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—Es una Browning —dijo Kostas.

Había esparcido los dibujos sobre el mostrador y los examinaba uno por uno. El caparazón de la tortuga, Didier (la silueta de Didier), la mujer del café de las Tullerías.

Solamente el arma parecía interesarlo.

—Una Browning. ¿Por qué una Browning?

Atardecía. Del ventanal que daba a la calle Apollonion entraba una luz rojiza, polvorienta, que muy pronto viraría al azul. Estábamos solos en el bar, Kostas y yo. No había huéspedes. En dos años, nunca había visto en el hotel más que un puñado de extranjeros con aire perdido.

—Veo que el Omiros se prepara para la temporada —sonreí.

De todos los taburetes alineados contra el bar, únicamente dos tenían asiento. En la estantería de espejos y de vidrio, como en una enorme sonrisa desdentada, colgaban algunas botellas de cognac y de ouzo. El comedor, con las mesas puestas, con los jarroncitos de flores silvestres, estaba, como siempre, vacío. Las novedades eran tan escasas que las noté en seguida.

En el centro del círculo de sillones enfundados en plástico, sobre una mesa baja, había un flamante televisor en colores y un cisne de porcelana con las alas desplegadas, del que salían varas de jacinto amarillo.

El televisor estaba encendido pero sin sonido, como un adorno más, como el cisne con jacintos. Objetos presentes y sin uso hasta el domingo por la tarde, cuando la familia de Kostas acudía al Omiros en pequeños grupos, vestidos formalmente. Hombres viejos, hombres de edad mediana, chicos, matronas de pañuelo negro, señoras jóvenes que habían pasado por la peluquería, jovencitas flacas y tímidas. Se sentaban en los sillones o caminaban por el salón, conversando en murmullos solemnes mientras bebían café o un vasito de ouzo.

En alguna ocasión, vi a una mujer rubia y dos niños rondando a Kostas como de través. Nunca supe si aquella mujer clara era su esposa y los chicos sus hijos. Kostas administraba su vida con el mismo silencioso desdén con que administraba el Omiros.

Ahora, mientras él contemplaba los dibujos, yo miré los jacintos amarillos del cisne, y pensé, por primera vez en dos años, que era la mujer de Kostas, quien ponía flores frescas, no Kostas, por supuesto, ni el atolondrado de Spiros. Y la idea de que Kostas tenía una mujer, que posiblemente la quería, la idea de Kostas enamorado me turbó, y aparté los ojos del cisne, de los jacintos amarillos.

—Parecía tan real. No la visión. Didier. Quiero decir que me había acostumbrado a esos encuentros en París. También pasábamos fines de semana en Suiza, de tanto en tanto alguno en Londres, aunque a Didier no le gustaba Londres. Todo era siempre nuevo, una rutina. Creo que empezábamos a aburrirnos.

—Es una Browning.

—No sé nada de armas. Una casualidad.

—Tendrías que llamar a París.

—Hubiera sido igual en cualquier parte, con alguien como Didier. Nos habríamos querido en los mismos lugares de paso. En un cuarto de hotel, en restaurantes, en noches y en fines de semana robados a su familia. Luego, un día, él o yo, habríamos sentido que no valía la pena. Uno de los dos hubiera dicho basta. O también, para no separarnos, para que nadie sufriera, ni yo, ni Didier, ni su mujer, habríamos seguido adelante, dejando que la separación viniera sola, combinada con mezquindades, con reproches, hasta el momento en que nos pareciera raro el deseo de estar juntos.

Kostas encendió un Camel y me miró con sorna.

—Ahora bien. Eso se llama tomarse la vida con un vasito de ouzo.

—Cómo llovía en París. Odio la lluvia. Será una falsedad sentimental, pero la lluvia me entristece. Y no esperaba que Didier viniera con esa propuesta ridícula. Sus planes, dijo. Pediría un traslado a Buenos Aires, donde la casa tiene una sucursal. Yo no haría más viajes. Dios santo, hasta me habló de plata. Delicadamente, por supuesto, como un marido afectuoso que tranquiliza a su mujer. Dijo que le sobraba para tener contento a todo el mundo. Todo el mundo, supongo, éramos su mujer y yo.

—¿No vas a llamar a ese Didier?

