XXV

Es para mí de mucho consuelo verme ya en mi territorio en medio de una nación y de un ejército que me ha acreditado una fidelidad tan constante como generosa.

Yo, el Rey

Carta de Fernando VII a los españoles a su regreso,

fechada el 24 de marzo de 1814

1814

¡Vencimos! Desde que hacía más de dos años, para ser exactos el día 19 de marzo de 1812, había sido promulgada la Constitución de la Pepa, nombre que los españoles le dábamos por ser aquel el día de su santo, la justicia pareció sonreírnos.

Y es que a las alegrías políticas y militares parecían sumarse las familiares, como la boda de la menor de mis hijas, Manolita, que contrajo matrimonio el día 1 de enero de 1813 con Ángel María de Carvajal, duque de Abrantes.

Aquel 1 de enero, cuando vi entrar en la iglesia a mi hija pequeña del brazo de su hermano Paco, que actuaba como padrino, de nuevo eché de menos a mi difunto marido y a su calma, su sosiego y compañía; a ese saber estar suyo, siempre sin hacerse notar; a su cariño y amistad. A su amor. Alzando la mirada a lo más alto del retablo del altar fijé mi vista en un querubín y no pude evitar hablarle:

—Ahí la tienes, Pedro. Nuestra niña, la dulce hechicera de la casa, la cantora, la picarona que a sus diecinueve años da el sí quiero. Es la última que nos quedaba soltera y, ahora que por fin ha terminado el infierno de la guerra, me dejará para formar su propia familia. —Bajé la mirada para seguir susurrándole—: De tenerte a mi lado, mi querido Pedro, esta boda habría significado el logro y final de todos los proyectos que un día nos planteamos, pero estando sola como estoy apenas me quedaría nada por hacer en esta vida antes de reunirme contigo si no fuese porque tenemos que recuperarnos de esta maldita guerra que tanto nos ha arrebatado. Son demasiadas cosas por arreglar y recomponer como para retirarme sin más. Ya sabes que nunca he sido mujer de fácil rendición, y por eso te pido paciencia. Dame tiempo para recuperar todo lo que nos han quitado y entonces podré descansar definitivamente en paz a tu lado. Dichoso tú, que te fuiste sin vivir este averno que acabamos de dejar atrás.

Mi confesor dejó un segundo de oficiar para venir a pedirme la mantilla familiar de velar a los novios. Como si de un espécimen de mariposa en extinción se tratase, se la tendí, y con sumo cuidado él cubrió con el encaje las cabezas de los novios procurando que el escudo bordado de la familia uniese sus espaldas.

Le sonreí, pues le agradecía aquel detalle de corazón, y retomada la ceremonia proseguí con mi monólogo:

—¿Lo ves, Pedro? ¡Eran tantos mis caprichos de antaño y tan pocos los que en estos años pasados he podido satisfacer que cualquier minucia me hace feliz! Mira a Manolita; ella, como su madre, también los tiene. A falta de joyas ha querido ponerse en la cabeza una corona de flores similar a la que el maestro Goya le pintó en su retrato. Ella siempre tan vital, alegre y positiva. ¡A ver si consigue arrancarle a su marido del rostro esa expresión de ajo!

Ahora, recordando aquel momento de hace algo más de un año, no puedo evitar sonreír porque, en efecto, la vitalidad y el desparpajo de mi benjamina han conseguido cambiar a su esposo: hace tres meses ambos me hicieron abuela de la más pequeña de mis nietos hasta la fecha, una niña llamada Ángela que me tiene completamente embobada, y no solo a mí sino también a su padre, ese que antes parecía un ajo y que ahora es el más empalagoso de los padres.

Todo parecían buenas noticias, la última de ellas la tuvimos cuando nos enteramos de que Pepe Botella por fin había cruzado la frontera española por Bidasoa para no regresar jamás. Aquel 13 de junio de 1813, en efecto, todo nos pareció algazara.

