XIII - «UNA ANTIGUA ENEMISTAD»
La noche estaba viva. Tan espesamente caía la nieve que era como si una enorme bestia frotara su piel contra los rostros humanos. Una piel quizá menos fría que sofocante: parecía incluso quitarles espacio al aire y al sonido. Pero cuando el trineo se detuvo, se oyó en lontananza el tieso badajo de bronce de una campana.
Luterin Shokerandit ayudó a Toress Lahl a bajar del trineo. El remolino de copos de nieve la había aturdido. Encorvada, se protegía los ojos.
—¿Dónde estamos?
—En casa.
Pero nada podía ver excepto aquella oscuridad animal que giraba y giraba en torno de ella. A duras penas logró distinguir a Shokerandit, un oso ambulante que se tambaleaba en dirección a la parte delantera del trineo donde abrazó a Uuundaamp y a la madre ondod, que acunaba a su niño entre los pliegues de la colorida manta.
Uuundaamp agitó el látigo a modo de despedida y esbozó su poco fiable sonrisa. Luego, el dang-dang de su campanilla de aviso, el chasquido del látigo sobre los lomos de su equipo, y ya desaparecían, tragados por la zumbona oscuridad.
Prácticamente doblados sobre sí mismos, Shokerandit y Toress Lahl se encaminaron hacia una verja tras la que ardía una tenue luz. Luterin empuñó el asa de una campana de metal. Se apoyaron, exhaustos, en el pilar de piedra de la verja hasta que una embozada figura militar surgió de una garita emplazada al otro lado de los barrotes. La verja se abrió.
Se protegieron, jadeantes, sin intercambiar palabra, hasta que el guardia regresó de asegurar la verja y los inspeccionó a la luz de su linterna.
Las facciones del guardia eran las de un viejo soldado: boca apretada, mirada evasiva, expresión insondable. Se plantó en sus dos pies y preguntó:
—¿Qué queréis?
—Estás hablando con Shokerandit, hombre. ¿Has perdido el juicio?
El tono amenazador movió al guardia a observar más de cerca. Por fin, sin modificar su expresión, dijo:
—No serás Luterin Shokerandit.
—¿Acaso estuve tanto tiempo fuera, imbécil? ¿Te vas a quedar parado ahí hasta que me congele?
El hombre se permitió mirar la silueta metamorfoseada de Luterin con una muda, insultante expresión en el rostro:
—Un coche para subir hasta la casa, señor.
Cuando el guardia se volvió, Luterin, todavía ofuscado por no haber sido reconocido, dijo:
—¿Está mi padre en casa?
—En este momento no, señor.
El guardia se llevó la mano libre a la boca y ladró un par de órdenes a un esclavo acurrucado en la parte trasera de la garita. Al poco tiempo, apareció bajo la ventisca un cabriolé, arrastrado por dos yelks cubiertos de nieve.
Una milla separaba el puesto de guardia de la casa y e! camino atravesaba un predio aún conocido como el Viñedo, aunque ahora fuera un campo de hierbas bastas donde pastaba una raza local de yelks.
Shokerandit se apeó. La nieve se les abalanzaba desde la esquina de la casa como si estuviera personalmente interesada en congelarlos. La mujer cerró los ojos y se aferró a las pieles de Shokerandit. Siguiendo las fantasmales materializaciones de la estructura, subieron los escalones hasta llegar a una puerta con refuerzos de hierro. En lo alto, con su perenne tañido, la lúgubre campana pareció sonar bajo el agua. Muchas otras aportaban sus lejanas, sumergidas resonancias.
La puerta se abrió y oscuras siluetas de guardianes ayudaron a los recién llegados a pasar. La nieve, las campanadas, el viento, todo cesó en el instante en que se corrieron los pesados cerrojos.
En una sala lúgubre y plena de ecos, Shokerandit hablaba con un sirviente invisible. Una lámpara relucía en lo alto de la pared de mármol, aunque no iluminaba nada más allá de la gélida superficie en que se reflejaba. Subieron las escaleras; cada escalón tenía una queja distinta que expresar. Como si los poderes de la oscuridad y el sigilo necesitasen aún más ayuda, alguien corrió una pesada cortina. Entraron. Mientras la mujer esperaba de pie, el sirviente encendió una lámpara y abandonó la habitación saludando con una reverencia.
La habitación olía a muerte. Shokerandit aumentó el fulgor de la lámpara. Una impresión de espacio, cielos rasos bajos, persianas que infructuosamente intentaban cerrar el paso a la noche, una cama… Con cierto esfuerzo, se deshicieron de sus astrosas vestimentas.
Hacía treinta y un días que viajaban y, a partir de Sharagatt, venían durmiendo unas seis horas y media diarias como máximo, menos incluso si Uuundaamp creía que la ventaja que llevaban a los policías se había acortado. Sus rostros estaban ennegrecidos por la escarcha y agrietados a causa del agotamiento.
Toress Lahl cogió una manta de una butaca y se dispuso a acostarse junto a la cama, pero Luterin la invitó a descansar junto a él.
—Duerme conmigo ahora —le dijo.
Ella, de pie ante él, todavía arrastraba en su expresión el aturdimiento del viaje.
—Dime dónde estamos.
Él sonrió:
—Sabes bien dónde estamos. Ésta es la casa de mi padre, en Kharnabhar. Nuestras tribulaciones han terminado. Estamos seguros. Ven.
Ella esbozó una media sonrisa como respuesta:
—Soy tu esclava y te obedezco, amo.
Se metió bajo las sábanas, junto a él. Su respuesta no lo había contentado pero la abrazó de todos modos e hicieron el amor. Tras lo cual, Luterin quedó inmediatamente dormido.
Cuando ella despertó, él ya no estaba. Permaneció acostada, con la vista perdida en el cielo raso, preguntándose qué estaría tratando de demostrar Luterin al dejarla sola. Se sintió incapaz de abandonar la comodidad de la cama y enfrentarse a los retos irremediablemente implícitos en aquella nueva situación. La predisposición de Luterin hacia ella era buena. Es mis: no tenía dudas acerca de ello. En cuanto a ella, estaba claro que lo odiaba. Su distraída manera de entregarla al animal que conducía el trineo, una humillación todavía fresca en su memoria, había sido apenas la última de sus groserías. Por supuesto, reflexionó, él no le haría todo aquello a ella personalmente; en todo caso, se atenía a un modo de actuar preestablecido, la trataba como se trata a los esclavos.
Ella estaba bastante segura de que Luterin le devolvería su condición social original. Ya no sería una esclava. Pero sí ello implicaba casarse con él, con el asesino de su marido, quizá no pudiera soportarlo a pesar de estar poniendo en juego su propia seguridad.
Para empeorar aún más las cosas, el sitio al que la había traído la aterraba. Era como si un espíritu, gélido y hostil, se hubiera posado sobre todo.
Al rodar, en su descontento, sobre la gran cama, descubrió junto a la puerta a una esclava que, arrodillada, esperaba en silencio. Toress Lahl se incorporó, cubriendo con la manta sus pechos desnudos.
—¿Qué haces allí?
—El señor Luterin me envió para asistirte y bañarte cuando despertaras, señora. —La muchacha mantenía la cabeza inclinada al hablar. —No me llames señora. Soy una esclava como tú.
Pero la respuesta sólo consiguió perturbar a la muchacha. Resignada a la situación, a medias divertida, Toress Lahl bajó de la cama, desnuda, y levantó una mano imperativa.
—¡Asísteme! —ordenó.
Asintiendo obsecuentemente, la muchacha se adelantó unos pasos y guió a Toress Lahl a una sala de baño, donde brotaba agua caliente de un grifo de bronce. Toda la mansión se calienta con biogás, explicó la esclava, y el agua también.
