XVII - OCASO
Trockern y Ermine dormían. Shoyshal había salido. El geonauta que los impulsaba se había detenido y estaba liberando suavemente su pequeña y blanca progenie hexagonal.
Sartorilrvrash se despertó y se desperezó con un bostezo. Se sentó en el catre y empezó a rascarse la blanca cabeza. Acostumbraba dormir la segunda parte del día y despertarse a medianoche para pensar durante las horas oscuras, cuando su espíritu podía comulgar con la errante Tierra, y enseñar a partir del alba. Era el maestro de Trockern. Se había bautizado a sí mismo con el nombre de un peligroso y viejo sabio que había vivido en Heliconia y con cuyo gossi había establecido contacto empalico.
Un rato después, se puso de pie y salió. Estuvo mirando largamente las estrellas, disfrutando de la sensación nocturna. Después, regresó a la habitación y despenó a Trockern.
—Estoy durmiendo —dijo éste.
—De lo contrario, no podría haberte despertado.
—Zzzz.
—Me has robado algo, Trockern. Me has robado mi explicación de por qué se complicaron las cosas en la Tierra. Para impresionar a tus damiselas.
—Como verás, sólo lo he logrado en un cincuenta por ciento —respondió Trockern, señalando a la dulcemente dormida Ermine, cuyos labios estaban prietos como si estuviese a punto de besar a alguien en su sueño de verano.
—Por desgracia, has utilizado mis argumentos de manera errónea. Esa posesividad, que constituyó en otros tiempos una característica esencial de la humanidad, no era motivada por el miedo, como has planteado tú… Aunque, si mal no recuerdo, lo llamaras «perpetua desazón». Era, en cambio, un producto de la innata agresividad. Los antiguos humanos no temían lo suficiente; de lo contrario, jamás hubiesen construido conscientemente armas capaces de destruirlos. La raíz de todo aquello hay que buscarla en la agresión.
—Pero, ¿no es la agresión una consecuencia del temor?
—No trates de complicarte antes de saber andar. Si tomas como ejemplo a Heliconia, verás cómo cada generación ritualiza su agresividad y sus matanzas. Las primeras generaciones terráqueas a las que te referías no sólo buscaban poseer territorios y gentes.
—En verdad, SartoriIrvrash, no puedes haber dormido bien esta tarde.
—En verdad duermo, y me despierto en verdad —apoyó el brazo en los hombros del joven—. Se puede hilar aún más fino. Aquellos hombres primitivos deseaban poseer también a la Tierra, esclavizarla bajo el cemento. Pero sus ambiciones no acababan allí. Sus políticos hicieron lo posible para extender sus dominios al espacio, mientras la gente común soñaba con invadir la galaxia y gobernar el universo. Eso era agresión y no miedo.—Puede que tengas razón.
—No te des por vencido tan fácilmente. Sí puedo estar en lo cierto es que también podría no estarlo. Es menester que conozcamos la verdad acerca de nuestros antepasados; por más malvados que fueran, nos brindaron la oportunidad de entrar en escena.
Trockern bajó de su litera. Ermine, profundamente dormida, suspiró y se dio vuelta.
—Hace calor. ¿Qué te parece si damos una vuelta? —propuso SartoriIrvrash.
Cuando se internaban en la noche, arropados por el manto de estrellas, Trockern dijo:
—¿Tú crees, maestro, que repensar nos hace mejores?
—En términos biológicos, supongo que no cambiaremos nunca. Pero, con suerte, podríamos mejorar nuestras infraestructuras sociales. Me refiero al tipo de labor que llevan a cabo actualmente nuestras extituciones: una nueva y revolucionaria integración de los principales teoremas de la ciencia física a las ciencias humanas, sociales y vitales. Por supuesto, como seres biológicos que somos, nuestra Junción principal está al lado de la biosfera, para la que, cuanto más estables, más útiles seremos. Sólo cambiaría nuestro papel si la biosfera volviese a experimentar algún tipo de cambio.
—Pero la biosfera cambia constantemente. El verano es distinto del invierno, incluso aquí, en la franja tropical.
SartoriIrvrash, con la mirada perdida más allá del horizonte, dijo como ausente:
—Verano e invierno son funciones de una biosfera estable, son fases de la respiración de Gaia en su deambular. La humanidad debe actuar dentro de sus límites funcionales. A los agresivos, este punto de vista siempre les pareció pesimista. Sin embargo, ni siquiera es visionario: es de puro sentido común. Y no lo será sólo si te han inculcado durante toda la vida que, en primer lugar, la humanidad está en el centro de todas las cosas, que los hombres son los Señores de la Creación y, en segundo lugar, que podemos aumentar nuestro botín a expensas de otros. Este punto de vista no trae más que miseria, como nos lo demuestra nuestro pobre planeta hermano que está allá lejos. Lo único que tenemos que hacer para aumentar el caudal de vida global es apeamos de la idea de que el mundo o el futuro son, en un modo u otro, «nuestros».
—Supongo que cada uno de nosotros ha de comprenderlo por sí mismo —dijo Trockern. Le encantaba mostrarse humilde después del atardecer.
Repentinamente exasperado, Sartorilrvrash dijo:
—Sí, desafortunadamente es así. Estamos condenados a aprender de la cruda experiencia y no de felices ejemplos. Y es ridículo. No creas que estoy satisfecho del actual estado de cosas. Para empezar, Gaia es una perfecta inocente si nos deja tanta libertad. ¡Al menos, en Heliconia la Escrutadora Original plantó a los phagors para mantener a la humanidad en raya! —Trockern se unió a su risa. —Ya sé que me encuentras lascivo —dijo éste—, pero, ¿no es Caía igualmente lasciva al ir desovando sin pausa en todas direcciones?
