XII - KAKOOL EN PLENA SENDA

Y cuando aquel masivo espíritu humano al que hemos llamado empatía se comunicó, surcando el cosmos, con los gossis de Heliconia, ¿qué ocurrió? ¿Quizás algo insignificante? ¿O acaso algo de una magnificencia sin precedentes, algo cuánticamente diferente?

Tal vez la respuesta a esta pregunta permanezca envuelta para siempre en conjeturas; la humanidad tiene su umwelt, por más coraje que ponga en intentar ampliar el limitado universo de sus percepciones. Formar parte de un umwelt más amplio podría resultar biológicamente imposible. Pero quizá no. Admitamos, en todo caso, que, si algo de una magnificencia sin precedentes, algo cuánticamente diferente ocurrió, lo hizo en un umwelt mucho mayor que el de la mera humanidad.

Si en verdad ocurrió, se trató entonces de una colaboración, de una colaboración entre varios factores, similar, tal vez, a la colaboración forzosa entre los distintos individuos en la senda a Kharnabhar.

Si en verdad ocurrió, dejó sin duda una huella. Esa huella, ese efecto, pueden comprobarse con sólo comparar los destinos divergentes de la Tierra, residencia de Gaia, y de la Nueva Tierra, huérfana de la tutela de un espíritu biosférico…

Empecemos por el caso de la primera, en cuyo honor fue bautizada la segunda:

Se ha interpretado el intervalo entre las dos eras glaciales posnucleares como el vaivén de un péndulo. Gaia intentando regular su reloj. Una explicación demasiado simplista, puesto que la biosfera no funciona tan sencillamente como el mecanismo de un reloj. Más acertado sería decir, en cambio, que Gaia había sufrido una enfermedad casi terminal. Ahora se encontraba en plena convalecencia y era, por tanto, propensa a las recaídas.

O bien, y a fin de evitar el riesgo de personificar un proceso tan complejo, digamos que el dióxido carbónico liberado por los profundos océanos inició un período de retirada glacial. Pero al final de la fase de invernadero, con toda la biosfera y sus malheridos biosistemas luchando por reajustarse, el retomo a la normalidad experimentaría un fenómeno de desborde. El hielo regresó.

Esta vez, el frío fue menos extremo, las capas de hielo no cubrieron extensiones excesivas y su duración fue asimismo menor. El período se caracterizó por una serie de oscilaciones, comparables quizás al modo en que el péndulo de un reloj asume gradualmente una inmovilidad vertical. Fue una época incómoda para numerosas generaciones de la escasa y desperdigada raza humana. Durante la remisión de los años 6900, por ejemplo, estalló en lo que antaño fuera la India una reducida guerra, seguida de hambrunas y pestes.

¿Sería lícito comparar este conflicto trivial con la pataleta de un convaleciente?

La inquietud de aquel período se correspondió con una inquietud en el espíritu humano. Las vallas habían dejado de ser posibles. El viejo mundo vallado había muerto y jamás sería reconstruido.

«Pertenecemos a Gaia»: esa declaración llevaba implícita la comprensión de que los seres humanos no eran precisamente los mejores aliados de Gaia. Para poder ver a esos mejores aliados se necesitaba un microscopio.

En todas las épocas —y mucho antes de que aparecieran y se desarrollasen las armas nucleares— hubo quienes profetizaron fines del mundo como castigo a la maldad de los hombres. Estas profecías siempre encontraban adeptos, sin importar las veces que habían demostrado ser falsas anteriormente. El castigo era tan temido como deseado.

Con el advenimiento de las armas nucleares, y a pesar de que se las empezaba a formular en términos más laicos que religiosos, las profecías ganaron credibilidad.

Quizá debido a los esfuerzos de los gobiernos por ocultarlo, cada vez resultaba más evidente que bastaba apretar un botón para acabar con el mundo.

Llegó el momento en que ese botón fue apretado. Y llegaron las bombas.

Pero la maldad humana resultó ser demasiado débil para destruir el planeta. A la maldad se enfrentaron industriosos microbios en los que ésta apenas había reparado.

Los grandes árboles y plantas se desvanecieron. Los carnívoros, incluido el hombre, desaparecieron de escena por un tiempo. Eran superfluos a las necesidades del momento. Estos seres voluminosos fueron nada más que las superestrellas del drama terráqueo. Pero los dramaturgos seguían vivos. Debajo del suelo, en los lechos marinos de las plataformas continentales, una densa vida microbiana, ajena a la radiación atómica o ultravioleta, mantenía en cartel la historia de Gaia. Los ecosistemas de la vida unicelular estaban reconstruyendo la vida. Ellos eran el pulso de Gaia.

Gaia se regeneró, y la humanidad cumplió una función en esa regeneración. Un salto cuántico de conciencia afectó al espíritu humano.

Así como la naturaleza había producido una entidad distinta, otro tanto sucedía con la conciencia. Ya no era posible pensar o sentir por separado; ahora sólo existía el sentipienso empalico: cabeza y corazón fundidos.

Una de las reacciones inmediatas fue la desconfianza hada el poder.

Hubo gente que comprendió lo que el ansia de poder, en todas sus formas, había provocado en el mundo. Pero ese soplo helado se desvaneció de las mentes. La humanidad adquirió un verdadero estadio de madurez,, y fue capaz de vivir y de disfrutar de manera adulta. Al mirar alrededor, hombres y mujeres ya no se preguntaban: «¿Qué podemos extraer de estas tierras?», sino: «¿Cuál es la mejor experiencia que podríamos extraer de ellas?» Acompañaron a esta nueva conciencia lazos menos interesados pero muy superiores en número, nuevos lazos y relaciones por doquier. La antigua estructura familiar se disolvió en núcleos superfamiliares, y toda la humanidad se convirtió en un superorganismo de relajada trama. Desde luego, esto no ocurrió de un modo instantáneo, ni le ocurrió a todo el mundo. Hubo quienes no pudieron metamorfosearse. Sin embargo, sus genes eran recesivos y sus cepas se irían extinguiendo. Eran los insensibles en un mundo de nuevas empatías. Eran los únicos que no sonreían.

Con el paso de las generaciones, la nueva raza podría reconocerse como la conciencia de Gaia. Era como si los ecosistemas de vida unicelular tuviesen una voz con la que expresarse; como si, en cierto sentido, la hubiesen inventado.

Entretanto, la convalecencia de la biosfera seguía su curso. Mientras la humanidad evolucionaba, un tipo de ser totalmente nuevo veta la luz.

Muchas familias de seres habían desaparecido para siempre. La faja de bosques tropicales, con la amplía variedad de organismos que albergaba, había sido borrada del ecuador por el holocausto nuclear. Sus frágiles suelos se habían perdido en los océanos y ya no podrían recuperarse. Por tanto, una forma sorprendentemente diferente vino a ocupar parte del espacio vacante.

Esta nueva forma no nacería de los océanos, sino de las nieves y de los hielos árticos. Se alimentaba de radiación ultravioleta y comenzó a desplazarse hacia el sur a medida que los glaciares se replegaban en dirección contraria.

Los primeros hombres que tropezaron con esa forma no podían creer en lo que veían.

Lentamente, blancos poliedros avanzaban. Algunas de las formas no eran mayores que tortugas gigantes; otras alcanzaban la estatura de un hombre. Presentaban varias aristas pero ningún rasgo distintivo. Ningún órgano motriz. Ni brazos ni tentáculos. Ningún tipo de boca u otro orificio. No tenían ojos, oídos, apéndices de ninguna clase. Eran meros poliedros blancos. Algunas aristas parecían tal vez menos blancas que otras.

