegar frente a la guardia disimuló su prisa frenando el paso. Los guardias, medio adormilados, se cuadraron ante ella dejándola pasar sin problema, ya que antes de ir al fuerte Jesús había estado en palacio para vestirse a la morisca. Aquello le facilitó el tránsito. Bajo un pliegue del ropaje llevaba en secreto un crucifijo para que la protegiese ante la arriesgada empresa. A pesar de que el corazón parecía querer salírsele del pecho, ella supo disimular al entrar aparentemente ufana en la improvisada sala del trono. Jerónimo, que estaba reunido con los oficiales de su guardia, la miró sorprendido.
—Me alegra ver que os habéis convertido al islam sin necesidad de tortura. Demostráis un gran juicio con ello, no como vuestros amigos cristianos que andan escondidos en el convento de San Antonio muertos de miedo.
Hubiese querido contestarle un millón de cosas, pero se mordió la lengua, no fuese a preguntar por su paradero durante la revuelta. Prefirió adelantarse a la incógnita.
—Ya son antiguos amigos. Después de dos días esperando en palacio, sólo vengo a preguntaros si hemos de trasladar nuestra residencia al fuerte Jesús.
El tono distante con que le contestó calmó sus temores de inmediato. Al parecer, había estado tan ajetreado ordenando desmanes que ni siquiera había reparado en su ausencia.
—Lo pensaré más tarde. Ahora sentaos sobre estos almohadones junto a mí como mi preferida que sois. Dos de vuestros antiguos amigos aguardan nuestra audiencia.
Isabel comprendió que su harén ya se debía de estar constituyendo, pero tampoco rechistó. Sumisa, tomó asiento a sus pies procurando adoptar una posición altiva y despectiva hacia fray Domingo y fray Antonio en cuanto los vio aparecer. Sabía que a los agustinos no les sorprendería en absoluto.
Jerónimo les gritó.
—¡Hablad!
El padre Antonio bajó la mirada y fue directo al grano.
—Los cristianos estaríamos dispuestos al destierro voluntario siempre y cuando nos garanticéis una huida pacífica y sin riesgos. En cuanto el camino esté libre de vuestra guardia de muzungulos, partiremos dejando la isla de Mombasa a vuestra merced.
Jerónimo se despanzurró en el trono acariciando la piel de leopardo.
—Sois más duros de mollera de lo que nunca hubiese imaginado. ¿Por qué creéis que he matado a vuestro capitán y a todas sus huestes? Si hubiese querido echaros, lo habría hecho la primera noche. Me hubiese apoderado de vuestras casas y posesiones, en vez de quemarlas, para después embarcaros en endebles faluchos al otro lado del arrecife con el único equipaje de una firme amenaza de muerte en caso de retorno. ¿Qué hubieseis hecho entonces?
Los frailes no contestaron.
—Yo os lo diré. Os hubieseis dirigido corriendo a la isla más cercana para pedir ayuda y mandar un billete de alerta sobre lo acontecido al virrey de la India en Goa. La historia entonces simplemente se repetiría. Los pobladores de esta isla expulsarían a sus invasores para más tarde ser masacrados en una reconquista por parte de los vuestros.
»No, señores míos, no. El tono de mi piel no me convierte en el estúpido cafre que creéis haber hecho a vuestra imagen y semejanza. Si queréis salvar vuestra vida y la de quienes os siguen, sólo os queda una alternativa: ¡convertiros al islam!
El padre Domingo, por ser el más joven e impetuoso, demostró de inmediato su enojo.
—¡Antes muerto!
El muzungulo que había tras él le golpeó con la lanza obligándole a hincarse de rodillas ante el rey. El padre Antonio le ayudó a levantarse, mientras Isabel contenía su impulso. Jerónimo reía a carcajadas.
