VIII - LA VIOLACIÓN DE LA MADRE
Una recia brisa soplaba desde la costa. En lo alto campeaba Batalix: las nubes se habían despejado. El mar chisporroteaba de crestas de espuma que parecían hechas de finísimas perlas. El Nueva Estación, con música en los obenques, navegaba con rumbo oeste-sudoeste.
A lo largo de la costa de Loraj se sucedían al norte, terraza tras terraza, los Palacios de Otoño. Prisioneros de la roca, los sueños de tiranos olvidados se remontaban costa arriba en la distancia y el tiempo. Contaba la leyenda que el rey Denniss había vivido en otro tiempo tras sus espectrales muros. Ya desde sus orígenes, estos Palacios, como algunas ambiguas relaciones humanas, nunca habían estado ocupados del todo, aunque tampoco del todo desiertos. Resultaban demasiado grandiosos para quienes los habían erigido; también para sus sucesores. Sin embargo, largo tiempo después del remoto otoño que había visto elevarse sus torres por encima de la playa de granito, seguían habitados. Muchos seres humanos, tribus enteras de ellos, se refugiaban allí como aves bajo los ruinosos aleros.
También los estudiosos, a quienes siempre atrae el pasado, solían alojarse en los Palacios de Otoño. Los Palacios eran para ellos el yacimiento arqueológico más rico del mundo; las trampillas de sus astrosos sótanos eran como puertas abiertas a una edad anterior del hombre. ¡Y qué vastos eran! Laberintos de una profundidad casi infinita se abrían camino roca adentro como tuberías en pos del calor de las entrañas de Heliconia. Había allí inscripciones sobre piedra y arcilla, cuencas de cacharros, esqueletos de hojas de bosques desvanecidos, calaveras que medir, dientes que encajar en mandíbulas, muladares, armas desintegrándose en el polvo…, la historia de un planeta esperando pacientemente ser interpretada, aunque tan fantasmagóricamente inasible en toda su magnitud como una vida humana cuya llama se ha apagado.
A estribor del Nueva Estación, los Palacios palidecían a la distancia.
En ocasiones, su diezmada tripulación avistaría otras naves. A la altura del puerto de Ijivibir pasaron cerca de arenqueros abocados a su labor. Eventualmente aparecía mar adentro algún barco de guerra, recordándoles que las rencillas entre Uskutoshk y Bribahr no se habían acallado. Nadie los molestó ni les hizo señal alguna. Los delfines glaciares eran su única compañía.
Después de Clusit, el capitán decidió acercarse a tierra. Puesto que conocía aquellas aguas, tenía intención de abastecer la nave de víveres antes de encarar la última parte del trayecto hasta el puerto de Rivenjk, en Shivenink. A pesar de que sus pasajeros, con el recuerdo del ataque phagor aún fresco, dudaban de la conveniencia de la escala, el capitán logró tranquilizarlos.
Puesto que estaba dentro de los límites del trópico meridional, aquella parte de Loraj era bastante fértil. Detrás de la costa se extendía una resplandeciente región de bosques, lagos, ríos y tierras bajas a la que el hombre apenas había accedido. Y detrás de aquella región, cubriendo la inmensa franja que precedía el casquete polar, se alzaban las vetustas forestas de eldawones y caspiarnos.
En la orilla, algunas focas lorigueras, rugieron al pasar junto a ellas los pasajeros y tripulantes del Nueva Estación, pero no ofrecieron resistencia alguna cuando éstos las mataron a golpes. La técnica consistía en golpear con un remo justo por debajo de la mandíbula del animal, allí donde su garganta estaba más desprotegida. De este modo se bloqueaban sus vías respiratorias y la foca moría sofocada. Se trataba, pues, de un proceso algo lento y los pasajeros desviaron la mirada para no ver a las pobres bestias revolverse en su agonía. Mientras, sus congéneres intentaban ayudarlas gimoteando lastimosamente.
Las cabezas de las focas estaban protegidas por un acorazamiento con forma de yelmo. Se trataba de la adaptación de unos atávicos cuernos, ya que las focas habían sido en tiempos remotos animales terrestres a los que el helado Invierno Weyr había empujado a los océanos. Esta adaptación protegía sus ojos y orejas, y también su cráneo.
En cuanto el grupo de humanos se alejó de las focas moribundas, una serie de peces hexápodos emergieron de las olas y escalaron la escarpada pendiente del guijarral. Iban en busca de las focas agonizantes, a las que empezaron a arrancar jirones de adiposa carne.
—¡Eh! —gritó Shokerandit, ahuyentándolos.
Los peces se dispersaron y fueron a refugiarse bajo las rocas. Shokerandit había logrado herir a uno. Cogiéndolo, se lo enseñó a Odim y Fashnalgid.
El pez medía poco menos de un metro. Sus seis «patas» tenían aspecto de aletas. De la base de su mandíbula en forma de fanal colgaban unos bigotes carnosos. Mientras sacudía la cabeza, chasqueando las fauces, sus velados ojos grises se clavaron en su captor.
