IX - UN DÍA TRANQUILO EN LA COSTA

Un fuego de biogás ardía en el hogar. Sentados frente a la llama, conversaban dos hermanos. De vez en cuando, el más delgado estiraba el brazo para palmear al más grueso mientras éste desgranaba su historia. Odirin Nan Odim, a quien en casa llamaban Odo, era un año y seis décimos mayor que Eedap Mun Odim. Se parecía en grado sumo a su hermano salvo en la decisiva cuestión del grosor, puesto que la Muerte Gorda todavía no se había abierto camino hasta Rivenjk.

Ambos tenían mucho que contarse y también mucho que planificar. Un navío cargado con tropas del Oligarca acababa de llegar al puerto y las regulaciones que habían obstaculizado a Odim empezaban a hacerse molestas también para Odo. No obstante, los shiveninkis estaban menos dispuestos a acatar órdenes que los uskutis. Rivenjk era todavía un sitio cómodo para vivir.

El resto de la preciosa porcelana que Odim había traído para su hermano había sido bien recibida.

—Pronto esta porcelana multiplicará su valor —dijo Odo—. Es posible que nunca se vuelva a obtener una calidad semejante.

—El clima se deteriora, se acerca el invierno.

—Por tanto, al escasear el combustible para los hornos, los precios subirán. Por otra parte, a medida que las condiciones se endurezcan, la gente se contentará con usar vajillas de latón. —¿Qué piensas hacer entonces, hermano? —preguntó Odim.

—Mis relaciones comerciales con Bribahr, el país vecino, son excelentes. Incluso he llegado a tratar con Kharnabhar, que está muy al norte de aquí. La porcelana y los platos no son los únicos artículos que se necesitan allí. Hemos de adaptarnos, diversificar nuestra oferta. Tengo la idea de…

Pero Odirin Nan Odim no iba a disponer de mucha tranquilidad para llevar a cabo sus planes. Al igual que su hermano, albergaba a un nutrido número de parientes, algunos de los cuales, volubles y voluminosos, se apresuraban ahora a tomar un lugar junto al fuego, con las cabezas bullendo de disputas que sólo Odo podía resolver. Aquellos familiares de Eedap Mun que habían sobrevivido a la plaga y al trayecto habían sido acomodados con sus parientes de Rivenjk, retrotrayendo así la vieja cuestión del espacio vital.

—Quizá no te importe acompañarme a ver qué sucede —dijo Odo.

—Claro que no. De aquí en adelante, seré tu sombra, hermano.

Los hogares de Rivenjk, construidos en torno a un patio, estaban protegidos de las inclemencias del tiempo por un elevado muro. Cuanto más próspera era la familia, más alto el muro. Alrededor del patio se distribuían las distintas ramas de la familia Odim, no necesariamente más emprendedoras que aquellas de Koriantura.

Cada familia vivía con sus animales domésticos, a los que alojaban en cuadras conjuntas a la vivienda. Para hacer lugar a los recién llegados se había tenido que agrupar a algunos de estos animales en una sola cuadra, tal el origen de la discusión: los de Rivenjk daban más importancia a sus bestias que a los nuevos parientes; quizá no les faltara razón.

Las instalaciones sanitarias de la mayoría de las casas-patio shiveninkis se basaban en una especie de comunión entre hombres y bestias. Los desechos de unos y otros eran evacuados hacia un pozo en forma de botella tallado en el suelo de roca del patio. El pozo era controlado desde una trampilla accesible desde el patio, a través de la cual se vertían asimismo todos los residuos vegetales. La descomposición subterránea de los desechos producía biogás, sobre todo metano.

Este biogás era recogido y entubado hacia las viviendas, donde se lo usaba para alumbrar y cocinar.

Se trataba de un avanzado sistema, extendido por todo Shivenink para hacer frente al clima extremo del Invierno Weyr.

Al averiguar el motivo exacto de la desavenencia, los hermanos Odim descubrieron que dos primos debían compartir un espacio en el que había una pequeña fuga de gas. El olor molestaba a los primos, que insistían en sumarse a los moradores del espacio conjunto, ya atiborrado de gente.

