XIII

Si al decorar tus salones,

Fanio, a Mercurio prefieres,

tienes a fe mil razones:

que es dios de los mercaderes,

y también de los ladrones.

Leandro Fernández de Moratín,

Epigramas

Apenas deshecho el equipaje sentí el apremio incontrolable de comunicar a todos que por fin habíamos regresado, y para ello no había nada mejor que crear expectación.

De boca de los mandaderos corrí la voz de que en carnavales daríamos un baile de máscaras. Pasaron las semanas, se enviaron las invitaciones y, poco a poco, no tardé en comprender que la añoranza había debido de ser mutua, ya que prácticamente nadie contestó de forma negativa.

Ascargorta, temeroso de que mis dispendios terminasen por asfixiar la angustiosa deuda que teníamos, me pidió poderes para vender unas tierras cercanas a Benavente. Se lo di aun a pesar de que no me gustaba deshacerme de parte del patrimonio heredado, pero sabía que sería la única manera de sanear de una vez por todas las cuentas.

Además, estaba decidida a no escatimar en los gastos del baile: si quería casar a las niñas como se merecían, el nuestro debería ser el festejo más destacado de aquellos principios del siglo XIX, el único digno de recordarse en los anales de la historia.

Pepita, la mayor de mis hijas, a sus diecisiete años, ya estaba en la edad de merecer, y lógicamente se sentía nerviosa ante la expectativa de saberse el principal objetivo de todo jovencito. Su hermana Joaquina, en cambio, tuvo que asistir casi obligada por mi mandato e imposición, y es que después del desencuentro con el primogénito de los duques de Medinaceli no quería ni oír hablar de hombres.

Y por fin llegó el día.

Con la intención de resaltar el hecho de nuestro desembarco en Madrid, todos los miembros de la familia aguardamos a que hasta el último de los invitados hubiese llegado al palacio para aparecer por sorpresa volando sobre los jardines de El Capricho a bordo de un globo aerostático. A pesar del respeto que aquel artefacto podía inspirar, no tuve miedo porque el hombre que más sabía de ellos nos acompañaba. Hacía ya siete años que había presenciado cómo el italiano Vicente Lunardi había conseguido elevarse sin peligro aparente sobre los cielos a bordo de aquel invento en los jardines del Buen Retiro, en el Palacio Real y en Aranjuez, después de los múltiples intentos fallidos por parte de aeronáuticos; por eso le encargué su construcción.

La luna llena iluminó nuestro camino hasta la fuente de la entrada. Apenas comenzamos a sobrevolar los pinos, cientos de cabezas alzaron sus enmascarados rostros al son de una tamborilada. Dos linternas mágicas centraron el haz de sus luces en la cesta que nos salvaguardaba del abismo. Una mezcla de vertiginosa libertad, pureza y poder me asaltó al planear sobre el diminuto gentío. ¿Estaría Godoy allí?, me pregunté, ¿y habría traído a su esposa? ¿Y mi querida Cayetana? Todos ellos estaban invitados y habían confirmado su presencia, pero faltaba por ver si nos hacían el cumplido de su aparición, sobre todo después de enterarse de que entre los demás asistentes podían encontrarse antiguos amantes o incluso enemigos.

La ovación borró de un plumazo cualquier resquicio de humildad que el encubierto destierro en París hubiese tatuado en nuestro sentir. Diez arañas de cristal con veinticuatro bujías iluminaban estratégicamente el templete de Venus y cada una de las estatuas de los estanques, y otros cien mecheros con cirios marcaban el lugar exacto donde debíamos posarnos.

Nada más hacerlo abrimos la portezuela de mimbre para abrazar a los Fernán-Núñez, los Palafox, los Portocarrero, los Villafranca, los Oñate y a la marquesa de Santa Cruz, quienes, a pesar de estar cubiertos por las máscaras, eran fácilmente reconocibles. Santa Cruz venía con su hijo mayor, un apuesto joven al que aún no conocíamos; sin embargo, por el modo en que saludó a Joaquina, supuse que pronto se convertiría en asiduo a nuestra casa.

Mi prima Cayetana, María Teresa, la condesa de Chinchón, y su hermana María Luisa esperaron a que la vorágine de saludos terminase para acercarse a mí. Acodándome con la duquesa de Alba al lado derecho y con María Teresa al izquierdo, dejamos atrás una cola de amigos ansiosos de probar el globo para dirigirnos a los comedores.

Decorados ambos a imitación del templo de Minerva, cuarenta músicos repartidos en dos orquestas amenizaban la espera obligatoria a que los invitados debían someterse, ya que los lacayos, en medio de la confusión y el desbarajuste habitual, necesitaban un tiempo extra para reconocer a los comensales disfrazados y enmascarados, y guiarlos a su lugar en la mesa.

No había un detalle sin cuidar: cubertería de plata grabada con la corona de duque sobre la O de Osuna, cristalerías de París, mantelerías adamascadas, vajillas exquisitamente delicadas y flores de mil aromas.