En diciembre, y con la firma del Tratado de Valençay, por fin Napoleón nos devolvía la libertad. Todos los que nos habíamos dejado la piel, la bolsa y la vida para lograr la independencia estábamos convencidos aquella Navidad de 1813 de que, sin duda, todo ese sacrificio se vería recompensado el día que el Rey Deseado pisase de nuevo terreno español.

Y así fue, con su regreso todo aquel turbulento río comenzó a encauzarse, pero lamentablemente no de la manera que muchos hubiesen deseado, y es que, apenas llegó don Fernando a Valencia el 16 de abril de 1814, tiempo le faltó para firmar un decreto en el que comunicaba que no reconocía la Constitución y la declaraba nula, además de restaurar los tribunales inquisitoriales.

«Como si no hubiesen pasado jamás tales actos y se quitasen de en medio del tiempo» fueron las palabras de aquel texto que más hirieron, sobre todo a aquellos que participaron en su elaboración con altruismo y convicción.

La alegre luz que nos iluminaba parecía comenzar a ensombrecerse, y es que con ello el absolutismo de antaño irrumpía de nuevo en nuestras vidas.

Libre era sin duda el monarca de gobernar como quisiese, pero fuimos muchos los que nos sentimos defraudados por el poco respeto que demostraba ante los que lucharon por la independencia de España durante su destierro. ¿Para qué entonces los cónclaves y reuniones a los que los grandes sabios se sometieron durante el asedio a Cádiz? Era como si diésemos un salto de cinco años atrás.

Una de dos: o su majestad no se había enterado de nada de lo acontecido durante su ausencia, o prefería vendarse los ojos a la hora de reconocer el bien que el progreso de la Constitución aprobada durante la regencia podría traernos.

Y, con todo, a pesar de no estar demasiado de acuerdo con el Deseado, quise excusarlo. Teníamos que entender que para don Fernando el término «Constitución» sonaba a revolución, a anarquía y, lo que es peor, a francés, palabras todas que le trepanaban los oídos. Para él, que tan cerca estuvo de perderlo todo, siempre era mejor lo malo conocido que lo bueno por conocer.

Al menos en nuestro caso, y a pesar de esta decepción, lo mejor de haber mantenido la lealtad en todo momento a don Fernando fue su orden de que se nos reintegrase todo lo embargado durante la guerra. Lo malo, en cambio, era que no quedaba un solo francés en España a quien pedir cuentas, por lo que tendríamos que ser cada uno por nuestro lado los que encontrásemos los tesoros expoliados para, a posteriori, solicitar su devolución.

Nada más cruzar las desvencijadas verjas de la entrada de El Capricho intuí el desastre: una alfombra de espinosas zarzas se tendía a mis pies ocupando el lugar de lo que un día fue la entrada a mi paraíso terrenal. Como látigos de siete puntas, sus ramas de desolación y ruina me iban arañando a cada paso que daba por el camino que llevaba al palacio.

¿Cómo era posible que el general francés Agustín Belliard hubiese sido capaz de devastar todo vestigio de belleza con más voracidad que un incendio, un tifón y una inundación a un mismo tiempo?

Árboles arrancados de cuajo, caminos devorados por las malezas, canales embarrados, bustos descabezados y fuentes rotas en mil pedazos… La casa, la capilla y el resto de las pequeñas construcciones del jardín languidecían tras haber sido mancilladas en todo su esplendor. Los franceses habían robado todo lo pequeño para quemar el resto, y prueba ineludible de su barbarie fueron los negros rescoldos de sus fogatas. Ni siquiera respetaron el arte sacro, ya que, no contentos con desnudar la ermita de tallas, también profanaron la lápida que cubría la tumba de fray Arsenio.

Como único vestigio de lo que un día existió solo ondeaban al socaire de las ráfagas de viento un par de cortinas de seda hechas jirones que asomaban por entre las ventanas rotas.

Sentada en un banco de piedra, me eché las manos a la cabeza.