Su maestro le dirigió una filosa mirada:
—Todo debe producir en abundancia, a fin de que todo lo demás tenga de dónde alimentarse. Quizá no sea el mejor de los sistemas: siempre guisados y amontonados en un caldo químico… Pero eso no quiere decir que no podamos imitar a Gata y alcanzar, como ella, nuestra propia homeostasis.
En lo alto, la luna mostraba su último cuarto. Sartorilrvrash señaló la rojiza estrella que ardía cerca del horizonte.
—¿Ves Antares? Un poco al norte está la constelación de Ophiuchus, el Portador de Serpientes. En Ophiuchus, a unos setecientos años luz de distancia de la Tierra, hay una gran nebulosa que oculta un racimo de estrellas jóvenes. Entre ellas está Freyr. Sería una de las doce estrellas más luminosas del firmamento si no fuera por la nebulosa. Y ahí están también los phagors.
Los dos hombres contemplaron la distancia en silencio. Luego, Trockern dijo:
—¿Te has detenido a pensar, maestro, en lo parecidos que son los phagors a los demonios y diablos que atormentaban las mentes de los cristianos?
—No se me había ocurrido. Siempre me recordaron otra alusión del pasado: el minotauro de la antigua mitología griega, una criatura atascada a mitad de camino entre el hombre y la bestia, perdida en los laberintos de su propia lujuria.
—Supongo que crees que los humanos de Heliconia deberían intentar coexistir con los phagors para mantener el equilibrio biosférico.
— «Supongo…» Suponemos demasiado. —Un largo silencio siguió a estas palabras. Por fin, como con desánimo, Sartorilrvrash dijo:—Sin deseo alguno de ofender a Gaia y a su hermana Portadora de Serpientes de allá ajuera, a veces estas dos se comportan como viejas comadronas. La humanidad mamó la agresividad de sus vientres. Es decir, para usar otra antigua analogía: phagors y humanos son como Caín y Abel, ¿no es verdad? Uno de los dos sobra… Por encima de las cabezas del público sonaron unas trompetas de voz dulce y apagada, muy distintas a las dianas que, enterradas para todos salvo para Luterin en las profundidades de aquel monasterio, llamaban a las tareas cotidianas.
En la gran sala, los funcionarios apuraron el último canapé aviforme y pusieron cara de circunstancia. Al pasar a su lado, Luterin se sentía demasiado grueso entre tantas figuras ectomorfas. Perdió de vista a Insil.
El Guardián y el Maestro, el padre y el marido de Insil, bajaban la escalinata en espiral. Llevaban túnicas de seda de color carmín y azul sobre sus ropas y unos extraños sombreros les cubrían la cabeza. Sus rostros parecían hechos de una aleación de plomo y carne.
Se dirigieron, codo con codo, a las ventanas encortinadas. Una vez allí, se detuvieron y saludaron a los asistentes con una reverencia. El silencio dominó la sala, los músicos se retiraron de puntillas, haciendo rechinar el suelo.
El primero en hablar fue el Guardián Esikananzi:
—Todos conocéis las razones por las que, muchos siglos atrás, fue construido el monasterio de Bambekk. Lo fue para servir a la Rueda… Conocéis asimismo la razón por la que los Arquitectos construyeron la Rueda. Estamos aquí reunidos sobre el mayor acto de fe jamás logrado/emprendido por la humanidad. Pero quizá me permitiréis pueda recordaros por qué nuestros ilustres ancestros habrían de elegir este lugar en particular, precisamente éste, que algunos consideran sitio en una parte algo remota del continente de Sibornal… Permitidme que llame vuestra atención a la banda de hierro que, bajo los pies de algunos de vosotros, divide esta abovedada sala en dos. Esa banda marca la latitud exacta a la que se encuentra este edificio. Estamos a cincuenta y cinco grados al norte del ecuador, exactamente sobre ese paralelo. No necesito recordaros que esa línea coincide con el Círculo Polar.
Llegado a este punto de su discurso, hizo una señal a un sirviente. Éste corrió las cortinas que ocultaban la ventana.
La ventana miraba al sur y ofrecía una vista de la aldea. Había buena visibilidad y todo se delineaba con bastante claridad, incluido el lejano horizonte, casi plano a no ser por una delgada pelliz de árboles denniss.
—Qué afortunados somos. La nube se ha disipado. Tendremos el privilegio de contemplar un solemne evento que el resto de Sibornal deberá contentarse con conmemorar.
Entonces, el Maestro Asperamanka se adelantó y empezó a hablar en un envarado Alto Dialecto:
—Dejadme que recoja la expresión de mi buen amigo y colega, «afortunados». Sin duda, tendernos a ser/somos afortunados. La Iglesia y el Estado han mantenido/ mantienen/seguirán manteniendo unida a la gente de Sibornal. La plaga ha sido/está casi erradicada y hemos ejecutado prácticamente a todos los phagors que había en nuestro continente… Sabéis que nuestros navíos dominan los mares. Además, estamos ahora/vamos a construir una Gran Muralla como acto de fe comparable a nuestra formidable Gran Rueda… Esta es/proclamamos una Nueva Gran Era. La Gran Muralla se extenderá al norte de Chalce. Contará con torreones de guardia cada dos kilómetros y sus muros tendrán siete metros de alto. Esa muralla, sumada a nuestros navíos, mantendrá/tiene a raya a cualquier enemigo de nuestro continente. Aunque el Día de Myrkwyr preanuncia la llegada del Invierno Weyr, nosotros sobreviviremos a él, nuestros nietos también sobrevivirán a él y otro tanto harán los nietos de nuestros nietos. Volveremos a emerger en primavera, en la Gran Primavera próxima, y toda Heliconia será entonces nuestra.
