XV - DENTRO DE LA RUEDA

Los geonautas fueron los primeros sistemas vivos de la Tierra carentes de células y, por tanto, independientes de las bacterias. Constituían un corte radical con respecto a todas las formas de vida anteriores, incluidas aquellas increíbles edificaciones genéticas que eran los humanos.

Tal vez Gata había inclinado su metafórico pulgar hacia abajo, condenando a la humanidad. Los hombres habían demostrado ser más una amenaza que un mero componente de la biosfera. Quizá ya estuvieran obsoletos, o fuese hora de unirlos a algo superior.

De cualquier modo, los poliedros blancos estaban ahora por todas partes y en todos los continentes. No parecían dañinos. Sus maneras resultaban tan inescrutables como las de los reyes para los gatos, o las de los gatos para los reyes. Sin embargo, emitían energía.

No era el tipo de energía que la humanidad había utilizado durante siglos, y que había llamado electricidad. Los humanos bautizaron esta nueva energía como egonicidad, tal vez en memoria de la otra.

La egonicidad no se podía generar. Era una fuerza que fluía sólo de los mayores poliedros blancos cuando estaban a punto de replicarse o pensaban en ello. No obstante, podía ser percibida. Se la percibía como un tenue sonido melodioso en el hipogastrio o zona hora. Un sonido que ningún instrumento fabricado por los humanos posglaciales era capaz de reproducir.

Los humanos posglaciales eran itinerantes. Ya no deseaban poseer tierra sino sentirse poseídos por ella. El antiguo universo vallado había muerto para siempre.

Dondequiera que fueran, iban caminando. Y pronto comprendieron que lo más sencillo era seguir al geonauta adecuado. La humanidad conservaba aún su antigua ingenuidad, así como su destreza manual. Al cabo de varias generaciones, un grupo de hombres descubriría un método capaz de emplear la egonicidad suficiente como para desplazar un carro pequeño. Pronto, el mundo se llenó de pequeños carros moviéndose lenta, trabajosamente, delante de un geonauta.

Cuando el geonauta se replicaba, liberando un torrente de minúsculos poliedros como papeles al viento, la egonicidad cesaba y los ocupantes del carro tenían que empujarlo en busca de una nueva fuente.

De todos modos, esto fue sólo el principio y con el tiempo el sistema se iría perfeccionando.

La raza humana, en número muy inferior al de eras anteriores, desarrolló en su deambular por la nueva Tierra una dependencia de los geonautas cada vez mayor.

Ya nadie trabajaba como antaño, doblado en dos sobre los arrozales o desenterrando patatas del lodo. No es que no se cultivaran vegetales, pero era algo que, en todo caso, se hacía por placer; el fruto de esta labor sería disfrutado por otros, ya que quienes la habían iniciado estarían lejos para entonces, aunque no demasiado: la gente se movía a un promedio de una milla diaria. La egonicidad no era precisamente una fuente de energía violenta.

Nadie trabajaba sentado ante un escritorio. Los escritorios se habían extinguido.

Podría suponerse que estos individuos vivían una vacación permanente, o que habitaban una versión relativamente espartana del Jardín del Edén. No era así. No hacían otra cosa que trabajar, día y noche. Se trataba, no obstante, de un trabajo muy específico. Ellos lo llamaban repensamiento.

Las tormentas de radiactividad que siguieron a la guerra nuclear los había dejado en el umbral del caldo genético. La supervivencia humana se decantaría cada vez más por aquellos con nuevas conexiones en los senderos neurales de sus cerebros. El neocórtex había sufrido, para ponerlo en términos geológicos, un desarrollo precipitado. Si bien funcionaba bien en condiciones normales, en momentos de tensión se veía sobrepasado por la emotividad. En la era prenuclear, esta deficiencia fue considerada como norma, a veces hasta deseable. La violencia era contemplada como solución aceptable a una serie de problemas que, de no haber habido violencia en el ambiente, jamás habrían surgido.

En los nuevos y pacíficos tiempos, en cambio, la violencia no era bien recibida. Se la consideraba una falla, jamás una solución. Con el tiempo, el neocórtex fue desarrollando mejores conexiones con las restantes partes del cerebro. La humanidad empezaba por primera vez a conocerse a sí misma.

Estos humanos itinerantes consideraban que estaban de vacaciones. Así son los insondables caminos por los que Gaia conduce la evolución. Encontraban placer precisamente en aquellas actividades que mejoraban su especie, y no había mayor felicidad para una pareja que dar a luz a niños capaces de ejercitar con más brillantez el deporte del repensamiento.

Buscaban sobre todo profundizar en las estructuras de la conciencia humana. Mientras rastreaban las guías maestras que hasta entonces habían conformado la historia de la humanidad, se sentían guiados a la vez por lo que ocurría en Heliconia. Los archivos de la historia terrestre previa al holocausto nuclear habían sido destruidos casi por completo; tan sólo se había podido rescatar de las ruinas uno o dos alijos de información. Pero Heliconia y su gente parecían presentar una sorprendente afinidad con la pasada realidad de la Tierra.

