Capítulo 4

DE LAS ISLAS AFORTUNADAS A CABO VERDE. COSTA OCCIDENTAL DE ÁFRICA

DÍA DE SAN JUAN

DEL AÑO DE NUESTRO SEÑOR DE 1626

Al amanecer, Isabel miró a través de la vidriera de la balconada que daba a su estrecho camarote de popa. La desembocadura del Tajo había quedado atrás, y ya navegaban por mar abierto.

El sonido del casco batiendo sobre las olas la había despertado de aquella pesadilla. La costa portuguesa se desdibujaba en el horizonte y la bruma del amanecer despejaba. Sin duda, había dormido mucho; el barco se mecía suavemente y el mar destellaba. Quiso llorar de nuevo, sintiendo cuánto echaba de menos a los suyos y recordando como en un mal sueño lo que la noche anterior sucedió en aquella taberna de mala muerte. Echó la mano a su bolsa. Pensativa, apretó el camafeo en el puño para sumergirse en el desconcierto más absoluto.

Lo abrió. A la derecha, los esbozos imperfectos del rostro de sus padres sobre la porcelana; a la izquierda, los torpes retratos de las dos hermanas. La imaginación le ayudaba a recordar cada ángulo de aquellos perfiles que tan bien conocía. Tomó un lazo para prendérselo de la muñeca a modo de pulsera junto a la esclava. Sin saber por qué intuía que sería lo único que le ayudaría a recuperar del remoto escondrijo de la memoria el recuerdo de su familia. ¡Menos mal que su hermana Teresa había reaccionado rápido en esa fugaz despedida!

El ruido inesperado de un papel crujió en el fondo de la saca de terciopelo desgastado. Entristecida, se sentó a leer; la letra era casi indescifrable, y la caligrafía, imposible. Don Rui de Várela, al despedirse de su hija pequeña, no había podido controlar ni los trazos de su escritura.

Querida hija, hasta aquí llegamos juntos. Ahora os toca seguir adelante a vuestra merced. He tenido que emborracharme mucho para tomar esta decisión, pero creo que es la más acertada. Quizá no encuentre un caballero mejor para vuestra hermana. Vuestro padre, que os quiere y querrá siempre.

En el lugar de la firma, un garabato ilegible.

Apretaba aquel papel contra su pecho cuando escuchó una voz amable a su espalda. Alguien le posó una mano de consuelo sobre el hombro.

—No es tan dramático; pensad que mientras vuestra hermana queda a merced de un hombre enfermo y destrozado por el vicio, a vos os sobrarán riquezas.

Incómoda por ver desnudada su intimidad, apretó aún más aquella absurda carta contra su pecho. La quería salvaguardar de la mirada del intruso. Ni siquiera se dio la vuelta para conocer al dueño de la voz que intentaba consolarla entremetiéndose sin permiso.

Se limitó a cerrar los ojos para negar con la cabeza contundentemente. Los largos pendientes la golpearon a un lado y otro del cuello. Era cierto que en los últimos tiempos habían pasado hambre y frío, pero ella nunca cambiaría un mendrugo de pan por el cariño de su hermana. Por el tamaño de las piedras con que la pagaron, sin duda a su benefactor no le faltaban riquezas. Pero para ella la opulencia no era digna de permutarse por amor. La tristeza en la que estaba sumida contestó al desconocido.

—Más vale malo conocido que bueno por conocer.

No recibió respuesta. Simplemente, percibió como el entremetido se alejaba de su lado musitando algo por lo bajo. Al mirarlo, lo recordó. Por sus ropas, debía de ser el mismo hombre que la arropó la noche anterior, un anciano fraile que, rodeado de un halo de paz, regresaba a sus oraciones. El hábito de la orden fundada por san Ignacio de Loyola hacía poco más de un siglo, los pies enfundados en unas sandalias cuarteadas y el rosario colgado de su cinto eran su carta de presentación. Inmediatamente, se sintió un ser deleznable por no haber sido un poco más amable con el único hombre en aquel navío que parecía intuir su desconsuelo, desconcierto y ofuscación.