—Hace ya tiempo que me sorprendisteis con la albricia de una pensión que el rey don Felipe de España y Portugal me había concedido a petición del virrey de la India. Ocultabais así la sutil manera de comprarme para que me mantuviese fiel a vuestra religión, costumbres y mandatos. Los hombres de mi raza seguirían mi ejemplo sin rechistar y no se mostrarían tan recelosos a los invasores. Ahora yo os ofrezco lo mismo.
Hizo un gesto y dos de sus hombres trajeron un gran arcón que abrieron justo entre el trono y la posición de los agustinos.
—Aquí tenéis. Como vosotros hicisteis en su día conmigo, yo os devuelvo gran parte del oro, plata, perlas, ámbar, coral y algunos elementos litúrgicos que hemos expoliado de vuestras arcas. Además de las doscientas piastras que os daré por cada uno de los cristianos que se tornen mahometanos. Si sois los primeros, serán muchos los que sigan vuestros pasos sin rechistar.
El padre Antonio, que apretaba el antebrazo de fray Domingo para que contuviese su enojo, fue preso del mismo. Enrojecido por la animadversión, se trincó las faldas del hábito alzándolas en un puño para mostrárselas a Jerónimo.
—Nuestra fe no tiene precio. Desde que tuve uso de razón, en mi ciudad natal de Lisboa, quise vestir estos hábitos y son ya treinta y tres años los que me ha venido abrigando la orden de san Agustín. ¿Creéis que una tentación tan burda puede llevar a un hombre a renegar de las convicciones que defendió y compartió durante toda una vida? Nunca abjuraremos ni de nuestra religión ni de nuestro Dios.
Jerónimo se enfureció.
—¡Dichosos sois porque tuvisteis la oportunidad de perseguir en paz vuestras convicciones! ¡En cambio, a mí, desde niño, me privasteis de ancestros, religión, familia y honor! Sólo podía aceptar lo que me ofrecíais con resignación y mostrarme convincente hasta el momento en que me viese libre de sospecha.
Se levantó.
—¡Miradme bien, porque el rey Jerónimo de Chilingulia ha muerto para dejar paso al sultán Yusuf bin Hasán que nunca dejó de ser! ¡El día de la venganza ha llegado! ¡Lleváoslos y encerradlos!
Isabel estuvo tentada de interceder, pero la mirada fugaz del padre Antonio solicitándole sosiego la ayudó a contenerse de nuevo. Su actitud pasó inadvertida, pues la atención de todos se centró en la puerta cuando los frailes, que salían a empellones, se cruzaron con Antonio de Malindi.
El primo de Jerónimo acudía moribundo sobre una camilla. A Isabel le alegró verle a pesar de su lamentable aspecto, pues era uno de los múltiples desaparecidos desde el primer día de la masacre. En cuanto aquella entrevista terminase, tendría que buscar un emisario de confianza que llevase a Luisa la noticia del estado de su marido.
Jerónimo, al ver que no se podía levantar, acudió a su encuentro. Tenía clavada una saeta junto al corazón. Al inclinarse para saludarle, Antonio le apartó con las pocas fuerzas que aún le quedaban. Entre jadeos y sudores, se dirigió a Jerónimo.
—No vengo a pedirte compasión, sino reflexión. ¿Qué sucede, Jerónimo? ¿Qué son esas ropas? ¿De dónde pende la cruz que llevabais en el cuello?
Jerónimo le llamó por su nombre musulmán.
—Mustafá, Alá velará por vuestra salud.
Antonio tomó aire.
—Fuimos educados y bautizados juntos en Goa por los hermanos agustinos. Servimos hombro con hombro como marinos en la armada portuguesa y regresamos a nuestro lugar de procedencia para mejorar las cosas. ¿Por qué reniegas ahora de quien os lo dio todo?
Jerónimo cerró los ojos, apretó la mandíbula y, sin dudarlo un segundo, tiró de la flecha que su primo portaba en el pecho. Antonio se sujetó el torso y después de una convulsión cayó inerte. La sangre se derramaba a la misma velocidad que su vida.