La fuga fue reparada, y los primos, que continuaban protestando por puro formalismo, regresaron al espacio que se les había asignado. Algunos esclavos se cercioraron de que el pozo funcionase correctamente.

Odo cogió a su hermano del brazo:

—La iglesia está cerca de aquí, corno podrás ver cuando te llevemos a recorrer la ciudad. Por la tarde celebraremos allí un pequeño servicio de acción de gracias. Elevaremos nuestro agradecimiento al Dios Azoiáxico por haberte conservado con vida.

—Eres muy amable. Pero debo advertirte, hermano, que me he liberado de toda creencia religiosa.

—Este pequeño servicio es del todo necesario —dijo Odo con el dedo en alto—. Allí tendrás oportunidad de conocer formalmente a todos tus parientes. Hay algo pesaroso en tu espíritu, hermano, debido sin duda a tus múltiples tribulaciones. Te conviene encontrar una buena mujer, o al menos una esclava, y así alegrar un poco el ánimo. ¿Cuál es el estado de la extranjera que ha llegado con vosotros, Toress Lahl? —Es una esclava, pertenece a Luterin Shokerandit. Es médica, y muy enérgica. En cuanto a él, es un joven agradable, nacido en Kharnabhar. Del capitán Fashnalgid estoy menos seguro. Es un desertor, aunque no lo culpo por ello. Yo me había embarcado con una mujer que significaba mucho para mí y mi bienestar. Pero, ¡ay!, la peste que nos atacó a todos pudo con ella y murió en el viaje.

—¿Era ella de Kuj-Juvec, hermano?

—No, pero se había convertido en una paloma para el árbol de mi espíritu. Era fiel y buena. Su nombre, cómo callarlo, era Besi Besamitikahl. Fue para mí incluso más que mi…

Odim calló bruscamente al ver que Kenigg corría hacia él con un amigo reciente. Odim apretó la mano de su hijo y le sonrió mientras Odo le decía:

—Deja que yo busque una nueva paloma para el buen árbol de tu espíritu. Tienes sólo un hermano pero en cambio el aire está lleno de palomas necesitadas de una buena rama en la que posarse.

Luterin Shokerandit y Harbin Fashnalgid ocupaban, gracias a la generosidad de Odo, un pequeño cuarto bajo el tejado. Toda su iluminación provenía de un ventanuco de buhardilla que dominaba el patio, desde donde podían observar cómo iban y venían los Odim y sus esclavos. En un hueco ardía una estufa; allí cocinaba para ellos un esclavo.

Ambos hombres tenían camas de madera, elevadas del suelo y cubiertas con mantas. Toress Lahl debía tumbarse en el suelo, junto a la cama de Shokerandit.

Shokerandit la invitó a echarse a su lado mientras Fashnalgid dormía, y durante toda la noche se abrazó a ella. Fashnalgid, en cambio, sólo se removió cuando Luterin se disponía a levantarse.

—Luterin, ¿a qué tanto ímpetu? —preguntó, bostezando cavernosamente—. ¿Acaso la familia de Odim no te escanció ayer suficiente vino? Descansa, hombre, y en nombre del Dios Azoiáxico, recuperémonos de las fatigas de nuestro terrible viaje.

Shokerandit se acercó a la cama donde Fashnalgid se desperezaba y le sonrió:

—Me escanciaron suficiente vino, sí. Pero debo aprontar mi regreso a Kharnabhar. Mi situación es incierta. Y necesito saber cómo está mi padre.

—Malditos padres. Que sus espectros coman suelas para siempre.

—Hay algo mis que me urge… y harías bien en imitarme. A pesar de que el Oligarca está muy ocupado en la guerra con Bribahr, hay un navío suyo atracado aquí, en el puerto. Tal vez le sigan otros. No me extrañaría que nos buscasen a nosotros. Cuanto antes marche a Kharnabhar, mejor. ¿Por qué no me acompañas? Junto a mi padre estarías seguro y hasta podrías trabajar.