Si aplausos aislados y expresiones de apoyo habían jalonado distintos pasajes de su discurso, el aplauso final fue clamoroso. Asperamanka bajó la vista para ocultar el brillo de satisfacción que trasuntaba su rostro. Ebstok Esikananzi alzó la mano. —Amigos, son las doce menos cinco de esta fecha señalada. Observemos el horizonte austral. Dado que estamos atravesando el pequeño invierno, Batalix se encuentra sumergido detrás de ese horizonte, del que emergerá con su esmirriada luz dentro de cuatro décimos pero…
Sus palabras se perdieron en el bullicio de pies que se acercaban a la ventana.
Abajo, en la aldea, acababan de encender una fogata. Los aldeanos, pequeños como hormigas, elevaban sus brazos, envueltos en sus abrigos de lana o de piel.
Se repartieron bebidas frescas entre los espectadores de la sala abovedada. Estos las ingerían en cuanto podían echarles mano y extendían las copas vacías para que se las volviesen a llenar. Cierto desasosiego se había instalado entre los concurrentes, cuyas lóbregas caras contrastaban con los gestos alegres de las hormigas en torno a la fogata.
Una campana empezó a dar las doce. Como si hubiese estado esperando la señal, algo cambió en el horizonte austral.
Se podía ver una carretera que partía de la aldea para perderse, serpenteando, en el horizonte. Todo lo demás era de un blanco inmaculado: los árboles, los edificios, las heladas siluetas. De las casas, trozos de nieve que navegaban en el viento como el humo de velas recién apagadas, se desprendían sin cesar. El horizonte en sí estaba despejado, amanecido…, encendido por la luz del alba.
Un rojizo ribete asomó por encima de su quebradiza silueta, pintándola de un rojo espeso, del color de sangre helada: era la coronilla de Freyr.
—¡Freyr! —exclamaron las gargantas de los congregados, como si decir este nombre les otorgase algún poder sobre la estrella.
Un haz de luz se extendió por el mundo, arrojando sombras, inundando de tintes rosáceos una cadena de distantes colinas hasta hacerlas brillar contra el cielo opaco. Las caras de los espectadores privilegiados se riñeron de rojo. Sólo la aldea, allá abajo, con sus hormigas reunidas en círculos, permaneció en sombras.
Los privilegiados quedaron absortos en la porción de disco, que no creció ni un ápice más. Luego, ni el más meticuloso escrutinio habría podido determinar cuándo, en lugar de emerger, el disco comenzó a hundirse. El amanecer se convirtió en un enantiodrómico ocaso.
La luz fue retirada del mundo. La cadena de colinas se desvaneció, incorporándose a la creciente penumbra.
Pero la preciosa porción de Freyr parecía continuar allí. Sin embargo, para entonces, el sol ya se había puesto y lo que quedaba en el aire era tan sólo una huella, una refracción del verdadero astro impresa en la densa atmósfera invernal. Nadie podía distinguir la huella del cuerpo real. Sin que ellos lo supieran, el Myrkwyr ya había dado comienzo.
La imagen roja reverberó.
Se dividió en haces, primero; luego, en mil pedazos.
Finalmente, desapareció.
Durante los siglos venideros, Freyr se ocultaría como un topo tras la montaña para no volver a salir. Batalix luciría durante los pequeños veranos como siempre, pero los pequeños inviernos quedarían sumidos en sombras, oscurecidos por la gran sombra del invierno mayor. Las auroras desplegarían en el cielo sus misteriosas banderas, más arriba de las montañas. Los meteoritos brillarían fugazmente. Podrían distinguirse los cometas y las estrellas continuarían titilando. Durante los próximos noventa ciclos de la Gran Rueda, la luminaria principal, esa imponente hoguera que había dado vida a los Hijos de Freyr, sería poco más que un rumor.
Para quienes habían presenciado el Myrkwyr, era aquélla una fecha trágica. La divinidad sin rostro que presidía la biosfera parecía incapaz de intervenir, y hacía uso quizá de la miopía de los humanos, de su preocupación por los asuntos propios, para mitigar el choque psíquico. La divinidad corría la suerte de su mundo. Visto desde una perspectiva más amplia, Freyr continuaba brillando y no dejaría de hacerlo hasta finalizar su período relativamente corto de vida: su oscuridad era tan sólo local, y breve.
Para la mayor parte de la naturaleza, no había otro camino que aceptar y someterse al destino. En la tierra, la savia, las semillas, el semen, tendrían que esperar, que dormir. En el mar, los complejos mecanismos de las cadenas alimentarias se mantendrían en vilo. Sólo la humanidad es capaz de actuar más allá de sus necesidades directas. Hay en la humanidad reservas de fuerza que los propios hombres desconocen, reservas a las que recurrir cuando la supervivencia está en juego.
Estas reflexiones estaban lejos de ocupar las mentes de aquellos que observaban cómo Freyr se partía en mil partículas de luz. Era miedo lo que sentían. Pensaban en la propia supervivencia, en la de sus familiares. Se enfrentaban a la pregunta fundamental de la existencia: ¿Cómo haré para calentarme y comer?
Aunque el miedo es una emoción muy poderosa, la ira, la esperanza, la desesperación y el desafío la sobrepasan fácilmente. Ese miedo no duraría mucho. Los grandes procesos del año heliconiano continuarían avanzando hacia el apastrón y el solsticio de invierno. Muchas generaciones habían de pasar para que llegase ese punto de inflexión del Gran Año. Para entonces, la penumbra del Invierno Weyr sería todo cuanto el norte de Sibornal habría conocido en mucho tiempo. Cuando Freyr volviese a salir, majestuoso y primaveral, la gente lo recibiría con el mismo temeroso respeto con que lo había despedido. Pero su miedo habría muerto mucho antes que sus esperanzas.
El modo en que la humanidad fuera a sobrevivir a los siglos de Invierno Weyr dependería de sus recursos mentales y emocionales. El ciclo histórico humano no era inmutable. Con la suficiente determinación, lo mejor podía imponerse a lo peor; existía la posibilidad de remar hacia la luz, de surcar la marea del Myrkwyr.