Michelle, al verme, acudió corriendo por entre la maleza; iba cargada con mil excusas. El peso de aquellos años de penurias también se reflejaba en su rostro.

—Bienvenida, su excelencia. Os aseguro que lo siento y os prometo que tanto Ascargorta como yo lo intentamos, pero…

Apreté los párpados y le rogué silencio mientras bajaba lentamente la mano, y es que, aunque desde mi destierro había sospechado todo lo que allí ocurría ahora y que debería enfrentarme a ello, necesitaba asimilarlo.

Despacio, procurando no dejarme vencer por la impotencia, me levanté para seguir caminando y, a modo de muleta, tomé la pierna de uno de mis autómatas, que encontré tirada en medio del camino. Por su aspecto, comprobé, bien podría ser la del soldado que había en el fortín con que jugaban mis hijos cuando eran niños.

No dejaba de repetirme a mí misma que no importaba, que aún estaba viva y que no había tenido que lamentar una sola baja entre los miembros de mi familia. Aquello era lo que realmente nos incumbía. Pero era tal el varapalo de ver El Capricho en ruinas que, para convencerme con todos aquellos argumentos, necesité hablarme a mí misma y obligarme así a oír mis pensamientos:

—Pepa, solo son cosas materiales, minucias fácilmente reemplazables, objetos que, como tantas otras cosas, han sido masacrados por la guerra, pero que tú muy pronto te encargarás de reponer con el tesón y la constancia que te caracterizan.

La sombrerera intentó animarme antes de entrar en el palacio:

—No todo falta, señora. Lo que hemos podido salvar lo tenemos a buen recaudo en casa del pintor Carafa.

Hubiese querido agradecerle sus palabras, pero me sentí incapaz. En la boda de Manolita le recé a Dios para que me permitiese vivir los años suficientes como para poder dejárselo todo en orden a mis hijos, pero aquello me superaba. ¡Tendría que vivir más de un siglo para disponer de tiempo suficiente! Sentada en la escalinata del palacio, vi llegar a Ascargorta con un papel en las manos.

—¡Es una citación de la Hacienda Pública! —nos explicó—. Parece que muy cerca de la frontera, escondido en una cuneta, han dado con otro carro de obras de arte que los franceses tuvieron que dejar por la premura que los acuciaba. ¡Dicen que hay cuadros de Durero, Rafael, Morales, Giordano, Murillo, Van Dyck, Ribera, Alonso Cano y Goya! —Tragó saliva—. Existe la posibilidad de que alguno pudiera ser de los que demostré que eran propiedad de su excelencia con las facturas y minutas de su encargo y compra. Nos piden que vayamos a reconocerlos.

—Algo siempre será mejor que nada. —Escéptica, me levanté cansinamente—. A ver si cae la breva y alguno es de los de don Francisco. ¿Dónde los tienen?

—Han habilitado unos cobertizos a las afueras de la Puerta de Toledo. —Apremiándome, quiso guiarme—: Tendremos que darnos prisa si no queremos que algún listillo se nos adelante y se los quede.

Durante el trayecto en la carroza me dediqué a repasar la lista de las piezas que Ascargorta había declarado como perdidas o expoliadas. Era un legajo entero de unas cuarenta páginas con la descripción de los objetos, su precio de tasación y su procedencia: joyas, lienzos, tapices, muebles, estatuas, vajillas, cuberterías, encajes y otros mil enseres que ni siquiera recordaba, pero que mi diligente contable, en el transcurso de la guerra, había encontrado mencionados entre los papeles del archivo. Así quedaban todos mis caprichos: reducidos a un montón de papel pesado.

Al llegar a los cobertizos, la Guardia Real nos dejó entrar nada más identificarnos. Recorrimos mil pasillos en penumbra hasta alcanzar el lugar que nos indicó uno de los encargados del almacén. Tiradas a un lado pude distinguir, a pesar de estar ya renegridas por el paso del tiempo, las ricas rejas que, en tiempos del matrimonio de Godoy, los monjes jerónimos de El Escorial encargaron al platero del monasterio. Las conocía bien y se lo hice saber al encargado del almacén, dejándole claro que, aunque no lo pareciesen, eran de plata maciza.