Por fin llegó la mañana en que, aburrida de la desidia que la embargaba, decidió escudriñar cada recoveco de la nao que la tenía prisionera en cuerpo y alma. Aquel calabozo dejaba su estela tras una popa plana, adornada con una balconada que engalanaba el camarote del capitán Freiré, junto al cual ella tenía un lugar preferente en el interior del barco. Debería haberse sentido agradecida, dado que sólo ellos dos gozaban sin necesidad de subir a cubierta del entusiasmo que el sol transmite, de la cálida tristeza del amanecer y de la pasión de los ocasos; pero no era así. Al lado opuesto, la proa, más afilada, sesgaba las olas empapando la sirena de ébano que vigilaba sin descanso como mascarón.

Según su estado de ánimo, a lo largo del día solía asomarse alternativamente a popa o a proa. En los días tristes, la embriagaba la melancolía y desde popa solía admirar la infinidad marina partida por las olas que dejaba dibujada la estela de la nao. Todo quedaba atrás, y ella, de algún modo, quería retener para siempre cada imagen del pasado. A pesar de sus dieciséis años, se sentía como una anciana que sólo recuerda y es incapaz de mirar al futuro.

En los días alegres, cabalgaba sobre la melena de la sirena con las piernas colgando a los lados del bauprés. Sentía cómo la brisa marina se colaba en sus pulmones y abría mucho la boca para empacharse de ella. Colgada en el vacío, soñaba con volar, gritaba y por un breve instante se creía libre, tan libre como una gaviota en busca de un pescado despistado, tan libre como una hoja al despegarse en otoño de la rama que la sujetó desde que nació, tan libre como uno de aquellos espumarajos que la mar escupía en marejadilla.

La Santa Catalina ceñía bien, calaba poco para evitar encallar en los arrecifes y era robusta como una roca. Sus tres mástiles sujetaban un fastuoso aparejo de corte latino provisto de trinquete, mayor y mesana. En sus amplias bodegas, doscientos toneles custodiaban celosamente los litros de bebida que saciarían la sed de las ciento sesenta almas que vivían confinadas allí, entre marineros, oficiales, mosqueteros, frailes, esclavos y aquella servidora que no sabía muy bien en qué grupo alistarse. Otros cincuenta barriles de pescado y caza en escabeche, veinte arrobas de azúcar, cien fanegas de harina, diez botas de vinagre y la leche de dos cabras calmarían el hambre.

Después de muchos días de navegación, acompañada por el silencio mudo en el que se había refugiado, arribó al puerto de Las Palmas de Gran Canaria. Allí había una pequeña capilla, a la que acudió de inmediato para dar refugio a su alma errante. Se arrodilló para rezar y contarle a la Virgen todo lo que no podía compartir con nadie. En la piedra labrada a sus pies había una inscripción que explicaba que aquella Virgen del Carmen era la misma que Cristóbal Colón visitó a su paso por las islas afortunadas. Alzando la vista al cielo, dio gracias a su madre por haberla enseñado a leer en un mundo en el que pocos podían hacerlo.

Intentó llenar de devoción sus plegarias para que éstas fuesen escuchadas, pero no pudo concentrarse porque dos bancos más atrás alguien la observaba. Al intuir como la mirada celadora le taladraba el cogote, tiró incómoda del frontal de la mantilla de guipur que cubría su cabello, tapando así su rostro con la esperanza infantil de que medio escondida pudiese pasar inadvertida; pero ni siquiera eso la aisló del observador. Al darse la vuelta, le miró descaradamente para que se diese por aludido y respetase su evidente ansia de soledad.

En cuanto le vio avanzar hacia ella, comprendió que no había nada que hacer. Aquel fraile, definitivamente, se había erigido en su guardián sin que nadie se lo pidiese, y sería muy difícil convencerle para que cejase en su empresa. Descaradamente, se arrodilló a su lado en el reclinatorio de la casi desierta capilla.

Isabel desvió la mirada hacia Pepillo, un joven grumete de la tripulación que al lado izquierdo del altar depositaba su particular exvoto a los pies de la Virgen del Carmen. Lo reconoció porque le había visto en más de una ocasión pintándolo en las serenas horas de calma, y él le había pedido su opinión al respecto. En el diminuto lienzo se adivinaba sobre las olas una pequeña barcaza de vivos colores iluminada por los rayos que el Espíritu Santo mandaba desde el cielo.