El Guardián Esikananzi dijo, solemne: —La larga noche no embarga temores para aquellos que confían en Dios el Azoiáxico, que existió antes que la vida y en torno al cual toda vida gira. Con su ayuda, llevaremos a nuestro preciado mundo hasta el fin de la larga noche, tras la cual resurgirá en toda su gloria. —Y el Maestro Asperamanka exclamó con energía:—¡A Sibornal: unido durante el largo y venidero Invierno Weyr!
La audiencia respondió con sonora prontitud. Pero cada uno de aquellos corazones era consciente de que nunca volvería a ver a Freyr; y tampoco sus hijos, ni los hijos de éstos. A la latitud de Kharnabhar, la poderosa luz de Freyr tardaría cuarenta y dos generaciones en regresar al firmamento. Ninguno de los presentes podía albergar la más mínima esperanza de volver a ver el brillante astro.
Un coro entonó a lo lejos el himno «Oh, Séanos Devuelta la Luz Algún Día». La oscuridad vino a teñir todos los corazones. Era aquélla una pérdida tan amarga como la muerte de un hijo.
El lacayo volvió a correr solemnemente las cortinas, ocultando el paisaje a la vista.
Muchos de los concurrentes se quedaron a beber un poco más de yadahl. No tenían mucho que decirse. Los músicos ejecutaron nuevas piezas pero no lograron disipar la sensación de resignada pesadez que se había hecho carne en los presentes. Solos o en grupos, los invitados comenzaron a abandonar la sala. Evitaban cruzarse las miradas.
Escalones de piedra se desplegaban a través del monasterio hasta la entrada. En honor a la ocasión, las escalinatas estaban cubiertas por una alfombra cuyos bordes retemblaban a merced de las frías ráfagas de aire. Luterin se encontraba a medio camino cuando dos hombres salieron de debajo de la arcada de un descanso y lo retuvieron.
Peleó y gritó, pero los hombres le trabaron ambos brazos contra la espalda y lo arrastraron hasta un lavadero de piedra. Allí lo esperaba Asperamanka. Se había quitado los hábitos ceremoniales y estaba poniéndose una chaqueta y unos guantes de cuero. Sus dos secuaces también vestían ropas de cuero y portaban pistolas en el cinturón. Luterin pensó en las palabras de Insil: «Todos esos hombres vestidos de cuero… haciendo cosillas secretas».
Asperamanka adoptó un tono de grandeza:
—No iba a funcionar, ¿verdad, Luterin? No podemos dejarte suelto en una comunidad tan compacta como la de Kharnabhar. Ejercerías una influencia desintegradora.
—¿Qué estás tratando de preservar aquí… aparte de tu persona?
—Deseo preservar el honor de mi mujer, por ejemplo. Pareces pensar que hay cierta maldad en todo esto. El hecho es que tenemos que pelear por nuestras vidas. Tanto lo bueno como, naturalmente, lo malo sobrevivirán con nosotros. La mayoría de la gente lo entiende. Tú no… Tú tiendes a jugar el papel de santo inocente, un personaje que siempre crea problemas. De modo que te daremos la oportunidad de hacer algo por el resto de la comunidad. Heliconia necesita brazos que la impulsen hacia la luz. Vas a pasar otra temporada de diez años en la Rueda.
Luterin se zafó de sus captores y corrió hacia la puerta. Uno de los cazadores llegó a tiempo para cerrarla en sus narices. Luterin lo golpeó en la mandíbula pero no pudo evitar ser cogido nuevamente.
—¡Atadlo! —ordenó Asperamanka—. ¡Que no vuelva a escapar!
Los hombres no tenían cuerdas, así que uno de ellos desabrochó con desgana el cinturón de su chaqueta y con él le ató a Luterin las manos a la espalda.
Asperamanka abrió la puerta y todos ellos bajaron los escalones restantes, Luterin flanqueado atentamente por los hombres. Asperamanka parecía muy satisfecho de sí mismo.
—Nos hemos despedido de Freyr con valor y ceremonia. Admira el poder, Luterin. Yo admiraba a tu padre porque como Oligarca era implacable. Qué generación tan señalada la nuestra. O decidimos el destino del planeta o somos borrados de su superficie…
—También puedes ahogarte comiendo pescado —dijo Luterin.
Bajaron hasta el salón de entrada. Tras la amplia arquíbancada podía verse el mundo exterior. Llegó hasta ellos el frescor del viento, y también el ruido de la muchedumbre y la fogata. Los aldeanos danzaban alrededor de las hogueras que habían encendido y las llamas les iluminaban el rostro. En medio del gentío, los vendedores ambulantes ofrecían torrejas y fritangas de pescado.
—Todo su credo consiste en suponer que harán regresar a Freyr encendiendo hogueras —dijo Asperamanka. Se entretuvo en la entrada—: Cuando sólo lograrán agotar las reservas de madera antes de tiempo… En fin, dejémoslos hacer. Dejemos que entren en pauk, o lo que sea. Durante los siglos venideros, la élite tendrá que sobrevivir a expensas de campesinos como éstos.
Detrás de la muchedumbre se produjo un griterío, acompañado de un forcejeo. Al apartarse la gente, aparecieron soldados; llevaban algo que se agitaba y forcejeaba para liberarse.
—Ah, habéis apresado otro phagor. Bien. Veámoslo —dijo Asperamanka, su entrecejo surcado por la huella de un antiguo resentimiento.
El phagor fue atado a un poste, cabeza abajo. Cuando sus captores lo acercaron a una de las fogatas, empezó a dar violentas sacudidas.