—Hace demasiado frío en Kharnabhar. ¿No es eso lo que suele decirse? ¿A qué distancia hacia el norte está de aquí?

—La ruta a Kharnabhar cubre más de veintidós grados de latitud.

Fashnalgid rió:

—Ve tú. Yo me quedaré aquí. No me costará encontrar un barco que zarpe hacia Campannlat o Hespagorat. Cualquier cosa menos tu congelado refugio, gracias.

—Haz lo que desees. Nuestros deseos no siempre coinciden, ¿verdad? Dos hombres han de coincidir si no quieren dejarse la piel en el camino de Kharnabhar.

Fashnalgid extrajo un brazo de entre las pieles que lo cubrían y extendió la mano a Shokerandit:

—Bueno, tú eres un hombre afín al sistema y yo estoy en su contra, pero da igual, olvidémoslo.

—Supongo que te complace pensar que soy afín al sistema; sin embargo, desde mi metamorfosis creo haberme distanciado de él.

—¿Ahá? Y aún así no ves el momento de regresar a Kharnabhar con papá —rió Fashnalgid—. Los verdaderos conformistas no saben que se conforman. Te aprecio, Luterin, a pesar de que pienses que arruiné tu vida al capturarte. Pero fue todo lo contrario: te salvé de caer en las garras del Oligarca, así que deberías estarme agradecido. Al menos lo bastante como para poner a tu Toress en mi lecho por la mañana. ¿Lo harás?

El rostro de Shokerandit se cubrió de rubor:

—Cuando yo esté fuera, ella te procurará agua y comida. Por lo demás, es mía. En cuanto a lo que tú quieres, habla con el hermano de Odim: tiene muchas esclavas que ofrecerte sin problemas.

Se miraron fijamente. Luego, Shokerandit dio media vuelta, dispuesto a abandonar la habitación.

—¿Puedo acompañarte? —preguntó Toress Lahl.

—Tengo mucho que hacer. Puedes quedarte aquí.

En cuanto Shokerandit se hubo marchado, Fashnalgid se sentó en la cama. La mujer se vestía apresuradamente. Miró de reojo al capitán, y éste le sonrió mientras se alisaba el bigote.

—No te apresures, mujer. Ven aquí conmigo. La dulce Besi ha muerto y yo necesito consuelo.

Al no recibir respuesta, saltó desnudo como estaba de entre las mantas.

Toress Lahl corrió hacia la puerta pero él la cogió de las muñecas y la atrajo hacia sí.

—Te he dicho que no tuvieras prisa, ¿no es verdad? ¿O es que no me has oído? —dijo hundiendo la mano en los largos cabellos castaños de la joven—. Las mujeres suelen apreciar mucho los cuidados del capitán Fashnalgid.

—Yo pertenezco a Luterin Shokerandit. Lo acaba de decir.

Él le torció el brazo y volvió a sonreírle:

—Tú eres una esclava, o sea, no eres de nadie. Además, odias sus entrañas: he notado cómo lo miras. Yo nunca he forzado a una mujer, Toress, de eso puedes estar segura, y me encontrarás bastante más experto que él, por lo que he podido oír.

—Deja que me vaya, por favor. O se lo diré y vendrá a matarte. —Vamos, eres demasiado bonita para amenazarme. Abre tu corazón. Te he salvado de la muerte, ¿no es así? Tú y él ibais derechos a una emboscada. Tu Luterin es un consumado inocente.

El capitán metió una mano entre las piernas de Toress Lahl. Ésta, liberando su mano derecha del abrazo del hombre, le cruzó la cara de un bofetón.

Fashnalgid, encolerizado, la alzó del suelo y la arrojó sobre su cama, lanzándosele encima.

—Ahora escúchame bien antes de obligarme a renunciar a las palabras, Toress Lahl. Tú y yo estamos en el mismo bando. Shokerandit está muy bien pero ha elegido la seguridad y la posición de su casa…, cosas que ambos ya hemos perdido. Y lo que es más, pretende arrastrarte a lo largo de incontables y congeladas millas en dirección al norte. ¿Qué hay allí arriba además de nieve, santidad y esa inmensa Rueda?