Los poliedros no dejaban huellas. Navegaban. Aunque se movían lentamente, nada podía detenerlos; muchos hombres valientes lo intentarían sin éxito. Se les llamó geonautas.

Los geonautas se multiplicaron y surcaron la Tierra.

Los geonautas se erigieron en la nueva maravilla. Pero la vieja maravilla seguía apasionando a los hombres. Todavía funcionaban en la Tierra los inmensos auditorios en forma de concha, mantenidos por androides que no habían encontrado otra ocupación mejor puesto que nadie los había programado.

En las holopantallas, la primavera del Gran Año fue desembocando en el verano mientras que en la Tierra se derretían los hielos. Todos conocían la historia de la hermosa Myrdemlnggala, llamada también Reina de Reinas. La nueva raza extraía ricas enseñanzas de aquella historia milenaria.

Eran sus espectadores. Se regocijaban del efecto benévolo que su empatía había tenido en los gossis. Pero ahora era su propio mundo el que los urgía, con una belleza fresca a la que no podían resistirse. Mil años de primavera los estaban esperando.

Pero, ¿qué había sido de toda aquella magnificencia sin precedentes, de ese algo cuánticamente distinto, de ese puente de empatía entre dos mundos? ¿Había dejado huellas visibles, rastros, señales o signos que se pudieran reconocer?

Respecto a la Nueva Tierra:

También los otros planetas experimentaron una leve mejoría. No había Madre Naturaleza en los mundos muertos de Marte y Venus; su temperatura de superficie era por lo general intolerable y sus atmósferas, ataúdes de dióxido de carbono. Sin embargo, los desafortunados colonos que se habían asentado allí, usando su ingenio y tecnología, lograron sobrevivir.

Estos Foráneos habían sucumbido a una psicosis relacionada con la Tierra. Una anosmia cósmica sofocaba a sus descendientes. Para la Tierra, ellos no regresarían jamás. Y esto los hacía sentirse despojados.

En cuanto recuperaron toda su capacidad tecnológica —digamos que era mayor su rapidez para resolver los problemas técnicos que los sociales— construyeron una nave espacial y pusieron rumbo hacía el más cercano de los planetas colonizados por la humanidad, denominado Nueva Tierra.

Fue aquella expedición exclusivamente masculina. Los hombres dejaron a sus mujeres en casa, prefiriendo como compañía a unos esbeltos robots cuyo diseño correspondía con el ideal abstracto de la femineidad. Estas perfectas imágenes metálicas eran su nuevo objeto de placer.

En Nueva Tierra había aire respirable. Su único y pequeño océano estaba rodeado por tierras desérticas e inhóspitas cordilleras. Había un astropuerto en el ecuador y, cerca, una ciudad. El astropuerto estaba en desuso desde hacía mucho tiempo, pero tampoco la ciudad había crecido; sus carreteras no llevaban a ninguna parte. La gente que habitaba la ciudad no sabía nada de ese desmesurado océano de espacio que se extendía más allá de sus tejados.

Los nuevos terráqueos eran como animales neutros. Sus espíritus habían perdido esa pizca de vitalidad, de rebelión. Carecían de aspiraciones, la inmensidad del espacio no despertaba su curiosidad, no amaban el mundo que tenían por hogar, nada en ellos se conmovía durante el alba o el ocaso. Las lenguas degeneradas que hablaban no conjugaban el condicional. El arte musical había desaparecido por completo.

Pero no había en esto nada sorprendente. Vivían en un mundo sin espíritu.

Ocasionalmente, los nuevos terráqueos visitaban las costas de su salino mar. No lo hacían como distracción o refresco sino para llenar sus carros con el kelp que producía el mar. El kelp era una de las pocas cosas vivas del planeta. Los de Nueva Tierra lo esparcían en el suelo y allí cultivaban los cereales que habían traído de la Tierra en épocas remotas.

SÍ no soñaban era porque habitaban un planeta que nunca había albergado a su propia Caía, Pero tenían un mito. Creían vivir en un gigantesco huevo, del cual el desierto era la yema y el cielo despejado el cascarón. Un día, rezaba el mito, el cielo se quebraría y caería. Entonces nacerían ellos. Tendrían alas amarillas y colas blancas y volarían a un lugar mejor, donde árboles semejantes a inmensas algas poblaban por doquier los agradables valles y donde nunca cesaba de llover. Cuando los Foráneos llegaron a Nueva Tierra, el planeta no les agradó. Volaron en expedición al planeta vecino, cuyas dimensiones, al igual que las de Nueva Tierra, eran similares a las terrestres.

Pero si Nueva Tierra era un mundo de arena, su vecino lo era de hielo.

Enviaron una sonda de observación para obtener imágenes computadorizadas de su superficie y averiguar qué había debajo del hielo.

Era un mundo prohibido. Sus glaciares engullían cordilleras enteras. Intransitables campos de nieve cubrían las hondonadas. Ni siquiera en Heliconia en lo más penetrante del invierno de su apastrón había una desolación semejante a la de aquel rígido globo.

Las fotografías de reconocimiento demostraron la existencia de océanos congelados bajo el hielo. Y aún más. Aparecían en ellas las ruinas de grandiosas ciudades y los surcos de carreteras sorprendentemente amplias.

Los Foráneos descendieron a la superficie del planeta. Bajo un campo de hielo se vislumbraban los restos de un enorme edificio. Algunos de sus fragmentos yacían desparramados en la superficie helada; otros habían sido arrastrados lejos de su origen por el glaciar. Rompiendo la gruesa capa de hielo, los hombres bajaron a un sector de las ruinas.

Uno de los primeros objetos que extrajeron fue una cabeza, tallada en un material artificial pero duradero. Era la cabeza de una criatura inhumana. Un delgado cráneo ahusado con cuatro ojos. Los ojos no tenían párpados y unas pequeñas plumas les brotaban por debajo. Un breve pico equilibraba la proyección trasera del cráneo. Uno de sus lados estaba ennegrecido.

—Es hermoso —dijo una acompañante robot.

—Quieres decir horrible.

—Pero alguna vez fue hermoso para alguien.

Calcular su antigüedad no fue difícil. La ciudad había sido destruida 3.200 años antes, en plena vorágine colonizadora de Nueva Tierra.

Todo el planeta había sido devastado por bombardeos nucleares y la raza avícola se había extinguido con él. Los Foráneos llamaron Armagedón al planeta. Permanecieron durante un tiempo en su frígida superficie, considerando qué hacer, poseídos por su melancolía.

Uno de sus líderes más poderosos dijo:

—Convengamos que hemos encontrado aquí, en Armagedón, la respuesta a una de las preguntas que abrumaron a la humanidad durante muchas generaciones.

u ¿Por qué razón no aparecían, al explorar el espacio, otras especies inteligentes? Siempre se supuso que la galaxia debía estar rebosante de vida. Y sin embargo no. ¿Cómo era que casi no había planetas como la Tierra?

»Bien, por un lado la Tierra es un lugar bastante poco frecuente, ya que se da allí una inusual serie de coincidencias. Tomemos, por ejemplo, la cantidad de oxígeno presente en su atmósfera; se aproxima al veintiuno por ciento. Si hubiese estado por encima del veinticinco por ciento, los rayos iniciarían incendios forestales constantemente, e incluso la vegetación húmeda se quemaría. En Nueva Tierra, el porcentaje de oxígeno llega a dieciocho; no hay plantas que absorban el dióxido carbónico y liberen moléculas de oxígeno. Razón de más para que los pobres diablos vivan en un sueño.