Detrás venía un hombre. Alzaba los brazos y daba grandes voces. Aunque el griterío general impedía a Luterin entender lo que decía, pudo reconocerlo por su larga barba. El hombre era su viejo maestro de escuela, el mismo que, tanto tiempo atrás, casi en otra vida, le había dado clases durante su larga postración. El hombre se había quedado con un phagor como sirviente, incapaz de pagar un esclavo. Como era evidente, los soldados habían capturado a su phagor.
Los soldados arrastraron a la criatura hasta la fogata. La multitud dejó de bailar y empezó a vociferar excitada; tanto hombres como mujeres jaleaban a los soldados.
—¡Quemadlo! —gritó Asperamanka, aunque su voz era un mero eco de la del gentío.
—Es sólo un doméstico —dijo Luterin—. Más inofensivo que un perro.
—Sigue siendo capaz de contagiar la Muerte Gorda.
Por más que ofreciera resistencia, el ancipital fue empujado y arrastrado hasta la mayor de las fogatas. Su casaca comenzó a arder. Una pulgada más…, el griterío de la multitud…, un empujón…, de pronto, un chillido más potente y lúgubre se impuso al resto. No provenía de la muchedumbre sino de más allá. Lejanos gritos humanos. Montados en kaidaws, ancipitales armados irrumpieron en la plaza del mercado.
Cada phagor estaba protegido por una coraza y algunos portaban rudimentarios yelmos. Montaban sus rojos kaidaws casi por detrás del anca, de manera de manipular mejor sus picas al avanzar.
—¡Muerte a Freyr! ¡Muerte a Hijos de Freyr! —exclamaban sus roncas gargantas.
La muchedumbre empezó a moverse, no de manera individual sino en oleadas. Sólo los soldados plantaron cara al ataque. El phagor capturado quedó abandonado por el momento, con sus pálidos cuernos a punto de hervir y su casaca humeando aún, pero logró incorporarse y se alejó corriendo.
Asperamanka se adelantó, ordenando a los soldados que abrieran fuego. Luterin, ahora convertido en espectador, comprobó que los invasores no eran más que ocho. Algunos incluso tenían los cabellos negros, señal de vejez entre los ancipitales. Todos menos uno estaban desastados, lo cual indicaba a las claras que no pertenecían a ningún tipo de horda amenazante llegada de las montañas, como venían temiendo las mentes más febriles de Kharnabhar, sino que eran unos cuantos phagors refugiados que se habían agrupado para atacar en ese momento tan especial: aquel día, Sibornal regresaba virtualmente a las condiciones previas a la irrupción de Freyr en sus cielos.
Las personas más débiles o impedidas por algún motivo fueron las primeras en caer bajo las picas vendedores con sus carricoches, mujeres con bebés o niños pequeños, inválidos, enfermos Algunos fueron aplastados por la misma multitud Un bebé ascendió de repente por encima de las cabezas para caer entre las llamas de una fogata. Viendo que Asperamanka y sus dos secuaces disparaban sus pistolas, el ancipital astado tiró de la brida de su kaidaw de rojiza pelambre y cargó contra el Maestro Fue directo hacia él, con la cabeza escondida tras el enorme testuz del animal En sus ojos no ardía la llama de la batalla, su mirada era plana, serosa sólo cumplía con lo que algún viejo esquema de su cerebro eotemporal había dispuesto tiempo atrás.
Asperamanka disparó Las balas se perdieron en el espeso pelaje del kaidaw, que pareció titubear en mitad de su galope. Los dos secuaces huyeron Asperamanka se mantuvo firme, disparando, gritando El kaidaw dobló inesperadamente una rodilla y detrás apareció la pica, que alcanzó a Asperamanka en el momento en que se volvía La punta le penetró el cráneo por la cuenca del ojo y lo tumbó de espaldas casi dentro del monasterio.
Luterin corrió para salvar el pellejo Había logrado liberar sus manos del cinto Saltó a la calle y empezó a correr por la nieve pisoteada Otras figuras corrían a su lado, demasiado ocupadas en salvar sus vidas como para ocuparse de él Se escondió detrás de una casa y, resoplando, contempló el lóbrego panorama. Sombras azuladas y cadáveres cubrían la explanada del mercado El cielo era de un azul profundo y en él se distinguía claramente una estrella Aganip. Tintes de ocaso aún se rezagaban al sur Hacía un frío desolador.
La multitud había logrado rodear un kaidaw y trataba de voltear a su jinete Mientras, sus compañeros ya se alejaban al galope, señal de más de que no pertenecían a una columna regular, que no habría abandonado el combate tan prontamente. Luterin encontró sin dificultad el camino a la calle Santidad y a su cita con Toress Lahl.
La calle Santidad era estrecha Sus edificios eran altos La mayoría databa de una época más próspera, en la que el peregrinaje a la Rueda había creado una gran demanda de hospedaje Ahora, todas las persianas estaban bajadas y muchas puertas tenían numerosas trancas y cerrojos Había consignas pintadas en las paredes Dios Guarde al Guardián, Seguimos al Oligarca, probablemente a modo de seguro de vida Detrás de las casas y hostales, la nieve apilada llegaba hasta los aleros.
Luterin se aventuró calle abajo con cautela Se sentía sumamente aliviado de haber podido escapar Miró hacia el final de la calle y le pareció que allí empezaba la eternidad Vio una ilimitada extensión de nieve, que algunos árboles dispersos contribuían aún más a ensanchar En la lejanía se desplegaba una banda de delicados tonos de rosa, fruto de la recesiva luz de Freyr reflejada sobre un distante risco de la cara sur de la capa de hielo polar Esta visión contribuyó a elevar todavía un poco más su ánimo, ya que parecía sugerir que el planeta contaba con un número de posibilidades infinito e independiente de los mezquinos actos humanos Ajeno a toda opresión, el gran mundo continuaba pictórico de formas y luces Quizá fuera la mismísima faz de la Escrutadora la que ahora asomaba ante los complacidos ojos de Luterin.