—¿Veis esta criatura? Es un pez imbornal —dijo Shokerandit—. Pronto ganarán la costa de a miles. La mayoría sirve de comida a las aves; los que sobreviven cavan túneles en la tierra para protegerse. Con el tiempo, durante el Invierno Weyr, llegan a ser más largos que las serpientes.
—Son gusanos de Wutra, así se les llama —terció el capitán—. Será mejor que lo tires, señor. No sirven ni como comida de marineros.
—Los lorajanos los comen.
El capitán respondió, desafiante pero sereno: —Señor, los lorajanos los consideran una exquisitez, es cierto. Pero aun así son venenosos. Los lorajanos los cuecen con un liquen venenoso, y se dice que los dos venenos se anulan el uno al otro. Yo mismo he probado este plato hace unos años, señor, una vez que naufragué frente a estas costas. Pero sigo aborreciendo la visión y el sabor de esas cosas y desde luego no quisiera que mis hombres alimentaran con eso su tripa.
—De acuerdo. —Shokerandit devolvió al mar el pez imbornal, que todavía se agitaba.
Arriba, volando en círculos, chillaban los trupiales y otras aves. Después de carnear a toda prisa seis de las focas lorigueras, los marineros cargaron las tajadas en el esquife. Los depredadores se harían cargo de los restos.
Toress Lahl lloraba en silencio.
—Regresa al bote —dijo Fashnalgid—. ¿Por qué lloras?
— Éste es un sitio horrible —dijo la mujer, escondiendo el rostro—. Unas cosas con patas salen del mar y los seres vivos se comen entre sí.
—Así es el mundo, señora. Sube a bordo.
Regresaron remando a la nave seguidos por los pájaros, que chillaban y chillaban.
El Nueva Estación izó las velas y su proa comenzó a cabalgar las aguas tranquilas en dirección a Shivenink. Toress Lahl quiso hablar con Shokerandit pero éste la apartó; Fashnalgid y él tenían asuntos que resolver. De modo que la mujer permaneció junto a la borda, oteando, con una mano en la frente, la línea oscilante de la costa.
Odim se le acercó.
—No tienes por qué entristecerte. Pronto estaremos a salvo en el puerto de Rivenjk. Allí nos recibirá mi hermano y podremos descansar y recuperarnos de los golpes recibidos.
Ella volvió a sentir los ojos llenos de lágrimas:
—¿Crees en algún dios? —le preguntó, volviendo hacia él un rostro surcado por las lágrimas—. Has debido de sufrir tanto en este viaje… Odim esperó un instante antes de responder:
—Querida señora, hasta ahora, había vivido toda mi vida en Uskutoshk. Me comportaba como un uskuti. Creía corno un uskuti. Me conformaba…, es decir, honraba regularmente a Dios Azoiáxico, el Dios de Sibornal. Ahora que me he alejado de aquel lugar, o que he sido, digamos, apartado de él, veo claramente que nunca fui un uskuti. Y lo que es más: no creo en absoluto en Dios. Al perderlo, sentí que me aliviaba de un peso. —Y se golpeó el pecho con gesto elocuente.—A ti puedo confesártelo puesto que no eres uskuti.
Ella señaló la costa cada vez más lejana:
—Este odioso lugar…, esas horrendas criaturas…, todo lo que me ha ocurrido…, mi esposo, muerto en combate.,., este espantoso y miserable barco… Es como si todo empeorase, lentamente, año tras año… ¿Por qué no habré nacido en primavera? Oh, lo siento, Odim, no suelo hablar así…
Tras una pausa, Odim le dijo con tono amable:
—Lo comprendo. También yo me he sentido desgraciado, despojado. Mi mujer, mis hijos, mi querida Besi… Pero el pauk me permite hablar con el espectro de mi mujer, y ella me consuela. ¿Acaso tú no buscas en el pauk a tu esposo, señora?
Ella respondió en voz baja:
—Sí, sí, bajo en busca de su gossi. Pero él no es como yo deseo. Me consuela y dice que debería buscar la felicidad con Luterin Shokerandit. Tanta indulgencia…
—¿Y bien? Luterin es un joven agradable, por lo que he podido ver y oír.
—Nunca podré aceptarlo. Lo odio. El mató a Bandal Eith. ¿Cómo aceptar a su verdugo? —dijo ella, sorprendida por su propia furia.
Odim encogió sus amplios hombros:
—Sí su propio espectro te lo aconseja…
—Pero yo soy una mujer de principios. Quizá sea más fácil perdonar cuando se está muerto. Todos los espectros hablan con la misma voz, la dulce voz de la decadencia. Será mejor que abandone el hábito del pauk… No puedo aceptar al hombre que me ha esclavizado, por más tentadoras que sean sus promesas. Nunca. Sería algo odioso.
