Capítulo 17
UN PEZ COMO SÍMBOLO
FUERTE JESÚS
25 DE JUNIO DE 2004
Sentada en el pequeño chiringuito del fuerte Jesús, pedí otra Tusker. Arranqué la etiqueta amarilla ovalada con su elefante negro mientras miraba a mi alrededor intentando reconstruir las escenas que allí se vivieron.
Los muros de aquella capilla en ruinas apenas levantaban medio metro del suelo. La decadencia de los desconchones, en sus paredes dejaba adivinar que el interior de las almenas algún día pudo ser de un tono rojo veneciano.
Al fondo, enterrado bajo un chamizo, el esqueleto de un portugués cubierto por un cristal llamaba la atención de muchos muzungus, que, atentos a las explicaciones de los guías, parecían defraudados al saber que sólo era una réplica de los verdaderos huesos. El esqueleto real estaba en el museo de la ciudad, y por el uniforme que llevaba podría haber sido un capitán del ejército portugués del siglo XVII.
Me vi tentada de ampliarles la información, pero desistí consciente de que aquello podría considerarse como una intromisión molesta en el trabajo del guía. Lo más probable era que aquel hombre fuese el capitán don Pedro, pero sería necesaria una prueba de ADN para certificarlo con seguridad y en Mombasa, como en tantos otros sitios de África, preferían seguir anclados en la suposición sin recurrir a los hallazgos que la ciencia les podría brindar de estar en otra parte del mundo.
A mi espalda estaba el camino hacia lo que por los planos antiguos debía de ser la entrada de los navíos al fuerte en tiempos de Isabel de Várela. Hoy día estaba tapiada. Se adivinaban los escalones, borrados por una rampa deshecha, que antaño debieron de guiar a la protagonista de mi novela la noche en la que se despidió del falucho del padre Jesús.
Di un sorbo a la cerveza y comencé a cotejar la documentación que me entregaron en la misión de Turkana de parte del padre Francisco. Era una copia de la instrucción del proceso diocesano seguido en Goa, casi una réplica del que me entregó el primer día que le conocí en el café Hispano de la Castellana. La diferencia era que la primera había salido de los archivos del Vaticano y la segunda, directamente del lugar donde se tramitó en la India.
Una estaba escrita en portugués original, la otra en latín e inglés. La de Goa se diferenciaba de la de la Santa Sede sólo porque tenía fotocopiadas páginas prácticamente ilegibles, no tanto por la caligrafía del escribano como por la voracidad de las termitas. Sus túneles en zigzag dejaban más huecos aún que las lagunas que la historia escondía. Los documentos reflejaban el estado de ánimo en que se debió de sumir todo el Oriente portugués al llegar a Goa la noticia de la masacre. Sobrecogidos, sintieron necesario iniciar con premura el proceso, ya que los pocos testigos que se salvaron consiguiendo escapar se encontraban después de casi un año refugiados aún allí, y si esperaban correrían el riesgo de que se dispersaran. Comencé a leer:
Diócesis de Goa Proceso de los mártires de Mombasa
El licenciado Francisco Calaza, prior de la iglesia de Nuestra Señora de la Luz, provisor y vicario general de esta diócesis junto con fray Antonio de la Pasión, magistrado en Santa Teología, y Luis de Coutinho como vicario provincial… examinamos la muerte y martirio de los siervos de nuestro Señor… bajo la tiranía del rey de Mombasa y Malindi, don Jerónimo de Chilingulia, acontecido el decimosexto día del mes de agosto, año 1631. Celebrándose las vistas en la sala capitular de este convento de San Francisco de Goa.
Escrito por Juan Antonio Antica, contador palatino y notario apostólico en Goa, bajo mi firma y el sello de nuestra oficina el 3 de agosto del año 1632 de nuestro Señor.
A pesar del calor húmedo de aquel día, procuraba ser minuciosa en mi investigación. Hubiese sido más sencillo y cómodo hacerlo en mi casa de la playa, bajo el porche y mirando al Índico; pero, por alguna razón, pensaba que quizá recreándolo en el lugar donde acontecieron los hechos la maraña de dudas se desligaría con más facilidad.
Apuntaba en fichas con sumo cuidado cada una de las diferencias que existían entre las declaraciones de unos y otros testigos. En un principio el padre Jesús, como principal superviviente, redactó una lista de unos ciento cincuenta testigos que podrían haberse salvado. Al final sólo localizaron a treinta y siete.