¿Cómo no ver el paralelismo entre aquellos terráqueos tan temerosos de su propia naturaleza violenta, atrincherados detrás de muros, armamentos y rígidas leyes, y el joven heliconiano que había matado a su padre? La agresión y el asesinato habían constituido una vía de escape al sufrimiento: de hecho, la muerte del planeta había sido obra de sus hijos más dilectos.

Si bien no debía haber nadie en el planeta que no hubiese oído hablar de la Gran Rueda de Kharnabhar, muy pocos la habían visitado. Y nadie la conocía en su totalidad. La Gran Rueda estaba bajo tierra, enterrada en el corazón del monte Kharnabhar. Construida por los Arquitectos, nadie después de ellos había podido emular siquiera su labor.

Nada se sabía de los Arquitectos de Kharnabhar salvo que habían sido hombres muy devotos, de aquellos que creen que la fe puede mover mundos enteros. Se habían dedicado a construir una máquina de piedra que fuera capaz de devolver a Heliconia, a través de la oscuridad y el frío, al cálido puerto del favor del Dios Azoiáxico. Hasta entonces, la máquina siempre había funcionado.

El combustible que la movía era la fe, y la fe estaba en el corazón de la gente.

A lo largo de los siglos, el mecanismo para entrar a la Rueda había permanecido invariable. Tras una ceremonia preliminar realizada a las puertas del túnel, el recién llegado era conducido abajo por unas amplias escalinatas que se curvaban en dirección a la montaña. Quemadores de biogás iluminaban el camino. Al final de las escalinatas había una cámara en forma de embudo cuya pared más distante formaba parte de la misma Rueda. El recién llegado era ayudado a entrar o, según cuan consciente estuviera, empujado dentro de la celda que aparecía al fondo. Al rato, con un sacudón, la Rueda empezaba a rotar. Lentamente, el ocupante de la celda reemplazaba la visión del mundo exterior por la de una pared de roca. El mundo exterior desaparecía de su vista. Ahora el ocupante se encontraba solo…, sin contar a los ocupantes de todas las celdas cercanas, a los que no vería durante su periplo en la Rueda.

Luterin Shokerandit no se diferenciaba mucho de los demás ocupantes de la Rueda. Muchos otros habían buscado refugio allí. Los había habido santos, y también pecadores.

Al principio, el plan de los Arquitectos fue seguido fielmente por la Iglesia. Nunca faltaban voluntarios dispuestos a remar para que la Gran Rueda surcase el firmamento hasta alcanzar su destino junto a Freyr. Pero cuando por fin regresaron los largos siglos de luz, cuando Sibornal volvió a ver la luz del día, la fe declinó. Cada vez resultaba más difícil atraer a los fieles, convencerlos de penetrar en las tinieblas.

La Rueda habría llegado, pues, a un punto muerto de no haber venido el Estado en ayuda de la Iglesia. La solución consistió en permitir que los criminales cumplieran sus sentencias en la Rueda para así, acurrucados en las profundidades rocosas, conducirse a sí mismos y al mundo hacia la remisión. Éste había sido el origen de la estrecha colaboración entre Iglesia y Estado, pilar del poderío de Sibornal durante más Grandes Años de los que podía abarcar la memoria.

A lo largo del verano y del largo y perezoso otoño, la Rueda fue tan pronto impulsada por malhechores como por sacerdotes. Sólo el anuncio de los tiempos difíciles, la llegada de las nieves y la pérdida de cosechas habían hecho renacer la fe. Y regresaron los religiosos, suplicando que les fuera concedido un sitio entre los justos. Los criminales fueron empleados en galeras o como soldados, cuando no los arrojaban sin mayor ceremonia a las aguas de la bahía Persecución.

Padre padre qué corrientes son éstas

La roca al rojo vivo como una frente

Y yo con tanta fiebre en la rojiza oscuridad

Y tú allí arriba debajo de mí

Esperando no morir Oh muerte

Sus energías Les gritas a las paredes

De tu vida a mi lado Las luces pasan

Pasan y se pierden y yo en la ronca

Roca me maldigo Aquello

Que nunca había ocurrido en mi mente y de pronto

Corté con tu cuchillo nuestra mutua

Era te lo juro nuestra mutua arteria

Gritando en este terrorífico lugar

Donde sangraré para siempre como lava

Atascado en la roja oscuridad de la roca

Sus pensamientos seguían curiosos derroteros y le parecía que fluirían a través de él para siempre. El tiempo del alma enterrada se regía por el chirriado de las rocas y por unos espantosos gemidos. Poco a poco, los gemidos le llamaron la atención. Escuchándolos, se sintió más tranquilo.

No estaba muy seguro de su situación. Tenía la sensación de estar tumbado en el cubil subterráneo de una gran bestia herida. A pesar de que agonizaba, el animal no dejaba de husmear, buscándolo aquí y allá. Cuando lo encontrara, caería sobre él y lo aplastaría entre los estertores finales de su agonía.