— Él vive allí.

—Kharnabhar está hecho a medida de los poderosos. El resto se muere de frío. Ya has visto qué clase de hombre soy; soy un proscrito, pero sé valerme por mí mismo. Antes de dejarte conducir durante largas millas a una fortaleza helada de la que jamás escaparás, adquiere experiencia» mujer, y comparte tu suerte conmigo. Navegaremos hacia Campannlat, en busca de mejores climas. Quizás aun lleguemos a tu querido Borldoran.

Ella había palidecido. El rostro del capitán, muy cerca del suyo, era una mancha difusa, un par de cejas, los ojos punzantes y el gran bigote inerte. Temió que fuese a pegarle, a matarla incluso, y que a ese Shokerandit le diera igual. Su voluntad ya empezaba a ceder bajo el peso del cautiverio.

—Le pertenezco, capitán. ¿Para qué discutirlo? Pero puedes poseerme si tanto lo deseas. ¿Por qué no? Él lo ha hecho.

—Eso está mejor —dijo Fashnalgid—. No te haré daño. Quítate la ropa.

A Luterin Shokerandit el puerto de Rivenjk le era familiar. Siempre fue la gran ciudad mencionada en Kharnabhar con añoranza y a la que se solía visitar —en contadas ocasiones— con excitación. Ahora que ya había visto más mundo, tenía que reconocer que era bastante pequeña.

Al menos se sentía complacido de haber tocado tierra. Podía jurar que el suelo todavía no había dejado de mecerse bajo sus pies. Bajó al puerto y entró en una de las posadas. Allí bebió su medida de yadahl mientras escuchaba la charla de los marinos.

—No traen más que molestias, esos soldados —le decía un hombre a otro, ambos sentados a una mesa a pocos metros de Luterin—. Sabrás, supongo, que la otra noche acuchillaron a uno por el Paseo de Perspicacia, y no me asombra en absoluto.

—Al parecer zarpan mañana —dijo su compañero—. Esta noche los llamarán a bordo, ya verás, y adiós, muy buenas. —Y continuó, en voz más baja:—Se marchan a luchar a las órdenes del Oligarca contra la buena gente de Bribahr. Me pregunto qué mal nos habrán hecho a nosotros los de Bribahr.

—Aunque hayan entrado en Brayth, Rattagon es inexpugnable. El Oligarca pierde su tiempo.

—Se alza en medio de un lago, según me han dicho.

— Ésa es Rattagon.

—Pues me alegro de no ser soldado, ¿sabes?

—Con lo tonto que eres, sólo podías ser marino.

Los dos hombres estallaron en carcajadas y Luterin posó la vista en el cartel que alguien había pegado junto a la puerta. Anunciaba que a partir de aquel momento Quienquiera que Entrase en Estado de Pauk cometía una Ofensa. Entrar en Pauk, ya fuera solo o acompañado, equivalía a Facilitar que la Plaga, conocida como Muerte Gorda, se Extendiera. La Contravención de esta ley estaba Penada con Cien Sibs y su Reincidencia con Prisión Perpetua. Por Orden del Oligarca.

A pesar de que Shokerandit no practicaba el pauk, la nueva oleada de disposiciones estatales con respecto a esa práctica no era de su agrado.

Shokerandit miró en el fondo del vaso que estaba vaciando y se dijo que quizás odiaba al Oligarca. Cuando el Arcipreste Militante Asperamanka lo envió con un mensaje para el Oligarca se había sentido honrado. Luego Fashnalgid le había salido al encuentro poco antes de la frontera sibornalesa; y no le había sido fácil creer lo que aquel hombre afirmaba: que lo iban a asesinar fríamente, y con él al resto del ejército que volvía triunfante. Pero aún más difícil le resultaba imaginar que, efectivamente, el resto de las fuerzas de Asperamanka habían sido liquidadas por orden del Oligarca.

