Capítulo 8

RUTA DE LAS ESPECIAS

DÍA DE LA NATIVIDAD DEL AÑO DE

NUESTRO SEÑOR DE 1626

Pasado el cabo de Buena Esperanza, llegaron a Lourenço del Marqués, apodado «el cementerio de los portugueses» porque muchos de los que sobrevivían a la enfermedad de las encías morían allí de disentería, cólera, malaria o fiebres palúdicas. Los mosquitos, chinches y demás insectos hacían su agosto cual parásitos portadores de calamidades. Como no había un lazareto donde aislarlos, los contagios se propagaban sin parangón.

Aquel día, anclados en la mitad de la bahía, se disponían a celebrar la natividad del Señor. Al aparecer Isabel en cubierta, el padre Lobo, que andaba disponiendo el altar para la misa del gallo de aquella noche, la miró de arriba abajo sorprendido.

Hacía más de una semana que con el trasiego habitual que implicaba la llegada a puerto no la veía. Ella había permanecido enclaustrada en su camareta cosiendo sin descanso. Por la expresión del fraile dedujo que el resultado de tanto quehacer había sido más que satisfactorio y se sintió orgullosa. Sobre su sayo y con mucha paciencia había cortado, hilvanado, cosido y bordado un vestido.

Para ello tomó la seda encarnada del inesperado ajuar con el que su futuro esposo la había obsequiado. Las alhajas, acordes con el color y textura de las telas, las eligió con sumo cuidado. Del pronunciado encaje del escote prendió dos broches de brillantes a juego con las pulseras que sujetaban los bordados puños de sus muñecas. Dos plumas de oro cruzadas a la altura del moño hacían las veces de tocado. Al cinto de raso de su cintura cosió su camafeo, pues las alhajas no le hicieron olvidar su humilde herencia.

El padre Lobo la asió de las dos manos, alzándoselas para admirarla. Ella se dejó guiar con gusto.

—¿Os percatáis de que Jerónimo podría haber tenido un cuantioso harén entre mujeres, concubinas y esclavas?

Se encogió de hombros. La verdad es que no esperaba ese comentario. Sólo quería preguntarle si sería visto como pretencioso por la tripulación que se vistiera así aquella noche. El fraile la obligó a dar una vuelta sobre sí misma.

—En cuanto os vea, sé que no se arrepentirá. Sin conoceros, ha renunciado a las mujeres más bellas. Vos sois la elegida de entre todas y no es extraño. ¡Estáis preciosa!

Con tanto piropo se sonrojó. La belleza ensalzaba a una mujer y en su caso le hacía sentirse más segura para afrontar lo que se le había impuesto. No quería defraudar a nadie en su reino. Para ello pondría todo su empeño en cautivar a sus súbditos desde el primer momento con la elegancia y nobleza de una gran dama.

—Habladme de sus virtudes para que el encanto sea recíproco. Quién sabe, quizá Dios nos bendiga con el amor con el que cualquier mujer sueña y éste surja entre los dos.

Al padre Lobo no le costó enumerar sus cualidades.

—Ama la sabiduría. Vela por la verdad y admira la belleza. Procura gobernar a su pueblo con justicia, castigando a los rebeldes si es necesario. Es generoso con los que lo necesitan y escucha a los que lo requieren. Ansia el bien de los suyos y huye del mal como de la malaria. Conoce bien nuestra religión y por eso la eligió, repudiando la de su padre. Quiere a nuestro Dios y predica con su palabra y ejemplo convenciendo a los herejes de su descarriada condición. Insta a unos para que abandonen a Alá y a los otros para que repudien a los cientos de dioses que adoran. Castiga a los que aún ofrecen sacrificios animales para obtener una gracia divina que nunca llegará. Pero la labor es lenta y lo sabe.

Isabel, apoyada sobre la regala de estribor, dejó que su mirada descansara perdida en lontananza. No quería interrumpir el elogio que le estaba dedicando a su futuro marido.

—Si es tan sensible y cariñoso, habrá construido un lugar para que nuestra familia crezca. ¿Cómo será mi hogar?

El padre Lobo se frotó las manos. Sabía por su actitud y aspecto soñador que Isabel ya había aceptado su destino. De él dependía ahora que lo hiciese de buen grado. Sin duda, disfrutaba saciando su curiosidad.

—El palacio de vuestro difunto suegro era largo y estrecho. El techo estaba cubierto con hojas de palmera secas y sus toscos muros estaban construidos con paja, barro y excrementos de animales para alejar a los insectos. Contaba con una sola estancia donde recibía en audiencia. Los más viejos le recuerdan recostado sobre un trono de madera y cubierto de pieles de animales salvajes. Era temible y tenía como ídolo a un pirata turco llamado Grang. Siguiendo sus pasos, dicen que pagaba grandes cantidades de oro a todo cafre que le trajese la cabeza de un cristiano. Cuando tuvo suficientes como para dejar un campo sembrado de cuerpos decapitados secó los cráneos, los ordenó limpiar y los utilizó para enlosar el tétrico suelo de su palacio.