No. Iba a llamarlo a la mañana siguiente. Con alguna mentira piadosa. Piadosa para mí. Iba a decirle que me tomaría un tiempo para reflexionar sobre el asunto. No tenía nada que reflexionar. Aquella noche me di cuenta de que si Didier Lévy desaparecía de mi vida no me hubiera dolido más que la desaparición del café de las Tullerías. Preferiría que me doliera. No tomo nada en serio.

—Quizá no había que tomarlo en serio. Eso que hacían no era amor.

—Amor. ¿Qué es el amor? Nadie sabe nada del amor. Ya ni se usa la palabra.

—¿Quién dijo que es una palabra?

En la luz rojiza de la tarde parecía más alto, más flexible.

Tenía puesto un traje azul, una variedad cara del traje con que lo había conocido. El corte suelto le quedaba bien. Armani. Era un saco de Armani, de las tiendas de Monte Lycabetto. La última temporada del Omiros habría sido excepcionalmente buena para que Kostas se vistiera en Armani.

—Estás muy elegante, Kostas.

—Frívolo, como todo el mundo. Cuando se puede. No todo el mundo puede darse el lujo.

Toqué la solapa pespunteada, siguiendo el borde con los dedos. Kostas me acarició la mano. La caricia huraña, tensa, de un hombre a quien no le gustan los niños y tiene que consolar a uno. Instintivamente retiré la mano.

—Está bien, me siento culpable. Tomé los sentimientos de Didier como tomo champagne. En tren de fiesta. Y tomé bastante esa noche. No tanto como Didier, pero bastante. Lluvia y champagne, qué estupidez. Cuando me desperté, a la mañana, estaba horriblemente triste. No me gusta estar sola y Didier era buena compañía. Además, la resaca. Traté de despertarme con café, había ordenado, creí que había ordenado, una segunda jarra. Debo de haberme dormido mientras esperaba al mozo del hotel, un chico de Marruecos.

—Estás segura de que lo soñaste.

—Parecía tan real. Lo veo entrar, vestido de negro, muy pálido, y después el tiro, y el cuerpo, y la sangre. Dame un cigarrillo. Dios santo, son demasiado fuertes.

—Camel sin filtro. El café es más fuerte que esto.

Spiros entraba con el café. Era café asentado en la taza. Café a la turca en Buenos Aires. Aquí, en Atenas, café griego.

—El fax debía tranquilizarme. Tan de Didier mandarme un fax en vez de dejarme un mensaje. Le había dicho mil veces que prefería una tarjeta postal antes que esas largas hojas que se borran con el calor o el roce. Pero ahí estaba el fax, recibido a la hora en que yo salía del hotel. Era más increíble que el muerto, que la tortuga, que la conversación con la mujer del café. Casi deseé que hubiera sucedido. Que fuera cierto y no mi imaginación.

—Por eso los dibujos. Como si fuera cierto. Una Browning, una tortuga, una mujer.

—Me sentía muy sola. Me daba miedo estar sola conmigo. Pero lo más aterrador fue irme del hotel. Sin voluntad. Irme como si mi voluntad estuviera en manos de otro.

—Kostas… —dijo Spiros.

—¿Qué pasa?

Hablaron en griego, unas cuantas frases, rápidas, en voz baja. Spiros me recordaba a una oveja recién esquilada, rosada y temblorosa. Hablaba con Kostas pero me miraba de reojo. Salió taconeando desmañadamente en sus botas tejanas.

Kostas se inclinó sobre los dibujos, pensativo, el cigarrillo en la comisura de los labios, una doble arruga en la frente.

—Era una Browning.

—Por Dios, Kostas. No es tan raro, dibujo de memoria. Una Browning. ¿Y qué? La habré visto en una foto, en un aviso, en la televisión, en el cine. Nunca sé qué graba mi memoria. La mujer del café, a ella sí. Cómo no recordarla. La había dibujado mil veces. La tortuga era una broma entre Didier y yo. No permitía que me hiciera regalos, salvo tonterías sin valor. «Algo feo, algo lento, algo inútil». Así empezó. Esa clase de bromas…

—Quisiera… —dijo Kostas y lo vi titubear, como avergonzado de lo que iba a pedirme—, quisiera que dibujes algo para mí.

