Capítulo 5
TREN EL LUNÁTICO DE NAIROBI A MOMBASA
15 DE OCTUBRE DE 2003
A lo largo de los últimos años había recibido un millón de propuestas para continuar con mi tesis, pero ninguna había logrado picar mi curiosidad como aquélla. Desde que salí del café Hispano no podía pensar prácticamente en otra cosa. Era como si una atracción inexplicable y descabellada me hubiese seducido. Esperaba que, como de costumbre, alguien cabal y centrado me trajese a la realidad desencantándome de tanto sueño imposible, pero por primera vez en mi vida todos parecían estar hechizados ante aquella tentadora locura. ¡Me animaban a continuar con ella!
Leía compulsivamente todo lo que en mis manos caía sobre el continente más viejo del mundo. Estudios sociológicos, demográficos, religiosos e históricos, e incluso tratados de agricultura experimental. Volcaba los datos descubiertos e inconexos en fichas de ordenador. No sabía muy bien cómo encajaría todo en su sitio o si ni siquiera llegaría a intentar componerlo. Sólo intuía que algún día me levantaría sabiendo qué hacer con tanto hallazgo. Cada apunte abría una nueva puerta a la duda, y el resurgir de cada incógnita, una invitación aún mayor. Me obsesioné tanto que sin darme cuenta adquirí cierto complejo de Pepe Carvalho en una novela de Vázquez Montalbán.
Toda aquella inseguridad me provocaba bruscos cambios de ánimo. A veces me sentaba, pensando en todo lo que había leído con el amargo sabor de estar perdiendo el tiempo. La monotonía me engullía, ahogándome en el vómito de la apática desidia, del mismo modo que al segundo una certeza recóndita y contradictoria me convencía de su utilidad práctica.
Rehacer la vida de Isabel de Várela era como buscar una aguja en un pajar, pero ya me había asomado al brocal del pozo en el que me encontraba escondida y podía ver una lejana luz a la que dirigir mis pasos. La investigación me lanzaría a la aventura sin apenas buscarla: haría aquel viaje con el que tanto soñé, terminaría por fin la tesis y, más alejada de mi entorno, conseguiría poner mis ideas en orden sin sentirme inútil. Había llegado a ese punto en la vida en el que uno se plantea si tomó el camino correcto, el porqué de las limitaciones autoimpuestas y si en realidad se necesita todo lo que se ambicionaba. Repentinamente, un hilo invisible tiraba de mí con fuerza. Sólo quería viajar, perderme y dar rienda suelta a mis sueños. ¡Por una vez haría caso a los que me querían y guardaría mi enojado orgullo en un lugar lo suficientemente apartado de mi alma!
Allí sentada sobre la cama, en medio de un orden tan desordenado como el que me caracterizaba en la vida, me decidí. Una vieja mochila a mis pies, una guía del viajero sobre la almohada, la cartilla de vacunación con los sellos de la fiebre amarilla, la polio, la hepatitis y el tétanos impresos. Las pastillas de la malaria junto a un pequeño botiquín de primeros auxilios. Un puñado de billetes pequeños de dólar para propinas y otros cincuenta para el visado de entrada, el pasaporte vigente por dos años, los billetes de vuelo, un mapa de Kenia, una linterna y un itinerario del viaje facilitado por la agencia. Todo aquello, esparcido sobre la colcha, me permitiría la mudanza de cuerpo y alma que tanto ansiaba.
Sobre el tocador, una gruesa cartera con ruedas que contenía mi ordenador portátil junto a los mil documentos que me enviaron sobre Isabel desde el Vaticano, Lisboa, Nairobi, y a falta de los de Goa y los de Mombasa. Además, media docena de libros pendientes aún de lectura y un diccionario. La mayoría estaban escritos en inglés y no habían sido traducidos, lo que sería un pequeño impedimento, pues hacía ya cerca de diez años que no practicaba aquella lengua. El océano Índico me llamaba.