Toress Lahl se sumergió en el agua lujuriosa y aprovechó para explorar su cuerpo. Los rigores del viaje le habían quitado volumen. A cada lado de sus muslos cicatrizaban lentamente los rasguños que Uuundaamp le había hecho con sus garras. Por si fuera poco, probablemente estuviera embarazada. Y aunque no sabía de quién, agradecía a la Escrutadora que las cópulas entre ondods y humanos nunca resultasen fértiles.
Borldoran y su ciudad natal, Oldorando, estaban a miles de millas de distancia. Podía considerarse más que afortunada si alguna vez volvía a ver la amena tierra en la que había nacido. La vida de las esclavas solía ser mísera y breve. Estuvo a punto de preguntarle acerca de ello a su joven asistente; luego, pensándolo mejor, decidió mantener la boca cerrada. Si Luterin se casaba con ella, estaría mil veces mejor que ahora.
¿Qué diría él? ¿Se lo propondría? ¿Se lo ordenaría? Hiciera lo que hiciese, ella tendría que aceptarlo.
Después de que la muchacha la hubo secado, se puso la túnica de sátara que ésta le tendió. Acostada en la cama, se entregó al pauk. Era la primera vez que descendía al mundo de los gossis desde que habían abandonado Rivenjk. Muy abajo, llamándola, en la obsidiana donde todas las decisiones habían sido tomadas, la esperaba el corusco de su fallecido esposo. La hacienda estaba más hermosa que nunca. Incansable, el viento del norte había amontonado gran parte de la nieve nocturna, de modo que podían apreciarse grandes claros en el terreno. Al pie de cada árbol, una línea de nieve, ahusada como un hueso de ave, apuntaba hacia el sur. Acompañaba a Luterin en su recorrido el mayordomo jefe, un hombre agradable a quien conocía desde la infancia. La vida normal volvía a empezar.
Grandes caspiarneos y brassimipos se sucedían en un desfile que desafiaba al viento. Por los cuatro costados, a veces lejos, otras cerca, surgían cimas nevadas, las hijas del macizo, casi siempre envueltas en nubes. Hacia el norte, la nube desvelaba atisbos de la Montaña Sagrada, sede de la Gran Rueda. Luterin interrumpió la conversación para saludar con su mano enguantada en alto.
Envuelto en un cálido abrigo, Luterin llevaba enganchada en el cinturón su campanilla de cadera. En el patio del establo, esclavos con el tórax descubierto le habían preparado un gunnadu como montura. Estas criaturas bípedas, de grandes orejas y una larga cola que les servía para conservar el equilibrio, corrían sobre unas patas terminadas en garras, como las de las aves. Al igual que los yelks y biyelks con los que compartían la espesura, los gunnadus eran necrógenos. Pertenecían, por tanto, a una categoría de bestias que sólo podían dar a luz a cambio de su propia vida. Amargamente, su madre había apuntado en cierta ocasión:
—No parecen muy distintos de nosotros.
Los gunnadus carecían de útero; el esperma se transformaba en larvas dentro de su estómago, donde éstas se alimentaban y buscaban una arteria a través de la cual pudieran diseminarse por el cuerpo materno, provocando su rápida muerte. Las larvas atravesaban diversas etapas, creciendo gracias al sustento del carion hasta alcanzar un tamaño que les permitiese sobrevivir, como pequeños gunnadus, en el mundo exterior.
Los gunnadus adultos eran de dócil montura pero se cansaban con facilidad. Resultaban no obstante ideales para trayectos cortos, tales como una inspección de la hacienda Shokerandit.
Luterin se sentía seguro aquí. La policía jamás osaría meterse en una de las grandes haciendas. Mientras su padre estuviera fuera, disfrutando de la caza, las órdenes las impartiría él. A pesar de su prolongada ausencia, a pesar de su metamorfosis, se sentía perfectamente cómodo en su nuevo papel. Todos, desde el mayordomo jefe hasta el último esclavo, todos lo conocían. Ninguna otra vida parecía tener sentido. Y él era un hijo único idóneo.
Tenía asuntos que atender, deberes. Toress Lahl debía ser presentada a su madre. Y tendría que hablar con Insil Esikananzi; un tema incómodo… Entretanto, había asuntos más importantes de los que ocuparse.
Había madurado. Se sorprendió a sí mismo pensando que la ausencia de su padre quizá no fuera del todo inconveniente. Antes hubiera deseado que volviese. Por allí, la palabra de Lobanster Shokerandit era ley, así como lo era para su único hijo vivo. Pero lo cierto es que el formidable Guardián de la Rueda solía ausentarse a menudo. Le gustaba, decía, vivir salvajemente, y sus expediciones de caza podían durar incluso dos o tres décimos. Partía con sus perros y yelks, a veces acompañado tan sólo por su mudo montero mayor, Liparotin. Un saludo con la mano y ya se perdía rumbo a la inescrutable espesura.
Aquel gesto casual de la mano en alto le era familiar a Luterin desde pequeño. No se trataba tanto de un gesto de amor hacia su madre y él, que lo miraban alejarse, como de una señal de reconocimiento al espíritu que presidía la soledad de las montañas.
Luterin había crecido echando de menos a su padre. Su madre, retirada, a duras penas compensaba aquellas ausencias. Hubo una ocasión en que, tras insistir en acompañar a su padre y a su hermano Favin, había sentido el orgullo de atravesar los desolados caspiarneos; pero Lobanster, aparentemente molesto con sus hijos, había decidido regresar cuando aún no había transcurrido una semana.
Respiró hondo. Y se dijo a sí mismo que, al igual que su padre, también él era un solitario. Luego, sus pensamientos derivaron hacia Harbin Fashnalgid, a quien no veía desde que Uuundaamp lo había echado del trineo. Recién entonces descubrió que lo apreciaba y que debería hacer algo por ayudarlo. Ya no sentía celos hacia el hombre que había poseído a Toress Lahl.
Ahora, el recuerdo de Harbin gruñendo su indecorosa maldición lo impulsaba a sonreír. ¡Qué incorregible rebelde era aquel hombre! Quizá por eso le había dolido que lo llamase «víctima del sistema» o algo así. Pero incluso el capitán tenía su lado bueno.
Junto con el mayordomo jefe fueron a visitar el recinto de los pinzasacos. Las parsimoniosas criaturas eran bastante parecidas a lo que él recordaba. Se decía que los Shokerandit venían criando pinzasacos desde hacía cuatro Grandes Años. Eran como orugas cubiertas por un tosco tejado de paja o bien, cuando adquirían toda su longitud, como árboles caídos. Esta extraña combinación de animal y planta debía provenir de los tiempos primigenios en los que el planeta era regado por radiación de alta energía.
En el corral de los hoxneys, la actividad de los esclavos era intensa. Antaño, las manadas de hoxneys habían ramoneado por las tierras altas. Ahora estaban a punto de hibernar. En una esquina de la hacienda, los esclavos se dedicaban a reunir a los animales y agruparlos en establos secos, obligándolos a abandonar sus escondrijos. Las bestias asumían prontamente un estado retraído y cristalino, mientras sus energías las empezaban a abandonar. No tardarían mucho en convertirse en pequeñas figuras casi translúcidas. La mayor parte ya habían comenzado a perder su sufrido tinte pardo y exhibían coloridas rayas horizontales, tal como lo habían hecho durante la Gran Primavera.
En su estado de hibernación, los hoxneys recibían el nombre de glossis, porque, además de resplandecer, no estaban del todo muertos, al igual que los gossis.
El capataz de la hacienda, un hombre libre, se les aproximó, la mano en el sombrero.
—Me alegra volver a verte, mi señor. Estamos colocando haces de paja entre los glossis, como puedes ver. Esto los protegerá hasta la próxima primavera, si es que llega alguna vez.
—Llegará. Es sólo cuestión de siglos.