Sin duda tenía sentido tornar medidas preventivas contra la plaga que se extendía desde el sur. Pero la supresión del pauk era una señal de que lo que se estaba extendiendo era el autoritarismo. Luterin se limpió la boca con la mano.

Las circunstancias habían querido que fuese un fugitivo en lugar de un héroe. Ahora no se atrevía a pensar en lo que le esperaba si lo arrestaban por desertor.

—¿Qué quiso decir Harbin con que soy un hombre del sistema? —murmuró para sí—. Soy un rebelde, un proscrito. Igual que él.

Pensar en llegar a Kharnabhar y permanecer bajo la protección paterna lo tranquilizaba, Al menos las fuerzas del Oligarca no lo alcanzarían en su lejana patria. En cuanto a Insil, ya pensaría después.

Esta reflexión trajo otra consigo. Estaba en deuda con Fashnalgid. Debía convencerlo para que lo acompañase en la dura marcha hacia el norte. Además, Fashnalgid podía serle útil en Kharnabhar: era un testigo más de la masacre de miles de jóvenes shivemnkis a manos de sus propios aliados.

Se dijo: si he sido valiente en el combate, también debo serlo para luchar, de ser necesario, contra la Oligarquía. Habrá otros en casa que sentirán lo mismo que yo en cuanto sepan la verdad. Pagó su bebida y abandonó la posada.

A lo largo de la ribera corría una majestuosa avenida de rajabarales. Con el descenso de las temperaturas, los árboles se preparaban para el largo invierno. En lugar de dar a luz nuevos brotes, torcían hacia sí sus ramas, atrayéndolas hacia el ápice de sus gruesos troncos. Shokerandit había visto en los libros de ciencias naturales diversas ilustraciones de ramas y hojas convertidas en sólidas vainas de resina que protegían al árbol yermo pero perenne hasta que, con la llegada de la Gran Primavera, éste soltase nuevamente sus semillas.

Entre los rajabarales desfilaban soldados desembarcados de un navío que ostentaba los pabellones de Sibornal y de la Oligarquía. Shokerandit temió por un instante que alguien pudiese reconocerlo; sin embargo, su metamorfosis lo enmascaraba. Pero se alejó de la costa y fue hacia el mercado, en busca de los agentes que organizaban las visitas a Khamabhar.

El frío viento de las montañas lo obligó a subirse el cuello de la chaqueta y encoger la cabeza. Junto a la puerta del agente se agolpaban los peregrinos deseosos de visitar la Gran Rueda; a juzgar por su escasa ropa de abrigo, muchos de ellos eran pobres.

Le costó cierto tiempo llegar a un acuerdo de su agrado. Podía viajar hasta Kharnabhar con los peregrinos. O bien, hacerlo por su cuenta, alquilando un trineo, animales de tiro, un conductor y un aprendiz para todo. La primera opción era la más segura, lenta y barata. Pero Shokerandit se decidió por la segunda, que parecía más adecuada para el hijo de un Guardián de la Rueda.

Todo lo que necesitaba era dinero o una carta de crédito.

En la ciudad había amigos de su padre, gente de influencia en los asuntos locales. Tras dudar entre unos y otros, se inclinó finalmente por un hombre sencillo llamado Hernisarath, propietario de una granja y un hostal para peregrinos en las afueras del puerto.

Hernisarath dio la bienvenida a Shokerandit, le proporcionó de inmediato una carta de crédito e insistió en que comiese con ellos, con su mujer y él, aquel mediodía.

Cuando llegó la hora de partir, abrazó a Shokerandit en el umbral de la puerta.

—Eres un joven bueno e inocente, Luterin, y me alegro de haber podido ayudarte. A medida que se acerca el Invierno Weyr se hace más difícil el trabajo en la granja. Pero ello no quita que volvamos a vernos.

Su mujer dijo:

—Es tan agradable conocer a un joven bien educado… Nuestros respetos a tu padre.