Dejé sobre la mesilla de noche la carta de aceptación a mi petición de excedencia en la universidad, como símbolo tangible de todo lo que ansiaba dejar atrás, y el resto lo metí en otra maleta grande. Cogí impulso y me senté encima para cerrarla. No era partidaria de llevar mucho equipaje, pero este viaje era el primero que haría sin un billete de regreso. Al asegurar los anclajes, inspiré.
¡Resulta que la improvisación me gustaba! La inconclusa tesis que tan desesperada me había tenido en muchas ocasiones se convertía ahora en medicina para el alma, y su elaboración parecía un remedio para mi parón existencial.
¿Y si aquellas lejanas tierras me embaucaban y nunca más regresaba? Repentinamente, recordé un millón de novelas románticas y ensayos sobre África. Memorias de África, de Isak Dinesen, El último diario del doctor Livingstone, de David Livingstone, Las verdes colinas de África, de Ernest Hemingway, Viaje en busca del doctor Livingstone al centro de África, de H. M. Stanley, Mi viaje por África, de Winston Churchill… Y películas como Las minas del rey Salomón, La reina de África o Cobra verde, en las que se escenificaban aquellos paraísos.
Al levantar la vista, vi mi reflejo en el espejo de la puerta interior de mi armario. ¡Sonreía! ¡Hacía tanto tiempo que no lo hacía a solas! Quizá, al fin y al cabo, la vida me brindase otra oportunidad.
El disparo de salida sonó en mi interior. Isabel de Varela era mi pretexto, e imaginé su partida paralela a la mía. Me hubiese gustado embarcarme como lo hizo ella en su día. Podría haber atajado por el canal de Suez para navegar el mar Rojo hacia el sur y así evitar la vuelta entera a África, pero después de estudiar la posibilidad lo consideré poco apropiado. Aquel viaje se hacía demasiado largo e incómodo existiendo un vuelo directo a Nairobi y un tren colonial para llegar de allí a Mombasa.
Mecida por el traqueteo del antiguo vagón, cerré el libro y lo posé sobre mi regazo, entornando los ojos para descansar. Palpando sin mirar, busqué el asa de mi mochila, la enganché en mi brazo, no fuese a desaparecer mientras dormía, y me concentré en lo que acababa de leer.
George Bishop probablemente había biografiado la vida de Pedro Páez para hacerle justicia. Quería demostrar a medio mundo que las fuentes del Nilo Azul, el lago Victoria o Etiopía no fueron descubiertas por unos aventureros cargados de recursos para ello. Los buenos publicistas de la historia inglesa habían convencido una vez más de la supremacía de los suyos. Muy pocos eran los compatriotas que se aventuraban a poner un pero al imperio colonial, tratando de inculcar ideas contrarias a las ya difundidas. Bishop demostró su rebeldía haciéndolo con valor.
Sus descubrimientos ensalzaban a un español como descubridor de aquellas lejanas tierras. Un hombre austero y aventurero que apenas tenía para pagarse un guía o un porteador, y que sin embargo prosiguió con su empresa varios siglos antes de que nadie posase su bota en la costa suahili. Sin necesidad de salacot, con un remendado hábito y un rosario colgado del cinto, incursionó en muchos territorios abandonados de la mano de Dios con la única esperanza de vivir lo suficiente como para dar a conocer al mundo su existencia.
En cierto modo, me sentía como aquel jesuita alcarreño que después de estudiar en la universidad de Coimbra decidió partir hacia tierras desconocidas. ¡No podía dejar de leer una historia tan pareja a la de mi protagonista! Páez había surcado las mismas aguas que Isabel, y había muerto sólo cuatro años antes de que ella se hiciera a la mar. Fue contemporáneo de aquella joven, y su vida llenaba parte de las lagunas de la documentación sobre ésta.
El recuerdo de su espíritu dirigiría mis pasos, con la incertidumbre sobrecargando mi equipaje. Llevaba las ansias de cumplir un cometido que diera sentido a mi vida anclado en el corazón, y estaba dispuesta a culminarlo. Isabel se casaría, Páez evangelizaría en Etiopía, y yo encauzaría mis investigaciones hacia una tesis memorable.