Isabel observó de reojo al fraile, que claramente le cazó en el disimulo. Cansada de jugar al perro y al gato, alzó el velo de su rostro. Aquella excusa era buena para romper con su gélido ensimismamiento. Llevaba días encerrada en sí misma, y aquello no podía ser bueno.

—¿Por qué lo hacen? ¿Acaso tienen miedo?

Espiró el aire contenido en sus pulmones, aliviado por la evidente rendición de la joven.

—¿El riesgo diario a perder la vida se puede tornar en pavor? Ellos saben a ciencia cierta que las tripulaciones que embarcan en el puerto de Lisboa suelen regresar mermadas a la mitad. En muchas ocasiones, la deserción, la disentería, los tumores o las fiebres se encargan de hacer el trabajo del incendio, el abordaje o el naufragio que esquivaron. Estas ofrendas a santos y vírgenes calman sus temerosas almas. Esperan que ellos velen por su seguridad en las travesías. ¿Vos, mí señora, a qué os aferráis para olvidar?

Por primera vez le miró directamente a los ojos.

—Más que olvidar pretendo averiguar. Las bodegas ya están llenas y la Santa Catalina, avituallada. ¿Aceptaríais una partida de ajedrez al hacernos a la mar?

Dando por zanjada la conversación, se apoyó en el reclinatorio para levantarse, tomó su sombrilla de seda bordada color hueso, frotó sus entumecidas rodillas y reverenció al santísimo santiguándose.

La misma cuchilla con que su acompañante se tonsuraba la testa le debía de servir para afeitarse la barba tan fina como la de un chivo. Una profunda cicatriz cruzaba de arriba abajo su mejilla izquierda, y su mirada se tornaba tan cana y velada como su pelo. Su manifiesta vejez rezumaba dulzura, confianza y vitalidad.

Anochecía cuando los dos, ya más confiados, iniciaron el juego en cubierta. Poco antes, frente a un espejo descascarillado, Isabel se sujetó con dos alfileres largos la gibelina al moño alto que recogía parte de su melena. Sólo tres tirabuzones a cada lado de su cara quedaban a merced del viento. Pero al salir del camarote reinaba la calma más absoluta. Los tonos rojizos del ocaso se tornaban violetas, atrayendo la oscuridad. Por primera vez en muchos anocheceres, le pareció escaso el pequeño fichú que le había salvaguardado hasta entonces del relente, por lo que se embozó en una amplia capa marrón, cruzándola a la altura del escote.

Al tomar asiento, movió el alfil. Aún tiritando, sacó del bolsillo un despeluchado manguito de piel de conejo e introdujo las dos manos en él para calentarse mientras su contrincante respondía a la jugada. Las fichas, pegadas con resina, se mantenían firmes sobre el tablero sin posibilidad de resbalar por cubierta en caso de que la nao diera un bandazo.

El padre Lobo se convirtió así en su contrincante y confidente a un mismo tiempo. A partir de ese momento, sólo hablaría con él y con Pepillo, el joven grumete de dieciséis años que, alegre y activo, la había adoptado como a una hermana mayor, aunque ella sólo le superara en dos meses de edad.

No había movido aún cuando oyeron la alerta del vigía:

—¡Nao una cuarta a estribor!

Curiosos, dejaron la partida para dirigirse a proa a fisgonear. Una luz lejana se zarandeaba en medio de la oscura inmensidad. Avistado un probable peligro en la mar, de inmediato buscaron al capitán Freiré de Andrade para ver qué era lo que mandaba.

El portón del alcázar se abrió estrepitosamente. Freiré, con la larga melena despeinada y descalzo, subió al puente de gobierno, tomó el catalejo y comprobó que era cierta la alerta. El timonel le miraba a su lado, tan expectante como el resto de la tripulación, que contenía la respiración a la espera de una orden. La única que se movía en cubierta era una esclava despistada que corría hacia su señor con las botas en una mano y el sombrero de ala ancha en la otra. Aquel minuto se tornó hora hasta que el temido grito surgió del gaznate del noble marino:

—¡Zafarrancho de combate!