—Eso dicen tus sabios —dijo el hombre, dirigiendo una sonrisa intrigante al mayordomo.
—La consigna es organizamos ahora para la próxima primavera. Al guardar adecuadamente a los hoxneys en lugar de dejarlos a merced de la naturaleza, nos aseguramos una buena manada de monturas cuando llegue la hora.
—Para entonces estaremos bien muertos.
—Sin duda, alguien habrá aquí para agradecer que hayamos sido previsores.
Pero hablaba distraídamente, ya que Fashnalgid seguía rondándole el cerebro.
Al llegar a la mansión, mandó a llamar al secretario de su padre, un hombre estudioso y retraído, de nombre Evanporil. Éste recibió instrucciones de despachar a cuatro vasallos armados, montados en dos biyelks gigantes, hasta Noonat, si fuera necesario, para intentar dar con Fashnalgid. De encontrarlo, debían traerlo consigo a las seguras tierras de los Shokerandit. El secretario se retiró, dispuesto a cumplir con lo ordenado.
Luterin almorzó algo y recién entonces reparó en que no había visitado a su madre.
El salón de la gran casa estaba en sombras. A fin de que la estructura fuese más impermeable al hielo, a la nieve y las lluvias, el piso inferior carecía de ventanas. Un gran sillón, pesado y vacío, se alzaba en el suelo de mármol; si Luterin no recordaba mal, nunca se había sentado alguien en él.
De las paredes, entre las mortecinas lámparas alimentadas desde las cisternas de biogás, pendían calaveras de phagors. Se trataba de especimenes matados por Lobanster y por anteriores Shokerandit. Ahora colgaban con sus cuernos en alto y las sombrías cuencas de sus ojos dirigidas melancólicamente hacia el fondo del salón.
De camino a los aposentos maternos, un ruido en el exterior lo detuvo. Alguien gritaba con voz espesa y aguardentosa. Shokerandit corrió hacia una puerta lateral; en su cadera, la campánula repicó con viveza. Raudo, un esclavo quitó los cerrojos para dejarle paso.
En un patio dominado por las ventanas superiores de la casa, un vasallo y dos hombres libres, con las espadas desenvainadas, habían acorralado a seis phagors desastados. Uno de ellos, una gillot cuyos pechos delgados y resecos reflejaban sus largos años de cautiverio, bramaba en sibish, con voz ronca:
—¡No deber matar, viles Hijos de Freyr! ¡Este HrlIchor Yhar volver pertenecer a nosotros, los ancipitales! ¡Basta! ¡Basta!
—¡Basta! —dijo Shokerandit.
Los hombres ya habían matado a uno de los no humanos. Uno de los espadachines había destripado a un stallun con un mandoble descendiente de su espada. Un eddre ancipital le manchaba la carcasa, por encima de los pulmones. Cuando Shorekandit se inclinó sobre el cadáver, que aún se movía espasmódicamente, los intestinos asomaron hacia afuera, seguidos de un borbotón de sangre amarilla.
La masa se aflojó y comenzó a evacuar lentamente la caverna torácica como un potingue de huevos semicrudos y gelatina. Sombras parduscas se escurrían entre los pequeños corpúsculos brillantes que surgían de la herida como una masa viva, un revoltillo de órganos indistintos que fue cubriendo las baldosas y los intersticios entre éstas hasta dejar por fin tras de sí un oscuro hueco.
Shokerandit buscó detrás de la oreja del muerto la marca hecha a fuego.
Miró a los hombres. —Éstos son nuestros esclavos ancipitales. ¿Qué estáis haciendo?
El vasallo, ceñudo, repuso:
—Déjanos hacer, señor. Hay órdenes de matar a todos los phagors, nuestros o ajenos.
Los cinco phagors empezaron a dar voces roncas e hicieron ademán de escapar al cerco, pero los hombres volvieron a blandir sus espadas.
—Alto. Drikstalgil, ¿quién os lo ha ordenado? —Aún recordaba el nombre del vasallo.
Con un ojo en los ancipitales y la espada en guardia, el vasallo rebuscó en su bolsillo izquierdo hasta dar con un papel doblado.
—El secretario Evanporil me lo ha hecho llegar esta mañana. Y ahora, mi señor, sí no te importa, apártate. Podrías resultar herido.
Entregó a Shokerandit un cartel que éste desplegó con un ademán de fastidio. Llevaba impresas gruesas letras negras.
El cartel anunciaba la aprobación de una Nueva Acta, en un intento más por hacer frente a la Plaga conocida como Muerte Gorda. Se había identificado a la Raza Ancipital como principal Portadora de la Plaga. Todo phagor Salvaje debía ser liquidado de inmediato. Se pagaría una recompensa de Un Sib por cada cabeza de ancipital, pagadera por la autoridad competente de cada Distrito. A partir de entonces, la posesión de phagors era ilegal, bajo Pena de Muerte. Por Orden del Oligarca.
—Envainad las espadas hasta que yo os lo ordene —dijo Shokerandit—. No más muertes sin mi consentimiento. Y sacad este cadáver de aquí.
Cuando los hombres hubieron cumplido de mala gana sus instrucciones, Shokerandit regresó a la casa y, malhumorado, subió las escaleras en busca del secretario.
La mansión estaba llena de antiguos grabados, muchos de ellos obtenidos mediante prensa de acero en Rivenjk en una época en que la ciudad contaba con una nutrida colonia artística. La mayoría de los grabados ilustraban escenas propias de las salvajes regiones montañesas: cazadores sorprendiendo a osos en un claro, venados acorralados, hombres y yelks cayendo en barrancos, mujeres apuñaladas en tenebrosas forestas, niños perdidos muriendo a pares en abruptos riscos.
Junto a la estancia del secretario había un grabado de un soldado-sacerdote en guardia ante las mismas puertas de la Gran Rueda. La figura se mantenía rígidamente erguida al tiempo que hundía mortalmente su pica en el cuerpo de un inmenso phagor surgido de un agujero. El grabado llevaba por título —en rizados caracteres sibish— «Una antigua enemistad».
—Muy apropiado —dijo Shokerandit en voz alta, mientras golpeaba a la puerta de Evanporil y entraba sin esperar respuesta.
El secretario, de pie junto a la ventana, disfrutaba de una taza de té de pelamontaña, con la mirada vuelta hacia el exterior.
Shokerandit desplegó el cartel sobre su escritorio.
—¿Por qué no me has mencionado este asunto por la mañana?
—Tú no me lo preguntaste, mi señor.
—¿Cuántos ancipitales tenemos en la hacienda?
El secretario respondió sin hesitar:
—Seiscientos quince.
—Matarlos a todos implicaría una terrible pérdida. Por ahora, no acataremos la Nueva Acta. Primero iré a ver qué han decidido los demás terratenientes.
El secretario Evanporil se cubrió la boca al toser:
—No creo que sea conveniente ir al pueblo precisamente ahora. Tenemos entendido que han estallado disturbios.
—¿Qué clase de disturbios?
—Los clérigos, mi señor. La muerte en la hoguera del Supremo Sacerdote Chubsalid ha causado gran descontento. Ya ha pasado un décimo desde su muerte y, según me han comunicado, esta mañana han conmemorado la ocasión quemando una efigie del Oligarca. El Miembro Ebstok Esikananzi ha concurrido con algunos hombres para acallar la protesta pero no parece haberlo logrado.
Shokerandit se sentó en una esquina del escritorio.
—Dime, Evanporil, ¿crees que podemos darnos el lujo de perder a más de seiscientos phagors?
—Yo no soy quién para decidirlo, señor. Sólo soy un administrador.
—Pero, esa Acta… es tan arbitraria… ¿No crees?
—Diría, ya que me lo preguntas, mi señor, que, si se la aplica escrupulosamente, el Acta libraría para siempre a Sibornal de la especie ancipital. Bastante ventajoso, ¿verdad?