Dejó atrás un umbral en el que pudo entrever una silueta La silueta lo llamó por su nombre. Se dio vuelta De las sombras surgía una mujer envuelta en pieles.
—Casi has llegado ¿No estás emocionado? —le preguntó la mujer.
Se acercó a ella, la atrajo contra sí, sintió el delgado cuerpo bajo las pieles.
—¡lnsil! Has esperado.
—No sólo a ti El pescadero tiene algo que necesito Tanto discurso y dramatismo han terminado por enfermarme Creen que bastan unas pocas palabras de envoltorio para haber conquistado a la naturaleza. Sin mencionar al cretino de mi mando llenándose la boca con el nombre de Sibornal como si hiciera gárgaras… Estoy descompuesta, necesito drogarme para olvidarlos ¿Cómo es aquella grosera maldición que usa la gente ordinaria, aquella que invoca la irrumación de ambos soles? ¿El juramento prohibido? Dímelo.
—¿Te refieres a «Abro Hakmo Astab»?
Insil repitió las palabras con íntimo gozo Luego las gritó.
Escucharlas en boca de Insil excitó a Luterin, que la estrechó en sus brazos y la besó forzadamente Pelearon El se escuchó a sí mismo decir:
—Déjame folicarte aquí mismo, Insil, como siempre he deseado Tú no eres frígida Lo sé En realidad eres una puta, sólo una puta, y yo te deseo ahora.—Estás borracho, déjame, déjame Toress Lahl te espera.—Ella no significa nada para mí. Tú y yo estamos hechos el uno para el otro Así ha sido siempre, desde que éramos niños ¿Por qué no permitirnos ahora el placer?Tú me lo prometiste una vez Ha llegado el momento, Insil, ¡ahora!
Sus enormes ojos estaban muy próximos a los de Luterin.
—Me asustas ¿Qué te ha sucedido? Déjame decidir por mí misma.
—No, no, ahora no debo dejarte decidir Insil, Asperamanka ha muerto Lo han matado los phagors Podemos casarnos, no sé, lo que sea, sólo déjame poseerte, por favor, ¡por favor!
Ella se apartó de él como pudo.
—¿Está muerto? ¿Muerto? No. No puede ser ¡Qué maldito canalla! —gritó desaforadamente y se echó a correr calle abajo, levantando el ruedo de la falda por encima de la nieve sucia Luterin la siguió, horrorizado ante su desasosiego Trató de detenerla, pero ella repetía algo que él tardó unos instantes en comprender Lloraba por una pipa de occhara. El pescadero vivía, tal como había dicho Insil, al final de la calle A un lado de la fachada original de la tienda, un pasadizo construido posteriormente permitía a los clientes entrar en el local sin traer consigo el frío del exterior Encima de la puerta, un cartel anunciaba ODIM PESCA FINA.
Entraron a un sombrío recibidor en el que había otros hombres, todos en pie, cálidamente abrigados y dotados de sus metamorfoseadas siluetas invernales. De los ganchos colgaban cortes de foca y grandes peces Los peces más pequeños, cangrejos y anguilas estaban dispuestos sobre cajones de hielo en el mostrador. Luterin estaba tan pendiente de Insil, ahora al borde de la histeria, que se despreocupó del entorno.
Pero los hombres la reconocieron.
—Ya sabemos lo que busca —dijo uno de ellos, asintiendo. La condujo a una habitación posterior.
Otro de los hombres se adelantó y dijo:
—Yo te recuerdo, señor.
Tenía un aspecto juvenil y un vago acento foráneo en su voz.
—Me llamo Kenigg Odim —dijo— Navegamos juntos en aquel barco desde Koriantura a Rivenjk Yo era sólo un muchachito entonces, pero seguramente recordarás a mi padre, Eedap Odim.
—Por supuesto, por supuesto —dijo Luterin, sin prestarle atención— Un comerciante ¿De marfiles, tal vez?
—Porcelanas, señor Mi padre continúa en Rivenjk y cada semana nos envía desde allí un cargamento de pescado fresco Es un negocio bastante fructífero, teniendo en cuenta que la demanda de porcelana ha caído en picado. Si me lo permites, la vida es más agradable allá en Rivenjk, señor Aquí, los buenos sentimientos son casi tan escasos como la buena porcelana —Sí, sí, claro, no lo dudo.
—También tratamos con occhara, señor; ¿puedo ofrecerte una pipa gratis? Tu señora amiga es una dienta regular.
—Sí, tráeme una pipa, hombre, te lo agradezco. ¿Qué hay de una señora llamada Toress Lahl? ¿Se encuentra aquí?
—La esperamos.
—Bien —dijo Luterin, y pasó a la habitación posterior. Insil Esikananzi descansaba sobre un sillón, fumando de una larga pipa. Parecía totalmente calmada y miró a Luterin sin decir palabra.
Él se sentó a su lado, también en silencio, hasta que el joven Odim trajo una pipa ya encendida y se la ofreció. Inhaló el humo con placer y de inmediato se sintió invadir por una extraña mezcla de resignación y vehemencia. Todo le parecía igualmente aceptable. Ahora entendía el porqué de los exagerados iris de Insil. Tomó su mano.
—Mi marido ha muerto —anunció ella—. ¿Lo sabías? ¿Te dije lo que me hizo la noche de nuestra boda?
—Insil, ya me has hecho bastantes confidencias por un día. Ese episodio de tu vida ha terminado. Todavía somos jóvenes. Podemos casarnos, podemos alegrarnos o amargarnos la vida juntos, lo que sea.
Envuelta en una espesa nube de humo, ella dijo:
—Tú eres un fugitivo. Yo necesito un hogar. Necesito que me cuiden. Ya no necesito amor. Necesito occhara. Quiero alguien que me proteja. Quiero que me devuelvas a Asperamanka.