»No obstante, las estadísticas aseguran que debería haber otros planetas como la Tierra. Quizás Armagedón fuera uno de ellos. Imaginemos que una raza con una dieta amplia logra la supremacía y domina el planeta, como ocurrió en la Tierra antes de la guerra nuclear. Para ello, esa raza deberá recurrir a la tecnología, partiendo del garrote, el arco y la flecha, etc. Y dominará las leyes de la naturaleza.

»Llegará un punto en el que la tecnología habrá avanzado lo bastante como para que la raza busque otras posibilidades. Puede lanzarse al espacio o barrer a sus enemigos con armas nucleares.

—¿Y si no tiene enemigos en el planeta? —preguntó alguien.

—Entonces, los inventa. Como sabemos, la presión competitiva que genera la tecnología hace necesarios a los enemigos. Y he aquí a lo que iba. En ese punto, cuando parece madura para acceder a un nuevo modo de vida, para abandonar su confinamiento planetario, para ingresar en una senda de grandes descubrimientos, esa raza se enfrenta con la terrible y determinante pregunta: ¿Seré capaz de desarrollar las capacidades sociales internacionales que me permitirían mantener controlado mi potencial de agresividad? ¿Podré superarme a mí misma y establecer una duradera tregua con mis enemigos, de modo que podamos deshacemos de todo ese nefasto arsenal de una vez por todas?

»¿ Veis a lo que me refiero? Si la raza responde mal y no llega a aprobar el examen, destruye el planeta y con él se destruye a sí misma, y demuestra que no estaba preparada para atravesar el área vital de cuarentena que el espacio ha instalado en tomo.

»Armagedón no estaba preparado. No aprobó el examen. Y su gente se autodestruyó.

—Pero eso querría decir que nadie, en ninguna parte, está preparado, jamás nos hemos encontrado con otra raza cosmonáutica.

El líder rió:

—No estamos mas que en el umbral de la Tierra, no lo olvides. Nadie vendrá a buscamos a menos que sepa que somos de fiar.

»¿Y lo somos?

En medio de la risotada general, el líder continuó:

—Démosle una oportunidad a Armagedón. Quizá podamos poner el viejo cacharro en marcha sí damos con el botón adecuado.

Nuevas exploraciones permitieron completar la información acerca de aquel mundo. Una de sus características más notables era la existencia de un mar a una latitud bastante alta que, antes del desastre nuclear, sólo se encontraba parcialmente cubierto de hielo. Tras el holocausto, la contaminación atmosférica había enfriado la campana de aire, con lo cual el agua del mar de alta latitud estaba más caliente que el aire que la cubría. Así, el aire era calentado por debajo y la humedad presionaba hacia arriba. De ello habían resultado violentas tormentas a alta latitud, tal vez lo bastante devastadoras en sí mismas como para acabar con los eventuales supervivientes del desastre nuclear. Gran cantidad de nieve caía en el suelo de latitud medía, que en otro tiempo había sido una meseta densamente urbanizada. La ulterior glaciación había sido de tal magnitud que todavía se mantenía.

Los Foráneos decidieron arrojar parte de lo que el líder había llamado nefasto arsenal sobre el helado mar de alta latitud, intentando volver a «poner en marcha el cacharro». Pero la desolación glacial continuó siendo desolación glacial. En Armagedón, el espíritu tutelar local, el gestalt biosférico, había muerto.

Entonces descubrieron que apenas tenían combustible y decidieron regresar a Nueva Tierra y conquistarla. Sus descubrimientos en Armagedón les habían proporcionado una estrategia. Esta consistía en arrojar un único artefacto termonuclear sobre el polo norte del planeta, provocando así fuertes precipitaciones que acabarían por transformar el entorno. El mar se extendería; los zombis locales podrían ayudar, excavando canales. Podría obtenerse más kelp y tal vez se lograse oxigenar la atmósfera un poco más. El plan era prometedor. A los Foráneos, la decisión de ensayar sólo una explosión nuclear más les parecía adecuada.

De manera que subieron a su nave, dejando a Armagedón a merced de sus eones de hielo.

Los habitantes de Nueva Tierra verían hacerse realidad al menos una parte de su único mito. El cielo se resquebrajó y cayó.

¿Qué diferencias vitales se observan entre un caso y otro? ¿Por qué Nueva Tierra nunca pudo recuperarse, mientras que la Tierra volvió a florecer e incluso generó nuevas formas de vida, como los geonautas?

Cuando los terráqueos establecieron su lazo empalico con los gossis de Heliconia, un nuevo factor ingresaba en el universo. Lo supieran o no, los terráqueos estaban actuando como foco de conciencia de toda la biosfera. El lazo empalico no era en modo alguno débil. Era el equivalente psíquico de la gravedad o el magnetismo; tendía un puente entre ambos planetas.

Para decirlo de un modo más sobrecogedor: Caía se estaba comunicando directamente con su vigorosa hermana, la Escrutadora Original.

Se trataba, por supuesto, de una pura especulación. El hombre es incapaz de atisbar en los grandes umwelts que lo rodean. Pero puede enseñar a sus sentidos a rastrear en busca de evidencias. Y todas las evidencias apuntan a que Gata y la Escrutadora Original establecieron contacto a través del puente tendido por su progenie. Tan sólo nos cabe imaginar qué tipo de ondas concéntricas pudo haber causado ese contacto…, a menos que la segunda era glacial y sus propias ondas de remisión nos ofrezcan pruebas palpables de ello.

Podría suponerse entonces que la recuperación de Gaia se vio acelerada por su vivificante encuentro con un espíritu hermano en el vacío próximo.

Ahí estaban los geonautas: serenos, calmos, aparentemente amistosos, algo nuevo. ¿Por qué interpretarlos como un esperpento evolutivo y no como una inspiración nacida de una amistad viva y poderosa…?

En Heliconia, mientras tanto, los augustos procesos estacionales avanzaban sin duda a toda marcha.

En el hemisferio norte el pequeño verano estaba a punto de concluir. Las noches gélidas eran el anuncio de otras noches, más frías aún. En los ventisqueros de la cordillera de Shivenink campeaba ya la helada, y a su ley estaban sujetas las criaturas vivas que se aventuraban por allí.

Era de mañana. Una ululante tormenta de viento, congelado aliento polar, se llevaba las provisiones. El phagor y Uuundaamp estaban acoplando sus asokines. Ya habían transcurrido diecisiete días desde que abandonaran Sharagatt. Nada parecía indicar que los siguieran.

De los tres pasajeros, Shokerandit era el que mejor había aguantado el viaje. Toress Lahl se había hundido en el mutismo. Por las noches, permanecía tumbada en la tienda como si estuviera muerta. Fashnalgid apenas abría la boca, salvo para maldecir. En sus rostros castigados, sus cejas y pestañas emblanquecían de escarcha al minuto de abandonar el refugio y la helada les ennegrecía los pómulos.

El último tramo de senda discurría por encima de los seis mil metros. A la derecha, envuelta en nubes fumantes, se alzaba una sólida montaña de hielo. La visibilidad no iba más allá de unos pocos pasos.

Uuundaamp, con los ojillos alegres en la cara escarchada, se acercó a Shokerandit.

—Hoy suave marcha —gritó—. Colina abajo a través túnel. ¿Tú recuerdas túnel, jefe?

—¿Túnel Noonat? —Costaba verdadero esfuerzo hablar en la ventisca.

—Ahahá, Noonat. Noche hoy llegamos. Tomamos beber, algo comida, occhara, gumtaa.

—Gumtaa. Toress, cansada.

El ondod sacudió la cabeza:

—Pronto ella hace carne junto los asokin. No mucho folicar gumtaa no ya, ¿eh? —rió sin abrir la boca.

