XI
Tú estarás creyendo, porque lo has oído así, que en Francia tienen las mujeres muchísima libertad, que van a la comedia solas, que se atan en la calle una liga sin reparo, que sin encogimiento hablan en todas las materias y que se besan en fin, comenzando en esas tierras por donde en las nuestras acabamos.
Fragmento de una carta del marqués de la Villa de
San Andrés describiendo el París de entonces
Enero de 1799
¡París! Allí era donde todo lo que pudiese sonar a cultura se cocía, donde mis filósofos preferidos publicaron aquellos pensamientos que, si me convencieron al principio, ahora se empezaban a desmoronar, donde muchos aseguraban que nacía el progreso de Europa.
No sabía cuánto tiempo estaríamos allí, en donde recalaríamos de camino a Viena, pero aprovecharía desde el primer minuto para educar a mis hijos enseñándoles todo aquello de lo que en España carecíamos. Me agarré a ese clavo ardiendo como único consuelo.
No tardé en comenzar con los preparativos. Antes de abandonar Madrid tendría que hablar con Ascargorta, mi contable, para responsabilizarle de todos nuestros bienes durante la impuesta ausencia. Conseguiría los visados para, una vez cruzada la frontera, recorrer los caminos franceses sin problemas, y para ello escribiría antes a Azara, el embajador en París. Cuál fue mi sorpresa al saber que antes de otorgárnoslos tendría que acallar los rumores que sobre nuestras tendencias anglófilas nuestros audaces enemigos habían sembrado en una de las más populares gacetas francesas, supongo que con la única intención de que nos despreciasen.
Nos costó desmentir el infundio, porque lo cierto era que Pedro no hacía tanto que había luchado en el Rosellón y en Navarra contra los franceses. Para ello, pedimos al rey que escribiese un manifiesto en el que requería al diario Le chef du Cabinet que obligase al artífice de semejantes patrañas a retractarse.
Una vez conseguido nuestro propósito supimos que aquel escribiente no era más que un mandado, y es que la larga sombra de Godoy cruzaba todas las fronteras y llegaba allende los Pirineos. ¿Acaso no le bastaba con desterrarnos que además quería hacernos insufrible el alejamiento? ¿Cómo pretendía que llegásemos a Viena sin pasar por Francia?
Para no reconcomerme, decidí concentrarme en los mil y un detalles de que debía estar pendiente de cara al largo viaje. Seleccionar a qué servidores nos llevaríamos resultó ser una ardua tarea. Sentiría dejar atrás a aquellos que, como a Michelle, contraté huidos de la justicia gabacha, pero comprendí que sería una imprudencia obligarlos a venir con nosotros, el riesgo era demasiado alto como para exponerlos, a pesar de que nos hubieran sido de muchísima utilidad como intérpretes o a la hora de ayudarnos a entender las costumbres de su país.
El día antes de partir, como despedida y para distraer a mis hijos del nerviosismo a que el inminente viaje los tenía sometidos, los llevé a ver el espectáculo de inauguración de tres máquinas de sombras que el rey había expuesto en diferentes puntos de Madrid para el divertimento del pueblo. Había además otras tantas linternas mágicas, tutilimundis y títeres.
Las linternas fueron las que más sorprendieron a los pequeños. Eran cámaras oscuras donde un juego de lentes ampliaba, a la luz de una lámpara de aceite, las transparencias de fantasiosas figuras pintadas en vidrio. Aquel artefacto lograba multiplicar de tal manera sus tamaños que llegaba a convertirlas en verdaderos gigantes, que, proyectados sobre una tela blanca, asustaban a los más pequeños.
Vistas la representaciones de La creación del mundo en la calle de las Veneras, y La primera culpa del hombre en la de Preciados, dejamos para el final La despedida de Mambrú a su dama, en la calle del Duque de Alba, y no pude dejar de recordar a Cayetana.
Mis pensamientos debieron de servir en cierto modo de reclamo a la susodicha porque, cuando nos abríamos paso entre la angostura del gentío, fue ella misma la que, gritándonos desde un balcón que había alquilado para mejor presenciar los festejos, nos invitó a subir y a compartir el espectáculo con ella.