Odim apoyó una mano en el hombro de la mujer:
—Todo se ha vuelto odioso para ti, ¿verdad? Sin embargo, tal vez te convendría pensar como yo que una nueva vida se abre ante nosotros, ante los exiliados. Yo ya tengo veinticinco y cinco décimos: ¡no soy ningún pollo! Tú eres bastante más joven. Según parece, el Oligarca habría comparado el mundo con una cámara de torturas. Pero esto sólo es así para quienes creen en ello. Mira, mientras estábamos en la orilla, matando aquellas focas, ¡sólo seis de las miles que había!, me asaltó el presentimiento de que me estaba moldeando para la estación invernal de un modo maravilloso. Por un lado, había ganado peso; por el otro, me había despojado del Azoiáxico… —Odim suspiró.—No me resulta fácil expresar conceptos profundos. Los números se me dan mucho mejor. Como sabes, no soy más que un mercader. Pero esta metamorfosis que hemos sufrido… es tan maravillosa que debemos, debemos, intentar vivir en armonía con la naturaleza y con su generosa contabilidad.
—O sea que debo someterme a Luterin, ¿no es eso? —dijo ella, clavando en él su mirada franca.
Una sonrisa iluminó un extremo de la boca de Odim:
—Señora, también Harbin Fashnalgid parece mirarte con buenos ojos.
Mientras reían, Kenigg, el único hijo vivo de Odim, corrió hasta él y lo abrazó. Odim se agachó y besó al niño en la mejilla.
—Eres una persona increíble, Odim, de verdad lo creo —dijo Toress Lahl, palmeando su mano.
—También tú lo eres… Pero trata de no serlo demasiado para la felicidad. Es un viejo dicho Kuj-Juvecino.
Ella asintió, y una lágrima le brilló en el ojo.
El tiempo empeoraría cerca de las costas de Shivenink, país estrecho y compuesto casi en su totalidad por una cadena montañosa, la cordillera de Shivenink, de la que había tomado el nombre. Las montañas separaban a Loraj de Bribahr.
Los shiveninkis eran pacíficos, temerosos de Dios. Su ira se había diluido en los furores ectónicos originales que habían conformado la cordillera. Protegidos por aquella inmensa fortaleza natural, habían construido un artefacto en el que se conjugaban su santidad y determinación características: la Gran Rueda de Kharnabhar. Esta rueda se había convertido en un símbolo, ya no únicamente para Sibornal sino también para el resto del planeta.
Grandes ballenas elevaron sus prominentes cabezas para observar la entrada del Nueva Estación en aguas de Shivenink, pero una serie de repentinas ráfagas de nieve acabó ocultándolas, al tiempo que sacudía la nave.
A bordo, los problemas se habían multiplicado. El viento soplaba a través de las barandillas y el mar había regado la cubierta; el bergantín se balanceaba a uno y otro lado como poseído por la furia. Envueltos en una especie de oscuridad —a pesar de que Freyr amanecía—, los marinos se encaramaron a los flechastes. Se movían con torpeza en sus nuevos cuerpos metamorfoseados. Treparon al peñol, empapándose, luchando contra el agua que calaba sus huesos. Una vez desligadas las reticentes velas, regresaron a una cubierta bañada sin cesar.
Puesto que la tripulación había quedado reducida, Shokerandit, Fashnalgid y algunos de los parientes de Odim ayudaban a manejar las bombas de achique. Las bombas estaban en la zona media de la nave, justo debajo del palo mayor. Cada bomba admitía ocho hombres, cuatro por lado. Esta zona de la cubierta principal era la más castigada por el mar y muchas veces el agua cubría a los que bombeaban. Los hombres maldecían y luchaban, las bombas gruñían corno abuelos, las olas golpeaban con fuerza.
Veinticinco horas después, el viento había amainado, el barómetro se estabilizó, las olas redujeron su altura. La nieve caía en silencio, borroneando la costa. Aunque no se distinguía nada de la franja de tierra, podía sentirse su presencia, corno si algo inmenso yaciese allí, a punto de despertar de un antiguo y pedregoso sueño. A bordo, el silencio corroboraba esta sensación. Todos buscaban sin encontrarlo un hueco en la tupida cortina de nieve.
El día siguiente trajo consigo una mejoría, un paréntesis de calma en la orquestación de los elementos.
Las ráfagas de nieve fueron alejándose sobre la alfombra verde del agua y Batalix apareció brillando en lo alto. La inmensa masa dormida empezó entonces a hacerse visible, lentamente al principio, mostrando sólo partes de su grupa.
El barco quedó reducido a la dimensión de un juguete ante una imponente serie de bastiones azul verdosos cuyos picos se perdían entre las nubes. Estos bastiones se fueron desplegando a medida que el barco, nuevamente impulsado a toda vela, avanzaba hacia el oeste. Enormes cabos, cada uno mayor que el anterior, se internaban en el agua. A nivel del mar, unos pilares de gigantescas proporciones que parecían haber sido esculpidos por una conciencia creadora sostenían crestas rocosas talladas casi a pico. Aquí y allá, racimos de árboles se aferraban a las salientes de la roca, mientras que blancas nervaduras de nieve destacaban los contornos horizontales de cada promontorio.
Embutidas entre los cabos se avistaban profundas ensenadas, cajones en los que las montañas guardaban sus reservas de penumbra y tormenta. Allí donde chocaban las corrientes y contracorrientes, blancas aves revoloteaban en círculos. Extraños sonidos y resonancias surcaban las aguas desde las cavidades ocultas, posándose en las mentes de los humanos como la sal que les aclaraba los labios.