Un garfio atravesó las entrañas de Isabel, que no sabía cómo huir de aquella sala sin ser vista ni delatarse. Jerónimo ni siquiera parpadeó al gritar la siguiente orden.
—¡Dejadlo a las puertas del convento!
Al abrirse de nuevo la puerta, se filtró un grito espantoso que sobrecogió aún más el alma de Isabel. Los dos padres ya debían de estar en el calabozo bajo tortura. Incapaz de continuar disimulando, apretó el crucifijo que llevaba bajo el pliegue de su sayo y se levantó en silencio para salir a hurtadillas.
MARTES 19. SAN MARIANO ERMITAÑO
Isabel llevaba casi dos horas acurrucada junto al ventanuco de los calabozos acariciando entre las sombras una jarra de barro. Tenía el anhelo de poder sobornar a alguno de los guardias para que diesen de beber a los reos un licor de calabaza que emborrachase su tortuoso dolor.
Para su desesperanza, los verdugos disfrutaban tanto con su macabro quehacer que no se permitieron ni un segundo de asueto. El crujir de las cadenas, el sonido de los látigos y otros tantos tañidos de instrumentos difícilmente identificables de la misma manera que ahondaban en la piel desnuda de los padres trepanaban los tímpanos de la reina embozada. Aquellos energúmenos cumplían diligentemente la orden recibida y con más ahínco del esperado. Su falta de moral les cegaba ante la testaruda posición de los frailes.
Ella, asimilando ya su seguro destino, sólo pudo alzar la vista rogando por una agonía corta. Fue entonces cuando se percató de que la luna estaba ya alta y los frailes no habían regresado al convento de San Antonio, por lo que los planes que urdieron para ese caso se debían de estar ejecutando según lo convenido.
Golpeándose la frente con la palma de la mano, comprobó si llevaba prendida del cinto su saca y corrió de puntillas hacia las escaleras que bajaban al foso de entrada de las embarcaciones. Muy a su pesar, su despiste podría haber perjudicado gravemente a los suyos.
Con el alma en vilo corría a través de la oscuridad mientras se planteaba si aquel disfraz de mora en verdad era efectivo, pues no había podido hacer nada por fray Domingo y fray Antonio. Arremangándose las faldas, aceleró el paso hasta casi tropezar. Miró a derecha e izquierda para cerciorarse de que nadie la siguiera antes de acercarse al rastrillo, que estaba cerrado.
La guardia de muzungulos andaba demasiado atareada vigilando torreones y troneras o jaleando a los torturadores verdugos de los presos. Cuando ya estaba cerca del último peldaño, le pareció oír unos susurros que se acallaron con su proximidad.
Pegada a una de las cuadrículas de la reja, asomó la cabeza para mirar al otro lado.
Nada. La angustia se le atragantó en el gaznate antes de preguntar:
—Soy vuestra reina. ¿Hay alguien ahí?
Intentando fijar la mirada en una oscuridad casi plena, recibió el silencio por respuesta. Una nube solitaria la cegó del todo al cubrir la luna. Aceptando su evidente fracaso, estaba a punto de desistir cuando le pareció oír el chapoteo de un remo. Insistió:
—¿Padre Jesús?
Una cara conocida apareció de entre las sombras, librándola de la ganzúa interior que la oprimía.
—¡Natalia! Gracias al Señor. ¿Está contigo vuestra señora doña Bernarda de Sá?
La esclava, abriendo mucho los ojos, se posó el dedo sobre los labios y susurró.
—Como tantos otros se ha quedado en el convento. Sólo somos una docena los que partimos.
Cuando la velada luna iluminó de nuevo el agua, Isabel se alegró aún más al descubrir a muy pocos metros la silueta varada del falucho con su vela latina arriada. Uno de los hermanos de los que arriba sufrían el martirio saltaba a tierra precipitadamente para dirigirse a su reina.