Me alegré de ese encuentro fortuito, ya que hacía mucho tiempo que no la veía. Tanto que ni siquiera me había enterado de su regreso de Andalucía. Nadie supo nunca el porqué de su repentina huida, pero yo lo intuí al haberla oído discutir unos días antes con Godoy. Fue a la salida de una cena en palacio y a escondidas en su calesa. Lógico, después de que aquella noche le hubo azotado en las nalgas frente a la reina y María Teresa.
—¡Señora en la calle y puta en la cama sin confundir los lugares, Manuel! —la oí gritar cuando pasé junto a ellos en busca de mi coche.
Recuerdo que pensé que estaba claro que sus escandalosos devaneos de antaño languidecían, y aquella falta de respeto probablemente fuese el colofón de un efímero amor que nunca debió empezar. Fuese por lo que fuese, ahora me alegraba de su retorno, porque así podríamos despedirnos como era debido y en virtud del afecto que, pese a nuestras trifulcas y competencias, siempre nos habíamos tenido.
Subimos y la abracé fuertemente justo en el mismo instante en que, afuera, una estrepitosa traca acompañada de fuegos artificiales anunciaba el comienzo de la actuación que se había programado con motivo de la inauguración de aquellas atracciones. La cantaora María del Carmen fue la encargada de levantar los telones al son de un fandango gaditano. ¡Cómo echaría de menos esos espectáculos en Francia!, pensé.
Al despedirme de mi prima, ya entrada la noche, le conté cómo Godoy había dispuesto de nuestro destino. Le confesé que me sentía derrotada por tener que marcharme sin haber logrado averiguar nada en concreto sobre el paradero de su retrato, más por mi propia satisfacción personal que por cumplir con el encargo recibido de Godoy. Fue entonces cuando me confesó que definitivamente ella tampoco había conseguido averiguar nada al respecto. Procuré advertirle una vez más en contra del príncipe de la Paz, pero ella no pareció escucharme o, de cualquier modo, no me hizo mucho caso.
—Pepa, Manuel no es hombre como para temerle tanto —dijo riendo—. No dudes de mi opinión —insistió con sonrisa pícara al ver mi ceño fruncido y dubitativo—. Créeme cuanto afirmo, que sé lo que me digo.
El 26 de enero de 1799 nos pusimos en marcha. En la primera carroza viajábamos Pedro y yo junto al capellán; en la segunda, los cinco niños con su aya y Diego Clemencín, su maestro; finalmente, en una tercera viajaban los dos facultativos que velarían por nuestra salud. El principal era un cirujano llamado Hilario Torres, que, a la espera de atender a quien primero enfermara, ocupaba las horas redactando un diario de viaje. Nuestro particular cronista andaba tan aburrido que, a veces, por entretenerse hasta describía anodinos pormenores carentes de todo interés.
Tras ellos, repartidos en diferentes carros, nos seguía el resto de la servidumbre, formada por otro ayo, dos ayudas de cámara, tres criadas, un cocinero, un tapicero y cuatro lacayos. Además, vigilando el perímetro de la caravana galopaban cinco hombres montados a caballo.
El invierno hacía lento nuestro transitar por el barrizal y la nieve que en los caminos se había acumulado, pero tampoco teníamos demasiada prisa, dadas las desalentadoras noticias que recibíamos. Si los españoles no eran bien recibidos en general en París, peor nos recibirían a nosotros tras haber sido señalados hacía tan poco tiempo como amigos de sus enemigos.
Cuando el frío arreciaba y el cansancio nos podía, parábamos a dormir en posadas de difuminados contornos que titilaban a la luz de unos farolillos de aceite y que, al amanecer, recuperadas las fuerzas, se perfilaban tan pobres como sucias. Aun comparándolas con las más miserables de la Cava Baja, provocaban arcadas, y es que aquellos paradores eran verdaderas cloacas comparados con los madrileños de La Cruz, El León de Oro, El Dragón o La Luna, que conocía porque, a pesar de no haber dormido una sola noche en ellos, visité en alguna ocasión con la intención de saber de la dignidad de estos a la hora de hospedar a los tristes parientes que acudían a los entierros de nuestros sirvientes.
Podría la suciedad haber sido el único defecto de aquellos albergues si no fuese porque, además, en ninguno de ellos conseguimos disfrutar de la intimidad deseada. Para hacerme una idea de con cuántos desconocidos compartiríamos mesa cada noche, al llegar solía contar los aparejos de caballería que pendían de los muros de sus zaguanetes. Según el número de bocados, cribas y sillas que hubiese colgados calculaba cuántos serían, sin contar, claro está, a los mozos de cuadra, ya que estos solían cenar aparte y dormir sobre el heno abrazados a las bestias para que no se las robasen.
