IV - UNA CARRERA MILITAR

La Restricción de Personas en Situación de Residencia fue recibida con la misma división de opiniones que las restantes proclamas de la Oligarquía. En los sectores más acomodados de la ciudad, la gente exclamaba, asintiendo con la cabeza: «¡Oh, qué idea tan ingeniosa!», mientras que, cerca del puerto, decían: «¡Mira con lo que salen ahora estos chiflados!».

Pero Eedap Mun Odim no expresó abiertamente su desazón al regresar a su atiborrada casa de cinco plantas. Sabía que en poco tiempo la policía aparecería por allí para comunicarle que estaba contraviniendo la nueva ley.

Aquella noche, palmeó a sus hijos, aposentó la modesta anatomía junto a la soñolienta masa que tenía por esposa y preparó su mente para el pauk. A ella no le dijo nada, sabedor de que sus exhibiciones de angustia, sus lágrimas, sus idas y venidas de un extremo de la habitación al otro, sus achuchones y besos hidrópicos a los niños, no ayudarían en nada a resolver el problema. Cuando la respiración de la mujer se hizo tan regular como el soplo reparador de la brisa sobre los valles otoñales de Kuj-Juvec, Odim reunió sus recursos internos y se sumergió en esa pequeña muerte que forma la puerta de entrada al pauk.

Los pobres, los agobiados, los perseguidos siempre podían contar con este refugio: el trance del pauk. El pauk permitía la comunicación con aquellos familiares cuya vida en la tierra había acabado. Ni el Estado ni la Iglesia ejercían jurisdicción alguna sobre la región de los muertos. En esa vasta dimensión mortuoria no existía la restricción de personas; tampoco Dios Azoiáxico imperaba allí. Sólo gossis y remotos fessups desaparecían en un ordenado exilio, hundiéndose hacia el sol insomne de la Observadora Original, aquella que acogía en su seno a todos los vivos.

Como una pluma, el alma trémula de Eedap Mun Odim se hundió en busca del gossi de su padre, recientemente retirado del mundo de arriba.

El padre tenía ahora el aspecto de una imperfecta caja dorada. Aunque no era fácil vislumbrarlo a través de la obsidiana de la no existencia, el alma de Odim hizo una serie de reverencias y el gossi respondió con un breve centelleo. Odim expuso sus problemas.

El gossi escuchó, consolándolo con pequeñas pero terribles boqueadas de polvo iridiscente, mientras se comunicaba al mismo tiempo con las sepulcrales legiones de ancestros anteriores. Finalmente, Odim recibió su consejo.

—Hijo bienamado, tus antepasados celebran tu abnegado deber para con los tuyos. La familia ha de apoyarse en la familia, ya que los gobiernos no las comprenden. Tu buen hermano Odirin Nan vive lejos de ti pero también él, como tú, comparte ese profundo sentimiento por nuestra pobre gente. Ve a él. Ve a Odirin Nan.

Luego, un remolino se tragó aquella voz inarticulada. Odim respondió que amaba a su hermano Odirin Nan pero que éste vivía en la lejana Shivenink; ¿no sería, por tanto, mejor cruzar los montes y reunirse con la remota rama familiar que aún vivía en los valles de Kuj-Juvec?

—Aquellos que todavía pueden hablar a través de mí aconsejan no regresar a Kuj-Juvec. La travesía de los montes se vuelve más peligrosa cada mes, según atestiguan los que vuelven. —La tenue estructura relucía aun mientras estaba hablando.—Además, los valles son cada vez más rocosos y el ganado va perdiendo peso. Bienamado, hombre abnegado donde los haya: navega hacia el oeste, busca a tu hermano. Es nuestro consejo.

—Padre, oír la melodía de tu voz es obedecer su música.

Tras tiernas despedidas por ambas partes, el alma de Odim buscó la superficie a través de la obsidiana como una chispa que surca el vacío estrellado; las legiones ancestrales ya no le eran visibles. Después vino el calvario de encontrar un débil envoltorio humano tumbado inerte sobre el colchón, y los esfuerzos por volver a habitarlo.

Odim regresó a su cuerpo mortal debilitado por la excursión pero fortalecido por la sabiduría paterna. A su lado, su ancha mujer continuaba resollando, sumida en un pesado sueño. La abrazó como pudo y se acurrucó en su calidez, como un niño con su madre.

Había quienes —amantes del secreto— se levantaban casi a la vez que Odim se disponía a dormir. Había quienes —amantes de la noche— preferían estar en pie antes del amanecer para aventajar a sus congéneres. Había quienes —amantes del frío— estaban hechos de tal modo que gozaban de las horas muertas en las que la resistencia humana es mínima.

Al dar las tres de la madrugada, el mayor Gardeterark ya se había enfundado sus pantalones de cuero y se afeitaba sin apartar la mirada vigilante de la imagen que le devolvía el espejo.

Al mayor Gardeterark no le interesaba en lo más mínimo aquella tontería del pauk. Se consideraba a sí mismo un racionalista. El racionalismo era su credo, y el de su familia también. No creía en el Azoiáxico —el Desfile Eclesiástico era otra cosa— y menos aún en el pauk. Para el mayor resultaba inconcebible que su pensamiento lo confinase a un umwelt de obsidiana latente al que no atravesaba ninguna luz.

Y ahora, con su navaja de afeitar en mano, reflexionaba sobre cómo fastidiar a los habitantes de Koriantura, así como a su oficial inferior, el capitán Harbin Fashnalgid. Gardeterark estaba seguro de tener motivos familiares racionales para odiar a Fashnalgid, ello sin contar su incompetencia. Porque él era un hombre racional.

En otros tiempos, antes del último invierno Weyr, un gran monarca, probablemente llamado rey Denniss, había gobernado Sibornal. El rey Denniss tenía su corte en el Antiguo Askitosh y solía retirarse a las grandes edificaciones conocidas hoy como Palacios de Otoño. Así rezaba la leyenda.

El monarca había reunido en su corte a los hombres más sabios de todo el planeta. Además, había luchado por la supervivencia de Sibornal a lo largo de los umbrosos siglos del Gran Invierno, y cruzó los mares lanzando contra Pannoval una fuerza invasora.

Los sabios del rey habían compilado catálogos y enciclopedias, nombrando, clasificando, ordenando todo aquello que tuviera vida menos el mundo vago y latente de los muertos, en deferencia a la Iglesia de la Paz Formidable.

Luego, la muerte del rey Denniss había inaugurado un largo período de confusión. Entonces llegó el invierno. En un intento por gobernar el continente sobre una base racional y científica, como había propuesto el rey Denniss, las grandes familias de las siete naciones sibornalesas se fundieron en una Oligarquía, cuyos estudiosos fueron enviados allende los mares a iluminar a los nativos de Campannlat y aun a tierras tan lejanas como el antiguo centro cultural de Keevasien, al sudoeste de Borlien.

