II - UNA SILENCIOSA PRESENCIA

La sensación de victoria se mezclaba en la mente de Luterin Shokerandit con muchas otras emociones. Un orgullo similar a una impetuosa fanfarria bullía en su interior cada vez que constataba que ya era un hombre, un héroe, y que su coraje había quedado demostrado pira todos menos para él. Sentía también la excitación de tener en sus manos a una hermosa e indefensa mujer. Y aun así no lograba acallar del todo el inquieto torrente de sus pensamientos, un rumor tan familiar que ya formaba parte de su persona. El torrente le hablaba una y otra vez de la cuestión del deber hacia sus padres, de las obligaciones y restricciones caseras, de la pérdida del hermano —dolorosamente pendiente de explicación—, del año de postración y enfermedad. Dudas que, en breve, ni siquiera el sabor de la victoria lograría aliviar completamente. Éste era el universo de percepciones de Luterin a k edad de trece años. El joven llevaba consigo una incertidumbre que el aroma y la voz de Toress Lahl podían tanto calmar como acentuar. Y puesto que no tenía nadie en quien confiar, Luterin optaba por esconderlo todo y actuar como si no existiese en su interior la más mínima sombra de inquietud.

De ahí que se sintiera feliz de poder entrar nuevamente en acción no bien despuntó el alba. Había descubierto que el peligro era un sedante eficaz.

—Un último asalto —dijo el Arcipreste Militante Asperamanka—, y el día será nuestro. —Su rostro airado se desplazó en medio de otros mil rostros adustos y de labios prietos que se preparaban para regresar al combate.

Empezaron a sonar voces de mando y órdenes. Se reagrupó a los phagors y los yelks abrevaron. Los hombres escupían antes de subir nuevamente a sus sillares de montar. Clareaba. El amanecer de Batalix iluminó la planicie y la máquina del sufrimiento humano se puso otra vez en marcha. El ascenso de la debilitada estrella mayor era, en cambio, bastante más pausado: Freyr jamás se alejaba demasiado del horizonte.

—¡Adelante! —La caballería, seguida de los infantes, avanzó a paso de hombre. Ya silbaban las balas. Algunos tambalearon y cayeron.

El ataque sibornalés duró poco más de una hora. Con la moral destrozada, una tras otra fueron retrocediendo las unidades de Pannoval. Cuando la fuerza de Shivenink que comandaba Luterin Shokerandit quiso lanzarse en su persecución, el alto mando la retuvo; no convenía a los intereses de Asperamanka que el joven teniente se cubriera aún más de gloria. El ejército del Norte se retiró a la ribera septentrional del río. En unos graneros de Isturiacha se había levantado una enfermería de campaña y allí trasladaron a los heridos, y los pusieron con delicadeza sobre montones de paja, donde siguieron desangrándose.

Cuando el enemigo se hubo retirado del llano pudo evaluarse más claramente el coste de la batalla. Desparramados por su última orilla como si de un gigantesco naufragio se tratase, pálidos cadáveres regaban el terreno. Aquí y allá ardían carromatos volcados, y el humo trazaba delgadas pinceladas sobre la inmundicia.

Algunas figuras se movían entre los muertos. Por ejemplo, la de un irreconocible oficial pannovalés que, como los perros, olisqueaba un cadáver. Luego, tras tironear de la guerrera hasta arrancarle una manga, hincó sus dientes en el brazo inerte. Comía entrecortadamente, con expresión desencajada, levantando la cabeza tras cada mordisco en actitud vigilante.

Ni siquiera dejó de masticar y recelar cuando se le acercó un fusilero. Este apuntó su arma y le disparó casi a quemarropa. El oficial de artillería fue despedido hacia atrás, hasta yacer inmóvil con los brazos abiertos. Junto con otros compañeros, el fusilero recorría lentamente el campo de batalla, liquidando a los devoradores de cadáveres. Se trataba de infelices que habían contraído la Muerte Gorda y que, enceguecidos por la bulimia, se abalanzaban sobre la carne muerta como si fuera un festín. Había apestados en ambos bandos.

En su retirada, el desarticulado ejército de Pannoval había dejado atrás a una cuadrilla de mazoneros.

Aunque ya no había victoria que celebrar, estos albañiles tenían que ejercer su oficio. Si al llegar a Pannoval los comandantes derrotados podían adjudicarse el triunfo, aquí, en los confines de su territorio, la mentira necesitaba de un soporte de piedra.

Como no había canteras en la zona, los mazoneros echaron mano de un ruinoso monumento cercano. Una vez demolido, transportaron bloque por bloque hasta las proximidades del puente que cruzaba el turbulento río.

Eran hombres orgullosos de su oficio. Con experto cuidado, volvieron a erigir el monumento en su nuevo emplazamiento. El maestro de obras talló en la base el nombre del lugar y la fecha, y en letras más adornadas, el nombre del viejo Mariscal en Jefe.

Luego se apartaron un poco y admiraron satisfechos la formación de piedra antes de regresar a su carromato. A ninguno de los que habían llevado a cabo este piadoso acto se le ocurrió pensar que para ello habían tenido que demoler un monumento que conmemoraba una batalla similar celebrada eones atrás en aquel mismo sitio.

Mientras tanto, los soberbios sibornaleses observaban la retirada enemiga hacia el sur. No obstante, sus bajas habían sido cuantiosas y no tenía por ahora mayor leñado seguir descendiendo como se planeó en un principio. Además, según los propios colonos de Isturiacha, los asentamientos del sur habían sido arrasados.

Quienes habían sobrevivido a la batalla se sintieron aliviados de haber superado el trance. Sin embargo, existía en ciertos sectores la sensación de que la lucha no había sido todo lo honrosa que se esperaba. Ni honrosa ni, quizás, útil, en comparación con los largos meses de preparación y entrenamiento que la habían precedido. ¿Qué la había motivado? ¿Un puñado de tierra que pronto sería cedido? ¿El honor?

