Capítulo 7

MOMBASA, UNA PERLA DECADENTE

4 DE NOVIEMBRE DE 2003

Amanecí empapada en sudor. La humedad era tan espesa que taponaba todos los poros de mi piel, y la incesante lluvia no contribuía en nada a mejorar la situación. ¡Cómo podía haber sido tan estúpida! Justo había llegado a Mombasa en pleno inicio de la estación de lluvias. Si hubiese sido lo suficientemente precavida a la hora de preparar el viaje como para mirar el pronóstico del tiempo, sin duda lo hubiese aplazado para pasar las Navidades con mi hermana y mis sobrinos. Pero ya era tarde. Fuera arreciaba la tormenta tanto como en los días anteriores. Sonaba a catarata. No me levanté. Para qué iba a asomarme al alféizar si con el temporal no vería más allá de mis narices. Para qué vestirme si las callejuelas se ahogaban anegadas por torrentes y barrizales. La fuerza todopoderosa del Índico se había anclado en la bahía para erosionar con furia la pequeña isla, y lo peor era que no tenía visos de amainar.

Me abracé a la almohada con brazos y piernas añorando una caricia. Llevaba enclaustrada en aquel hotel veinte días aguardando noticias del padre Francisco y comenzaba a desesperarme.

Aquella noche no fui dueña de mis pensamientos, y por alguna extraña influencia el conseguidor se infiltró eróticamente en mis sueños. Mientras intentaba vencer la modorra traté de recordar cuándo fue la última vez que había hecho el amor. Desnuda, me acaricié el pecho. El inesperado estímulo desató un deseo sexual desaforado.

Me escoraba dando bandazos de inseguridad e incertidumbre. La luz tamizada por el estor de paja disfrazaba las imperfecciones de mi piel haciéndola tersa y joven. Aquel cuarto cuajado de hornacinas, espejos y falsos mármoles de escayola evocaba la decadencia pretenciosa que la antigua colonia inglesa dejó impregnada en Kenia. Todo lo que me rodeaba era tan de mentira como el orgasmo que ansiaba tener en aquel momento.

Inmersa en mis fantasías de amor, procuré poner a mi efímero amante el rostro de mi salteador de sueños. Mi respiración se hizo más profunda mientras mi corazón se aceleraba. Ilimitada, mi imaginación se alimentaba de segundos solitarios a la espera de nadie.

La tentación pudo más que la razón. Sentí con los ojos cerrados cómo mi mano acariciaba mi cuerpo desnudo, recorriendo sin pudor aquellas recónditas zonas rescatadas del más absoluto olvido. Me estremecí al sentir en la palma la erección de mis pezones. La humedad de aquel ambiente inmerso en lascivia acudió inevitablemente a mi entrepierna, restallando en jadeos que tuve que reprimir de inmediato.

Alguien llamaba. Dudé un segundo si abrir, lamentando la interrupción. Desganada, aparté el mosquitero y tomé el reloj de la mesilla de noche. Eran las nueve de la mañana en Mombasa y las seis en Madrid. Aún no había conseguido desconectar del todo. Me levanté, envolviendo mi frenético trasiego en un pareo rojo y negro que pendía del respaldo de la mecedora, y acudí a la puerta. Era Betti, que me entregaba un telegrama, mostrándome la sonrisa radiante que la satisfacción me acababa de negar.

Después de leerlo, me vestí rápidamente para bajar a la cafetería. Esperaría desayunando a que mi hermana estuviese en pie para llamarla y pedirle que mandase un correo electrónico a los misioneros agradeciéndoles la gestión. Para ella sería más fácil que para mí, a pesar de encontrarse al otro lado del mundo. En muchas ocasiones lo que en Europa era sencillo en África se hacía una empresa imposible.

El padre Francisco se excusaba por la tardanza, pero las lluvias habían anegado los caminos y los viajes en esa estación se hacían impracticables. Nos veríamos en enero; hasta entonces podía disponer de la casa de la playa como si fuese mía. Gloriosa noticia, ya que estaba harta del cutre habitáculo en el que me hospedaba.