Durante el otoño del Gran Año actual la Oligarquía había producido uno de sus decretos más inspirados, referido a la modificación del calendario de Sibornal. Con anterioridad, las naciones sibornalesas —excepción hecha de regiones apartadas corno el Alto Hazziz— se habían atenido a la fórmula «año tal después de la coronación de Denniss», que finalmente fue abolida por la Oligarquía.

De allí en adelante, los años pequeños se contarían según el método astronómico, es decir, a partir del año pequeño en que Heliconia y su estrella más débil, Batalix, se encontraban más alejados de Freyr: en otras palabras, desde el año del apastrón.

En cada Gran Año cabían 1.825 años pequeños, cada uno de los cuales contaba con 480 días. El año actual, el de la incursión de Asperamanka en Chalce, era el 1308 Después del Apastrón. Gracias a este sistema astronómico, nadie podía olvidar en qué momento se encontraba con respecto a las estaciones. Era un método racional.

Así pues, el mayor Gardeterark terminó racionalmente de afeitarse, secó su rostro y comenzó a cepillarse de manera racional su formidable dentadura: tantas pasadas por delante de cada diente, tantas otras por detrás.

La modificación del calendario, no obstante, había alarmado a los campesinos. Pero la Oligarquía sabía lo que hacía. Se volvió secretista; generaba secretos. De pronto sus agentes estaban por todas partes. Durante el otoño había creado y desarrollado una policía secreta que se encargaba de velar por sus intereses. Su líder, el Oligarca, se fue convirtiendo paulatinamente en un personaje secreto, en una entelequia, una leyenda oscura que planeaba sobre Askitosh, mientras que el rey Denniss —al menos según la leyenda— había sido un monarca bien visible y querido por el pueblo.

Todos los actos y edictos de la Oligarquía contaban Con una justificación racional. Pero el racionalismo podía ser una filosofía cruel en manos de gente como Gardeterark que, gracias a ella, tenía buenas razones para importunar a la gente. Cada noche, durante el rancho, bebía ala salud del racionalismo, hundiendo sus enormes dientes en la concavidad de la copa mientras el licor bajaba por su garganta.

Cuando terminó de acicalarse, dejó que su asistente lo ayudase a calzarse las botas y a enfundarse el chaquetón. Y así vestido, con su indumentaria racional, salió a las heladas calles que esperaban el alba.

Su oficial inferior, el capitán Harbin Fashnalgid, no era racional, pero bebía.

El capitán había empezado a beber por puro hábito social y al unísono con otros jóvenes subalternos. A medida que crecía en Fashnalgid el odio hacia la Oligarquía, crecía asimismo su necesidad de beber. Pero en ocasiones la cosa escapaba a su control.

Una noche en que Fashnalgid había estado bebiendo y leyendo pacíficamente, al margen de sus camaradas, en el casino de oficiales allá en Askitosh, un impetuoso capitán de nombre Naipundeg se había detenido junto a su silla y había plantado la fusta del hoxney sobre su libro abierto.

—¡Siempre leyendo, Harbin, viejo perro insociable! Porquerías, me imagino…

Cerrando el volumen, Fashnalgid había respondido con su voz monocorde:

—No creo que sea una obra con la que te hayas tropezado, Naipundeg. Es una historia de la arquitectura sacra a través de los siglos. Lo encontré días atrás en una cuadra. Fue impreso hace cientos de años y habla de secretos prácticamente olvidados. Cómo conformarse, por ejemplo. Si te interesa.

—No, para ser franco, no me interesa. Suena terriblemente aburrido.

Fashnalgid se irguió y escondió el librito en un bolsillo del uniforme. Alzó su copa y la vació hasta la última gota.

—Hay cada alcornoque en nuestro regimiento… Nunca he llegado a conocer a nadie interesante aquí. No te importa que lo diga, ¿verdad? Supongo que te sentirás orgulloso de ser un alcornoque. Encontrarías aburrido cualquier libro que no hable de porquerías, ¿verdad?

Oscilaba ligeramente. Naipundeg, bastante bebido también, se puso a rugir de rabia.

Entonces, Fashnalgid vomitó todo su odio hacia la Oligarquía y hacia su desmedida sed de poder.

Naipundeg se echó al gaznate otro trago de fuerte aguardiente y lo retó a duelo. Se nombraron segundos, que separaron a los duelistas y los arrastraron a los fondos del casino.

Allí volvió a iniciarse la trifulca. Los dos oficiales lograron zafarse del abrazo de sus segundos y abrieron fuego rabiosamente.

La mayoría de los disparos había errado por mucho el blanco.

Excepto uno.

Ese proyectil había alcanzado a Naipundeg en plena cara, le había destrozado el pómulo y, tras penetrar por la cuenca del ojo izquierdo, había salido por la tapa trasera del cráneo.

En aquella sociedad de corte militar, Fashnalgid pudo hacer pasar el incidente por un acto de caballerosidad en defensa del honor de una mujer. La corte marcial, presidida por el Sacerdote Militante Asperamanka, zanjó la cuestión sin mucho trámite. Naipundeg era un oficial de Bribahr de escasa popularidad entre sus pares y Fashnalgid quedó fácilmente exonerado de culpa. Sin embargo, su conciencia no lo dejaba tranquilo: había matado a un camarada de armas. Y cuanto menos lo culpaban sus compañeros de cogorzas, más culpable se sentía él.

Pidió un permiso y fue a visitar las tierras de su padre en la ondulada campiña al norte de Askitosh. Allí intentó reformarse, ser menos propenso a las mujeres y el alcohol. Los padres de Harbin ya rayaban la senilidad, aunque, como siempre habían hecho durante los últimos cuarenta años o más, ambos recorrían diariamente los campos y las edificaciones de madera.

La administración de la hacienda corría a cargo de los dos hermanos menores de Harbin, a quienes ayudaban sus mujeres. Los hermanos, dos hombres listos, aprovechaban el grano más basto cuando las cosechas finas fallaban, seleccionaban semillas de crecimiento rápido, plantaban retoños resistentes al frío bajo aquellos árboles a los que azotaban los vientos más fuertes o levantaban firmes cercas para mantener a raya las manadas de flambregs que bajaban del norte a merodear. Hoscos phagors trabajaban a sus órdenes.

Estas tierras habían sido para el pequeño Harbin lo más parecido al paraíso. Ahora sólo sentía rechazo por ellas. Sabedor del esfuerzo que requería mantenerlas a flote bajo la amenaza de un clima cada vez más crudo, renunciaba gustoso a su parte. Por las mañanas, en lugar de acompañar a sus hermanos al campo, prefería prolongar las repetitivas charlas con su padre para después retirarse a la biblioteca, donde hojeaba de mala gana los viejos volúmenes que tiempo atrás habían hecho sus delicias y se permitía de tanto en tanto un trago ocasional.

A menudo, Harbin Fashnalgid se afligía pensando en su ineficiencia. Le costaba mucho ejercer su voluntad. Era demasiado modesto corno para reparar en la cantidad de gente, mujeres sobre todo, que lo apreciaban precisamente por eso. Quizá, de haber vivido en una época más benévola, habría gozado de un éxito abrumador.