El susodicho tomaba nota con desgana mientras yo avanzaba esperanzada hacia el pasillo que poco antes nos había señalado. Solo al ver cómo asomaba una de mis lilas de porcelana entre las pajas de un cajón me abalancé sobre la primera pieza y, separando el resto de las briznas, comprobé con placer que de ella surgía el pájaro de bizcocho que tan bien conocía.

Michelle no pudo evitarlo y gritó de alegría:

—¡Si es el reloj de cuco de los hermanos Charost que su excelencia el duque de Osuna os regaló por vuestro santo!

Quitándole el polvo con el pico de mi mantón sonreí pensando que, al fin y al cabo, no todo estaba perdido.

Tras el reloj apareció el violín que Boccherini nos trajo para que los niños aprendiesen a tocar en el casino; un libro encuadernado con las poesías del canario Tomás de Iriarte; una caja con los Caprichos de Goya que, tras el infructuoso intento de requisamiento por parte de la Inquisición, habían rescatado poco antes de mi huida de su escondrijo. También estaban allí sus paisajes campestres y tres de nuestros retratos familiares. Contemplé con especial cariño el que Pedro y yo nos hicimos con los niños, y añoré aquellos años de felicidad. Entonces, casi sin darme cuenta, comprendí que reconocía los gritos de quien hablaba en el pasillo paralelo al nuestro. Separando un cajón pude cerciorarme de que, en efecto, se trataba de la condesa de Chinchón, que, como yo, había regresado hacía muy poco de Cádiz y acudía a los almacenes esperanzada con encontrar al menos una décima parte de lo perdido. El tiempo que tardé en abrirme paso me sirvió para plantearme el porqué de su alto tono de voz. ¿Por ventura estaría Goya con ella?

Así era. Don Francisco, al verme, se descubrió y abrazándome con fuerza asintió. Su rostro reflejaba melancolía.

—¿Está el maestro ayudándoos, María Teresa? —pregunté a mi amiga para dar tiempo a que él se recuperara de la emoción; yo también procuré que la que yo sentía no hiciera temblar mi voz.

—Sí, Pepa, a falta de un contable tan efectivo como el vuestro, el maestro ha accedido a acompañarme para atestiguar que estos cuadros son de su mano y de mi propiedad.

Ayudada por el pintor sostenía el cuadro donde ella aparecía embarazada y, junto a este, estaba también el retrato de Godoy, aunque ninguno de los dos parecía siquiera mirarlo.

—Me alegro de que lo hayáis encontrado —la felicité—. ¿Cuándo llegasteis de Cádiz?

—Hará una semana. No quise arrimarme a vosotras una vez más por no parecer inconveniente.

—No digáis tonterías, María Teresa, que sabéis que siempre os hemos apreciado como si fuerais de la familia más cercana. ¿Qué tal vuestro palacio de Boadilla? —pregunté para cambiar de tema porque yo también me sentía en cierto modo culpable por aquel rechazo irracional que ella algún día pudo inspirarme.

María Teresa bajó la mirada.

—Por vuestra expresión intuyo lo que pensáis —la consolé—. Si os sirve de consuelo, os diré que también han destrozado El Capricho. ¡Pero no daremos el gusto a esos mequetrefes de venirnos abajo, hemos de seguir adelante! Sin ir más lejos, mirad vuestro retrato: ayer seguro que lo dabais por perdido, y hoy lo tenéis frente a vos. Todo tiene solución menos la muerte.

La condesa de Chinchón, cabizbaja aún, ladeó la cabeza.

—¿Y el incesto? ¿Tiene solución el incesto?

Yo sabía perfectamente a qué se refería, y advertí que no parecía importarle en absoluto que Ascargorta, Michelle y Goya estuviesen presentes. En el fondo, tanto ella como yo sabíamos que la noticia del embarazo de su hija Carlota, a quien los reyes habían decidido casar con el infante don Francisco de Paula, de quien tantos decían que era hijo de Godoy, era de sobra conocida.