Shokerandit se alejó resplandeciente, satisfecho de haber causado buena impresión; seguramente, Harbin a estas horas ya estaría borracho. Pero, ¿por qué le había dicho Hernisarath que era «inocente»?

Entonces empezaron a caer copos de nieve, en remolinos, como azúcar fina disolviéndose en un vaso de agua agitada. La nieve formó un colchón que amortiguaba el sonido de sus pasos sobre el empedrado. Las calles se vaciaron. Largas sombras grises crearon zonas de penumbra, oscuras las de Freyr, más claras las de Batalix, hasta que la nube abarcó toda la bahía y sumió a Rivenjk en tinieblas.

Shokerandit se detuvo de pronto detrás de un grueso rajabaral.

Otro hombre venía siguiéndolo, protegiéndose la garganta con el cuello de su abrigo. El hombre siguió de largo, miró hacia atrás y, arrastrando los pies, se apresuró a doblar por una calle lateral. Con sorpresa, Shokerandit observó que esa calle se llamaba Paseo de Perspicacia.

Durante el trayecto, y de manera demasiado perspicaz para ser él, Luterin se había abstenido de explicarles a los restantes pasajeros que la cabeza del Héroe que guardaba la entrada al puerto de Rivenjk albergaba una estación de transmisión heliográfica. No era por tanto improbable que las noticias acerca de los desertores que navegaban a bordo del Nueva Estación hubieran llegado bastante antes de que el bergantín atracase…

Regresó a casa de Odo dando todas las vueltas disuasorias que pudo. Para entonces, lo peor de la nevisca había pasado.

—Qué suerte que hayas llegado a tiempo —dijo Odo en cuanto Shokerandit atravesó el umbral—. Mi hermano y yo y el resto de mi familia estábamos a punto de ir a la iglesia a agradecer la llegada sana y salva del Nueva Estación. Nos acompañarás, por supuesto.

—Eh…, sí, por supuesto. ¿Una ceremonia privada?

—Absolutamente privada. Sólo el sacerdote y la familia.

Shokerandit miró a Odim, y éste hizo un gesto afirmativo con la cabeza:

—Pronto emprenderás un nuevo y largo viaje, Luterin. Apenas hemos tenido tiempo de conocernos y ya nos tenemos que separar. La ceremonia me parece acertada aunque uno no crea especialmente en las plegarias.

—Veré si Fashnalgid viene también.

Subió aprisa la espiral de escalones de madera hasta el cuarto donde Odo los había hospedado. Allí estaba Toress Lahl, en su cama, bajo las cubiertas de piel.

—Deberías estar trabajando en lugar de remolonear en la cama —dijo Shokerandit—. ¿No guardabas luto por tu esposo? ¿Dónde está el capitán?

—No lo sé.

—Encuéntralo, por favor. Estará bebiendo por ahí.

Y corrió escaleras abajo. Apenas se fue, Fashnalgid salió riendo de debajo de su cama. Toress Lahl ni siquiera sonrió.

—Quiero comida, no plegarias —dijo asomándose con cautela a la ventana—. Y tampoco me vendría mal esa bebida de la que hablaba tu amigo…

El clan Odim se había congregado en el patio, donde algunos esclavos seguían manipulando torpemente largas varillas, entrando y saliendo por la trampilla de control del pozo de biogás a pesar de la pesada cortina de aguanieve que caía sobre ellos. Resonaban por doquier los ecos de animadas conversaciones.

Shokerandit se reunió con los Odim. Algunas de las señoras que habían viajado a bordo del Nueva Estación se le acercaron y lo abrazaron más a la manera Kuj-Juvecina que a la del resto de Sibornal. Pero Shokerandit había dejado de comparar la liberalidad de aquellas maneras con la formal contención de las suyas.

—Oh, es un lugar muy agradable, este Rivenjk —le decía una abrigada tía abuela, tomándolo del brazo—. Hay muchos edificios altos, y también muchos monumentos. Creo que me sentiré muy a gusto aquí; tengo la intención de instalar una imprenta para editar poesía. ¿Les gustará la poesía a tus compatriotas?