Shokerandit intuyó que el hombre tenía algo más que decir. Ambos se volvieron simultáneamente de espaldas a los demás, que estaban asegurando el correaje del trineo. Uuundaamp cruzó los brazos.

—Tu amigo tiene rabo crece en medio cara —dijo con una breve, huidiza mirada de reojo.

—¿Fashnalgid?

—Tu amigo tiene rabo en medio cara. Equipo no aprecia. Equipo da mucho kakool. Hace pasar mal rato. Perdemos a ese sucio en túnel Noonat, ¿ishto?

—¿Ha estado fastidiando a Moub?

—¿Festín dando? No, él mete su prodo adentro Moub la noche última. Folica la saca, ¿ishto? Ella no aprecia. Ella ya llena de 'queños Uuundaamps —rió—. Así que perdemos en túnel, ¿sabes?

—Lo siento, Uuundaamp, lo siento. Loobiss por habérmelo dicho antes, pero no smrtaa en túnel, por favor. Yo hablaré con amigo que está en Noonat. El no más folicar tu Moub.

—Jefe, mejor pierdes ese amigo. Si no, gran kakool, veo yo —rió, lanzó una torva mirada y se golpeó la frente; luego, giró de pronto sobre sus talones.

Los ondods raramente se mostraban enfadados. Pero eran traicioneros, y Shokerandit lo sabía. Uuundaamp continuó mostrándose amistoso; sin al menos una apariencia de amistad, sería imposible pretender viajar. No obstante, el ondod se había rebajado al hablarle a un humano de las penas de su mujer.

Shokerandit había sido invitado a copular con Moub. Era una regla de cortesía ondod y cualquier declinación habría infringido la ley ondod. Las leyes ondod eran sencillas y tajantes; quien las transgredía, debía morir. Si Uuundaamp había decidido perder a Fashnalgid en el túnel, de nada servía que Shokerandit intercediera.

Tanto Toress Lahl como Fashnalgid le dirigieron miradas inquisitorias desde sus enrojecidos ojos. Él no dijo nada, a pesar de la preocupación que sentía. Uuundaamp estaba siempre al acecho y detectaría cualquier intento de Shokerandit por advertir al capitán. Lo cual supondría más kakool.

La hirsuta mole de Bhryeer emergió de la oscuridad, arrastrando penosamente los pies hacia la cola del trineo, Los ojos céreos le centellearon cuando volvió un instante la cabeza para contemplar a los tres humanos. Posó la mirada morosa en Shokerandit. Era imposible interpretar la expresión del phagor.

Se sorbió secamente la mucosidad de la escarchada nariz y gritó por encima del viento:

—Equipo lizzto para partir. Tomar zzitio. Coger muy fuerte.

Harbin Fashnalgid sacó un botellín de las profundidades de su abrigo, introdujo el cuello entre sus descamados labios y tragó. Mientras lo volvía a guardar en su sitio, Shokerandit le dijo:

—Sé prudente, no bebas. Cógete fuerte, corno te han dicho.

—¡Abro Hakmo Astab! —gruñó Fashnalgid. Y con un eructo, le dio la espalda. Toress Lahl dirigió a Shokerandit una mirada suplicante. Él sacudió la cabeza con severidad, diciéndole sin hablar: «No te rindas ahora, muerde con fuerza el rabo de zorro».

Cuando ocuparon su sitio en el trineo, apenas divisaban los bultos de Uuundaamp y Moub, esta última envuelta en su chillona manta. Los perros, en cambio, no se veían. Uuundaamp levantó el largo látigo por encima de su cabeza. Ipsssssisiii. Enseguida, el primer rasguido de los patines metálicos que cortaban la nieve. El lugar en el que habían pasado la noche, marcado por las manchas amarillas de orina humana y animal, se perdió en un instante.

En menos de una hora ya bajaban hacia el túnel de Noonat. Shokerandit sintió que el miedo le atenazaba la garganta. Dejar que un ondod liquidase a un humano amigo, cualquiera que fuese la causa, también equivalía a rebajarse. Su ira se volcó tanto hacia Uuundaamp como hacia Harbin Fashnalgid. Junto a él, Fashnalgid encorvaba miserablemente la espalda. Toda comunicación había desaparecido.

Aumentó la velocidad. Avanzaban quizás a unas cinco millas por hora. Shokerandit mantenía la vista fija en el camino, frunciendo las cejas y arrugando la cara para ver mejor. Pero no había más paisaje que un gris inmutable, aunque en algún lugar, más arriba, podía adivinarse un atisbo de luz. Atrás iban quedando, espectrales y blancos, algunos árboles.

Además de los sonidos habituales, del crepitar del trineo, el silbido del látigo, las flatulencias de los perros, el crujido del hielo, la melodía del viento, otro sonido, leve pero amenazante, empezó a crecer. Era el sonido que el viento arrancaba del túnel de Noonat. Moub contestó con toques de una corneta hecha de cuerno de cabra.

Los ondods prevenían así de su presencia a los equipos que pudieran avanzar en dirección opuesta.

El atisbo de luz cenital cesó bruscamente. Habían entrado en el túnel. El phagor emitió un tosco alarido y aplicó el freno posterior para reducir la velocidad. El látigo de Uuundaamp cambió de sonido cuando éste lo hizo chasquear justo delante del hocico del perro que llevaba su nombre para que redujese a su vez la marcha.

Un viento gélido los golpeó como sí fuese un objeto sólido. Este túnel, excavado en la ladera de la montaña, era un atajo para llegar a la estación de Noonat. El camino principal, por el que transitaban el tráfico pesado o los viajeros de a pie, era algunas millas más largo pero menos peligroso. En el túnel siempre existía el riesgo de que dos trineos se encontrasen de frente, enredándose fatalmente mientras los asokines opuestos se peleaban a muerte y una sangrienta lucha a cuchillo mancillaba la oscuridad. Puesto que el túnel había sido excavado en forma casi cilíndrica, en teoría resultaba posible que dos equipos convergentes se apartasen pared arriba, sin detenerse ni tocarse; sin embargo, era una posibilidad tan remota que la mayoría de conductores solían avanzar a ciegas, aterrados, gritando a viva voz a medida que se deslizaban.

Había nueve millas de túnel. A merced de los desprendimientos de nieve y las violentas rachas de viento, el trineo se bamboleaba de un lado a otro como un barco sin timonel.

Como resultado del intento de Uuundaamp por reducir la velocidad se redoblaron las vibraciones. Fashnalgid maldijo. El conductor y su mujer se colgaron a ambos lados del trineo, clavando sus talones en la nieve para hacer más efectiva la frenada.

Bhryeer se inclinó hacia adelante y le gritó a Fashnalgid:

—Tu botella zze cae abajo.

—¿Mi botella? ¿Dónde?

Cuando Fashnalgid se asomó hacia un lado en busca del punto al que señalaba el phagor, éste le dio un duro golpe en la zona lumbar. Fashnalgid cayó del trineo con un alarido y aterrizó en cuatro patas antes de revolcarse en la nieve. De inmediato, Uuundaamp emitió un chillido agudo y fustigó a los asokines. El phagor quitó el freno trasero. Ayudado por la pendiente, el trineo se disparó hacia adelante.

Fashnalgid se había puesto de pie. Ya empezaba a desaparecer en la penumbra. Echó a correr. Shokerandit le gritó a viva voz que no se detuviera. El viento bramaba, el ondod chillaba, los patines rechinaban. Fashnalgid se estaba acercando. Cuando se puso a la par de la parte trasera del trineo, el rostro desencajado por el esfuerzo, el phagor levantó un brazo para descargarle otro golpe.