Una noche, cansada de mis desaciertos, dejé de hacerlo porque comprendí que aquello no me daba una sola pista sobre cuántos estudiantes en tránsito, soldados de infantería con permiso, descarados majos o arrieros de mercado podrían parar.
La única posada digna de rememorar fue una en la que paramos aproximadamente a mitad de camino: La Gallinería, creo que se llamaba, y quizá fuese la más grata por el simple hecho de que solo compartiéramos techo con un único vecino, un corregidor al que ni siquiera tuvimos que saludar al andar ya empiltrado cuando llegamos.
Al calor de la lumbre, y aprovechando la ansiada soledad, tiré de la lengua a Pedro para que me pusiese al tanto de todo lo que podríamos encontrarnos en París y yo quizá ignorase.
Hablásemos de lo que hablásemos, casi siempre salía a colación el mismo nombre: Napoleón Bonaparte, por aquel entonces tan desconocido para mí que aún recuerdo cuando me lo mentó por primera vez. Fue una noche que por la dureza del catre preferimos acostarnos sobre una mullida alfombra de lana al calor de la lumbre.
—Impresiona lo que ese joven artillero corso ha conseguido antes de cumplir los treinta —señaló mi esposo.
—Dudo que supere el ascenso de Godoy si no cuenta con una madrina tan influyente como la suya —ironicé.
—No te engañes, Pepa. En Francia, aunque ya no exista el absolutismo de la monarquía, el ansia de poder sigue corrompiendo a sus gobernantes, y eso es algo que ni la revolución ni cualquier otro sistema de tutela podrá nunca erradicar. Bonaparte ha sabido arrimarse al árbol que más sombra da, para ello le bastó lucirse hace cuatro años en el palacio de las Tullerías a golpe de cañón cuando los realistas y contrarrevolucionarios se alzaron contra la Convención. Después de sofocar con éxito aquel golpe fue precisamente Barrás, el preferido del Directorio, el que le brindó todo su apoyo y le nombró general del ejército francés en la lucha contra Italia. —Incorporándose levemente tomó una jarra de barro del poyete de la chimenea, se sirvió vino caliente y, recuperado el aliento, prosiguió—: Ese muchacho no desaprovechó la ocasión que le brindaban para lucirse, y, tras vencer a los austríacos, los obligó a firmar la paz. Así fue como Francia se hizo con el control del Rin, los Países Bajos y el norte de Italia.
Bostezando, cansada por la agotadora jornada de viaje, me abracé a la almohada murmurando:
—Eso corrobora mi idea de que, mientras persistamos en nuestra alianza con Francia, nos será muy difícil ocupar la embajada de Austria. ¡Si no hace ni siete años que decapitaron a María Antonieta! ¡Y pensar que cuando casaron a la entonces princesa austríaca con el delfín precisamente lo que se buscaba era una alianza duradera con este país! Está claro que el destino es caprichoso. A los austríacos aún deben de escocerles las heridas que el tal Napoleón les ha provocado.
Pedro se mostró escamado:
—Hazme un favor y no hables tan despectivamente de él en público o nunca conseguiremos ocupar la embajada que queremos. Primero los periódicos franceses me acusan de anglófilo, luego nuestros propios ministros de afrancesado, ¿y ahora también tú echas leña al fuego? Tienes que comprender que solo conseguiremos llegar a Viena dejando claro que solo somos españoles y que estamos orgullosos de ello.
Estaba tan ofuscado que preferí reconducir la conversación hacia Napoleón:
—Olvídalo y háblame un poco más de ese Bonaparte. —Apartándome un mechón de la cara con dulzura, sonrió y me besó en la mejilla.
—Ha conseguido conquistar Venecia después de un milenio de independencia y ya es famoso en toda Francia por no haber perdido una sola batalla. Algunos le describen como el mejor estratega de todos los tiempos. —Hablaba con tanto énfasis que me asustó.
—¿Lo admiras?
—Lo haría si no fuese por la fama de despiadado saqueador que se ha creado en las tierras conquistadas. —Arqueó las cejas.
—¿Lo conoceremos en París?
