Capítulo 19

EL NO DE UN ADIÓS

21 DE JULIO DE 2004

Sentada en el porche de mi casa colonial, releí el final del diario que tenía entre las manos. Las palabras de Isabel sobrecogían el alma:

Escribo estas líneas con la esperanza de que no sean las últimas. Los portugueses andan este atardecer tomando el otro lado de la isla y no habrá otra ocasión para huir. Jerónimo ha jurado no darles el gusto de su rendición y lleva dos horas avituallando y cargando el Pangayo con todos los tesoros que tiene. Yo me hallo en esta pequeña estancia escondida en la penumbra mientras, querido diario, espero no tener que dejarte a medias. Discreta y en silencio, albergo la esperanza de ser olvidada en el tumulto de esta precipitada huida. Conseguirlo ¡sería mi libertad! Detengo un segundo mi trazo para escuchar las órdenes, pues están a punto de soltar amarras.

¡No! Dios quiera que el padre Jesús te encuentre. Me buscan a voces junto a las tres más bellas inquilinas del harén. He de salir de mi escondrijo para no delatar vuestra posición bajo el pez.

En la última línea el borrón de la tinta en un círculo parecía haber dejado la huella de su última lágrima. Mirando hacia la playa, pensaba en cómo estructurar el final de mi novela.

Según algunos ensayos históricos, Jerónimo de Chilingulia huyó junto a su escogido séquito dejando abandonados a merced del enemigo a cuatrocientos de los cafres que le fueron fieles. Éstos, en cuanto se supieron solos, no opusieron la más mínima resistencia a las huestes de la escuadra portuguesa.

Imaginé a Isabel atisbando desde el diminuto tambucho de la bodega del Pangayo. Acongojada, vería alejarse la costa mientras recordaba las miradas de incertidumbre que reflejaban las pupilas de los esclavos expuestos en el mercado, tan presos de un triste porvenir como ella.

Según otras notas historiográficas de Mombasa, Jerónimo se encontró definitivamente abandonado por los suyos al insistir en su yihad. En semejantes circunstancias, no tuvo más remedio que someterse a un destierro obligado en la mar hasta el día de su muerte. Cual pirata berberisco, hizo del saqueo y el robo su modo de vida.

Pero… ¿qué fue de Isabel? Nadie escribió nada al respecto. Como su supuesta y consentida biógrafa, me negaba a ahogarla en el mar Rojo a bordo de un barco pirata. El final de la novela no terminaba de convencerme.

Inspirando profundamente, me concentré en el transitar de las gentes por la playa. Varios esperaban la llegada de un dhow para salir a pescar. Otros intentaban captar la atención de los extranjeros vendiéndoles pareos pintados a mano, figuras de animales talladas de hueso y madera o un sinfín de abalorios étnicos. El espíritu servicial de su generosidad, agobiado por el hambre y la necesidad, cansaba a muchos de aquellos occidentales, que optaban por contestar a sus ofrecimientos con una mirada despreciativa.

Los largos meses de estancia en aquel lugar no me habían acostumbrado a la mezcla de sangres de la costa. Justo frente a mi casa dos mujeres musulmanas escondían disgustadas la mirada desnuda que dejaban sus negros bui-buis al descubierto de los objetivos indiscretos e irrespetuosos de unas muzungus. Resultaba patético, ya que aquellas occidentales vivían ajenas al espectáculo que ellas mismas brindaban a los lugareños con sus indecorosos biquinis como única indumentaria.

A pocos metros de éstas, otras mujeres hindúes caminaban mojando los pies en la orilla tan despacio como los pequeños pasos que la estrechez de sus ajustados saris les permitía. Las musulmanas se vieron libradas del incómodo asedio gracias a un kikuyu que distrajo a las turistas con un tentador paseo sobre la giba de su dromedario.

De repente sentí un pequeño mordisco en el dedo gordo del pie. Instintivamente lo levanté sobre la silla. Un lagarto del tamaño de una iguana con cuerpo azul y cabeza naranja me miró antes de alzarse sobre las patas traseras para trepar corriendo por el tronco de un cocotero. Sonreí. Ni en un millón de años residiendo en la costa suahili llegaría a librarme de los sobresaltos que acechaban al visitante. Como Richard aseguraba, aun sintiéndome ya un poco hija de los monzones, seguía siendo una muzungu. Una mujer que viene para irse.