Páez lo hizo por indicación del sumo pontífice, e Isabel, por avatares del destino. ¿Cuál era mi leitmotiv? ¿Huir de un fracaso? ¿La curiosidad? ¿O simplemente buscar una salida? Por primera vez disponía de mucho tiempo libre, y conociendo mi impaciencia e incapacidad para asumir el aburrimiento, no pararía hasta dar respuesta a todas mis preguntas, las concernientes a mi vida y las referidas a Isabel. Sin darme cuenta, había hecho mía la historia de Isabel de Várela. La había adoptado como a una hija desvalida y perdida. Como a la niña que nunca quiso acompañarme en el transcurrir de mi vida.
Los párpados me pesaban, pero me esforcé en mantenerlos entornados. La quietud en movimiento de aquel tren colonial, apodado el Lunático y que cubría el trayecto de Nairobi a Mombasa, era pura aventura. Muchos fueron los hombres que perdieron la vida para construir aquellos raíles. Algunos incluso fueron devorados por los depredadores de la sabana. La mayoría de ellos fueron hindúes que los ingleses trajeron como la mano de obra más efectiva y barata. Eran los antepasados de los que ahora poblaban la costa.
Debíamos de estar a punto de llegar y no quería perderme nada de aquel paraíso. El paisaje que se divisaba era por sí solo un safari[1] visual demasiado fugaz, a pesar de las trece horas que duraba el trayecto entre Nairobi y Mombasa. Atravesamos polvorientos montes, lujuriosos valles, caudalosos ríos y el territorio conocido como Simba, en el que los leones son los reyes. Cebras, antílopes, jirafas, hienas, rinocerontes, impalas, avestruces y un sinfín de animales exóticos que por doquier manchaban con sus manadas la pajiza sabana copiando la piel del leopardo pastaban y cazaban junto a la vía acostumbrados desde hacía generaciones al pacífico paso del tren.
Cuando el Lunático comenzó a frenar me invadió la tristeza. La denigrante pobreza urbana sustituía a la campestre. Un hombre descalzo y cabizbajo ocupaba el lugar de los burros, tirando de un carro cargado con bidones polvorientos de agua.
Casi parados, cruzamos el diminuto puente del ferrocarril que, paralelo a una carretera cuajada de socavones, unía la isla de Mombasa con el continente africano. Ya en el inexistente andén bajé la escalerilla con sumo cuidado para no tropezar. Al pisar tierra firme, cerré los ojos e inspiré. El hedor a zapata quemada, sudor y estiércol me provocaron una arcada. ¿Dónde estaban los aromas que se describían en los libros, el mirto, el incienso, el clavo, el sándalo o el ébano? En vez de perfumes, eran olores nauseabundos los que se adherían a mis fosas nasales, sustituyendo a las esencias que soñé que me embriagarían.
Desencantada por el fracaso de mi primera ilusión, me prohibí soñar más. Dejé la maleta en la destartalada consigna de la estación y, cargando con la cartera y la mochila, me dirigí al puerto. No distaba mucho de allí, y así tendría un primer contacto con la ciudad. Había quedado con un enviado del padre Francisco para que me entregase las llaves de una casita que la misión tenía en algún sitio de la orilla de la costa norte, entre Mombasa y Malindi.
¡Qué mejor lugar para inspirarse en la escritura que mirando al Índico desde la paradisíaca costa suahili! Al parecer, era una pequeña casa colonial que un benefactor suizo legó a la misión al morir y que aún no habían vendido. Estaba lo suficientemente cerca de Mombasa como para acercarme a investigar, y lo adecuadamente aislada como para sugestionarme sin interrupciones. Al terminar mi libro, iría a visitar a mis caseros a su misión de Nariokotome, junto a la frontera de Etiopía.