—Quizá cuando regrese de su campaña en Egipto y Siria. Dicen que pretende traer gran parte de los colosales trofeos que encontró en las riberas del Nilo. Él es así, todo menos la discreción. Si para demostrarle a Francia su victoria contra los mamelucos necesita cargar con parte de los monumentos milenarios que encontró en Egipto, lo hace cueste lo que cueste. Para Napoleón, robar una parte de su historia a los que previamente ha masacrado es el colofón de su triunfo. El tamaño o peso de la pieza que se vaya a cobrar es lo que menos le puede importar. —Bostezó arrebujándose en la manta. Me tumbé a su lado y le abracé. Ya tenía los ojos cerrados cuando musitó—: Mañana te dejaré leer un ejemplar que guardo de Le Journal de Bonaparte et des hommes vertues. No es imparcial, pero te ilustrará para luego poder intervenir en las tertulias de París.
No bien hubo terminado de hablar su respiración se acompasó. Entre ronquido y ronquido concilié el sueño pensando en cómo coleaba aún la anarquía del país vecino después de una década de su revolución.
Al quinto día de nuestro viaje llegamos a Valladolid. De allí seguimos hasta Burgos, y más tarde cruzamos la frontera por Bayona y nos allegamos a Burdeos, donde por fin decidimos hacer una parada lo bastante larga como para recuperarnos del cansancio acumulado.
Lo primero que me extrañó fue la poca afluencia de feligreses a la misa de doce del domingo en la catedral. Incluidos el sacerdote y los monaguillos, no pasaríamos de cincuenta almas en total. Acostumbrados como estábamos a iglesias atestadas, nos resultó desolador. Al interesarse nuestro capellán por el motivo de tal falta y preguntarle al respecto al obispo oficiante, este excusó a todos los católicos del precepto porque allí los domingos no eran festivos y los comerciantes estaban obligados a abrir sus puestos del mercado bajo pena de multa.
Después de recalar en Burdeos y descansar hasta recuperar fuerzas, no tardamos en proseguir nuestro camino, pero pronto las cosas se complicaron, ya que, a pesar de los pasaportes y salvoconductos que nos había mandado el embajador en París, tuvimos que pagar unos portazgos mucho más elevados de lo que calculamos para poder franquear con cierta seguridad los tramos más expuestos a bandoleros y gentes de mal vivir.
Una vez pagada la extorsión, pensábamos que lo peor había pasado. Sin embargo, topamos con un puente hundido del que no nos había alertado. Aquello nos obligó a permanecer parados más de cuatro días en busca de una solución. Esta nos llegó cuando un barquero que conocía nuestro problema hizo un buen negocio alquilando su curiosa gabarra. Era como una especie de plancha pertrechada de tal manera que podía aguantar el peso de una caravana entera sin zozobrar.
Navegamos río abajo hasta llegar a una orilla de donde salía un camino que nos llevó a Angulema. En algunos tramos, este resultó tan embarrado que por miedo a quedar atorados nos apeamos para caminar. Pensamos entonces que no se podía sufrir peor suerte sin tener en cuenta que las calamidades nunca suelen venir solas, y en Poitiers se nos partió el eje de una de las ruedas.
Al fin, después de casi dos meses de viaje, entramos en París. Allí nos esperaba el fastuoso palacio que había alquilado Pedro. Me gustó, sobre todo porque tenía más de treinta años y, sin embargo, no precisaba de demasiadas reformas. Antes de la Revolución había sido residencia de los Fitz-James, después de mi pariente, el duque del Infantado, y cuando estos tuvieron que huir de las exaltadas hordas pasó a ocuparlo el mismísimo Talleyrand, que no hacía mucho se lo había devuelto a sus legítimos propietarios. Estaba en plena rue de Saint-Florentin, y la impronta de su arquitecto, el reconocido Chalgrin, se podía adivinar en cada uno de sus ornamentos.
Paseando por sus estancias, lo que más me alegró fue encontrar apilados en la biblioteca un montón de ejemplares del Diario de Madrid atrasados. El antiguo bibliotecario los debió de dejar allí a la espera de encuadernarlos por semestres para archivarlos. Así, cuando alguien quisiese recordar algún acontecimiento, no tendría nada más que allegarse a ese santuario de noticias, leyendas y literatura.
Aquello me hizo caer en la cuenta de que durante los dos meses de viaje, y con la ansiedad que tenía por saber algo más de Francia, apenas había leído diarios españoles, por lo que tras supervisar todos los detalles de nuestra instalación pedí que me trajesen todos los que no había leído desde nuestra partida.