—Al principio no os reconocí con esas vestiduras. ¿Qué ha sido de los padres Antonio y Domingo?
Isabel, incapaz de contestarle, sólo pudo negar con abatimiento. Fray Jesús, consciente de su pesadumbre, la tomó de la mano.
—Mi señora, sólo podremos salvarnos si no cejamos en el intento. Del otro lado del interior de estos muros todos sabemos de vuestro sacrificio. Hacéis lo que podéis y nunca deberéis culparos del daño que otros procuran. ¿Habéis traído lo que os pedimos?
Asintió sin dudar un segundo, rebuscando entre las faldas de sus amplios ropajes hasta dar con una bolsa de piel que introdujo entre los barrotes de la reja para depositarla sobre la palma extendida del fraile.
—Aquí tenéis todas mis joyas. Incluidas las que más estimo. Espero que basten para costear la travesía desde la isla de Pate a Goa. ¡Necesitamos tanto que nos auxilien!
El padre Jesús, como confesor de Isabel y consciente de la generosidad desinteresada de su reina, rebuscó entre las alhajas que le acababa de entregar. Como era de esperar, topó con las dos piezas que ella más apreciaba. La primera era el camafeo que Isabel conservaba desde el día en que su hermana Teresa se lo entregó antes de despedirse en Lisboa, y la segunda, un pequeño crucifijo de plata y nácar que siempre llevaba colgado al cuello de una cinta a juego con su sayo. El fraile los separó del resto de las joyas y se las tendió, a sabiendas del valor sentimental que ella daba a esas dos piezas. Cerrándole la mano, los rechazó sin contemplaciones.
—El camafeo hace tiempo que lo llevo tatuado en el hombro derecho, por temor a perderlo. Tendrán que desollarme para robármelo. Y aquí en el refajo llevo otra cruz de madera bendecida que me guarda tanto o más que la que os entrego.
Fray Jesús, metiendo de nuevo las joyas en la bolsa, le besó las manos agradecido. Un ruido metálico que sonó al principio de la escalera impulsó a la reina a azuzarlos.
—Si queréis atravesar el arrecife sin ser vistos desde las almenas, debéis partir ya. Así mañana arribaréis a la isla de Pate y ¡Dios quiera que muy pronto a Goa! Esperaremos vuestro regreso tan sedientos como las raíces de los árboles aguardan el agua en época de sequía.
El padre Jesús, sin demorarse más, se dirigió hacia el falucho. Tenía un pie ya dentro y otro sobre la playa cuando se detuvo dándose la vuelta para mirarla de nuevo.
—Cuando regrese, ¿cómo sabré de vuestra majestad?
Ella pensó un segundo antes de responder. Isabel de Várela, despidiéndose de la frágil embarcación, decidió erigirse capitana de la situación en la que se encontraban y, dada su condición, sería la última en abandonar aquella nave presa de la zozobra.
—Como vos, me siento responsable de lo que acontece y os prometo que no abandonaré mi barco a merced de ningún naufragio. Si a vuestro regreso no me encontráis, buscad el pez que simboliza el cristianismo.
El tambor que indicaba el cambio de guardia les sobresaltó de nuevo. Fray Jesús, consciente de su peligrosa situación, aunque no había entendido bien lo que la reina le indicaba, asintió y embarcó sin preguntar más.
Isabel se mantuvo pegada a la reja del rastrillo hasta que el falucho desapareció entre los reflejos nocturnos de la mar, y el repicar rítmico que los remos producían al chapotear en el agua calló definitivamente.
Sabía, muy a su pesar, que al día siguiente sería obligada de nuevo a sentarse a los pies de Jerónimo, y sospechaba que sería una audiencia aún peor que la del día anterior. Así fue. Fray Antonio y fray Domingo, sin haber renegado de su religión, sí parecían haberse mudado la piel a negra, ya que traían una amplia costra de sangre seca adherida a cada uno de sus golpes.