Finalmente, se despertó. Lo que oía era el viento. El viento soplaba a través de los orificios de la Rueda, cuajando una armonía de gemidos. Los chirridos correspondían al movimiento de la Rueda.

Luterin se sentó. Los sacerdotes de la Rueda no sólo lo habían dejado entrar, salvándolo de los vengadores de su padre, sino que lo habían absuelto de todos sus pecados antes de llevarlo a su celda. Ésa era su práctica habitual. Los hombres encerrados junto con sus pecados solían enloquecer más fácilmente.

Se puso de pie. Su terrible crimen le ocupaba toda la mente. Miró horrorizado su mano derecha, y la mancha de sangre en su manga.

Llegaba la comida. La podía oír rodar por un canalón abierto en la piedra. Consistía en una rodaja redonda de pan, un queso y una tajada de algo que quizá fuera stungebag asado, envuelta en un trozo de tela. De modo que afuera Batalix debía de estar poniéndose. Pronto el pequeño invierno habría llegado y Batalix desaparecería del horizonte durante varios décimos. Pero poco importaba eso en las entrañas del monte Kharnabhar. Mientras masticaba un pedazo de pan, recorrió su celda, examinándola con la atención que pone alguien en su entorno cuando sabe que esa estrecha jaula constituirá su vida. Los Arquitectos de Kharnabhar lo habían calculado todo para que cada medida tuviera una cierta correspondencia con los hechos astronómicos que gobernaban la vida en Heliconia. La celda tenía una altura de 240 centímetros, correspondientes a las seis semanas de un décimo multiplicadas por los cuarenta minutos de una hora, o a cinco veces esas seis semanas por los ocho días de que constaba cada una.

El ancho de la celda en su extremo más exterior era de 2,5 metros, 250 centímetros, que equivalían a los diez décimos de cada año pequeño multiplicados por las horas del día.

La profundidad de la celda era de 480 centímetros, que era el número de días que había en un año pequeño.

Contra la pared había una litera, y ése era todo el mobiliario de que disponía la celda. El canalón por donde bajaban las provisiones acababa justo encima de la litera. En el extremo distal de la celda se abría el agujero que servía de letrina. Los desechos caían por una tubería hasta las cámaras de biogás que había bajo la Rueda y que, con el suplemento de los desechos vegetales y animales provenientes del monasterio, la abastecían del metano necesario para la iluminación.

La celda de Luterin estaba separada de las colindantes por paredes de 0,64159 metros de grosor, cifra que, sumada a la del ancho, daba el valor de pi. Sentado en la litera con la espalda contra esta divisoria, Luterin estudió la pared que tenía a su izquierda. Era de roca sólida e inconmovible, y formaba la cuarta faz vertical de la celda, apenas separada de sus vecinas por una mínima rendija. Talladas en esta pared de piedra había dos espaciadas series de nichos: una superior, que albergaba los quemadores de biogás que abastecían a la celda de luz y calor, y otra inferior, cuyos nichos, dos veces más frecuentes, contenían secciones de cadena firmemente encastradas.

Sin dejar de masticar el mendrugo de pan, Luterin se acercó a la pared exterior y levantó la pesada sección. Los eslabones parecieron sudar al contacto de sus manos. Los soltó y la cadena cayó nuevamente dentro del nicho. Tenía diez eslabones; cada uno de ellos representaba un año pequeño.

Luterin permaneció inmóvil, con la mirada atrapada por la longitud de la cadena. Junto al horror de su culpa crecía ahora otro horror, el horror del encierro. Aquellas secciones de diez eslabones eran el medio de tracción de la Gran Rueda.

Aún no había empezado a tirar de ellas. No sabía cuánto tiempo había durado su delirio, cuánto tiempo habían revoloteado las palabras por su mente como aves sin control. Sólo recordaba el agudo sonido de las trompetas monacales, allá arriba en alguna parte, y luego las sacudidas que acompañaban el movimiento horizontal de la Rueda, que se prolongaba durante medio día.

La visión de la pared exterior atemorizaba a Luterin. Pero pronto se acostumbraría a ella. Esa pared era el único elemento cambiante de su entorno. Sus marcas y accidentes formaban un mapa del trayecto; a través de aquellas escoriaciones podía un prisionero avezado seguir su derrotero a través del tiempo y el granito.

Las paredes internas, las permanentes, habían sido grabadas trabajosamente por anteriores ocupantes de la celda. Retratos de santos y dibujos de órganos genitales daban buena cuenta de la contrastada procedencia de sus inquilinos. Los grabados incluían poemas, confesiones, cálculos, diagramas. No había una sola pulgada vacía. Las paredes preservaban los fósiles de espíritus muertos mucho tiempo atrás. Eran palimpsestos de esperanza y aflicción.

