X - «LOS MUERTOS NUNCA HABLAN DE POLÍTICA»
El sexto día del sexto décimo de cada sexto año pequeño se reunía en Askitosh el Sínodo de la Iglesia de la Paz Formidable.
Los frailes menores se congregaban en conventos detrás del Palacio del Sacerdote Supremo, mientras que los quince dignatarios que formaban el sínodo permanente vivían y se reunían en el mismo Palacio. Representaban tanto el sector eclesiástico como el secular o militar de la organización de la Iglesia; sus deberes y obligaciones eran numerosos y severos. No eran hombres de costumbres ligeras.
Como humanos que eran, los quince tenían sus defectos. Uno caía bajo los efectos del alcohol cada día a las dieciséis veinte. Otros compartían sus habitaciones con púberes de uno u otro sexo. Otros se entregaban a extrañas perversiones. No obstante, al menos una parte de ellos se dedicaba seriamente a garantizar la continuidad y buena marcha de la Iglesia. Dado lo difícil que resultaba encontrar hombres buenos, podía decirse que los quince lo eran.
De todos ellos, el más aplicado era Chubsalid, un hombre nacido en Bribahr y criado por monjes santos en los claustros de su convento. Ahora era Supremo Sacerdote de la Iglesia de la Paz Formidable, es decir, el representante electo en Heliconia del Dios Azoiáxico, presente antes de toda vida y alrededor del cual toda vida gira. Ni siquiera el más suspicaz de los eclesiásticos había visto jamás a Chubsalid llevarse una botella a los labios. Si profesaba alguna clase de apetencias sexuales, éstas eran un secreto celosamente guardado entre su creador y él. Si alguna vez había sentido rabia, miedo o pena, estas emociones jamás habían asomado a su sonrosada faz. Y no era ningún tonto.
Al contrario de la Oligarquía, cuya sede de la colina Icen no estaba ni a una milla de distancia, el Sínodo contaba con un amplio apoyo popular. La Iglesia se ocupaba genuinamente de las necesidades de su grey; animaba sus corazones y les brindaba consuelo en la adversidad. Además, mantenía un prudente silencio respecto al pauk.
Al contrario del Oligarca, a quien nadie había visto y al que la temerosa y fértil imaginación popular atribuía el aspecto de un inmenso crustáceo de hiperactivas pinzas, el Supremo Sacerdote Chubsalid viajaba rodeado de los más humildes y era un visitante siempre bienvenido en sus congregaciones. Su figura era la del perfecto Supremo Sacerdote: elevada estatura, rasgos duros pero a la vez piadosamente contenidos y una blanca melena. Cuando él hablaba, la gente escuchaba deseosa. Sus intervenciones rebosaban piedad y no desdeñaban el ingenio: era tan capaz de hacer reír como de hacer rezar a su audiencia.
Durante las reuniones del Sínodo se solía discutir en el más alto sibish, plagado de múltiples subordinadas, elaborados paréntesis y espectaculares estructuras verbales. Sin embargo, en esta ocasión particular, el asunto tratado era eminentemente práctico. Se refería a la desgastada relación entre los dos poderes de Sibornal: Estado e Iglesia.
La Iglesia presenciaba alarmada la creciente severidad de los edictos emitidos por la Oligarquía. Precisamente, uno de los miembros del Sínodo hablaba de este tema al resto de los asambleístas:
—Las nuevas Restricciones a las Personas en Situación de Residencia y regulaciones similares son/pretenden aparecer como un paso más del Estado en prevención de la plaga. Mas hasta ahora han causado tanta irregularidad como la plaga podría/podrá/pudiera provocar. Los pobres son perseguidos y arrestados por vagancia; eso si no mueren a causa del frío.
Se trataba de un hombre entrecano y su voz era entrecana también, pero sus convicciones llenaban la sala:
—El planteo político que esconde semejante edicto nos es perfectamente diáfano. A medida que las granjas del norte decaen/vayan decayendo, los campesinos y pequeños granjeros irán/van migrando a las ciudades en busca de un cobijo escaso y a menudo cercano al hacinamiento. El edicto pretende confinarlos en sus improductivas granjas. Allí morirían/morirán de hambre. Creo no faltar a la debida caridad al afirmar que esas muertes se adecuan bien a los deseos del Estado. Los muertos nunca hablan de política.
—¿Presagias una rebelión en las ciudades en caso de que se revoque el edicto? —preguntó una voz desde el extremo opuesto de la mesa.