Quedar a solas en el largo túnel equivalía a una muerte segura. Otros trineos, surgiendo de la oscuridad, arrollarían al solitario. Era la smrtaa de los ondods.

Gritando al límite de sus fuerzas, Shokerandit desenfundó su revólver y voló de rodillas sobre los fardos hasta la cola del trineo. Entonces, golpeó con la culata el enorme cráneo del phagor.

—Te volaré la tapa de tu maldito córnex. —El rabo de zorro plateado cayó de su boca y desapareció.

El phagor reculó.

—Echa el freno.

Bhryeer así lo hizo, pero ya habían cobrado tanta inercia que apenas se notó, salvo por la espumarada de fina nieve que recibió en plena cara el que corría.

El conductor seguía chasqueando el látigo y chillando para espolear a los perros. Fashnalgid empezaba a perder terreno, con la boca abierta en medio del rostro desencajado y ennegrecido. Su nunca-del-todo-firme voluntad empezaba a fallarle.

—No te des por vencido —gritó Shokerandit, extendiendo su mano hacia el capitán.

Redoblando el esfuerzo, Fashnalgid aceleró sus zancadas. Sus botas repicaban en la nieve a medida que volvía a alcanzar la cola del trineo. Bhryeer continuaba apartado, decidido a evitarse problemas. El viento aulló.

Con una mano aferrada a una correa que sujetaba la tienda, Shokerandit se asomó cuanto pudo y extendió la otra. Dio voces de ánimo. Fashnalgid perdía fuerzas; el trineo cobraba velocidad. Las miradas de ambos hombres se encontraron. Sus manos enguantadas se tocaron.

—Sí —gritó Shokerandit—. Sí, salta, ahora, ¡rápido!

Cerraron sus manos en un apretón. En el preciso instante en que Shokerandit comenzaba a tirar de la mano de Uuundaamp, éste viró hacia la izquierda, obligando a los patines a escalar la pared del túnel hasta casi hacer volcar el trineo. Shokerandit perdió pie. Al caer, manoteó intentando aferrar el patín que pasaba junto a su cara. Fashnalgid tropezó con él y ambos rodaron por el suelo.

Cuando recuperaron la vertical, el trineo ya se alejaba penumbra abajo.

—¡Malditos conductores folicados! —dijo Fashnalgid, agachándose para recobrar el aliento—. ¡Animales!

—Lo hizo a propósito. Así es su smrtaa: venganza. Debido a tus monerías con la mujer. —Tenía que volverse de espaldas al viento para poder hablar.

—¿Ese hediondo barril de manteca? Él mismo dijo que ni siquiera era digna de los asokines. —Fashnalgid, doblado en dos, resoplaba.

—Así es como hablan, estúpido. Escúchame ahora, y hazlo bien. Este túnel es la muerte. En cualquier momento puede aparecer otro trineo, y en uno u otro sentido. No hay modo de detenerlo que no sea dejándonos arrollar. Si no me equivoco, aún quedan siete millas hasta la salida y será mejor que nos demos prisa en recorrerlas.

—¿Por qué no retrocedemos hasta el camino principal?

—Eso está a treinta millas. No tenemos provisiones y la noche nos sorprendería caminando. Bien, ¿vas a correr o no? Porque yo me largo.

Con un quejido, Fashnalgid se reincorporó:

—Gracias por intentar salvarme —dijo.

—Astab para ti, estúpido arrogante. ¿No podías atenerte a las reglas?

Luterin Shokerandit echó a correr. Al menos, la pendiente bajaba. Se había resentido la rodilla al caer y lo notaba ahora. Aguzó el oído, atento al paso de otros trineos, pero no oyó otro sonido que el del viento.

Los pasos de Fashnalgid retumbaban detrás de él. No miró atrás. Todas sus facultades estaban concentradas en atravesar el túnel hasta Noonat.

Varias veces estuvo a punto de desfallecer, pero se obligó a seguir. De pronto, un débil destello iluminó dos de los lados del túnel. Aliviado, se detuvo para ver de qué se trataba. Parte de la pared exterior de roca se había desmoronado; la luz del día se colaba por el hueco aunque todo lo que se podía ver eran brumas y, casi al alcance de la mano, una estalactita de hielo. Arrojó un pedazo de roca al vacío y esperó: no lo oyó caer.

Fashnalgid llegó resoplando hasta él.

—Salgamos de este agujero —dijo.

—Es roca pelada —advirtió Shokerandit.

—No importa. Bribahr está en alguna parte, allí abajo. Civilización. No como este lugar.

—Te matarás.

Cuando Fashnalgid había sacado parte del cuerpo por la abertura en la roca, una trompa lejana anunció el paso de un trineo…, un trineo que también venía del sur. Shokerandit atisbo una luz que se acercaba. Se aplastó contra el nicho natural, de espaldas a la roca quebrada, muy cerca de Fashnalgid.

Un segundo después, un largo trineo negro pasó raudo ante ellos, tirado por diez perros. Encima del conductor, una campanilla tintineaba enloquecida mente. Varios hombres iban a bordo, tal vez unos doce, todos ellos hechos un ovillo, con los rostros cubiertos para protegerse del frío.

—Militares —dijo Fashnalgid—. ¿Están siguiéndonos?

—Siguiéndote, querrás decir. ¿Qué importancia tiene? Ahora que nos han adelantado, nos será más fácil salir del túnel. A menos que te agrade saltar a un vacío de miles de yardas, vendrás conmigo.

Reanudó la carrera. Al cabo de un tiempo, sus movimientos se automatizaron. Podía sentir el golpeteo pulmonar contra la caja torácica. Su mentón se cubrió de hielo. Se le congelaron los párpados y perdió la noción del tiempo.

Cuando por fin llegó el resplandor, él lo recibió como una agresión. No lograba mantener abiertos los ojos. Aún corrió unos metros más antes de darse cuenta de que había abandonado el túnel. Casi a punto de llorar, se arrastró a un lado del camino y se apoyó en un saliente rocoso. Allí permaneció, resoplando sin parar. Dos trineos pasaron cerca, haciendo sonar sus trompas, pero él no alzó la vista.

La nieve que caía lo puso nuevamente en marcha. Se frotó la cara con ella y escudriñó el entorno. La luz parecía más brillante. El viento había amainado. Las nubes mostraban claros. A escasa distancia de allí, alguna gente iba y venía envuelta en mantas, fumando veronikanes. Una mujer compraba algo en un tenderete. Un anciano encorvado conducía un rebaño de ovejas astadas calle abajo. En un cartel de bienvenida se podía leer hospedaje de peregrinos: Ondods no. Había llegado a Noonat.

Noonat era la última parada antes de Kharnabhar. No era más que un alto en la espesura, un sitio donde repostar los equipos de tiro. Pero tenía algo más que ofrecer. La senda entre Kharnabhar, Sharagatt Norte y Rivenjk seguía el trazado de la cordillera, aprovechando así toda la protección que las montañas ofrecían contra los vientos polares. Pero Noonat era asimismo una encrucijada. La ruta que desde allí partía hacia el oeste atravesaba los grandes saltos de agua, los valles y mesetas de la cadena occidental hasta internarse finalmente en las llanuras de Bribahr. Aquellas llanuras se encontraban más lejos de Noonat que Kharnabhar pero mucho más cerca de Rivenjk.

La hostilidad entre Uskutoshk y Bribahr quedaba reflejada en la gran cantidad de uniformes militares visibles en Noonat y en la presencia de un importante edificio de madera que se estaba construyendo de cara al oeste. Shokerandit estaba demasiado exhausto para ocuparse de sí mismo. Tuvo, al menos, la presencia de ánimo suficiente como para rodear la saliente que lo había protegido y seguir a duras penas un sendero colina arriba hasta llegar a un refugio de piedra para cabras. Se unió a los animales y cayó dormido.