Se podían leer algunas consignas revolucionarias. Una de ellas había sido tallada encima de una devota plegaria a un dios llamado Akha. Muchas de las inscripciones más antiguas habían sido tapadas por las posteriores, del mismo modo que cada generación hace olvidar a la anterior. Pero algunas inscripciones antiguas habían logrado sobrevivir al paso del tiempo; si bien ya muy tenue, su trazo era legible y cuidado. En ocasiones correspondía a escrituras ornamentales borradas de la faz del planeta. Fue una de las más tenues y elaboradas la que proporcionó a Luterin importantes datos acerca de la Rueda. La información que encerraba se había impuesto en aquel abigarrado y dispar mosaico de signos.

Así pues, la Rueda se asemejaba a un anillo cuyo eje de rotación era un monumental dedo de granito.

La altura de la Rueda era de 6,6 metros, o doce veces el número 55, latitud norte en la que estaba emplazada. Incluyendo su base, tenía un grosor de 13,19 metros; 1319 era el año de la puesta de Freyr, o Myrkwyr, a 55 grados de latitud norte, contando a partir del nadir del apastrón. El diámetro de la Rueda era de 1.825 metros, equivalentes a los años pequeños contenidos en cada Gran Año así como al número de celdas que albergaba la circunferencia externa de la Rueda.

Junto a ese conjunto de cifras, también intacta, aparecía grabada una compleja figura. Era una reducción a escala de la Rueda, exactamente situada en la roca. Por encima se veía la caverna, lo bastante amplia como para que los monjes pudiesen atravesarla y suministrar comida a los prisioneros de la Rueda. Sólo se podía acceder a esta caverna desde el monasterio de Bambekk, que colgaba de las laderas del monte Kharnabhar a cierta altura de la Rueda.

Quienquiera que hubiese tallado esta figura debía de estar bien informado. También aparecía el río que corría bajo la Rueda, testigo de sus circunvoluciones. Otros trazos esquemáticos señalaban las conexiones del corazón de la Rueda con Freyr, Batahx y las constelaciones de las diez casas zodiacales: el Murciélago, el Buey de Wutra, el Peñasco, la Herida Nocturna, el navío Dorado y todas las demás.

—¡Abro Hakmo Astab! —exclamó de pronto Luterin, pronunciando por vez primera la maldición prohibida. Odiaba todas aquellas presuntas conexiones. Mentían. No existía ninguna conexión, ni aquí ni en ninguna parte. Sólo existía él, enterrado en la roca, no muy distinto de un gossi. Se tumbó en la litera. Volvió a pronunciar la maldición. Ahora era un condenado y le estaba permitido usarla.

Cuanto menos se veía, más fuertes eran los ruidos. Luterin supuso que los demás ocupantes de la Rueda debían dormir mientras ésta se movía. Se mantuvo despierto, paseando distraídamente la vista por la monótona jaula en la que estaba encerrado.

El suministro de agua corría por una especie de surtidor al pie de la litera. El agua goteaba y salpicaba a escasa distancia, y con regularidad de reloj.

Pero las aguas que fluían bajo el suelo móvil emitían tonos más graves. Eran sonidos perezosos, como el monólogo infinito de un borracho, que sedaban al intranquilo Luterin.

Había otros ecos acuáticos, goteos, chorros, más lejanos y reveladores de la naturaleza, de la libertad, de la caza, del mundo que había dejado atrás. Se imaginó a sí mismo en los bosques caspiarneos, libre. Pero era aquélla una ilusión insostenible. Una y otra vez se le aparecía el rostro paterno en su rictus final de agonía. Los arroyos, cascadas, torrentes, fueron desplazados del ojo de su mente por una marejada de sangre.

Pero Luterin no habría salido del letargo de no encontrar en el paquete diario de comida un mensaje.

Se acercó con el papel arrugado a la llama azul que ardía en la pared externa y leyó. Alguien había escrito en letras pequeñas: «Todo está bien por aquí. Cariños».

No había en el papel ningún tipo de firma, ni siquiera una inicial. ¿Su madre? ¿Toress Lahl? ¿Insil? ¿Uno de sus amigos?

El mismo carácter anónimo del mensaje resultaba alentador. Había alguien allá afuera que lo apreciaba y que —al menos, en una ocasión— podía comunicarse con él.

Aquel día, cuando sonaron las trompetas monacales, se levantó de un salto y aferró la sección de cadena que colgaba del nicho excavado en la pared externa. Haciendo palanca con los pies contra la pared medianera, tiró de la cadena. Su celda se movió… ¡La Rueda se movía!

Otro tirón y la resistencia pareció disminuir. Se ganaron unos pocos centímetros.

—¡Tirad, grandísimos folicadores! —gritó.

Los toques de trompeta sonaban a intervalos durante doce horas y media y permanecían en silencio otras tantas. Al término de la jornada, Luterin había avanzado unos 119 centímetros, casi la mitad del ancho de su celda. La llama que la iluminaba ya estaba cerca de la pared medianera. Tras una nueva jornada de trabajo, se habría eclipsado, pasando a la celda siguiente, y una nueva aparecería en escena.