—En mi juventud, solía decirse que el sibornalés trabajaba toda la vida, se casaba para toda la vida y se aferraba a la vida —replicó la voz entrecana—. Pero jamás nos rebelamos. Dejamos esas cuestiones a los del Continente Salvaje. Por el momento, la Iglesia no se ha pronunciado acerca de estos edictos restrictivos. Entiendo que la ley contra el pauk ha llevado las cosas demasiado lejos.
—Nosotros nunca nos hemos ocupado del pauk.
—Ni el Estado, hasta ahora. Lo dicho: los muertos no hacen política y eso el Estado lo reconoce/ha reconocido siempre. No obstante, la Oligarquía ha legislado en contra del pauk. Esto causa/puede/va a causar aún mayor miseria en nuestra grey, para la cual, si se me permite, el pauk es tan vital como los partos. Se está castigando a los pobres de un modo inmerecido para adecuarlos al invierno inminente. Propongo que la Iglesia manifieste su pública desaprobación de los últimos bandos estatales.
Un hombre mayor, calvo, totalmente falto de cabello o color, se irguió con ayuda de dos bastones para responder: —Tal vez sea como tú dices, hermano. Puede que la Oligarquía esté apretando sus grilletes. Pero imagino que no tiene otro camino. Piensa en el futuro. En muy poco tiempo, nuestros descendientes se verán enfrentados/enfrentarán a tres siglos y medio de amargo Invierno Weyr. La Oligarquía plantea que a la dureza de las fuerzas naturales debe seguir la dureza de la humanidad. Deja que te recuerde aquella terrible maldición sibish que no debe pronunciarse. Se la considera como la blasfemia suprema, y con razón. Y sin embargo es admirable. Sí, admirable. Yo jamás permitiría/opongo me a que se la pronuncie en mi diócesis, y aun así admiro el desafío que encierra.
Se detuvo. Hubo quienes pensaron que el venerable anciano mancillaría sus labios con aquellas palabras malditas. En cambio, continuó en otra dirección.
—En el Continente Salvaje de Campannlat, con el frío llega también el caos. Carecen de un orden abarcador como el nuestro. Todo cuanto pueden hacer/hacen es reptar de vuelta a sus cavernas. A nosotros, la organización nos brinda/hace/permite perpetua supervivencia. Esa organización debe ceñirse como un puño de hierro. Muchos morirán a fuerza de que el Estado viva. Algunos de vosotros habéis protestado contra la matanza indiscriminada de phagors. Yo digo que no son humanos. Librémonos de ellos. No tienen alma. Hay que matarlos. Y matar a quienes los defiendan. Matar a los granjeros cuyas granjas se hundan. No es momento para los gestos individuales. La misma individualidad deberá pronto ser/será castigada con la muerte.
En medio del silencio que siguió a sus palabras, sus bastones crujieron como huesos mientras volvía a tomar asiento.
Un murmullo atónito recorrió la sala, pero el Supremo Sacerdote Chubsalid dijo con suavidad desde su sillón tapizado de armiño:
—No cabe duda de que discursos de este tipo son moneda corriente en la colina Icen; nosotros, en cambio, debemos atenernos a la profesión que hemos elegido y que implica/continuadamente nos llama a templar con piedad nuestra actitud incluso para con los granjeros arruinados. Nuestra Iglesia se dirige al individuo, a la conciencia individual, a la salvación individual, y es nuestro deber recordarles esto a nuestros amigos de la Oligarquía de vez en cuando, de manera que la gente tenga siempre presente nuestra misión.
»El clima puede extremarse. No los imitemos y así hasta en los tiempos más duros la enseñanza esencial de la Iglesia podrá/debe/quedará incólume. ¿Qué otra vida puede haber en Dios? El Estado cree que en este tiempo de crisis ha de mostrar su poder. La Iglesia ha de hacer, al menos, otro tanto. ¿Quiénes de los quince presentes acordarnos en que la Iglesia haga frente al Estado?
En la larga mesa, los restantes catorce a quienes se había dirigido se sumieron en un denso murmullo con sus vecinos. Podían imaginar perfectamente cuál sería la retribución que les esperaba de apoyar la propuesta de su líder.