Todos echaron correr. Unos subían municiones, otros arrastraban bidones… las pesadas balas de plomo rodaban en orden por las bodegas, y los hombres rompían a sudar supervivencia por cada uno de sus poros. La vil calaña de proa armaba los cañones igual para defender que para atacar, ya que nada sabían de lo que les esperaba. Sólo percibían un viso de preocupación en el sereno semblante del hombre responsable en aquel momento de sus vidas.

Isabel, temblando junto al padre Lobo, se separó del mamparo del alcázar, en el que se había refugiado para no estorbar la posible maniobra, y se acercó al capitán. Calzado ya con las botas altas, éste seguía inmóvil, como si las pestañas se le hubiesen quedado adheridas al catalejo. La esclava le recogía el pelo en una coleta con una cinta del mismo tono de las que pendían de su barba. En ese preciso momento bajó el juego de lentes para dar un pescozón a la negra.

—¡Os gusta mesarme el cabello, desgraciada!

La esclava huyó despavorida ante la perspectiva de recibir otro golpe. Freiré se percató entonces de la presencia de Isabel y del padre Lobo, que la había seguido.

—Deberíais esconderos como conejo en su madriguera.

—¿Por qué? ¿Son piratas? ¿Holandeses? ¿Turcos? ¿Negreros?

—¿Os preocupa?

Isabel asintió.

—No temáis, he ordenado zafarrancho para que no nos pillen desprevenidos, que en el medio del océano el más manso se disfraza y torna tiburón en menos que salta un pez. Parece claro que no hay peligro en ellos, pero aun así la desconfianza en la mar es el mejor salvoconducto para eludir el riesgo. Esperaré al amanecer para decidir. Mientras, navegaremos más allá del alcance de su artillería.

El crepúsculo se hizo eterno. Nadie pudo dormir aquella noche, ni siquiera el capitán, que aprovechó las horas de insomnio para hacer mediciones de latitud con el astrolabio.

Cuando el sol apareció en el horizonte, en silencio y con las manos a modo de visera para que no los deslumbrara, toda la tripulación intentó agudizar la vista para distinguir la bandera. Albergaban la secreta esperanza de que la vecina nao no hubiese arriado la del día anterior para izar otra más comprometida. Los piratas solían hacerlo antes del abordaje. Y así estaban, cegados por los destellos del heliógrafo, mientras el mismo vigía que la avistó hacía ya doce horas iba descifrando lentamente lo que cada centelleo significaba. La voz de aquel joven encaramado a la cofa tranquilizó a los presentes.

—¡Vienen en son de paz y solicitan intercambio de mercancía y enseres! Son comerciantes de hombres y nos ofrecen esclavos.

El capitán se mesó el final de los bigotes, retorciéndolos pensativo. El resto, expectantes, esperaba de nuevo su decisión. Lanzó una mirada fugaz a las sensuales nalgas de la esclava, que andaba a sus pies zarandeándolas mientras abrillantaba las botas.

—No nos vendrá mal contar con media docena de negros. Así reemplazaremos a los seis hombres que el escorbuto nos arrebató y que no pudimos contratar en las islas afortunadas. Trocaremos alimentos por esclavos, que buena falta nos harán a la hora de cruzar el cabo de Buena Esperanza.

Lejos de abordarles, como temieron en un principio, se les abarloaron consentidamente y todos corrieron por las cubiertas. Los latigazos y quejidos que provenían de las bodegas dejaban claro el movimiento interno del otro barco.

El capitán Freiré bajó y al poco tiempo salió con seis hombres y una joven desnuda de cintura para arriba. Su pecho recién formado hacía suponer que aún debía de ser muy niña. Contaría con quince años a lo más. Las mujeres, normalmente, estaban prohibidas en un barco de la armada, pero la presencia de Isabel le sirvió de excusa al capitán para contar con otra, además de la repostera, que ya venía acompañándoles desde Lisboa.