Miré en lontananza. Mombasa, como un espejismo alejado, difuminaba su decadencia y miseria. Aquella isla, como una erótica cautiva en aquellas costas, supo seducir con su ineludible atracción a todo el que la conoció a lo largo de los últimos seis siglos, provocando un marcado ansia bélico para poseerla. Portugueses, árabes, turcos y británicos, embaucados por su luminiscencia, desearon tomarla como un amo a su concubina. Mombasa debió de ser el coral de la costa suahili, como Cuba fue en su momento la perla del Caribe.

Los británicos la ensalzaron en 1895 erigiéndola capital de Kenia hasta que en 1905 la desplazó Nairobi como fruto artificial de la ciudad intermedia que se necesitaba para la ambiciosa construcción de la línea del ferrocarril de Mombasa a Kampala. Después de tantos años de esplendor, en menos de cien años la decadencia y el olvido casi la habían borrado del mapa. Pero el que la llegara a conocer no podría negar el encanto que un día tuvo.

Según la Embajada, en dos semanas tendría el pasaporte para Analía junto a todos los documentos de adopción requeridos. El embajador de España en Nairobi me había ayudado bastante. La transferencia que mi hermana me mandó cubrió el pago de las tasas que los diferentes organismos gubernamentales me solicitaron para agilizar los trámites. Sólo había una cosa que parecía retenerme con fuerza.

El hombre que tan mala impresión me causó al conocerle casualmente por primera vez en el puerto, me detenía de algún modo indescriptible. Como una adolescente, fantaseaba a menudo con la idea de que en el último momento antes de regresar a España me pediría que me quedase a su lado, pero… los años me hacían cada vez más realista y menos soñadora. Había tenido la inmensa suerte de conocer al amor más pasional de mi vida; tarde e inesperadamente, eso sí, pero quién sabe, quizá existieran muchas personas que nunca lo llegasen a disfrutar. Como todo lo bueno, merecería la pena evocarlo y recordarlo de vez en cuando. Al fin y al cabo, si algo tenía el haber nacido en el siglo XX era la posibilidad de hacer el mundo más pequeño y transitable que en épocas pasadas. Quizá le viese en vacaciones o quizá no; la verdad es que siempre que alimenté mis ansias de vivir en un pasado, o en la necesidad de la presencia de alguien lejano, me acababa cubriendo de melancolía.

Richard, siempre Richard, hiciese lo que hiciese su nombre revoloteaba alrededor de mis pensamientos como una mariposa juguetona y efímera. A pesar de que los cazadores blancos desaparecieron de Kenia desde que se prohibió la caza en beneficio de una fauna casi esquilmada, yo le recordaría como tal.

Aquel hombre independiente y espontáneo se autodenominaba el conseguidor sin llegar a ser consciente del significado que eso tenía en mi caso. No sólo me había conseguido alojamiento, información histórica, seguridad o soluciones a los complicados entresijos burocráticos con los que topé. Richard me había devuelto sin saberlo la confianza en mí misma, el sueño de un amor, la ilusión y la felicidad.

Sabía que nunca lograría arrancarlo de allí. Él era una parte más de África y sólo a ella estaba ligado. Conociendo la esencia y fuerza de aquel continente me sentía incapaz de enfrentarme a semejante contrincante. Yo no tenía derecho a separarlo de las tierras en las que enraizaba su alma libre. Ni siquiera tenía el valor necesario para proponérselo.

Analía bien podría adecuarse al mundo occidental dada su tierna edad. Richard, rondando la treintena y sin haber sentido un lazo que le obligase a nada que no quisiese hacer durante décadas, nunca lo toleraría. Era un animal tan salvaje como los de la sabana y yo no tenía derecho a enjaularlo.

Por un segundo imaginé los comentarios de mis antiguas amistades en caso contrario. Mira Carmen, a sus 42 años, después de un año desaparecida, llega con un hombre mucho más joven que ella y una niña adoptada. Sin duda, ha enloquecido.

Cuando al fin se acercaba el día en que debíamos partir, decidí ir a despedirme. Necesitaba verle por última vez, besarle, decirle todo lo que para mí había significado, pero sabía que era inútil. Si no había aparecido por casa en los últimos quince días, era porque no quería hacerlo, y yo no iba a ser la que violase en el último momento su sagrado decálogo de costumbres y decisiones.

Al pasar fugazmente por la destartalada caseta en la que le vi por primera vez, filtré un sobre por la rendija de debajo de la puerta.

Lee despacio. Sólo dedícame aquel segundo lento que llevo una eternidad esperando que me brindes sin éxito. Quizá sea mejor así. Cientos de palabras recorren mi mente aunque sé que si te viese mis cuerdas vocales me traicionarían anudándose entre sí para no emitir sonido. Frente a tu imagen fantasmagórica toda despedida suena absurda, temblorosa e insegura.