Uno de los presentes alzó una mano en la que brillaba un anillo de oro y dijo con voz trémula:
—Señor, llegará/es probable el tiempo en que debamos tomar una postura semejante. Pero, ¿ha de ser a propósito del pauk? Cuando lo hemos evitado durante eones… Cuando podría haber dudas acerca de la legitimidad de oponerse… Cuando el mito de la Escrutadora Original se interpone con…
El orador dejó este último y teatral pensamiento en el aire.
El miembro más joven del Sínodo era un Sacerdote Capellán llamado Parlingelteg, un hombre delicado de quien no obstante se rumoreaba que algunas de sus actividades no lo eran. Nunca temía expresar su opinión y cuando lo hacía se dirigía directamente a Chubsalid.
—Este último y miserable discurso me ha convencido al menos, y supongo que a todos vosotros, de que debemos enfrentarnos al Estado. Tal vez precisamente a propósito del pauk. No pretendamos que el pauk no es real, o que los gossis no existen, sólo porque no cuadran con las Enseñanzas. ¿Por qué creéis que el Estado intenta prohibir el pauk? Por una única razón. El Estado es culpable de genocidio. Ha matado a miles de hombres del ejército de Asperamanka. Las madres de los soldados asesinados han comulgado con ellos a través del pauk. Sus gossis han hablado. ¿Quién ha dicho hace un momento que los muertos no hacen política? Pura tontería. Miles de bocas muertas claman contra el Estado y su Oligarca asesino. Estoy de acuerdo con el Supremo Sacerdote. Tenemos que manifestarnos en contra de Torkerkanzlag e impulsar su recambio.
Cuando varios de sus vetustos colegas lo aplaudieron, él se ruborizó hasta las raíces de sus suaves cabellos. La reunión se distendió. Sin embargo, se resistían a tomar una decisión. ¿Acaso no habían sido siempre inseparables, Iglesia y Estado? Y hablar públicamente de aquella masacre… Ellos amaban la paz; algunos, por encima de todo.
Siguió una pausa de una hora. Afuera hacía demasiado frío para salir, de modo que permanecieron en los caldeados cuartos de retiro mientras algunos novicios les servían agua o vino en copas de porcelana. Se conversaba en corrillos. Quizás existiera un modo de evitar una decisión inmediata; aparte de lo que habían podido decir los gossis, ¿qué otra evidencia real había?
Sonó una campanilla. Volvieron a reunirse. Chubsalid hablaba en privado con Parlingelteg y se los veía muy serios.
El debate se había reanudado cuando, tras golpear a la puerta, entró en la sala un esclavo con librea. Se inclinó reverente ante el Supremo Sacerdote y le entregó la nota que traía en una bandeja.
Chubsalid leyó la nota; luego, apoyó un instante el codo sobre la mesa y descansó en su mano la amplia frente. La conversación se apagó. Todos esperaron su intervención. —Hermanos —dijo, recorriendo con la vista a los presentes—, tenemos aquí a un visitante, un importante testigo. Dejemos que hable ante nosotros. Tengo la impresión de que sus palabras nos evitarán muchas y largas disquisiciones. —E hizo un gesto al esclavo, que, inclinándose, abandonó raudo la sala.
Poco después, ingresaba en la sala otro hombre. Se movía con deliberada lentitud; se dio vuelta para cerrar la puerta y sólo entonces avanzó hacia la mesa ocupada por los quince líderes de la Iglesia. Vestía de azul oscuro de pies a cabeza: botas, pantalones de montar, camisa, chaqueta, abrigo, todo de color azul, así como el sombrero que sostenía en su mano. Sólo su pelo era blanco, aunque conservaba cierto matiz oscuro en las sienes. La última vez que el Sínodo lo había visto, tenía el cabello completamente negro.
El pelo cano subrayaba el tamaño de su cabeza. Sus rectas cejas, sus ojos, su boca, subrayaban la rabia que como un rayo se concentraba allí.
Saludó con una profunda reverencia al Supremo Sacerdote y besó su mano. Luego se volvió para saludar al Sínodo.
—Agradezco que me hayáis concedido audiencia —dijo.
—Arcipreste Militante Asperamanka, se nos había informado de tu muerte en combate —dijo Chubsalid—. De veras nos alegramos de que esta información fuera inexacta.
Los labios de Asperamanka se unieron para trazar una sonrisa helada:
—Sólo me faltó morir… pero no en combate. El relato de cómo logré llegar a Askitosh es prácticamente increíble. Quizás haya sido el único de todo mi ejército en lograrlo. Fui herido en Chalce, a las puertas de nuestro continente; allí me capturaron los phagors. Escapé de ellos para perderme en las marismas y…, en fin, es un milagro de Dios estar aquí, contándooslo. Dios me protegió y me afiló como instrumento de su justicia. Pues soy la prueba viviente de un crimen sin parangón en toda la ilustre historia de Sibornal.
