Capítulo 18

DE REINA PALATINA A ESCLAVA DE HARÉN

DÍA DE SAN JUAN CRISÓSTOMO DEL

AÑO DE NUESTRO SEÑOR DE 1631

Con la tristeza anclada en su corazón y el diablo tentador del suicidio revoloteando alrededor, Isabel pasó la primera jornada sola después de la masacre, encerrada en la lúgubre mazmorra. En todo ese tiempo no logró echarse al estómago más que un pedazo de pescado en salmuera, una torta de maíz y un par de cántaros de agua. Hasta el hambre y la sed parecían haber abandonado aquel lugar tan dejado de la mano de Dios. La imagen del Índico engullendo a todos los suyos la torturaba, retorciendo su ansiado sueño para tornar reiteradamente lo vivido en pesadilla. Sólo quería morirse. ¿Cómo pudo estar desposada con semejante asesino durante cuatro años? ¿Cómo no se dio cuenta antes de su farsa?

Al anochecer reconoció aterrada el soniquete de los seguros pasos que subían hacia su encierro en la torre de San Mateo. Al abrirse la puerta, la claridad de una antorcha la cegó, pero se dio cuenta al instante de la presencia de Jerónimo. Venía solo. Aterrada e incapaz de levantarse, se arrastró hacia atrás hasta topar con el frío muro que le protegía la espalda. Sólo pudo gemir con la cabeza escondida entre las rodillas cual animal indefenso ante el peligro. Acongojada, sintió como el depredador se agachaba para acariciarle el pelo.

—Si aceptáis a Alá como el Dios verdadero, os convertiréis otra vez en mi preferida. Jurad la profesión de la fe en el islam.

Al levantar la cara topó con el Corán abierto frente a sí. Con la mirada velada por las lágrimas se armó de valor para buscar la de su esposo.

—La sed de venganza os pudrió el alma. Me pedís esto amparándoos en el asesinato y la amenaza. No os dais cuenta de que habéis atentado contra la ley natural del hombre escudándoos en la religión. ¿Acaso no comprendéis que, con vuestro vil proceder, flaco es el favor que le brindáis a los vuestros y a vuestra religión? Sólo Satán como Dios de las tinieblas podría admitir vuestro comportamiento. La mayoría de los sultanes moros no toleran el asesinato de los cristianos como medio para su conversión al islam. Al saber de esta matanza como inicio de vuestra particular yihad, os rechazarán como el infiel que justificó su violento proceder profanando el nombre de Alá.

El sultán, desesperado, le puso la daga en el cuello pegándole el Corán a la nariz.

Isabel, temblando, se separó el libro de la cara para tomar su mano y bajarla a la altura de su pecho.

—Si aún me queréis, ensartadme el corazón. ¡Liberadme de esta agonía que me carcome las entrañas!

Jerónimo, enfurecido ante su terca negativa, tiró el arma al suelo y le desgarró el escote de la vestimenta estrujándole los pechos hasta el dolor.

—¡No os mataré, Isabel! Os deseo y amo demasiado para hacerlo. Pero si no aceptáis a Alá como vuestro Dios, tampoco podréis ser mi esposa. Sois vos la que habéis elegido mudaros en mi esclava y concubina. Seréis la primera del concurrido harén que estoy dispuesto a crear.

En aquel momento ella hubiese preferido que la odiase, pero para su desgracia formaba parte de su obsesionado y extraño modo de amar. Esa misma noche fue despojada de sus sucias vestiduras para ser lavada, peinada, perfumada y encerrada en un rico salón cuajado de celosías, baños, almohadones, perfumes, opio y ricas sedas. Como decían las otras esclavas, una jaula de oro para la reina destronada.

El harén se alegró con la presencia de las más bellas cafres, persas, moras e hindúes. La novedad de aquellas hermosas mujeres atrajo la atención del sultán, que poco a poco fue relegando a Isabel a un segundo plano hasta casi olvidarla.

Esta vez no se sintió celosa como cuando apareció Fatanini en su vida, sino agradecida, ya que así se vio libre de la coyunda consentida que cual muda violación iba menguando su dignidad.

Isabel hacía mucho tiempo que le había hecho un hueco al pundonor, acostumbrándose a andar medio en cueros por las ricas estancias del harén. Aprovechaba los pocos momentos de intimidad entre tanta mujer para plasmar por escrito todo lo que allí acontecía, con la esperanza puesta en un rescate milagroso, y a menudo dejaba que su mirada se perdiese en la línea del horizonte donde el Índico y el cielo se confundían.

Hubo un día en que quisieron rebautizarla con un nombre musulmán al cual nunca atendió. Desde entonces, haciendo honor a su pálida tez tan destacada entre las de las demás, la apodaron la esclava de marfil.