Mirándome a los ojos, continuó:

—En la redacción de la Constitución que ahora ha abolido el rey, no se consideraron en el orden sucesorio de la corona a los dos hijos pequeños de la reina María Luisa por creerlos hijos de mi asqueroso marido. Creo que no hay una prueba más evidente de que Francisco y Carlota bien pudieran ser hermanos de padre, y ahora van a darme un nieto. ¿No creéis, Pepa, que debería notificárselo al Vaticano para que impida tamaño pecado?

—¿Basándoos en qué? ¿En las conjeturas y baldías palabras de los correveidiles? —No pude mentirle—. Solo la reina María Luisa podría asegurar que eso es cierto, y no lo hará. Las dos sabemos que esa arpía es capaz de cualquier cosa, pero… ¿de fomentar un incesto?

—Para qué engañarnos, Pepa. —Chasqueó la lengua—. Si el incesto está consumado, la boda solo lo disfraza. ¡Y pensar que mi pequeña solo tiene catorce años!

Soltando de golpe una alfombra polvorienta que previamente había levantado para ver si el dibujo coincidía con una de las mías, me indigné:

—¿Y cómo esperabais que fuese educada vuestra hija en esa corte libertina? Lleváis cinco años sin preocuparos de ella, no queréis ni siquiera nombrarla. ¿A qué viene ahora tanta inquietud?

Con un pañuelo de encaje sobre la boca, masculló entre dientes y sollozos:

—Quizá vos podáis pedir al rey Fernando que prohíba la boda. Ya sé que tendría que ser yo misma la que lo hiciese, pero eso daría más que hablar, y no es ningún secreto que hace años que procuro eludir el estar en boca de todos por semejantes dislates. Os lo suplico, Pepa, nunca he dejado de querer a mi hija. No puedo evitar, aun en la distancia, intentar hacer todo lo posible por ella.

—No solo eso —le contesté arrepentida por mi arranque mientras me sacudía las manos para abrir brecha en aquella espesa nube de polvo en suspensión—, además le pediré que amplíe indefinidamente la pena de destierro de vuestro marido para que nunca más pueda volver. Así, pase lo que pase, Godoy nunca más podrá venir a importunaros. Tratándose de algo que claramente disgustará a su madre, la reina María Luisa, seguro que el rey cursa la orden de inmediato.

Ya más tranquila, aquella alma cándida me besó en la mejilla sin añadir nada más. El distanciamiento de mi familia al que la forcé en Andalucía durante una temporada la había obligado a aprender a valerse por sí misma, y sabía que ahora, pese a todo, me lo agradecía. Regresando a la vera del contable, de la sombrerera y del pintor, me dirigí a este último.

—¿Y vos, maestro? ¿Me dejaréis algún día ver aquello que en vuestras pupilas quedó tatuado el Dos de Mayo? ¿Todo eso que en nuestro último encuentro me comentasteis que ibais a vomitar en lienzo y pincel?

—¿Alguien me ha dicho que por aquí ha visto mi cuadro de los fusilamientos? —gritó por toda respuesta, rebuscando impaciente entre varios bastidores.

Si antes de la guerra estaba sordo, viejo y maltrecho, ahora parecía un anciano achacoso. Por lo poco que supe de él en Cádiz, hacía dos años que su mujer había muerto, y ahora vivía con su hijo Javier, su nuera y un pequeño nieto llamado Mariano José en la calle de los Reyes.

De repente se quedó quieto.

—¡Señora duquesa, aquí está!

Me acerqué y permanecí expectante mientras él, con la ayuda de dos hombres, entresacaba la pieza con sumo cuidado.