A pesar de mi aprecio infinito por el silencio, me fue imposible no valorar el ruido y alboroto que la humanidad industrializada armaba a mi alrededor en el puerto. Ahora que me había acostumbrado a los olores del andén y las calles, otros nuevos y más hediondos me abofetearon. El mar estancado entre las rocas apestaba a cloaca. Soslayando los coches atascados en la entrada de seguridad, mastiqué la peste a carburante adulterado que los tubos de escape expelían, y ya en el muelle principal de atraque me sentí salpicada por el sudor nauseabundo de una docena de estibadores descalzos y medio desnudos que tuve que esquivar para llegar al faro que determinamos como punto de encuentro.
¿Qué ocurría en aquella ciudad? Era como si el tiempo se hubiese detenido hacía décadas. A excepción de una herrumbrosa grúa con apariencia desmoronada, nada más aligeraba el peso de los fardos que coronaban los secos cráneos de aquellos desdichados. Un grupo de apáticos árabes en cuclillas y a la sombra del quicio de la puerta de un almacén descascarillado vigilaban y contaban los fardos que de allí salían. El despotismo y la tiranía que los de esta raza demostraron en su día hacia los negros parecían aún latentes.
Sus antecesores, tan árabes como ellos, fueron durante mucho tiempo los únicos que se aventuraron a incursionar en las tierras del interior del continente. Arrasaron poblados enteros, capturando a un tercio de los habitantes sanos que hallaron y asesinando a los niños, ancianos y enfermos inservibles para su posterior venta en los mercados esclavistas de la costa.
Los observé detenidamente. Ni siquiera se sentían intimidados por los dos militares armados que se apoyaban descuidados en la barandilla de la aduana. Sus amarillentas córneas desafiaban el recuerdo del primer eslabón que simbolizaron en lo que fue el mercado más rico y productivo del mundo.
Cerré los ojos, intentando recordar. Si la memoria no me fallaba, el esclavismo se abolió en los diferentes países del mundo entre 1792 y 1886; Cuba fue el último país en hacerlo. Allí parecían haberlo olvidado. Aquellos hombres trabajaban doce horas diarias por setenta y cinco chelines kenianos. Más o menos un dólar diario. Exceptuando la libertad utópica que ellos creían disfrutar, su vida se diferenciaba en poco a la de los esclavos de antaño. Con menos escrúpulos aún, en la actualidad la mano de obra barata es moneda corriente en muchos lugares del mundo sin necesidad de poseer una patente de esclavos. Yo me encontraba en uno de ellos.
Miré al mar. El único sentimiento que no debimos de tener en común Isabel de Várela y yo fue el mareo de tierra. El suelo cementado se anclaba bajo mi pie tan real como el fiasco que sentía entre tanta decadencia. Lo que imaginaba aventura y sueño se presentaba como inmundicia y decepción.
En aquel preciso momento la rampa del garaje de un inmenso ferry se abrió y comenzó a vomitar vehículos. Sus ruedas pisaban la vieja chapa de descenso produciendo un ruido metálico resonante. Desilusionada, busqué a mi contacto con la esperanza de reconocerlo, pero alrededor del faro no había nadie. Al no verlo, opté por esperar en un lugar más apartado del bullicio.
Más cerca ya de la lonja del puerto, me senté sobre un montón descomunal de redes de pesca lo suficientemente cerca de los contenedores de carga como para que me divisaran con facilidad allí. Al mirar el paisaje desde aquel punto, me enfadé conmigo misma por haber idealizado el lugar. Sólo unos toscos catamaranes hechos a mano con troncos de mangos parecían recordar la historia de la rudimentaria navegación y pesca de antaño. Se llamaban dhows, y como antiguos faluchos imitaban a los pequeños barcos que suelen verse navegando por el lejano Nilo. Probablemente, alguien los trajo in illo témpore del mar Rojo.