Al despertar se sintió mejor y lamentó el tiempo que había perdido. Más que saber de Fashnalgid, le urgía encontrar a Toress Lahl y lograr que el trineo siguiese senda arriba hasta Kharnabhar. Una vez allí, sus problemas se habrían resuelto.

Desordenada, Noonat se extendía a sus pies. Sus pobres viviendas se aferraban a la ladera de la montaña como abrojos al flanco de una res. La mayoría de ellas aprovechaba las características del eldawon, un árbol de múltiples y delgados troncos que ofrecían amparo y a veces rodeaban las viviendas por varios de sus lados. Además, como la madera usada para la construcción era asimismo la de eldawon, resultaba difícil distinguir habitáculos de plantas.

Las cabañas se agazapaban aquí y allá, unidas entre sí por senderos transitados por humanos, ganado y aves de corral. Adoptaban una disposición escalonada, de manera que el umbral de una casa coincidía con la chimenea de la otra. Del mismo modo, un tejado acababa donde empezaba el huerto vecino. Cada hogar contaba con su montón de leña. Algunos montones se apoyaban en las casas, algunas casas en los montones. Ocupados con sus hachas, numerosos leñadores se dejaban oír, engrosando ya el número de montones como el de hogares.

Durante un breve lapso, el aire despejado poseyó la brillantez única de las altas cotas de montaña. En los prados rocosos, los niños remontaban cometas en lugar de atender a las cabras y ovejas que pastoreaban.

Una comitiva de peregrinos acababa de llegar a pie de Kharnabhar. Sus voces llenaban el aire diáfano. La mayoría llevaba la cabeza rapada y algunos iban descalzos a pesar de la espesa y dura nieve que cubría el suelo. Los había de todas las edades; había incluso una anciana amarillenta a la que portaban en un sillón de mimbre al que le habían acoplado un par de travesaños. Unos pocos comerciantes locales los miraban con atención aunque sin especial interés. A este lote ya lo habían esquilmado en su paso camino al norte.

Puesto que conocía la ruta, Shokerandit sabía que Uuundaamp estaba obligado a detenerse en Noonat. Él y Moub descansarían, y los asokines serían separados y alimentados, con doble ración para Uuundaamp, su líder. Trineo y arreos debían ser reparados adecuadamente si los ondods pretendían cubrir la última etapa hasta Kharnabhar. Además, ¿qué harían con Toress Lahl?

Matarla, no. Era demasiado valiosa. Podían venderla como esclava que era, aunque pocos humanos comprarían una esclava humana a un ondod. Los ancipitales, sin embargo… Preocupado por ella, olvidó a Fashnalgid.

A pesar de que por lo general era infrecuente encontrar ancipitales en Sibornal, aquellos que lograban escapar de la esclavitud solían buscar refugio en Shivenink, donde la extrema dureza de la cordillera les ofrecía un hábitat afín. Puesto que habían sufrido la esclavitud en carne propia, eran bastante propensos a utilizar esclavos humanos. En cuanto desapareciese en la vastedad de las colinas con ellos, Toress Lahl estaría perdida para la humanidad.

Usando los senderos traseros de las casas, Shokerandit recorrió todo el pueblo. En las afueras, llegó a una empalizada. Furiosos ladridos surgieron del otro lado en cuanto se aproximó. Adentro había asokines de tiro, tanto amarrados por separado como enjaulas. Al verlo aparecer, se lanzaron hacía él hasta donde lo permitían sus cadenas o alambradas.

No cabía duda: aquélla era la casa de postas. Ahora la recordaba mejor. La última vez que había estado allí nevaba y no se distinguía nada a más de un metro de distancia. Unos cincuenta asokines medio enloquecidos de hambre aguardaban en aquel corral. Intentando no provocarlos aún más, avanzó con cautela por uno de los lados.

La casa de postas era el último edificio al norte de Noonat. Un grito indicó que lo habían avistado, aunque no pudo ver a nadie. Los ondods eran demasiado cautos para dejarse pillar por sorpresa.

De pronto, tres de ellos aparecieron de la nada con sus látigos en la mano. Sabiendo con qué precisión los manejaban, se detuvo y trazó en su frente la señal de la paz.

—Quiero a mi amigo Uuundaamp, dadle loobiss. Habladle loobiss, ¿ishto?

Hoscos, los ondods no se movieron.

—No vemos Uuundaamp. Uuundaamp no quiere loobiss junto contigo. Gorda señora de Uuundaamp mucho kakool.

—Lo sé. Traigo ayuda —dijo él—. Moub ya parió, ¿ahahá?

Con reticencia, lo dejaron pasar. Supuso que podía tratarse de una trampa y se prometió mantenerse alerta.

Junto a la entrada de la casa, similar a un granero, los ondods se agruparon, hicieron una pausa e intercambiaron ceñudas miradas. Le indicaron que entrase. El interior, en penumbras, no era precisamente acogedor. Olía a occhara.

Lo empujaron por detrás y cerraron la puerta de golpe.

Corrió hacia adelante y se zambulló en el suelo. Un segundo después, la afilada lengua de un látigo le rozaba el hombro. Rodó hacia la pared lateral.

Un rápido vistazo le permitió distinguir a Moub, que, a excepción de los pechos, envueltos en la manta que le había regalado, yacía desnuda sobre un tablero con las piernas abiertas. Toress Lahl estaba agazapada encima de ella, aunque atada a la altura del brazo, lo que le permitía mover las manos con libertad. En la pared opuesta a la de Luterin, tres phagors desastados permanecían inmóviles; uno de ellos sostenía el extremo de la cuerda que amarraba a Toress Lahl. Uuundaamp, el perro líder de Uuundaamp, estacado en medio del granero, arrojaba salvajes dentelladas al aire en un inútil intento de morder la más mínima porción de Shokerandit.

Y seguramente Uuundaamp —ya que el granero tenía estrechos ventanucos— lo había visto u oído aproximarse. Con la habilidad que caracterizaba a los de su raza, se había subido de un salto al dintel de la puerta y allí continuaba, en guardia, dispuesto a descargar nuevamente su látigo. Sonreía sin asomo de alegría.

Shokerandit empuñaba su arma. Se cuidó, sin embargo, de apuntarla hacia el ondod, un gesto que habría provocado tanto a Uuundaamp como a los phagors; tampoco serviría de nada, teniendo en cuenta el estado mental de Uuundaamp, amenazar a Moub.

Shokerandit dirigió el cañón del arma hacia el perro.

—Te mato el perro, acabado, gumtaa, ¿ishto? Tú bajas aquí, buen chico, sueltas látigo. Tú vienes aquí, chico, tú, Uuundaamp. Si no, perro tendrá mucho kakool en un segundo, ¡rápido!

Mientras hablaba, Shokerandit se levantó, siempre apuntando el arma con ambas manos hacia la garganta del enfurecido can.

El látigo cayó a tierra. Uuundaamp bajó de un salto. Sonrió. Se inclinó, tocándose la frente.

—Mi amigo, tú caes de trineo en túnel. No gumtaa. Yo mucho preocupa.

—Tendrás un perro muerto si me vienes con ésas. Desata a Toress Lahl. ¿Estás bien, Toress?

Con voz temblorosa, la mujer respondió:

—He traído bebés al mundo otras veces, y aquí viene uno. Pero me alegro de verte, Luterin.

—¿Qué demonios ocurre aquí?

—Los phagors iban a hacer algo por Uuundaamp; a cambio, me tendrían a mí. He estado aterrada pero sigo intacta. ¿Y tú? —La voz le volvió a temblar.