—Pero la pérdida inmediata de mano de obra barata.,. No creo que eso satisfaga a mi padre.
—Quizá sea así, señor, pero el bien común… —La frase del secretario quedó en el aire.
—Entonces, no aplicaremos el Acta hasta que mi padre haya regresado. Escribiré a Esikananzi y los demás terratenientes al respecto. Ocúpate de que los capataces reciban la orden de inmediato.
Shokerandit pasó la tarde cabalgando alegremente por la hacienda, comprobando que no se matara a ningún phagor. Cabalgó algunas millas hasta las tierras de sus primos paternos, que poseían una hacienda en una zona más abrupta. Su mente estaba tan llena de planes que olvidó por completo a su madre.
Aquella noche, hizo el amor con Toress Lahl como de costumbre. Algo en las palabras que murmuró, o en el modo de acariciarla, despertaron en ella una respuesta. Se transformó en otra, en una Toress generosa, imaginativa, plena, vital. Luterin se sintió poseído por algo más que una mera alegría. Era como si un don muy preciado le hubiera tocado en suerte. Valía la pena tener que sufrir a cambio de semejante, delicioso placer.
Pasaron la noche entera sumidos en los más íntimos abrazos, lentos, salvajes, inmóviles a veces. Sus cuerpos y espíritus eran uno. Hacia la mañana, Luterin se durmió. No tardó nada en ingresar al mundo de los sueños.
Caminaba por un paisaje ralo, casi despojado de vegetación. El suelo era pantanoso. Más adelante se extendía un lago helado cuya inmensidad excedía todo cálculo. Era el futuro: una noche todopoderosa reinaba sobre un pequeño invierno durante el Invierno Weyr. No había en el cielo ningún sol. Un animal pesado de áspero aliento venía siguiéndolo.
Era, también, el pasado. A orillas del lago acampaban todos los hombres que habían perecido violentamente en la batalla de Isturiacha. Sus heridas continuaban abiertas, desfigurándolos. Luterin vio allí a Bandal Eith Lahl, de pie, separado del resto, con las manos en los bolsillos y la vista fija en el suelo.
Algo gigantesco había quedado atrapado bajo el hielo del lago. Supo que el aliento que sentía provenía de allí.
El ser emergió del lago. El hielo no se quebró. El ser era una enorme mujer de lustrosa piel negra. Se elevó y elevó, hasta tocar el cielo. Sólo Luterin la veía.
Dirigiéndole una mirada bondadosa, la mujer le dijo:
—Nunca tendrás una mujer que te haga enteramente feliz. Pero habrá mucha felicidad en la búsqueda.
Y dijo mucho más, pero aquello fue lo único que recordaba Luterin al despertar.
Toress Lahl yacía a su lado. No sólo tenía cerrados los ojos, sino que toda ella parecía haberse cerrado. Un mechón de pelo le cruzaba la cara; lo estaba mordiendo, como no hacía mucho había mordido el rabo de zorro para protegerse del frío del camino. Apenas respiraba. Luterin comprendió que estaba en pauk.
Al tiempo, regresó. Abrió los ojos y lo miró, casi sin reconocerlo.
—¿Nunca visitas a los de abajo? —dijo con un hilo de voz.
—Jamás. Para nosotros los Shokerandit es sólo una burda superstición.
—¿No querrías hablar con tu hermano muerto? —No.
Hubo un silencio que él, tomándola de la mano, rompió:
—¿Has estado comulgando otra vez con tu esposo?
Ella asintió sin hablar, sabiendo que lo lastimaba. Tras una pausa, dijo:
—¿Acaso este mundo en el que vivimos no es como un mal sueño?
—No si vivimos de acuerdo a nuestras convicciones.
Ella se arrimó a él y volvió a preguntar:
—Pero, ¿no es verdad que llegará el día en que envejeceremos, en que nuestros cuerpos se marchitarán y nuestras voluntades flaquearán? Dime, ¿no es cierto? ¿Hay algo peor?
Volvieron a amarse, impulsados esta vez más por el miedo que por el afecto.
Poco después, una vez que hubo recorrido la hacienda y se hubo cerciorado de que todo estaba en orden, Luterin fue a visitar a su madre.
Los aposentos de su madre estaban en la parte trasera de la mansión. Una joven sirvienta le abrió la puerta y lo condujo a la antesala de la alcoba materna. Allí estaba ella, en una pose característica, de pie, con las manos firmemente unidas por delante, la cabeza levemente ladeada y en la sonrisa un signo de interrogación.
Él la besó. Al hacerlo, la atmósfera familiar que la acompañaba lo envolvió. Había algo en su actitud y en sus gestos que hablaba de un dolor muy íntimo, incluso —como Luterin había pensado a menudo— de una oscura enfermedad: y, aun así, una enfermedad, un dolor tan familiares que Lourna Shokerandit apenas parecía necesitar de otros rasgos personales.
La madre habló dulcemente, sin reprocharle su demora en visitarla, y Luterin sintió que la compasión le embargaba el corazón. Percibió el tiránico paso de la edad por aquellas facciones. Las mejillas y sienes estaban más hundidas, la piel había perdido tersura. Le preguntó qué había hecho durante su ausencia. Ella alargó la mano y lo tocó con una presión muy leve, como si dudara entre atraerlo hacia sí o empujarlo.
—No hablemos aquí. Tu tía también querrá verte.
Lourna Shokerandit se volvió y lo guió hasta la pequeña habitación de tabiques de madera en la que pasaba gran parte de su vida. Luterin la recordaba de su infancia. Sin ventanas, sus paredes estaban decoradas con pinturas de prados soleados en medio de umbrosos caspiarneos. Aquí y allá, perdidos entre el follaje, rostros femeninos se asomaban tras marcos ovales. La tía Yaringa, la rolliza y sentimental Yaringa, bordaba en una esquina, sentada en una silla que parecía haberse adaptado a sus particulares dimensiones.
Yaringa se levantó de un brinco y lanzó sonoros y emotivos gimoteos de bienvenida.
—¡Por fin de vuelta, pobrecito mío! Cuánto habrás sufrido…
Lourna Shokerandit se sentó rígidamente en una butaca tapizada de terciopelo y tomó la mano de su hijo, que había ocupado una silla a su lado. Yaringa no tuvo otra opción que regresar a su acolchado rincón.
—Es una gran alegría tenerte de vuelta, Luterin. Temimos mucho por ti, sobre todo al enterarnos de la suerte corrida por Asperamanka y sus hombres.
—No sé cómo, he tenido la suerte de salvar mi vida. Todos nuestros compatriotas fueron asesinados al volver a Sibornal. Fue un acto de profunda traición.
Ella bajó la mirada y la posó en su delgado regazo, donde sus silencios solían recogerse. Por fin, sin levantar la vista, dijo:
—Resulta extraño verte así. Estás tan… gordo. —La presencia de su hermana la hizo dudar del término adecuado.
—He sobrevivido a la Muerte Gorda. Este es mi atuendo de invierno, madre. Me gusta y me siento perfectamente bien.
—Te da un aspecto cómico —dijo Yaringa, aunque su comentario no fue tenido en cuenta. Después de relatar parte de sus aventuras a las damas, concluyó:
—Debo en gran parte mi vida a una mujer llamada Toress Lahl, viuda de un borldorano al que maté en combate. Ella me cuidó devotamente cuando contraje la Muerte Gorda.
—La devoción es la obligación de todo esclavo —dijo Lourna Shokerandit—. ¿Has visitado a los Esikananzi? Sabes que Insil se alegrará de verte.
—Aún no he hablado con ella. No.
—Celebraremos un banquete mañana por la noche e invitaremos a Insil y los suyos. Hay que festejar tu regreso —dijo Lourna Shokerandit, y palmeó las manos sin producir sonido.