—Eso es imposible. Está muerto.
—Si tú crees que es imposible, Luterin, por favor, cállate y déjame sola con mis pensamientos. Soy una viuda. Las viudas no suelen sobrevivir al invierno…
Luterin permaneció junto a ella, aspirando de su pipa, dejando morir sus lucubraciones.
—Si fueses capaz de matar también a mi padre, el Guardián, esta remota comunidad podría regresar a la naturaleza. La Rueda se detendría. La plaga podría llegar e irse. Los supervivientes verían transcurrir el Invierno Weyr.
—Siempre habrá supervivientes. Es una ley natural.
—Mi marido me enseñó las leyes naturales, gracias. No deseo tener otro.
Se sumieron en silencio. El joven Odim entró y le comunicó a Luterin que Toress Lahl lo esperaba en una de las habitaciones superiores. Tropezando y maldiciendo, siguió al pescadero por una crujiente escalera sin volverse para mirar a Insil, seguro de que no se movería de allí por un buen rato.
Luterin fue conducido hasta una pequeña cámara, en cuya entrada una cortina hacía las veces de puerta. Dentro, todo el mobiliario se reducía a una cama. Junto a ésta, de pie, estaba Toress Lahl. Por un instante se asombró del grosor de la mujer, hasta que recordó que su propio tamaño era muy similar.
Ella había envejecido, sin duda. Había canas entre sus cabellos, aunque seguía vistiendo como hacía diez años. Sus mejillas estaban curtidas y enrojecidas por efecto de la helada. Sus ojos parecían más pesados; sin embargo, se iluminaron cuando sonrió en señal de reconocimiento. Todo en ella la hacía diferente de Insil, sin olvidar el tranquilo estoicismo con que se sometía ahora al escrutinio del hombre.
Calzaba botas. Su vestido era pobre y harapiento. De pronto, se quitó el gorro de piel, Luterin no supo si en señal de bienvenida o de respeto.
Dio un paso hacia ella. Ella se adelantó entonces y, abrazándolo, lo besó en ambas mejillas.
—¿Estás bien? —preguntó Luterin.
—Te vi ayer. Estaba esperando afuera de la Rueda cuando te liberaron. Te llamé pero no miraste hacia donde yo estaba.
—Había tanta luz… —Todavía bajo los efectos del occhara, no sabía qué decir. Hubiera deseado que Toress bromease corno Insil. Puesto que no lo hizo, le preguntó:—¿Conoces a Insil Esikananzi? —Nos hemos hecho buenas amigas. Nos hemos apoyado de muchas maneras. Han sido unos años muy largos, Luterin… ¿Cuáles son tus planes?
—¿Planes? El sol se ha puesto.
—Para el futuro.
—Este inocente ha vuelto a convertirse en fugitivo… Son incluso capaces de endilgarme la muerte de Asperamanka, —Se sentó pesadamente en la cama.
—¿Ha muerto ese hombre? Es una bendición… —Pensó un momento antes de seguir.—Si confías en mí, podría llevarte a mi pequeño escondite.
—Te pondría en peligro.
—Nuestra relación está sustentada en otras bases. Sigo siendo tuya, Luterin, si me quieres tomar. —Al ver que Shokerandit dudaba, ella insistió:—Te necesito, Luterin. Creo que me amaste. ¿Qué podrías hacer aquí, rodeado de enemigos?
—Siempre puedo enfrentarme a ellos —dijo. Y rió.
Bajaron juntos la estrecha escalerilla, a tientas en la oscuridad. Al llegar abajo, Luterin echó una mirada a la habitación posterior. Para su sorpresa, el sillón estaba vacío. Insil se había ido.
Tras despedirse del joven Odim, se hundieron en la noche.
En la incipiente oscuridad, el Avernus surcó velozmente el cielo sobre sus cabezas. Ahora era un ojo muerto.
La espléndida máquina decaía por fin. Su sistema de control funcionaba sólo en parte. Muchos otros —aunque no los vitales— seguían siendo operativos. El aire continuaba circulando. Las máquinas de limpieza todavía recoman los pasillos. Aquí y allá, diversas computadoras seguían intercambiando información. Las cafeteras hervían agua para el café con regularidad. Los estabilizadores mantenían automáticamente a la Estación Observadora Terrestre sobre su curso. En la antesala de la plataforma de salida, la cisterna de un inodoro se descargaba a intervalos regulares, como una criatura incapaz de retener las lágrimas. Pero ninguna señal era emitida hada la Tierra.
Y la Tierra ya no las necesitaba, a pesar de que muchos de sus habitantes sintieron que aquella larga saga sideral llegase a su fin. Porque la Tierra estaba saliendo del estadio compulsivo en que la civilización se medía en términos de posesiones para ingresar en una nueva fase de la existencia, donde la magia de la experiencia individual sería compartida, no almacenada; ofrecida, no arrancada. El carácter humano se fue asemejando involuntariamente al de la propia Gata: difuso, variable, siempre abierto a la aventura cotidiana.
Mientras atravesaban la penumbra, dejando atrás la aldea, Toress Lahl trató de hablar de cosas triviales. Caía la nieve, sesgada por el viento del norte.
Luterin callaba. Tras un largo silencio, ella le dijo que había dado a luz un hijo suyo, que ahora tenía casi diez años de edad, y le contó distintas anécdotas de su corta vida.
—Me pregunto si un día llegará a matar a su padre —dijo Luterin por todo comentario.
—Está metamorfoseado, como nosotros. Un verdadero hijo, Luterin. Capaz de sobrevivir y de criar supervivientes, espero.
El se arrastraba detrás de ella, todavía vacío de palabras. Pasaron junto a una cabaña abandonada y se dirigieron hacia una hilera de árboles. De tanto en tanto, Luterin echaba una ojeada atrás.