El tiempo pasó lento. Como un testigo mudo y solitario del atardecer, contemplé absorta en mis pensamientos cómo se iba vaciando el puerto. Alcé el puño, situándolo entre el horizonte y el sol. Cabía a duras penas, por lo que calculé que faltaba una hora para el ocaso. Los estibadores desaparecieron para dejar su lugar a otras gentes de más dudosa procedencia y legitimidad. Mujeres de alterne, borrachos y ladrones surgieron de la penumbra para dirigirse al único garito del lugar. Procuré concentrarme en algo placentero para no sentir miedo o inseguridad, pero no pude. Quizá mis amigos hubiesen equivocado mi fecha de llegada. Intuitivamente, busqué en la mochila el teléfono móvil, e incluso marqué el número de uno de ellos; estaba fuera de cobertura. ¡Cómo no lo había pensado! Estaban en un lugar donde el hambre es normal y una simple botella para llenarla de agua es un tesoro. ¡Cómo iba a haber una antena de telefonía móvil entre tanta pobreza! Debía de haberlo previsto con anterioridad y haber mandado un correo electrónico desde Nairobi recordando mi llegada. No tenía derecho a quejarme, y desde luego tenía que cambiar el chip de mi modernizada mente. Estaba en un país subdesarrollado en el que muchas cosas normales para cualquier occidental eran inimaginables. Me limité a dejar un mensaje por si acaso. Si no quería que la noche me sorprendiese en un lugar tan tétrico, tendría que ponerme en marcha sin más demora y buscar alojamiento.
Al dar el primer paso, vi una pequeña luz de neón que daba a una especie de caseta naval. Un grupo de marineros asiáticos con un aspecto nada tranquilizador bajaban de un carguero mercante entre risas y tropiezos. Sabía que la mayoría de esos hombres probablemente llevaran meses sin ver a una mujer. La prudencia aceleró mis pasos.
Mi único recurso en busca de ayuda se limitó a aquella caseta. El peso del equipaje me hizo romper a sudar de inmediato. La camisa de hilo blanco se adhería a mi piel. Todo me sobraba menos las ganas de localizar un buen colchón donde dar descanso a mis huesos después de una ducha.
Ya estaba frente a la garita cuando un hombre fuerte y ancho de espaldas salió de ella. Mascullando insultos, tiró de la desvencijada puerta hacia sí hasta que consiguió encajarla en el hueco. Unió con la mano derecha una cadena a las dos anillas del marco de la puerta, mientras con la izquierda buscaba algo palpándose desesperado en los múltiples bolsillos del pantalón de campaña. Estaba a punto de ofrecerle mi ayuda cuando sacó un herrumbroso candado del bolsillo bajo la pantorrilla y lo cerró uniéndolo a la cadena.
Llevaba un sombrero de lona calado hasta las cejas, y la tenue luz no me dejaba verle la cara. No se percató de mi presencia hasta que se dio la vuelta. La sorpresa se dibujó en su rostro al verme.
—Karibú.
Mi cara de incomprensión fue clara.
—Significa «bienvenida» en suahili. ¿Puedo ayudarla en algo?
Hablaba en un perfecto inglés. El lúgubre grupo de asiáticos pasó junto a nosotros apestando a porro y pachulí. Instintivamente, contuve la respiración y me eché hacia delante, intentando pasar inadvertida. No sirvió de nada, y me convertí en objeto de las bromas de aquellos hombres. Antes de poder contestarle, me interrumpió de nuevo.
—Anochece y si quiere conservar la vida y la dignidad, no debería deambular sola por el puerto a estas horas.
Intenté analizarle. Llevaba el pelo lo suficientemente largo como para entreverse unos rizos por debajo del ala de su sombrero. La camisa desabrochada dejaba al descubierto un pecho ancho y barbilampiño, cubierto por collares étnicos. Aquel extraño ser hubiese sido el perfecto prototipo de un cazador blanco si no fuese por su aparente juventud y porque la caza llevaba prohibida desde hacía décadas en Kenia. Tuviese la edad que tuviese, y aunque me pesase, era mi única salvación.
Todo en aquel lugar parecía transcurrir a cámara lenta. Era como si el tiempo fuese más denso. Hasta su tono de voz grave y pausada sosegaba el ambiente.