Era, no obstante, un hombre observador. En sólo dos días había descubierto que el menor de sus hermanos no estaba en buenos términos con su esposa. Tal vez no fuera más que una desavenencia pasajera. Pero Fashnalgid ofreció su simpatía a la mujer. Y cuanto más le hablaba, más se olvidaba de su determinación de reformarse. Desplegó todo su talento. La encandiló con exageradas anécdotas sobre los atractivos de la vida militar mientras la tocaba, le sonreía, le expresaba una pena fingida que tampoco debía fingir del todo. Finalmente ganó su confianza y se convirtió en su amante. Algo absurdamente fácil.

¡Qué modo irracional de comportarse!

Incluso en la destartalada casa paterna de dos plantas era imposible que algo así se mantuviera en secreto. Intoxicado de amor, o de algo parecido, Fashnalgid empezó a actuar con total indiscreción. Llenaba a su nueva amiga de absurdos regalos: una hamaca de mimbre, una cabra bicéfala, una muñeca vestida de soldado, un cofre de marfil tallado con versiones manuscritas de leyendas ponipotánicas, una pareja de pecubeas en una jaula dorada, una figurilla de un hoxney con cara de mujer, un juego de naipes de marfil con incrustaciones de nácar, piedras pulidas, un clavicordio, cintas, poemas y hasta un cráneo fósil de madi con ojos de alabastro.

Traía músicos de la aldea para que le ofrecieran serenatas.

Por su parte, la mujer, extasiada ante el primer hombre de su vida que no sabía nada de plantar patatas o pellamontes, bailaba desnuda para él en su terraza, con los brazaletes y pulseras que le había regalado como único atavío, cantándole el indómito zyganke.

No podía durar. La lúgubre atmósfera rural no podía tolerar semejante exuberancia. Una noche, los dos hermanos de Fashnalgid decidieron arremangarse, irrumpieron en el nido de amor, machacaron el clavicordio e hicieron volar a Harbin fuera de la casa.

—¡Abro Hakmo Astab! —gruñó éste. Ni siquiera a los rudos trabajadores de la hacienda se les permitía emplear en voz alta una expresión tan ruin.

Fashnalgid se puso de pie en la oscuridad, sacudiéndose el polvo. La cabra bicéfala le mordía los pantalones.

Bajo la ventana de su anciano padre, Fashnalgid se dio a vocear una sarta de insultos y súplicas:

—Tú y madre habéis tenido un feliz pasar, maldita sea. Vuestra generación consideraba el amor como un acto de voluntad. «La voluntad nos distingue del animal; el amor, del desamor», dijo el poeta. De todos modos te has casado de por vida, ¿me oyes, viejo tonto? Pues mira, las cosas ya no son como antes. Ahora la voluntad ha dado paso al clima…

»Hoy en día has de pillar el amor no bien se presente… ¿No estabas obligado como padre a hacerme feliz? ¿Eh? Respóndeme, viejo chiflado. Si tan condenadamente feliz has sido, ¿por qué no he heredado ni una pizca de tu talante? ¿Qué más me has dado? ¿Por qué he de sentirme siempre tan infeliz? No hubo respuesta desde la casa a oscuras. Una muñeca vestida de soldado salió volando de una de las ventanas y le dio en la cabeza.

Más le valía regresar a su regimiento en Askitosh. Pero las noticias corrían como reguero de pólvora entre las familias de hacendados y el escándalo persiguió a Fashnalgid. Para colmo de desgracias, el mayor Gardeterark era tío de aquella a la que había seducido, la misma que no hacía mucho bailaba desnuda en su terraza mientras cantaba el indómito zyganke. En adelante, la situación de Harbin Fashnalgid en el regimiento se haría cada vez más precaria.

Pero éste no despilfarraba todo su dinero en bebida y mujeres; también lo apasionaban los libros extraños. Poco a poco había ido extrayendo de ellos pruebas en contra de la Oligarquía, descubriendo cómo durante los soñolientos siglos otoñales se había afianzado en el continente septentrional el autoritarismo. En cierta ocasión, había encontrado entre los trastos viejos del altillo de un anticuario una lista de titularidad de haciendas uskuti sobre cierto impuesto anual; la de los Fashnalgid era una de ellas. Estas fincas habían «efectuado cesiones a la Oligarquía». No se especificaba nada más.

Fashnalgid cumplía con sus obligaciones militares sin dejar de darle vueltas a aquella frase. Con el tiempo se convenció de que él mismo estaba incluido en la parte cedida.

Rememoró, entre juergas y borracheras, algunas de las cosas de las que se vanagloriaba su padre. ¿Acaso no afirmó una vez que había visto al Oligarca en persona? Nadie lo había visto nunca. No había retratos suyos. Por más que se esforzase, la única imagen del Oligarca que le venía a la mente a Fashnalgid era la de un par de garras prendidas a las tierras de Sibornal.

Una tarde, liberado de sus deberes en la guarnición, ordenó a su asistente que le ensillase el hoxney y cabalgó furiosamente hasta la hacienda paterna.

Sus hermanos le gruñeron corno canes cimarrones. Todo lo que alcanzó a ver de la luz de su amor fue un brazo que desaparecía a la fuerza detrás de una puerta. La reconoció por los brazaletes que pendían de su adorada muñeca. ¡Cómo tintineaban cuando ella bailaba!

Su padre estaba echado en un diván, arropado bajo las mantas. Su estado apenas le permitía responder a las preguntas del hijo. Divagaba y se perdía en dilaciones. Con tristeza, Fashnalgid se vio retratado en las mentiras y los meandros de su padre. El anciano insistía en que había llegado a ver a Torkerkanzlag II, el Supremo Oligarca. Esto habría ocurrido cuarenta años atrás, cuando su padre era aún un muchacho.

—Los títulos son arbitrarios —dijo el anciano—. Están ahí para ocultar los nombres reales. La Oligarquía es secreta, y los nombres de sus Miembros se mantienen en el más estricto secreto; nadie debe conocerlos. Mira, ni siquiera se conocen entre ellos… Asimismo…

—¿O sea que nunca has visto al Oligarca en persona?

—Nadie afirmó que lo había visto. Pero se trataba de una ocasión especial, y él estaba en la sala contigua. El mismísimo Oligarca. Así nos lo dijeron entonces. Sé que estaba allí, y siempre lo he sostenido. En cuanto a su aspecto, podría ser una langosta gigante con las pinzas tendidas al cielo, pero el caso es que allí estaba aquel día…, y si yo hubiese abierto la puerta, lo habría visto, con sus pinzas y todo…

—Padre, ¿qué hacías allí? ¿Qué ocasión tan especial era ésa?