Me daba la dirección de una librería La Taiyebi House, muy cerca del cine Kenya y en la acera de enfrente del mercado de Mackinnon. Allí el librero me entregaría las llaves de la casa. Además, me recomendaba el nombre del único hombre que conocía que podría guiarme hasta Turkana en el momento en que decidiese aventurarme a visitarlos. Un garabato deletreaba su nombre.

El tiempo no tenía la misma medida en aquel continente que en Europa. Aun descartando la segunda opción que el padre Francisco me proponía, releí atentamente el nombre al que hacía referencia. Me sonaba. Rebusqué en el fondo del bolsillo externo de mi mochila y encontré la tarjeta arrugada y amarillenta que el conseguidor me entregó al dejarme en aquel lugar. Sin duda, el mundo era diminuto. ¿Acaso no existía otro hombre en toda Mombasa? Contrariada por la coincidencia, me dirigí a la cafetería del hotel.

Desayuné con ansia un zumo de mango, una torta de trigo y un café con leche. Sin saber exactamente el porqué me dispuse a marcar el número de la tarjeta. Esperé pacientemente a que descolgasen hasta que saltó el contestador. Intuyendo que mi absurdo recado sería escuchado tarde y a destiempo, opté por colgar. Aquel hombre se me insinuó al mirarme la primera noche y no quería que pensase que mis intenciones podrían ser diferentes de las que me obligaban a llamarle. Pero ¿cuáles eran realmente mis propósitos? Ni siquiera lo sabía yo. La obligada soledad me estaba alterando. Además, el piar ensordecedor de la pajarera del fondo me hubiese impedido explicarme con claridad sin recurrir al grito.

Betti rellenaba mi taza de café cuando sonó mi teléfono.

—Soy Richard. Sé que acaba de marcar mi número, no me dio tiempo a cogerlo. ¿Quién es?

—Carmen.

Se hizo el silencio y comprendí que no me localizaba. Esperé un segundo a que la camarera recepcionista pluriempleada se alejase.

—Hace veinte días nos topamos en el puerto y me trajo al Palm Tree.

Inmediatamente me contestó en castellano y cambió el tono de voz.

—¡La misionera abandonada de las mochilas! Por un momento pensé que era una amiga que aprovecha esporádicamente las ausencias de su marido cuando se va de safari a Tanzania para llamarme. ¿Necesita de algún otro servicio?

Lo estaba haciendo de nuevo. Aquel egocéntrico debía de creerse el único conquistador de la costa suahili. Representaba a la perfección ese tipo de hombres que tanto me repatean. Improvisé y me inventé una excusa.

—Siento decepcionar al Don Juan africano. Sólo quería contratarle como guía, pero como evidentemente el servicio que le solicito no le servirá para alardear de otro romance dudoso, prefiero desistir del empeño.

Oí como colgaba. Sin duda, aquel joven y retrógrado aventurero no estaba acostumbrado a los desaires femeninos. Mejor así. En aquella ciudad tenía que existir otro tipo que hiciese lo mismo. Sólo la idea de tener que escuchar sus historias sobre conquistas durante las noches de acampada me aterraba. Repentinamente, su voz me sobresaltó.

—¿Adónde tendríamos que ir?

Aún tenía el teléfono en las manos y sonreía satisfecho por mi sorpresa. Sin esperar mi invitación, se sentó en mi mesa e hizo una señal a Betti para que le trajese una cerveza.

—Me gustaría que me llevase a la misión Nariokotome, a orillas del lago Turkana.

Asintió pensativo.

—¿No vino usted de Nairobi? Turkana está mucho más cerca de allí. ¿Por qué no lo pensó entonces? Hubiese sido mucho más fácil, desde aquí tendremos que cruzar el país. Estamos en plena estación de lluvias y ahora no es posible. A principios de enero empieza la tierra a secarse. Tengo que llevar a un campamento cercano a unos biólogos. Mataremos dos pájaros de un tiro.

Sabía de antemano que me contestaría algo parecido. Pensativa, comencé a despegar la etiqueta del botellín rascando con la uña. No sabía si el sueño de la noche anterior había sido premonitorio, pero estaba disfrutando con su presencia y la retendría jugando a la indiferencia. Sin mirarle a los ojos, contesté.