Continuaron la travesía con algunos tripulantes de más. Isabel, por fin, había encontrado el modo de acortar las eternas horas de insomnio gracias a un pequeño libro desencuadernado que el padre Lobo, su eterno salvador, le había entregado. Balanceándose en el coy, recorría cada línea, aprendiendo con sumo interés todo lo que aquellas páginas le descubrían. No podía dejarlo. El libro se llamaba Preste Juan y estaba escrito por un tal Alvares. Entraban los primeros rayos de sol por la cristalera de popa cuando cerró el libro, parejo a sus párpados, y pensó sobre lo recientemente aprendido.

Al parecer, durante mucho tiempo en los reinos cristianos europeos se creyó por ese libro que existía un reino al este de Persia en el que gobernaba «el preste Juan». Era un hombre de otra raza que llevaba una corona de oro engastada con piedras preciosas, portaba un crucifijo en las manos y construía templos cristianos. Papas y reyes, al saber de ello, quisieron ayudarle a extender sus dominios y lo buscaron desesperadamente durante muchos años, hasta que se convencieron de que en Persia no se hallaba y de que probablemente moraría en algún lugar del continente africano.

Su reino reflejaba una utopía parecida a la del humanista Tomás Moro. Paz, la verdadera religión, animales tan exóticos como unicornios y plantas curativas… ¿Sería así su futuro destino?

No había conciliado aún el sueño cuando oyó un gemido. No le hubiese dado la más mínima importancia si no fuese porque al instante se repitió. Era como si en el camarote del capitán se hubiese colado un cachorro de perro. Roída por la curiosidad, se decidió a husmear, apagó la lámpara de aceite, quitó el pegote de cera del agujero que había en el mamparo que separaba su camarote de la habitación del capitán e introdujo la mirada en su intimidad.

Desde su posición podía ver claramente cómo estaba sentado con las calzas bajadas hasta los tobillos, sobando y lamiendo el abultado pecho de su antigua repostera mientras sujetaba la cabeza de la recién comprada entre sus piernas, mesándole el rizado pelo y empujándola de arriba abajo. La dirigía para que le hiciera una correcta y rítmica felación.

Fue entonces cuando Isabel vio el abultado vientre de la antigua repostera. Vestida como andaba normalmente por el barco nadie se había percatado de su avanzado estado de embarazo. Las venas del cuello del marino estaban a punto de estallar cuando se levantó, empujando a la preñada a un lado. Levantó a la joven de los pelos. Una mueca de dolor se dibujó en su rostro. La tumbó sobre la mesa. Su blanco y peludo cuerpo se posó sobre la frágil muchacha de color ébano. La arrancó el taparrabos de piel animal que le servía de vestimenta y, sujetándola de sus engrilletados tobillos, le abrió los muslos sin encontrar resistencia. Henchido de lascivia, la embistió con fuerza tres o cuatro veces hasta derramarse dentro de ella.

Isabel lo observaba inmersa en un silencio nervioso, con una mezcla de repugnancia y curiosidad. El capitán gritaba desaforado en el colmo del placer cuando llamaron a la puerta. El corazón se le aceleró ante la posibilidad de ser descubierta espiando. A pesar de ello, no pudo contestar, pues toda su atención estaba acaparada por aquella joven esclava que, a pesar de estar siendo violada, no parecía sufrir. Su oscura mirada seguía anclada en un punto imposible de localizar, y vagaba soñando con la insensibilidad. Por su expresión, Isabel dedujo que no debía de ser la primera vez que abusaban de ella. Para su desgracia, era demasiado joven y hermosa como para pasar inadvertida. Ya libre del peso del capitán, se levantó sola y con el mismo taparrabos que traía se limpió la entrepierna. En ese preciso momento la llamada insistió.

—¡Adelante!

Intentó disimular, pero el padre Lobo supo de inmediato lo que hacía. La tórrida escena había derretido entre las yemas de sus dedos la pelotita de cera que cubría su secreto. Mirando hacia el agujero, el fraile le tomó de las manos para limpiarlas.

—Las travesías son largas, y los instintos del hombre a veces son imposibles de contener. El capitán tiene el privilegio del estreno.

Ella no contestó. La sorpresa le había quitado el sueño. Aquello dejaba claro que la repostería era el quehacer menos cansado de aquellas mujeres oscuras.