—Colina Icen, la llaman. Ya lo sabes, la colina Icen. Todos saben dónde está, y sin embargo los Miembros de la Oligarquía no se conocen entre sí. La discreción es importante. Recuérdalo, Harbin. Para los niños la honestidad, para las niñas la castidad, para los hombres la discreción… Como solía decirme mi abuelo: «En Sibornal hay algo más que un brazo en cada manga». Y no estaba errado del todo.

—¿Cuándo estuviste tú en la colina Icen? ¿Cediste parte de esta hacienda a la Oligarquía? He de saberlo. —Hay algo, muchacho, que se llama deber. La vida no se reduce a obsequiar a las mujeres con muñecas y poesías. La cesión significaba protección inmediata para la hacienda. Mira hacia el futuro: el invierno está a las puertas. Yo ya me siento viejo. La seguridad.,. No tienes por qué preocuparte. Esto fue acordado antes de que tú nacieras. Yo era alguien entonces, más de lo que te podrías… Tú ya deberías haber alcanzado el grado de mayor pero, por lo que sé de los Gardeterark… Por eso me comprometí a hacer ingresar a mi primogénito en el ejército del Oligarca, en defensa de aquella acta estatal, cuando yo…

—¿O sea que todavía no había nacido y ya me habías vendido al ejército? —preguntó Fashnalgid.

—Harbin, Harbin, los hijos ingresan en el ejército. Por caballerosidad. Y por piedad. La piedad es eso, Harbin. Es lo que nos enseñan en la iglesia.

—¿Me vendiste al ejército? ¿Exactamente a cambio de qué?

—Tranquilidad de conciencia. Deber cumplido. Seguridad, corno te decía, aunque no me escucharas. Tu madre estaba de acuerdo. Pregúntaselo a ella. Fue idea suya.

—Escrutadora Bendita.,. —Fashnalgid se sirvió un trago. Mientras lo apuraba garganta abajo, el padre se incorporó en su diván y dijo con voz distante:

—Me hicieron una promesa.

—¿Qué clase de promesa?

—El futuro. La seguridad de nuestra hacienda. Harbin, yo mismo fui un Miembro durante muchos años. Es por eso que acordé tu ingreso en el ejército. Es un honor; una buena, una digna carrera. Deberías acercarte más al joven Gardeterark…

—Me vendiste. Padre, vendiste a tu hijo como si fuera un esclavo… —sollozaba. Abandonó la casa corriendo. Sin mirar atrás, cabalgó y cabalgó, poniendo tierra de por medio con el sitio en el que había nacido.

Pocos meses después se encontraba estacionado en Koriantura, donde, a las órdenes de su enemigo, el mayor Gardeterark, debía preparar un recibimiento caliente a las tropas victoriosas de Asperamanka.

Por lo que se sabía, Sibornal siempre había estado más unido que el revoltillo de naciones que formaban Campannlat. Las naciones del Norte tenían sus diferencias pero seguían siendo capaces de limarlas ante cualquier amenaza externa.

Los siglos más templados habían sido especialmente benévolos con Sibornal. Freyr ocupaba el firmamento desde principios de la primavera del Gran Año y no se había puesto jamás, permitiendo que las regiones septentrionales experimentasen un desarrollo precoz. Ahora que el Gran Año tocaba a su fin, la Oligarquía debía ocuparse de retener como fuera las riendas del poder… y arrojar sobre el continente su propia versión de la oscuridad.

Tanto la Oligarquía como el pueblo llano comprendían que el invierno, implacable en su avance, podía hacer trizas el orden social con la misma facilidad con que reventaría las tuberías heladas. Los inconvenientes del frío, la escasez de alimentos, podían conducir fácilmente al colapso de la civilización. Tras Myrkwyr, es decir, en sólo un par de años, un manto de oscuridad y hielo cubriría la tierra por tres siglos y medio: era el Invierno Weyr, la época en que Sibornal se convertía en pasto de los vientos polares.

Campannlat se colapsaría bajo el aluvión invernal. Sus naciones no estaban en condiciones de colaborar. Pueblos enteros volverían a sumirse en la barbarie. A pesar de sufrir unas condiciones mucho más duras, Sibornal sobreviviría gracias a la planificación racional.

Siempre en busca de consuelo, Harbin Fashnalgid comenzó a relacionarse con sacerdotes y santones. La Iglesia era un remanso de saber. Allí descubrió la respuesta a la supervivencia del continente. Tan obsesionado estaba con el exilio virtual de las propiedades paternas, de aquellos campos y bosques que sus hermanos cultivaban, que la respuesta se le apareció con la fuerza de una revelación. No era la tierra firme la que salvaría a Sibornal en el momento crítico.

El inmenso continente estaba a tal extremo cubierto de hielo que en la práctica quedaba reducido a una estrecha franja de tierra bañada por el mar. Y era allí, en el mar, donde se escondía la salvación de Sibornal. Las aguas frías contenían más oxígeno que las cálidas. Con la llegada del invierno, los mares rebosarían de vida. Gracias a las sólidas cadenas alimentarias marinas no les faltaría sustento, incluso cuando las fincas familiares de las que había sido arrojado se encontrasen bajo una espesa capa de hielo.

Pero la imponente marcha de la historia pesaba como una loza sobre Fashnalgid. El estaba acostumbrado a pensar en períodos de días o décimos, no en décadas o centurias. Luchó contra su propensión a la bebida y repartió el tiempo entre sacerdotes y prostitutas. Un Sacerdote Servidor adscrito a la capilla militar de los cuarteles de Askitosh se convirtió en su confidente y a él le confesó un día Fashnalgid el odio que profesaba por la Oligarquía.

—También la Iglesia odia a la Oligarquía —respondió el sacerdote con suavidad— y sin embargo trabajan juntos. Iglesia y Estado siempre han de permanecer unidos. Tú aborreces a la Oligarquía porque, a través de sus presiones, te ha obligado a ingresar en el ejército. Pero los defectos del carácter bajo el cual te afanas son tuyos, y no de la Oligarquía, ni del ejército.

«Celebra los aspectos positivos de la Oligarquía. Celebra su continuidad y su benévolo poder. Suele decirse que la Oligarquía nunca duerme. Alégrate de que vigile nuestro continente.

Fashnalgid guardó silencio. Tardó un rato en comprender por qué lo había alarmado esta respuesta. Se le ocurría que «benévolo poder» era un binomio intrínsecamente contradictorio. A pesar de ser uskuti, sentía que lo habían vendido a la servidumbre militar. Y si la Oligarquía no dormía nunca debía ser, por definición, inhumana y, por tanto, igual de antagónica a la humanidad que los phagors.

Sólo más tarde comprendió que el sacerdote había hablado de la Oligarquía en términos parecidos a los que podría haber empleado para referirse a Dios Azoiáxico. También el Azoiáxico era admirado por su continuidad y su benévolo poder. También el Azoiáxico vigilaba el continente. ¿Y no solía decirse que la Iglesia jamás dormía?

A partir de aquella charla, Fashnalgid dejó de frecuentar los templos, reafirmándose más que nunca en su visión monstruosa de la Oligarquía.