De todas las noticias que leí por aquel entonces la que más alegría me dio fue la del 6 de febrero, pues en esa fecha se había publicado por fin el anuncio de la salida al mercado de las estampas de los Caprichos de Goya. Yo hacía dos años que las conocía, pero… ya era público, ¡el maestro ya no temía a las malas críticas ni a la Inquisición!
¡Dichosa aquella mañana en la que, al borde del lago de mis jardines, Moratín leyó a Goya la proclama que había redactado para el día en que se decidiese mostrar al mundo su obra! No podían haberse reunido en mejor lugar, ya que el maestro había elegido el mismo nombre que mi casa de retiro para denominar sus obras más rebeldes.
Simbolizaban el bautismo de la criatura más arriesgada que el pintor había parido hasta entonces. La presentación de todos y cada uno de los vicios de nuestra sociedad en forma de dibujo y sin tapujos.
Hice memoria y así comenzaba:
Colección de estampas de asuntos caprichosos, inventadas y grabadas al aguafuerte por don Francisco de Goya. Persuadido el autor de que la censura de los errores y vicios humanos (aunque parezca peculiar de la elocuencia y la poesía) pueda ser también objeto de pintura, ha escogido como asuntos proporcionados para su obra, entre la multitud de extravagancias y desaciertos que son comunes en toda sociedad civil y entre las preocupaciones y embustes vulgares, autorizados por la costumbre, la ignorancia o el interés, aquellos que ha creído más aptos a suministrar material para el ridículo y excitar al mismo tiempo la fantasía del artífice.
El artículo insinuaba que en ellas el autor no había pretendido ridiculizar a nadie en particular. Creerlo sería como estrechar los límites de su talento. ¡Qué falsedad! Todos los que conocíamos a don Francisco sabíamos que en su oculta intención siempre estaba el evocar en una expresión, gesto o posición el carácter del retratado.
Qué rabia no ver los rostros de quienes las admirasen por primera vez. Yo ya las conocía y parecían dibujadas al arrullo del recitar de una sátira de Quevedo. De hecho, había adquirido una de las colecciones y solo esperaba que la censura de la Santa Inquisición no me las incautara. Goya, de un tiempo a esta parte, parecía más envalentonado que nunca.
Pedro vino a importunarme para que le acompañase a casa del embajador español en París. Él nos informaría sobre cómo iban los trámites con Viena para nuestra embajada. Aquel fue nuestro primer paseo por la ciudad, y no resultó demasiado halagüeño.
Con el pasaporte en una mano y la fe de civismo en la otra, cuando íbamos de camino a casa del excelentísimo señor Nicolás de Azara el cuerpo de guardia nos dio el alto para demandarnos la documentación. Pasada aquella incómoda inspección, tres calles más allá, se repitió el desencuentro. Pensé que no podría aguantar por mucho tiempo aquellos desaires. ¿Era reticencia o simple desconfianza? Gracias a Dios, pasados unos días, cuando los alguaciles supieron de la bienvenida que nos habían brindado sus ministros en el Directorio, aquellas incómodas situaciones se relajaron.
Después de hablar con Azara en su casa supimos que aún tardaríamos mucho en ocupar nuestra embajada. La guerra entre Austria y Francia parecía inminente, y era lógico que los austríacos no quisiesen tener a ningún aliado del enemigo en terreno propio, hasta tal punto que su majestad imperial se negaba incluso a admitir a un encargado de negocios entre su país y el nuestro. Viena era el lugar donde se cruzaban las informaciones entre Inglaterra, Rusia, Austria, Nápoles y Turquía, todos ellos enemigos de Francia, y no podía arriesgarse a admitir en su suelo a un probable espía. Solo una alianza con Inglaterra que rompiera la que teníamos con Francia podría abrirnos el paso a la embajada vienesa.
Pasados poco menos de cinco meses desde nuestra llegada, escribí ansiosa a Cayetana. En mi carta le pedía que me mantuviera al tanto de la vida en la villa y corte y que me relatase qué se cocía por Madrid, y también le contaba mis cuitas, pues me resultaba imposible disfrazar mi desesperanza en París.
Querida Cayetana:
Hoy, 9 de agosto, creo que puedo decir al fin que ya nos hemos acostumbrado a los endemoniados horarios de este país. Comemos a las cinco y no nos acostamos antes de las dos de la mañana. Eso solo es un punto insignificante en el desorden que reina.