El sol penetraba con sus inconstantes rayos aquellas gargantas de piedra, revelando al fondo cataratas de hielo azulado, grandes cascadas congeladas quién sabe hasta cuándo, nacidas de las altas cunas de rocas, hielo, granizo y viento que las nubes cubrían casi eternamente.
Luego, una bahía más amplia que las demás. Un golfo flanqueado por negras paredes de roca. A la entrada, encaramado a un peñasco inalcanzable incluso para las olas más osadas, un faro. Este signo de presencia humana subrayaba aún más la soledad del paisaje. El capitán asintió y dijo:
—Es el golfo de Vajabhar. Podríamos hacer escala en la misma Vajabhar: se alza como un colmillo en el maxilar inferior del golfo.
No obstante, mantuvieron el rumbo, y el inmenso macizo de estribor pareció acompañarlos.
Más tarde, la masa continental se hizo todavía más voluminosa; navegaban en aguas de la península de Shiven. Debían rodearla para llegar al puerto de Rivenjk. La península no tenía ensenadas, promontorios ni otros accidentes. Era casi roma. Pero lo más notable era su tamaño: hasta los marinos se apiñaban en silencio en sus ratos libres para admirar su monumentalidad.
Las elevadas laderas de Shiven estaban cubiertas de vegetación. Grandes enredaderas colgaban en el aire como un remedo de las numerosas cascadas que iniciaban su caída y jamás la culminaban, presa de los vientos que barrían sus diáfanos esfuerzos. En ocasiones, las nubes se abrían y dejaban al descubierto la gran testa de roca nevada que se perdía en el cielo. Se trataba del extremo meridional de una cadena montañosa que se curvaba hacia el norte para encontrarse debajo del casquete polar con una serie de enormes mesetas de lava.
A pocas millas de distancia de la nave, la cresta de la península ya ascendía a una milla y cuarto por encima del nivel del mar. Mucho más elevadas que cualquier pico de la Tierra, las montañas de Shivenink competían en escala con el Alto Nyktryhk de Campannlat. Constituían uno de los grandes espectáculos de este planeta. Envuelta en sus propias tormentas, rodeada por unas condiciones climáticas exclusivas, la gran cadena se hacía esquiva a los ojos del hombre, mostrándose sólo a aquellos afortunados que la rodeaban por mar.
Iluminada por los rayos casi horizontales de Freyr, la formación se vestía de luces y sombras sobrecogedoras. Para los viajeros, todo era nuevo, reluciente. El solo hecho de contemplar aquel paisaje titánico levantaba su ánimo. Sin embargo, lo que tanto los sorprendía ahora era antiguo, incluso desde el punto de vista de la vida del planeta.
Aquellas alturas habían surgido hacía cuatro mil millones de años, tal vez más, cuando grandes meteoritos habían alcanzado la todavía inmadura corteza heliconiana. La cordillera de Shivenink, las Barreras Occidentales de Campannlat y algunas montañas remotas de Hespagorat, únicos vestigios visibles de aquellos hechos, formaban entre sí los segmentos del gran círculo que los materiales desplazados por el impacto habían trazado. El océano de Climent, que los marineros consideraban prácticamente interminable, ocupaba el cráter original.
Navegaron durante días y días. Como en una pesadilla, a estribor siempre veían la gigantesca mole oscura peninsular. Inalterable, parecía dispuesta a no abandonar nunca.
En cierta ocasión rodearon una pequeña isla, un lunar en el océano, quizás un desprendimiento de la masa continental. A pesar de su aspecto aterrador, la isla estaba habitada. Un aroma a humo de leña se abrió camino hasta la nave; eso y la aparición de algunas cabañas entre las espesas enramadas animó a los pasajeros a tomar tierra. No obstante, el capitán desoyó sus propuestas.
—Esos isleños son todos piratas, muchos de ellos desesperados por haber perdido sus barcos en alguna tormenta. Si pusiéramos un pie en tierra nos asesinarían para quitarnos el nuestro. Prefiero un buitre por compañía.
Tres largas canoas de piel se hicieron a la mar desde la orilla. Shokerandit hizo circular su catalejo y observaron a los hombres que, doblándose, remaban hacia el bergantín como si les fuera la vida en ello. De pie en la popa de una de las canoas había una mujer desnuda de largos cabellos negros. Sostenía en brazos a un bebé que mamaba de su pecho.
En aquel instante una tormenta de nieve brotó de las montañas, cayendo sobre el mar corno un mantón. Los copos tocaban los pechos de la mujer desnuda y se deshacían.
El Nueva Estación tenía demasiado velamen para las ligeras canoas y aunque pronto quedaron a popa, los remeros no disminuyeron el ritmo. Como poseídos por la locura, tampoco dejarían de remar después, de perder de vista el barco.