A fin de apaciguar esta inquietud, Asperamanka anunció que aquella misma noche celebrarían con un festín la victoria de Sibornal. Se carnearían algunos arangs recién llegados a Isturiacha y el resto de las vituallas procedería de los alimentos confiscados al enemigo. No habría, de este modo, necesidad de tocar las raciones de campaña, indispensables para el viaje de regreso.

Los preparativos para el festejo se iniciaron a pesar de que, a escasa distancia, aún se estaba enterrando a los muertos en suelo consagrado. Las tumbas, abiertas al ancho cielo, ocupaban un valle extenso y llano hasta donde llegaba una mezcla de aromas culinarios que ya flotaba sobre los cadáveres.

En contraste con la actividad de los colonos, los soldados gozaban del descanso. Desparramados entre ellos, sus phagors descansaban también. Había llegado el momento de entregarse al sueño reparador. De curar las heridas. De remendar uniformes, botas, arneses. Pronto habría que reemprender la marcha. No podían permanecer en Isturiacha. No había suficientes reservas para alimentar a un ejército ocioso.

Hacia el final de la jornada, el aroma de carne asada y humo de leña se había impuesto al penetrante hedor del llano ensangrentado. Se elevaron himnos de agradecimiento al Dios Azoiáxico. Algo en la voz de los hombres, la sinceridad que destilaban tal vez, hizo asomar lágrimas en los rostros de algunas de las colonas, cuyas vidas estaban a salvo gracias a quienes cantaban ahora esos himnos. ¿Qué les hubiera esperado de vencer Pannoval? El cautiverio o la violación.

Los niños que durante el peligro habían sido encerrados en la iglesia de la Paz Formidable fueron liberados, y ahora animaban la velada con sus gritos de júbilo. Deambulaban entre la tropa, riendo entre dientes de los intentos de los hombres por emborracharse con la floja cerveza de Isturiacha.

El festín se inició de acuerdo con los presagios, mientras la tenue luz iba envolviendo el mundo. Pronto no quedaron de los arangs asados más que las huecas jaulas de sus costillares. Otra victoria memorable había tenido lugar.

Más tarde, tres solemnes ancianos del consejo local se acercaron reverentes al Arcipreste Militante. Puesto que las castas altas de Sibornal desaprobaban el contacto físico con otras personas, los ancianos evitaron tocarlo durante el saludo.

Tras agradecer a Asperamanka por haber defendido a Isturiacha, el mayor de ellos expresó formalmente:

—Reverenciado sire, como es notorio, somos ahora el último y más meridional de los asentamientos de Sibornal. Antiguamente, los asentamientos cubrían/llegando mucho más al sur de Campannlat, incluso hasta Roonsmoor. Todos ellos han sido diezmados por los naturales del Continente Salvaje. Antes de que tu ejército deba/se retire a nuestro continente nativo, te rogamos en nombre de todos en Isturiacha que dejes aquí una fuerte guarnición, a fin de que pudiéramos/evitable no sufrir la misma suerte que nuestros vecinos.

El cabello de los ancianos era escaso y cano. Sus narices brillaban a la luz de las lámparas de aceite. Hablaban en alto dialecto, lastrado de tiempos escurridizos, gerundios, futuros compulsivos y subjuntivos de evasión, y el Arcipreste Militante les respondió en términos similares, aunque sin mirar directamente hacia ellos.

—Honorables caballeros, dudo de que pudierais/poder/ser capaces de alimentar las bocas de más que me pedís. A pesar de que estamos en el estío del pequeño año, y de que el clima es benigno, vuestras cosechas, corno he comprobado, son pobres y vuestro ganado está famélico.

El tenso nubarrón que campeaba en el entrecejo de Asperamanka se había oscurecido mientras éste hablaba.

Los ancianos se miraron. Luego, dijeron los tres a la vez:

—El poder de Pannoval caerá otra vez sobre nosotros.

—Nosotros rezamos/rezando cada día para que vuelva el buen tiempo.

—Sin una guarnición nosotros inevitable/vamos/muriendo.

Quizás haya sido el uso del arcaico futuro fatalista lo que hizo a Asperamanka fruncir aún más el ceño. Su rostro rectangular pareció estrecharse. Mantenía la vista clavada en la mesa y los labios sellados, y asentía levemente como si estuviera cerrando un taimado pacto consigo mismo.

El teniente Luterin Shokerandit estaba sentado en los sitios de honor junto a Asperamanka, que así lo había dispuesto con el fin de cubrirse tal vez de parte de la gloria del joven oficial. El Arcipreste Militante se volvió hacia Shokerandit y le preguntó:

—Luterin, ¿qué respuesta te dignarías/dando a la petición de estos ancianos, en alto dialecto o en lo que fuese?

Shokerandit era consciente del riesgo que corría.

—Puesto que la petición no proviene de tres gargantas, sire, sino de las de todo Isturiacha, no me creo capaz de dar con la respuesta adecuada. Sólo tu experiencia, sire, puede hacerlo.

El sacerdote-soldado elevó su mirada hacia las vigas y las largas sombras del techo y se rascó el mentón.

—Sí, podría decirse que la decisión es mía, en nombre de la Oligarquía. Por otra parte, podría decirse que Dios ya ha decidido. El Azoiáxico me dice que ya no podemos mantener este asentamiento, ni los que se encuentran más al norte. —Sire…

Al dirigirse a los ancianos, una espesa ceja triangular estiró el rostro rectangular de Asperamanka.

—Las cosechas menguan año tras año a pesar de los rezos y oraciones. Esto nadie puede negarlo. En otro tiempo, en los asentamientos del sur se cultivaban vides. Ahora, a duras penas podéis cosechar cebada y patatas mohosas. Isturiacha era nuestro orgullo; hoy es nuestro punto débil. Será mejor abandonar el asentamiento. De aquí a dos días, cuando el ejército se retire, todos deberán haberlo evacuado. No existe otro modo de evitar el hambre o la anexión a Pannoval.