Los phagors no se movieron. Mientras la desataba, Uuundaamp dijo:

—Señora está mucho guapa, ahahá. Peludo él aprecia mucho…, dale oportunidad, ¿ishto? No daña. —Rió. Shokerandit se mordió el labio: el ondod necesitaba salvar la honra. Prácticamente arruinados, estaban obligados a confiar en él si querían que los llevara a Kharnabhar.

Pero una vez libre, Toress Lahl le dijo a Uuundaamp:

—Tú muy amable. Cuando tu bebé nace, yo compro pipas occhara para ti y Moub, ¿ishto?

A Shokerandit le maravilló su frialdad.

Uuundaamp sonrió y silbó a través de los clientes:

—¿Compras pipa adicional para bebé también? Yo fuma tres pipas misma vez.

—Ahahá, si sacas de aquí estos brutos peludos mientras hago parto. —Su rostro estaba blanco pero ya no le temblaba la voz.

No obstante, Uuundaamp todavía no se daba por resarcido.

—Tú das dinero ahora. Moub va compra tres pipas occhara ahora. Mejor dejar Noonat antes es oscuro.

—Moub roto aguas, ya sale niño.

—Bebé no sale quizá falta veinte minutos. Ella va compra rápido. Humo ayuda parto. —Golpeó las palmas de sus manos de ocho dedos y rió una vez más.

—El bebé casi colgando fuera.

—Esa mujer saca perezosa —dijo, agarrando a Moub del brazo. Ella se enderezó sin chistar. Toress Lahl y Shokerandit se consultaron con la mirada. El asintió y ella extrajo entonces algunos sibs que ofreció a la parturienta. Moub se enfundó por completo en la manta roja y amarilla y, sin una sola queja, abandonó el granero con andar de pato.

—No te muevas —dijo entonces Shokerandit. Toress Lahl se sentó en el tablero manchado por las aguas de Moub. El perro líder, mostrando la inquieta lengua roja, se sentó sobre sus patas traseras. A una señal de Uuundaamp, los phagors se encaminaron hacia el fondo del granero, del que salieron por una puerta desvencijada. Fuera, junto a la jaula de los perros,, estaba, intacto, el trineo de Uuundaamp. —¿Dónde tu amigo con rabo crece en cara? —preguntó Uuundaamp con aire inocente.

—Lo perdí. Tu plan no funcionó.

—Ja, ja. Mi plan funciona perfecto. ¿Todavía quieres ir Kharber?

—¿No vas hacia allí? Te he pagado, Uuundaamp.

Uuundaamp abrió sus manos en señal de franqueza, enseñando dieciséis relucientes uñas negras.

—Si tu amigo avisa policía, no gumtaa. Difícil para mí. Ese hombre malo no entiende ondod como tú. El busca smrtaa. Mejor partimos rápido, ishto, no bien la saca escupe babé por su parte abajo.

—De acuerdo. —Discutir no tenía sentido. Luterin guardó el arma en el bolsillo. La aparente amistad de los días anteriores podía darse por reanudada.

Se miraron fijamente el uno al otro mientras el asokin esperaba, atado a su correa. Entonces, con pasos breves, entró Moub, todavía envuelta en la manta. Entregó dos de las pipas a Uuundaamp y volvió a ocupar su sitio en el tablero, junto a Toress Lahl. La tercera pipa humeaba en su boca.

—Babé ahora viene. Gumtaa —dijo. Y un pequeño varón ondod nació al mundo sin requerir especial ayuda. Cuando Toress Lahl lo levantó, Uuundaamp asintió con la cabeza y acto seguido dio media vuelta. Escupió hacia un rincón del granero.

—Niño. Es bueno. No como niña. Niño hace mucho trabajo, pronto puede folicar, quizás antes un año.

Moub se sentó, riendo:

—Tú no sabes bien folicar, tú, condenado imbécil, Este niño pertenece a Fashnalgid.

Ambos estallaron en carcajadas. Él se le acercó para abrazarla. Se besaron una y otra y otra vez.

Hasta tal punto acaparó esta escena la atención de todos que no percibieron los silbidos de alarma que llegaban de afuera. Tres policías con sus rifles montados entraron al granero directamente desde la calle.

Su jefe dijo fríamente: —Tenemos órdenes de captura contra todos vosotros. Uuundaamp, tú y esa mujer tenéis varios asesinatos de qué responder. Luterin Shokerandit, te hemos seguido desde Rivenjk. Se te acusa de complicidad en un atentado explosivo contra un teniente del ejército y de la muerte de un soldado en acto de servicio. También de una falta de deserción. En consecuencia de lo cual, tú, Toress Lahl, esclava, eres asimismo culpable de huir. Estamos autorizados a ejecutaros de inmediato, aquí mismo, en Noonat.

—¿Quiénes, estos humanos? —dijo Uuundaamp, señalando indignado a Shokerandit y Toress Lahl—. Yo no los veo antes. Vienen aquí hace un minuto, trayendo mucho kakool.

Sin hacer caso de esta interrupción, el jefe se dirigió a Shokerandit:

—Tengo órdenes de disparar si intentáis escapar. Arroja las armas que lleves. ¿Dónde está el que te acompañaba? También lo buscamos a él.

—¿De quién hablas?

—Lo sabes muy bien. De Harbin Fashnalgid, otro desertor.

—Estoy aquí —dijo una voz inesperada—. Tirad los rifles. Puedo dispararos y vosotros a mí no, de modo que ahorraos los trucos, Contaré hasta tres y empezaré a disparar al estómago. Uno. Dos.

Los rifles cayeron al suelo. Para entonces, ya habían visto asomar el revólver a través de uno de los ventanucos.

—Recoge los rifles, pues, Luterin. Despierta, vamos.

Shokerandit tuvo que deshelarse para reaccionar. Fashnalgid entró por la puerta trasera en medio del alboroto canino.

—¿Cómo has hecho para aparecer de manera tan providencial? —preguntó Toress Lahl.

Fashnalgid frunció el entrecejo:

—Del mismo modo que estos monigotes, supongo. Siguiendo esa inconfundible manta amarilla y roja. No tenía idea de dónde podíais estar. Habréis notado que me he iniciado en el disfraz.

Lo habían notado. Fashnalgid se había afeitado el enorme mostacho y llevaba el pelo corto. Hablaba sin dejar de apuntar profesionalmente al policía.

—Rifles traen mucho dinero —sugirió Uuundaamp—. Cortamos estos hombres garganta primero, ¿ishto?

—Deja eso, pequeño comerroña. Si el peludo tuyo estuviera aquí, lo tumbaría. Por suerte no es así, porque esto está infestado de policías y soldados.

—Será mejor desaparecer, y pronto —dijo Shokerandit—. Excelente sincronización, Harbin. Quizás hasta llegues a ser un buen oficial. Uuundaamp, si nos ocupamos de estos policías, ¿podéis tú y Moub enganchar los perros a toda prisa?

El ondod se puso en marcha de inmediato. Hizo que las dos mujeres entraran el trineo al granero y engrasasen los patines, insistiendo en que era imprescindible. Entretanto, los tres policías fueron obligados a permanecer con los brazos en alto y los pantalones enrollados a la altura de los tobillos. Todo el mundo se apartó cuando el perro líder fue desestacado y enganchado a los arreos junto con los otros siete asokines, cada uno en su sitio correspondiente. Uuundaamp, concentrado en su trabajo, iba insultando cariñosamente a cada uno con un tono diferente.

—Date prisa, por favor —dijo en una ocasión Toress Lahl, incapaz de reprimir su nerviosismo.