¿Cómo era capaz de plasmar tanto sentimiento en tan poco espacio? El espanto de los que iban a morir arcabuceados, la alfombra de cadáveres de sus predecesores contorsionados por el dolor, las lágrimas de angustia, las peticiones mudas de clemencia y la sed de sangre de los fusileros… La pintura era impresionante. Y, por eso mismo, incapaz de soportar el realismo de ese recuerdo cruel, aparté la vista.

—Don Francisco, me siento incapaz de hallar palabras para describir tantas pasiones.

Satisfecho por el piropo, Goya se sujetó con ambas manos la pechera de la chupa antes de responderme:

—Vuestra excelencia fue mi mecenas al morir el padre de la condesa de Chinchón, y vos fuisteis también quien me introdujo como pintor de corte. Señora, nadie mejor que vos para interpretar lo que mi obra refleja allende de su textura, luz y color.

Don Francisco de Goya y Lucientes, hosco y reservado por naturaleza, se estaba sincerando. Como en muchos de nosotros, la guerra había cincelado en su semblante cualidades hasta entonces ocultas.

Ligeramente intimidada por su observar, desvié la vista al suelo. Allí, entre dos candelabros de ocho brazos y un escabel, y apoyado en lo que parecía una chaise longue, había un cuadro apaisado. Medio cubierto por una roída manta, solo se veía la punta de un pie descalzo. Repentinamente me acordé de aquella obra suya que tanto me obsesionaba, capricho de su pintor, de su modelo y de un gobernante capaz de matar, robar e incriminar a cualquiera por hacerla suya.

Muy despacio, me fui acercando. Tomé una esquina del cobertor y entrecerré los párpados como si aún y después de tanto tiempo no me sintiese capaz de descubrir lo que durante tantos años había estado buscando.

Sentí cómo las faldas de Michelle rozaban las mías. La sombrerera, consciente de lo que estaba a punto de suceder, vino a mi lado. Recordando que fue ella la que más sufrió a causa de aquel cuadro, le tendí la punta para que tuviese el honor de descubrir, al fin, el porqué de los sufrimientos que habíamos padecido.

¿Quién mejor que ella? Michelle hacía años que había perdido a Juanillo y, tras ello, se había condenado voluntariamente a la soltería perpetua; por ese cuadro, además, había vivido durante un breve espacio de tiempo las penurias de galeras sin conocer aún y después de tantos años de qué se la acusaba en realidad y quién era el acusador.

Con la mano temblorosa, poco a poco fue despojando el lienzo de su cobertor y, tras los pies descalzos, admiradas contemplamos dos blancas piernas cruzadas, un pubis obsceno por el reflejo de su vello, estrecha cintura, pechos separados, pezones casi rubios y el comienzo de una melena oscura y rizada. Solo quedaba por descubrir el rostro. Michelle se detuvo para brindarme el placer del último tirón y no lo rechacé.

Sentí cómo la mirada penetrante del pintor me trepanaba la espalda. Goya sabía que había pasado muchos años de mi vida intentando averiguar qué rostro tendría aquella maja o gitanilla, y ahora estaba a punto de descubrirlo. De pronto, sujetándome la mano, me detuvo.

—No es cuadro al que tenga demasiado afecto por ser uno de los que ha llevado al Santo Oficio a pedir mi citación, señora —admitió.

—No se haga la víctima vuestra merced —sonreí—, que los dos sabemos que no es la primera vez que nos investigan y que probablemente tampoco será la última.

Tomé aire y en silencio recé para que la integridad de Cayetana quedase al margen de todo. Fue entonces cuando recordé sus palabras: «Nunca me reconocerán, ni siquiera por el desnudo».

Al fin, tiré del cobertor.

¡Era Pepita Tudó! Su cara parecía incrustada en la melena de Cayetana. Alzando la vista al cielo, me dirigí a la duquesa de Alba sin temor a que nadie de los presentes me escuchase y, con los ojos llenos de lágrimas, sabiendo que el maestro no podría oírme pero que, sin duda, sería capaz de leer en mis labios, entoné una frase que sonó como una oración a la memoria de la musa más querida por Goya:

—En efecto, prima, nadie te reconocerá nunca.