Dos de los ancianos tuvieron que sostener al tercero. Una oleada de consternación se extendió sobre quienes habían podido seguir la conversación. Una mujer corrió hacia el Arcipreste Militante y se aferró a sus botas manchadas de lodo. Gritaba que había nacido en Isturiacha, y también sus hermanas; que no podían pensar en abandonar su hogar.

Asperamanka se puso de pie y dio algunos golpes de atención sobre la mesa. Se hizo el silencio.

—Que esto quede claro para todos. Recordad que mi rango me permite, no, me obliga a hablar tanto en nombre de la Iglesia como del Estado. No hemos de hacemos falsas ilusiones. Somos un pueblo práctico y sé que terminaréis por aceptarlo. Nuestro Señor, el que existió antes de la vida y en torno al cual gira toda vida, ha dispuesto para nuestra generación un camino pedregoso. Que así sea. Alegrémonos de poder recorrerlo, pues ésa es su voluntad.

»Los valerosos soldados que esta noche festejan junto a vosotros, estos bravos representantes de todas nuestras ilustres naciones, han de emprender el camino del norte casi de inmediato. Si el ejército no se pusiera en movimiento, la falta de forraje acabaría con él. Y si permaneciese aquí, en Isturiacha, os arrastraría rápidamente a la hambruna. Como granjeros, debéis comprender la situación. No se trata de nuestros designios sino de los de Dios y la naturaleza Nuestra intención original era la de seguir presionando hasta conquistar Pannoval, así nos lo había encomendado el Oligarca En cambio, nos vemos obligados a regresar a casa Dentro de dos días, m uno más ni uno menos.

Uno de los ancianos preguntó —¿Por qué este repentino cambio de planes, Sacerdote Militante, cuando tuya era la victoria?

Una sonrisa horizontal se abrió paso en el rostro rectangular de Asperamanka Alrededor, unos rostros grasientos aguardaban sus palabras, que su sabio instinto de predicador aconsejó retener todavía un poco.

—Sí, nuestra fue la victoria, y por ella agradecemos al Azoiáxico, pero no así el futuro La historia se opone a nosotros Los asentamientos del sur, con cuyo apoyo y abastecimiento contábamos, fueron barridos por un enemigo salvaje El clima se deteriora más aprisa de lo que suponíamos, basta observar cuan poco se eleva Freyr últimamente Mi conclusión es que Pannoval, ese agujero pagano, está demasiado lejos para intentar una victoria y lo bastante cerca como para sufrir una derrota De continuar allí, ninguno de nosotros podría regresar aquí.

»La Muerte Gorda avanza desde el sur Ya la tenemos entre nosotros. No hay guerrero, por valiente que sea, que no le tema Nadie está dispuesto a luchar con semejante compañero a su lado.

»De modo que nos inclinamos humildemente ante la naturaleza y regresamos a casa a informar de nuestra victoria al Oligarca en Askitosh Nos marcharemos, como he dicho antes, dentro de cincuenta horas Contáis con ese tiempo, colonos, empleadlo bien Una vez transcurrido, aquellos de vosotros que hayáis decidido volver a Sibornal con vuestras familias seréis bienvenidos y gozaréis de la protección del ejército.

»Quienes prefieran permanecer en Isturiacha, pueden hacerlo y morir aquí Sibornal no regresará hasta aquí No puede hacerlo Así que, sea cual sea vuestra decisión, tenéis cincuenta horas para tomarla. Dios os bendiga a todos.

Unos dos mil colonos, entre hombres, mujeres y niños, vivían en el asentamiento, y la mayoría de ellos había nacido allí No conocían otra vida que la del duro campo y, en el caso de los hombres más privilegiados, la de la caza Los espantaba la idea de tener que abandonar sus hogares, temían el largo viaje a través de las estepas hasta Sibornal, recelaban incluso de cómo serían recibidos en la frontera.

De todos modos, cuando los ancianos plantearon la cuestión durante una reunión en la iglesia, la mayor parte de ellos decidió marchar. De año pequeño en año, el clima venía deteriorándose, con mínimas variaciones, hacía ya más tiempo del que muchos podían recordar Cada año las comunicaciones con la patria septentrional se volvían más frágiles, y más cercanas las amenazas del Sur.

El campamento se cubrió de lágrimas y lamentaciones Todo había acabado Debían abandonar aquello por lo que habían luchado.

En cuanto salió Batalix, los esclavos corrieron al campo a recoger todo cuanto pudieran aprovechar de las cosechas, mientras en las casas se empacaban los enseres de valor Hubo alguna riña entre los que pretendían seguir al ejército y un pequeño grupo dispuesto a quedarse a toda costa, según estos últimos, los cultivos debían permanecer intactos.

Tres clases de esclavos habían sido enviados a cosechar el campo Estaban los phagors, desastados, que eran medio esclavos, medio bestias de carga, luego, los esclavos humanos, por último, los esclavos de origen no humano, que solían ser Madis o, mas raramente, Driats. Tanto unos como otros, ya fueran machos o hembras, humanos o no humanos, eran considerados personas sin honra. Eran muertos sociales.

Tener esclavos era signo de jerarquía, cuantos más esclavos, más jerarquía. Los numerosos sibornaleses que no los poseían miraban con envidia a sus compatriotas más afortunados, y soñaban con tener algún día al menos un phagor. En épocas más benignas, los esclavos de las ciudades de Sibornal habían gozado de cierta ociosidad, como si de animales domésticos se tratara; en los asentamientos, sin embargo, esclavos y colonos sudaban codo con codo. Con el endurecimiento de los tiempos, la actitud de los amos fue cambiando y, salvo en contadas ocasiones, los esclavos pasaron a ser mera fuerza de trabajo. En cuanto a los del asentamiento, no bien habían vuelto del campo ya estaban construyendo carretas y ocupándose de tareas insólitas para ellos.

Cuando se hubo agotado el plazo estipulado por el Arcipreste Militante, sonaron toques de clarín y se pidió a la gente que se reagrupase fuera del perímetro del asentamiento.