El día de la natividad del Señor de ese mismo año hubiese pasado inadvertido para ella si no hubiese sido porque, rezando a escondidas un rosario invisible y secreto apoyada en el alféizar de entre dos almenas, algo llamó su atención. No había llegado al segundo misterio cuando descubrió como al otro lado del arrecife aparecía la Santa Catalina. La nao capitaneada por Freiré de Andrade servía de guía a la escuadra del almirante don Francisco de Moura. Llevaba días esperándolos, pues sabía por las otras esclavas que el sultán Yusuf bin Hasán, para ella aún Jerónimo, buscaba desesperadamente aliados para combatir el inminente ataque de los portugueses fondeados en una isla cercana a Pate.

Como ella le predijo un día, llegaría el momento en que no encontraría partidarios. La profecía se cumplía, pues la poderosa escuadra se le había adelantado intimidando al resto de los reyes para que rechazaran la proposición de Jerónimo. ¡Por fin el virrey de la India había ordenado la recuperación de Mombasa!

La voz de alarma se dio de inmediato, pero tras la euforia inicial hubo una calma eterna, ya que la armada permaneció inactiva durante casi tres semanas, fondeada en la bahía a suficiente distancia como para no estar a tiro de cañón. La muda espera desesperaba por igual a Isabel y a Jerónimo, que, preso de la incertidumbre, sólo supo idear una estrategia de atrincheramiento en el fuerte.

Un atardecer al fin todo se puso en marcha repentinamente. Desde el fuerte divisaron como cada navío vomitaba decenas de barcazas cargadas de soldados portugueses, cafres y negros fieles que debieron de ser reclutados en Pate para el ataque. Aquella procesión flotante se acercaba a media legua de la costa cual lengua sibilina bifurcándose. Unos desembarcaron en una parte muy arbolada y protegida de la isla, mientras que los otros avanzaron de frente hacia el fuerte.

Jerónimo ordenó al apóstata Andrés Macedo que disparase el cañón. El artillero le aconsejó no hacerlo, ya que así provocaría el disparo de la docena de armas que como aquélla portaba cada nao, pero él no se resignó.

Al principio, Jerónimo se mostró bravo y decidido. Resistió el ataque al fuerte causando un total de cuarenta y dos bajas en las tropas portuguesas, mientras que a los suyos ni se molestó en contarlos. Ellos habían muerto por Alá y aquello les convertía en admirables mártires frente a los demás mortales.

Isabel, agazapada en medio de la contienda y como testigo mudo de una segura derrota, rezaba para que ésta fuese rápida. Todos sabían que los monzones cambiarían su sentido en cualquier momento, y este rolar jugaría en contra de la escuadra si antes no había logrado la victoria.

Como era de temer, a los dos días de contienda la ansiada victoria se emponzoñó, ya que aquel año las lluvias y los vientos huracanados se adelantaron obligándoles a una retirada prematura. Atrás quedaba observando una reina hecha esclava, con la tristeza estrujándole el alma entre los vítores de todos los que la rodeaban. Tragándose las lágrimas, observó cómo la escuadra levaba anclas para desaparecer en el horizonte. Estaba tan desilusionada que ni siquiera se sentía capaz de desear su liberación.

Aquella estación los fuertes monzones fueron venerados por muchos de sus hijos como sus salvadores, pero como siempre había sido, llegó el momento en que rolaron disipando las nubes, secando las lluvias y amainando los mares. Cada amanecer Isabel despertaba notando resurgir su pérdida esperanza asida al corazón y con una plegaria adherida a los labios. ¡Tenían que regresar!

El mediodía del 5 de agosto de 1632 tuvo que frotarse con fuerza los ojos cual niña incrédula haciendo de su mano una visera para poder abrir los párpados aún más. En el horizonte se divisaban más de una docena de mástiles. El trapo de las velas hinchadas como pavos atraía las naves con velocidad y ligereza.

De reojo miró a los vigías que como ella observaban a lo lejos negando con la cabeza. No daban la voz de alarma, muy al contrario, parecía como si se hubiesen quedado petrificados. El de la torre de San Matías al sur fue el primero en reaccionar corriendo al gong para golpearlo.

En un segundo el fuerte se convirtió en un hormiguero desordenado. De cada recoveco surgía un muzungulo o un moro. Todos corrían sin rumbo ni concierto, chocando los unos con los otros, y cuando Jerónimo hizo su aparición ni siquiera se dieron cuenta. Esta vez la sorpresa jugaba a favor de las ilusiones de Isabel: los portugueses no tardarían en hacerse con Mombasa. El sultán Yusuf bin Hasán no llegaría a cumplir un año de gobierno en la isla de Mombasa, puesto que él mismo reconocería a tiempo su inminente derrota.

Ante aquello un héroe se hubiese sacrificado, pero él no lo era y prefirió huir. Isabel, que escuchaba desde detrás de una celosía, supo de sus planes. Aquella noche el sultán aprovecharía la oscuridad para embarcarse con todas sus riquezas en el Pangayo e intentar aliarse con los turcos. Si no lo lograba, pagaría a los más reputados mercenarios, que sin rechistar le ayudarían a organizar su propia yihad. Además, podría recurrir a los holandeses, que, como enemigos reconocidos de Portugal y España, se complacerían en ayudarle para conquistar la Ruta de las Especias.