—Sólo busco alojamiento. Hace mucho tiempo que no duermo como es debido ni me ducho en condiciones. Llegué en el tren de Nairobi a Mombasa esta tarde. Éste era mi punto de encuentro, pero llevo ya cuatro horas aquí y sigo a la espera y sin noticias.
Se quitó el sombrero sonriendo y me miró de arriba abajo descaradamente. Unas incipientes patas de gallo se dibujaron a los lados de sus ojos claros, lo que le envejeció hasta pasada la treintena de un plumazo. Se sacó una goma que tenía a modo de pulsera en la muñeca y echando la cabeza para atrás, se recogió el pelo en una coleta. Su melena era rubio ceniza a excepción de dos mechones más claros en el inicio de la frente. La profundidad de su mirada me impresionó.
—¿Es usted española?
Pegué un respingo sorprendida porque, a excepción de un marcado acento anglosajón, hablaba correctamente el castellano.
—¿Tanto se me nota?
Se caló de nuevo el sombrero y echó a andar. Me contestó metiéndose las manos en los bolsillos y sin dignarse ayudarme con el equipaje.
—Mi madre lo era. Sígame, hay un hotel subiendo hacia fuerte Jesús.
Su actitud demostraba lo introvertido que era a pesar de estar siendo para mí un verdadero conseguidor. Había oído hablar de ese tipo de hombres que se pueden encontrar en cualquier lugar remoto del mundo, pero nunca pensé que me toparía tan pronto con un espécimen semejante. En el caso de Kenia, desde que prohibieron la caza, muchos de los cazadores blancos se vieron obligados a trabajar al servicio de los occidentales proporcionándoles todo tipo de antojos y necesidades imaginables. Richard resultó ser un heredero de aquéllos. Sin duda, era de ese tipo de hombres que no disfrutaban hablando de sí mismos. Me cargué de nuevo, cruzando las asas de las mochilas por entre mis pechos; eso los resaltó, y percibí su mirada fugaz mientras asentía con aprobación como si no le viese.
De nuevo buscaba algo, palpándose precipitadamente cada uno de los bolsillos de su polvorienta vestimenta. Tras dos minutos de frenética exploración dio con ello. Sacó un puro seco del bolsillo interior de su chaleco y un mechero Zippo, que guardó en el pantalón a la altura del fémur.
Intenté mostrarme agradable bromeando.
—Yo que usted o cultivaba un poco más la memoria o cambiaba de indumentaria.
Con decisión intentó encenderlo tres veces, pero la chispa no logró llama. Se desesperó y me miró de nuevo.
—Mierda, se ha quedado sin gasolina. Si al menos tuviese uno de los de mecha. ¿Tiene fuego?
—No fumo. Me costó, pero conseguí dejarlo después de múltiples noches de insomnio y algunos kilos de más.
Me miró con indiferencia antes de chistar mirando hacia unos cubos de basura. De inmediato apareció un pequeño negro de unos cinco años que encendió una cerilla. Él le pagó con una moneda, zarandeándole la cabeza con cariño. El niño sonrió y desapareció de nuevo. El rostro de aquella pobre criatura rezumaba agradecimiento.
Por un momento pensé en ignorarlo y continuar a solas mi camino, pero no tardé ni un segundo en contener mis impulsos. La idea de encontrarme a solas de nuevo en plena noche me causaba escalofríos; como dice el refrán, prefería malo conocido que bueno por conocer. Procuré convencerme de que la lasciva mirada que me había dedicado hacía sólo un momento había sido simplemente un instinto masculino de lo más primitivo, ya que al fin y al cabo podía ser diez años más joven que yo.
Preferí restarle importancia, e intentando ser positiva, pensé que había sido afortunada al dar con alguien que dominaba mi lengua. Aquel hombre, a pesar de su rudo comportamiento, tenía recursos para solucionar problemas.
Dio una calada profunda al puro, cerró los ojos disfrutando de su sabor y permaneció así unos instantes como si estuviese solo. Exhalando lentamente, dejó que el humo se filtrase por sus labios entreabiertos e inesperadamente recordó mi presencia. En silencio le seguí.