—Te ruego tomes asiento —dijo el Supremo Sacerdote, indicando a un lacayo que acercase una silla—. Estamos ansiosos por escuchar lo que tienes que decir. Resultarás mejor informante que los gossis, sin duda.
A medida que Asperamanka iba desplegando su relato ante el Sínodo, describiendo la emboscada, el fuego cruzado dirigido por la guardia del Oligarca contra sus fuerzas, a medida que la dimensión real de lo ocurrido penetraba las conciencias de los presentes, se hacía cada vez más evidente que Parlingelteg tenía razón. La Iglesia tendría que hacer frente al Estado. De lo contrario, se haría cómplice de la masacre.
Alrededor de una hora invirtió Asperamanka en la descripción de la campaña y posterior traición. Finalizado el relato, calló. Pero sólo durante un minuto. Entonces, del todo inesperadamente, ocultó el rostro entre las manos y rompió en sollozos.
—No soy ajeno a este crimen —lloró—. Yo trabajaba para el Oligarca. Temía al Oligarca. Para mí, Estado e Iglesia eran uno, eran sinónimos.
—Pero ya no lo son —dijo Chubsalid. Se irguió, posando la mano sobre el hombro de Asperamanka—. Te damos las gracias por ser el instrumento de Dios y allanarnos el camino. La Oligarquía ha tenido jurisdicción sobre el cuerpo de los hombres, la Iglesia sobre su alma. Ha llegado el momento de establecer la supremacía del alma sobre el cuerpo. Debemos oponernos a la Oligarquía. ¿Estamos todos de acuerdo?
Los catorce miembros restantes dieron voces de asentimiento, golpeando el suelo con sus bastones.
—El acuerdo es, pues, unánime.
Después de deliberar, se decidió que el primer paso consistiría en enviar una Cédula redactada en términos firmes a todas las iglesias a lo largo y ancho del territorio. La Cédula informaría de que la Iglesia se declaraba defensora de la práctica del pauk, al que consideraba una libertad esencial de todo hombre y mujer vivos. No existía evidencia alguna de que los denominados gossis no dijeran la Verdad. La Iglesia negaba tajantemente que la práctica del pauk propagase la Muerte Gorda. Chubsalid estampó su nombre en la Cédula.
—Probablemente sea ésta la más revolucionaria de las Cédulas jamás producidas por la Iglesia —dijo la voz entrecana—. Sólo quiero dejar constancia de ello. Además, admitiendo la legitimidad del pauk, ¿no estamos legitimando también a la Escrutadora Original? ¿Y dejando entrar creencias y supersticiones paganas?
—La Cédula no hace mención alguna de la Escrutadora, hermano —dijo suavemente Parlingelteg.
La Cédula fue aprobada y enviada al impresor eclesiástico. Y de la imprenta fue distribuida a todas las iglesias del territorio.
Transcurrieron cuatro días. En el Palacio del Supremo Sacerdote, los religiosos esperaban que se desatase la tormenta.
Un mensajero, cubierto con pieles oleosas para protegerse del frío, bajó de la colina Icen con un mensaje sellado.
El Supremo Sacerdote rompió el sello y leyó el mensaje.
Éste decía que panfletos subversivos distribuidos por el Sínodo llamaban a la traición, puesto que habían sido deliberadamente emitidos con el fin de boicotear las recientes leyes promulgadas por el Estado. La traición era castigada con la muerte.
De haber una explicación a tan viles ofensas, el Supremo Sacerdote de la Iglesia de la Paz Formidable tendría a bien presentarse ante el Oligarca a la brevedad para ofrecerla en persona.
La carta llevaba la rúbrica de Torkerkanzlag II.
—No creo que este hombre exista —dijo Chubsalid—. Ha reinado durante más de treinta años. Nunca lo ha visto nadie ni existen retratos suyos. Por lo que yo sé, hasta podría ser un phagor… Continuó durante un rato en esta vena, mascullando ensimismado y visitando la biblioteca del Sínodo para comparar firmas, jugueteando con lupas y sacudiendo la cabeza.