—No tengo por qué darle explicaciones, y además no puedo esperar tanto.

Displicente se balanceó sobre las patas traseras de la silla.

—No le queda más remedio.

Insistí entretenida, mientras hacía un rollito con la etiqueta ya despegada del vidrio.

—Le pagaré bien.

—No espero otra cosa. Pero ha de quedar claro que además las condiciones las pongo yo. Saldremos en enero y no se hable más. Ya me debe una, y no está en situación de imponerse.

Desesperada ante tanta prepotencia, le miré fijamente a los ojos mientras tiraba el rollito de papel sobado sobre la mesa.

No me dio tiempo a contestar. Sin esperar réplica, se levantó, y sonriendo con sorna, se caló el sombrero impermeabilizado con grasa y se dispuso a salir. Estuve a punto de gritarle, pero me contuve. Como aquella noche en el puerto, me tenía atada de pies y manos. Me gustase o no, aquel embaucador era indispensable para mis planes.

Un extraño escalofrío encrespó mi vello mientras lo observaba alejarse. Hacía mucho que no conocía a nadie tan diferente a mí y sin embargo, me atraía como el polo opuesto de un imán.

Tragué saliva. Al fin y al cabo, tenía mucho que investigar en aquella decadente ciudad para ilustrar la historia de Isabel de Várela. No me vendría mal quedarme un par de meses en Mombasa inhalando los mismos olores que ella olió, pisando las mismas tierras, observando las mismas vistas, palpando las mismas materias e intentando empatizar con todos sus sentimientos. Busqué mi ocupamanos sobre el mantel, pero había desaparecido.

Como suele suceder en todo, los días de estancia solitaria en aquel hotelucho de mala muerte hicieron que la pequeña casa de la playa me pareciera una lujosa mansión.

Al más puro estilo colonial, tenía contraventanas de láminas que salvaguardaban sus cristales de la fuerza de los monzones. Toda ella estaba pintada de blanco, y el suelo era de amplios listones de madera que resonaban al andar. La chimenea servía a su vez de cocina. Constaba de un solo cuarto con una cama de ébano cubierta por un mosquitero, unos cuantos almohadones persas tirados por el suelo a modo de sofás y una mesa baja de bambú probablemente importada de la India. En el porche, un balancín de madera se columpiaba incansable a merced de la brisa marítima. Las cadenas que lo sujetaban al techo estaban tan oxidadas como los dos faroles que lo debían de iluminar de noche. Aquella modesta cabaña me sirvió para encastillarme en la serenidad más absoluta. Por las mañanas solía coger el matatu en la carretera que unía Malindi con Mombasa para apearme en el centro de la ciudad.

La investigación absorbía casi todo mi poder de observación. Una mañana, rebuscando entusiasmada entre los legajos del archivo histórico de la ciudad, perdí la noción del tiempo hasta que las piernas me alertaron por el entumecimiento que sufrían. Entre calambrazos me dispuse a reanudar con movimiento el fluir de la corriente sanguínea. Me dirigí a la ventana. Los monzones soplaban y la lluvia golpeaba de nuevo sobre los cristales desfigurando todo en el exterior. Me sujeté los riñones, dispuesta a continuar leyendo para tomar notas en mi ordenador, pero la hora me hizo cambiar inmediatamente de opinión. Recogí todo y me dirigí al Tamarindo. Mi trabajo exhaustivo bien se merecía un suculento almuerzo en el mejor restaurante de la ciudad.

No quería pensar en otra cosa que en mi tesis. Aquello me haría olvidar la obsesión por un reencuentro fortuito con mi particular conseguidor. La soledad me estaba carcomiendo el cerebro. Desde aquella terraza, la vista era espectacular. Al otro lado de la isla de Mombasa la lejanía cubría la ciudad de un halo mágico que escondía su decadencia. Me limpié a conciencia las manos en la toallita caliente empapada en agua mentolada y disimuladamente me humedecí la nuca para refrescarme. Concentrada en el menú del día, oí el bipbip de un mensaje en mi teléfono. Había marcado una y mil veces el número de Richard sin llegar a telefonearle. Abrí el sobre de la pantalla.