Los intendentes del ejército sibornalés habían dispuesto cocinas de campaña desde donde comenzaban a repartir el pan recién horneado para el largo trayecto de vuelta. Tras una conferencia, los comandantes anunciaron que aquellos colonos que acompañasen al ejército debían liquidar a sus esclavos o liberarlos, para así reducir el número de bocas que alimentar. Esta orden no incluía a los ancipitales, que podían servir como bestias de carga y se agenciaban su propio sustento.

—¡Piedad! —gritaban esclavos y amos. Los phagors permanecieron inmóviles.

—Acabemos con los phagors —dijeron algunos hombres con amargura.

Otros, recordando la historia antigua, repusieron:

—En el pasado ellos fueron nuestros amos…

Pero los colonos estaban sometidos ahora a la ley marcial. Las protestas no sirvieron de nada. Sin sus esclavos, muchos propietarios serían incapaces de llevar consigo todos sus bienes. No obstante, los esclavos ya no contaban. Su utilidad había expirado.

Más de mil esclavos serían masacrados en un viejo cauce seco del río, a escasa distancia de Isturiacha. Sus cuerpos fueron enterrados sin oficio alguno por los phagors, mientras bandadas enteras de pájaros carroñeros, posados en las vallas cercanas, esperaban su oportunidad. El viento volvió a soplar como antes.

Un terrible silencio sucedió al griterío.

Asperamanka, de pie, observaba la ceremonia. Una de las colonas pasó llorando junto a él. Compadecido, posó su mano sobre el hombro de la mujer.

—Bendita seas, hija mía. No te aflijas.

Ella lo miró sin ira pero con el rostro excavado por las lágrimas.

—Yo quería a mi esclavo Yuli. ¿Acaso no es humano afligirse?

A pesar del edicto, numerosos esclavos salvaron sus vidas, sobre todo aquellos que cumplían funciones sexuales. Se les cambió de aspecto y así, disimulados, se integraron a las familias para el viaje. Por su parte, Luterin Shokerandit perdonó a su cautiva, agenciándole unos pantalones y un gorro de piel como disfraz. Sin mediar palabra, la joven disimuló su largo cabello castaño en el interior del gorro y fue a situarse junto al yelk de Luterin, riendas en mano.

Comenzaron a formarse las columnas, preparadas para marchar.

Mientras se cargaban carros más allá de su capacidad y se acomodaba a los heridos, seis rebaños de arangs aprovecharon la confusión para huir y, escalando los muros, se alejaron pradera abajo con sus perros. Habían ganado el derecho a una vida libre y salvaje.

Asperamanka, solo junto a su yelk negro, estaba sumido en sus oscuros pensamientos. Luego, mandó llamar a Luterin Shokerandit.

La inquietud de Luterin traslucía cierta inmadurez.

—¿Tienes un par de hombres de confianza con buenas monturas, teniente? ¿Dos hombres capaces de viajar de prisa? Quisiera que las noticias de nuestra victoria llegasen al Oligarca lo antes posible. Antes de que se entere por otras fuentes. —Podría encontrarlos, sí. Los de Kharnabhar somos magníficos jinetes.

Como si la idea lo fastidiase, Asperamanka arrugó el ceño. Luego extrajo una cartera de cuero, que sostuvo bajo uno de sus brazos.

—Tus dos hombres de confianza deben llevar este mensaje hasta la ciudad fronteriza de Koriantura. Desde allí, un agente mío lo entregará al Oligarca en persona. La responsabilidad de tus hombres acaba en Koriantura, ¿entendido? Avísame cuando estén listos.

—Así lo haré, sire.

Una mano enguantada de azul puso la cartera en manos de Shokerandit. Estaba sellada con el emblema del Arcipreste Militante e iba dirigida al Supremo Oligarca de Sibornal, Torkekanzlag II, en Askitosh, Ciudad Capital de Uskutoshk.

Shokerandit escogió a dos jóvenes de su confianza, a los que conocía bien y que en Shivenink eran como hermanos. Éstos dejaron a sus camaradas y a sus guerreros phagor y montaron a pelo en dos yelks, sin más equipaje que una saca de provisiones y agua. En menos de una hora ya habían partido a campo traviesa, cabalgando hacia el norte con el mensaje para el temido Oligarca.

Pero el Oligarca de Sibornal, señor de su vasto y desolado continente, tenía espías por todas partes. Y uno de ellos, un hombre situado en el entorno del Arcipreste Militante Asperamanka, ya había salido en la misma dirección con anterioridad portando noticias del enfrentamiento, dado el interés particular que tenía el Oligarca en conocer la evolución de la peste hacia el norte.

Había llegado el momento de la despedida. La travesía de regreso a Sibornal se inició en un desorden considerable. Todas las unidades se pusieron en marcha con sus carromatos, sus animales de refresco, sus phagors y su armamento, y el estrépito se adueñó del llano. El ejército desandaba el camino por el que pocos días atrás había llegado. En cuanto a los colonos que dejaban Isturiacha, muchos de ellos por primera vez en su vida, avanzaban en caótica procesión, cargados de niños y de los bártulos que no cabían en sus atiborrados carros.

Con lágrimas en los ojos se despedían de aquellos que habían tomado la decisión de quedarse. Las siluetas de estos exiliados se recortaban rígidas contra los muros del asentamiento, con sus brazos levantados a modo de saludo. Atesoraban dentro de ellos la conciencia de haber escogido el papel más honroso, de ser capaces de desafiar su destino; pero eran también conscientes de que los elementos se pondrían cada vez más contra ellos. En adelante no contarían con ninguna otra defensa que la misericordia del Azoiáxico y su propia habilidad para sortear las dificultades.

Luterin Shokerandit ocupaba la cabecera de la milicia de Shivenink, sabedor de que su estatura había cambiado desde que había recorrido esta misma senda por última vez. Ahora era un héroe. Su cautiva, Toress Lahl, disfrazada bajo el gorro y los pantalones de montar, iba a la grupa de su yelk, cogida de su cinto. Todavía ardía la muerte del esposo en el interior de la joven; por tanto, cabalgaba en silencio.