A punto de desmoronarse, se tambaleaban incapaces de mantenerse en pie. Isabel, en tal circunstancia, sólo pudo agradecer que por fin los empujaran a los pies de Jerónimo, porque al derrumbarse descansaron su equilibrio cual hojas a merced de una leve brisa en otoño. En aquel preciso instante sintió cómo le trepanaba los oídos la muda súplica de muerte que manaba de las almas de aquellos desdichados, que sólo esperaban ya librarse pronto de la atadura de sus cuerpos.
MIÉRCOLES 20. SAN BERNARDO ABAD
A la mañana siguiente y según lo establecido previamente, los hombres que se refugiaban en San Antonio se despidieron de sus mujeres e hijos emotivamente antes de salir hacia el fuerte Jesús. Sabían lo que significaba que los frailes no hubiesen regresado la tarde anterior, y el miedo se dibujaba en sus rostros.
Los tres últimos supervivientes de la congregación agustina dieron un paso adelante encabezando la procesión. Armados únicamente con la Biblia, un par de imágenes santas y otras tantas cruces, comenzaron a entonar un salmo que infundió valor a los más temerosos.
A través de la tronera y sobre el cañón, Isabel miraba el arrecife con la esperanza de que la entrada de un barco distrajese la atención de Jerónimo hacia otro punto cuando la brisa le alertó de los cánticos cristianos que se acercaban. La guardia, nada más verles, les despojó de todos los símbolos cristianos que portaban, antes de permitirles cruzar el portón de acceso al patio de armas.
En cuanto entraron se santiguaron presos de estupor. El despojo inerte de los dos frailes ajusticiados pendía de la torre, ensangrentando el escudo de armas del rey don Felipe que la presidía. Se balanceaban a merced de los monzones cual carroña expuesta para alimentar a los hambrientos buitres que ya les sobrevolaban en círculos. Después de aquello no les cupo duda alguna de las intenciones del ahora sultán. El tono intimidante de Jerónimo requirió la atención de todos los presentes sin excepción.
—A alguno de vosotros ya os lo he dicho. Ahora os doy la última oportunidad de redimiros y aceptar a Alá como vuestro único Dios. ¡Yo, Yusuf bin Hasán, como vuestro sultán que soy, juro perdonar la vida a todo el que lo haga!
Un silencio gélido les erizó el vello hasta que una voz desconocida les traicionó.
—¡Yo reniego de mi religión para aceptar la vuestra como la única verdadera!
De inmediato todos se dieron la vuelta, sorprendidos ante el furtivo apóstata que se abría paso entre sus filas a empujones. Al alcanzar la cabecera, dio un paso adelante y arrodillándose ante el sultán, le besó las babuchas como signo de sumisión.
Andrés Macedo, el famoso artillero que tanto arrojo demostró al pescar un tiburón a bordo de la Santa Catalina, ahora se ofrecía a enseñar a utilizar los cañones a la guardia del sultán. Con razón le apodaban el «niño malo».
Jerónimo sonrió consciente del contagio que la debilidad de un solo hombre podría causar en las maltrechas voluntades de los demás.
—¿Alguien más quiere seguirle?
Al ver que nadie hacía un amago, para tentar más a los inseguros el sultán se arrancó de un zarpazo una fíbula que adornaba su capa. Cuajada de piedras preciosas, refulgió al prendérsela del jubón al cobarde apóstata. Quizá aún quedase algún ambicioso egoísta agazapado entre las tímidas huestes cristianas. Insistió.
—¡Es la última oportunidad que os daré de salvar la vida!
Nadie se movió. Tan sólo una ráfaga de viento despeinó sus desaliñadas cabelleras e hizo flamear los grandes cuellos de sus camisolas. Procuraban mantener altivo su semblante a pesar del temblor de piernas. Todos se arrodillaron a una dispuestos a aceptar lo que se terciara. Isabel, al ver una gaviota rozando sus gachas cabezas, pensó de inmediato que probablemente el Espíritu Santo les daba la anticipada bienvenida.