La Guardia Principal del Oligarca se había librado de acompañar a Asperamanka en su expedición punitiva al norte de Campannlat. No obstante, pocas semanas después recibía órdenes de desplazarse a Koriantura para controlar la frontera.

Fashnalgid se había atrevido a preguntar al mayor Gardeterark las razones de este traslado.

—La Muerte Gorda se está extendiendo —dijo bruscamente el mayor—. Supongo que no nos interesa que estallen desórdenes en las ciudades, ¿verdad? —Tanto le desagradaba su subordinado que en lugar de mirarlo a los ojos clavaba la mirada en su mostacho.

Aquella última noche en Askitosh la pasó Fashnalgid en compañía de su favorita, una mujer llamada Rostadal que vivía en un altillo a pocas calles de los cuarteles.

A Fashnalgid le gustaba Rostadal y también sentía lástima por ella. Era una desplazada. Provenía de una aldea del norte. No poseía nada. Ni creencias políticas o religiosas, ni amistades, y sin embargo se las ingeniaba para ser agradable y dar a su pequeño cuarto de alquiler un aire hogareño.

De pronto, Fashnalgid se sentó en la cama donde yacían y dijo:

—Tengo que irme, Rostadal. Sírveme un trago. —¿Qué pasa?

—Tú sírveme un trago. Es el peso de la desdicha. No puedo quedarme.

Sin una queja, ella dejó la cama y le trajo un vaso de vino que él apuró de inmediato.

Ella lo miraba:

—Dime lo que te preocupa.

—No puedo. Es demasiado terrible. El mundo está lleno de maldad.

Comenzó a vestirse. Ella se calzó las chinelas en silencio, preguntándose si él le pagaría. Una única lámpara de aceite iluminaba la escena.

Después de atarse las botas, él recogió el libro que esperaba junto a la cama y dejó algunos sibs en su lugar. En sus ojos se palpaba la desdicha. Notó el miedo en ella pero no pudo hacer nada para tranquilizarla.

—¿Volverás, Harbin? —preguntó ella, juntando sonoramente las manos.

Él levantó la mirada hacia las grietas del techo y sacudió la cabeza. Después se fue.

Una malévola lluvia caía sobre Askitosh, y de las cloacas brotaba una sucia espuma. Fashnalgid no le prestó atención. Caminaba con paso firme por las calles desiertas, como si quisiera dejar atrás sus pensamientos.

Esas mismas calles desiertas habían visto pasar la noche anterior a un mensajero sobre un exhausto yelk. El hombre había cabalgado colina arriba hasta los cuarteles. Aunque se había intentado silenciar el incidente, al poco tiempo ya se hablaba de ello en el casino de oficiales. El mensajero era un agente del Oligarca. Traía un informe acerca de Asperamanka: anunciaba la victoria de éste sobre las fuerzas combinadas de Campannlat y la liberación de Isturiacha. Según el informe, Asperamanka esperaba de Sibornal un recibimiento triunfal.

El mensajero en cuestión no había terminado de desmontar y ya caía de bruces sobre el pavimento del patio. Presentaba los síntomas clásicos de la Muerte Gorda. Un oficial se acercó al hombre caído y le descerrajó un tiro. No más de una o dos horas después, la madre se le aparecía a Fashnalgid en sueños e, inquieta, le decía: «El hermano matará al hermano». En el sueño, él colgaba de un gancho.

Dos días más tarde, Fashnalgid era destinado a Koriantura.

No bien recibió sus órdenes del mayor Gardeterark, comprendió claramente qué se proponía el Oligarca. Existía un único factor capaz de desbaratar sus planes para conducir a Sibornal sano y salvo a través del Invierno Weyr: la Muerte Gorda. En la locura que la peste acarreaba, los hermanos se devorarían entre sí sin remisión.

La muerte del mensajero nocturno advirtió al Oligarca que el ejército de Asperamanka era portador de esta plaga originaria del Continente Salvaje. De manera que se había llegado a una decisión racional: el ejército del Arcipreste Militante no debía regresar. La Guardia Principal, a la que pertenecía Fashnalgid, estaba en Koriantura por un único motivo: aniquilar a las fuerzas de Asperamanka en cuanto se acercasen a la frontera. Las regulaciones contra la plaga, la Restricción de Personas en Situación de Residencia, impuestas a la ciudad así como a Eedap Mun Odim, eran pasos tendientes a hacer que U población aceptase más fácilmente la masacre cuando ésta tuviese lugar.

Estas terribles reflexiones cruzaban la cabeza de Harbin Fashnalgid mientras yacía en su catre bajo el techo de Odim. Al contrario del mayor Gardeterark, Fashnalgid no era dado a madrugar. Pero la visión que ocupaba su mente no le permitía refugiarse en el sueño. Veía a la Oligarquía como a una araña que, sentada en algún punto de la oscuridad, subsistía a través de las eras a un elevado costo para la gente común.

Era éste el matiz implícito en la afirmación de su padre. Había comprado una promesa de futuro; la había comprado al precio de la vida de su hijo. Su padre se había asegurado la subsistencia como antiguo Miembro de la Oligarquía sin importarle el precio que estaba haciendo pagar al prójimo.

—Tengo que hacer algo al respecto —se dijo Fashnalgid, al tiempo que abandonaba perezosamente su camastro.

Por el pequeño ventanuco comenzaba a filtrarse la luz. Podía oír a su alrededor los primeros y claros indicios del intenso trajín de los Odim.

—Tengo que hacer algo al respecto —se repitió al vestirse.

Cuando, pocas horas más tarde, Besi Besamitikahl entró en su despacho, supo por los involuntarios gestos corporales de la joven que estaba dispuesta a someterse a su voluntad. Fue entonces cuando entrevió la posibilidad de utilizarlos a ella y Odim para desbaratar el plan del Oligarca y salvar al ejército de Asperamanka.

La escarpa que guardaba el flanco oriental de Koriantura y se hundía en el istmo de Chalce marcaba el punto de unión entre los continentes de Sibornal y Campannlat. La tierra irregular al sur de la escarpa —que cualquier ejército que avanzase hacia Uskutoshk debía atravesar— limitaba al oeste con una zona de marismas que eventualmente desembocaban en el mar y acababa a las pocas millas en los Acantilados de Marfil, apostados ante las estepas de Chalce como gigantescos centinelas.

Harbin Fashnalgid y los tres soldados rasos a su mando detuvieron sus yelks al pie de los Acantilados de Marfil y desmontaron. Descubrieron una cueva en la que guarecerse de la brisa helada; Fashnalgid ordenó a uno de sus hombres que encendiese una pequeña hoguera. Luego extrajo una petaca del bolsillo y echó un trago.