A Toress Lahl, ensimismada en su dolor, el yelk no parecía inquietarla. Aunque dócil, el aspecto de la bestia era feroz. Unos cuernos rizados emergían de sus crines hirsutas, y sus ojos, escudados bajo gruesos párpados, le otorgaban una expresión vigilante. Quizá, como sugería su pesado labio inferior colgante, albergara un profundo desprecio por la parte de historia humana que le había tocado presenciar.

El asentamiento, a la cola de la procesión, fue disminuyendo de tamaño. Enseguida se sucedieron, en agotadora serie, varios valles similares. Al soplar, el viento extraía susurros de la hierba.

La procesión quedó sumida en el silencio. Uno de los ancianos que había escogido abandonar Isturiacha, un hombre locuaz y amante de escuchar el sonido de su voz, espoleó a su animal hasta alcanzar a Shokerandit y sus lugartenientes e intentó pasar el resto de la jornada a su lado. Shokerandit no estaba precisamente hablador. Pensaba en el futuro inmediato y en el largo viaje de regreso a la casa paterna.

—Supongo que sería el Supremo Oligarca quien ordenó que Isturiacha fuera abandonada —aventuró el hombre.

Como no obtuvo respuesta, volvió a intentarlo.

—Dicen que el Oligarca es un gran déspota y que gobierna con dureza en todo Sibornal.

—Más duro será el invierno —rió uno de los lugartenientes.

Transcurrida una milla, el anciano dijo en tono confidencial:

—Imagino que vosotros, los jóvenes, no estaréis totalmente de acuerdo con Asperamanka… Imagino que en su lugar habríais dejado una guarnición en el poblado para defendernos.

—No estaba en mí tomar esa decisión —respondió Shokerandit.

El anciano asintió, sonriente. Pocos dientes le quedaban en la boca.

—Ah, pero yo vi la expresión de tu rostro cuando él anunció su intención y me dije, de hecho, se lo dije a los demás, dije: «He aquí un joven con algo de compasión dentro de él: un santo», y…

—Vete, anciano. Ahorra tu aliento, lo necesitarás para el trayecto.

—Pero, clausurar un estupendo asentamiento, así, de pronto… En los viejos tiempos, solíamos enviar nuestros sobrantes de alimentos a Uskutoshk. Y sin embargo van y lo clausuran… Uno hubiera imaginado que el Oligarca nos estaría agradecido. De hecho, somos todos sibornaleses, ¿verdad? Es un hecho incontestable.

Puesto que Shokerandit no aprovechaba la oportunidad que le había dado para contestar este argumento, el anciano se enjugó la boca con el dorso de la mano y continuó: —¿Tú crees que he hecho bien en marchar, joven señor? Después de todo, se trataba de mi hogar. Quizá debimos quedarnos. Quizás otro de esos ejércitos del Oligarca, uno con mejor disposición hacia sus compatriotas, se desplazará hasta aquí en un año o dos… En fin, sólo puedo añadir que éste es para nosotros un día amargo.

Ya guiaba a su bestia en dirección a los suyos y estaba a punto de retirarse cuando Shokerandit extendió repentinamente el brazo y lo asió del cuello del abrigo, casi derribándolo de su silla.

—¡Qué poco sabes del mundo si ésa es toda la claridad de que eres capaz! Lo que yo opine del Sacerdote Militante no tiene importancia. Su conclusión ha sido la única posible. Trata de razonarla por ti mismo en lugar de ir por ahí lamentándote. Mira cuántos somos. En poco tiempo nos habremos extendido de un horizonte al otro. Hombres, animales, bocas que alimentar… El clima, cada vez más austero… Piénsalo por ti mismo, anciano.

Luterin señaló la multitud que avanzaba, señaló las espaldas grises, negras y rojizas de los soldados, cada uno con sus tres días de ración de galleta dura y sus municiones a cuestas, cada espalda inclinada hacia el sur y el pálido sol.

La multitud, cada vez más dispersa a lo ancho para dejar espacio a los rechinantes carromatos, producía al moverse un sordo y sepulcral sonido que le era devuelto por las colinas bajas.

Entre los jinetes había numerosas figuras que se desplazaban a pie, a menudo cogidas de los arreos de las sillas de montar. Algunos carros cargaban con montañas de equipo y enseres, otros llevaban heridos cuyos quejidos aumentaban con cada sacudón de la estructura. Porteadores phagor marchaban, con la espalda encorvada y la mirada baja, tras sus amos; las unidades de ancipitales de combate, algo apartadas, avanzaban con su extraño y desarticulado paso.

Esa noche, el alto resultó un tanto confuso. No todas las órdenes impartidas a gritos y los toques de corneta sirvieron para reorganizar el caos. Muchas unidades se establecieron donde pudieron, levantando o no sus tiendas e impidiendo que otras unidades encontrasen un sitio adecuado para acampar. Los animales necesitaban forraje y agua. Para ello, unos cuantos carros tuvieron que aventurarse en las sombras en busca de arroyos de montaña. Fue una noche breve y plagada de murmullos humanos y del inquieto rumor de las bestias.

Desaparecieron las nubes. El frío aumentó.

El contingente de Shivenink formó un estrecho grupo. Jóvenes en su gran mayoría, los hombres se arracimaron en torno a Luterin Shokerandit, dispuestos a pasar la noche bebiendo. El licor que llevaban consigo se llamaba yadahl y era un fermento de algas de color rojo rubí. Con ese licor brindarían por la reciente victoria, por el heroísmo de Luterin y porque estaban en las llanuras y no en las familiares montañas de su tierra, y por el sencillo placer de estar vivos… y por todo aquello que pudieran imaginar. Poco después cantaban, despreocupados de los gritos de sus soñolientos vecinos.

Pero el yadahl no despertó en Luterin el deseo de cantar. Apartándose de sus camaradas de Kharnabhar, dejó que su pensamiento fluyera hacía su bella cautiva. A pesar de que había estado casada, a pesar de la firmeza de su carácter, dudaba de que fuese mayor que él: las mujeres del Continente Salvaje se casaban muy jóvenes.