La masa a desplazar era de 1.284.551,137 toneladas; aquél era el peso que la santidad había echado sobre los hombros de los penitentes de la Rueda. Lo que en principio parecía una mera labor física se convirtió para Luterin, con el correr de los días, en algo cada vez más espiritual; empezó a percibir la existencia de conexiones reales que iban de su corazón a la Rueda, y a Freyr y Batalix y a las constelaciones más distantes. Pronto barruntaría que la Rueda brindaba mucho más que desgaste físico: como rezaba la leyenda, ofrecía la posibilidad de acceder al saber.

—¡Tirad! —gritó otra vez—. ¡Eh, vosotros, santos o pecadores, tirad!

A partir de entonces se convirtió en un fanático que saltaba ansiosamente de su litera en cuanto sonaba el esperado clarín. Insultaba a aquellos que en su imaginación no se abocaban a la labor con la misma dedicación que él. Insultaba a aquellos que no tiraban ni un ápice de las cadenas, como él había hecho al comienzo. No podía entender por qué no eran más largos los períodos de actividad.

Cada noche —aunque allí siempre era de noche— Luterin se echaba en la litera con la cabeza totalmente ocupada por la imagen de aquella enorme, parsimoniosa Rueda de moler, que trituraba la vida de los hombres como si fuera de argamasa. Tal como venía haciendo desde que los grandes Arquitectos la construyeron, la Rueda no había dejado de moverse un solo día.

Al girar iba tejiendo una cruel ironía. Los cautivos, enjaulados como cotorras en sus celdas aisladas, tenían que impulsarse hacia el corazón granítico de la montaña; sólo mediante ese cruel periplo, sólo colaborando de manera activa con él, podrían emerger algún día. No había otra alternativa que colaborar en la revolución de la Rueda para lograr la libertad. Sólo el profundo descenso a las entrañas de la montaña permitiría al penitente resurgir como un hombre libre.

—¡Tirad, tirad! —gritaba Luterin, al tiempo que contraía todos los músculos. Pensaba en los 1.824 cautivos restantes, cada uno de ellos en su celda, cada uno obligado a tirar para poder salir.

No sabía nada del mundo exterior. Ignoraba qué secuencia de acontecimientos había precipitado su acción. Ignoraba quién vivía, quién había muerto. Con el transcurso de los décimos, su mente se fue llenando cada vez más de odio hacia aquellos prisioneros —algunos de ellos enfermos, otros incluso muertos— que no tiraban de las cadenas con todo su corazón. Tenía la sensación de ser el único que soportaba el peso del granito sobre los hombros, el único que impulsaba la Rueda hacia la luz a través de aquel firmamento de roca.

Pasaron los décimos, y algunos años pequeños. Sólo cambiaban las marcas de la pared exterior. Todo lo demás permanecía intacto.

La monotonía le afectó la joven mente. Se volvió opaco, resignado. Ahora ya no se movía cada vez que allá arriba sonaban las trompetas, cuyos ecos se ahusaban a causa del espesor de los muros.

No pensaba tanto en su padre. Había llegado a un equilibrio con su culpa al concluir que también su padre se encontraba abrumado por la culpa y que había entregado la cuchilla a su hijo antes de denigrarlo para provocar su propia muerte. Ese rostro, con su eterno brillo sebáceo, era el rostro de la miseria.

Tardó largo tiempo en considerar la posibilidad de visitar a su padre por medio del pauk. Pero la idea había anidado en su mente. Durante el segundo año de su cautiverio, Luterin subió a la litera y se echó de espaldas. No tenía muy claro lo que debía hacer. Poco a poco, el estado de pauk fue invadiéndolo y se sintió transportar a una oscuridad aún más densa que la del corazón de la montaña.

Nunca antes había penetrado en el melancólico mundo de los gossis, en el que todos aquellos que habían vivido y ya no vivían se hundían lentamente hacia los terribles abismos del no ser. La desorientación lo abrumaba. Al principio, no lograba hundirse; después, no podía parar de hacerlo. Descendió hacia los débiles coruscos que titilaban debajo de él como estrellas empantanadas, dispuestas en una estática uniformidad sólo posible en los dominios de la muerte.

La barca del alma de Luterin navegaba con rumbo firme, internándose ciegamente en las filas de fessups que caían en todas direcciones hacia el corazón de la Escrutadora Original.

Vistos de cerca, los gossis se asemejaban a aves desplumadas, colgadas para secarse. Dentro de sus cajas torácicas, de sus estómagos transparentes, lentas partículas circulaban como insectos atrapados en un frasco. En sus rudimentarias cabezas, inquietas lucecitas parpadeaban al fondo de las cuencas vacías. Obedeciendo a una derrota que ningún compás hubiera podido trazar, el alma de Luterin revoloteó delante del gossi de Lobanster Shokerandit.

—Padre, no tienes más que pronunciar una palabra y me iré en seguida, yo, que tanto te amé y te causé el mayor daño.

—Luterin, Luterin, si algo esperé aquí, mientras me hundía hacia la extinción, era volver a verte. ¿Qué otra visión podría ser más cara a mis ojos que la de tu presencia? ¿Cómo transcurren, oh hijo, tus días entre aquellos que aún aguardan la hora de su mortandad? —Una nube de chispas acompañó a la última palabra.