En una o dos ocasiones, la capa de nubes y bruma se abrió lo suficiente como para que los pasajeros pudiesen vislumbrar las cumbres de Shiven. Entonces, quien descubría la apertura avisaba a los demás viajeros, que llegaban corriendo para asombrarse de la altura que podían alcanzar esos inmensos peñascos, esas junglas verticales, esas nieves.
Cierta vez presenciaron un desprendimiento. Parte del acantilado se desmoronó. Caía y caía, arrastrando consigo cada vez más rocas. Como consecuencia del impacto con el mar se formó una gran ola. Luego, una cuña de hielo se hundió en el agua, desapareció un instante, resurgió. Tras la primera, cuñas aún mayores siguieron su camino. Provenían del borde de algún glaciar oculto entre las nubes. Su desmoronamiento produjo unas tremendas reverberaciones sonoras.
Una colonia de aves terrosas abandonó la costa de a miles, chillando de terror. Tan amplias eran sus alas que, al pasar por encima del barco, el rumor del aleteo era como un quedo tronar. La bandada tardó media hora en sobrevolar el Nueva Estación y el capitán cazó varios ejemplares para la cocina.
Por fin, cuando el bergantín terminó de bordear la península y, a dos días de Rivenjk, enfilaba hacia el norte, una nueva tormenta, menos violenta que la anterior, encapotó el cielo. Pronto lo alcanzaron rápidos remolinos de viento y nieve, quitándole toda visibilidad. Durante todo un día, la luz de los dos soles se filtró trabajosamente a través de gruesas capas de niebla y granizo. Los cascotes eran a veces más grandes que el puño de un hombre.
Cuando la tormenta amainó, y los hombres que manejaban las bombas pudieron poner fin a su labor y, tambaleándose, buscar un rincón donde dormir, la franja costera se hizo lentamente visible otra vez.
Aquí los acantilados eran ya menos verticales, aunque siempre sobrecogedores y cubiertos por sus propias nubes y lluvias torrenciales. Del medio de una oscura tormenta emergió, envuelta en bruma, una gigantesca figura humana.
El hombre parecía a punto de saltar desde la costa a la cubierta del barco.
Toress Lahl gritó alarmada.
— Ése es el Héroe, señora —la calmó el segundo oficial—. Es una señal de que estamos llegando al final del viaje… y es de buen augurio también.
En cuanto pudieron establecer la escala real a la que se encontraba la costa, comprobaron que la figura era en verdad gigantesca. El capitán empleó el sextante para demostrar que estaba a más de mil metros de altura.
Los brazos del Héroe estaban levantados y un poco por delante de la cabeza. Tenía las rodillas levemente flexionadas. Por su expresión se adivinaba que estaba a punto de saltar al mar o de remontar el vuelo. Esta última posibilidad se apoyaba en lo que podía ser un par de alas, o una capa, desplegadas hacia atrás desde sus anchos hombros. Para mayor estabilidad, las piernas de la figura no se separaban del todo de la roca en la que había sido esculpida.
Era una estatua estilizada, dotada de curiosas espirales que le conferían un aspecto aerodinámico. La cabeza era afilada, aguileña, pero no por ello inhumana.
Como si deseara añadir solemnidad a la escena, una campana sonó a lo lejos. Su voz broncínea surcó las aguas hasta llegar al bergantín.
—Es una figura estupenda, ¿verdad? —dijo Luterin Shokerandit con orgullo. Todos los pasajeros ya metamorfoseados se acercaron a la barandilla para observar con inquietud la gigantesca estatua.
—¿Qué se supone que representa? —preguntó Fashnaldig, hundiendo las manos en los bolsillos.
—No representa nada. Es él mismo. Es el Héroe.
—Pero representará algo…
Molesto, Shokerandit repuso:
—Está allí, eso es todo. Un hombre. Rara ser visto y admirado.
Un silencio incómodo siguió, sólo interrumpido por el melancólico tañido de la campana.
—Shivenink es una tierra de campanas —dijo Shokerandit.
—¿El Héroe tiene una campana en la panza? —preguntó el pequeño Kenigg.
—¿Quién pudo haber levantado algo así en semejante lugar? —preguntó Odim para encubrir la impertinente pregunta de su hijo.
—Dejadme que os diga, amigos míos, que esta poderosa figura fue creada en épocas remotas… Algunos dicen que muchos Grandes Años atrás —explicó Shokerandit—. Dice la leyenda que la erigió una raza superior de hombres, aquellos a quienes llamamos los Arquitectos de Kharnabhar. Los Arquitectos construyeron la Gran Rueda. Fueron los mejores constructores que pisaron este planeta. Al terminar la construcción de la Rueda, esculpieron esta figura gigante del Héroe. Desde entonces, el Héroe ha guardado el puerto de Rivenjk y la ruta a Kharnabhar.
—Oh, Escrutadora, ¿adonde hemos llegado? —se preguntó en voz alta Fashnalgid antes de bajar a fumar un veronikane y leer un libro.
Hacía ya tres siglos que las señales procedentes de Heliconia surcaban el espacio cuando la desolación postapocalíptica de la Tierra desembocó en una era glacial. A medida que los glaciares avanzaban hacia el sur, muy pocos tendrían la posibilidad de contemplar la historia de aquel nuevo planeta, exceptuando a los androides de Charon, claro.