Cada declaración comenzaba con el número del testigo. Su nombre, edad, lugar de nacimiento y filiación. Habían sido citados para testificar sobre los hechos por el padre procurador de la causa. Juraban la veracidad de lo que narraban con una mano sobre el pecho y la otra sobre la Biblia.
A todos se les preguntaba primero sobre los frailes Antonio de la Natividad, Antonio de la Pasión y Domingo de la Natividad, dado que serían los primeros en recibir la corona de laurel de mártires.
Al comenzar contestaban al tribunal para después dar su particular versión de los hechos. Si había algo novedoso en la narración de alguno, se finalizaba con otra rueda de preguntas. Firmaban el documento junto al padre comisario del juzgado y junto al mencionado notario Juan Antonio Antica. Declararon agustinos, jesuitas, portugueses que residían en la isla, sirvientes y esclavos.
El estudio comenzaba a hacerse engorroso y aburrido debido a las constantes repeticiones de las dos copias. Me desesperé; muchas palabras derivaban del árabe, persa, hindú, latín o incluso de algún dialecto del bantú parecido al suahili. A veces me veía obligada a darles sentido por el contexto de la oración o por simple intuición.
Al llegar a las páginas que faltaban en la copia del Vaticano me exasperé aún más, ya que en el proceso de Goa tampoco estaban. En este caso el responsable del expolio había dejado una pista. Había un pez pintado con precipitación que señalaba la esquina inferior izquierda de la página anterior a la desaparecida. ¿Era una pista? Todo estaba lleno de secretos. Desesperada, me tumbé hacia atrás, balanceándome sobre las patas traseras de la silla, como solía hacer Richard. ¿Qué sucedió con Isabel? ¿Acaso nadie sabía nada de lo que fue de ella?
Tenía los ojos enrojecidos de leer, subrayar y tomar notas; los riñones arrugados de permanecer durante horas sentada en aquel incómodo asiento desvencijado; la columna vertebral dolorida por no cambiar de posición; y el alma acongojada ante semejante genocidio. El recuento final abría las carnes. En total fueron ejecutados 59 niños, 39 mujeres, cinco religiosos y 72 africanos. Otros cuatrocientos fueron enviados a Arabia a cambio de municiones.
Tomé el folio y me incorporé más erguida para aguantar hasta la hora del cierre del fuerte. Carraspeé y comencé a leer en voz alta, imitando al que en su día les debió de presentar al tribunal.
—Séptimo testigo. Ventura Texeira, nativo de la ciudad de Chaul en esta parte del este. Es hombre libre, nacido pagano pero bautizado por conversión de sus padres aproximadamente a los ocho años de edad. Por aquel entonces conoció los Evangelios y ahora cuenta con catorce años.
Los hombres de la mesa de al lado, la mayoría conductores de los matatus que trasladaban a los turistas, me miraron un segundo y comentaron algo en suahili que no pude comprender. De todos modos, estaban acostumbrados a verme allí, ya que procuraba acudir los días que tenía que dejar a Analía durante algunas horas en el centro gubernamental de adopciones. De algún modo tenían que justificar el expolio al que me estaban sometiendo, y en este caso la excusa era que tenían que comprobar que la niña estaba bien, importándoles un bledo, eso sí, el estado del resto de los niños del país. Muy a mi pesar, cumplí con el trámite.
Regresando a la novela, un par de preguntas acudieron a mi mente.
¿Por qué la declaración de mártires de aquellos trescientos asesinados fue tan rápida en un principio y luego la beatificación nunca terminó del todo? ¿Cuáles eran los requisitos para reconocer a un hombre siervo de Dios, venerable, beato o santo? Tomé otro de mis compendios de consulta.
Para ser siervo, la causa debía ser aceptada a trámite por la Santa Sede. Se adquiría el estado de venerable cuando el hombre poseía virtudes vividas en grado heroico. Beato, al comprobarse un primer milagro por su intercesión, y su ascensión a santo, cuando pasaban a ser dos o más los demostrados.
Aclarado esto, ¿se cumplieron los dos milagros que se requerían? Entre el montón de papeles se alegaban cuatro como probables.
El primero aparecía como coincidente en muchas de las versiones.