Isabel abrió los ojos y la boca como si se le hubiesen pegado una patada en el estómago. El espanto se reflejó en su ceño fruncido y hasta las plumas de su tocado se le erizaron. El padre Lobo, al ver su cara de horror, sonrió.

—¿Macabro, verdad? No os preocupéis. Todo aquello ha desaparecido y el infierno se ha hecho paraíso. La regia choza quedó completamente destruida cuando los cañones del fuerte Jesús acallaron sus rebeldes tambores. Aquel bárbaro terminó muerto por los nuestros, y a su hijo Jerónimo, siendo aún muy niño, nos lo llevamos a Goa para educarlo entre gentes civilizadas. A sus dieciocho años ha sabido abrazar nuestra religión, costumbres y creencias. Y por ello se le ha recompensado devolviéndole el mismo reino que su padre esquilmó de vidas y honores. Ahora os aguarda en el hermoso palacio que hemos construido para vuestro albergue.

La frente de Isabel permaneció arrugada. Esta vez de indignación. Si no fuese porque adoraba al padre Lobo, se hubiese enfadado de verdad. Aquel anciano tenía un sentido del humor bastante extraño y desagradable. Suspiró tres veces para conseguir el sosiego y continuó preguntando:

—¿Se parece el palacio actual al anterior?

El fraile negó a la vez que soltaba una alegre carcajada.

—Sois ingenua de verdad. ¿Nos creéis capaces de dejaros en semejante chamizo? Sólo os diré que vuestra vestimenta es digna del marido y el hogar que os aguardan.

Riéndose aún y negando con la cabeza, se alejó divertido.

Isabel quedó apoyada en la misma posición. La figura difuminada de un pequeño niño observando con orgullo la regia efigie de su progenitor, sentado sobre una pila de relucientes victorias en forma de cráneos, le produjo escalofríos. ¿Cómo sería en el fondo Jerónimo de Chilingulia? ¿Se habría convertido de verdad en un cristiano civilizado? Sacudió la cabeza para borrar aquellos desagradables pensamientos de su sesera. Desenredando uno de los largos pendientes del bucle en el que se le había enganchado, trató de convencerse a sí misma.

—Acéptalo, Isabel, sin dudas ni titubeos. Los padres agustinos le convirtieron para siempre con la intercesión del Espíritu Santo, y no hay converso más fiel que un apóstata convencido de su error. Confía en el padre Lobo. ¿Qué otro remedio te queda?

Cerró los ojos intentando dar forma a su efímera narración. No pudo. El fraile le había hablado de las cualidades interiores de Jerónimo, pero no le había descrito una sola particularidad de su semblante o apariencia. ¿Cómo sería? Fornido, moreno, con el pelo liso o rizado… Quizá se hubiese dejado barba y mostachos a la usanza portuguesa, o por el contrario fuese barbilampiño. ¿De qué color tendría los ojos? Ahora trocaba la amargura del pasado por los sueños de futuro.

Recibió el año de 1627 sentada en jarras sobre el bauprés. Tarareaba una salve típica de los hombres de la mar cuando le pareció oír un susurro. De inmediato miró hacia abajo, sintiendo un vértigo placentero, una libertad inigualable, una soledad celestial y sobre todo un salado regocijo. Allí sentada y quieta, precedía a la Santa Catalina sesgando la inmensidad del océano sin miedo ni temor a nada. Fue como si, repentinamente, la venerable que daba nombre a la nao la hubiese armado dama guerrera con el toque de su espada en los hombros y sabia con la entrega de su libro.

Arqueando las cejas, sonrió; la sirena del mascarón de proa señalaba hacia Zanzíbar. Desde su altanera posición no alcanzaba a verle nada más que la larga y alborotada melena, pero sabía que, de algún modo, aquella presumida talla de madera debía sentirse halagada, puesto que había guiado a la nao hasta ese punto sin percances. La sombra de algunas islas se dibujaba en el horizonte. Una vez allí, su sirena recibiría el lustre que el constante batir de las olas le había robado.

—¿Lo veis, sirena? Celasteis por una travesía victoriosa y lo habéis conseguido. Don Francisco Lobo dice que aquélla es la isla más bella de las que nos quedan por ver antes de arribar. Aprovecharemos esta última escala para reponer jarcias, limpiar el casco y repintaros de nuevo.

Ya pasaron por Lamu, y les quedaba Pate, con sólo cuatro leguas de longitud. Simo, que era la más pequeña de todas y en la que por las noches su selva se hacía ruidosa por la llamada de las bandadas de lechuzas que anidaban en sus ramas. Ampaza, que ya contaba con un puente y una iglesia. Sin olvidar Pemba. Kilwua, Malindi y Mombasa, que serían los últimos puntos de derrota en aquel plano trazado. ¡Eran tantos y tan extraños los lugares que el padre Lobo le describía que a Isabel le sorprendía recordarlos sin aún conocerlos! Daba gracias al Señor por haber contado con él para prepararse a lo largo del camino, ya que no podía imaginar mejor maestro.