La era glacial al menos tendría ese mérito. Barrer de la superficie terrestre las ulcerosas caparazones de las difuntas ciudades. Cubrir los cementerios en que se habían convertido los núcleos urbanos. Hurones, ratas, lobos vagaban por donde antes habían corrido largas autopistas. También en el hemisferio sur se estaban desplazando los hielos. Solitarios cóndores patrullaban los desiertos andinos. Colonias de pingüinos migraban, generación tras generación, en pos de las ansiadas plataformas de hielo de Copacabana.
Una caída de apenas unos grados había bastado para desacoplar los complicados engranajes de control climático. La explosión nuclear había sumido a la biosfera viviente —a Gaia, la Tierra madre— en un estado de shock. Por primera vez en miles de milenios, Gaia recibía una fuerza bruta que no iba a ser capaz de asimilar. Sus hijos la habían violado y poco les faltó para matarla.
Durante cientos de millones de años, la superficie terrestre se había mantenido dentro de los estrechos límites de temperatura necesarios para la vida, y ello gracias a una espontánea conspiración de todas las criaturas vivientes en conjunción con su planeta progenitor y a pesar de que sucesivos aumentos en la emisión solar de energía habían causado sensibles cambios en la atmósfera. La regulación de la salinidad del mar había permitido mantener un índice constante del 3,4 por ciento. De haber subido tan sólo un par de puntos, toda la vida marina habría desaparecido puesto que con un seis por ciento de salinidad se desintegran las paredes celulares.
De manera similar se había mantenido en un estable 21 por ciento el nivel de oxígeno en el aire. Otro tanto había sucedido con el amoníaco atmosférico y con la capa de ozono.
Todos estos equilibrios homeostáticos eran fruto del esfuerzo de Gaia, la Tierra madre en cuyo seno tenían un sitio todas las criaturas vivientes, desde las secuoyas a las algas, pasando por las ballenas y los virus. Sólo la humanidad había ido olvidando a Gaia a medida que crecía. Los hombres habían inventado sus propios dioses, los habían poseído, se habían dejado a su vez poseer por ellos, los habían utilizado como arma contra sus enemigos e incluso contra sí mismos. La humanidad estaba esclavizada por el odio tanto como por el amor. Ensimismada en esa demencia individualista, había inventado formidables armas de destrucción. Y al usarlas contra sí misma casi acaba con Gaia.
La recuperación de Gaia fue lenta. Uno de los síntomas más evidentes de su enfermedad fue la muerte de los árboles. Estos abundantes organismos, que otrora se habían extendido desde los bosques pluviales tropicales hasta las tundras del norte, habían sucumbido a la radiactividad y a la imposibilidad de realizar la fotosíntesis. La desaparición de los árboles significó la pérdida de un importante eslabón de la cadena homeostática y dejó huérfanas a las innumeras formas de vida que se refugiaban en ellos.
El frío generalizado duró aproximadamente un milenio. La Tierra yacía en un gélido estado de catalepsia. Pero los mares estaban vivos.
Una gran parte de las gigantescas nubes de dióxido de carbono generadas por el holocausto nuclear sería absorbida por el mar. El dióxido de carbono se mantuvo así atrapado bajo el agua, circulando durante siglos a gran profundidad sin emerger a la superficie. Su ulterior liberación produciría un efecto invernadero que marcó el inicio de una era de calentamiento.
Tal como había sucedido originariamente, la vida se desplegó a partir de los mares. Muchos componentes de la biosfera —insectos, microorganismos, plantas, el mismo hombre— habían logrado sobrevivir gracias al aislamiento, al capricho de los vientos u otras circunstancias azarosas. A medida que el manto blanco viraba al verde, estas formas de vida fueron regresando a la actividad. La cubierta de ozono, escudo contra los letales rayos ultravioleta, se reconstituyó lentamente. Y una vez más, derretido el hielo, los distintos instrumentos fueron recuperando su armónica afinación orquestal. Hacia 5900, las condiciones mejoraron notablemente. Junto a espinosos árboles se veía retozar a antílopes, y hombres y mujeres cubiertos de pieles emprendían el camino que los glaciares habían abandonado.
Por las noches, aquellos humildes repobladores se arracimaban en busca de calidez y quedaban absortos en las estrellas. Éstas apenas habían cambiado desde los tiempos neolíticos. Quienes habían cambiado eran los hombres.
Naciones enteras habían desaparecido para siempre. Aquellos pueblos emprendedores que habían desarrollado tecnologías poderosas —capaces de surcar el firmamento y explorar los planetas primero y luego las estrellas, capaces de forjar sagaces armas y leyendas— se habían autodesterrado del mundo. Como únicos herederos habían dejado a los estériles androides que aún trabajaban en ¡os planetas exteriores.
Hubo razas, contempladas como perdedoras, que demostraron ser más fuertes. Vivían en islas o en la espesura, en las cumbres o junto a caudalosos ríos, en junglas y pantanos. Eran los pobres del pasado. Ahora heredaban la Tierra.