Besi Besamitikahl había demostrado su utilidad. Le había enseñado un camino que, a través de las callejuelas de Koriantura, desembocaba al otro lado de la colina, evitando las patrullas de la Guardia Principal que vigilaban en sus posiciones desde lo alto de la escarpa. Técnicamente, Fashnalgid era ahora un desertor. A sus hombres les había dado información falsa. Debían esperar allí hasta que el ejército de Asperamanka se aproximase por el sur. No corrían peligro alguno. En cuanto a él, tenía que entregarle un mensaje especial del Oligarca al Arcipreste.

En cuanto los yelks estuvieron echados y atados, los hombres se apretaron contra ellos, buscando el calor que emanaba de sus cuerpos. Así esperaron a Asperamanka. Fashnalgid leía un libro de poesía amorosa.

Pasaron varias horas. Los hombres se quejaban, inquietos. Al disiparse la niebla, el cielo se volvió de un celeste velado. Oyeron un lejano rumor de cascos. Sin duda, por el sur se acercaban jinetes.

Los Acantilados de Marfil constituían los bastiones de la inhóspita espina del altiplano que dominaba el golfo de Chalce. Sus profundas cañadas eran paso obligado de los viajeros.

Fashnalgid se metió el libro de poemas en el bolsillo y de un salto ya estaba en pie.

Como tantas otras veces en el pasado, comprobó cuan débil era su voluntad. Las horas de espera, por no mencionar el tono lánguido de los versos, habían minado su determinación. A pesar de ello, ordenó con voz firme a sus hombres que se ocultasen en sus posiciones mientras él se dejaba ver. Esperaba descubrir la vanguardia de un ejército pero se encontró con dos jinetes.

Los jinetes avanzaban lentamente, aplastados en sus monturas a causa del agotamiento. Ambos vestían uniforme y sus yelks estaban medio afeitados, a la manera militar. Fashnalgid les dio la orden de alto.

Uno de los jinetes se apeó y se le acercó con andar cansino. Aunque era casi un mozalbete, el polvo y la fatiga le habían agrisado el rostro.

—¿Eres de Uskutoshk? —preguntó con aspereza.

—Sí, de Koriantura. ¿Pertenecéis al ejército de Asperamanka?

—Le llevamos unos tres días de delantera al grueso de las fuerzas. Puede que más. Fashnalgid pensó rápidamente. SÍ los dejaba pasar, los jinetes no tardarían en toparse con los vigías de Gardeterark y podrían revelarles su situación. No se vio capaz de matarlos a sangre fría; ni hablar: el joven que tenía delante, por ejemplo, era un teniente alférez. Comprendió que no le quedaba otro camino que informarles acerca de la suerte que corrían sus fuerzas y confiar en que colaborarían.

Dio un paso en dirección al joven teniente. Éste desenfundó un arma y, apoyándola sobre su torcido antebrazo izquierdo, le apuntó. Mientras intentaba centrar la vista en la mirilla, exclamó:

—No te acerques. Hay otros hombres contigo.

Fashnalgid abrió los brazos:

—Mira, no hagas eso. No te causaremos ningún daño. Sólo pretendo hablar. Puedo darte de beber, si quieres.

—Ambos nos quedaremos donde estamos —dijo el teniente, sin cesar de apuntar a través de la mirilla de su revólver; luego, le gritó a su compañero—: Ven aquí. Desarma a este hombre.

Fashnalgid se mordía nerviosamente los labios, suponiendo que sus hombres lo rescatarían; por otra parte, prefería que no lo hicieran, ya que el primer perjudicado podía ser él. Vio desmontar al segundo jinete. Botas, calzones, capote, gorro de piel. Su cara era pálida, de facciones delicadas, lampiña. Algo en su manera de moverse le reveló a Fashnalgid, un experto en la materia, que se trataba de una mujer. Indecisa, la mujer avanzaba hacia él.

En cuanto se le aproximó lo suficiente, Fashnalgid se abalanzó sobre ella, la cogió de la muñeca y, doblándole el brazo, la utilizó como escudo. Con la otra mano, apuntó al joven.

—Si no arrojas el arma os mato a los dos. —Cuando su orden fue obedecida, Fashnalgid se dirigió a sus hombres y éstos emergieron de sus escondites con cautela, sin demasiado ánimo de lucha.

El jinete, revólver en tierra, continuaba de pie frente a Fashnalgid. Éste, sin dejar de apuntarle, introdujo la mano izquierda en el capote de su cautiva y palpó sus senos.

—¿Quién demonios eres?—dijo entre risotadas, mientras la mujer no podía reprimir el llanto—. Es evidente que te agrada cabalgar con la criatura que te da consuelo… y vaya si está desarrollada esta criatura.

—Soy Luterin Shokerandit, teniente. Cumplo una urgente misión para el Supremo Oligarca, así que harías bien en dejarme pasar.

—Pues estás en un aprieto. —Fashnalgid ordenó a uno de sus hombres que recogiese el arma de Shokerandit, obligó a la mujer a darse la vuelta y le quitó la gorra para ver mejor sus facciones. En los ojos de Toress Lahl se acumulaba la rabia. El capitán le dio unas palmaditas en la mejilla y dijo, dirigiéndose a Shokerandit:

—No nos enfrentaremos. Muy al contrario. He de advertirte algo. Guardaré el arma y nos daremos la mano como caballeros.

Se dieron la mano con cautela, mirándose fijamente. Shokerandit tomó a Toress Lahl por el brazo y la atrajo hacia sí en silencio. En cuanto a Fashnalgid, el contacto de los senos lo había animado, y empezaba a felicitarse a sí mismo por lo bien que había manejado una situación tan delicada, cuando el soldado que hacía de vigía avisó que se aproximaban jinetes desde el norte, de Koriantura.

Una fila de caballería se aproximaba a los Acantilados de Marfil, pabellón en alto. Fashnalgid limpió la lente del catalejo que guardaba en el bolsillo del chaquetón y lo enfocó en esa dirección.

Lanzó una maldición. Quien guiaba la patrulla no era otro que su superior, el mayor Gardeterark. Lo primero que pensó fue que Besi lo había traicionado. Pero era más probable que algún ciudadano, al verlo abandonar Koriantura, hubiese dado parte.

Las siluetas estaban todavía a una distancia considerable. Sabía perfectamente lo que le sucedería si se dejaba atrapar. Sin embargo, aún podía actuar. Tanto su actitud como sus palabras convencieron a Shokerandit y a la mujer de que estaban más seguros con él que intentando escapar, sobre todo después de ofrecerles dos yelks de refresco. Gritó a sus hombres que mantuviesen la posición y le dijesen al mayor que había un importante contingente armado al otro lado de los Acantilados; luego montó en su yelk y se alejó a todo galope, con Shokerandit y Toress Lahl pisándole los talones. Espoleó a uno de los yelks sueltos para que galopase delante de él.

Un poco más adelante se abría, cañada arriba, un pasadizo lateral. Fashnalgid hizo que el yelk suelto siguiese de largo y, siempre con sus acompañantes detrás, tomó el desvío. Imaginó que el rumor de los cascos confundiría a la patrulla.