A ti te puedo hacer una confidencia: Pedro sigue sin cobrar lo estipulado por la embajada y hace ya una eternidad que comenzó a faltarnos el peculio. Habíamos calculado las cantidades exactas para una corta estancia en París y el posterior viaje hasta Viena, pero todo se prolonga y es más caro de lo previsto. A estas alturas son muy pocos los que nos prestan sin la firma de un banquero. He tenido incluso que pignorar algunos de los brillantes que heredé de mamá y aunque, como bien sabes, la pérdida de las cosas materiales nunca me ha quitado el sueño, esto me ha molestado.
Procuro evitar que la austeridad irrumpa en mi modus vivendi, sobre todo porque no considero justo que eso afecte a los niños, que hasta ahora no han sabido —ni, creo, deben saber— lo que son las penurias económicas, menos todavía cuando no obedecen a errores de Pedro ni míos sino a la crueldad de quien nos ha enviado aquí. Por ello, he contratado a un profesor de baile para las niñas, monsieur Gardel, que ayer mismo nos obsequió con un baile muy especial que había ideado para ellas.
Ascargorta, nuestro contable, se ofusca por el dispendio y nos recuerda los seis millones de reales que aún debemos en España. Son deudas que provienen de los gastos que Pedro tuvo que hacer para pertrechar a sus soldados en las antiguas campañas contra los franceses cuando nos invadieron, pero… si hasta ahora no ha habido prisa por saldarlas, ¿por qué no pueden seguir esperando?
Me considero responsable de preservar las comodidades de los niños y el servicio, pues mío ha sido el empeño de traerlos a casi todos aquí. Pase lo que pase, yo seguiré manteniendo en esta ciudad los seis coches y los cuarenta y seis cubiertos que alimentan a los moradores de esta casa con sus cuatro platos principales y sus dos postres de siempre. No han de ir en diligencia los míos, ni mis criados ni mis descendientes, ni han de cambiar el modo de vida de que disfrutaban en Madrid por las estrecheces de París. Lamento, Cayetana, parecer tan quejicosa, como siga así vas a pensar que te voy a pedir prestado, y te aseguro que no es mi intención.
¡Te echo tanto de menos! A ti, a El Capricho, a nuestros artistas, las corridas, los teatros; incluso el vino de Jerez, porque, por mucho que alardeen estos franceses de sus elixires, lo cierto es que ninguno supera a los nuestros.
Hemos hecho algunos amigos españoles que por aquí andan tan perdidos como nosotros o incluso más. La mayoría son afrancesados hasta la médula y buscan cualquier excusa para prolongar las misiones que les han encomendado y temen que por cualquier causa el gobierno decida dar la espalda a los gabachos. ¿Cómo comentar con ellos que somos de la opinión contraria? Por ahora nos mantenemos callados. Es lo más prudente, a la espera de un giro en las intenciones de nuestros ministros.
El embajador Azara me comenta que los jacobinos intentaban prender de nuevo la llama de lo que ellos vienen llamando «su espíritu público». Básicamente lo hacen mediante escritos incendiarios que los revolucionarios, para su total desesperanza, leen con total indiferencia.
Ser católica aquí es casi insultante, dado el relajamiento de la religiosidad entre la sociedad. Figúrate que en Semana Santa, en vez de recogernos, hemos tenido que acudir a múltiples bailes y festines por no parecer beatos… Es como si estos franceses quisiesen borrar de un plumazo todo lo conservador sin importarles en absoluto las consecuencias que aquello pueda acarrear.
Por otro lado, la Revolución también mató a una mayoría de los sabios de este país, y hoy pasan por maestros muchos de los que antes solo eran alumnos.
A estas alturas conozco a casi todas las personas relevantes de esta ciudad, y es difícil seleccionar a un par de ellos que de verdad me interesen. Todo lo que antes admiraba de este pueblo con el tiempo se ha ido desmoronando cual endeble castillo de naipes.
La mayoría de los parisinos son prisioneros de su propia pedantería. Desconocen totalmente la humildad y se aprovechan de la discreción de los contados eruditos para ocupar su posición. Son sobre todo charlatanes que con su verborrea habitual hablan de todo sin saber de nada.