Esta actividad puso nerviosos a los consejeros del Supremo Sacerdote; pensaban que debía concentrarse en la gravedad de una admonición que, al menos en apariencia, llevaba implícita su sentencia de muerte. Los consejeros más antiguos llegaron, hablando entre ellos, a la conclusión de que convenía trasladar la sede de la Iglesia en Askitosh a un lugar más seguro. Quizás a Rattagon, ya que, a pesar de encontrarse sitiada, su ubicación en medio de un lago la hacía prácticamente inexpugnable; o incluso a Kharnabhar, un refugio religioso cuyo único inconveniente estribaba en el clima.
Pero Chubsalid tenía ideas propias, y la retirada no era una de ellas. Tras una hora de dar vueltas y comparar firmas, anunció que iría a ver al Oligarca. Su escriba redactó una nota a tal efecto. Sugería que el encuentro tuviera lugar en el gran salón de entrada del castillo de Icen, y que todo aquel que así lo desease pudiera presenciar y oír el debate entre ambos dignatarios.
Mientras Chubsalid estampaba su firma en el documento, el Sacerdote Capellán Parlingelteg, que se encontraba cerca, se le aproximó y se arrodilló junto a su silla.
—Señor, déjame ir contigo a ese palacio. Lo que allí te ocurra también me ocurrirá a mí.
Chubsalid posó su mano sobre el hombro del joven monje.
—Que sea como dices. Apreciaré que estés a mi lado.
Se volvió a Asperamanka, también presente.
—¿Y tú, nuestro Sacerdote Militante, vendrás también a Icen corno testigo del crimen del Oligarca?
Asperamanka miró hacia aquí y allá, como si buscase una puerta invisible:
—Tú hablas mejor que yo, Supremo Sacerdote. No creo conveniente hacer alusión a la plaga. No sabemos de ninguna cura para la Muerte Gorda, no más que ellos. El Oligarca podría tener razones que desconocemos para querer suprimir el pauk.
—Pues las oiremos. Entonces, ¿nos acompañas a Parlingelteg y a mí?
—Tal vez deberíamos llevar con nosotros a algunos médicos.
Chubsalid sonrió:
—Espero que podamos hacerle frente sin la ayuda de ningún doctor.
—Sería aconsejable buscar un arreglo —dijo Asperamanka, quien daba la sensación de haberse encogido.
—Veremos lo que puede hacerse —dijo Chubsalid—. Y gracias por decir que vendrás con nosotros.
Llegó el alba. El Supremo Sacerdote Chubsalid, vestido con sus hábitos sacerdotales, se despedía de sus colegas. Abrazó a uno o dos.
El hombre entrecano ocultó una lágrima.
Chubsalid le sonrió:
—Suceda lo que suceda en este día, necesitaré de tu valor tanto como del mío —dijo con voz firme y serena.
Asperamanka y Parlingelteg lo esperaban en el carruaje, que partió cuando hubo subido Chubsalid.
El carruaje atravesó silenciosas calles. Por orden del Oligarca, la policía había dispersado a curiosos y seguidores, de manera que el Supremo Sacerdote no encontrara a su paso el acostumbrado saludo del pueblo sino sólo un pesado silencio.
A medida que el carruaje avanzaba sobre el irregular empedrado de la colina Icen, se hacía más evidente la presencia militar. A las puertas del castillo, hombres armados se adelantaron para cortar el paso a todos aquellos religiosos que habían seguido hasta allí a su líder. El carruaje pasó bajo el ominoso arco de piedra y las grandes puertas de hierro se cerraron tras él.
Acentuando el silencio, numerosas ventanas emitían su reflejo mortecino hacia el patio anterior. Eran ventanas malvadas, más parecidas a dientes afilados que a ojos.
Los tres sacerdotes fueron conducidos sin ceremonias hasta el gélido interior del edificio. El eco multiplicó sus pasos al atravesar el gran salón de entrada flanqueados por rígidos soldados en sus complejos uniformes nacionales. Ninguno movía un solo músculo.
La comitiva llegó a la parte trasera del castillo, donde se extendía un lóbrego pasadizo cuyo entarimado, rozado por innumeras botas, mostraba su superficie marcada por profundas rayas, como si un animal desesperado hubiera luchado allí afanosamente por abrirse camino hacia la libertad. Tras un instante de espera, su guía recibió una señal y pudieron subir por una estrecha escalerilla de madera que daba dos vueltas completas sin que ninguna ventana iluminase el ascenso. Aparecieron así en otro pasadizo, que, como el primero, evocaba la lucha de un animal desesperado, y se detuvieron ante una puerta. El guía llamó.