—Yo cantaré para ti, Luterin —dijo Yaringa. Era su especialidad.
La expresión de Lourna cambió. Se irguió aún más en su asiento.
—Y me dice Evanporil que has desobedecido la nueva Acta que conmina a destruir a todos los phagors.
—Podemos reducirlos gradualmente, madre. Pero perder a los seiscientos de golpe nos obligaría a paralizar la hacienda. No creo que podamos conseguir seiscientos esclavos humanos para reemplazarlos… Además, son bastante más caros.
—Hemos de obedecer al Estado.
—Creo que deberíamos esperar a que regrese padre.
—Muy bien. Por lo demás, ¿cumplirás con la ley? Es importante que los Shokerandit demos el ejemplo.
—Claro.
—He de decirte que esta mañana una esclava extranjera ha sido arrestada en tu habitación. La tenemos en una celda y deberá comparecer en la próxima sesión del Consejo Local.
Shokerandit se levantó:
—¿Con qué permiso? ¿Quién ha osado entrar en mis aposentos?
Sin perder la compostura, su madre respondió: —La sirvienta que habías puesto al servicio de la esclava extranjera informó que ésta había entrado en estado pauk. El pauk está proscrito por la ley. Incluso un personaje de la talla del Supremo Sacerdote Chubsalid fue ejecutado por negarse a obedecer la ley. Difícilmente pueda hacerse una excepción con una esclava extranjera.
—En este caso, se hará una excepción —dijo un pálido Shokerandit—. Con permiso —y tras inclinarse hacia su madre y su tía, abandonó la estancia.
Hecho una furia, recorrió ruidosamente los pasillos que conducían a la sede de la guardia, donde descargó su ira rugiendo al personal.
Mientras aleccionaba al capitán de la guardia de la hacienda, Shokerandit se decía a sí mismo: De acuerdo, me casaré con Toress Lahl. Debo protegerla contra la injusticia. Sólo uniéndose al futuro Guardián de la Rueda estará segura… Y, quién sabe, quizás este susto la prevenga de visitar el gossi de su marido tan a menudo.
Toress Lahl fue liberada sin contratiempos y devuelta a los aposentos de Luterin. Una vez allí, se abrazaron y besaron.
—Lamento profundamente que hayas recibido un trato tan indigno.
—Me he acostumbrado a la indignidad.
—Quiero que te acostumbres a algo mucho mejor. En cuanto se presente la ocasión, te llevaré a conocer a mi madre. Así, podrá ver qué clase de persona eres.
Toress Lahl rió:
—No creo que vaya a causarles mayor impresión a los Shokerandit de Kharnabhar.
La fiesta en honor al retornado Luterin fue un éxito. Su madre se sacudió el letargo de encima e invitó a todos los dignatarios locales, conocidos y familiares.
La familia Esikananzi concurrió en gran número. Acompañaban al Miembro Ebstok Esikananzi su mujer, de enfermizo aspecto, sus dos hijos, su hija Insil y un nutrido grupo de relaciones menores. Desde la última vez en que se vieron, Insil se había convertido en una atractiva mujer a la que, no obstante, un sobrecargado ceño quitaba cierta belleza, además de parecer confirmar en ella esa tendencia tan propia de los Esikananzi a recibir el destino de frente. Vestía una elegante túnica gris de terciopelo, larga hasta el suelo y adornada en el escote por el tipo de lazo que tanto la favorecía. Luterin notó cómo la formal cordialidad tras la que ella pretendió ocultar el desagrado que le causaba su metamorfosis no hizo más que acentuarlo.
Los Esikananzi emitían un considerable tintineo; sus campanillas de cadera vibraban prácticamente a la misma frecuencia. La más sonora era la de Ebstok. Este hablaba, en un chirriante susurro, del infinito dolor que le había causado la muerte de su hijo Umat en Isturiacha. Cuando Luterin protestó, alegando que lo habían matado en la gran masacre de las afueras de Koriantura, tildaron su versión de calumnia y de propaganda campannlatiana.
El Miembro Ebstok Esikananzi era un hombre macizo, de sombrío e intrincado semblante. El frío sufrido durante sus frecuentes partidas de caza había poblado sus mejillas de gruesas venas rojas que le surcaban el rostro como una especie de vegetal viviente. No miraba a los ojos sino a la boca de quienes se dirigían a él.
El Miembro Ebstok Esikananzi era un hombre que creía no tener miedo a decir lo que le venía a la mente, a pesar de que este órgano parecía tener un único tema que ventilar: lo importante que era su opinión.
Mientras daban buena cuenta de unas agusanadas patas de venado, Esikananzi dijo, dirigiéndose tanto a Luterin como al resto de los comensales:
—Habréis oído las noticias acerca de nuestro amigo, el Supremo Sacerdote Chubsalid. Algunos de sus seguidores están armando algo de jaleo por aquí también. El condenado alentaba a traicionar al Estado. Tu padre y yo solíamos ir a cazar con Chubsalid en los viejos tiempos. ¿Lo sabías, Luterin? Bueno, lo hicimos en una ocasión. El traidor era de Bribahr, así que no hay de qué sorprenderse… Había visitado los monasterios de la Rueda. Luego se le metió en la cabeza que tenía que hablar en contra del Estado, nada menos que él, el amigo y protector de la Iglesia.
—Lo han quemado por ello, padre, si eso te sirve de consuelo —dijo riendo uno de sus hijos.
—Desde luego que sí. Y sus propiedades de Bribahr serán confiscadas. Me pregunto a manos de quién irán a parar. Que lo decida la Oligarquía. Lo importante es que, a medida que se acerca el invierno, podamos defendernos de la anarquía. Las cuatro tareas actuales de Sibornal son muy claras: unificar el continente, reprimir de inmediato toda actividad subversiva, ya sea económica, religiosa o académica…
La voz siguió desgranando su discurso y Shokerandit bajó la vista al plato. Había perdido el apetito. El tiempo atribulado que había pasado lejos de Shivenink había modificado a tal punto su visión del mundo que la sola presencia de los Esikananzi, tan cercanos a él en el pasado, ahora le resultaba opresiva. De pronto, el dibujo del plato desató en su conciencia una oleada de nostalgia: se trataba de una de las exportaciones de Odim, llegada, en épocas mejores, de su almacén de Koriantura. Recordó con afecto a Eedap Mun Odim y a su bondadoso hermano… y luego, con culpa, pensó en Toress Lahl, a quien había encerrado en su alcoba para que estuviera más segura. Cuando alzó la vista, se encontró con la fría mirada de Insil.
—La Oligarquía tendrá que pagar por la muerte del Supremo Sacerdote —dijo—, así como por el exterminio del ejército de Asperamanka. ¿Por qué hacer del invierno una excusa para subvertir todos nuestros valores humanos? Con vuestro permiso.
Se levantó de la mesa y abandonó el salón.
Finalizada la cena, su madre utilizó mil reproches para convencerlo de que volviera a reunirse con los invitados. Obediente, Luterin se sentó cerca de Insil y su familia. Conversaron de cosas triviales hasta que un esclavo trajo consigo a una phagor que había aprendido algunos juegos malabares. Guiada por el látigo de su maestro, la gillot hizo equilibrio sobre uno u otro pie al tiempo que sostenía un plato con los cuernos.
Luego, un grupo de esclavas danzaron mientras Yaringa Shokerandit hacía su número, cantando canciones de amor de los Palacios de Otoño.
Si mi corazón fuese libre, sí fuese libre
y salvaje como el torrentoso Venj…
—¿Es el tuyo un comportamiento incivil o simplemente castrense? —le preguntó Insil, por debajo de la música—. ¿O es que te estás adelantando a nuestro matrimonio?
Él la miró y sonrió: su rostro le era familiar y también su estilo, áspero y provocador. Admiró el espumante lino que le ceñía el escote y los hombros, y comprobó que sus pechos habían crecido desde la última vez que se vieron.