De estar ubicado en Europa, el Palm Tree se parecería más a un trasnochado prostíbulo de carretera que a un hotel medio digno. La luz rosa que lo anunciaba parpadeaba a punto de extinguirse junto a una palmera tan vieja y mocha como el edificio al que daba nombre. Entramos decididos en el vestíbulo y mi desconocido guía tocó insistentemente la herrumbrosa campanilla que había sobre el destartalado mostrador.
—¡Betti!
Al final de un largo pasillo resonaron los pasos lejanos y cansinos de alguien que iniciaba el desganado camino hacia nuestro encuentro. No pude ocultar mi disgusto al alzar la vista. Las manchas de humedad ya secas habían descascarillado la pintura, y las molduras mudéjares que adornaban la intersección entre la pared y el techo amarilleaban tanto que marcaban aún más la decadencia de la deslucida decoración colonial de lo que pretendió ser y ya nunca sería.
Cuando bajé la mirada, vi que mi acompañante me observaba fijamente. Sin quererlo, me sonrojé como una adolescente. Inmediatamente apartó la mirada y disimuló.
—Sé que no es el Palace, pero la gobernanta es amiga mía y le buscará habitación sin problemas. Tenga en cuenta que se acercan los monzones, y en esta época muchos barcos se cobijan en nuestro puerto para esperar al resguardo que arrecie la tempestad. Sus tripulantes aprovechan el descanso obligado y copan todas las camas de Mombasa.
Una mujer mestiza que aún retenía algo de una belleza tan antigua como la del hotel apareció detrás del mostrador. Al ver a mi acompañante, se le iluminó la ajada cara y sin el menor recato se abalanzó sobre él besándole ardientemente. Él la apartó con cuidado pero sin dejar de agarrar sus nalgas.
—Traigo a esta muzungu para que la acomodes.
Ella me miró con recelo, como si yo tuviese algo que ver con él. La manera que tuvo de presentarme me molestó tanto que preferí darle una explicación.
—Me llamo Carmen. Soy investigadora y no turista. En principio no me quedaré mucho tiempo. Espero que me recojan muy pronto.
Ella me ignoró por completo, dirigiéndose de nuevo a mi acompañante. Por algún motivo que desconocía, seguía contrariada.
—Richard, te he dicho mil veces que yo no soy la dueña de este cuchitril. Cualquier día me vas a buscar un problema.
Se dio la vuelta y miró en el cajetín, sacó la única llave que quedaba y me la tendió junto a un formulario.
—Es la habitación 33. El generador se apaga a las doce, por lo que a partir de ese momento si quiere iluminación tendrá que encender la vela que hay en la palmatoria de la mesilla. Rellene este documento con sus datos y mañana cuando baje me lo entrega. Son exigencias del gobierno.
Asintiendo, guardé las dos cosas en el bolsillo de la mochila junto a la sobada tarjeta que el tal Richard me había dado al entrar. Cargándome con el equipaje, no pregunté nada más. Ni siquiera le di las gracias al hombre. ¿Para qué iba a hacerlo? Adherido como estaba a la recepcionista, ni se hubiese enterado.
Agotada por el interminable viaje, me duché con agua fría, ya que no existía otra opción, encendí el ventilador del techo y cerré el mosquitero que cubría la cama. Creo que perdí el conocimiento antes de posar la cabeza sobre la almohada. Estaba demasiado cansada como para pensar en lo que haría al día siguiente. Ya en posición horizontal entreabrí los párpados y me quedé dormida mirando fijamente las aspas del ventilador del techo. Se bamboleaba como si se fuese a descolgar en cualquier momento, pero no me importó. Como mi estado de ánimo, todo en aquel motel rezumaba decadencia.
A medianoche, como me había advertido la mulata, se apagó el ruidoso generador y el silencio fue total. Sólo el lejano batir de las olas contra el arrecife y el ronroneo de una ciudad a medio adormecer mecieron mi sueño.