—Padre, no quieras saber de mí. Háblame de ti. Mis pensamientos no pueden apartarse del crimen que cometí. Aquellos terribles momentos en el patio fatal no dejan de perseguirme.

—Debes perdonarte como lo hice yo al llegar aquí. Pertenecíamos a generaciones distintas, tu mente aún no se había asentado y no estabas en condiciones de contemplar los asuntos humanos con la misma amplitud que yo. Eras fiel a un principio, y yo también. Eso es algo honroso.

—No quería matarte a ti, padre bienamado…, sólo al Oligarca.

—El Oligarca no muere nunca. Siempre habrá otro. —Mientras el gossi hablaba, una nube de opacas partículas brotaba de la cavidad que en otro tiempo había sido una boca. Quedaban suspendidas un instante y se precipitaban muy despacio, como copos de nieve que se hunden en una polvareda de carbón.

Las cenizas de Lobanster explicaron cómo había aceptado el papel de Oligarca, convencido de que había en Sibornal valores dignos de ser conservados. Habló largamente de estas virtudes, con un discurso a menudo disperso.

Relató cómo había ocultado la realidad de tan augusta posición a su propia familia. Sus largas partidas de caza no eran tal cosa. En alguna parte de la espesura tenía Lobanster un escondite secreto donde permanecían sus perros mientras él, acompañado de una pequeña guardia, continuaba su viaje a Askitosh. De regreso a casa, pasaba a recoger los perros. Su hijo mayor había descubierto el escondite y deducido el resto de la verdad. Pero en lugar de hablar de lo que había descubierto, Favin se había arrojado a la muerte.

—Puedes imaginarte la pena que me embargó entonces, hijo. Es preferible estar aquí, seguro en la obsidiana, sabiendo que ya ninguna sorpresa amarga podrá herir mi carne o mi espíritu.

Toda esta elocuencia había emocionado al alma de su hijo pero no la había convencido.

—¿Por qué no podías confiar en mí, padre?

—Dejé que lo adivinaras cuando creí que había llegado el momento. La plaga debe ser detenida, el pueblo debe aprender a obedecer. De lo contrario, la civilización se desmoronará y morirá aplastada por el peso de un frío secular. Sólo gracias a esta convicción pude seguir adelante como lo hice.

—Padre respetado, no puedes decir que representabas a la civilización cuando tus manos estaban manchadas de la sangre de miles.

—Ahora están aquí conmigo, hijo, esos hombres del ejército de Asperamanka. ¿Crees acaso que me han dirigido la más mínima queja? ¿O tu hermano, que también está?

El alma emitió el equivalente a un grito.

—Las cosas cambian después de la muerte. No existen sentimientos reales, sólo benevolencia. ¿Qué hay de aquella guerra innecesaria que desataste contra nuestros vecinos de Bribahr y que acabó con la destrucción de la antigua ciudad de Rattagon? ¿No fue aquello un acto puro de crueldad?

—Sólo si consideras cruel a la necesidad. El camino más rápido de Kharnabhar a la lejana Askitosh consistía en girar hacia el oeste en Noonat y aprovechar el impulso del río bribahrense, el Jerddal, mucho más navegable que nuestro iracundo Venj. Así, llegaba fácilmente a la costa, donde me esperaban algunas naves y nadie me reconocía, al contrario de lo que hubiese ocurrido en Rivenjk. ¿Comprendes, hijo? Si te digo todo esto es para ayudarte a calmar tu mente. Es importante que el Oligarca permanezca en el anonimato, pues impide que surjan celos y matanzas entre naciones. Pero un grupo de nobles de Rattagon que navegaba por el Jerddal me reconoció. En vista de la rivalidad existente entre nuestros pueblos, decidieron liquidarme. Fui yo el que los liquidó a ellos, en defensa propia. Tú debes hacer lo mismo, querido hijo, cuando te llegue el turno. Protegerte y cuidarte.

—Jamás, padre.

—Bueno, tienes mucho tiempo por delante para madurar —dijo con indulgencia el corusco.

—Padre, también atacaste a la Iglesia. —El alma hizo una pausa. Se sentía incapaz de conciliar sus sentimientos de respeto y odio simultáneos hacia aquel fragmento humeante.—Debo preguntarte: ¿crees que Dios puede escuchar o hablar?

El hueco que fuera una boca no se movió para responder:

—A los gossis de aquí abajo nos está dado saber de dónde vienen nuestros visitantes. Sé muy bien, hijo mío, que tú vienes del sacrosanto corazón de nuestra nación. Ahora te pregunto yo: ¿acaso oyes hablar a Dios en este purgatorio? ¿Tienes la sensación de que escucha?

Subyacía a estas preguntas una suerte de maldad plomiza, como si la miseria sólo fuese feliz al propagarse a sí misma.

—Si no fuera por mis pecados, quizás escuchara, quizás hablase. Eso es lo que creo.