Ella, fiel a su hilo de pensamiento, continuó:
—Tu odiada Oligarquía sigue matando a todos los phagors. Si sólo comprendieran el funcionamiento real de la Muerte Gorda sabrían que están matando a su propia descendencia.
—Saben muy bien lo que hacen.
—No, Luterin. Tú me entregaste generosamente la llave de la capilla de Jandol Anganol. Desde entonces, vivo allí. Una tarde alguien golpeó a la puerta: era Insil Esikananzi.
El pareció interesarse: —¿Cómo supo Insil que estabas allí?
—Por accidente. Había huido de Asperamanka. Acababan de casarse. Él la había sodomizado brutalmente y ella estaba desesperada y dolorida. Recordó la capilla; tu hermano Favin la había llevado allí una vez, en tiempos más felices. Yo la cuidé y nos hicimos amigas.
—Bueno…, me alegro de que al menos ella tuviese una amiga.
—Le enseñé los documentos de Jandol Anganol y la señora Muntras, donde se explica cómo una garrapata que pasa de phagors a humanos transmite las plagas necesarias para garantizar la supervivencia humana en condiciones extremas. Insil regresó con esa información al Guardián y al Maestro, pero ellos hicieron caso omiso de esas advertencias.
Luterin rió secamente:
—Hicieron caso omiso porque ya lo sabían. No querían que Insil se mezclase en sus asuntos. ¿No son ellos los que mantienen el sistema en marcha? Ellos lo sabían. Mi padre lo sabía. ¿Crees que esos antiguos papeles eclesiásticos son secretos? Su contenido trascendió; seguramente habrá llegado hasta la gente.
El terreno se hizo más escarpado. Tomaron más precauciones al bajar la pendiente en dirección al bosque de caspiarneos.
Toress Lahl dijo:
—¿El Oligarca sabía que matando a los phagors estaba matando indirectamente a los humanos y aun así dictó aquellas leyes? Es increíble.
—No puedo defender lo que hizo mi padre… o Asperamanka. Sencillamente, lo que sabían no cuadraba con ellos. Sintieron que debían actuar, a pesar de todo y de todos.
Luterin percibió el aroma de los caspiarneos, aspiró el leve dulzor avinagrado de su follaje. Era como si regresase a él la memoria de un mundo distinto. Agradecido, retuvo el aire en sus pulmones. Toress Lahl había escondido dos yelks entre los árboles. Se acercó a las bestias y les acarició el hocico mientras Luterin continuaba hablando.
—Mi padre no sabía qué sería de Sibornal cuando se acabara con los phagors para siempre. Creía simplemente que era necesario hacerlo, sin importarle las consecuencias. Tampoco nosotros tenemos la certeza de lo que ocurrirá, a no ser por lo que dicen unos ajados documentos… —y, casi para sí mismo, siguió—: Creo que percibió la necesidad de romper drásticamente con el pasado, al costo que fuese. Un acto de desafío, si quieres. Quizás algún día se demuestre que tenía razón. La naturaleza se encargará de cuidarnos. Y llegarán a convertirlo en santo, como a tu malvado Jandol Anganol… Un acto de desafío… Así es la naturaleza humana. No sirve de nada tumbarse y fumar occhara. Jamás progresaremos de esa manera. La llave del futuro ha de estar en el futuro, nunca en el pasado.
Volvía a levantarse viento; la nieve caía más aprisa.
—¡Escrutador! —dijo ella. Se llevó una mano a la cara—. Te has endurecido. ¿Me acompañarás? —Él no respondió y ella dijo entonces:—Te necesito.
Luterin subió de un salto a la silla, gozando de la familiaridad de este movimiento, y de la respuesta del animal debajo de él. Palmeó el cálido flanco del yelk.
Estaba exiliado en su propia tierra. Eso habría de cambiar. Asperamanka ya no contaba. El obsceno Ebstok Esikananzi tendría que rendir cuentas. No quería lo que Ebstok poseía; sólo pedía justicia. El rostro se le ensombreció mientras hundía la mirada en las crines del animal.
—Luterin, ¿estás listo? Nuestro hijo nos espera en la capilla.
Miró la cara sonrojada de la mujer y asintió. En las pestañas se le posaron unos rastros de nieve. Mientras conducían a sus monturas a través de la arboleda, un viento acerado bajó las laderas del monte Shivenink y se abrió camino entre los árboles. Desde las ramas, la nieve caía en cascadas sobre sus hombros. La pendiente se inclinó hacia la capilla oculta. Rodearon lo que había sido una cascada y ahora era una columna de hielo.
A último momento, Luterin se volvió sobre la silla para mirar hacia la aldea una vez más. La luz de los hogares se reflejaba en la nube baja que casi rozaba los tejados al pasar.
Tirando con firmeza de las riendas, urgió al yelk para que bajase por la senda hacia la oscura hondonada. La mujer lo llamó con ansiedad pero Luterin sintió que la vida le volvía a las arterias.
Alzó un puño al cielo.
—¡Abro Hakmo Astab! —gritó, proyectando la voz hacia lo más profundo del bosque.
El viento recogió el grito y lo arropó bajo el peso de la persistente nevada.
Pues la edad modifica la naturaleza del mundo como un todo. Todo debe atravesar sucesivas fases. Nada permanece para siempre como era. Todo se mueve sin cesar. La naturaleza lo transforma y lo conduce todo por caminos nuevos. Cuando una cosa, marchita por el tiempo, decae y se consume, otra emerge de la ignominia para hacerse fuerte. Así es como la edad modifica la naturaleza del mundo como un todo. La Tierra atraviesa sucesivas fases para no poder albergar lo que antes podía, y poder albergar en cambio lo que antes no.
Lucretius, De Rerum Natura, 55 ac.