Estas gentes disfrutaban de la vida. Durante las primeras generaciones, mientras asistían a la retirada de los hielos, no tendrían necesidad alguna de pelear. El mundo volvía a despertar. Gaia los había perdonado. Redescubrieron formas de vida en conjunción con el medio ambiente del que eran parte. Y redescubrieron a Heliconia.
A partir del 6000 y a lo largo de seis siglos, Gaia atravesó lo que podría llamarse su convalecencia. Los enormes glaciares regresaban rápidamente a sus guaridas polares.
Algunas de las antiguas formas de vida habían logrado sobrevivir. Desvelada la superficie terrestre, los viejos bastiones de la cultura tecnófila empezaron a resurgir; se trataba generalmente de complejos militares ocultos a gran profundidad bajo el suelo. En los bastiones más profundos se encontraron descendientes vivos de aquellos que habían formado parte de la élite dirigente de la cultura tecnófila; habían sobrevivido a costa quizá de la muerte de sus subordinados. Sin embargo, estos fósiles vivientes morirían a las pocas horas de alcanzar la superficie como peces arrancados de las terribles presiones de las fosas oceánicas.
Pero en sus hediondas madrigueras conservaban un esperanzador tesoro: el nexo con otro planeta viviente. Se enviaron órdenes a través del espacio hasta Charon, y una compañía de androides se apersonó en la Tierra. Estos androides construyeron, con incansable destreza, distintos auditorios en los que la nueva población podía observar todo cuanto ocurría en el distante planeta.
La mentalidad de las nuevas poblaciones se moldearía en gran medida a partir de la historia que se desarrollaba ante sus ojos. También los supervivientes diseminados en otros planetas, aislados de la Tierra, habían conservado sus lazos con Heliconia.
Los auditorios se alzaban en las nuevas praderas verdes como enormes conchas marinas clavadas en la arena. Cada uno de ellos tenía capacidad para diez mil personas. Los espectadores, calzados con sandalias, burdamente arropados en pieles al principio y, más tarde, vestidos con bastas telas, contemplaban con asombro las imágenes que llegaban del espado exterior, imágenes de un planeta no muy distinto del suyo que se libraba lentamente de las garras de un largo invierno. Una historia como la de ellos.
A veces, un auditorio podía permanecer desierto durante años. Las nuevas poblaciones también tenían sus crisis y sufrían las catástrofes naturales que acompañaban la recuperación de Gaía. No sólo habían heredado la Tierra sino también sus inseguridades.
En cuanto podían, las nuevas poblaciones volvían a contemplar la historia de aquellas vidas paralelas a las suyas. Eran gentes sin divinidades, pero las figuras de las pantallas gigantes les parecían dioses. Esos dioses personificaban misteriosos dramas de poder y religión que atrapaban e inquietaban a sus audiencias terrestres.
Hacia el año 6344, la vida en la Tierra era de nuevo moderadamente abundante. La población humana juró entonces solemnemente que todas las posesiones constituirían un bien común, declarando sagradas no sólo la vida sino también su libertad. A ello contribuyó de manera especial la influencia ejercida por ¡as hazañas de un heliconiano que vivía en un oscuro caserío del continente central, un líder llamado Aoz Roon. Los terráqueos pudieron contemplar cómo la determinación de seguir un camino propio había terminado por arruinar a un hombre bueno. De modo que para las nuevas generaciones, no existía tal «camino propio», sino sólo un camino común, el del trayecto de la vida, el que trazaba el espíritu comunitario.
Cuando en la Tierra aparecía la inmensa figura de Aoz Roon bebiendo agua de sus manos, veían escapársele por entre los dedos y derramarse de sus labios y barba gotas caídas hacía mil años. La comprensión humana de las generaciones pasadas había servido para que presente y pasado se fundieran en uno. Durante mucho tiempo, la imagen de Aoz Roon bebiendo de sus manos constituyó un icono popular.
Para las nuevas generaciones, imbuidas de un sentimiento de empatía hacia toda forma de vida, resultaba natural preguntarse si había algún modo de ayudar a Aoz Roon y a quienes vivían con él. No tenían noción —al contrario de las generaciones preglaciales— de lo que era la navegación espacial. Decidieron, en cambio, concentrar su empatía y emitirla hacia el exterior a través de las conchas marinas.
Fue así que la Tierra respondía por primera vez a las señales que desde Heliconia venían fluyendo ininterrumpidamente en una única dirección.
Las características de la raza humana provenían ahora de un caldo genético levemente distinto del anterior. Los herederos de la Tierra poseían una fuerte empatía, elemento que no había sido dominante en el mundo preglacial. El don de introducirse en la personalidad del otro y de compartir por simpatía su estado mental no había sido extraño a aquellas generaciones, pero su élite lo había despreciado… o explotado. La empatía no se avenía a sus intereses de explotación. El poder y la empatía no eran buenos amigos.
Ahora esta capacidad tenía en la raza una mayor presencia. Pronto se convertiría en un elemento dominante, clave para la supervivencia. Nada inhumano había en ello. En cambio, había una faceta inhumana de los heliconianos que llamaba la atención de los terráqueos. Los heliconianos conocían a los espíritus de sus muertos y comulgaban regularmente con ellos.