—Si hubiera un Dios, muchacho, ¿crees que las legiones de los que estamos aquí abajo no lo seguiríamos? Mira a tu alrededor. Nada hay que no sea obsidiana. Dios es la mentira más grande del hombre, un mero amortiguador contra las crudas verdades del mundo.

El alma sintió como si una fuerte corriente la arrastrase hacia un sitio desconocido y, al mismo tiempo, como si algo la sofocara.

—Padre, he de irme.

—Acércate para que pueda abrazarte.

Acostumbrado a obedecer, Luterin se desplazó hacia el maltrecho esqueleto. Estaba a punto de extender una mano en un gesto de afecto cuando una fuerte lluvia de partículas brotó del gossi, envolviéndola como una lengua de fuego. El alma se retrajo. El fulgor se apagó. Justo a tiempo recordó lo que contaban acerca de los gossis, que por más resignados a la muerte que estuvieran eran propensos a atrapar a las almas vivientes y cambiarse por ellas a la menor oportunidad. Una vez más expresó sus manifestaciones de afecto y ascendió lentamente a través de la obsidiana hasta que la entera congregación de gossis y fessups se redujo a un titilante prado de estrellas No sin cierta desidia, recobró la calidez del cuerpo vivo.

Todavía habrían de pasar ocho años antes de que su celda girase hasta la salida, y aún le faltaban tres para superar la mitad de su periplo por el doloroso corazón de la montaña.

El entorno parecía invariable. Pero la aversión que Luterin sentía por sí mismo se fue atenuando y el cambio aportó nuevos colores a su pensamiento. Comenzó a reflexionar acerca del distanciamiento entre Iglesia y Estado Supuso, por ejemplo, que la división podría haberse acentuado y que, por una razón u otra, el reclutamiento para la Rueda podía cesar Y si quienes cumplían los diez años eran liberados a pesar de no tener quién los reemplazase, la Rueda se iría frenando gradualmente No habría suficientes brazos para mover esa masa Por más vueltas que diera el mundo, la Rueda se detendría y él quedaría atrapado en las profundidades de la montaña Sin salida posible.

Esa idea lo perseguía como una mosca atigrada, incluso en sueños Sabía que no era el único prisionero que pensaba así Y aunque la Rueda jamás había fallado desde que, siglos atrás, los Arquitectos finalizaran su construcción, el pasado no era garantía alguna para el futuro Comenzó a vivir en un suspenso que a duras penas podía llamarse vida, pensando con resignación en el viejo dicho «Un sibornalés trabaja toda la vida, se casa para toda la vida y se aferra a la vida» Excluyendo la referencia al matrimonio, habría jurado que el proverbio nació en la Rueda Lo atormentaba pensar en mujeres, así como la falta de compañía masculina. Intento comunicarse con sus vecinos más próximos pero no obtuvo respuesta No recibió más mensajes desde el exterior, ni esperaba recibirlos ya Lo habían olvidado.

Entre turno y turno de trabajo y silencio, un acertijo se hizo carne en él De las 1 825 celdas de la Rueda, sólo dos tenían acceso al mundo exterior al mismo tiempo, la de entrada y la adyacente, que el prisionero dejaba libre Entonces, ¿cómo habían podido llenarla de peregrinos por primera vez? ¿Cómo habían logrado los gigantes que erigieron esta máquina ponerla en marcha estando vacía?

Su mente se pobló de imágenes de cuerdas, poleas y palancas, y de torrentosos ríos subterráneos que la harían girar como a la rueda de un molino de agua Pero no conseguía resolver satisfactoriamente el acertijo.

Era como si incluso los procesos internos de su mente se encontrasen atrapados en el corazón de la montaña sagrada. Eventualmente, se abría paso hasta la celda algún jibóvago Lleno de gozo, Luterin lo recogía y, sosteniéndolo con delicadeza, observaba cómo sacudía sus frágiles patas para intentar liberarse No cabía duda de que el jibóvago sabía lo que era la libertad y estaba absolutamente interesado en la cuestión, mientras que los humanos, infinitamente más complejos, mostraban al respecto numerosas dudas.

¿Qué dolor trascendental llevaba a los humanos a encerrarse a sí mismos en la Gran Rueda durante una importante parte de sus vidas? ¿Era aquél el verdadero camino hacia la auto comprensión?

Se preguntó si el jibóvago se comprendería a sí mismo Sus esfuerzos por identificarse con las minúsculas criaturas, así como de disfrutar de una mínima fracción de su libertad, sólo lograban enfermarlo Era capaz de pasarse horas echado en el suelo de la celda, absorto en la contemplación de las más ínfimas cosas vivientes, pequeñas hormigas blancas, microscópicos gusanos. En ocasiones descubría ratones y ratas que lo miraban con sus ojos rosados. Si yo muriera, éstos serían mis únicos testigos. Los desheredados.

Muchos hombres debían de haber muerto durante su confinamiento en las entrañas de la Rueda. Algunos se habrían encerrado voluntariamente, al igual que había célibes voluntarios. Quizá los había obsesionado el deseo de escapar hacia la invariabilidad, hacia la inmutabilidad, lejos del mundanal ruido, ese ruido enmascarado, si algo había aprendido de los astrónomos, en la inmensa conmoción del universo.