El ondod se sentó en el tablero donde su mujer acababa de dar a luz.

—Sólo 'queño descanso, ¿íshto?

Esperaron, inmóviles, a que su honor se hallara satisfecho. Cuando inspeccionaba metódicamente los arreos, algo de nieve entró por la puerta trasera.

Oyeron gritos y silbatos que venían de la calle. Alguien había echado en falta a los tres policías.

Uuundaamp recogió su látigo.

—Gumtaa. Vamos ahora. Aseguraron velozmente los rifles bajo las correas del trineo al tiempo que montaban en él. Uuundaamp arreó a Uuundaamp y el trineo empezó a deslizarse. En ese momento, los tres pulirías se pusieron a gritar a voz en cuello y otras voces, no muy lejanas, les respondieron. El trineo derribó la puerta trasera.

Afuera, furibundos asokines embestían contra las mallas de alambre de sus jaulas. Uuundaamp se incorporó, preparó el látigo y lo descargó hacia la puerta de la jaula. Una gruesa cuña de madera la trababa, manteniéndola cerrada. La punta del látigo se enroscó en la cuña al paso del trineo y destrabó la tranca.

Bajo el peso de las embestidas, la puerta de la jaula cedió y las bestias se abalanzaron hacía la libertad como un torrente de pelos y colmillos. Entraron al granero y lo arrasaron, arrancando espeluznantes alaridos a los policías.

El trineo cobró velocidad; los patines atravesaban a los saltos el terreno irregular, virando una y otra vez. Uuundaamp gritaba sus órdenes y empleaba con increíble destreza el látigo, azuzando a un perro distinto con cada chasquido. Su brazo, incansable, se movía sin cesar. Los pasajeros se agarraban como podían. A medida que ganaron la ladera y se deslizaron al encuentro de la senda del norte, los ladridos y los alaridos de dolor fueron perdiendo intensidad.

Shokerandit miró hacia atrás. Nadie los seguía. Continuaban llegando, a través de la nieve, débiles ecos de la barahúnda perruna. Luego, la ruta trazó una curva. Toress Lahl lo llamó. Bajo un brazo, arropado en un revoltijo de harapos sucios, acunaba al recién nacido, que la miró, enseñándole sus afilados dientecillos de bebé.

Una milla después, Uuundaamp redujo la marcha y dobló.

Apuntó a Fashnalgid con el mango del látigo.

—Tú, hombre kakool. Tú salta. No apreciamos.

Fashnalgid no articuló palabra. Miró a Shokerandit con una mueca en la cara. Luego, bajó. Unas pocas yardas más allá, su figura desaparecía bajo una cortina de nieve. Sus últimas palabras les llegaron muy apagadas:

—¡Abro Hakmo Astab! —La terrible maldición.

Uuundaamp se volvió para escudriñar la senda.

—¡Kharber! —gritó.

Tras evitar pasar por Noonat mediante un rodeo, Fashnalgid se cruzó con un grupo de peregrinos bribahrenses que regresaban de Kharnabhar camino de casa por los serpenteantes senderos que bajaban hacia los valles occidentales. Se había afeitado el bigote para pasar inadvertido y estaba decidido a perder todo contacto con el mundo.

No había acompañado a los peregrinos más de veinticinco horas cuando se encontró con otro grupo que ascendía desde Bribahr. Éstos contaban tantos horrores que Fashnalgid se convenció de que iba en la dirección equivocada. Aunque quizá ya no existieran las direcciones acertadas.

Según los refugiados, la Décima Guardia del Oligarca había descendido sobre el Gran Valle Hendido de Bribahr con órdenes de tomar o destruir las dos grandes ciudades de Braijth y Rattagon.

La mayor parte del valle hendido estaba bañado por las aguas azul cobalto del lago Braijth. En medio del lago había una isla sobre la que se alzaba una antigua e inmensa fortaleza. Era la ciudad de Rattagon. No había otra manera de atacarla que no fuera por agua. Cada vez que un ejército pretendía cruzar el lago, lo abatían las baterías emplazadas en las torvas murallas de la ciudad.

Bribahr era el granero de Sibornal. Sus fértiles llanuras llegaban hasta las zonas tropicales. Al norte, limitando con las capas de hielo, se extendía la franja de tundra, orlada por millas y millas de bosques caspiarneos, capaces de soportar incluso las inclemencias del Invierno Weyr.

Bribahr tenía una población eminentemente campesina. No obstante, en las ciudades de Braijth y Rattagon se había hecho fuerte una élite guerrera que había amenazado temerariamente la Ciudad Santa de Kharnabhar. Braijth reclamaba una mayor porción de la prosperidad de Sibornal, alegando que los granjeros de Bribahr recibían de Uskutoshk muy poco a cambio de su grano. En un intento de presionar a la Oligarquía, habían avanzado tentativamente hacia la Sagrada Kharnabhar, a la que podían acceder desde sus praderas.

Como respuesta, Askitosh había enviado un ejército, que ya había tomado Braijth.

Ahora, la Décima se había desplegado a orillas del lago Braijth y, con los ojos puestos en Rattagon, esperaba. Y sufría hambre. Y frío.

Las primeras heladas del breve otoño habían llegado. También el lago empezó a helarse.

Llegaría un momento, y los rattagoneses lo sabían, en que el hielo sería lo bastante firme como para soportar el peso de un ejército. Todavía no. Por ahora, cualquier cosa más pesada que un lobo lo resquebrajaba. Quizá dentro de un décimo el hielo aguantaría el peso de una patrulla. Para entonces, sin embargo, el enemigo estacionado en la orilla habría emprendido la retirada, acuciado por el hambre. Los rattagoneses conocían bien a su lago.

Para ellos, en cambio, el hambre no constituía un problema irresoluble. El antiguo valle hendido presentaba numerosas fallas. Por una de ellas corría un túnel bajo el lago hasta la costa noroccidental. Era un paso de difícil acceso, con el agua siempre a la altura de la rodilla, pero les permitía abastecerse de alimentos. Los defensores de Rattagon se podían dar el lujo de esperar; ya lo habían hecho anteriormente en tiempos de crisis.

Cierta noche, mientras Freyr se perdía tras los densos vendavales de nieve que soplaban desde el norte, la Décima puso en marcha un plan desesperado.

Si el hielo del lago podía ser transitado por lobos, también podrían transitarlo hombres que remontasen cometas de tal modo que éstas soportasen parte de su peso, volviéndolos tan ligeros como lobos y no menos feroces.

Los oficiales levantaron el ánimo de sus hombres con historias de las voluptuosas mujeres rattagonesas, que mantenían calientes las camas de sus maridos mientras éstos montaban guardia en las murallas.

El viento sopló, recio e infatigable. Las cometas, henchidas, alzaron de los hombros a los soldados, que, valerosos, corrieron por la helada y frágil superficie. Con no menos valor, llegaron, ligeros, hasta los grises muros de la ciudad.

Al otro lado, hasta los centinelas dormían, acurrucados en cualquier recoveco para guarecerse de la tormenta. Murieron sin un grito.

Los voluntarios de la Décima cortaron las cuerdas de sus cometas y corrieron hasta el torreón central. Allí asesinaron al comandante de la guarnición en pleno sueño.

Al día siguiente, el pabellón de la Oligarquía flameaba sobre Rattagon.

Esta tremebunda historia, narrada con gran dramatismo en torno a los fogones nocturnos, persuadió a Harbin Fashnalgid de la conveniencia de regresar a Noonat y buscar el modo de ir hacia el sur.

Siempre resulta doloroso dejarse atrapar por la historia, se dijo a sí mismo, y aceptó la botella que pasaba de un peregrino a otro.