Una voz los hizo pasar.
Entraron en una sala adornada con el encanto festivo que caracterizaba a la Oligarquía. Era una especie de salón de recepciones, amueblado con sillas en las que sólo las más consumidas anatomías podrían hallar reposo. La única ventana del salón estaba cubierta por pesadas cortinas de cuero evidentemente diseñadas para repeler las arremetidas de la luz diurna.
La iluminación acentuaba las avaras proporciones de aquella sala, en la que la altura del techo se correspondía solamente con la profundidad de la penumbra que generaba. Un grueso cirio de viridiana se consumía sobre un alto soporte ubicado en el centro del salón vacío. De algún lado llegaba una corriente fría que hacía bailar las sombras sobre el quejumbroso suelo de madera.
—¿Cuánto tiempo esperaremos aquí? —preguntó Chubsalid al guía.
—Un tiempo breve, señor.
Los tiempos breves se hacían largos en aquel salón; pero poco después dos soldados armados con sables empujaron unas puertas internas, dejando parcialmente al descubierto una nueva sala.
Esta sala estaba iluminada por lámparas de gas, que arrojaban su enfermiza luz sobre todo menos sobre el rostro de un hombre sentado al fondo de una silla de gran tamaño. Su rostro estaba en sombras debido a que las lámparas se encontraban detrás del trono. El hombre no se movió.
Chubsalid dijo con voz clara:
—Yo soy el Supremo Sacerdote Chubsalid de la Iglesia de la Paz Formidable. ¿Quién eres tú?
Una voz igual de clara le respondió:
—Te dirigirás a mí como el Oligarca.
A pesar de haberse preparado para este momento, los tres sacerdotes se sintieron momentáneamente paralizados. Luego avanzaron hasta la puerta de la sala interior, donde soldados con los sables desenvainados les cerraron el paso.
—¿Eres Torkerkanzlag II? —preguntó Chubsalid.
A lo que la voz clara volvió a decir:
—Dirígete a mí como el Oligarca.
Chubsalid y Asperamanka se miraron. Luego, el primero empezó a hablar.
—Hemos venido hasta aquí, Temido Oligarca, para discutir el recorte de las libertades tradicionales en nuestro estado, y a hablar contigo acerca de un crimen recientemente cometido…
La voz clara lo interrumpió:
—No has venido aquí a discutir nada, sacerdote. No has venido a hablar de nada. Estás aquí porque predicaste la traición, desafiando deliberadamente los últimos edictos del Estado. Has venido aquí porque la traición se castiga con la muerte.
—Al contrario —dijo Parlingelteg—. Hemos venido aquí en nombre de la razón y de la justicia, esperando encontrarnos con un debate abierto, no con una suerte de retorcido melodrama. Asperamanka adelantó el pecho contra la punta desnuda de una de las espadas y dijo:
—Temido Oligarca, te he servido fielmente. Soy el Sacerdote Militante Asperamanka, aquel que, como sin duda ya sabes, condujo a tus ejércitos a la victoria sobre los mil cultos paganos de Pannoval. ¿Acaso tú…? ¿No fueron esos mismos ejércitos destruidos a las puertas de nuestro territorio?
La voz inconmovible del Oligarca dijo:
—En presencia de tu gobernante no has de formular preguntas.
—Dinos quién eres —dijo Parlingelteg—. Si eres humano, no das muestras de serlo.
Haciendo caso omiso de la interrupción, Torkerkanzlag II se dirigió a uno de los guardias:
—Descorre las cortinas.
El guía que los había conducido hasta la sofocante cámara avanzó hasta la larga ventana haciendo crujir el suelo y cogió con ambas manos la cortina de cuero, que retiró lentamente.
Una luz grisácea invadió la sala. Mientras sus dos acompañantes miraban hacia afuera, Chubsalid se volvió hacia el Oligarca. Algo de luz había logrado filtrarse incluso hasta el sombrío trono donde éste, inmóvil, se hallaba sentado, revelando débilmente una parte de sus rasgos.
—¡Te reconozco! ¡Pero si eres…! —Sin embargo, el Supremo Sacerdote no pudo seguir porque uno de los soldados lo tomó irrespetuosamente del hombro y lo empujó hasta la larga ventana donde el guía señalaba hacia abajo.