—Los monzones demoran la salida. Saldremos cuando Alá lo permita.

Sabía que todo era absurdo. Hasta aquello sonaba surrealista, ya que yo era católica. ¿O debería decir cristiana, ya que allí pocos diferenciaban a un anglicano de un católico, ortodoxo o baptista? ¿Cómo podía confiar en aquel hombre? No le conocía. Nuestras conversaciones hasta el momento habían sido secas y distantes, y sin embargo, ahora que se terciaba un acercamiento, yo no conseguía despegármelo de la cabeza. Mientras guardaba el teléfono, un pinchazo me trepanó el estómago obligándome a encogerme. Miré a la mesa.

Un plato típico de kuku wakupaka a base de pollo cocinado en leche de coco especiado con arroz aún esperaba humeante junto a un zumo de pina. Contrariada por el despiste, me llevé la mano a la frente. ¡El hielo del zumo! Cualquiera que hubiese recorrido mundo sabía que en ciertos países el agua que sus paisanos beben es veneno para los occidentales, y pecaría de ingenua al atreverme ni siquiera a suponer que aquel cubito de hielo se hubiera fabricado con agua mineral.

Después de vomitar hasta los higadillos, y temiendo una posible deshidratación, quedé tumbada sudorosa y mareada en mi oscura cama de ébano. A través del mosquitero todo se difuminaba a mi alrededor. Por primera vez, además de padecerla, temí la soledad. ¿Qué pasaría si perdía el conocimiento? Nadie me echaría en falta ni vendría a buscarme.

El fuerte viento empujaba las gotas de lluvia contra los cristales de mi ventana, haciéndolas sonar como chinas de arena. A pesar del estruendo y el cansancio, conseguí dormirme. Era cierto que los monzones no avisaban, y lo más seguro sería esperar a que calmasen su furia. Como ellos, mi gastroenteritis claudicó a favor de un día soleado y una digestión sin dolor. Lo único que agradecí a aquella nauseabunda semana fueron los cuatro kilos que perdí.

Una vez recuperada, como todas las mañanas me dirigí a Mombasa. Quería buscar algo para fabricar un adorno navideño que alegrase la casa en aquellas extrañas fiestas.

Ya en la ciudad descansé un poco en el café Estambul antes de ir al mercado de Mackinnon para intentar comprar mangos, papayas y piñas. Al entrar, desistí de mi intento al ver como una nube de moscas revoloteaba sobre la fruta. Distraída, al salir de aquel alborozo crucé hacia la zona de las carnicerías. Al ver los cadáveres de los animales despellejados y colgados de sus ganchos, una arcada de repugnancia me recordó mi reciente enfermedad. El escrúpulo que demostré los primeros días de estancia en la ciudad poco a poco se convertía en absurdo.

A un paso del puerto estaba la ciudad vieja, con su olor a salitre y especias. Me adentré entre sus callejuelas; al atardecer, cientos de tenderetes se montaban en ellas improvisando un zoco. Muchos de ellos ofrecían comidas: kebab, pichón frito o pastelitos de coco y miel.

En los puestos de ropa igual encontrabas un sari que una chilaba, un caftán que una túnica, turbantes según la religión, y bui-buis negros que servían para esconder los rostros de las mujeres a excepción de sus ojos… Por debajo de aquellas holgadas y púdicas ropas, de vez en cuando asomaba por descuido una enagua de encaje rojo o fucsia. Pronto supe por la sensualidad de la ropa interior que pendía de las perchas de los tenderetes que aquellas mujeres tan tapadas se gastaban más en lencería que en lo que la escondía. No llegué a descubrir si por capricho propio o de sus maridos. Muchas de ellas, además, se pintaban los ojos con khol para hacer inescrutable su mirada. Compré un pequeño bote de madera con aquel polvo y un palito para probarlo. El que me lo vendió me aseguró que era curativo para los ojos.