Comprendió que la deseaba. Sin embargo, sus padres habían dispuesto para él un casamiento en Kharnabhar. Pero, ¿qué tenía que ver aquello con lo que hiciera aquí, en las inhóspitas estepas de Chalce? Tantos escrúpulos acabarían por convertirlo en el hazmerreír de sus amigos.

Recordó la víspera de la partida del ejército sibornalés en el pueblo fronterizo de Koriantura. Él y sus hombres estaban de permiso. A pesar de los esfuerzos de su amigo Umat por lograr que se uniese a la juerga, Luterin había preferido vagar solo, como un tonto. En lugar de emborracharse en los burdeles con sus camaradas de armas, había recorrido las solitarias calles empedradas sin rumbo fijo hasta entrar en la tienda de un deuteroscopista, en la manzana contigua a un viejo teatro.

El deuteroscopista le había enseñado muchas curiosidades, incluido un objeto pequeño semejante a un brazalete que —aseguraba— procedía de otro mundo, y un frasco en el que se enroscaba una tenía de dos metros de largo que el hombre había extraído de las entrañas de una dama de alcurnia (por medio de una flauta de plata que estaba dispuesto a vender a buen precio).

—¿Tengo el valor necesario para el combate? —preguntó Luterin.

Antes de responder, el viejo adivino se sumió en el estudio del cráneo del joven con sus calibres e instrumentos de medir.

—Eres, joven señor, un santo o un pecador —dijo por fin.

—No era ésa mi pregunta. Mi pregunta es: ¿soy un héroe o un cobarde?

—Sigue siendo la misma. Hace falta valor para ser un santo.

—¿Y para ser un pecador? —Luterin pensaba en su negativa a unirse a sus compañeros.

La vieja cabeza cubierta de pelo asintió varias veces.

—También. Todo requiere su valor. Hasta esa lombriz necesitó el suyo. ¿Te gustaría pasar el resto de tus días en las entrañas de otro ser? ¿Aunque fueran las entrañas de una hermosa dama? Si te dijera que te espera un futuro semejante, ¿te alegrarías?

Exasperado por las vueltas y dilaciones del viejo, Luterin exclamó:

—¿Quieres responder a mi pregunta?

—Tú mismo la responderás muy pronto. Sólo diré que tu coraje será grande…

—¿Pero?

La sonrisa del adivino pedía misericordia. —Está en tu naturaleza, joven caballero. Te sentirás santo y pecador al mismo tiempo. Serás un héroe y sin embargo veo que te comportarás como un granuja.

Había recordado esta conversación, y también la tenia, durante todo el camino hasta Isturiacha. Ahora que ya era un héroe, ¿se atrevería a convertirse en un granuja?

Estaba sentado allí, bebiendo en silencio, cuando Umat Esikananzi lo cogió de la bota y, de un tirón, lo acercó un poco más al fogón.

—No estés triste, viejo amigo. Seguimos con vida, hemos jugado a ser héroes, sobre todo tú, y pronto estaremos de vuelta en casa.

Umat tenía, como su padre, una cara grande como un pastel, pero ahora estaba radiante.

—El mundo es un sitio horrendo y vacío. Por eso cantamos; para llenarlo de ruido. Pero veo que tienes otras cosas en qué pensar.

—Umat, aunque tienes la voz más melodiosa que he oído, incluyendo la de un buitre, creo que me iré a dormir.

Umat esgrimió un dedo admonitorio.

—Ahá, lo que me temía. ¡Es debido a tu bella cautiva! Dale su merecido de mi parte. Te prometo que no le diré nada a Insil.

Luterin le dio un golpe amistoso en la barbilla.

—Nunca sabré por qué le ha tocado en desgracia a Insil un hermano como tú.

—Es una chica, Insil —dijo Umat después de apurar un nuevo trago de yadahl—. Pensándolo bien, supongo que me lo agradecerá si te arrastro de la oreja y te inicio un poco en el asunto.

El grupo entero se partió de risa.

Shokerandit se puso en píe como pudo y les dio las buenas noches. No sin esfuerzo logró llegar hasta su petate, junto a uno de los carros. A pesar de las estrellas que poblaban el cielo, reinaba la oscuridad. La aurora, tan frecuente en Kharnabhar, no existía en esas latitudes.

Abrazado a su cantimplora, tropezó contra el bulto de su yelk, que estaba amarrado al suelo mediante un aro que le perforaba la oreja izquierda. Arrodillándose, se acercó, a gatas, hasta donde se encontraba la mujer.

Toress Lahl yacía hecha un ovillo, con las manos cruzadas sobre las rodillas. Lo miró acercarse en silencio, mientras la oscuridad acentuaba la palidez de su rostro. En sus ojos se reflejaba con todo detalle el titilar de las estrellas que poblaban el cielo.

Él la cogió del brazo y empujó la cantimplora hacia su boca.

—Bebe un poco de yadhal.

Ella, sin decir palabra, rechazó el ofrecimiento con un breve y decidido movimiento de su cabeza.

Después de abofetearla, Luterin aplastó la botella de cuero contra la boca de la joven. —He dicho que bebas esto, perra. Verás cómo te anima. De nuevo el movimiento de rechazo. Esta vez Luterin le torció el brazo hasta hacerla gritar de dolor. Entonces ella le quitó la cantimplora y echó un trago de aquel fuerte licor.

—Te hará bien. Bebe más.

Pero ella tosió y escupió parte de lo que había bebido, y algunas gotas alcanzaron, brillantes, la mejilla de Luterin. Él la besó en los labios, forzándola.

—Ten piedad, te lo ruego. No eres un bárbaro. —Su sibish era correcto, aunque tenía un fuerte acento que no desagradó del todo a Luterin.