Don Jerónimo Lobo, percibiendo su malestar, decidió quedarse sin haber sido invitado. Depositó sobre la mesa el tablero de ajedrez. Giró sobre sus bisagras el tablón que, unido a la pared, hacía las veces de asiento y colocó sus voluminosas posaderas sobre él. La testa tonsurada le brillaba humedecida por el sudor.

—Mi señora, no deberíais alteraros por estas cosas. Donde vamos todo es tan diferente a lo que conocéis que más vale ir imaginándolo antes de daros de bruces con ello. Los animales se muestran más racionales que muchos de los humanos que veréis. Todo será nuevo para vuestra merced. Descubriréis cosas de las que nunca oísteis hablar y sufriréis reacciones en los hombres que nunca pudisteis prever. Incluso llegaréis a flaquear, dudando de vuestra locura.

Isabel, desconcertada, aún no sabía a qué se refería, y prefería mantenerse callada, no fuese a temblarle la voz. El fraile continuó su didáctico sermón.

—Yo navegaré a vuestro lado si Dios me da vida, y al llegar a vuestro destino, os dejaré en las buenas manos de mis hermanos agustinos. Vivimos tiempos de decadencia en los que el razonamiento del Renacimiento ha dejado lugar a los sentimientos del Barroco. Hace muy poco lo humano priorizaba sobre lo divino, pero no ha resultado y ahora regresamos a Dios como nuestra fuerza de empuje. Nuestra mejor manera de agradecerle su presencia es llevarla a todos los rincones del mundo. No ha de ser un refugio, sino un bastón en el que sostenernos.

Isabel le escuchaba como el que oye la lluvia caer, ya que, por mucho que aquel hombre intentase disimular, ella no se podía arrancar de la sesera los abusos del capitán. ¿Qué podría sorprenderla más que lo que acababa de presenciar?

—No excuséis la barbarie en el hombre, sobre todo en el que ha de ser un ejemplo para sus subordinados.

Sentada ya frente al tablero de ajedrez, que cuidadosamente había traído con la inacabada partida del día anterior, prefirió cambiar de tercio la conversación, recordando la antigua posición en el juego. Conocedora ya del camino a seguir, decidió informarse sobre los escollos que el viaje les depararía.

—¿Por qué le llaman el cabo de Buena Esperanza si he oído a muchos contar que las tormentas se suceden en ese punto y muy pocos son los barcos que consiguen cruzarlo?

Contrariado, el fraile levantó la vista del tablero y dejó de pensar.

—El rey nuestro señor ya hace tiempo que ordenó que le cambiásemos el nombre «De las Tormentas» por «Buena Esperanza». Es conocido por todos la gran cantidad de naos que han quedado allí hundidas, y si queremos seguir descubriendo mundo, no hay que echarle más leña al fuego. Así, al menos las deserciones de los más cobardes menguan en el último puerto que atracamos antes de atajar el cabo.

Pensativa, Isabel intentó, con dificultad, retomar la partida. ¿Por qué un simple marinero era libre de abandonar su servicio en el barco y ella ni siquiera podía plantearse la deserción? La rabia contenida emergió repentinamente a su semblante, y arrugando el mandil en el puño apretado, no fue capaz de retenerla. Apretaba tanto los dientes que casi no podía vocalizar.

—Padre, me siento como una más de las esclavas que acabamos de adquirir. Cautiva y desorientada, me dirijo hacia no se sabe dónde y para desposarme con sabe Dios quién.

El padre Lobo dejó de pensar en el siguiente movimiento para mirarla fijamente a los ojos. Era como si hubiese estado esperando desde hacía mucho tiempo ese momento. Isabel no se confesaba como a él le hubiese gustado, pero aun así era suficiente. Aquella joven desconfiada por fin le transmitía sus temores, brindándole la más profunda confianza.

—Si he de seros sincero, me alegro de que finalmente me preguntéis sobre vuestro destino. La resignación que mostrabais ante la incertidumbre me sorprendía. ¿Os intriga lo que os espera?

El barco pegó un bandazo. El alfil rodó por el tablero hasta caer al suelo. El misionero, en un alarde de reflejos, lo pisó con su vieja sandalia para impedir que continuase rodando por todo el camarote. Al levantar la vista del suelo, clavó de nuevo sus pupilas en las de ella como queriendo desnudar sus pensamientos.