Su voz sonó acelerada tras ella. Pedía a Isabel que se guareciera de inmediato. A ella no le dio tiempo a obedecerle, ni siquiera a pensar en el motivo de tanta alarma, ya que en ese preciso instante sintió como algo duro semejante a un palillo con vida se le posaba en el escote. Espeluznada, apartó de un manotazo aquel inmenso saltamontes de su piel. Era el primero de un sinfín, porque al segundo una oscura nube alfombró la cubierta de la Santa Catalina sembrándola de insectos. Las langostas que no cupieron sobre el navío se posaron sobre la mar para morir ahogadas como soporte de las más rezagadas antes de proseguir camino. El asedio duró un suspiro que se hizo eternidad. Presos de un frenético espantar, la tripulación se golpeaba a sí misma para librarse de la plaga.

Al recuperar la tranquilidad, vieron estremecidos como la nube se dirigía hacia Zanzíbar. Ni siquiera cien incendios podrían compararse al destrozo que causarían en la isla. Fue entonces cuando el capitán Freiré, después de contar los víveres que quedaban en las bodegas, decidió continuar sin hacer escala.

Como Vasco de Gama hizo hace casi ciento treinta años, entraron en la bahía de Mombasa sobre las cinco de la tarde de un sábado del mes de abril. Pero a diferencia del conflictivo desembarco de su antecesor, su recibimiento fue clamoroso. Después del tiempo que llevaban navegando, agradecieron que nadie les cortara las anclas como al gran navegante. Los lugareños no osaron tacharles como a él de deshonestos o ladrones. Muy al contrario, hasta los cañones del fuerte Jesús les saludaban con salvas. Los tiempos de la desconfianza entre portugueses y nativos parecían haber pasado a formar parte de una historia olvidada.

Isabel, desde la borda, admiraba por primera vez lo que sería su futuro hogar. Sólo deseaba que la concordia fuese real y que aquel fuerte de paz nunca se derrumbase a pesar de las diferencias raciales y culturales que evidentemente existían. Si aquello era verdad, su pequeño y futuro reino sería un buen ejemplo a seguir para muchos. El padre Lobo culminaba nervioso y sin concierto su última lección antes de despedirse.

—Allí los tenéis. Aún no lo distinguís, pero en el centro de la multitud hay una silla de manos que esconde a vuestro prometido. Seréis debidamente presentada a él por los tres padres agustinos que vienen a recogeros. Recordad que os encontraréis con algunos negros a los que llamamos muzungulos. Desconfiad de ellos, son los más simples y aparecen poco en la costa, ya que la mayoría acaban engrosando los mercados de esclavos. También toparéis con comerciantes originarios de la India que…

Con toda la confianza de tantos meses de travesía juntos, Isabel posó su dedo índice sobre los labios del fraile.

—Me temo que os repetís, padre. Todo eso ya me lo dijisteis. Dejadme ahora aprender en silencio.

Bajó el tono de voz, a pesar de que su nerviosismo se acentuaba con el batir de los remos que impulsaban la barcaza que la recogería. Dos mujeres casi desnudas lanzaban flores de hibiscos al mar para engalanar el pasillo de su bienvenida. El padre Lobo no se dio por vencido.

—No creáis que todo es hermoso, Isabel. Hay mucho rencor escondido tras esta máscara de paz y sosiego. Sólo os puedo dar un consejo más: nunca bajéis la guardia. Observad todo lo que a vuestro alrededor acontece y preveníos por lo que pueda pasar.

Isabel se enojó.

—¡Dichosa manía la de no callar! Padre, os solicito por segunda vez silencio. No amarguéis este dulce momento.

El fraile se encogió de hombros, farfullando resignado entre dientes.

—Sois muy niña. Sólo queréis escuchar lo bueno, cerrándoos a lo malo. La vida os enseñará, Isabel. Ella me supera en mucho como tutora.

Isabel se arrepintió de inmediato por su desagradecido proceder. La barcaza que venía a recogerla estaba ya muy cerca, y él ya no la acompañaría en esa corta travesía. Con cariño tiró hacia sí del cordón que asía la cintura de su hábito, y cuando le tuvo a un paso le besó en la frente.

—La diferencia de edad y el respeto que os tengo me amparan para hacer esto. Durante este año habéis sido para mí mucho más que un simple tutor o confesor. Me habéis consolado al principio, cuando la incertidumbre me hizo sentir la mujer más desvalida, solitaria y abandonada de esta tierra. Me guiasteis, enseñasteis y advertisteis sobre lo que encontraría, y me habéis preparado para afrontar un mundo diferente y desconocido.

Sus viejos ojos se tornaron cristalinos, y el sonrojo acudió a sus arrugadas mejillas. Mordiéndose el agrietado labio inferior, la frialdad del deber clerical sólo le permitió emocionarse negando con la cabeza. Aquel humilde soldado de Dios había sido para ella, sin saberlo, el padre ejemplar que hubiese querido tener y no tuvo.