—¿Ahora? ¿Tiene que ser ahora? Estoy deshecha.

—Por favor.

Me gusta dibujar cuando me lo pide un amigo. Es algo que me queda de la infancia, cuando el almacenero o la dueña de la mercería del barrio me daban un pedazo de papel para mostrarle a algún cliente lo bien que dibujaba siendo tan chica. Siendo tan chica, mi vanidad era muy grande. Pero también lo era la inquietud de no estar a la altura de mi fama, el temor de perderla en aquella hoja que arrancaban de una libreta vieja o del rollo de papel de envolver.

—De acuerdo —dije con disgusto.

Y sin embargo, en cada viaje hacía retratos para Kostas.

Me divertía esbozar las caras sueltas de los huéspedes del Omiros. Turistas de una noche que se sentaban en el borde de los sillones, impacientes, nerviosos, mientras esperaban que Kostas les hiciera la cuenta. Una pareja de americanos con mochila, algún escandinavo de piel torturada por el sol, un matrimonio de viejitos ingleses. Caras de mudarse a otro hotel, atónitas al oír la invariable pregunta de Kostas: «¿Cuánto les dije que costaba la habitación?».

—Tu hotel está desierto. ¿A quién dibujo? ¿A Spiros? No creo que se preste.

Kostas sonrió.

—Una moneda.

—Muy bien, dame una moneda.

—No de estas. Una moneda antigua. Recuerdo de familia. No la tengo encima. Voy a buscarla.

—¿Hay más café? ¿Puedo tomar otro café?

Estaba cansada, tenía sueño. La primera taza de café no había conseguido sacarme la modorra del viaje.

Kostas trajo la taza de café y la moneda.

—Cómo llovía en París. —Bostecé, mientras abría la carpeta de dibujos y sacaba una hoja limpia.

—Aquí no llueve nunca. —Sostenía una moneda en la punta de los dedos.

Era una pequeña moneda de plata, muy gastada. En una cara había un perfil de mujer. En el revés, unas pocas letras ya lisas.

Kostas me mostró una cara, luego la otra y la dejó caer en la taza de café. La moneda se hundió y desapareció en la borra.

—¿Por qué…?

—Quiero que dibujes lo que viste. Quiero que pruebes tu memoria. Cara y seca. Solamente el relieve.

Yo tenía el lápiz en el aire.

—¿En qué estás pensando? —preguntó.

—En nada —dije.

Era cierto. No pensaba, veía. Veía una moneda cayendo lentamente en la taza y luego otra, que también se hundió. Kostas había traído una moneda. Pero yo veía dos.

De pronto sentí una nostalgia dolorosa de Buenos Aires. ¿Qué estaba haciendo ahí, en ese hotel sin huéspedes, siempre en reparaciones, con mi historia de una pesadilla en otro hotel, contándola en un idioma ajeno, que no dice nunca la verdad porque la verdad se hace, como las cuentas y la poesía, en la lengua de uno, a un hombre del que apenas sabía algunas cosas que me parecían importantes? Sentí pánico de quedarme encerrada en Atenas, hablando ese inglés de diccionario que da la vuelta al mundo, inventándome una memoria nueva, aprendiendo la vida desde cero, a partir de una nueva ciudad, de nuevas costumbres, mal imitadas, caricaturescas, en el esfuerzo de adaptarse.

Fue como un golpe de aire frío en la espalda. Y pasó en seguida. Era una mujer libre y podía irme cuando se me diera la gana. Tenía esa ventaja sobre millones de personas arrojadas fuera de su país y de su idioma por la miseria o por la guerra. Además, no me habría sentido menos extranjera en Buenos Aires, ni conocería mejor al hombre que escuchara mi historia, solo esas pocas cosas importantes que hallaba en Kostas, y del pasado familiar no me quedaba más que Dodo y sus registros novelescos.

Yo me jactaba de no tener memoria, salvo para el dibujo.

—Con todos los detalles. Sí, esta es la moneda —dijo Kostas.

Y su asombro admirado, reverente, me recordó que en Buenos Aires o en Atenas, en París o en mitad del desierto, había algo de mí que permanecía inalterable, que nada, nadie, nunca me quitaría.

Ese algo, sin nombre, era el don.

—No está mal. —Me reí.

Halagada, contenta, en tierra firme.