—¿Qué es lo que esperas, Insil?
—Espero que haremos lo que se espera de nosotros, como personajes de una obra. Parece ser lo debido en momentos como éste, en los que, como le has recordado tanto a papá, nos despojamos de los valores ordinarios como si fueran prendas de vestir para recibir el invierno desnudos.
—Todo depende, en realidad, de lo que esperamos de nosotros mismos. Es cierto, la barbarie llegará. Pero podemos enfrentarnos a ella.
—Se dice que en Campannlat, después de la derrota que les infringisteis a sus varias naciones salvajes, han estallado guerras civiles y la civilización empieza a tambalear. Disturbios que debemos evitar aquí a toda costa… Pero, ¿a que no recordabas oírme hablar así de política? ¡Esto sí que es barbarie!
—Supongo que habrás oído más de una vez las prédicas de tu padre en contra de los peligros de la anarquía. Por mi parte, lo único que encuentro bárbaro es tu escote.
Al reír Insil, el cabello le cubrió la frente:
—Luterin, no lamento en absoluto verte de nuevo, incluso con ese ridículo disfraz de tonel que llevas. Vayamos a hablar en algún sitio más recogido mientras tu señora tía deja que ese horrible río le arrebate el corazón.
Excusándose, fueron hasta una helada recámara, donde las llamas de biogás silbaban una constante y amonestadora nota.
—Ahora podemos intercambiar palabras, y esperar que sean más cálidas que esta sala —dijo ella—. Uf, cómo odio Kharnabhar. ¿Cómo has podido cometer la estupidez de volver? No habrá sido por mí, ¿verdad? —Y lo miró de reojo.
Él iba y venía delante de ella:
—Aún conservas tus antiguas maneras, Insil. Tú fuiste mi primera torturadora. Ahora tengo más. Estoy atormentado…, atormentado por la maldad de la Oligarquía. Atormentado por la idea de que, con sólo desearlo, una sociedad compasiva podría sobrevivir al Invierno Weyr, y no una cruel y opresiva como la nuestra. Verdadera maldad; el Oligarca dispuso la destrucción de su propio ejército. Sin embargo, reconozco que Sibornal debe convertirse en una fortaleza, someterse a leyes duras, si no quiere sucumbir al frío como le ocurrirá a Campannlat. Créeme, ya no soy tan infantil como antes.
Insil pareció recibir el discurso sin entusiasmo. Se apoyó en una silla.
—Bueno, de que has cambiado no hay duda, Luterin. Tu aspecto me ha molestado al principio. Sólo cuando te dignas a sonreír, cuando no estás refunfuñando hacia el plato, entonces vuelves a ser tú mismo. Pero, tu volumen… Espero que mis deformidades permanezcan ocultas. Cualquier medida, por dura que sea, contra la plaga está justificada si nos ahorra eso. —La campanilla, subrayando sus palabras, despertó a la vez en Luterin un fragmento dormido de su pasado. —La metamorfosis no es una deformidad, Insil; es un hecho biológico. Natural.
—Ya sabes cuánto odio la naturaleza.
—Eres tan susceptible…
—¿Y tú? ¿Por qué te muestras tan susceptible a los actos del Oligarca? No son más que otra parte de lo mismo. Tu moralidad resulta tan aburrida como la política de papá. ¿A quién le importa si se mata a unas cuantas personas y phagors? ¿Acaso no es la vida una gran partida de caza?
El la miró; delgada y tensa, había cruzado los brazos para guarecerse del frío. Sintió que recuperaba parte del afecto que había sentido por ella:
—Por la Escrutadora, sigues discutiendo y provocando como antes. Lo encuentro admirable, pero ¿podré soportarlo toda una vida?
Ella replicó, risueña:
—Quién sabe lo que a la postre tendremos que soportar. Las mujeres necesitamos ser más fatalistas que los hombres. El papel de la mujer es escuchar y yo, cuando escucho, todo lo que oigo es el aullido del viento. Prefiero el sonido de mi propia voz.
Por primera vez, Luterin la tocó:
—Entonces, ¿qué es lo que esperas de la vida, si ni siquiera puedes soportar mirarme?
Ella se puso de pie y dijo, sin mirarlo:
—Quisiera ser hermosa. Ya sé que no tengo una buena cara: sólo dos perfiles enganchados entre sí. Entonces podría eludir el destino o, al menos, encontrar uno más interesante.
—Ya eres interesante.
Insil sacudió la cabeza:
—A veces me parece estar muerta. —Su tono carecía de énfasis; podría haber estado describiendo un paisaje.—No quiero nada que conozca y muchas cosas de las que lo ignoro todo. Odio a mi familia, mi casa, este lugar. Soy fría, dura, desalmada. Mi alma debe de haberse volado un día por la ventana, quizá cuando tú estuviste un año entero haciéndote el muerto… Soy aburrida y me aburro. No creo en nada. Nadie me da nada porque soy incapaz de dar ni de recibir nada.
Luterin sintió pena por la pena de Insil, pero nada más. Como antes, ella seguía dejándolo perplejo:
—Tú me has dado mucho, Insil, desde que éramos niños.
—Sospecho también que soy frígida. No puedo soportar que me besen. Tu compasión me parece despreciable. —Y, como si le costase demasiado admitirlo, le dio la espalda para decir:—En cuanto a la idea de hacer el amor contigo en tu estado actual…, bueno…, me repugna…, no sé…, en todo caso, no me resulta nada atractivo.
A pesar de que su comprensión humana no era muy profunda, Luterin atisbo en la frialdad con que Insil trataba a los demás algo de su vieja costumbre de maltratarse. Una costumbre cada vez más enraizada en ella. Quizá todo lo que había dicho antes fuese cierto: Insil siempre había buscado la verdad.
—No te pido que hagas el amor conmigo, querida Insil. Hay alguien a quien amo y con quien pretendo casarme.
Ella seguía dándole la espalda, aunque no del todo. El lazo del escote rozaba su magra mejilla izquierda. Pareció encogerse, menguar. La débil luz de gas produjo un tenue reflejo en la piel de su nuca. Entonces, un gemido suave y profundo brotó de su garganta. Como no pudo reprimirlo tapándose la boca, empezó a golpearse los muslos con los puños.
—¡Insil! —Luterin, alarmado, la contuvo.
Cuando se volvió hacia él, ya llevaba otra vez la máscara protectora de la risa:
—¡Oh, vaya, toda una sorpresa! Parece que después de todo sí hay algo que siempre he deseado, algo que jamás imaginé desear… Aunque, claro, soy demasiado buena pieza para ti, ¿no es verdad?
—No, no es así, no es un rechazo. —Ah, sí… Algo he oído. La esclava que escondes en tus habitaciones… Prefieres casarte con una esclava antes que con una mujer libre porque, como todos los hombres de por aquí, necesitas a alguien a quien puedas poseer sin contradicciones.
—No, Insil, te equivocas. Tú no eres una mujer libre. La esclava eres tú. Te tengo cariño, Insil, y siempre te lo tendré, pero eres prisionera de tu propio ser.
Ella rió casi sin sorna:
—Ahora sabes mucho acerca de mí, ¿verdad? Antes siempre te dejaba perplejo, o eso decías. Bien, pues eres despiadado. ¿Tenías que decírmelo así, sin ninguna advertencia? ¿Por qué no se lo comunicaste antes a mi padre, como lo exigen las convenciones? Tú siempre has respetado las convenciones.
—Primero tenía que hablar contigo.