A la nueva raza de la Tierra no le preocupaba especialmente la muerte. Entendían que al morir eran devueltos y absorbidos por la gran madre Tierra, que reformaba sus partículas elementales para dar vida a futuros seres. Se los enterraba no muy profundamente con flores en sus bocas, simbolizando la fuerza que resurgiría de su consunción. Pero era distinto en Heliconia. Y los terráqueos estaban fascinados con la costumbre heliconiana de sumergirse en el pauk para comulgar con sus gossis, esas breves chispas de energía vital.
Asimismo, pudo observarse que la raza ancipital mantenía una relación similar con sus antepasados. Los phagors muertos se sumían en un estado de «tether» y de este modo se conservaban, consumiéndose lentamente, a lo largo de generaciones. Así, los phagors no enterraban a sus muertos.
Estas macabras prolongaciones de la existencia eran entendidas en la Tierra como formas de compensar las inclemencias extremas del clima que los seres vivos de Heliconia debían sufrir a lo largo de un Gran Año. Había, sin embargo, una clara diferencia entre los difuntos humanos y los difuntos ancipitales.
Los phagors en estado de tether constituían el soporte de sus descendientes, eran su reserva de sabiduría y ánimo, los confortaban en la adversidad. Los espíritus que los humanos visitaban en pauk eran, por el contrario, desinhibidamente malévolos. Ningún gossi se dignaba hablar si no era para abundar en reproches y quejarse de una vida echada a perder.
¿Por qué tal diferencia?, se preguntaban los nuevos cerebros.
Su propia experiencia les proporcionaría la respuesta. A pesar del temible aspecto de los phagors, se dijeron, ellos no se habían separado de la Escrutadora Original, contraparte heliconiana de la Gaia terrestre. Por eso no los atormentaban los espíritus próximos. Los humanos, en cambio, sí se habían separado, y adoraban una exagerada cantidad de dioses inútiles que sólo servían para enfermarlos. Por tanto, sus espíritus nunca llegaban a conocer la paz. Qué bueno sería para los heliconianos —afirmaban los más enfáticos de entre los terráqueos— si en los momentos de zozobra pudiesen apoyarse en sus gossis.
De tal razonamiento nació una determinación. Aquellos a quienes la fortuna había permitido gozar de la vida, elevándolos del estado molecular hasta permitirles emerger a la gran luz de la conciencia —como salmones que al remontar un arroyo alzasen repentino vuelo—, deberían radiar su felicidad en dirección a Heliconia.
En otras palabras: los vivos de la Tierra debían enviar su empatía hacia Heliconia como si de una señal se tratase. Pero no a los vivos de Heliconia. De éstos, alejados de la Escrutadora Original, ocupados en sus asuntos, en sus ambiciones y odios, no podía esperarse que fuesen capaces de recibir semejante señal. No obstante, quizá los gossis —siempre ávidos de contacto— sí respondiesen. Sumidos en una existencia carente de todo acontecimiento, suspendidos en la obsidiana en su lento naufragio hacia la Escrutadora Original, quizá fuesen receptivos al rayo de empatía que les llegaba de la Tierra. Durante toda una generación se discutió la visionaria y arriesgada propuesta.
La pregunta clave era: ¿Tenía sentido realizar semejante esfuerzo?
La respuesta fue: Incluso sí fallase, sería una extraordinaria experiencia unificadora.
Pero, ¿podíamos alentar la esperanza de llegar hasta unos seres extraños —muertos, además— y tan lejanos?
A través de nosotros, Gata podrá relacionarse con la Escrutadora Original. Por otra parte, ellos no nos son tan extraños; son semejantes. Tal vez esta asombrosa idea no sea nuestra sino de ella, de Gaia. Hemos de intentarlo.
¿Aun a pesar de la enorme distancia espaciotemporal?
La empatía es una cuestión de intensidad. Desafía al espacio y al tiempo. ¿Acaso no nos siguen apenando la imagen antiquísima de aquella Ifigenia exiliada? Intentémoslo.
¿Lo haremos?
Afín de cuentas, valdrá la pena. Confiemos en el espíritu de Gaia. De modo que lo intentaron.
Fue un esfuerzo consistente y prolongado. Dondequiera que se sentaban a contemplar, dondequiera que fuesen o viniesen calzados con sus sencillas sandalias, las generaciones vivas dejaron a un lado las cosas mundanas y radiaron su empatía hacia los muertos de Heliconia. E incluso cuando no podían resistir la tentación de incluir a los vivos, como Shay Tal, o Laintal Ay, o quienquiera que despertase en ellos un afecto particular, continuaban enviando su señal de empatía hacia quienes habían muerto largo tiempo atrás.
Con el correr de los años, la calidez de su empatía comenzó a surtir efecto. Los distintos espectros dejaron poco a poco de lamentarse y de regañar. Y los vivos que solían servirse del pauk recibieron consuelo en lugar de reproches. Era el triunfo de un amor no posesivo.