—Eres mi prisionera, mujer. Olvida las pretensiones. Quienquiera que seas, ahora eres mía, eres parte de mi victoria. Hasta el Arcipreste haría contigo lo mismo que yo, si estuviera en mi lugar…

Shokerandit echó un buen trago de yadhal y, con un suspiro, se tumbó pesadamente junto a ella, que, tensa, guardó silencio; luego, al comprobar la inercia del joven, habló. Cuando no gritaba, Toress Lahl tenía en la voz una profunda calidad líquida, como si al fondo de su garganta corriese un arroyuelo. —El viejo que se te acercó esta tarde —dijo— se veía a sí mismo camino de la esclavitud, al igual que yo. ¿A qué te referías cuando le dijiste que tu Arcipreste había tomado la única decisión posible?

Shokerandit permaneció echado, luchando con su propia borrachera, luchando con la pregunta, luchando contra el impulso de golpear a la muchacha por intentar cambiar de manera tan ostentosa el curso de su deseo. De ese preñado silencio pareció nacer en él una certeza más oscura que su intención de violarla, la certeza de un destino inmutable. Bebió más alcohol pero la certeza creció. Entonces rodó hasta quedar encima de la cautiva, quizá para imponerle al menos sus palabras.

—¿Decisión, dices, mujer? El único capaz de decidir es el Azoiáxico, o en todo caso el Oligarca, y no un excéntrico santón que estaría dispuesto a sangrar a sus hombres con tal de lograr su propósito.

Luterin señaló a sus camaradas, que seguían divirtiéndose alrededor de la fogata.

—¿Ves a aquellos bufones? Vienen, como yo, de Shivenink, casi al otro lado del globo. A partir de la frontera de Uskutoshk aún faltan otros trescientos veinte kilómetros. Con todo nuestro equipo a cuestas y la necesidad de conseguirnos comida como sea, no podemos cubrir más de dieciséis kilómetros diarios. ¿Con qué crees que nos llenamos el estómago en esta época, señora mía?

Luterin la sacudió hasta hacerle castañetear los dientes, y ella, aferrándose a él, le dijo aterrada:

—Pero os lo llenáis, ¿verdad? Vuestros carros van cargados de suministros y vuestros animales pueden pastar, ¿verdad?

Shokerandit rió.

—Así que nos lo llenamos, ¿no? ¿Con qué, exactamente? ¿Cuánta gente dirías que hemos desparramado por estos llanos? La respuesta se acerca a unos diez mil, entre humanos y no-humanos, más algo así como siete mil yelks, incluida la caballería. Cada uno de estos hombres consume dos libras de pan diarias y una libra extra de otras provisiones, contando por supuesto su ración de yadhal. Haz la suma: todo eso suma unas trece toneladas y media al día.

»A los hombres se les puede reducir la ración. Nuestro estómago es pequeño. Pero las bestias enferman si no se las alimenta. Un yelk consume veinte libras diarias de forraje que, multiplicadas por siete mil cabezas, se convierten en sesenta y dos toneladas aproximadamente. En total, se habrían de transportar o procurar como sea unas setenta y cinco toneladas, y sólo podemos acarrear nueve…

Enmudeció un instante, corno queriendo transformar mentalmente ese panorama en cifras.—¿De dónde sacar lo que falta? Del camino, claro. Podríamos requisar los poblados que fuéramos encontrando… pero no hay poblados en Chalce. Nos queda la tierra. El pan, por ejemplo… Se necesitan veinticuatro onzas de harina para hornear una pieza de dos libras. De modo que cada día hemos de procurarnos unas seis toneladas y media de harina.

»Pero esto no es nada comparado con lo que comen los animales. Para alimentar a cincuenta yelks y hoxneys hace falta todo un acre de pastos verdes…

Toress Lahl sollozaba. Shokerandit se irguió sobre un codo y paseó la vista por el campamento mientras hablaba. Aquí y allá, pequeñas chispas rasgaban la oscuridad hasta que los cuerpos invisibles que se movían por la extensa superficie las ocultaban momentáneamente. Algunos hombres cantaban; otros, al borde de la degradación, se comunicaban con los muertos.

—Supón que tardamos veinte días en llegar a Koriantura, en la frontera: nuestras bestias habrán consumido dos mil ochocientos acres de pasto. Tu finado esposo haría cálculos parecidos, ¿no es cierto?

»A medida que un ejército avanza, la búsqueda de comida se le hace más trabajosa que la propia marcha. Tenemos que moler nuestro grano, pero en estas regiones apenas si hay pastos salvajes y shoatapraxis. Tenemos que recorrer la zona en busca de leña para nuestros hornos. Además, los hornos han de montarse. Tenemos que apacentar y dar de beber a los yelks… ¿Comprendes ahora por qué tuvimos que abandonar Isturiacha? Tenemos la historia en contra.

—Bien, pues a mí no me importa —dijo ella—, ¿Por qué me cuentas todo lo que comen las bestias? ¿Acaso soy un animal? Podéis moriros de hambre, todos vosotros, por lo que me concierne. Os habéis embriagado con sangre y ahora lo hacéis con yadhal.

—No creían —siguió Luterin en voz baja— que fuera lo bastante bueno para el combate, así que en Koriantura me pusieron a cargo del forraje. ¡Vaya insulto para el hijo de un Guardián de la Rueda! Puede que tuviera que aprenderme esas cifras, mujer, pero algo obtuve de ellas. Comprendí su verdadero significado. Año a año se acorta la época del cultivo, al paso de un día al principio y otro al final. Este verano ha sido decepcionante para los granjeros. La hambruna invade el istmo de Chalce. Ya verás. Todo esto lo sabe Asperamanka. Piensa lo que quieras de él, pero no es ningún tonto. Al partir, éramos once mil hombres. Ésta ha sido la última expedición de semejante magnitud.

—Eso significa que mi continente estará por fin a salvo de vuestra odiosa injerencia sibish.

Luterin volvió a reír.

—La paz tiene un precio. Un ejército que avanza es como una plaga de langostas, y las langostas se mueren si no encuentran comida en su camino. Aquel asentamiento pronto quedará aislado. Está condenado.