La intromisión despertó su adormecida suspicacia, enojándola. ¿Cómo osaba preguntarle semejante sandez? ¡Probablemente, no había nada en este mundo que la atañera más! De repente la desconfianza la abrigó de nuevo, y fingió no haberle escuchado. En realidad, aquel hombre formaba parte como todos los demás de sus custodios carceleros. Él ardía en deseos de aclararle sus dudas, pero no quería hacerlo hasta que se lo implorase. Lo que no sabía es que lejos de la sumisión aún quedaba un resquicio de rebeldía enquistada en el corazón de Isabel. ¡No le daría ese gusto! Estaba cansada de que todos jugasen con ella como si fuese un títere de feria. Inmersa en sus pensamientos, percibió cómo movía ficha.

—Rey negro a dama blanca.

Aquello era absurdo. ¿En qué pensaba el padre Lobo?

—Vuestra merced se equivoca. No hay damas en este juego, sólo reinas. Reinas de marfil o ébano.

Sus cándidos ojos penetraban en ella como queriendo descubrir su interior. Isabel supo entonces que sus palabras escondían un doble sentido. No alcanzó a entender su repentina seriedad hasta que su acompañante se pronunció al respecto.

—Damas que se hacen reinas.

Sonrió enigmático.

—No os entiendo, pero es igual. Al fin y al cabo, no nos va la vida en ello. Parecéis estar jugando a las damas en vez de al ajedrez.

—No da igual si hermanáis vuestro destino con el juego. Os aseguro que seréis mucho más que una simple dama blanca.

Isabel no supo contenerse ante tanto acertijo y optó por seguirle el juego.

—¿Más que una esclava de marfil?

Cuando el hombre iba a responderle, se abrió la puerta repentinamente. La joven esclava recién violada, vestida ya con un sayo ancho y viejo de tela de arpillera, dejó una jarra de limonada con dos vasos de barro sobre la mesa. Al despedirse, inclinó la cabeza; aún tenía hendida la huella de los dedos del capitán entre su ensortijado cabello. Isabel recordaba el contraste de su color con el de su reciente tomador.

Ella seguía siendo doncella. Había imaginado muchas veces cómo sería su primera coyunda con un hombre, y rogaba a Dios que no hubiese tanta agresividad en su caso. Repentinamente, balbució tragando saliva las palabras sin sentido que acudieron a su mente:

—Blanca dama, blancos dientes, ojos blancos, alma blanca.

Las palabras del padre le trepanaron los tímpanos.

—Así es, mi señora.

Le miró escéptica. Sin duda, tanto ir y venir por entre las olas le había trastornado la capacidad de entendimiento. Lejos de ponérsele el cuerpo a son de mar con los días de travesía, aquel fraile debía de estar perdiendo la sesera. ¿Cómo iba ella a casarse con un negro? La expresión de terror que se dibujó en su cara hizo intuir al padre Lobo su temor. Levantándose e ignorando el juego, la asió de las manos con todo el cariño que un miembro del clero podía brindar a una mujer sin ser tildado de pecaminoso.

—Es vuestro destino, Isabel. No estoy loco. En un lugar del mundo hay un rey de ébano que, después de conocer nuestra religión y costumbres, ansia unirse a una dama de marfil para hacerla su reina. Vos habéis sido la elegida. Debéis sentiros halagada, pues ha repudiado a un gran número de mujeres mahometanas para abrazaros a vuestra merced y al catolicismo. Os acepta como la única. Pensad, Isabel, que seréis la pionera de otros muchos matrimonios. Por las venas de vuestros hijos fluirá la sangre de un mestizaje regio digno de admiración y ejemplo para otros.

Confusa, con un lento gesto le pidió que aminorase su parlanchina intervención. Necesitaba algún tiempo para asimilar lo que estaba escuchando. Repentinamente, cruzar el cabo de Buena Esperanza se tornaba una ridícula empresa al lado de la que ahora divisaba en el horizonte. Los imaginarios grilletes con los que cargaba resignada desde Lisboa se estrechaban, oprimiéndole cuello, tobillos y muñecas hasta rozar la tortura. Lejos de sentirse reina, se sentía esclava. Una esclava de marfil.