Jerónimo, defraudado ante la pertinaz posición de sus enemigos, con una mueca de disgusto alzó su mano ejecutora para bajarla de golpe. Todos los muzungulos que estaban ya apostados y apuntando en las almenas con sus arcos, flechas y lanzas desfogaron su impaciencia al disparar un manto punzante de muerte sobre los sumisos. El suelo del patio se tiñó de un púrpura limpio e inocente.
El grito desgarrador de una mujer rompió el desolador silencio. Isabel, asustada, miró hacia la misma reja que había velado la noche anterior. Aferradas a los barrotes del mismo calabozo que aún conservaba la reciente esencia de la tortura impregnada en su piedra, doña Joana y Bárbara asomaban sus caras descompuestas.
La reina, preguntándose cómo habrían llegado hasta allí y sin poder retener más sus impulsos, decidió auxiliarlas lo más discretamente posible.
Ya no tenía mucho que perder. Con un tablero que encontró a mano golpeó al alguacil en la nuca para arrancarle las llaves del cinto. No tenía ningún plan, pero era tanta la rabia que no se detuvo a medir las consecuencias de sus actos. Las desdichadas, en cuanto la vieron en el calabozo, se abrazaron a ella entre sollozos.
—¿Cómo llegasteis aquí?
Doña Joana balbució:
—Bárbara, convencida de que su padre aún vivía, se escapó. Cuando salí de San Antonio a detenerla, nos apresaron a las dos.
Isabel no preguntó más. Agarrándolas de la mano, tiró de ellas dispuesta a correr hacia algún escondrijo de los que conocía en los pasadizos del fuerte.
—¡Deprisa! ¡Saldremos por el foso de las embarcaciones! No hay mucho tiempo.
Tiraba de ambas palpando en la oscuridad cuando chocó con un fornido cuerpo. Su voz la asustó aún más.
—¿Qué haces, Isabel?
Sabiéndose perdida, soltó a sus amigas sin saber muy bien cómo reaccionar. Sólo pudo suplicar.
—Déjalas salir, Jerónimo. Permite al menos a las mujeres y a los niños que huyan. ¿Acaso no es suficiente el baño de sangre que hemos vivido?
El sultán, agarrando a Isabel de la trenza, la atrajo hacia sí.
—¡Ven aquí!
Empujando a las dos presas hacia su guardia, ordenó que las matasen sin contemplaciones y comenzó a cachear a golpes el cuerpo de su mujer. Al llegar a su fajín se detuvo, apretó el bulto que encontró en el refajo y tiró del crucifijo. Empuñándolo frente a ella, la cólera enrojeció su mirada.
—¿Qué es esto? ¿No eras conversa mahometana?
El miedo la enmudeció, encogiéndola como un animal aterrorizado perdido ante el ataque de su depredador. Jerónimo, sabiéndose aún más fuerte ante su temor, la sostuvo de nuevo de los pelos arrastrándola escaleras arriba hasta una de las mazmorras del fuerte. Una vez allí la obligó a mirarle de frente. Isabel le suplicó de nuevo por la vida de las dos mujeres, pero él sólo le dio la vuelta para patearla en las nalgas obligándola a entrar en la inhóspita celda que había elegido para ella.
La reina, sentada en el suelo bajo el estrecho ventanuco, se tapó los oídos con la esperanza de huir de semejante congoja. De nada le sirvió, pues aun ansiando una sordera momentánea, oyó como la pequeña Bárbara, presa del miedo, a punto estaba de renegar cuando las súplicas de su madre la mantuvieron firme en sus convicciones. Después, el silencio más desolador la hizo imaginar la muerte de las dos. Una vez más, impotente ante la dolorosa certeza, sólo pudo llorarlas.
