Tom Dare, ante la radiogramola, ponía un disco de música moderna. Le encantaba aquel ritmo. Hacía el son con los dedos y movía rítmicamente un pie. No muy lejos de él, al fondo del salón, hundido en un sofá, con una pierna cruzada sobre la otra y un pitillo entre los dientes, Mac Hamilton, leía la correspondencia del día. De pronto exclamó: —Cierra eso, Tom, y ven un instante. —Espera, hombre. Eso es magnífico. —Ya te sabes de memoria hasta la última nota —gruñó Mae— Ven, te digo. Necesito tu consejo como abogado. Tom cerró el aparató, y fue despacio hacia su amigo. Se sentó frente a él. Sobre la mesa de centro había varias cartas; comerciales, propaganda, y un sobre largo, de un rosa tenue, escrito con una letra cursiva y aristocrática. —Es de la viuda de mi padre —dijo Mac, señalándolo—. ¿Permites que te lea su contenido? —Si ello te interesa... —No se trata de eso. Soy hombre libre, habituado a mis costumbres y me molestan las intromisiones. No es que Dessie Griffin me sea antipática. Es una mujer agradable, cariñosa y atenta. Cuando falleció mi padre, yo le entregué la parte que le correspondía y se fue a San Francisco. Allí vive con su hija. —Tu hermanastra. —Eso es, Cathy debe tener ahora catorce años. A decir verdad, apenas si la conozco, pero no me olvida nunca. Por mi santo, mi cumpleaños y las Pascuas, me envía tarjetas muy cariñosas. —Se alzó de hombros con aquel ademán suyo tan indolente—. Debe hacer más de seis años que no la veo. Justo desde que terminé mis estudios y me instalé en Cheyenne, dedicado a mi hacienda y a mis minas —hizo un gesto vago y mostró la carta—. ¿Quieres que te la lea?
Betty le había confesado a su hermana que estaba profundamente enamorada de Len, que si no se casaba con él no sería de otro. Pero hasta después de su matrimonio no supo que ellos se amaban y que Helen le exigió a Len se celebrara el enlace para que su hermana pudiera ser feliz.Conoció la verdad demasiado tarde... cuando ella no sabía cómo poner remedio a la situación. Y su innata rebeldía chocaba con el carácter enérgico de un hombre que se rendía a sus encantos...
Pat Fenech es hija de una familia acomodada de Kentucky. Cuando inicia su relación con Lee Boone, un joven de 'modesta economía', su familia decide poner tierra por medio y enviarla a Nueva York, a casa de unos íntimos amigos, los Kendall... En esta familia neoyorkina las cosas no son lo que parecen...
Clark Baker era un tipo soberbio, de alta talla y fuerte tórax... la cabeza alzada, altiva, de dios griego, sin presunción. Tenía veintiocho años, una carrera inconcluida, fama de hombre galante y no conocía ser en el mundo ante el cual se sintiera supeditado. Carecía de familia, la vida para él era un sainete divertido, las mujeres un entretenimiento, el juego una necesidad casi física y los viajes por mar lo entusiasmaban en grado sumo. Eso era Clark, el tipo que ahora se acodaba en la borda de aquel buque en el cual había sacado pasaje con objeto de entretenerse unos días... Lo que no sabía, era que se había equivocado de barco...
'—Raúl. Raúl Dávila levantó la copa y miró. —Por... por... —su lengua torpe apenas sí se movía dentro de la boca—. Por... Un coro de carcajadas oblígó a Raúl a mirar en torno con expresión estúpida. —Por... Un compañero, tan beodo como él, se aproximó balanceante, con una copa entre los dedos temblorosos. —Por tu madre —dijo abriendo y cerrando un ojo ante Raúl. —Por mi madre —admitió Raúl torpemente—, por mi padre y por ti.'
Sophía se sentía avergonzada...Por circunstancias difíciles de su vida, se había visto obligada a participar en un engaño.
Lo que parecía un viaje de rutina cambió del todo sus vidas. Ella viajaba para casarse con Frank, socio de Freddy. Este regresaba a Miami en su avioneta, como hacía todos los meses. Salieron de Nueva York temprano, pero la avioneta tuvo un fallo y cayó al mar. Como por milagro se salvaron. Solos en un islote, aprendieron a sobrevivir, a conocerse, a amarse, pero sin poder planificar su futuro…
Rex Smith oyó el timbrazo y soltó el libro que estaba leyendo, al tiempo de ponerse en pie con pereza. Se hallaba tendido en un diván, tenía el tórax desnudo debido al calor y los cabellos rubios algo alborotados. Refunfuñando, pues no esperaba a nadie y se sentía muy a gusto en su pequeño apartamento, y una visita a tales horas le molestaba en extremo, al tiempo de dirigirse a la puerta se iba poniendo la camisa y tratando de abotonarla, si bien sólo logró abrochar los dos primeros botones y su pecho velludo y fuerte quedaba al descubierto, en el cual relucía una cadena de plata bastante gruesa y una cruz del mismo metal, lisa y sin imagen, de tamaño más que regular. Del saloncito a la puerta de la calle había muy poco trecho, de modo que llegó en dos zancadas. Al abrir y verse con su padre, lanzó una exclamación de asombro. —Padre, ¿tú? Richard Smith sonrió apenas. Apretó vigorosamente la mano de su hijo y después le abrazó con enorme cariño. —Hola, Rex, ¿cómo anda eso? Como Mahoma no va a la montaña, la montaña viene a Mahoma. Rex devolvió el abrazo con firmeza y atrayendo a su padre por los hombros, cerró la puerta y le hizo avanzar hacia él. —Ya conoces mi trabajo, padre. No siempre puede uno desplazarse. El padre miró a un lado y otro, sonrió y meneó la cabeza. —Ni que de Dallas a mi comarca hubiera mil leguas, Rex. Pues sólo hay veinte kilómetros.
El encuentro fue casual en la misma boca del metro. Ketty salía e Isa entraba. De repente, no se reconocieron, pero de súbito Ketty volvió la cabeza, justamente cuando Isa hacía igual. —¡Ketty! —¡Isa! La exclamación fue unánime. Y el consiguiente abrazo, seguido de besos apretados y sinceros. —Pero... ¿qué haces en Madrid? ¿No te habías ido a Italia a hacer aquella coproducción? ¿Qué tal te ha ido? Dime, dime —miraba en torno—, ¿tienes algo que hacer? ¿No? Bueno, pues vamos a alguna parte a tomar café. Ven —tiraba de ella—, yo iba a la fonda, pero retorno contigo. Por aquí tiene que haber un pub. Vamos a tomar algo. Isa Beltrán se dejaba llevar.
Aquel verano llovía poco (cosa rara en Gijón) y el calor regularmente se mantenia por encima de los veinte grados, lo que tampoco era frecuente. El termómetro situado en el Muro, ante la preciosa playa de San Lorenzo, a ciertas horas del día, incluso, cosa insólita, marcaba veinticinco grados, lo que hacía que los veraneantes (abundantes en el mes de agosto en la preciosa ciudad costera de Asturias) se pasaran el día entero en la playa, o en cualquier cala cercana de la costa, dado que en los alrededores de Gijón existen abundantes playitas bordeadas de acantilados en lugares de verdadero ensueño. Pero pese a todo esto y al calor que apretaba, Chana y Belén Vilar no se hallaban ni en la playa de San Lorenzo ni en La Ñora o la playa España, pongo por caso. Era sábado y ninguna de ambas hermanas trabajaba aquella tarde, por lo que se habían citado en la cafetería Auseva, ubicada en la plaza de Begoña, a las once en punto de la mañana.