»El mundo se vuelve cada vez más hostil, mujer. Y nosotros gastamos los escasos recursos que nos quedan…

Luterin se estiró junto al cuerpo rígido de la joven, con la cabeza hundida entre los brazos. A punto de sucumbir al sueño y la bebida, se alzó una vez más para preguntarle cuántos años tenía. Ella se negó a contestar. Él le propinó un golpe en la cara. Entre sollozos, ella admitió tener trece años y un décimo. Es decir, dos décimos menos que él. —Joven para ser viuda —comentó Luterin con cierto deleite—. Y… no creas que te librarás tan fácilmente de mí mañana a la noche. Ya no soy el oficial a cargo del forraje. Mañana a la noche no habrá charla, mujer.

Toress Lahl no respondió nada. Permaneció despierta, impasible, con la vista miserablemente clavada en las estrellas. A medida que el amanecer de Batalix se fue aproximando, algunas nubes velaron el cielo. Entonces pudo escuchar el quejido de los moribundos. Durante la noche, la plaga se había cobrado otras doce vidas.

Pero por la mañana, los supervivientes se levantaron y se desperezaron como de costumbre. Animados, bromearon con sus camaradas mientras hacían cola delante de los carromatos del pan. Una pieza de dos libras para cada uno, recordó la muchacha con amargura.

No había soldado en aquella larga caravana de regreso a casa que pudiera decir que se divertía. Sin embargo, es probable que todos intentasen disfrutar a su modo de la rutina de plantar y levantar campamento, de la camaradería, de la sensación de que ganaban terreno y de la circunstancia de estar en un sitio distinto cada día. El simple hecho de dejar atrás una fogata en cenizas y de encender otra nueva, la imagen de las llamas jóvenes alimentándose de ramas y hierba seca, bastaban para aliviar su fatiga.

Estas actividades, y la alegría que generaban, eran tan antiguas como la humanidad. De hecho, algunas actividades eran aún más antiguas, puesto que la conciencia humana se había elevado, vacilante como las jóvenes llamas de las hogueras, sorteando los peligros de su primera gran peregrinación hacia oriente, cuando el hombre abandonó Hespagorat junto con la protección de la raza ancipital y su condición de animal doméstico.

Y aunque el viento del norte, llegado de las regiones circumpolares de Sibornal, helase el aire, los soldados lo recibían con familiar simpatía, y se sentían a gusto pisando ese suelo. Los oficiales estaban menos animados que la tropa. A la soldadesca en general le bastaba con haber sobrevivido a la batalla y estar camino de casa, cualquiera que fuese la bienvenida que le aguardaba allí. Para quienes se dedicaban a pensar más seriamente, la cuestión se complicaba. Por un lado, el régimen de Sibornal se hacía cada vez más estricto de fronteras para adentro. Por el otro, ellos pertenecían a un ejército victorioso.

De Asperamanka para abajo, la oficialidad no cesaba de hablar de victoria. Pero debido a la terrible enantiodromía que atenazaba el mundo, debido a la inevitable y constante conversión de cada cosa en su opuesto, el triunfo empezaba poco a poco a saber a derrota; una derrota de la que se retiraban con unas cuantas cicatrices, una lista de bajas y varias bocas más que alimentar.

Además, para acentuar esta opresiva sensación de fracaso, la Muerte Gorda se había instalado entre ellos y los acompañaba a paso ligero.

Durante la primavera del Gran Año fue la fiebre de los huesos la que acabó diezmando poblaciones enteras y redujo a los supervivientes a meros esqueletos ambulantes. En el otoño del Año sería la Muerte Gorda la encargada de volver a diezmar la población, aunque esta vez sus víctimas cobraron un nuevo aspecto, más compacto. Los hombres podían llegar a comprender todo esto y más, y lo aceptaban con fatalismo. Pero el solo sonido de la palabra «plaga» bastaba aún para encogerles el pecho. En momentos así, todos desconfiaban del vecino.

Al cuarto día de marcha, las unidades más adelantadas toparon con uno de los dos mensajeros fletados por Shokerandit. Yacía boca abajo al fondo de una hondonada, con el tronco desgarrado como quien ha sido atacado por un animal salvaje.

Los soldados formaron un gran círculo en torno al cadáver. No podían dejar de mirarlo. Al llegar Asperamanka, también él quedó absorto en la espeluznante escena. Luego le dijo a Shokerandit:

—Esa silenciosa presencia viaja con nosotros. No hay duda de que son los phagors los que transmiten la peste, y así nos castiga el Azoiáxico por habernos asociado con ellos. No calmaremos su ira hasta haber matado a todos los phagors que marchan con nosotros.

—¿Una nueva matanza? ¿No podríamos dejar que los ancipitales se perdieran en la espesura, Arcipreste?

—¿Y permitir que se multipliquen y se hagan fuertes contra nosotros? Tú ocúpate de tus asuntos, mi joven héroe, que yo me ocuparé de los míos. —Varias arrugas surcaron con gravedad el alargado rostro del Arcipreste, que continuó:—Ahora es aún más necesario que nuestro mensaje llegue al Oligarca cuanto antes. Han de enviarnos algún tipo de asistencia. Quiero que seas tú el que se adelante a Koriantura y entregue personalmente mi mensaje para que desde allí sea transmitido al Oligarca. Que te acompañe alguien de confianza. ¿Lo harás?

Luterin hundió la vista en el suelo como cuando estaba en presencia de su padre. Estaba acostumbrado a obedecer órdenes.

—Me tendrás sobre la silla de montar en menos de una hora, señor.

El enojo que siempre parecía anidar bajo las cejas de Asperamanka, encendiéndole los ojos, se hizo presente mientras miraba a su subordinado.

—Piensa que podría estar salvando tu vida al encomendarte esta misión, alférez teniente Shokerandit. Por otra parte, quizá cabalgues y cabalgues para descubrir que la silenciosa presencia ya ha llegado a Koriantura.

Y después de hacer la Señal de la Rueda sobre su frente con un dedo enguantado, dio media vuelta y se fue.