JUEVES 21. SAN SIDONIO APOLINAR
Al amanecer del quinto día de infierno, la reina pudo escuchar desde su encierro como todo el ejército de muzungulos se dirigía calle abajo hacia el convento, donde las mujeres que quedaban estaban atrincheradas velando por sus hijos con la ayuda de algún esclavo que aún les permanecía fiel. Pensó que si las intenciones eran buenas pronto embarcarían; si por el contrario eran otras, se defenderían como leonas hasta la muerte. Bernarda de Sá y María la Bastarda, las de más arrojo, organizarían la defensa y no admitirían una rendición.
Asomada al tragaluz intentaba adivinar qué pasaba. Abajo los moros parecían estar avituallando un gran falucho para hacerse a la mar. ¿Sería para embarcar a las que quedaban vivas con sus hijos? Quizá Jerónimo hubiese decidido perdonarlas. Al fin y al cabo, ¿qué daño podrían hacer? Empachada de esperanza, rogó para que así fuera. A las tres horas de aquello, cuando el sol estaba alto y el calor apretaba, unas voces lejanas la despabilaron del sopor húmedo en el que se encontraba. Al atisbar de nuevo las vio.
Al fondo aparecían todas sus amigas junto a sus hijos en brazos o a pie. Se alegró por ellas. Doña Bernarda acarreaba cuidadosamente un canasto con la pequeña talla de santa Mónica.
Desde la posición en la que se encontraba pudo escuchar cómo María la Bastarda agitaba un pañuelo blanco al aire alardeando de que aquel pedazo de tela guardaba las lágrimas que de la talla habían manado. «¡Tengo la prueba del milagro!», gritaba muy agitada. Isabel se alegró por ellas. Estuvo tentada de gritar, pero no lo hizo, no fuese a truncar la repentina bondad del sultán. Quizá Jerónimo después se apiadara de ella.
No les faltaría ni un cuarto de legua por recorrer hasta el embarcadero cuando un sonido metálico a los pies de la torre llamó su atención. Un manojo de sables había caído estruendosamente al suelo empedrado. ¿Qué necesidad había de cargar en el Pangayo más armas de las que normalmente portaban? El corazón se le encogió ante la funesta sospecha.
Gritó, pero el miedo la traicionó enmudeciéndola. Los cafres azuzaban a las mujeres para que aligerasen el paso y éstas, más confiadas que nunca, obedecían.
Cuando al fin la voz quiso manar del gaznate de Isabel ya era tarde. Sus amigas habían embarcado sin percatarse de que en el falucho, en vez de pacíficos hombres de mar que las guiasen a Pate, había soldados armados hasta los dientes.
Desde su encierro el Pangayo se empequeñecía en la lejanía. ¡Cómo ansiaba equivocarse! Estaba tan preocupada por ellas que ni siquiera se daba cuenta de que probablemente sería la única cristiana que quedaba viva en la isla.
A la altura del arrecife aquel falucho comenzó a zarandearse al mismo tiempo que una nube oscura brotaba del convento de San Antonio. Mientras las llamas abrasaban el último vestigio del hombre blanco en la isla de Mombasa, el Índico aguardaba inmerso en su ficticio sosiego a que el tiempo transcurriese.
A pesar de la distancia Isabel podía imaginar a la Bastarda asida a la imagen de santa Mónica y a las demás abrazando a sus hijos en el dolor de una despedida eterna. Ya no podían huir. Muy pocas sabían nadar y las que lo hacían nunca hubiesen sido capaces de dejar a los suyos a merced de semejante infortunio. Los más pequeños ahogaban sus gemidos entre los pliegues de los sayos maternales.
Soslayado el arrecife, las fueron arrojando desde la borda del Pangayo para, una vez en el agua, acuchillarlas o desnucarlas a remazos junto a sus hijos. La masacre fue terrible; casi cuarenta viudas perecieron junto a sus párvulos después del sangriento amanecer.