¡Qué diferencia estas estúpidas conversaciones de las que solíamos tener en el casino o en la Sociedad Económica, siempre en busca de un propósito filantrópico! Ser presidenta de la Sociedad de Damas de Honor y Mérito me enorgulleció durante años por los logros que para los más necesitados conseguimos; aquí, en cambio, reina el egoísmo más absoluto. Encontrar a alguien dispuesto a ayudar a otro sin interés alguno es como topar con un trébol de cuatro hojas en una inmensa pradera.
Hará una semana, sin ir más lejos, le ofrecieron a Pedro dar una charla. Se habían enterado de que ocupaba el sillón T en la Real Academia de la Lengua Española y querían que les hablase de nuestras cosas. Enemigo siempre de hablar en público, me ofreció a mí para ocupar su lugar y, dado que nadie puso objeción en ello, decidí aceptar creyendo que sería una buena ocasión para refutar públicamente, y de una vez por todas, la fama que nos han puesto de zoquetes.
Pensé que el mejor ejemplo para demostrárselo sería hablarles de nuestras eruditas a fin de hacerlos ver que no solo contamos con sabios varones. Saqué a colación a María Isidra de Guzmán y de la Cerda como primera mujer doctorada en Filosofía y Letras por la Universidad de Alcalá de Henares gracias al permiso que obtuvo de Carlos III. Continué con María de Sales y Portocarrero, la marquesa de Ariza, que como recordarás fue precisamente la que tradujo del francés las instrucciones cristianas sobre el sacramento del matrimonio. Creía haber acertado con el tema elegido, pero, antes de mencionar siquiera a la tercera, los bostezos y murmullos me obligaron a silenciar mi charla. Esperaba que por respeto se percataran de su falta y guardaran silencio, pero, ilusa de mí, en vez de eso muchos de ellos se levantaron para aplaudir y dieron de ese modo por finalizada mi intervención. Para mi desesperanza, nadie en absoluto me dio pie para continuar.
¿Necios nosotros? Burros ellos, que solo quieren oír hablar de sus artificiosas grandezas. Como verás, Cayetana, aún me dura el enojo.
Pero no todo es un camino de espinas. Sí he de mencionar a algunos amigos en especial, los mejores sin duda son Teresa Cabarrús, más conocida en estos lares como madame Tallien, y Charles Pougens, un hijo bastardo del príncipe de Conti. Son mis guías por las callejas parisinas. Con ellos visito teatros, imprentas, bibliotecas, confiterías y todos los lugares más recónditos de esta ciudad. ¡Cayetana, hay tantas cosas que me recuerdan a ti! Teresa es la que me mantiene informada de los cotilleos que las decenas de gacetas silencian. Son ellos los que me han enseñado a diferenciar los tipos de especímenes que nosotros no conocemos. Por sus vestimentas, sus andares o sus quehaceres se delatan. Hay nobles escapados por un hilo de la guillotina, revolucionarios arrepentidos que añoran su vida anterior y sobre todo abunda una burguesía recientemente enriquecida por los negocios que a otros arrebataron.
A los que más frecuentamos es a los aventureros que, seducidos por sus sueños de expedición, se dejarían arrastrar a los lugares más remotos del mundo. Estos al menos tienen una cosa que agradezco, y es que admiran a nuestros exploradores sin menospreciarlos. Los nombres de Humboldt o Alejandro Malaspina suenan asiduamente en sus reuniones. Por muy raro que pueda sonar, conocen la ruta que el segundo trazó para culminar la vuelta al mundo, y saben de su conspiración en contra de Godoy. Cuando les dije que purga su pena por ese alzamiento pudriéndose en el calabozo del castillo de San Antón, lo sintieron de verdad, y es que esto de la aventura une más de lo que podemos imaginar independientemente de la procedencia de cada uno.
Y, hablando del Choricero, espero que sin olvidarnos a nosotros le hayas olvidado a él. ¿Le ha echado ya la reina de su cama? Aquí hay muchos que aseguran que es otro quien ahora se la calienta.
Dime: ¿hiciste algún encargo a Michelle? No la olvides, por favor, al menos hasta mi regreso. ¿Qué sabes de la pobre Chinchón? ¿Y del maestro Goya? ¿Has averiguado por ventura dónde se encuentra tu desnudo? Sé que eres tremendamente holgazana para escribir, pero acuérdate de esta amiga y no te dejes nada en el tintero.
Rociando la tinta con polvo secante, soplé, doblé el pliego y lo lacré.