En los puestos de calzado se podían encontrar babuchas, chanclas, sandalias y zapatos de lo más variopintos. Un tenderete de especias me llamó la atención por el colorido de sus sacos, que casi refulgían cegando a su admirador, y eso por no hablar de los aromas que emanaban. Los rojos, naranjas, amarillos y ocres me impulsaron a fotografiar aquel inesperado arco iris. La vendedora me miró con desprecio mientras se tapaba la cara girando la cabeza.

Persas, árabes, hindúes, occidentales, kikuyus y masáis hacían de Mombasa la ciudad más multirracial y cultural que nunca había visto. Nadie parecía detenerse a observar a nadie y era muy fácil pasar inadvertido entre tantas costumbres diferentes. El respeto reinaba entre todos mediante un sutil oscurantismo que protegía a cada etnia de las demás. Las veinticuatro mezquitas, la catedral y los templos hindúes se encontraban desperdigados por toda la ciudad de un modo tan anárquico como sus feligreses.

Entusiasmada por todo lo que me rodeaba, perdí la noción del tiempo y la orientación. Inmersa en aquel laberinto de tenderetes, no me di cuenta de que las callejuelas eran cada vez más angostas. Tanto que situada en el medio y extendiendo los brazos podía tocar las dos paredes laterales tiznándome las palmas de cal. Me recordaron a las antiguas juderías españolas. En aquella ciudad se podía pasar del ambiente más refinado al más pobre en sólo un minuto.

Cuando los muecines llamaron a oración y una lechuza enjaulada anunció el atardecer, miré mi reloj de pulsera. ¡El tiempo se me había pasado volando y ya no tendría más remedio que contratar un taxi para regresar a casa antes de tentar más a la suerte jugando con mi seguridad! Pronto me empecé a desesperar. Todas las callejas eran iguales en aquel zoco y para colmo, el lugar se estaba quedando desierto ahora que la inmensa mayoría de comerciantes daba por finalizada la jornada y echaban la persiana.

Al detenerme confusa, una intuición me hizo girarme para mirar atrás. En ese preciso momento un joven se escondió en un portal. Sin volverme de nuevo, aceleré el paso con el pavor que me producía el escuchar como sus zancadas ganaban terreno. Solté todos los paquetes que llevaba y comencé a correr despavorida. Al mirar hacia atrás, vi como el acechador se disponía a hacer suya la abandonada mercancía.

Aún estaba despistado cuando me choqué con alguien que me abrazó. Cerrando los ojos, temblé entre aquellos brazos sin atreverme a mirar. Acababa de librarme de un atraco y ahora me enfrentaba a algo peor.

—Le advertí que tuviese cuidado. Llevar una cámara tan ostentosa en lugares tan inseguros supone una tentación difícil de eludir. ¿Qué hace por la noche a solas deambulando por la ciudad?

Me dejé abrazar con gusto, cobijándome en su pecho y musité temblorosa:

—Gracias a Dios, Richard. Me había perdido.

Me separó de él.

—Aquí debe cuidar de sí misma sin bajar la guardia.

—Lo sé, y es lo que procuro hacer, pero a veces me siento tan cercada por esta isla como ella por los canales de Mombasa y Kilindini. ¡Y eso si no pienso que la única salida está en el paso de Makupa! Es angustioso y claustrofóbico. Necesito salir de aquí.

—Me debe dos, y como siga así, llegará un momento en que se sienta tan comprometida conmigo que no sepa cómo agradecérmelo.

Abrió los ojos y arqueó las cejas en tono burlón.

—Sólo le puedo dar un consejo. Hay muchas historias en África que encandilan a sus visitantes, pero tiene que descubrirlas con los pies en la tierra y usted sueña demasiadas veces despierta. No se precipite y empiece a comportarse como los de aquí. El tiempo no transcurre y la prisa no existe. Ellos, al verla tan acelerada, dirían: «Haraka baraka harina baraka», que significa «no hagas hoy lo que puedas hacer mañana».

Sonreí.

—Querrá decir: «No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy».

Él me devolvió la sonrisa, negando divertido.

—¡Cuánto tienes que aprender aún de esta ciudad!

Sentí su respiración en mi oído y un cosquilleo me invadió. Era la primera vez que me tuteaba.