—¿Sí? ¿Ya le has comunicado la simpática novedad a tu madre? ¿En qué quedan ahora los lazos entre los Shokerandit y los Esikananzi? ¿Has olvidado que es muy posible que nos obliguen a casarnos en cuanto regrese tu padre? Tú tienes tus obligaciones y yo las mías, y hasta ahora ninguno de los dos se había apartado de ellas. Pero quizá yo sea más valiente que tú. Y si llega un día en el que nos obliguen a compartir el mismo lecho, te devolveré entonces el daño que tú me has hecho hoy.
—¿Qué es lo que te he hecho, en nombre de la Escrutadora? ¿Te da rabia que comparta contigo tu falta de entusiasmo por nuestro matrimonio? ¡Di algo sensato, Insil!
Pero ella se limitó a mirarlo fríamente con sus ojos oscuros bajo el pelo revuelto. Recogiendo su pesada falda con una mano, se llevó la otra a la pálida mejilla y abandonó de prisa la habitación.
Por la mañana, después de que Toress Lahl se bañara y vistiera ayudada por una esclava, Luterin la presentó a su madre y anunció formalmente su intención de casarse con ella en lugar de hacerlo con Insil Esikananzi. Su madre lloró y amenazó —en especial, con la ira de su esposo— y por fin se retiró a su alcoba.
—Saldremos a cabalgar —dijo Luterin con calma, encajándose la pistola en el cinto y sujetando un rifle corto con un portafusil—. Te enseñaré la Gran Rueda.
—¿He de cabalgar detrás de ti?
Él la miró con prudencia:
—Ya has oído lo que le dije a mi madre.
—He oído lo que le dijiste a tu madre. Sin embargo, todavía no soy una mujer libre; además, no estamos en Chake.
—Cuando regresemos, haré que mi secretario redacte tu cédula de libertad. Hay cosas así. Pero no perdamos más tiempo aquí dentro.
Luterin se dirigió con impaciencia a la puerta, donde dos mozos de cuadra los esperaban con dos yelks ya ensillados.
—Algún día te enseñaré los secretos del yelk —dijo Luterin mientras atravesaban la hacienda—. Éstos son de una raza doméstica criada por mi padre, y por el padre de mi padre.
Una vez fuera de los límites de la hacienda, buscaron la dirección del viento. No había más que un palmo de nieve cubriendo el suelo. A cada lado de la senda, marcas rayadas aguardaban la llegada de las grandes neviscas.
El camino al pico de Kharnabhar pasaba junto a las tierras de los Esikananzi. Luego la senda serpenteaba entre esbeltos caspiarneos de ramas aterciopeladas por la escarcha. A medida que avanzaban, distintas voces de campanas se adelantaron a la visión de Kharnabhar, que pronto surgiría de entre las nubes.
Allí todo eran campanas, tanto fuera como dentro. Lo que antes había cumplido una función —actuando como referencia para quien se perdiese en la niebla o la ventisca— era ahora una moda.
Toress Lahl aferró las riendas de su yelk y miró hacia adelante, llevándose el brazo a la cara para protegerse la boca. Más allá se extendía la aldea de Kharnabhar, con los hospedajes de los peregrinos y las cuadras de un lado del camino principal y las casas de quienes trabajaban en la Gran Rueda del otro. La mayoría de los edificios tenían campanas en sus tejados, cubiertas por cúpulas, cada una con su sonido particular; quizá no se las viera cuando hacía mal tiempo pero sin duda se las podía oír.
La senda proseguía colina arriba hasta la entrada de la Gran Rueda. Aquella entrada, casi legendaria, había sido ornamentada por los Arquitectos con gigantescos remeros barbados. Conducía a las profundidades del monte Kharnabhar, que dominaba la aldea.
Varios edificios trepaban por su ladera; muchos eran capillas o mausoleos erigidos por los peregrinos en este lugar sagrado por excelencia. Algunos de ellos, posados en grandes peñones, desafiaban sólidamente la nieve. Otros estaban en ruinas.
Shokerandit abarcó con el brazo lo que se extendía ante ellos:
—Mi padre está a cargo de todo esto. —Se volvió hacia ella.—¿Quieres mirar la Rueda más de cerca? Nadie está allí por la fuerza. Hoy en día hay que ofrecerse como voluntario para obtener un puesto en la Rueda.
Avanzaron. Toress Lahl dijo:
—No sé por qué imaginé que se vería parte de la Rueda desde fuera.
—Toda ella está dentro de la montaña. Ésa es la idea. Oscuridad. Oscuridad y saber.
—Creí que era la luz la que generaba el saber.
La gente local, empujándose, observaba atónita sus siluetas metamorfoseadas. Algunos lucían un avanzado bocio, una enfermedad frecuente en las regiones montañosas alejadas de la costa. Mientras alcanzaban la entrada a la Rueda junto con Toress Lahl y Shokerandit, los supersticiosos locales hicieron el signo del círculo.
Ya más cerca, pudieron ver un poco más: los grandes muros en forma de rampa que bajaban de ambos lados, como si quisiesen vertir a la humanidad en las entrañas de la roca. Sobre la entrada, protegida de los aludes por un toldo, una escena rudamente tallada presentaba la simbología de la Rueda. Remeros en sus amplias vestimentas impulsaban la Rueda a través del cielo, donde podían reconocerse algunos de los signos zodiacales: el Peñón, el Viejo Perseguidor, el navío Dorado. Las estrellas brotaban del seno de una impresionante figura maternal que, parada a un lado de la arcada, atraía hacia sí a los fieles.
Los peregrinos, empequeñecidos ante la monumentalidad de las figuras, se hincaban de rodillas en el portal, invocando en voz alta el nombre del Azoiáxico.
Ella suspiró:
—Es espléndido, sin duda.
—Para ti, puede que sólo sea espléndido. Para aquellos de nosotros que hemos sido educados en esta religión, es como la vida, la fuente de donde obtener la confianza para afrontar las vicisitudes de esta vida.
Desmontando con agilidad, Luterin se cogió a la silla de Toress Lahl y le dijo, mirándola desde abajo:
—Un día, si mi padre me considera digno de ello, quizá me convierta en Guardián de la Rueda. El sitio le correspondía a mi hermano, por ser el primogénito. Pero murió. Espero que me llegue la ocasión.
Ella le devolvió la mirada, sonriendo amistosamente pero sin comprenderlo:
—El viento ha amainado.
—Suele suceder aquí. El monte Kharnabhar es muy alto, es la cuarta cima del mundo, según dicen. Pero detrás de él, totalmente envuelto en nubes, se eleva el monte Shivenink, que es más alto aún y que protege a Kharnabhar de los vientos polares. El Shivenink alcanza las siete millas; es el tercer pico del mundo en altura. Tal vez pueda enseñártelo en otra ocasión.
Sorprendido por su propio entusiasmo, Luterin se sumió en el silencio. Deseaba mostrarse feliz, confiado, como hacía unos instantes. Pero el encuentro de la tarde anterior lo había turbado. Volvió a montar bruscamente sobre su yelk y se alejó de la entrada a la Rueda. Sin formular palabra, se abrió camino por la calle principal de la aldea, donde los peregrinos se amontonaban junto a las tiendas y los negocios de campanas. Algunos de ellos masticaban bollos calientes que llevaban estampado el signo de la Gran Rueda.
Detrás del poblado había un barranco empinado por el que un sendero bajaba caracoleando hasta un valle lejano. Los árboles crecían muy juntos y grandes rocas asomaban entre sus troncos. Aquí y allá surgían parches de nieve, con lo que el camino resultaba aún más traicionero. Los yelks ponían sumo cuidado en cada paso, y las campanillas de sus sillas se mezclaban al tintinear con las voces de las aves posadas en las ramas más altas y con el sonido del agua cayendo sobre las rocas. Shokerandit cantaba para sí. Batalix iluminaba débilmente la senda pero el valle abrupto que se extendía allá abajo estaba sumido en sombras.