Solamente se me vedó un antojo, y es que mi ilusión hubiese sido que en los centros prevaleciesen las lilas, pero hasta los caprichos más fáciles de cumplir cuentan con barreras insoslayables: ni siquiera los cuidados de Prévost en el invernadero para adelantar su floración habían logrado luchar contra las inclemencias de este frío invierno.

Sentadas a la mesa, mis mejores amigas ocuparon los lugares preferenciales a la diestra y siniestra de Pedro, de manera que, enfrentadas a mí, podríamos hablar sin dificultad.

Mientras Cayetana coqueteaba con Pedro, como era su costumbre, pero esta vez con un fin totalmente inocente y una intención que no pasaba del mero divertimento, centré mi atención en María Teresa. La mujer de Godoy, como era de esperar, había venido sola, pero esa circunstancia no parecía importarle en absoluto. Muy al contrario, después de aquella caída que le había provocado el aborto ahora lucía otra descomunal tripa. Sin saberse observada, tomó el bolso que pendía de su muñeca para sacar una larga cadena de oro terminada en dos pinzas. Se pasó el curioso adorno por detrás del cuello para colgar de cada una de las pinzas un extremo de la servilleta y acomodarla así, a modo de babero, a su pechera. Al levantar la vista y ver mi cara de asombro quiso darme una explicación:

—Es la única manera que se me ha ocurrido de no mancharme los vestidos y esta maldita banda morada y blanca de la Real Orden de María Luisa que tenemos que ponernos a todas horas. ¡No sabéis las ganas que tengo ya de parir!

—Según parece no tardaréis mucho. —Sonreí—. ¿De verdad lo deseáis?

Frunció el ceño antes de responder.

—Más que nada en el mundo. Pero no os equivoquéis. Solo es porque esta vez me tienen entre algodones. Será por miedo a que aborte de nuevo, pero, por sorprendente que os pueda parecer, Manuel hace de un tiempo a esta parte todo lo que le pido. A mi hermano Luis María le ha conseguido el nombramiento de arzobispo de Toledo y a mí, además del condado de Chinchón, el rey me ha otorgado el título de marquesa de Boadilla del Monte. Aparte de estas gracias, para que no padezcamos nunca miserias nos han asignado a todos cuantiosas pensiones.

La voz ligeramente embriagada de Cayetana nos interrumpió al exclamar para sus adentros, pero involuntariamente en un tono demasiado alto y que tanto María Teresa como yo oímos perfectamente:

—¡No puedo con esta pánfila!

Yo no llegué a entender a qué venía semejante insulto, pero la de Chinchón sí, al parecer, pues le dedicó una mirada cargada de odio antes de responder:

—Siempre lo mismo. ¡Qué manía con prejuzgar! Sé lo que estáis pensando: que cómo puedo hablar tan tranquila de mi estado y de lo bien que me trata Manuel cuando la Tudó también está preñada de él. ¿No lo entendéis? ¡A mí qué me importa! A ver cuándo comprenderéis que esa infeliz me hace un favor alejándolo de mi lado. Y, por si fuerais a tener esa intención —la avisó—, os advierto que no os atreváis ni siquiera a comparar a su futuro niño con mi hijo.

María Teresa estaba desconocida, y yo, asombrada: ¿qué había sido de su apocamiento, de su timidez, de aquella languidez con que la dejé al marcharme a París? Concluí que, sin duda, los varapalos le estaban endureciendo el carácter. Por su parte, Cayetana, incapaz de contenerse, volvió a hablar de nuevo para meter todavía más el dedo en la llaga:

—Son muchos hombres los que tienen amores prohibidos, y cientos los que se atreven a crear familias paralelas con sus queridas, pero lo que nadie excepto vuestro marido se atreve a hacer es mantener a esposa y a amante bajo el mismo techo. ¡Y vos se lo permitís! ¿Pensáis también criar a vuestros hijos junto a los bastardos de esa mujer?

—Eso, Cayetana, no depende de ella… —contesté sin poder evitar entrometerme, pero María Teresa, cabizbaja, me replicó:

—Dejadlo, Pepa. Tiene razón. Solo espero parir un hijo sano que me permita abandonar esa casa para siempre. —Se acarició la tripa y una lágrima resbaló por su mejilla—. Este niño no es más que mi pasaporte a la libertad.

—María Teresa —la reconvine—, decís eso solo porque aún no le habéis visto la cara. No creo que después seáis capaz de iros dejando a vuestro hijo en manos de…

La frase quedó inconclusa por la interrupción de Antonio Gippini, el dueño de la fonda de San Sebastián, servidor oficial de los ágapes en el Coliseo y de otros muchos eventos que le encargasen; y, también, de esta celebración. Sujetando él mismo la bandeja frente a mis narices, esperaba mi aprobación a las jícaras de chocolate, los bizcochos, el café y los refrescos que pretendía servir al amanecer. Desganada, probé una torta y, sin musitar una palabra, simplemente asentí y aparté la bandeja de mi vista. Reverenciándome, se dirigió raudo a las cocinas a preparar cientos de ellas.