Al otro lado de la ventana se veía un patio rodeado enteramente por altos muros grises. Cualquiera que osase atravesarlo habría sucumbido bajo el peso de las ominosas hileras de ventanas que se alzaban a su alrededor.
En medio del patio habían construido una pequeña celda de madera con un alto y robusto poste en su centro. Lo más curioso de esta construcción consistía en que celda y poste se sostenían sobre una plataforma de tablones de madera apoyada en una pila de troncos. Entre uno y otro tronco había manojos de hojarasca y ramas secas, astillas y paja.
El Oligarca dijo:
—La traición se castiga con la muerte. Eso lo sabías antes de venir aquí. La muerte en la hoguera. Has predicado contra el Estado. Debes arder.
Parlingelteg habló con aplomo mientras la cortina volvía a velar la luz:
—Si te atreves a quemarnos, harás que la religión de Sibornal se torne contra el Estado. Cada mano de cada hombre se alzará en tu contra. No sobrevivirás. Quizá ni siquiera sobreviva Sibornal.
Asperamanka corrió hacia la puerta, gritando:
—Me ocuparé de que el mundo se entere de esta infamia.
Pero los soldados apostados al otro lado lo hicieron retroceder.
Chubsalid, en medio de la sala, le dijo serenamente:
—Mantente firme, mi buen sacerdote. Si este crimen se comete aquí, en el centro de Askitosh, habrá quienes no descansarán hasta que el Azoiáxico haya triunfado. He aquí el monstruo que piensa que la traición es menos costosa que los ejércitos. Pero esta traición le costará todo lo que tiene.
El hombre inmóvil dijo desde su trono:
—No hay mayor bien que la supervivencia de la civilización durante los siglos que se avecinan. A tal fin, todo sacrificio es poco. Olvidemos los nobles principios. Cuando la plaga triunfa, la ley y el orden sucumben. Siempre ha sido así al acercarse cada Gran Invierno, en Campannlat, en Hespagorat, también en Sibornal. Los ejércitos enloquecen, los documentos arden, los emblemas más preciados del Estado son destruidos. Reina la barbarie.
»Esta vez, este invierno, podremos/sabremos sobrevivir a la crisis. Sibornal debe convertirse en una fortaleza. Ahora ya nadie debe entrar. Pronto, nadie podrá salir. Durante cuatro siglos, mientras el frío desollé a los lobos, nosotros seremos un oasis de ley y orden. Viviremos del mar.
»Los valores se mantendrán, pero siempre que sean aquellos de la supervivencia. No admitiré un Estado y una Iglesia enfrentados. Es lo que ha decidido la Oligarquía. El nuestro es el único plan capaz/posible para salvar al mayor número de gente.
»Con la llegada de la primavera, nosotros habremos mantenido nuestra fuerza y Campannlat seguirá sumido en el primitivismo, atando a sus mujeres al yugo de sus carros como si fueran bestias de carga…, si no han olvidado para entonces cómo se construye una rueda. Entonces habrá llegado el momento de resolver para siempre la interminable hostilidad que nos ata a aquellas salvajes tierras.
«¿Llamáis maldad a esto? ¿A esto llamas maldad, Supremo Sacerdote? ¿Al triunfo de nuestro bienamado continente?
Enfundado en sus hábitos, la figura de Chubsalid imponía respeto. Se enderezó y dejó que el silencio cubriera la retórica del Oligarca antes de responder:
—Aunque tu arrogancia te diga lo contrario, el tuyo es el argumento de un hombre débil. La religión de Sibornal es áspera, forjada, al igual que la Gran Rueda, bajo las adversidades de un clima extremo. Pero predica el estoicismo, no la crueldad. Tú esgrimes el viejo argumento del fin que justifica los medios. Te darás cuenta demasiado tarde de que la crueldad que predicas se volverá pronto en tu contra, impidiéndote lograr lo que te propones.
El hombre del trono movió la mano apenas una pulgada a modo de gesto:
—Podemos cometer errores, Supremo Sacerdote, eso lo sé. Entonces nos limitaremos a enterrar a nuestros muertos y mantenernos en carrera.
—Y todos esos muertos atestiguarán en tu contra —estalló la voz clara y juvenil de Parlingelteg—. La noticia irá de gossi en gossi. Todos sabrán de tus crímenes.
El timbre más grave del Oligarca respondió:
—Los muertos pueden atestiguar. Afortunadamente, no van armados.
—¡Cuando esta infamia se sepa, serán muchos los que alcen las armas contra ti!