En enero de 1632, pasados cinco meses de la masacre, la caudalosa lluvia que cayó arrastró grandes cantidades de barro descubriendo el cuerpo incorrupto de fray Antonio de la Pasión. Según los que lo vieron, el cadáver yacía medio desnudo con las manos cruzadas sobre el pecho y los ojos abiertos mirando al cielo. A pesar de la humedad y el tiempo transcurrido, no presentaba señales de corrupción o mal olor. Ni siquiera tenía la huella de un mordisco de las múltiples alimañas carroñeras que poblaban aquellos parajes. En cuanto lo supieron, los nativos corrieron a besarle las manos reconociendo el milagro.
El segundo al que se hacía referencia se dio el día en que Jerónimo profanó la calcinada capilla de San Antonio convirtiéndola en mezquita, haciendo de la sacristía una panera y de la pila bautismal, que poco tiempo antes había traído de la India, un lavapiés. Los testigos que declararon aseguraron que cuando esta última fue llenada de agua y el sultán estaba a punto de meter los pies, se resquebrajó en dos derramando su contenido por los suelos.
El tercer milagro apareció en forma de una luz cegadora que iluminó el convento. Algunos incluso aseguraron que después del último día un terremoto asoló la isla de Mombasa durante dos horas, de cinco a siete de la mañana.
Además, algunos aseguraron, igual que Bernarda de Sá, que la imagen de santa Mónica lloró lágrimas, pero las únicas que lo vieron no sobrevivieron para contarlo. Y la prueba de la santa talla yacía en las profundidades del Índico junto a sus porteadoras.
El proceso quedó listo para enviarse al colector apostólico en Portugal el 22 de enero de 1633 junto con otra carta de Propaganda Fide para el rey de España y Portugal, don Felipe IV.
El 24 de mayo de 1636 la Congregación de Ritos encomendaba al cardenal Phamphili la discusión del proceso, comenzando así un plazo interminable de alegaciones que terminaría sin motivo alguno en el total y absoluto olvido.
En 1988, más de tres siglos después, los agustinos reanudaron el proceso de beatificación, basándose principalmente en la inocencia subjetiva de los que cayeron. Ésta estaría patente sobre todo en los africanos, que, siendo víctimas de Jerónimo, estaban sometidos además a la dominación portuguesa.
Miré el reloj. Aún me quedaban dos horas para recoger a Analía en el centro de adopción. Me resultaba tan extraño que alguien dependiese tanto de mí… Rodeada de varios montones de papeles con sus respectivas piedras a modo de pisapapeles, garabateaba el dibujo del pez sobre un folio en blanco cuando unos dedos expertos me comenzaron a masajear la espalda. Agradeciendo el gesto, posé el lápiz sobre el papel, estiré la espalda ladeando el cuello de un lado al otro y cerré los ojos. Richard sabía importunarme con delicadeza.
—¡Hum! ¡Qué maravilla!
Me apretó a la altura de los omóplatos.
—Estás tensa, te sale humo de la cabeza y sigues aquí dibujando garabatos.
Sin abrir los ojos, le contesté:
—Es el símbolo de los cristianos antiguos.
Subió hacia la nuca con movimientos circulares.
—¿Te inquieta ese pez?
—Isabel de Várela le dijo al padre Jesús que lo buscase al regresar a Mombasa, pero en ningún sitio dice que lo hiciese.
Las manos de Richard se detuvieron de inmediato para acariciarme el lóbulo de la oreja y susurrarme en ella:
—¿Lo has buscado tú?
Le miré con incredulidad.
—Han pasado casi cuatro siglos de devastaciones por este lugar. Después de los portugueses vinieron los árabes, los persas y los ingleses. ¿Crees de veras que si alguna vez existió sigue aquí?
Sonrió entornando los párpados.
—Creo que ya sabes que en África todo es posible. ¿No sigue aquí este fuerte? ¿Por qué no ha de existir ese dibujo?
Negué divertida.
—Para unas cosas eres tremendamente escéptico y en cambio, para otras…
Me posó la mano sobre la boca.
—Mujer de poca fe, ¿acaso olvidas que soy tu conseguidor? Ven, no iremos muy lejos.
No tenía nada que perder; estaban a punto de cerrar el fuerte y ya no podría avanzar más en mi investigación.
Guardé todo en la cartera y me dispuse a seguirle. De su mano bajé por la rampa que daba al embarcadero. Antes de llegar al final se detuvo, giró a la izquierda y se metió por un pasadizo angosto de apenas seis metros de largo. Al final una especie de respiradero daba justo a un foso seco.