Un dúo de angelicales voces dio la señal para el inicio del baile. Eran la napolitana Brígida Giorgia Banti y la portuguesa Luisa Todi, quienes, por primera vez en la historia, se dignaban cantar juntas una zarzuela. Nadie antes había conseguido reunir a las mejores voces del momento y, probablemente, nadie nunca más volvería a hacerlo, ya que eran mujeres demasiado competitivas como para coincidir en un mismo lugar. De hecho, Luisa había sido contratada para cantar en Nápoles en el teatro de San Carlos, y eso era algo que Brígida, siendo aquella su tierra natal, tenía clavado en el alma. Pero hay muy pocas cosas que no se puedan comprar en la vida, y, rascando la bolsa, conseguí que por una noche olvidasen sus resquemores.

Abandoné a mis dos amigas después de haber montado aquella escena porque debía inaugurar el baile con Pedro. A continuación, me senté junto a mis hijas Pepita y Joaquina en las sillas que habían dispuesto alrededor de la pista; teníamos la intención de valorar a los posibles pretendientes que se nos acercasen. Mientras, el duque de Osuna acompañaba a los menos danzarines al cuarto de juegos, en donde las mesas aguardaban dispuestas para unas partidas de pul.

Llevábamos ya cinco minutos observando a nuestros invitados moverse al son de la música cuando pude oír cómo Joaquina, que estaba sentada a la espera de ser requerida, le decía a su hermana:

—No sé cómo puedes permanecer sentada aquí a la espera de cautivar a alguien. ¿No te sientes como un pedazo de carne sobre el mostrador de un mercado que aguarda a ser seleccionado?

Frunciendo el ceño, me incliné hacia Pepita con la esperanza de que me desmintiese al oído lo que me había parecido escuchar de boca de su hermana, pero esta no solo lo negó sino que la excusó entre susurros:

—Tienes que entenderlo, madre, Joaquina es de una timidez enfermiza, y el resquemor del repudio que sufrió por parte del primogénito de los Medinaceli aún le quema. Saberse la comidilla de todos la tiene cohibida.

Tras pensarlo con más detenimiento me tranquilicé. Su hermana tenía razón y, a sus años, mi hija aún tenía mucho tiempo por delante. Quizá hubiese que esperar unos meses más para que todos olvidasen aquel incidente. Inclinándome, la miré con cariño y le dije:

—Si no estás cómoda, hija, acércate a la orquesta y pide que te permitan tocar algún instrumento. Eso seguro que te entretiene.

Sin dudarlo un instante me obedeció. Cruzó el salón a paso ligero en esa dirección, y me alegró comprobar que el joven marqués de Santa Cruz, tan introvertido como ella o incluso más, la seguía cual perrito faldero. También vi cómo Joaquina se sentaba al piano mientras él se decantaba por un violín y, concentrados en las partituras, conseguían soslayar la absurda vergüenza de que sin duda eran presos dedicándose tiernas miradas entre las notas de las partituras. Sonreía satisfecha: José Gabriel de Silva-Bazán parecía ser la horma del zapato que a mi hija le faltaba.

A eso de la medianoche, Joaquín María Gayoso de los Cobos, marqués de Camarasa, me hizo una reverencia y solicitó mi consentimiento para sacar a bailar a Pepita. Ella, sonriente, aceptó tan ilusionada que ya no regresaría a mi vera en toda la noche. Aquel joven, cinco años mayor y con la experiencia que eso podía otorgarle, supo enamorarla desde el primer momento en que la miró a los ojos. Tan decidido como era, ni siquiera me había dado tiempo a indagar qué podría ofrecer a mi hija cuando, al toque de las diez de la mañana del día siguiente, vino a despedirse con la petición de su mano en los labios. Impetuoso como nadie, no supo elegir un momento más inoportuno para tan delicado asunto.

El cansancio acumulado de las pasadas catorce horas ejerciendo de anfitriona me impidieron darle una inmediata respuesta. La experiencia me había enseñado que el agotamiento suele inducir a la equivocación, y por eso precisamente no me dejé convencer por la anhelante mirada de Pepita.

Mantener en vilo al joven durante un tiempo prudencial antes de aceptar sería lo más idóneo, pensé, no fuese a creer el muchacho que todo el monte era orégano. Pepita, como cualquier mujer que se preciase, debía hacerse desear antes de lanzarse a los brazos de nadie, y si ella aún no sabía jugar con la seducción yo la enseñaría.

¡Quién me diría entonces que tres días antes de la celebración de la Navidad de ese mismo año de 1800 estaríamos casando a nuestra primogénita con él!