El pasadizo se estrechaba hasta convertirse en una fisura en la roca, así que tuvieron que sostener firmemente las riendas y obligar a las bestias a escalar la inconsistente ladera. Por fin emergieron en medio de un abrupto terreno de rocas partidas entre las que algunos arbustos y árboles pequeños, vencidos por el viento, se inclinaban hacia el sur. Desde abajo les llegó y se perdió el veloz retumbar de la tropa del mayor.

Fashnalgid se enjugó el sudor frío que le cubría las cejas y enfiló hacia el oeste, sorteando rocas. Ambos soles ocupaban la misma porción del cielo, Freyr más bajo que nunca hacia el sudoeste, Batalix hundiéndose en el poniente.

Los tres jinetes guiaron a sus monturas a través de una serie de montículos erosionados y alrededor de un peñasco medio derruido y grande como una casa, que presentaba signos de haber sido habitado en otros tiempos. En la lejanía, más allá del declive de la altiplanicie, reverberaba el mar. Fashnalgid se detuvo y echó mano de la petaca. Luego se la ofreció a Shokerandit, que negó con la cabeza.

—He decidido confiar en ti —dijo—. Pero ahora que hemos eludido a tus amigos, será mejor que hables claro. Tengo la misión de llegar hasta el Oligarca lo antes posible.

—Pero mi misión es evitar al Oligarca. Debes saber que si te presentas ante él, es muy posible que te maten. —Y le explicó el recibimiento que le esperaba a Asperamanka. Shokerandit volvió a sacudir la cabeza.

—Fue la Oligarquía la que nos envió a Campannlat. Estás loco si los crees capaces de masacrarnos a nuestro regreso.

—Si el Oligarca considera en tan poco a un individuo, imagina lo que piensa de un ejército.

—Nadie en su sano juicio destruiría uno de sus propios ejércitos.

Fashnalgid se puso a gesticular.

—Eres más joven que yo. Tienes menos experiencia. Los hombres juiciosos son los más dañinos. ¿Crees de verdad que es la razón la que guía nuestros actos? ¿Qué es pensar racionalmente sino suponer que los demás se comportarán como nosotros? No debes llevar mucho tiempo en el ejército si atribuyes una misma mentalidad a todos los hombres. Para serte franco, creo locos hasta a mis amigos. A algunos los enloqueció el ejército, otros estaban ya tan locos que se sintieron atraídos por esa dimensión de la estupidez, otros siempre han tenido un talento especial para la locura. En cierta ocasión, escuché un sermón del Sacerdote Militante Asperamanka. Hablaba con tanta vehemencia que pensé: ha de ser un hombre bueno. Claro que hay hombres buenos… Pero puedo asegurarte que la mayoría de los oficiales son como yo: réprobos a los que sólo los locos pueden seguir.

A este exabrupto siguió un silencio que Shokerandit rompió en un tono frío:

—Por lo que a mí respecta, no confiaría demasiado en Asperamanka. Estaba dispuesto a dejar morir a sus propios hombres.

— «Pronto en locura se torna el saber, si sólo sufrimiento solemos ver» —citó Fashnalgid, y añadió—: Un ejército que porta la peste. La Oligarquía estaría más que dispuesta a deshacerse de él, ahora que el riesgo de un ataque de Campannlat es prácticamente nulo. Además, Askitosh se libraría del contingente de Bribahr…

Como si ya estuviera todo dicho, Fashnalgid dio la espalda a sus acompañantes y tornó un largo trago de la petaca. Mientras Batalix descendía hacia la franja lejana del mar, algunas nubes invadieron el cielo.

—Entonces, ¿qué propones para que no quedemos atrapados entre los ejércitos? —preguntó Toress Lahl audazmente.

Fashnalgid apuntó a la distancia:

—Una barca espera en las marismas, señora, con un amigo a bordo. Hacia allí me dirijo. Sois libres de acompañarme. Si me habéis creído, vendréis.

De un ágil salto ganó la silla, se abrochó el cuello del abrigo bajo la barbilla, alisó su bigote y movió la cabeza a modo de despedida. Luego espoleó a su cabalgadura. El yelk bajó la cabeza y empezó a descender por la rocosa pendiente en dirección al mar, que reverberaba en la lejanía.

Luterin Shokerandit le gritó a la figura que se alejaba:

—¿Y hacia dónde dices que se dirige esa barca tuya?

El viento que agitaba los arbustos bajos casi ahoga la respuesta.

—Como último destino, a Shivenink…

La macilenta figura montada en el yelk fue adentrándose en el laberinto de marismas que bordeaba el mar; junto a los ajados cascos del animal tanto podían elevarse aves como sumergirse pequeños anfibios. Formas mínimas se escondían en las charcas picadas por la lluvia. Todo aquello que podía hacerlo, se apartaba rápidamente del camino del hombre.

El capitán Harbin Fashnalgid no estaba de ánimo como para preguntarse siquiera por qué la humanidad debía aceptar ese eterno aislamiento de todas las otras formas de vida. Sin embargo, esa misma pregunta —o tal vez la incapacidad de percibir la respuesta correcta al problema que planteaba— había terminado por generar un mundo que describía alrededor del planeta una órbita circumpolar.

Era un mundo artificial, conocido como Estación Observadora Terrestre Avernus. Volando en torno al planeta a 1.500 kilómetros de altura, su aspecto desde abajo era el de una brillante estrella de ligero andar a la que los habitantes del planeta llamaban Kaidaw.

A bordo de la estación, dos familias supervisaban la recopilación automática de datos de Heliconia. También se ocupaban de que los datos, en toda su riqueza, desorden y apabullante detalle, llegasen al planeta Tierra, a mil años luz de distancia. Era ésta la misión de la EOT. Para cumplirla, se habían gestado en la Tierra los seres humanos que la ocupaban. En aquel momento, al Avernus le faltaban apenas unos años terrestres para cumplir los cuatrocientos.

El Avernus, fruto de la más avanzada tecnología de la cultura terrícola, era el símbolo vivo de la incapacidad de percibir la respuesta al eterno problema de la separación entre humanidad y medio natural. Era la guinda que adornaba el pastel de este prolongado divorcio. Se trataba nada menos que del máximo logro de un género empeñado en conquistar el espacio y esclavizar a la naturaleza sin haber dejado de ser él mismo un esclavo.

Esta era, precisamente, ¡a razón por la cual el Avernus se estaba muriendo.