Un viso de esperanza grabado a fuego en el azul iris de tus ojos alimentará mis fantasías venideras. Me hubiese gustado continuar con esta pantomima, pero no puedo. Nunca me acostumbraría a estas eternas e injustificadas ausencias. Supongo que yo no soy tan independiente como tú. Guardé hasta hoy en mi mochila un suspiro de esperanza, que, cansado de verse sumido en el silencio, se me acaba de escapar. Intenta atraparlo entre la suave brisa del Índico e introdúcelo con cuidado en uno de los múltiples bolsillo de tu pantalón. Nunca olvides dónde lo metiste. Adiós, Richard. Gracias por todo lo que me has dado.

Carmen

P. D. Sólo te escribiré cuando tenga algo muy importante que contarte.

Al alejarme, una lágrima traicionera recorrió mi mejilla. Aceleré el paso mientras me abanicaba, intentando disimular, y al doblar la esquina me detuve en seco. Las piernas me temblaban y la respiración se entrecortaba por el acelerado latir de un corazón que me estrujaba los pulmones.

Ocurría de nuevo. Yo, que por temor a más sufrimiento había cerrado hacía mucho tiempo la puerta de mi interior, me había descuidado. La traición, envidiosa de mi momentánea felicidad, la entornó dejando que se filtrara por su rendija la pareja más temida. Decepción y dolor se colaron sin llamar.

Sentada en un bidón oxidado, agarrándome el estómago, sentí una punzada al cerrar mi alma de un portazo. Al otro lado quedaba cegada una montaña de sueños idealizados, velas derretidas, lunas llenas, estrellas fugaces y cenas sin digerir.

A lo hecho pecho. Pasaría mis últimos dos días en la isla de Mombasa asida de la mano de Analía y rodeada de una muchedumbre sin rostro. Me refugiaría en la alegría que manaba de mi pequeña hija. Ella sería mi razón de existir. Regresaba a España con una novela casi terminada y el recuerdo del amor más apasionado de mi vida.

Despegábamos del aeropuerto de Mombasa cuando mi pequeña me entregó una nota arrugada del bolsillo de su falda. Intuyendo su procedencia la abrí de inmediato: «Llámame aunque lo que tengas que contarme no sea lo suficientemente importante».

—¿Cuándo te lo dio?

Con el acento extraño que había adquirido en nuestras precipitadas lecciones de castellano, contestó:

—En el aeropuerto, mientras facturabas despistada.

Cerré los ojos agradeciendo su postrero gesto. ¿Por qué no quiso despedirse? Un adiós demasiado efusivo hubiese atentado contra su salvaje libertad. Gracias a él conocí la pasión, la sexualidad verdadera y sin tapujos, la independencia, la soledad placentera e indirectamente la maternidad. Miré a Analía sonriendo, metí el papel entre dos folios de seda de mi álbum de recuerdos y la abracé. Ella me besó en la mejilla con cariño, acariciándome la cabeza. Mi pelo lacio, sujeto en una coleta y tan diferente al suyo, le seguía sorprendiendo.

Al llegar a Madrid la matriculé en el mismo colegio que mis sobrinos. Le compré ropa y me dediqué por entero a encauzarla en aquel mundo desconocido y tan distante al del poblado de Kenia donde la encontré. Demostró ser inteligente desde el primer momento a pesar de los problemas de adaptación de los primeros meses. Tuvimos la suerte de que su tutor resultó ser un buen maestro vocacional, que confiaba plenamente en el interés que ella demostraba a diario en las lecciones y asumió su enseñanza como un reto que superar.

Al contrario que ella, yo era la que parecía no querer acostumbrarme a la monotonía que nos embargó en cuanto las vivencias pasadas comenzaron a reposar. Intenté evadirme concentrándome en el final coherente que la libertad creativa de la trama novelesca me permitía. ¡Todo había cambiado tanto! Mi forma de redactar, la sensibilidad al narrar y mi propia manera de enfocar lo más cotidiano. Era curioso, sólo tenía libres las horas lectivas de Analía para escribir y, sin embargo, el tiempo aligeraba el fluir de mis ideas.

Era como si un vínculo inquebrantable me uniese a la vida de Isabel de Várela. ¡Habíamos compartido tantas horas juntas! Mientras la esclava de marfil se refugiaba a bordo de un barco pirata con la ilusión de recuperar su ansiada libertad, yo lo hacía en el empeño de publicar mi historia, en la educación de mi hija y quién sabe si en un futuro amante. Antes tendría que olvidar a Richard, cosa hasta aquel momento bastante improbable, ya que cada día que transcurría me costaba más.