Pero antes de que Shokerandit pudiera contestar, la señora ya se daba la vuelta para coger a Eedap Mun Odim de la manga:

—Tú eres nuestro pequeño héroe, primo: nos has salvado de la opresión. Deja que me siente junto a ti en la iglesia. Entra conmigo y harás que me sienta orgullosa.

—Seré yo quien se sentirá orgulloso de entrar contigo, tía —dijo Odim con una amable sonrisa. Y el nutrido e inquieto grupo se dispuso a cruzar el portal del patio y salir a la calle en dirección a la iglesia—. Y también nos enorgullece tenerte a ti con nosotros, Luterin —dijo Odim, atento a que Shokerandit no se sintiera excluido del grupo. La vista de tantos Odim juntos lo llenaba de placer. A pesar de que la Muerte Gorda había reducido su número, la pina de supervivientes compensaba en algún modo la pérdida.

Al entrar en la iglesia de altas bóvedas, Odim cerró filas junto a su hermano. Allí, codo con codo, se preguntó si, como él, Odo habría perdido la fe en el Azoiáxico. Pero era demasiado educado como para preguntárselo; para los hombres, el secreto, como decía el proverbio. Otra cosa sería si una noche, con un poco de vino de por medio, su hermano se aviniese a confesarle sus convicciones. Por ahora, le bastaba con estar junto a él y con que el servicio les permitiese honrar a aquellos que habían muerto, incluidos sus hijos, su mujer y la adorada Besi Besamitikahl, y con alegrarse por haber podido salir con vida.

Una voz temblorosa, incorpórea, asexuada, libre de todo deseo, tejió un hilo de teatral penitencia que se elevó desde el suelo hasta los arquitrabes.

Odim sonrió mientras cantaba y dejó que su alma subiese también hasta las altas traviesas. Ojalá no hubiera perdido la fe. Pero incluso el deseo de tenerla lo consolaba ahora.

Al tiempo que en el interior del templo las voces de la congregación elevaban su canto, diez fornidos soldados y un oficial bajaban marchando la calle hasta detenerse ante la puerta de Odirin Nan Odim. El guardián, inclinándose, les franqueó la entrada. Los soldados lo apartaron y se dirigieron al centro del patio, pisoteando la ya castigada alfombra de nieve.

El oficial ladró sus órdenes a los soldados. Cuatro hombres a revisar las casas ubicadas en cada uno de los puntos cardinales, apostarse donde estaban y alerta con los fugitivos.

—¡Abro Hakmo Astab! —maldijo Fashnalgid, saltando de la cama desde donde, vestido a medias, había estado mirando a ratos a través de la ventana, a ratos a Toress Lahl, a la que leía ocasionalmente algunos versos de un pequeño libro. Ella, obedeciendo sus órdenes, se había puesto a cocinar, para lo que tuvo que procurarse una tea encendida de un esclavo de la planta baja.

A pesar de que estaba acostumbrada al lenguaje basto de los soldados, la obscenidad del juramento la sobresaltó.

—¡Cómo adoro el sonido de una voz militar! «No hay canción como la tuya bajo los cielos de primavera…» —dijo Fashnalgid—. Y el taconeo de las botas. Sí, ya están aquí. Mira al imbécil del teniente aquel, con su lustroso uniforme. Así fui yo…

Y contempló la escena que se desarrollaba en el patio, donde, como ajenos a la presencia de los soldados, los esclavos continuaban trabajando, desatascando los drenajes del pozo, mirándolos con desconfianza, de reojo.

Un par de botas subía ruidosamente los peldaños que llevaban a la buhardilla.

Fashnalgid gruñó, enseñando unos dientes blancos bajo el brochazo del bigote. Se abalanzó en busca de su espada y miró a su alrededor como una bestia acorralada. Toress Lahl estaba como petrificada, una mano sobre la boca, la otra con la tea a cierta distancia del cuerpo.

—¡Haaa…! —Como una flecha, él le arrebató la tea ardiente, y el humo cruzó la habitación hasta alcanzar el ventanuco. Fashnalgid lo abrió, asomó cabeza y hombros y revoleó la tea con todas sus fuerzas.