Al resguardo de cualquier mirada me comenzó a besar. En menos de cinco minutos dábamos rienda suelta a toda nuestra pasión con el estímulo añadido del peligro a ser descubiertos. Allí de pie jadeaba sudorosa con la espalda pegada a la fresca piedra del muro cuando Richard, abrazado a mí, se dio media vuelta para ocupar mi lugar.
—¡Mírame, Carmen!
Abrí los ojos, dispuesta a besarle, cuando me quedé paralizada. La sorpresa se dibujó en mis pupilas. Justo a la altura de su oreja derecha había un dibujo labrado en la piedra. Incrédula aún, le aparté muy despacio hacia un lado. Con la yema de los dedos acaricié los contornos del dibujo.
—¡No es posible!
Sin contestarme, sacó una navaja de uno de sus bolsillos y comenzó a perfilar con la punta los contornos del sillar donde estaba el pez. Rápidamente tomé una pieza de metal larga que había tirada en una esquina, la metí por la ranura e hice palanca para sacarla. Al ceder, el polvillo que se desprendía del muro cayó sobre mi sandalia filtrándose entre los dedos de mis pies. Richard aprovechó el momento en que me agachaba a sacudirlos para desprender del todo la piedra. Con mucha lentitud metió la mano en el oscuro agujero que quedaba y sonrió.
La expectación me iba a matar cuando sacó un polvoriento saco de piel. Lo abrí. Allí estaban los tres pergaminos desaparecidos del proceso, enrollados con una hebra de palmera, y un libro. Tenía el aspecto de un diario y estaba encuadernado con piel de cebra. Resaltaba el dibujo de un pez grabado a fuego en el lomo. Como si se tratase de un espécimen de mariposa en extinción, lo abrí con sumo cuidado.
—Es como si Isabel nos hubiese guiado.
Richard parecía disfrutar con mi hallazgo.
—Siempre tan soñadora y romántica.
Me sentí estúpida.
—¿Desde cuándo lo sabías?
Se encogió de hombros.
—Desde que me lo dijiste, pero verte tan obsesionada con la búsqueda me divertía.
Alcé la mirada resignada y agradecida. Él era así y nada le podría hacer cambiar.
Aquella misma noche, nada más acostar a Analía, comencé a leer el diario. Por las fechas y los santos del día que figuraban en el margen izquierdo de cada una de sus páginas, deduje que Isabel había comenzado a escribirlo la misma noche en que se despidió del padre Jesús, y lo dejó inacabado el día en que se vio obligada a huir de Mombasa. Lo escondió en aquel lugar con la única intención de hacerle saber al agustino lo que había sido de ella, pero al mismo tiempo ansiaba su anonimato con una última petición al final de toda su historia. Releí sus últimas palabras con mucha atención, como si la tuviese delante, ya que a diferencia del proceso aquel cuaderno estaba escrito en primera persona. El trazado de su caligrafía parecía precipitado e imperfecto.
Sólo os pido, padre Jesús, que cuando hayáis leído esto lo reintegréis a su lugar junto a todo lo que de mí se haya dicho o escrito en estos últimos tiempos, pues sé que muchos serán los que duden de mí habiéndome visto vestida a lo moro. Sólo así podré morir en paz segura de que mi sacrificio habrá servido para beneficiar a muchos sin la necesidad de un reconocimiento vanidoso por mi parte.
Vuestra hija,
Isabel de Várela
Reconstruí mentalmente la escena. Nada más poner el pie en la isla y comprobar la ausencia de Isabel, el padre Jesús debió de buscar el pez. Lo encontró y, como nosotros, debió de desprender el sillar que marcaba el escondrijo. El agustino cumplió diligentemente las últimas voluntades de su reina, ya que después de leer el diario debió de aprovechar otro viaje esporádico de Mombasa a Goa para hacer desaparecer del proceso de la India las tres páginas en las que los testigos la mencionaban. Al regresar a la isla las adjuntó al resto de su vida, ocultándolo todo de nuevo bajo el símbolo cristiano del pez. Lo hizo con la segura esperanza, aun en contra de la humilde voluntad de su reina, de que alguien las encontrara algún día. Ese alguien había llegado casi cuatro siglos más tarde.
De ese modo yo me encargaría de que la reina de Mombasa y Malindi, después de haber sufrido la agonía más larga de entre todos los que con ella fueron víctimas de aquella masacre, fuese rescatada del olvido más absoluto para pasar a ocupar su debido lugar dentro de la lista de los trescientos mártires de Mombasa.