Con mucho cuidado para no despertarla, cerré el cuento de El principito que sostenía en el regazo. Le quité el cuadrante del cuello doblado para que no amaneciese con tortícolis. Ella tenía su cuarto frente al mío, pero desde la primera noche en que llegamos había dormido conmigo en la cama de matrimonio. Acostumbradas al calor nocturno de nuestra mutua compañía en Mombasa, ahora sería difícil renunciar a ese placer a pesar de las indicaciones contrarias al respecto de su psicóloga. Tumbada a su lado, la observé. Respiraba profunda y acompasadamente. Una leve sonrisa comenzaba a perfilarse en sus labios.

Muchos, al conocer su historia, me daban la enhorabuena por haberme decidido a salvarla de un inmundo futuro.

«¡Qué suerte ha tenido al encontrarte!», repetían una y otra vez. Lo que no sabían era que en el fondo era al revés. Ella, desde su ingenuidad, me había brindado la oportunidad de hacer realidad un sueño frustrado. Me trajo la felicidad que la esterilidad me había robado desde hacía tanto tiempo. Despertó en mí todos los instintos maternales que un día tuve que amordazar. Después de besarla en la frente me dispuse a leer.

Los párpados me pesaban tanto, superada la intensa jornada, que decidí dejar a un lado las correcciones de la novela para dedicar los últimos momentos de consciencia a una lectura más banal. Tomé el suplemento del dominical de la mesilla de noche y comencé a ojearlo. El título de un artículo me despabiló de inmediato.

«La liberación de Cervantes en Argel». La mención a Cervantes no me extrañó en absoluto, ya que muy pronto se cumpliría el cuatrocientos aniversario del nacimiento de El Quijote y eran muchos los que le dedicarían un recuerdo oportunista.

No fue aquello lo que llamó mi atención, sino la posibilidad de que existieran otros redimidos junto a Miguel de Cervantes en los baños de Argel, Tetuán, Fez, Alejandría y otros puertos del Mediterráneo del siglo XVII. El periodista hacía una estadística de los liberados. La mayoría eran marinos, mujeres y niños de diferentes edades. Allí especificaban la cuantía del rescate en ducados que pagaron las cortes y parientes por ellos.

La mayoría de los liberados eran portugueses, españoles e italianos apresados por los corsos musulmanes en los pueblos costeros del Mediterráneo. A todos los habían llevado a los puertos del norte de África para vender a los más humildes como esclavos en los zocos de la berbería o mantener cautivos en los baños a los nobles e hidalgos a la espera de una cuantiosa oferta por cada uno de ellos.

En aquel escueto artículo no aparecían los nombres de los redimidos por los frailes mercedarios, trinitarios, alfaqueques o comerciantes, pero sí la nota a pie de página indicando la fuente donde estaban las listas. ¿Y si Isabel hubiese conseguido embarcarse en uno de esos barcos? No podía entregar la novela sin haber investigado antes aquella pista. ¡Ni siquiera tendría que viajar, ya que el Archivo Histórico Nacional estaba a media hora de mi casa! No faltaba ni una semana para entregar el manuscrito definitivo al editor y aún no me convencía el final que había tramado. Quizá allí apareciese alguna pista que diese un vuelco a la historia.

De lunes a miércoles, después de dejar a Analía en el colegio, me dirigí a trillar el archivo en busca del nombre de Isabel de Várela. Me había puesto en contacto con Marcelina, una antigua amiga de la facultad y la más experta archivera que conocía en aquel lugar. Conociéndola, sabía que cuando llegase me saludaría con los brazos abiertos y un par de indicaciones utilísimas para iniciar mis indagaciones.

Así fue. Me recibió con una sonrisa y las fichas de petición rellenadas a falta únicamente de mi firma y número de investigadora para solicitar la consulta de los dos únicos legajos que hacían referencia a Isabel de Várela.

Sentada en primera fila, comida por la impaciencia y haciendo un rollito con una pequeña hoja caducada de mi agenda, aguardé a que me los subiesen. A la media hora devolví decepcionada el primer legajo, ya que aquella mujer debió de ser una homónima de la que yo buscaba. Nació un siglo después de mi Isabel y fue una simple doncella de palacio.

Cruzando los dedos, deseé que el segundo legajo me trajese alguna grata sorpresa. ¡Allí estaba! Hacía referencia al registro de los esclavos liberados que trajo un barco al entrar en el puerto de Cádiz, fijando sus nombres, edad, sexo y el precio que se pagó por la libranza de cada uno de ellos. Junto a este documento, meramente burocrático, había otro con un tono más personal. Era la carta de un fraile mercedario al rey don Felipe IV.