Para él, sin embargo, la invariabilidad de la celda era una especie de muerte. No existía el ayer. No existiría el mañana. Su espíritu luchaba contra un proceso ya marchito.

Entonces sonaban las trompetas que anunciaban el día, y él saltaba de la litera, corría hacia la pared externa de la celda y tiraba de la sección de cadena más cercana. Impulsar la Rueda a través de la roca parecía la única actividad lógica que le quedaba. A 119 centímetros diarios, la máquina transportaba a cada uno de sus ocupantes a través de la oscuridad.

Nunca volvería a practicar el pauk. No obstante, la visita al corusco de su padre le había servido para aligerar su culpa. Algún tiempo después descubriría que ya no pensaba en él; o que, si lo hacía, lo veía como el corusco que era, sumido en las profundidades de la mortalidad.

El padre que había creído real, el valiente cazador, atravesando para siempre las salvajes forestas de caspiarneos junto a sus galantes camaradas, ése había desaparecido, no había existido jamás. Su lugar lo ocupaba ahora un hombre que había preferido el encierro de la colina Icen, en el lóbrego castillo de Askitosh, a aquella vida libre y plena.

Curiosos paralelismos parecían unir las vidas del muerto y su hijo. También éste se había autoencerrado.

Por tercera vez, su vida se inmovilizaba. Tras el año de parálisis, en los umbrales de la madurez, el paréntesis de la Muerte Gorda y su consiguiente metamorfosis; ahora esto. ¿Dejaría alguna vez de ser lo que Harbin Fashnalgid había denominado criatura del sistema? ¿Le esperaba todavía una última metamorfosis?

Aún debía mostrarse capaz de superar la influencia paterna. Su padre, a pesar de haber encabezado el sistema, también había sido su víctima, y con él su familia. Luterin pensó en su madre, encarcelada para siempre en la mansión familiar: bien podía haber estado ella en el lugar de Luterin.

Con el pasar de los años, la imagen que conservaba de Toress Lahl se hizo cada vez más borrosa. El resplandor de su presencia se fue apagando. Al convertirse en esclava, no había sido más que eso, una esclava; su madre tenía razón: su devoción era la de una esclava, un acto de pura conveniencia, de autoprotección, un sentimiento no espontáneo. Despojada de estatus social —como decía la gente, muerta para la sociedad—, su corazón ya no sentía. Sólo había espacio para la táctica. Creyó comprender que un esclavo siempre debe odiar a su amo.

Insil Esikananzi, en cambio, brillaba con más fuerza a medida que pasaban décimos y centímetros. Encarcelada en su propio hogar, enterrada en el seno de su propia familia, Insil llevaba en su interior la llama de la rebelión; su corazón latía con fuerza bajo el terciopelo. Habló con ella en la oscuridad. Ella siempre le contestaba irónicamente, burlándose de su conformismo; aun así, Luterin se sentía reconfortado por el modo en que demostraba preocuparse por él, y por su percepción del mundo.

Y tiraba de las cadenas cada vez que tronaban las trompetas.

Muy arriba de la Gran Rueda giraba una estructura que en cierto modo se le parecía. El funcionamiento de la Estación Observadora Terrestre Avernus también dependía de la fe.

Esa fe había desfallecido. Ahora, en distintas sociedades matriarcales gobernaban pequeñas comunidades de personas dedicadas al desarrollo espiritual de sus diversas personalidades. Los gigantescos órganos sexuales, aquellos aberrantes sexópodos, habían sido ejecutados ritualmente, y por métodos igualmente aberrantes. Pero la aversión hacia todo cuanto fuera mecánico o tecnológico había dejado a las tribus a merced de un eudemonismo carente de toda espiritualidad y de marcada connotación sexual.

Los géneros se confundieron sin remedio. Ya desde su más tierna infancia, los individuos adoptaban distintas personalidades masculinas y femeninas, que en ocasiones podían llegar a la decena. Estas personalidades múltiples podían permanecer eternamente hostiles y extrañas entre sí, dotadas de lenguas distintas y embarcadas en proyectos vitales completamente antagónicos. O bien podían trenzarse en violentas luchas intestinas, e incluso llegar a enamorarse perdidamente unas de otras.

Algunas de ellas morían en vida de su procreador.

No tardó en producirse una paulatina desintegración general, como si el propio código genético que regulaba la herencia se encontrase sumido en la confusión.

La población, cada vez más reducida, continuaba practicando sus complicados juegos. Pero el aire parecía cargado de presagios finales. También los sistemas automáticos comenzaban a fallar. Los abejorros cibernéticos programados para reparar los circuitos dañados ya sólo servían para ser regenerados. Y la regeneración requería asistencia humana, que no parecía disponible.

Las señales enviadas a la Tierra se volvieron más parciales, menos coordinadas. Pronto cesarían del todo. Era cuestión de unas pocas generaciones.