Luterin se detuvo en una bifurcación. Un camino subía ladera arriba, el otro bajaba. Cuando ella lo alcanzó, le dijo:
—Dicen que este valle se llenará de nieve cuando llegue el verdadero Invierno Weyr…, algo que quizá lleguen a presenciar mis nietos, si es que alguna vez los tengo. Vayamos por arriba; es el camino más fácil para ir a casa.
—¿Adonde lleva la senda inferior?
—Hay una vieja iglesia allá abajo, fundada por un rey de tu parte del mundo; quizá te interese. A su lado, mi padre construyó un santuario a la memoria de mi hermano.
—Me gustaría verlos.
La senda se hizo más escarpada. Algunos árboles caídos obstruían el paso. Shokerandit frunció los labios al comprobar el abandono en que habían caído ciertas zonas de la hacienda. Pasaron bajo una cascada y luego atravesaron un lecho nevado. Las nubes se aferraban a la ladera. A su alrededor, cada pequeña hoja brillaba. La luz era escasa.
Rodearon el campanario, con su campana colgando silenciosa. Al alcanzar el nivel del suelo, descubrieron que un pequeño alud de nieve había sellado la puerta.
Como nativa de Borldoran, Toress Lahl reconoció de inmediato el estilo embruddoqués de la iglesia. La mayor parte del edificio era de construcción subterránea. Una escalerilla descendía alrededor del cimborrio para dar tiempo a los fieles de apartar las cosas mundanas de su mente antes de entrar.
Toress Lahl apartó algo de nieve y espió a través de la estrecha ventanilla rectangular de la puerta. Dentro, la oscuridad parecía imponerse a la poca luz que entraba desde arriba. Detrás de un altar circular, el retrato de un viejo dios miraba hacia abajo. Toress Lahl sintió cómo se le aceleraba la respiración.
Aunque no lograba recordar el nombre de la divinidad, conocía perfectamente el del rey cuyo busto y títulos, debidamente protegidos, aparecían bajo el porche, encima de la puerta. Se trataba de Jandol Anganol, rey de Borlien y Oldorando, los países que se unirían para formar Borldoran.
Su voz tembló al hablar:
—¿Es por esto que hemos venido aquí? Este rey es un antiguo ancestro mío. Allí de donde soy, su nombre sigue siendo proverbial, a pesar de que murió hace ya casi cinco siglos.
Luterin repuso, lacónico:
—Ya sé que el edificio es antiguo. Mi hermano yace cerca. Ven a ver.
Ella tardó un instante en recomponerse y seguirlo, repitiendo para sí: «Jandol Anganol…».
Él se quedó mirando un montón de piedras, puestas una sobre otra, y coronadas con un bloque circular de granito. El nombre de su hermano —favin— estaba grabado en el granito, junto con el símbolo sagrado del círculo dentro del círculo.
Toress Lahl desmontó en actitud respetuosa y se quedó al lado de Luterin. El mojón era un objeto brutal comparado con la capilla delicadamente trabajada. Al fin Luterin se volvió y apuntó a las rocas que se alzaban por encima de ellos.
—¿Alcanzas a ver dónde empiezan las cascadas?
Muy arriba asomaba un saliente de roca. El agua caía desde el borde unos treinta metros antes de golpear la piedra. Oían el sonido del agua, que descendía hacia el valle.
—Llegó aquí cabalgando un hoxney, cuando el tiempo era más apacible. Se lanzaron al abismo, montura y jinete. El Azoiáxico sabe por qué lo hizo. Mi padre estaba en casa. Fue él quien lo encontró, muerto en este mismo lugar. Erigió este mojón en su memoria. Desde entonces no se nos ha permitido pronunciar el nombre de mi hermano. Pienso que padre tenía el corazón tan destrozado como yo.
—¿Y tu madre? —preguntó ella luego de una pausa.
—Oh, ella también estaba muy trastornada, por supuesto. —Alzó otra vez los ojos hacia la cascada, mordiéndose el labio.
—Piensas bien de tu padre, ¿no es así?
—Como todos. —Se aclaró la garganta y continuó:—La influencia que tuvo sobre mí fue inmensa. Quizá si hubiera estado ausente menos tiempo, no lo sentiría tan próximo. Toda la gente lo considera un hombre santo, como tu antecesor, el rey.
Toress Lahl se rió. —Jandol Anganol no es un hombre santo. Se lo considera uno de los villanos más crueles de la historia; destruyó la antigua religión y quemó al líder, con todos sus seguidores.
—Bueno, aquí lo conocemos como hombre santo, y todos hablan de él con respeto y reverencia.
—¿Por qué vino aquí?
Luterin sacudió la cabeza, impaciente. —Porque esto es Kharnabhar. Todo el mundo quiere venir aquí. Quizás estaba haciendo penitencia por sus pecados…
Ella no replicó.
Él se quedó mirando el valle, entre las borrosas colinas. —No hay amor más auténtico que el que une a padre e hijo, ¿no estás de acuerdo? He crecido, he conocido otras clases de amores, todos con un encanto propio. Ninguno tenía la pureza, la claridad, del amor que tengo por mi padre. En todos los otros hay problemas, conflictos. El amor al padre no se discute. Desearía ser uno de sus perros de caza, para poder mostrarle una total obediencia. A veces se interna en los bosques caspiarnos durante meses. Si yo fuera un perro de caza, podría ir siempre pisándole los talones, siguiéndolo a todas partes.
—Comiendo las sobras que él te echa.
—Lo que a él se le antoje.
—No es sano sentirse así.
Él se volvió hacia ella con aire orgulloso. —Ya no soy un chico. Puedo buscar lo que me complace o puedo someter mi voluntad. Así no es tan difícil estar con todos. Se necesitan compasión y firmeza. Tenemos que luchar contra las leyes injustas. Evitar que la anarquía nos domine. El invierno será soportable. Cuando llegue la primavera, Sibornal emergerá más fuerte que nunca. Nos esperan cuatro tareas. Unificar el continente. Rectificar los trabajos y organizarlos teniendo en cuenta el agotamiento de los recursos… Bueno, nada de eso tiene que ver contigo…
Ella estaba de pie, apartada. Las vaharadas del aliento se le formaban y dispersaban sin encontrarse.
—¿Qué papel desempeño en tus planes?
Le gustó la franqueza de ella, aunque la pregunta le pareció inquietante. En compañía de Toress Lahl se sentía en un mundo diferente al de Insil. De pronto, en un impulso, se volvió y la abrazó, mirándola a los ojos antes de besarla brevemente. Dio un paso atrás, tomando aliento, bebiendo de la expresión de ella. Luego se adelantó otra vez y la besó con mayor concentración.
Aunque ella le respondió de algún modo, él no pudo evitar pensar en Insil Esikananzi. Por su parte, Toress Lahl luchaba también contra los labios fantasmales de su marido muerto.
Se separaron. —Ten paciencia —dijo él como hablándose a sí mismo. Ella no respondió.
Luterin volvió a montar y echó a andar por el camino que subía entre los árboles oscuros. Las campanillas que colgaban de los arreos del animal tintinearon. La pequeña capilla nevada se hundió detrás de ellos, perdiéndose pronto en la oscuridad.
Cuando llegó, lo esperaba una nota de Insil. La abrió de mala gana, pero contenía sólo una velada referencia a la discusión de la noche anterior. Decía:
Luterin:
Pensarás que soy dura, pero hay otras más duras. Te proponen peligros que yo nunca podría proponerte. ¿Recuerdas que una vez conversamos sobre la muerte de tu hermano? Ocurrió, a no ser que yo lo soñara, después de haberte recuperado de ese extraño interludio horizontal que sigue a la muerte. Tu inocencia es heroica. Pronto te diré más. Te ruego que emplees la astucia. Guarda un tiempo nuestro secreto, en tu propio beneficio.
Insil.
—Demasiado tarde —dijo él, impaciente, convirtiendo la nota en una pelota de papel.