No había perdido su destreza militar. Ninguna granada habría hecho mejor diana. La llama trazó una parábola a través del aire ennegrecido y fue a caer en la trampilla abierta de la cámara de biogás. Por un instante, sólo silencio. Luego, la brutal explosión. Trozos enteros de patio salieron despedidos. Una gran llamarada se elevó en medio del caos, azulada en su centro.

Con un alarido de satisfacción, Fashnalgid saltó hasta la puerta y la abrió de golpe. Un joven soldado apareció en el vano; dudaba y miraba hacia atrás. Sin pensárselo dos veces, Fashnalgid lo atravesó y, cuando el soldado se dobló sobre sí mismo, lo apartó con el pie, enviándolo de cabeza escaleras abajo.

—Ha llegado el momento de correr, mujer —dijo, cogiendo a Toress Lahl de la mano.

—Luterin… —dijo ella, pero estaba demasiado asustada como para tomar decisiones por su cuenta. Bajaron las escaleras a toda prisa. En el patio cundía el pánico y el gas no había cesado de arder. Aquellos Odim demasiado viejos, jóvenes o voluminosos para estar en la iglesia corrían con sus animales entre los desorientados soldados. El astuto teniente disparó una o dos veces a las nubes. Los esclavos aullaban. Una de las viviendas estaba en llamas. No resultó muy difícil eludir el tumulto y escapar por el portal.

Una vez en la calle, Fashnalgid redujo el paso y envainó la espada con el fin de no despertar sospechas.

Cruzaron aceleradamente el cementerio. El capitán empujó a la mujer junto a un arbotante; jadeaban. Dentro, los himnos iban en busca de Dios Azoiáxico. En su excitación, Fashnalgid le apretó el brazo hasta hacerle daño.

—Si serán malditos. Vienen por nosotros. Incluso en medio de esta asquerosa humedad.

—Suéltame, por favor. Me haces daño.

—Te soltaré, desde luego. Entra y regresa con Shokerandit. Dile que los militares han dado con nosotros. Huir por mar es imposible. Si ha podido conseguir un trineo, saldremos con él cuanto antes hacia Kharnabhar. Ve adentro y díselo —le dio un pequeño empujón para animarla—. Dile que quieren colgarlo.

Para cuando Toress Lahl reapareció con Shokerandit, la calle se había llenado de gente, y no todos eran inocentes transeúntes. Los Odim pasaron corriendo, dando gritos de desconsuelo. Fashnalgid preguntó:

—Luterin, ¿tienes un trineo? Hemos de salir de aquí enseguida.

—¿Tenías que destrozarles la casa a los Odim después de todo cuanto han hecho por nosotros? —dijo Shokerandit, dolido por la desgracia ajena.

—No te fíes de Odim. Es un mercader. Tenemos que huir. El ejército se ha despertado. No olvides que tu estimada Toress Lahl es oficialmente una esclava proscrita. Sabes bien cuál es la pena que le aguarda. ¿Dónde está el trineo?

—Podremos disponer de él cuando abran las cuadras, al amanecer de Batalix. Has cambiado de parecer algo apresuradamente, ¿no es así?

—¿Dónde nos esconderemos hasta entonces?

Shokerandit reflexionó un instante y dijo:

—Hay un amigo de la familia, un tal Hernisarath. Ellos nos darán cobijo hasta mañana… Pero antes debo despedirme de Odim.

Fashnalgid apuntó hacia él un dedo amenazador:

—No harás tal cosa. Te entregará. Hay soldados por todas partes. Eres un verdadero inocente, ¿eh?

—¿Ah, sí? Y tú, un excéntrico. Insultos aparte, ¿por qué has cambiado de planes? Esta mañana pensabas navegar hasta Campannlat.

Fashnalgid sonrió:

—Digamos que quiero estar más cerca de Dios. He decidido viajar contigo y tu señora esclava a la Sagrada Kharnabhar.