—Si no tenéis otra cosa que decir aparte de vuestras amenazas, es hora de que os unáis a los millones de desarmados subterráneos. ¿O es que alguno de vosotros prefiere reconsiderar su lealtad para con el Estado en razón de lo que he dicho?
Hizo una señal a los guardias. Parlingelteg gritó la maldición prohibida:
—¡Abro Hakmo Astab, maldito Oligarca!
Guardias armados cruzaron pesadamente la habitación para tomar posiciones detrás de los religiosos.
Asperamanka, mudo, no conseguía dominar el temblor de su mandíbula. Sus ojos buscaron a Chubsalid, que le palmeó el hombro. El sacerdote más joven tomó el brazo de Chubsalid al tiempo que volvía a gritar:
—¡Quémanos y harás que arda todo Askitosh!
—Te lo advierto, Oligarca —dijo Chubsalid—. Si provocas un cisma entre Iglesia y Estado, tus planes fracasarán. Dividirás al pueblo. Si nos quemas, tu plan habrá fallado antes de comenzar.
El Oligarca, con voz calma, dijo:
—Encontraré a otros más deseosos de cooperar, Supremo Sacerdote. Docenas de obedientes querrán tomar tu lugar… sin nada deshonroso en ello. Conozco bien a los hombres.
Cuando los guardias sujetaron a los prisioneros, Asperamanka consiguió liberarse y se adelantó corriendo hacia el trono, hincando la rodilla ante el Oligarca, la cabeza inclinada.
—Temido Oligarca, no me mates. Tú sabes que yo, Asperamanka, he sido tu siervo fiel en la guerra. Estoy seguro de que nunca quisiste acabar con la vida de tan valioso instrumento. Haz lo que desees con los otros dos pero permíteme vivir, ¡permíteme volver a servir! Yo también creo que Sibornal debe sobrevivir como dices. A épocas duras corresponden medidas duras. El poder espiritual debe dejar paso al poder temporal para garantizar la seguridad. Deja que viva y te serviré… para mayor gloria de Dios.
—Puedes hacerlo en nombre de tus rastreros intereses pero nunca en el de Dios —dijo Chubsalid—. ¡Ponte de pie! Muere con nosotros, Asperamanka; te será menos doloroso.
—Tanto en la vida corno en la muerte, aceptamos el papel del dolor en nuestra existencia —sentenció el Oligarca—. Asperamanka, no me esperaba esto de ti, del vencedor de Isturiacha. Entraste aquí con tus hermanos; ¿por qué no morir también con ellos?
Asperamanka callaba. Luego, siempre con la rodilla hincada, estalló en un torrente de elocuencia.
—Lo que se ha dicho aquí no corresponde tanto a la política o a la moral como a la historia. Tú quieres cambiar la historia, Oligarca; una obsesión de todo gran hombre, supongo. De hecho, nuestra historia cíclica parece estar pidiendo una reforma…, reforma que, para ser efectiva, ha de ser brutal.
»Pero yo hablo en nombre de nuestra bienamada Iglesia, a la que también he servido… y con entera devoción. Deja que éstos ardan por ella. Yo prefiero vivir por ella. La historia nos enseña que las religiones pueden extinguirse al igual que las naciones. No he olvidado las lecciones de historia que recibí de niño en el monasterio del Antiguo Askitosh, en las que supe de la derrota de la religión de Pannoval a manos del malvado rey de Borlien y sus ministros. Si Iglesia y Estado quedaran divididos, nuestro Dios Supremo se vería igualmente amenazado. Deja que yo, como Hombre de Dios, sirva a tus propósitos.
Cuando los arrastraban fuera de la sala, Parlingelteg golpeó con el pie a Asperamanka, que rodó por el suelo:
—¡Hipócrita! —gritó mientras era empujado al otro lado de la puerta.
—Llevad a estos dos al patio —dijo el Oligarca—. Si en el corazón de la Iglesia se cuela un poco de temor, puede que en el futuro la Iglesia modere su expresividad.
Inmóvil, presenció cómo los guardias se llevaban al Supremo Sacerdote Chubsalid y al Sacerdote Capellán Parlingelteg.
La sala se vació. Sólo quedaban un guardia, silencioso en las sombras, y Asperamanka, todavía de rodillas, con el semblante pálido.
La fría mirada del Oligarca se posó en este último.
—Siempre hay un sitio para los de tu clase —dijo—. Ponte de pie.