A lo largo de su centenaria existencia, el Avernus había atravesado numerosas crisis. Pero nunca tecnológicas: el gran casco de la estación, de mil metros de diámetro, había sido diseñado como una entidad autosuficiente, en tomo a cuya piel pululaban como parásitos pequeños servomecanismos que reemplazaban las piezas y los instrumentos a medida que se desgastaban. Veloces, los servomecanismos se hacían señales con sus asimétricos brazos como si fuesen cangrejos sobre una playa virgen de germanio, comunicándose entre sí en un lenguaje que sólo la computadora WORK que los controlaba podía entender. Ya habían fosado casi cuatrocientos años y los servomecanismos continuaban funcionando. Los cangrejos habían demostrado ser incansables. Acompañaban al Avernus a través del espado escuadrones de satélites auxiliares, mientras que otros surgían de él en todas direcciones como chispas de un gran fuego. Se entrecruzaban y volvían a cruzar en sus órbitas, algunos no mayores que un globo ocular, otros de diseño y formas más complejas, siempre ocupados en su cibernética tarea: la recopilación de datos. Sus metafóricas gargantas estaban sedientas de información, y ésta parecía ser inagotable. En cuanto uno de ellos sufría un desperfecto o quedaba enmudecido por una bocanada de residuos cósmicos, las escotillas de servicios del Avernus liberaban su recambio, que partía de inmediato a reemplazarlo. Al igual que los cangrejos, también los chisporroteantes satélites se mostraban incansables.

Luego, estaba el interior de la estación. Tras su blanda compartimentación plástica se extendía el equivalente a un esqueleto endomórfico o, para usar una analogía algo más dinámica, un sistema nervioso. Este sistema nervioso era infinitamente más complejo que el de cualquier ser humano. Poseía el equivalente inorgánico a un encéfalo, riñones, pulmones, tripas, y era en gran medida independiente del cuerpo al que servía. Resolvía todos los problemas de recalentamiento, enfriamiento, condensación, microclima, desechos, iluminación, intercomunicación, ilusionismo y cientos de otros factores especialmente diseñados para hacer fisiológicamente tolerable la vida humana a bordo de la nave. Del mismo modo que los cangrejos y los satélites, el sistema nervioso había demostrado ser incansable.

Pero la raza humana estaba cansada. Cada uno de los miembros de las ocho familias —reducidas a seis en primera instancia y luego a dos— se había dedicado, cualquiera que fuese su especialidad profesional, a un único objetivo: enviar la mayor cantidad posible de información acerca del planeta Heliconia a la lejana Tierra.

Este objetivo estaba ya demasiado enrarecido, era demasiado abstracto, demasiado ajeno al torrente sanguíneo de los individuos.

Poco a poco, las familias habían sucumbido a una especie de neurastenia sensora que les hacía perder contacto con la realidad. La Tierra, el planeta viviente, ya no existía para ellos. Lo que existía era la Tierra como Obligación, que pesaba sobre sus conciencias y les andaba el espíritu.

Incluso el planeta que tenían delante, el glorioso y cambiante ¡lobo de Heliconia, ardiendo bajo la luz de sus dos soles y arrastrando su cono de sombra como la cola de una cometa, incluso Heliconia se había convertido en algo abstracto. No podían visitarlo. Intentarlo equivalía a morir. A pesar de que los seres humanos que lo habitaban, tan minuciosamente estudiados desde lo alto, parecían idénticos a los terrícolas, estaban protegidos contra el contacto extremo mediante un complicado mecanismo viral tan incansable como los mecanismos del Avernus. Este microorganismo, el helicovirus, era letal para los habitantes del Avernus durante todo el año. Algunos hombres y mujeres habían descendido a la superficie del planeta. Después de recorrerla durante unos pocos días, y de maravillarse ante la experiencia, habían muerto irremisiblemente.

Desde hacía tiempo prevalecía a bordo del Avernus una sensación de derrotismo minimalista. El espíritu de sus tripulantes se estaba atenuando.

Ahora que el otoño abrazaba lentamente la esfera en tomo a la que orbitaban, y mientras Freyr se alejaba día a día y década a década de Heliconia y sus planetas hermanos —es decir, a medida que las 236 unidades astronómicas de periastron entre Batalix y Freyr se aproximaban a las formidables 710 de ¿postren—, los jóvenes de la Estación Observadora, desesperados, habían derrocado a sus mayores. ¿Qué eran éstos sino esclavos? La era del ascetismo había terminado. Los ancianos fueron liquidados. El minimalismo fue liquidado también. En su lugar se erigía el eudemonismo. Si la Tierra había vuelto la espalda al Avernus, el Avernus daría la espalda a Heliconia.

En un primer momento, había bastado con una ciega indulgencia respecto de la sensualidad. El solo hecho de haber roto las cadenas del deber ya sabía a gloria. Pero —y este «pero» encierra tal vez el destino inexorable de la humanidad— el hedonismo pronto demostraría ser insuficiente. La promiscuidad resultaba ser tan estéril como la abstención.

Crueles perversiones comenzaron a asolar los mancillados techos del Avernus. Heridas, Justazos, canibalismo, pederastía, paidofilia, violaciones intestinales, penetraciones sádicas de infantes y ancianos se convirtieron en práctica habitual. No había día sin desollamientos, fornicaciones masivas en público, sodomizaciones o mutilaciones. Se sacaba lustre a la libido, se enlodaba el intelecto.

La depravación floreció. Los laboratorios producían alegremente las mutaciones más extremas y grotescas. Enanos con enormes órganos sexuales dieron paso a hibridaciones de órganos sexuales con vida propia. Estos «sexópodos» tenían en un principio sus propios pies, pero los modelos más avanzados ya se movían mediante musculatura labial o prepucial. Se trataba de leviatanes reproductores que se excitaban y engullían públicamente unos a otros o acosaban sin descanso a los humanos que se cruzaban en su camino. Los órganos eran cada vez más sofisticados, más aposemáticos. Proliferaban, crecían y rodaban, succionaban, se ensuciaban y reproducían. Tanto las formas similares a hongos priápicos como las que semejaban laberínticos ovocitos poseían una energía inagotable, y sus colores se encendían o apagaban de acuerdo a su flaccidez o tumefacción. En sus últimas fases evolutivas, estos genitales autónomos se hipertrofiaron; unos pocos se volvieron violentos y golpeaban furiosamente las paredes de los tanques de cristal donde consumían, como babosas multicolores, su holobéntica existencia.

Varias generaciones de avernianos veneraron a estas extrañas criaturas polimórficas casi como si fuesen los dioses que habían sido expulsados de la estación mucho tiempo atrás. Luego, hubo una generación que no las toleró.

Estalló una guerra civil, una verdadera guerra intergeneracional. La estación se convirtió en un campo de batalla. Los órganos mutantes quedaron Ubres; muchos fueron destruidos.

La lucha persistió a lo largo de varios años y vidas. Mucha gente moriría en ella. La antigua estructura familiar, de prolongada estabilidad y basada en atávicos esquemas terráqueos, terminó por derrumbarse. Los tripulantes se dividían en Tans y Pins, pero estas denominaciones no guardaban apenas relación con el pasado.

El Avernus, paraíso de la tecnología, emblema de todo lo positivo y emprendedor que pudiera albergar el intelecto humano, se había convertido en un ruedo en el que de tanto en tanto una turba de salvajes emboscados caía sobre atrapara romperle agolpes el cráneo.